-¡Cuidadanos de Norrsville!- la voz resonó por los parlantes de la plaza central, llegando a los oídos de todas y cada una de las personas allí presentes -¡Este será el día más importante en la historia de la ciudad!- pasó su mirada por la multitud y sonrió -¡Y toda la ciudad será testigo de ello!
El Hechicero observó el cambio de comportamiento de las personas frente a él, y le gustó. Era distinto a lo que estaba acostumbrado, y eso le hacía más sabroso esos momentos previos a su victoria. Sus rostros, llenos de esperanza y alegría, lo observaban a él con confianza.
Oh, cómo había esperado ese día.
-En el día de hoy, les traigo el mejor invento de industrias McFist- continuó, casi relamiéndose, preguntándose quién faltaría de los allí presentes. Quién había sido el Ninja, y quién era el mortal poseído por el Tengu. Deseó tenerlos allí, vivos, para poder aplastar con mayor fuerza las esperanzas de ese pueblo.
-Es una pena, Marci- le dijo Viceroy -Hannibal deseaba tanto verte...
-Oh, lo siento, querido- le dijo una alegre voz femenina del otro lado de su teléfono celular -Iré en cuando termine la emergencia familiar, y llevaré regalos.
-Estaremos esperándote con ansias- dijo el científico, y cortó la comunicación.
Fue a revisar, por enésima vez, que la máquina debajo del escenario estuviese funcionando como debería. Apartó la cortina, y un brillo verde enfermizo iluminó su rostro y se reflejó en los cristales de sus anteojos. Avanzó un par de pasos, adentrándose bajo el escenario, y comprobó el estado de sus funciones.
Más que listo.
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Como una sombra más entre las sombras, el Ninja-fantasma esperaba sus órdenes tras bambalinas. Inmóvil hasta el punto de ser invisible, con los ojos cerrados, parecía meditar.
Viceroy lo miró y apartó la vista de inmediato. Esa cosa parecía tener demasiada autonomía, más que unos pocos días atrás. Quizás debería colocarle un collar de obediencia, o sugerirle al Hechicero lo bien que quedaría el que asesinase al Ninja frente a los horrorizados ojos de todo el mundo, viendo cómo su única esperanza moría. Pero sabía que el Hechicero tenía otros planes, y de momento, le parecían más sensatos.
Posponer la gratificación.
Era uno de los tantos puntos que llevaban al éxito, y él lo sabía muy bien. Después de todo, era gracias a eso, y a su infinito genio y paciencia, que había llegado hasta allí, y en sólo unos minutos más, su victoria sería absoluta. La del Hechicero, y la de él, como su subordinado. Su genial subordinado. Su genio malvado.
Sonriendo con maldad, miró su reloj de pulsera.
Faltaba un minuto.
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-Y ahora, ¡sean testigos de la historia!- McFist puso un pie sobre la baja y ancha tarima, y hubo algunas exclamaciones de sorpresa -¡Ya que este es el día en que Norrisville dejará de existir!
El silencio llenó la plaza.
Todos miraban al hombre rubio, y fue por eso que pudieron ver cómo ese famoso humo verde comenzaba a rodearlo. Y el rojo, y el amarillo. Se arremolinaba a su alrededor, como un perrito faldero a los pies de su amo, ansioso por jugar.
Y Norrisville sería su juguete.
Lanzando sus manos hacia delante, el humo de tres colores serpenteó como una pitón hacia las primeras filas del público. Eso rompió su inmovilidad, y cuando los primeros monstruos comenzaron a destrozar cosas y golpear gente, la plaza comenzó a vaciarse. O eso intentaron, ya que una columna de robosimios mantenía a la población allí dentro.
Julián pensó que, quizás, el plan era que todos fuesen poseídos, y casi sonrió.
Heidi creyó que ese sería un momento histórico, y que desearía poder sobrevivir para contar cómo habían derrotado... eso.
Bash, incrédulo al ver a su padrastro actuar así, se sintió confundido. Le ordenó a un par de robots que pasaban por allí que le explicasen qué estaba pasando, pero sólo recibió un bofetón. Y luego otro. Por primera vez en su vida, sintió miedo. Su madre no estaba allí, los robots no le obedecían, Viceroy no estaba por ninguna parte y su padrastro parecía estar loco. Y poseía a todos los que estaban allí presentes, y un tentáculo de esa cosa verde venía hacia él y un robosimio tenía su pie en su espalda y empujaba hacia abajo, hacia el piso, impidiéndole levantarse, y todos esos años en los que había entrenado para el deporte, para empujar y golpear no lo habían preparado para esto, y ese jirón verde olía horrible, y cuando abrió la boca para pedir ayuda, salió un balido de algo parecido a un toro en medio de un ataque de pánico, y ya no había pie en su grupa, o flanco, o lo que sea, y tenía cabeza de todo y patas de toro y quería golpear, golpear, golpear.
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-¡Es el Ninja!
La voz pareció inyectar energía en la aterrorizada población, y la figura negra con una larga bufanda ondeando al viento se perfiló sobre el escenario. Saltó, aterrizando entre dos monstruos enormes. Dichos monstruos intentaron aplastarlo, pero el Ninja movió su bufanda hasta enlazarlos a los dos y los hizo chocar entre sí. Saltó de la pila de monstruo hacia un ser similar a una calabaza con armadura, cortando a la mitad su casco y devolviéndole la forma humana al confundido muchacho que había sido poseído.
Una enorme serpiente intentó comérselo, pero cuando llegó, el Ninja ya no estaba allí, estaba a diez metros, y el monstruo se lanzó a por él. El Ninja estaba doce metros más allá, y de nuevo y de nuevo, hasta que la serpiente, harta, se lanzó directamente hacia delante... mordiendo en el flanco a un ser con forma de toro. El toro dio coces en la calle hasta romperla, haciendo que ambos cayesen en el cráter, volviendo a sus formas humanas: Bash y Otto.
Stevens, que había logrado esconderse con Chica flautista detrás del escenario, se asomó, despacio, y observó cómo el Ninja desposeía a Dave, a Theresa y a Julian de un sólo golpe. Le pareció rara la forma en que se movía su bufanda: era del clásico color rojo, pero parecía ser algo... un alga moviéndose en las profundidades.
Escuchó un gruñido a sus espaldas y vio, con horror, cómo Chica Flautista se convertía en un monstruo. Salió corriendo hacia el Ninja, diciéndose que, si había alguien que podía derrotarla ahora, era el héroe de Norrisville.
Un puñetazo partió a la mitad su flauta, y la muchacha volvió a la normalidad, aturdida pero humana.
Julian había comenzado a tejer una tela sobre unos árboles, y tenía a varias personas atrapadas. El Ninja le arrojó una Bola de Fuego Ninja, quemando su telaraña y liberando a los prisioneros. El enorme cuerpo arácnido cayó sobre su estómago, y Julian dejó escapar un gemido. Al ver la figura, se detuvo por un segundo, como si notase algo raro. Ese segundo bastó para que el Ninja cortase su sombrero y volviese a su forma humana.
-¡El Ninja te derrotará!- le chilló Chen a McFist, quien parecía confiado. Demasiado confiado. Al punto que ni siquiera se volvió cuando el héroe de Norrisville aterrizó sobre el escenario, a diez metros de distancia.
Estamos salvados, pensó Bucky. El Ninja siempre nos salva, y si alguien lo sabe soy yo, él me salva todos los días, casi. Tengo baquetas de sobra en casa, y mañana podré volver a tocar el triángulo y el Ninja se está acercando a ese monstruo o lo que sea, McFist no parece poseído como esa vez pero ahora todos están confiados, hay esperanza, y...
El Ninja se arrodilló.
A dos metros de McFist, puso una rodilla en tierra e inclinó la cabeza, extendiendo la mano hacia el público, nuevamente mudo. Se podría haber oído la caída de un alfiler, y fue por ese absoluto silencio que todos pudieron escuchar a esa cosa que pensaban que era McFist.
-Acepto tu regalo, mi sirviente.
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El primer día que vio al Ninja, tenía seis años.
Había ido al centro comercial con su madre porque iba a empezar la escuela, y detestaba la idea. La detestó aún más cuando vio a dos madres con un niño de pelo violeta y ojos azules, la señora y la señora Cunningham, y su hijo estaba feliz de la vida. Parloteaba que iba a hacer un millón de amigos y que todo sería fantástico y que podría ser un niño grande y que entonces podría usar el control remoto del televisor.
Él detestaba la idea.
Quería quedarse en casa, tratar de copiar el rostro de su padre o de su perro, o de su madre si se quedaba quieta lo suficiente, no ir a una escuela llena de gente más grande que él. Los niños grandes se meten con los pequeños, él lo sabía bien, y no quería ser pequeño, quería ser grande y poder darle un puñetazo al bravucón que le robaba los almuerzos a su hermana mayor, que había pasado a secundaria ese año y no estarían en el mismo edificio, ni siquiera tendrían el mismo horario.
Así que se había hecho la bolsa de papas, hasta que su padre le dijo que ya era un niño grande y que con eso tendría más derechos y más responsabilidades. Que así era la vida y que, si quería algo, tenía que ganárselo. Su madre mencionó que los principios siempre parecen difíciles, pero una vez acostumbrado a la nueva escuela, seguro le iría mejor de lo que pensaba. Él sólo bufó hasta que su madre lo tomó de una mano y su padre de la otra, y se lo llevaron arrastrando como una bolsa de papas. Había un evento de la secundaria cerca, pero su hermana no podía escaparse para verlo porque era parte de la organización. Motivo de más para odiar la escuela.
De repente, escuchó gritar a su hermana.
Dejó de ser una bolsa de papas y volvió a ser él mismo, y corrió hacia los gritos sin escuchar a sus padres. Su hermana estaba allí, arrinconada en el escenario por un enorme murciélago con un moño verde en la cabeza, parecido al que llevaba una de las enemigas de su hermana, ésas a las que él quería pegarles porque eran malas. Se detuvo un segundo, y entonces su padre lo agarró del hombro y lo llevó hacia atrás, mientras su madre iba corriendo hacia su hermana, bate de béisbol sacada de una tienda de deportes cercana en mano, gritándole al monstruo que dejase en paz a su hija.
El monstruo murciélago se dio vuelta ante el primer golpe, y mandó a volar a su madre de un aletazo. Su padre no lo soltó, y siguió corriendo, intentando poner a salvo a su hijo aunque él no sabía por qué dejaba allí a su hermana y quería correr a salvarla a ella y a su madre. Y entonces apareció otro monstruo, que parecía una polilla, que salió de la nada, o de la pared en donde se había mimetizado, y los agarró a los dos con sus patitas. Los arrojó sobre el escenario, junto con su inconsciente madre, su aturdido padre y su aterrorizada hermana, y el murciélago abrió sus fauces como un cofre del tesoro lleno de pesadillas, lleno de dientes, hacia su rostro.
Y, entonces, de la nada, un Ninja apareció corriendo y se lo llevó a un piso superior, con su larga faja como cuerda, y le dijo que se quedase allí, que él salvaría a su familia. Él lo miró, maravillado, al ver que era de verdad, que no era un cuento, que en realidad había un superhéroe en la ciudad que salvaba a la gente de los monstruos, y que ésta vez lo había salvado a él. Se asomó pocos segundos después, para ver qué estaba haciendo, y vio a dos chicas muy confundidas, con sus cintas de pelo rotas a sus pies, y ni rastro del monstruo. Su madre se había despertado, y el Ninja le estaba diciendo algo, y señaló hacia donde estaba él. Él saludó, sintiéndose grande, grande como una esponja que tomaba y tomaba alegría, y el Ninja le devolvió el saludo.
A partir de entonces, crecer no le apreció tan malo.
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-Ahora, jurarás fidelidad a mí, el Hechicero- dijo McFist, ante el aterrorizado silencio del público, cautivo del terror, el silencio y los robosimios.
El Ninja-fantasma, con sus ropas teñidas de rojo y negro, levantó la cabeza y abrió la boca. El hombre frente a él sonrió, mostrando muchos dientes, y él continuó abriendo la boca, como un cofre lleno de pesadillas, y metió su mano dentro. Era como intentar tomar algo en una habitación muy grande, pero sabía lo que buscaba, y cuando lo encontró, tiró de eso hacia fuera.
Podría haberle sacado la lengua al Hechicero, si quería.
En vez de eso, le mostró al dragón.
Un dragón enorme, rojo y negro, surgió de su boca, llena de desgarrones de tela, de algo que había empezado como sueño pero que, ahora lo sabía, era un mundo de pesadillas. El enorme dragón era más grande que su boca, así que tuvo que abrirla más, hasta sentir que tocaba su espalda con su nuca, pero no importaba. Era más que flexible ahora, y podía sentir en el aire algo muy parecido a lo que él había sentido cuando el Ninja lo salvó, allá lejos y hace tiempo.
El dragón rugió al aire.
El decorado del escenario saltó en pedazos.
Un robot, negro con partes de niebla verde y rápido como una sombra, aferró el largo cuerpo del dragón con ambas manos, y tiró de él hasta sacarlo por completo de la boca del cofre, con desgarrones de tela y lleno de algo que no era ni sueño ni pesadilla. Apretó con fuerza, y el dragón dejó de rugir, cortándose en seco, hasta que golpeó con su larga cola al robot.
Una bola naranja salió con la punta de la cola y rebotó contra dicho robot, dejando a su paso una estela de plumas ardiendo, clavadas en el pecho negro y hundiéndose con saña. El Hechicero sintió que algo grande, verde y furioso cargaba contra él, obligándolo a que bajase la vista hacia un cuerpo conocido, demasiado conocido, que lo hizo caer al suelo del escenario.
-¡Maldito seas, Hechicero!- dijo McFist, furioso, mirándolo con sus ojos blancos -¡No permitiré que lastimes a Marci!
La mano derecha del Hechicero se hizo puño, y golpeó contra el costado de la figura verde. El cerebro parecía dormir, ajeno a toda la escena desarrollándose. El público se movió, dejando que el cuerpo del Hechicero cayese sin aplastar a nadie, y unos pocos le dieron ánimos para que se levantase. Logró ponerse en pie, pero el Hechicero estaba sobre él, arriba del escenario, con la tarima de metal sostenida entre sus brazos y a punto de dejarla caer sobre la verde cabeza.
La bola naranja chocó con su costado.
El Hechicero, dejó escapar un grito de sorpresa, sintiendo cómo las plumas ardientes lo rozaban, y luego lo hacían caer, dejando olvidada la tarima allá atrás, diez metros y mil años atrás. La bola de plumas tenía garras, tenía pico y estaba furiosa, se movía a gran velocidad y no lo golpeaba, eso era lo raro. Intentó levantarse, darle un puñetazo con su poderoso brazo derecho, pero estaba clavado, emplumado al piso del escenario, y la cabeza del robot pasó volando sobre él, aterrizando en uno de los lados del círculo de robosimios.
La enorme cabeza del dragón se cernió sobre él, junto con el pico del Tengu.
-Hasta aquí has llegado, Hechicero- dijo el ave-demonio.
Y, entonces, la nada.
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Stevens observó la escena en silencio, como siempre.
Primero, el dragón había mordido al robot como si fuese un niño gordo comiendo un helado en un día de calor tórrido. Luego había arrojado la cabeza, las piernas, los brazos, el torso, hacia el círculo de robosimios que los mantenían allí cautivos. Después había girado, como si fuese una sierra, y había destrozado los que quedaban. Y entonces, el Hechicero-dentro-del-cuerpo-de-McFist estaba allí, clavado al piso, mientras ésa ave-demonio que había visto aquélla vez lo mantenía allí, clavado a escenario, ayudando al Ninja.
Porque el Ninja-fantasma estaba allí, ahora sí, con su traje negro y verde, y había sido siempre un aliado, y todo había sido un plan maestro desde el principio.
Y entonces el dragón gigante hizo algo, y algo que no era ninguna de las nieblas del Hechicero rodeó a McFist y al Hechicero, o a sus cuerpos, y el ave-demonio hizo algo con sus plumas y, después de una luz cegadora, allí estaba el señor McFist, aturdido pero ileso.
-¡Viceroy!- ordenó -¡No dejes escapar al Hechicero!
El científico, aturdido como si estuviese borracho, ordenó a todas las unidades que atrapasen al ser verde, consciente pero inmóvil, y que trajesen algo que le dijo el señor McFist, algo de unos grilletes, y el Hechicero gritó que no de nuevo.
-¡No puedes hacerme esto, Ninja!- en el momento que tomó aire, se escuchó el ruido metálico de los grilletes, y parecía como si tirasen de él hacia algún sitio por debajo de la tierra -¡Estaba tan cerca de reclamar mi reino!
El dragón rugió, haciendo vibrar los vidrios que aún quedaban enteros, y el Hechicero desapareció en un revoltijo de colores, hacia abajo, liberando al mundo de la superficie de su presencia, no así de sus gritos de indignación. Helaban la sangre, pero Stevens, y el resto de Norrisville, sentían que sus corazones estaban tan cálidos que no podrían ser entumecidos por el frío del miedo.
Y allí estaba el Ninja.
El enorme dragón se deshizo en una nube negra y roja, como en una bomba de humo gigante, y allí estaba el Ninja, imponente como nunca, con la bufanda ondeando al viento y esa mirada de héroe.
-¡Ciudadanos de Norrisville!- los vítores cesaron enseguida -¡El Hechicero ha sido derrotado, y no volverá a merodear por la superficie de la tierra!
Le dio la mano a McFist, ayudándolo a levantarse, y lo miró a los ojos. El hombre asintió, decidido, y le dijo algo a Viceroy, algo que al entrenado oído de Stevens sonó como "terminar con ese loco" y "que no sucedería de nuevo". Luego, el Ninja saltó, y el Ninja-fantasma también, y ambos aterrizaron en ese ave naranja gigante, que estaba volando y volando se fue, más allá de la vista.
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El Ninjanomicon brillaba.
-¿Estás seguro de esto?- preguntó el Ninja, iluminado por la luz de la Luna llena, sentado con las piernas cruzadas en el techo de la secundaria.
El Ninja-fantasma asintió, y jadeó.
-Dice que le falta demasiado para ser buen héroe- tradujo Tengu-Howard -pero que tú si lo eres y que eso te servirá más a ti que a él.
Entonces, el Ninja asintió, y colocó ambas manos tras la nuca del Ninja-fantasma, arrodajado frente a él. Las manos enguantadas en negro y rojo comenzaron a brillar, y sus dedos se movieron hasta legar a la base del cuello, despacio. Se deslizaron por esa zona hasta encontrar el borde de la máscara, a tomaron y tiraron de ella, despacio, como si retirasen un trozo de piel que había cumplido su función y se negaba a irse.
En vez de las cintas, aparecieron jirones de tela, flotando alrededor del cuerpo del muchacho, como los restos del vestido de una muñeca en un naufragio. A medio camino el muchacho bajo la máscara pareció sentir dolor, y el Ninja se detuvo, hasta que el otro asintió. La máscara se negaba a irse, pese a que su poder ya no era ni la décima parte de lo que había sido. Y cuando al fin estuvo en las manos del Ninja, el otro muchacho, ahora libre de la magia del Hechicero, sonrió y cayó hacia atrás.
Tengu-Howard lo atrapó.
-Se ha desmayado- le dijo al Ninja, y lo tomó entre sus garras -Lo llevaré a su casa: ese librejo dice que recordará todo como si fuese un sueño.
El otro muchacho asintió, y las poderosas alas naranjas batieron un par de veces antes de elevarse. Eludiendo las zonas iluminadas, se perdió en la noche, dejando al Ninja con una máscara en las manos, al lado del Ninjanomicon.
-Bien, entonces ahora... - dejó la máscara en el suelo y se concentró, recordando lo que le había enseñado el Nomicon, llevando su energía a las manos, de allí al aire y de allí a ese trocito del pasado, contaminado por la magia del Hechicero. Halló el trocito y le ordenó arder, volverse cenizas y luego volverse menos que eso, desvaneciendo la magia que lo había mantenido unido, como si se apagase una vela.
Cuando Tengu-Howard regresó, Randy tenía el Nomicon en sus manos.
-Pues bien, "Ninja"- dijo, cambiando a su forma humana -has salvado a la ciudad una vez más, y de qué forma.
Randy lo miró, sin saber qué decir.
-¿Qué te sucede, viejo?- preguntó el pelirrojo, sentándose al lado de su amigo.
-Hoy casi podría haberlo echado todo a perder- dijo Randy, suspirando -Y sólo nos salvamos porque...
-Porque trabajamos en equipo y el poder de la amistas y todo eso, sí, sí. Creí que sabías que podrías contar con nosotros. Conmigo, con Tengu y con... el Nomicon ese.
-Howard, ¿qué habría pasado si algo salía mal?
-Pues no estaríamos aquí para preocuparnos de eso.
-No estoy tan seguro...
El Nomicon brilló.
-¿Ves? Hasta el libro te lo dice. Lo único que necesitas, hombre, es tener colegas tan Bruce que te hagan Bruce.
-¿Y si no soy lo suficientemente Bruce?
-Oh, claro, derrotar al hechicero y ganarte a McFist en un mismo día no es nada, claro- sus ojos se volvieron rojos -Como si yo ayudase a cualquier ninja que me lo pidiese, mortal.
Randy respiró hondo, mantuvo el aire dentro por unos segundos, y luego lo dejó ir.
Y empezó a reírse por lo bajo.
-¡Eres tan Tsundere!
-¿A quién llamas Tsundere, mortal?
-A ti, Tengu. Es decir... "No es que me preocupes o algo"- Randy cayó hacia atrás y empezó a reírse a carcajadas, rodando sobre sí mismo.
-¡Ya es suficiente, mortal! ¡Saca tu máscara y yo sacaré mis garras y veremos si vales tanto como dices!
-¡De acuerdo, Tengu!- dijo Randy, levantándose y mirándolo, decidido -¡Acepto tu desafío!
Un par de horas después, tanto Randy como Tengu-Howard estaban algo más magullados, pero mucho menos tensos.
Esa noche, hasta el mismo Tengu tuvo que admitir que se sentía, por primera vez en siglos, a gusto con un mortal.
Y a gusto con su amigo el Ninja.
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FIN
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En Tumblr la idea común es que Randy tiene dos madres. Me gustó la idea y la he incluido, ya que esa realidad no es algo que se vea en obras para niños o adolescentes. Y antes que me lo hagan notar, un círculo tiene infinitos lados.
Y aquí está, dalas y caballeros, el final de la historia. Espero haber aportado algo positivo al fandom de esta serie, que se merece más atención y más obras relacionadas. Inspírense en su magnificencia, en sus ideales, en su arte y en sus historias, en sus personajes y en todo lo que implica, y dejen fluir su imaginación.
Nos leemos, y gracias por leer
Nakokun
