Capítulo 14.

12 de diciembre de 1941.

15:15 horas.

¿Qué sintió en cuanto leyó aquel nombre en esa carta de reclutamiento? No sabía por qué, pero Kagura comenzó a experimentar un extraño nudo en su pecho.

Maldijo a la guerra, y el emperador no estaba exento de sus maldiciones. ¿Un honor servirle a tal figura pública? ¿A tal "Dios" o "Divinidad"? Patrañas, mierdas y más mierdas. El honor podía metérselo por el culo si quisiera. No podía sentir ningún respeto por alguien que dictara tales órdenes dictatoriales, valga la redundancia.

Tomó el papel con fuerza, prácticamente lo arrugó un poco. ¿Al destino no le bastaba con arrebatarle a su figura paterna, sino que también quería arrebatarle a alguien a quien ya consideraba su acompañante de las más banales conversaciones hasta los más cultos intercambios de opiniones sobre alguna obra que merecía ser apreciada?

Era imperdonable que la guerra ahora quisiera quitarle a su ahora más fiel empleado, a Sougo Okita.

— ¿Ocurre algo, Mi Señora? ¿Se siente bien? – su voz, su cálida voz la había sacado de sus pensamientos.

Se había sobresaltado un poco y lo miró un tanto asustada. Ya luego pudo recobrar la calma en lo que podría considerarse unos segundos.

— No es nada… – le mintió. Ocultando aquel papel tras de sí. ¿Pero acaso estaba bien mentirle? ¿Acaso Sougo no corría peligro de igual manera si no se enteraba de que lo estaban reclutando a la maldita Segunda Guerra Mundial?

Los tiempos eran difíciles, especialmente por esa "lealtad" a la guerra que el mal nacido del Primer Ministro había implementado a costillas de las amenazas del Kenpentai*. ¿Qué lealtad podía haber si prácticamente obligaban a los reclutados a participar sí o sí en la guerra? Un sistema de mierda implementado por un hombre de mierda.

Kagura se encontraba ante la espada y la pared. No quería que Sougo fuera a la guerra, pero tampoco quería que las fuerzas de aquella policía militar del Ejercito Imperial Japonés lo tuvieran bajo amenaza.

— No… sí hay algo… – se mordió el labio preocupada dirigiendo su mirada hacia otra dirección, mientras lentamente dejó de esconder aquel papel a sus espaldas para extendérselo a Sougo. No había más alternativa. No había escapatoria.

El castaño lo tomó en sus manos. Leyó con detenimiento cada palabra:

Reclutamiento militar.

Se estima que mediante la presente, el señor Sougo Okita, nacido el 8 de julio del año 1919, deberá presentarse al reclutamiento y servicio militar lo antes posible.

En caso contrario, el individuo será sancionado por obra del Kenpentai y caerá en deshonra por el imperio nipón.

¡Honor y lealtad al emperador!

Sintió que el mundo se le vino encima… que su promesa con Gintoki podría destruirse en cualquier momento. No podía dejar sola a Kagura, y menos en estas circunstancias. Quería protegerla, quería estar con ella, sin embargo, el imperio no perdonaba nada a nadie. Unos completos tiranos sin corazón, belicosos que solo se preocupaban por la guerra que había afuera. ¿Y de qué otra cosa podrían preocuparse? Había que "ganar" después de todo… Pero obligar a alguien jurar lealtad era algo inhumano, inaceptable. Más aún porque debía poner en peligro su propia vida por órdenes del emperador. Todo sea y nada sea por el emperador.

La observó con sus ojos carmesí y apreció ese azul profundo. Pensó entonces que quizás esa ida a la guerra no la haría por aquella poderosa figura parecida a un Dios, según la cultura oriental… sino que la haría por ella y únicamente por ella. Para terminar con la maldita situación que estaba pasando en el país. Batallaría por Kagura, sería su manera de protegerla de ahora en adelante.

Se uniría a las fuerzas del eje por Kagura, mataría a los enemigos por Kagura. Aquella era una convicción más fuerte que la de hacerle honor al imperio.

— Mi Señora… Tengo que hacerlo.

Y ella lo observo. Sus palabras demostraban convicción, pero sus ojos… sus carmesís ojos mostraban el miedo que siente un niño pequeño cuando piensa que hay monstruos bajo su cama.

¿Quién no tendría miedo en una situación así? Por más valiente que fuese el castaño, ir a la guerra le asustaba, más aún por el fatídico hecho reciente que marcaba notoriamente a los dos.

Kagura bajó la mirada y sintió que las manos le tiritaban. Entendió que se quedaría sola, entendió que no tendría con quien charlar en sus ratos libres. Y, por sobre todo, entendió que el destino podría arrebatarle a su más fiel empleado en cualquier momento. Sin embargo, se mantuvo firme.

— Entiendo… – dijo en un hilo de voz, casi imperceptible. – Está… Está bien… – Por poco se escuchaba, y Sougo podía jurar que su voz se iba quebrando. – Cuídate… Cuídate mucho… Por favor… – y es que la firmeza que trataba de mantener no había durado mucho. Terminando de decir aquello, unas silenciosas lágrimas comenzaron a recorrer sus mejillas.

Por obra de inercia, el ojicarmín no hizo más que abrazar a su ama, de la misma forma en que la había abrazado esa vez en la que se enteró de que Gintoki había fallecido. Comprendía que estaba sensible, él también lo estaba. No había nada más que hacer más que ofrecer su comprensión y calor en un abrazo.

15 de enero de 1942.

Casi un mes había pasado desde que Sougo partió.

Si antes la casa se sentía un poco vacía, ahora lo estaba completamente sin la presencia del castaño. Y es que los demás empleados no podían llenar aquella soledad que Kagura estaba sintiendo.

Recordaba la promesa que él le había hecho antes de irse, la recordaba a la perfección y deseaba desde lo más profundo de su ser que aquella promesa se cumpliera.

"Regresaré, no me pasará nada… Se lo prometo".

Y se aferraba a ella, todos los días, para no sentir tanta soledad, ansiando el día en que su más fiel empleado volviera. Pero, ¿por qué?

¿Por qué sentía tantas ansias por verlo regresar con vida? Estaba casi segura de que todos esos pensamientos habían aparecido por culpa de la muerte de Gintoki y el miedo de no ver nunca más a aquella persona que la acompañaba en sus ratos libres. Tenía miedo de perder nuevamente a un amigo. Porque para ella, Sougo era eso, un amigo. Sin embargo, nunca se había animado a decírselo.

Fue entonces que la primera carta llego.

Era una sorpresa para ella, no esperaba recibir nada, pero esa carta le había quitado esa soledad que sentía hace algunos segundos:

13 de enero de 1942.

Mi Señora Kagura,

Quiero decirle que me encuentro bien y espero que usted también lo este.

El servicio militar es un tanto duro. Sin embargo he sabido llevarlo a la perfección.

Por el momento, aún no nos han llevado a los campos de guerra, nos están ejercitando y preparando para ello.

Me han enseñado a usar armas de fuego… Creo que la que más me gusta es la bazuca; puede que sea grande y pesada, pero tiene buen alcance y es perfecta para situaciones en las que se necesite un arma potente.

No sé cómo expresarle esto, pero… en cierta manera… extraño trabajar para usted en la mansión.

Si bien acá estamos demasiado ocupados hasta como para pensar, por las noches recuerdo la mansión, las cosas que me encargaba hacer y a usted. Y la verdad son cosas que no me están dejando dormir muy bien… Estoy preocupado de que no se sienta mal ni tampoco enferme. Es invierno después de todo y a veces se le olvida usar bufanda o sale sin su paraguas a la nieve. Por favor, Mi Señora, úselos, no querrá enfermarse ahora que maneja una gran empresa.

Por cierto, ¿cómo le está yendo con la empresa? Hoy revisando algunas de las armas que usamos acá me di cuenta de que son marca Sakata… Es irónico que la marca de un arma me recuerde también al jefe, ¿no? Por lo que veo, la empresa va bien. Siempre llegan cajas llenas de armamentos que vienen de allá. ¿Pero usted ya se ha acostumbrado? ¿No la han tratado mal, cierto? Espero que no.

Me gustaría, y si es posible, que pudiera responder esta carta… No la estoy obligando ni nada, es solo si usted quiere. Solo espero que la carta no haya llegado muy tarde a su hogar.

Sé que es un poco tarde, no nos dejaban escribir hasta ahora, pero espero que haya pasado un buen año nuevo y haya brindado acompañada por su familia…

Acá en el regimiento hicieron un pequeño brindis con sake y ya, solo eso. No fue la mejor manera de recibir el año, sin embargo tuvimos que conformarnos con lo que había.

Espero que esta guerra termine pronto para volver a trabajar para usted.

Se despide su empleado,

Sougo Okita.

Kagura guardó la carta en el sobre donde venía y la dejó dentro de una libreta que usaba de vez en cuando para anotar cosas y fechas importantes.

Había sentido una calidez en su pecho con aquella carta y se sentía feliz de haberla recibido. Al fin tenía noticias del castaño después de un mes, y es que la costumbre de verlo todos los días en su casa se había hecho fuerte.

De vez en cuando lo llamaba para pedirle algún favor, pero luego recordaba que no estaba y se mantenía en silencio por un largo rato, pensando en cómo su presencia había dejado tanta huella en ella y en su vivir diario. Creía que solo era costumbre.

Le escribió una carta, respondiendo a sus preguntas, diciéndole que la empresa iba bien y que ella también lo estaba, además de que no la trataban mal en la empresa y que de vez en cuando Shinpachi la ayudaba en algunas cosas con respecto al inventario de armas, ya que aún no lograba aprendérselo por completo.

También le había mencionado que la casa se sentía sola a veces sin su presencia, y que no se preocupara por lo de año nuevo, porque había brindado con su familia en la mansión Yato.

Y cuando terminó de escribir la carta, la guardó en un sobre y quiso ir directo a la oficina de correos para ir a dejarla. No estaba lejos después de todo. Media hora en auto no era tanto.

Avisó a sus demás empleados que iba a salir y se dirigió al carro.

Se sentó en el asiento del piloto y con sus manos tocó el volante, haciendo que un agradable recuerdo se le viniera a la cabeza.

A sus 17 años, Kagura había aprendido a conducir, y no era gracias a Gintoki. Él estaba muy ocupado para poder enseñarle a la bermellón ciertas cosas más prácticas que teóricas. Sino que fue gracias a Sougo.

El castaño se dedicaba todos los días a darle pequeños cursos de conducir a la ojiazul. Ella escuchaba atenta todo lo que él le decía y miraba concentrada la palanca de cambios cada vez que él la utilizaba.

El terreno donde vivía era grande, así que no había problemas con practicar ahí.

Y entonces, Kagura esbozó una tierna sonrisa cuando recordó una ocasión en la que sin quererlo, y por descuido, había chocado contra el corral de los caballos. Por suerte no les había pasado nada, ni a ellos ni a los caballos.

— L-Lo siento… – dijo tímida mientras escondía su cara en el volante.

Sougo había mirado al frente sorprendido del destrozo que habían dejado, pero en vez de enojarse, comenzó a reír, divertido.

Esa sonrisa… la recordaba a la perfección. Tan pura, tan inocente. Fue la primera vez que había sentido que el castaño le demostraba una confianza de amigos que nunca se había animado a mostrarle. ¿El problema? Aquella demostración solo había sido esa vez. Nunca más volvió a repetirse y de hecho, pudo notar que luego de aquellas carcajadas tan sinceras que había tenido, sintió un poco de vergüenza y había dejado de reír.

Pensó, quizás, que Sougo creía que no podía mostrarse así ante su jefa.

Volvió en sí y encendió el auto pausando aquel recuerdo.

Esperaba volver a ver esa confianza algún día.

16 de enero de 1942.

18:30 horas.

Salió del trabajo y una idea cruzó por su mente. No era tan tarde para ir a la mansión Yato.

Extrañaba a su madre, más aún ahora que se sentía tan solitaria en su gran casa, llena de adornos y colecciones valiosas.

Se dispuso a hacer ese largo viaje. No importaba si llegaba tarde a su destino, de seguro a su madre no le preocuparía.

Hacía frío y recordó entonces que no había traído su bufanda consigo. "Sougo tenía razón" pensó, y sonrió para sí misma mientras abría la puerta del carro para introducirse en él y comenzar a manejar.

Era diferente ser la piloto en un viaje de una hora y media, ya que eso demoraba el trayecto desde su trabajo hasta la mansión Yato.

No podía distraerse mirando el paisaje ni tampoco había nadie con quien conversar mientras el auto seguía su curso. Se aburría y a momentos deseaba que el largo sendero terminara luego para poder descansar.

Ahora entendía como se sentía Sougo cuando iba a buscarla a la empresa, aunque el viaje no fuera tan largo, si era un trayecto solitario.

El sol se ocultaba y la dificultad de la noche se hacía presente. Encendió las luces.

Pudo observar como comenzaba a nevar nuevamente y un mar de pensamientos negativos se le vino a la cabeza.

"¿Me pasará algo malo?"

"¿Iré a chocar por culpa de la nieve?"

"La oscuridad no me deja ver bien…"

"Espero que ningún animal vaya a cruzar por la carretera…"

Si bien Kagura había aprendido a manejar, de vez en cuando le daban miedo las posibilidades de chocar en algún lugar. Porque sí, Kagura no era perfecta y tenía algunos terrores comunes que toda la gente posee.

No quiso darle más vuelta al asunto y se armó de valor. No seguiría pensando en cosas negativas.

19:10 horas.

Había llegado al fin y suspiraba aliviada.

Se había demorado un poco más ya que decidió manejar a baja velocidad, por si acaso. Prefería estar segura después de todo.

Se bajó del auto y se acercó a la puerta de la mansión para tocar esa delicada y sutil aldama que adornaba la entrada.

Abuto salió a abrirle, como era de esperarse y se sorprendió al verla.

— Señorita Kagura, no la esperábamos tan tarde.

— Solo vine a ver a mamá. – le respondió ella con una sonrisa.

Entró y se dirigió a la sala de estar, en donde su madre se encontraba leyendo mientras tomaba una taza de té verde.

En cuanto la vio, se sintió inmediatamente acompañada. No la había saludado aún, pero ya sentía su cercanía y calidez que solo una madre como Kouka podía tener.

— Hola, mamá – le dijo con serenidad capturando la atención de la mayor. Se sonrieron mutuamente y la invitó a tomar té con ella.

— ¿Cómo estás, hija? Que linda sorpresa.

— Bien, mami. ¿Y tú? ¿No está papá ni Kamui?

— Tu padre anda de viaje, ya sabes. Y Kamui va a llegar más tarde. Tiene que ver unas cuentas de la empresa. – tomó un sorbo de su té para luego seguir hablando. – Oh, hija. ¿Te enteraste? Kamui se va a casar.

Kagura había recibido la noticia con sorpresa y casi se atragantaba con el té que estaba tomando. Por suerte solo había tosido un poco.

— ¿Es en serio? Nunca pensé que mi hermano querría sentar cabeza… – estaba anonadada. No se lo podía creer, y es que no es para menos. Desde que era pequeña que veía a su hermano como un hombre al que solo le interesaba salir con muchas mujeres en menos de un mes. No se imaginaba que algo serio como casarse pudiera salir de él.

— Sí, con Soyo Tokugawa. – dijo tranquilamente Kouka para dar un nuevo sorbo de su té con real parsimonia.

— ¡¿La hermana del emperador?! ¡¿C-Cómo?! ¡¿Cuándo la conoció?! – Había dejado la taza de té a un lado mientras alzaba la voz demostrando total sorpresa.

— No grites, hija. Los modales en la mesa. – y su voz serena había hecho que Kagura se tranquilizara por completo.

— Lo siento, mamá…

— Fue hace un mes más o menos que la conoció. – La chica no podía dar crédito a lo que su madre decía. ¿Un mes? ¿Solo un mes? – Fue por un encargo de pieles para los sillones del emperador. Kamui comenzó a hablar con ella y empezaron a "enamorarse", por así decirlo. Fue entonces que le pidió la mano de Soyo al emperador Shige Shige. Aunque estoy segura de que tu hermano solo engatusó a la pobre chica, ya sabes cómo es él. De seguro solo lo hace por negocios. En ese sentido salió igual a tu padre.

La joven de cabellos bermellón había quedado en silencio. ¿Por qué sentía que algo estaba mal cuando pensaba que su hermano solo estaba usando a la pobre chica como mero asunto de negocios? Se lo esperaría de su hermano, pero no le gustaba para nada la idea.

— ¿Qué hay de ti, hija? ¿Cómo sigues con lo de la ida de tu empleado?

Kagura la había mirado impresionada. Era increíble que Kouka aún recordara lo que le había dicho la noche de año nuevo, sobre la idea de Sougo y su reclutamiento en el servicio militar.

— Bueno… Ayer me llegó una carta de él. Está bien. Me contaba un poco sobre lo que le estaban enseñando en el servicio y que aún no salían a los campos de batalla, también… que extraña trabajar para mí… – una sonrisa cálida se posó sobre la menor mientras sus ojos tenían un leve brillo.

Kouka la miraba tiernamente, como si supiera algo que la ojiazul no sabía, aun así, decidió callar. Esperaba que su hija se diera cuenta de todo en algún momento.

— Ya veo. ¿Extrañas su compañía también? – la pregunta que su madre le había hecho hizo que la mirara sorprendida. ¿Extrañar su compañía?

— No… No lo sé. A veces sin querer lo llamo para que me haga algún favor, pero de seguro es la costumbre. Ya sabes, desde que me case con Gin que Sougo ha estado a mis servicios, así que supongo que solo es eso.

La bella dama de ojos turquesa sonrió para sí misma al mismo tiempo que pensaba, quizás, que su hija era muy lenta o solo estaba confundiendo las cosas. Confusión que tendría por largos años.

— ¿Tienes hambre, hija? – le preguntó tranquila a la vez que le cambiaba de tema.

El rostro de Kagura se había iluminado y le asintió con el rostro. No había comido nada desde el almuerzo después de todo.

19:45 horas.

Las dos damas se hallaban comiendo una deliciosa cena cuando sintieron que la puerta de la mansión se abría.

—… Y entonces, eso es lo que pasa con la empresa. Debo hacer algunos cálculos y… – Se escuchaba la voz de cierto hermano entrando a la mansión para luego dirigirse al comedor. Sabía que su madre estaría allí cenando. – Ah, hermanita. No esperaba verte por aquí. – manifestó en su tono cantarín mientras le sonreía.

— Hola, Kamui. – le sonrió de vuelta. En esa época aún no se llevaban mal del todo.

— Que bueno que estás aquí, Kagura. Justo traje a una visita. Me gustaría que la conocieran. – El bermellón se había hecho a un lado para presentar a su hermosa y elegante visita.

Una joven de cabello azabache, tez blanca y ojos cafés se presentaba ante ellos. Con un porte de educación máxima que parecía ser de crianza de alto linaje (y es que lo era) y un hermoso vestido elegante de tono verdoso y sutil el cual traía puesto, haciéndola ver hermosísima.

— Mi nombre es Soyo Tokugawa, un gusto en conocerlas. – había hecho una leve reverencia a las damas presentes, haciendo que se pararan de sus asientos y le saludaran de igual manera.

— El gusto es nuestro. – le respondió la mayor con suma elegancia. – Por favor, tome asiento. ¿Le gustaría servirse alguna taza de té o quizás cenar? – era bien sabido que la Señora Yato era una excelente anfitriona.

— Muchas gracias, con el té estaría bien.

Kouka llamó a Abuto para que le llevara té a la joven Tokugawa.

Mientras, Kamui se sentaba a un lado de su prometida. Sin embargo, eso no evito que comenzara una punzante conversación con su hermana.

— Me entere de que quedaste viuda, hermanita. ¿Qué vas a hacer con la empresa? No creo que Gintoki haya sido tan idiota como para dejarle por completo una empresa armamentista a una mujer, ¿no? De seguro hay alguien que también está a cargo, ¿cierto? – se podía notar aquel tono un poco burlón en sus palabras ¿Por qué había dicho eso?

— ¿Qué tratas de decirme, Kamui? – dijo ella adoptando un rostro serio. Algo definitivamente andaba mal.

— Digo… que una mujer no puede manejar todo ese dinero. O sea… las mujeres no están para manejar números… Ellas están para esperar a sus maridos con una rica cena y… otras cosas más.

— ¿Qué estas tratando de decir, Kamui? ¿Qué no puedo hacerme cargo de la empresa yo sola? – su tono había cambiado de serio a uno un tanto furioso. – ¿Cómo es eso de que solo por ser mujer no puedo hacer lo que quiera?

— La única mujer que conozco que podría hacer lo que quisiera es mamá. Y lamentablemente no eres ella. – sonreía con sorna. ¿Acaso le daba lo mismo estar rodeado de mujeres como para insultarlas de igual forma? ¿Le daba la misma mierda que su prometida estuviera sentada al lado de él escuchando todo?

— ¿Eso crees, complejo de Edipo? – Su mirada era como fuego a pesar de que sus ojos eran tan azules como el basto océano.

Kouka se mostraba serena, sin embargo, por dentro podría estar furiosa al presenciar tal pelea entre hermanos, y más aún porque su hijo estaba insultando al sexo femenino sin razón aparente.

— Kamui. – una mirada, una sola mirada le había dedicado la mayor al ojiazul para que este se quedara completamente callado.

La cena ya no fue lo mismo después de aquello.

*Kenpentai: Era la policía privada del emperador, algo así como la guardia imperial. Durante la Segunda Guerra Mundial, el Primer Ministro Hideki Toujou, utilizó extensamente al Kenpentai para que todos los civiles fueran leales a la guerra, resumiendo así a Japon en un Estado Policial.