CAPÍTULO 12
Viajaron durante tres días. Emmett no quería apresurar el ritmo, a pesar de que Rosalie lo instaba a correr.
—Al final de este viaje habrá una batalla, Rosalie. No podemos darnos el lujo de desgastarnos antes de la primera batalla —le advirtió.
Por la noche hicieron el amor donde acamparon, los acoplamientos a veces eran feroces, otras los saboreaban, pero siempre matizados con un toque de desesperación. Emmett la sostuvo mucho tiempo después de que se quedara dormida, mirando a las estrellas.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó adormilada.
—Tomándome mi tiempo.
En algún momento después de la comida al mediodía del tercer día, descubrió el paradero del asentamiento. Rosalie se quedó sin aliento cuando vio las tiendas salpicando la zona y a su gente pululando cerca… familias, soldados, trabajadores del castillo.
—Mi gente —murmuró ella, llena de tanto alivio y amor que apenas podía respirar—. Allí está Félix—casi gritó, y corrió hacia él, antes de que Emmett pudiera detenerla.
Rosalie corrió por el campo con nueva energía, el viento le mecía el pelo y le refrescaba la cara. Las personas que trabajan fuera se detuvieron a mirar, sus mandíbulas cayeron abiertas en estado de conmoción y sus ojos estaban llenos de lágrimas. Su gente la rodeó, para darle la bienvenida.
—¿Se sabe algo de mis hermanos? ¿Alguien ha oído algo de ellos? —gritó por encima del estruendo.
Sin embargo, los Eldens continuaron regocijándose de que uno de los herederos hubiera vuelto con ellos.´
—Félix —gritó.
El hombre se volvió al oír su nombre. Félix había sido un miembro importante de su familia, parte de la seguridad que protegía a sus padres. La edad se había apoderado de él desde la última vez que lo vio. Parecía tenso y derrotado. Sus ojos se hicieron más grandes y la alegría bordeó sus facciones cuando la reconoció. Luego su rostro palideció.
Culpa.
Ella conocía esa emoción también.
—No fue culpa tuya —se apresuró a asegurarle—. ¿Cómo podría la fuerza de un único hombre derrotar al Hechicero de Sangre?
—No deberíais estar aquí —advirtió.
Qué tonto por parte de Félix preocuparse por ella en estos momentos.
—Tonterías. Ésta es mi gente. Aquí es donde pertenezco.
—¿Cómo llegasteis hasta aquí? —La mirada de Félix buscando entre la multitud, reconociendo al recién llegado, Emmett.
—Tú —señaló—, sácala de aquí.
La mano de Emmett se dirigió inmediatamente a la empuñadura de la espada.
La puerta de la dependencia anexa se abrió, asomó un hombre, y la multitud calló. Rosalie le reconoció como miembro del grupo que una vez había protegido el perímetro de Elden.
—¿Qué es todo este alboroto? —bramó. Era una voz atronadora viniendo de alguien tan delgado.
Al instante la gente comenzó a apartarse y a encogerse de miedo.
—¿Por qué gritas cuando todo lo que estamos haciendo es disfrutar del día? —preguntó ella, con voz severa.
—Alistar ha estado, eh, dirigiendo a la gente.
Rosalie reprimió un escalofrío. Alistar siempre le había parecido un tipo desagradable, pero la guerra hacía extraños aliados, ella echó un vistazo a Emmett. El examinaba la multitud, su mano continuaba en el arma.
—A veces se necesita un poco de fuerza para mantener las cosas tranquilas y ordenadas. Lo entendéis, estoy seguro.
No, ella no lo entendía.
—No quiero más de esto. Estas personas están aterradas. Han perdido a sus seres queridos y temen el futuro. No necesitamos más luchas e ira.
Los labios de Alistar se elevaron sobre sus dientes en lo que se suponía iba a ser una sonrisa. Más bien parecía una mueca.
—Gracias por todo lo que has logrado, Alistar. Tus acciones no pasarán desapercibidas —agregó. Y advirtió.
Emmett se adelantó.
—Cuéntame las novedades.
Alistar se puso tenso, como si estuviera a punto de discutir, entonces su mirada se fijó en la fuerza y amplitud de los hombros de Emmett y en la enorme espada en su cadera.
—Edward está cobrando una gran fuerza en el sur.
La alegría y el alivio de oír la noticia casi la hizo doblarse.
—¿Mi hermano está vivo?
Alistar asintió con la cabeza.
—Y Jacob. Dirige un ejército también. La palabra que mantiene al Hechicero de Sangre en Elden ya se debilita. Éstas serán nuestras tierras otra vez —dijo, lo bastante fuerte como para que la muchedumbre entera escuchara.
Una gran alegría se escuchó y Rosalie entendió porque seguían a Alistar. Tal vez su primera impresión de él estaba equivocada. A veces en tiempos difíciles afloraba el carácter de las personas y aumentado con la fuerza interior. Con ella, salió una luchadora
La mirada de Alistar cayó sobre Emmett.
—Gracias por escoltar a la princesa a su tierra natal. Serás recompensado por los problemas. Félix, tráeme el oro que había apartado. Nos temíamos que si fuera capturada tendríamos que pagar un rescate.
Ella miró a Emmett, cuyos ojos se habían estrechado, su postura en estado de alerta.
—Te escoltaré fuera de aquí en unos momentos. Estoy seguro de que no puedes esperar para volver a tu vida. Hay un pueblo a medio día de camino hacia el este. Seguro que estás ansioso por gastar el dinero.
—Estás confundiendo a Emmett con un mercenario —le dijo—. Él no me trajo aquí para obtener ninguna recompensa.
—Pero es un mercenario, ¿no es cierto?
Emmett asintió lentamente.
Félix regresó con una pesada bolsa de oro. Alistar agarró la bolsa y se la tiró a Emmett, quien la cogió contra el pecho.
Miró hacia su guerrero pero no la miraba, su mirada se centraba en el hombre que acababa de llamarle mercenario.
Alistar agarró el hombro de un niño que pasaba.
—Trae a Asher y Gavin —Alistar se encontró con la mirada de Emmett— Son nuestros dos mejores soldados. Te escoltarán fuera de las tierras de Elden inmediatamente.
—¿De qué estás hablando? —preguntó— Por supuesto que Emmett se queda.
—¿Te quedas, mercenario? ¿Con una princesa? —su pregunta era más bien una burla. Alistar estaba haciendo sonar a Emmett como un oportunista. Uno que piensa en sí mismo.
El estómago se le comenzó tensar.
—¿Emmett?
—Ella está con su gente ahora. Dos grandes ejércitos se encuentran en camino. No hay ninguna razón para que estés aquí.
Un tenso silencio se extendió entre ellos. Esto era absurdo. Ella abrió la boca para decir...
—No. No hay ninguna razón para que me quede.
—¿Qué? —preguntó, herida y confundida. Esto tenía que ser una estrategia, una especie de artimaña que Emmett empleaba para probar la seguridad.
—Aquí vienen nuestros soldados —anunció Alistar, su voz revelaba su deleite.
—Voy a tener unas palabras en privado con mi mercenario —informó ella al resto.
Alistar parecía que quería discutir, pero luego bajó la cabeza en señal de consentimiento. Emmett la siguió a un árbol lejos de Alistar y Félix.
—¿Cuál es tu plan? —preguntó.
Su guerrero se frotó la cara con la mano.
—Regresar a casa. Entrenar a mis hermanos.
Se sintió enferma.
—¿De verdad te vas?
Emmett ladeó la cabeza hacia el campamento.
—Parece que tienen todo en orden aquí. Tus hermanos vienen hacia aquí.
—¿Y tu simplemente me vas a dejar aquí?
Su gesto fue la respuesta.
—Pero... pero tú eres mi guerrero. Tú me perteneces.
Él la agarró por los brazos.
—Me has construido en tu mente, haciendo de mí algo que no soy. Me has convertido en uno de tus héroes de cuento de hadas —sus oscuros ojos ardiendo en los de ella—. Pero yo sólo soy un hombre. Un hombre que te quería de cualquier manera que pudiera tenerte.
—¿Igual que un alma gemela?
Al menos eso parecía romántico.
Sin embargo, Emmett el guerrero se limitó a sacudir la cabeza.
—Yo no creo en las almas gemelas. Yo no creo en nada más que en el placer y la pasión.
El cuerpo empezó a temblarle. Ella no quería mirarlo.
—He estado engañándome a mí misma pensando que te importaba, ¿verdad?
Emmett tragó y su mirada se enfrentó con la suya. Parecía que quería discutir sus palabras. Por favor discútelas. Por favor dime que estoy equivocada.
—Hemos disfrutado el uno del otro.
Ahora se acabó.
Rosalie no lloraría delante de este hombre. Ella no iba a llorar por él. Nunca.
—Vete —le dijo, dándole la espalda.
El esperó un momento, y ella casi se dio la vuelta para agarrar su mano. Pero entonces oyó el susurro de sus botas contra las hojas caídas. Emmett la estaba dejando.
—Y, mercenario...
—¿Sí?
—No vuelvas.
Después de tragar varias respiraciones grandes, Rosalie volvió con Alistar y Félix.
—Entrad, princesa —la invito Alistar— Mirad lo que se ha preparado para el regreso de la familia al castillo.
Con una inclinación de cabeza, lo siguió al interior del anexo. Jacob le había dicho que éste había sido el torreón original de Elden, cuando el reino era nuevo y no tan vasto. El techo sólo alcanzaba el segundo piso, mucho más bajo que el castillo de altas vigas que era su hogar. Sería su casa otra vez... hasta que fuera emparejada mediante una propuesta adecuada de matrimonio. El corazón se le contrajo, sabiendo que no estaría Emmett a su lado. En su cama.
Construido de piedra y madera, las paredes de la dependencia estaban teñidas de negro por los años y el fuego de la chimenea. Un fuego ardía ahora una vez más por las personas que habían buscado refugio aquí. Con los años, se había convertido en una sala de almacenaje, llena de las barricas de vinos y aceites producidos en sus tierras para vender.
—Te he traído un regalo —dijo Alistar a alguien en la sombra.
—¿Era por esto los aplausos del exterior?
Rosalie se estremeció. Se le erizaron los pelos de los brazos y de la nuca. Esa voz provocaba escalofríos. El mal. Era en todo lo que podía pensar.
—Dimitri, te presento a Rosalie, la princesa de Elden.
—Viva, qué delicia —dijo la voz, todavía oculta en las sombras. Alistar estaba trabajando para el Hechicero de Sangre. Su aspecto demacrado tenía sentido ahora. El cómo los esbirros del Hechicero de Sangre fueron capaces de romper los muros exteriores de la zona protegida de Alistar. Ahora comprendía las palabras de Félix la primera vez que la vio: "No deberíais estar aquí". La gente que pensó que se calentaban junto al fuego estaban atados a ganchos en el suelo. Hombres, mujeres y dos niñas pequeñas no mucho mayores de cuatro años, con rostros asustados. Su destino era drenarles la sangre.
—Ese gran ejército del que hablaste, era mentira, ¿no? —preguntó.
Pero sabía la respuesta. Nadie iba a venir a salvarla ni a ella ni a su gente. La salvación dependía totalmente de ella.
—Tus hermanos están tan muertos como tus padres —se mofó Alistar y escupió en el suelo— Yo gobierno aquí ahora.
—Como un siervo. Y para el Hechicero de Sangre. Los dos.
—Toma a la princesa —ordenó Dimitri, aún sin salir de las sombras. Demostrando su baja opinión de Elden— Átala. Va a ser una deliciosa comida para nuestro Señor de Sangre.
Ella realmente valoró la insistencia de Emmett para que practicara deslizando la espada de la vaina una y otra vez. La única vez en la que ella podría hacer blanco sería ahora. Sería su única oportunidad. Los dedos se apoderaron de la empuñadura.
¿Por qué demonios se iba?
Estos eran nuevos tiempos. Diferentes y desesperados tiempos. Un enemigo amenazaba su reino... todos los reinos. Podrían pasar años o sólo unos días, pero pronto todos se enfrentarían al juicio final. Puede que quedara poco después de la batalla. Como el placer, como el amor, cualquiera podría arrebatarlo... había que agarrarlo ahora con las dos manos. No importaba que ella fuera una princesa, e incluso si lo hacía... no le importaba. Emmett le ofrecería cualquier cosa de sí mismo para que ella lo tomara. Rosalie era su placer. Su amor.
Los responsables de la muerte de su madre, su hermana, de su padre, y de la gente de su pueblo... nunca supo su identidad.
Algo se rompió en su interior. Un reconocimiento doloroso de que nunca podría tener la oportunidad de vengar a su familia. La comprensión le dañó con tanta fuerza, tan brutalmente, que casi lo puso de rodillas por la pérdida de lo que había sido su fiel compañero desde que regresó del Bärenjagd. Emmett tragó en respiraciones profundas, obligando al corazón a disminuir el ritmo, al estómago que se asentara.
Pero todavía quedaba una oportunidad para Rosalie.
Una oportunidad para que ella liberara a su gente. Para encontrar a sus hermanos. Para hacer algo, cualquier cosa, para sacudir la necesidad siempre presente de venganza.
¿Por qué la dejaba ahora? Lucharía junto a ella. Luchar para llevar la paz a su tierra o morir con la espada del costado en la mano.
Sin embargo, Emmett no tenía intención de morir.
Emmett se dio media vuelta, listo para lanzarse a la dependencia donde la había dejado. Dispuesto a sellar su destino al de ella.
El sonido metálico del acero de Rosalie deslizando su espada de la vaina le desaceleró el paso. Sabía que era la espada de Rosalie. Había escuchado el sonido muchas, muchas veces. Hizo prácticas con la suficiente frecuencia como para que sus movimientos fueran fluidos y suaves. Así que desenvainaba la espada con sorprendente destreza.
¿Por qué iba a desenvainarla ahora? ¿Entre su acogedora gente?
El frío comenzó a deslizarse por las piernas y se extendió por todo el cuerpo. Dejó todo, menos la espada y la piel. Su berserkergang estaba alerta y ansioso por una pelea. Emmett se deslizó en el anexo a través de una puerta lateral. Vio a Rosalie mientras permanecía de pie en posición de batalla, la espada protegiendo su cuerpo, sus ojos alertas. Ella era magnífica.
Y ella era suya.
El hombre que le había dado la bienvenida a la princesa por su vuelta de tan buena gana hacía unos minutos, y que dio a Emmett oro para partir, ahora levantaba el arma hacia ella.
La rabia le golpeó en el pecho. La ira brilló al rojo vivo delante de los ojos. Con el grito de su furia berserker, Emmett levantó la espada y cargó. En menos de un latido de corazón, la espada del hombre resonó en el suelo, su cuerpo no mucho más atrás.
Emmett acechó por delante de Rosalie y levantó la espada.
—¿Quién morirá a continuación? —preguntó.
Un silbido sonaba en el fondo de la sala. Emmett sintió a Rosalie tensarse y supo que el que hizo el sonido era la amenaza.
—Muéstrate —ordenó Emmett.
—¿O qué? ¿Matas a estos buenos ciudadanos de Elden? Hazlo. Me ahorro el esfuerzo. A pesar de...
El roce lento de una silla en el piso alertó a Emmett que estaba a punto de ver al que había intentado hacer daño a Rosalie.
—Me gusta la idea de que consigas un buen vistazo de mi cara, ya que será la última cosa que verás. —Una alta y delgada silueta de hombre salió de las sombras. El Berserker de Emmett se agitó otra vez. Había oído los rumores de lo que la hechicería de sangre hacía a una persona. Consumía lo que alguna vez los hizo humanos. En primer lugar sus sentidos, hasta que ansiaba escuchar sólo los gritos de dolor de los demás y hambre exclusivamente por saborear de cerca la muerte. A continuación, todas las emociones huían de sus almas... primero la empatía, a continuación, el remordimiento hasta que finalmente sólo la hostilidad y la avaricia se mantenían. Por último, su cuerpo cambiaba. Las curvas, los planos y todas las diversas expresiones de la cara compasiva desaparecían, hasta que finalmente sólo permanecía un cadáver que podía caminar y hablar.
—Dimitri es fuerte. Y brutal —susurró Rosalie, y Emmett entendió. Este esbirro del Hechicero de Sangre podría parecer frágil, pero era una ilusión. Su poder era indomable, teñido con un gran mal.
Emmett se convirtió en uno con el espíritu del oso.
—¿Eres lo que creo que eres? —preguntó Dimitri.
Emmett estabilizó los hombros.
El esbirro del Hechicero de Sangre soltó una carcajada de deleite.
—Lo eres. Eres un Ursan. Un berserker, de hecho. Pensé que había matado a todos.
Clavó los dedos en la empuñadura de la espada.
—Pensaste mal.
Dimitri le dedicó una sonrisa.
—Bien. La mujer murió llorando y gritando, por cierto. Voy a disfrutar mucho con tu muerte.
El berserkergang rugió dentro de él, pero Emmett se contuvo. Él sabía que las palabras de Dimitri eran mentiras y su intención era provocarlo.
Dimitri hizo un espectáculo examinándose la longitud de las uñas.
—Me sorprende que estés ayudando a una princesa Elden. La idea de disfrazar a nuestros vampiros para hacerlos pasar por los de Elden era un engaño particularmente inteligente diseñado por mi maestro. Aunque tengo que admitir que pensaba que la sutileza de la maniobra se perdería en una bestia.
Un frío se le introdujo en el cuerpo y le invadió el pecho. Este no era el frío de focalización que precedía al berserkergang, esto era algo diferente.
Matar.
Vengar.
Herir.
Rosalie le puso su suave mano en el hombro. Calmándole. Su mujer estaba en lo cierto. Esta criatura, el portador del mal, quería enojarle. Empujarlo a cometer un error porque sabía que, a pesar de su dominio de la Magia de sangre, Emmett podría matarlo. Todavía lo mataría. Con el poder de sus ancestros berserker y la cercanía de Rosalie.
Emmett levantó la espada, con calma y con un equilibrio perfecto.
Ya casi estamos en el final un capitulo más y el Epílogo.
