Capítulo beteado por Jocelynne Ulloa, FFAD.

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Los personajes de esta historia no me pertenecen, son de S. Meyer. La trama es mía.

Historia adulta. No apta para mayores de 18 años.


Capítulo 14

No había apenas pegado ojo. La figura omnipotente de Edward Cullen rasgaba su piel cada vez que lo hacía. El recuerdo de su vivida erección en medio de la calle le causaba risa a la misma vez que una intensa provocación. Se sentía tan perra y malditamente caliente que, estaba loca por verlo de nuevo y saborearlo. Había trazado un plan para darse un festín con aquel hombre que prometía las mil maravillas con todo su cuerpo.

Desenredó las cobijas de sus pies y sonrió antes de marchar hacia el cuarto de baño y darse la ducha de la mañana. Mientras el agua corría por su piel rememoró segundo a segundo todo aquel cuento de las mil y una noches que la encendía como nadie lo había hecho.

Una vez terminado de ducharse agarró una toalla y se secó con delicadeza todas las áreas de su piel. Un pitido la alertó, había llegado un mensaje al celular. Con repentina ansiedad buscó el móvil entre los objetos situados encima del sifonier y lo agarró con fuerza antes de lanzarse con el trasero en la cama. Con celeridad dio unos pequeños toques a la pantalla y el mensaje apareció, era de Edward. Una sonrisa hambrienta apareció en sus labios, sintiendo como la saliva se agolpaba sobre su lengua.

"No he podido dormir, pensando en la Diosa desnuda de anoche. ¿Puedo ir a visitarte hoy?"

Bella se mordió el labio y giró los ojos lentamente presa de la anticipación, ya se encontraba preparada para que él la penetrara con dedos, con lengua o con su magnifica estaca. Rió ante aquella posibilidad y jugó con el celular antes de lanzarlo sobre el colchón de su cama deshecha.

—Te voy a hacer sufrir un poquito Edward. La desesperación es un buen anticipo para el sexo—. Susurró, antes de caminar hacia el vestidor y agarrando en primera instancia un vestido blanco algo holgado, lo pensó mejor y se puso el albornoz y bajó hacia la cocina.

El aroma a tostadas y huevos con beicon se olfateaba por doquier, no pudo hacer otra cosa que sonreír al ver como su hija jugueteaba con el cabello de Emmett, mientras que él le hacía de caballito de un lado a otro de la estancia. Rosalie también con el albornoz liado sobre su cuerpo, seguramente desnudo, reía echando la cabeza hacia atrás sin apenas darse cuenta de la presencia de su amiga.

—Buenos días, chicos—. Saludó Bella con una sonrisa de oreja a oreja. — ¿Cómo se han levantado esta mañana?

Todas las cabezas se giraron y sonrieron ampliamente.

— ¡Estupendo preciosa!—. Gritó Emmett, llevando la niña con su madre, que la recibió con los brazos abiertos.

—Huele que alimenta Rose. ¿Puedo?—. Bella indicó con el dedo índice un plato dispuesto sobre la encimera y besó a su hija son fuerza.

—Ese plato era para Emmett—. Explicó Rosalie, dando una mirada a Emmett cómplice y marcadamente sexual. Bella rió para sus adentros y se sentó en uno de los taburetes con la niña en su regazo.

—La verdad es que yo con unos cereales me conformo. ¿Has desayunado tú, princesa?—. Preguntó a la niña que sonreía a su madre soñadora.

—Sí. Tio Emme me ha preparado los cereales mami… me ha prometido que si me los comía todos me llevaba al parque de atracciones.

Bella elevó una ceja y miró a Emmett con el principio de una sonrisa en sus labios.

—Bella, supongo que no te importará.

— ¿Importar?—. La voz de Rosalie se coló en la conversación y Bella tuvo que mirarla con algo de preocupación. —Apuesto que hoy tiene que hacer infinidad de diligencias, ya sabes. Ahora eres algo así como una accionista mayoritaria. ¿No es así, Bella?

Los ojos de ambas amigas chocaron y Bella pudo ver el aura de complicidad que emanaba Rosalie, por fin comprendía el hambre desesperada que ella albergaba dentro de sí. Después de tanto tiempo deseaba a alguien con todos los sentidos y el alma.

—Sí, seguramente que me mantendré todo el día ocupada—. Susurró ella mirando a Rosalie. —Recibiré una visita de Edward Cullen.

Emmett la fulminó con la mirada e instantes después buscó el apoyo de su esposa para intentar que Bella no siguiera por esa línea, pero no lo obtuvo. Algo había cambiado desde la ultima conversación que tuvieron ambos esposos sobre su amiga.

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Bella despidió a Emmett, Rose y Renesmee con la mano desde la ventanilla antes de correr escaleras arriba con una alegría incontenible. Era hora de mandarle la contestación al causante de toda aquella conmoción interna que la tenia permanentemente mojada.

Agarró el móvil tirado encima de la cama y miró la pantalla con una sonrisa maliciosa. Había diez llamadas perdidas y todas eran de él. Debía de estar rozando la locura. Buen preludio para el sexo –pensó– con un rabo de ensueño y jodidamente loco.

Escribió el mensaje que le daba carta blanca al hombre y suspiró sintiendo su corazón martillear con celeridad en su pecho. Ya esta. Todo estaba hecho, ahora solo quedaba esperar.

"Estoy sola todo el día. Te espero"

Edward ya había hecho al menos diez kilómetros paseando a lo largo de su habitación. Esperaba ansioso que Bella agarrase el teléfono, pero la maldita parecía pasárselo en grande haciéndolo esperar. Casi no había podido dormir pensando en ella, soñando en recoger aquellos pechos con las manos y ajustar como un puzzle su cadera a la de ella. Se llevó las manos al cabello y oyó la puerta abrirse detrás de él. Miró con los ojos algo abiertos y sonrió de medio lado. Era Tanya. Ella lo miró de arriba abajo y con paso achacoso caminó hacia su lado.

— ¿Dónde vas tan temprano?—. Preguntó sin parpadear si quiera.

Edward observó sus marcadas ojeras y se llevó la mano a la boca, el hálito de su esposa, rozaba la repugnancia.

—He quedado con varios inversores—. Mintió, esperando que ella asimilara la respuesta y se marchara de su lado como siempre.

—Quiero hablar con mi hermana—. Enunció sin despegar su mirada muerta de él—. Quiero hablar con Bella.

El corazón de Edward comenzó a bombear con fuerza y sintió como un calor irremediable lo invadía.

Sonrió de lado y acarició el cabello áspero de su esposa.

— ¿Y qué querrías tú de tu hermana?— Preguntó, intentando llegar al fondo de la cuestión.

—Eso no es problema tuyo, Edward. Necesito hablar con ella. ¿Puedes ubicarla?

Edward sintió temblar su voz, pero procuró tener toda la firmeza que lo caracterizada.

—Creo que sí.

Tanya asumió aquello apartando la mirada y sus pies se alejaron de él con paso triste.

—Edward—, la voz de ella hizo que él volviese a tensarse.

— ¿Si?

—Lo antes posible.

Oyó como se encerraba en el lavabo y encendía la regadera. Rápidamente abrió la puerta del dormitorio y salió en estampida hacia las escaleras. Allí se encontró con su madre a la que dio los buenos días con una sonrisa, alcanzando la americana del perchero y marchándose sin mirar atrás.

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Bella escuchó como un coche bordeaba la acera y caminó con lentitud hacia la ventana para observar quien era su ocupante. Era él, era Edward e iba impecablemente vestido, ella sonrió cuando lo vio soltarse algo la corbata mientras caminaba hacia el jardín. Estaba nervioso.

Se giró completamente y sonrió como una gatita traviesa cuando el timbre de la entrada sonó.

Bajó con paso lento todos los escalones de la casa hasta llegar a la entrada. Al apoyar la mano en el pomo, segundos antes de girarlo, se relamió gustosa y suspiró hondamente. Lo primero que vio fueron sus pies grandes, enfundados en aquellos Martinellis negros de cordones, luego su vista viajó hacia sus piernas largas, embutidas en aquel pantalón de pinzas que se ajustaba a sus caderas con total perfección, su torso se movía algo más de lo normal por lo jodida de su respiración y la corbata floja, había dejado descorchados dos botones, dejando ver el principio de aquel mar de bello seductor. Por último su mandíbula, las aletas de su nariz algo abiertas y sus ojos verdes con el ruego del abandono.

La mano de Bella buscó la suya y lo tiró hacia ella para hacerlo entrar.

Una vez dentro de la línea caliente de su casa, Bella cerró la puerta principal con el pie sin despegar los ojos de aquellas esmeraldas verdes que refulgían como piedras preciosas.

La mano de ella viajó hacia su pecho y soltó con algo de fuerza la corbata, dejándolo algo más expuesto, algo más… liberado. Él suspiró cuando notó la fuerza del tirón y jadeó, al ver como ella sonreía.

—No puedo esperar más—. Susurró ella muy cerca de su mejilla, acariciando con sus labios mojados la carne suave de él. —Quiero follarte, aquí y ahora.

Edward notó como la garganta se le secaba sin darle tiempo a más. La cabeza de Bella se ajustó a la suya tomándolo por sorpresa y le abrió los labios con su lengua caliente y suave.

La cabeza le dio vueltas, ella sabía besar, enroscar su lengua en la suya y chupar aquel músculo imitando a una felación lenta y deliciosa. Gimió dentro de su boca, picándole las manos, queriendo arrancarle la poca ropa que llevaba puesta. Ya que consistía en un pantaloncito que no dejaba nada a la imaginación y una sencilla camiseta de tirantes sin sujetador. Intentó apartar una de aquellas tirantas, pero ella negó separando su ardiente lengua de dentro de la boca de Edward.

—No quiero que tú me toques, quiero hacerlo todo yo. Quiero que seas mío, Edward. ¿Entiendes?

Él volvió a tragar sintiendo miles de espinas dentro de su cuello. ¿En qué se había convertido la dulce Bella?

Edward asintió de manera nerviosa y ella se pasó la lengua por los labios de manera lenta y provocadora.

—Y ahora, veamos si sabe tan bien como se ve.

Edward cerró los ojos. Estaban parados en el comedor y ella ya estaba abriendo los botones de su pantalón con una tranquilidad pasmosa. Cuando llegó al elástico de sus boxers y estos cayeron, ella rió de tal manear que hizo que Edward gimiera.

—Abre los ojos—. Ordenó ella. Él la obedeció y volvió a tragar muerto de deseo. —Mira como te chupo esta larga, gorda y majestuosa polla.

Edward movió las caderas y sintió los labios de ella sobre la cabeza del rabo. Sentía que iba a explotar y ni siquiera lo había tocado, los labios de ella negaron de nuevo y su voz sonó ronca… cazallera.

—No cierres los ojos, Edward—. Volvió a ordenar.

Él los abrió y con una desesperación que no había conocido nunca, viendo y sintiendo como la boca de ella mojada y caliente envolvía su polla en un ronco arrullo. Con los ojos como platos e hipnotizado por la belleza de aquella Diosa que chupaba su nardo como si fuera la piruleta más sabrosa del mundo, envió un embiste sobre la boca de ella para que profundizara más. Bella negó con la cabeza mientras sacaba la lengua y bordeaba con la lengua el eje del capullo.

—Ya… ya sé… ¡Joder, Bella!—. Siseó, al ver como ella engullía en su totalidad todo el falo y absorbía de él como si pretendiera sacar la semilla. Edward aulló desesperado por follarla y mordió su labio inferior con fuerza haciéndolo sangrar, jadeando, asustado por toda aquella vulnerabilidad que ella le proporcionaba, observando como ella engullía de arriba abajo toda su estaca dura y a punto de reventar. Ella no podría hacerlo… no… si... ¿lo iba a hacer? Sí, se iba a tragar toda masa densa que fabricaban sus bolas.

— ¡Bella…Arf…Arf…Arf… me corro, Dios…!—. Gritó enloquecido, mientras que ella lo ajustaba hasta el fondo de su garganta y mamaba de él y de su leche como la mejor de las horchatas.

Edward trastabilló cuando el azote del goce lo arrastró dejándolo como un muñeco roto. Todavía miraba como ella lo relamía por todo lo largo de su sexo que no terminaba de empequeñecerse.

—Estás rico Edward—. Susurró ella con la cabeza de la polla pegada en la boca y lamiendo como una gatita la leche de su punta. —Tu leche me pone cachonda.

Edward gruñó y la alzó sobre sus caderas como un loco. Había aguantado demasiado sin tocarla.

Bella le arrancó la camisa mientras él subía de dos en dos las escaleras hacia su cuarto.

Continuará…


¡Hola nenas!

Espero que se preparen para lo que se viene. ¿Qué les pareció? Os agradecería que me lo hicierais saber.

Besos y gracias.