Capítulo 14

Inevitable

El repetitivo sonido en la lejanía retumbaba en sus oídos. Era un ruido tenue pero continuo insistente.

Su cabeza retumbaba al unísono y no tuvo más remedio que intentar abrir los ojos ante el incesante tamboreo en sus sienes.

Sus párpados lucharon por revelar sus pupilas, pero la luz que se filtraba por la entrada de la cueva hacía trabajosa la tarea.

De no ser porque empezaba a recordar su estado físico, Clarke juraría que tenía la brutal resaca que sólo el alcohol especial de Monty podría causar.

Despacio, sus ojos fueron adaptándose a la luz, que no era mucha, pero aun así empeoraba su jaqueca.

Su brazo izquierdo estaba entumecido y su hombro pulsaba con el paso de la sangre, así que rodó hacia su lado derecho y se apoyó en su codo para poder reclinar su cuerpo. Fue entonces cuando se percató de la silueta sentada y recargada en la pared al lado del acceso a su refugio.

Lexa la miraba con evidente inquietud; su boca ligeramente entre abierta y su cuerpo parecía presto a levantarse al ver que la joven Skaikru estaba por hacer justo eso.

Clarke trató de tragar la espesa y escasa saliva que había en su boca. Quería gritar de nuevo, decirle mil cosas, ninguna de ellas agradables. Quería llamarle mil nombres, maldecirla como lo había hecho infinidad de veces en su soledad, pero su voz también estaba atascada, sentía arena en la garganta.

Ella seguía ahí, cuidándola entre las sombras y no sabía si enfurecerse o dejar que un sentimiento de solaz se permeara hasta su piel.

Sus miradas se cruzaron y Clarke sintió que el nudo de su garganta descendía hasta su estómago. Luego, sus ojos bajaron hasta el cuello de la comandante y se anclaron ahí.

Podía ver la fina línea de sangre coagulada arruinando ese elegante y ahora tenso cuello.

Había estado a punto de matarla… Había deseado hacerlo con todas las fibras de su ser. Sin embargo, su voluntad se había quebrantado al final.

Clarke volvió a observar esos enormes ojos verdes que la estaban absorbiendo con intensidad.

En ese instante supo que esos eran los culpables de que sus fuerzas menguaran y la aceptación de ello le revolvió las entrañas.

- ¿Por qué estás aquí, Lexa? – preguntó con voz rasposa, pero tratando de que sonara rígida y fallando miserablemente. Sus palabras temblaban.

La comandante inhaló profundamente. Colocando la palma de su mano derecha en el suelo, se impulsó y caminó hacia la mesa, vertiendo agua de un recipiente en un vaso. Mientras lo hacía, contestó:

- Por el mismo motivo que tú estás aquí, Clarke -.

Su voz era fría. Heda estaba a cargo de nuevo.

Clarke podría haberse burlado si sus cuerdas vocales hubieran estado en las condiciones debidas. Un resoplido fue lo que brotó en vez de eso.

- ¿Redención?, ¿perdón? – cuestionó la joven. El sarcasmo en su hilo de voz no pasó desapercibido.

Lexa miró un segundo hacia la oscura pared frente a ella.

- No hay tales, Clarke. No busco lo que no existe. No para mí.

Clarke viró su cara hacia donde estaba la mujer Trikru. Ésta dio la vuelta y se acercó a ella, ofreciéndole el vaso con el preciado líquido.

Clarke estudió su rostro con extrañeza. Nada. No había expresión qué leer y, sin embargo, las palabras dichas habían estado teñidas de una amarga resignación que no podía discernir en las facciones de la comandante.

Después de unos segundos, tomó el vaso y vio como Lexa regresaba al mismo lugar en la que la había descubierto al despertar.

Clarke bebió el agua con avidez y en un abrir y cerrar de ojos el vaso estaba vacío. Con cuidado, lo colocó a un costado de ella y de pronto se quedó inmóvil al darse cuenta de que ahí, a unos centímetros, se hallaba su daga, manchada aún de sangre.

- Si crees que he cambiado de parecer, Lexa, te equivocas… - dijo Clarke mirándola. – Si yo fuera tú, habría puesto la daga fuera de mi alcance. –

- Es lo que es, Clarke. Si quieres terminar lo que empezaste anoche, lo harás, con armas o no.

Clarke empezaba a sentirse exasperada. La presencia de la comandante la alteraba de todas las maneras posibles y eso era lo que más la molestaba. Quería no sentir nada, absolutamente nada, pero en su lugar, todo la agobiaba y la confundía. Lexa estaba ahí, con ella. Lexa, la misma Lexa que la había traicionado, la había protegido y la había curado. Por lo que podía ver, también la había lavado y se había cerciorado de que estuviera cómoda mientras su cuerpo sanaba. Aquella Lexa que la había abandonado a su suerte, estaba al tanto de ella a pesar de que había intentado cortarle el cuello unas horas antes.

Clarke simplemente no podía hallarle sentido a lo que estaba ocurriendo, mucho menos a lo que estaba sintiendo.

- ¿Por qué estás aquí realmente? – volvió a preguntar, moviendo su cuerpo a modo de que estuviera de frente a la comandante, pero aún lo suficientemente lejos de ésta.

Lexa respiró hondo, jamás apartando la vista de Clarke.

- Por ti, Clarke.

La joven Skaikru frunció el ceño.

- ¿Por mí? – preguntó con incredulidad. - ¿Después de todo lo que ha pasado tienes el descaro de venir hasta aquí y fingir que te importo? –

Me importas más que nada en este mundo. Lexa no permitió que ese pensamiento se tradujera en palabras. Estaba consciente de que nada de lo que dijera serviría para convencer a Clarke de que estaba ahí por ella y para ella. Nada podría hacerle ver cuánto significaba Clarke para ella, no después de Mount Weather. Sin embargo, contra todo pronóstico y contra sus reglas auto impuestas, se encontraba allí, decidida a proteger a Clarke a toda costa, incluso si eso le costaba su propia vida, a manos de los Azgeda o a manos de la misma joven Skaikru.

Haciendo caso omiso de lo que pasaba por su mente, Lexa limitó a responder:

- Tu vida está en peligro, Clarke.

La joven no podía sentirse más ofuscada.

- ¿A qué te refieres? –

La barbilla de Lexa se tensó por la presión en su mandíbula. A Clarke no le iba a gustar su explicación y tendría que estar preparada para su reacción, cualquiera que ésta fuera.

- Los Azgeda, la Nación del Hielo te están buscando, Clarke. Ahora mismo hay caza recompensas en estos bosques, tratando de dar con tu paradero y no se detendrán ante nada ni nadie para llevarte ante su reina.

La joven permaneció en silencio, intrigada, ante lo cual la comandante prosiguió:

- Wanheda. Mi gente Trikru te conoce ahora como Wanheda. – Lexa desvió la mirada un segundo hacia el techo para después posarla sobre Clarke. Oh, esto no iba a ser agradable. – Wanheda significa "comandante de la muerte", Clarke. Es una leyenda que se ha pasado de generación en generación entre mi gente. Es un título que una persona se gana cuando…

Lexa hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas, pero no las había.

- ¿Cuándo qué, Lexa? – preguntó Clarke con un matiz de dureza en su voz.

- Cuando ha arrebatado muchas vidas. –

Clarke pudo sentir cómo sus entrañas ardían y el fuego se esparcía por su estómago, provocándole náuseas y ganas de vomitar. De repente su saliva sabía a bilis y el dolor de cabeza se acentuó.

Lexa percibió el malestar en la joven. Era de esperarse. Lo último que Clarke quería era que le recordaran la sangre que había derramado, que le recordaran que se había visto obligada a volverse una asesina despiadada para salvaguardar a su gente. Y eso era precisamente lo que Lexa estaba haciendo, reabriendo la herida, trayendo a la vida sus más tétricas pesadillas.

Lexa se sentía mal por Clarke; podía sentir su dolor como si fuera propio y de alguna forma lo era.

- La leyenda dice que cualquier persona puede hacerse del poder de muerte y fuerza de Wanheda si se le mata. – explicó la comandante. Sus manos apretaban sus rodillas ante lo que estaba revelando. – La reina Azsgeda, Nia, ha estado tratando de llegar al trono desde hace años, Clarke. Ella es una fiel seguidora de nuestras tradiciones y al averiguar que una Wanheda ha surgido, hará hasta lo imposible por llegar hasta ella… Hasta ti. –

Clarke meneó su cabeza de un lado a otro, escéptica.

¿Wanheda? ¿Poder de muerte? ¿Azgeda?

El retortijón en su estómago se hizo más violento. Le faltaba el aire, su cabeza ardía… De pronto las paredes de la cueva parecían cerrarse ante ella. Necesitaba oxígeno, necesitaba respirar de nuevo.

Se impulsó con fuerza hacia adelante y se incorporó de súbito. Sus piernas no respondían con normalidad y sus rodillas se sentían como gelatina, pero logró mantenerse de pie y dar pasos cortos hacia la salida.

Lexa se abalanzó a su lado con rapidez, ante lo cual Clarke giró hacia ella y gritó:

- ¡No te me acerques! ¡Déjame ir! –

Las lágrimas caían y Clarke no podía detenerlas.

Lexa irguió la espalda y dio un paso atrás. La entendía. No le gustaba en absoluto la escena. El llanto de Clarke le roía los huesos, la carne, el alma. Sin embargo, le daría el espacio que necesitara.

Al ver que Lexa bajaba la guardia, Clarke salió de la cueva dando traspiés y jalando todo el aire que podía a bocanadas. No tenía un destino fijo, cualquier dirección era buena, todo era mejor que estar ahí en su guarida manchada de historias de muerte.

Al cabo de un rato, cayó al suelo y se sostuvo con las manos para no irse de boca.

Lloraba. Las lágrimas formaron un río caudaloso por sus mejillas.

Wanheda. Ella era Wanheda.

Cuando la gente pensaba en muerte, pensaba en ella.

Ella sembraba muerte a su paso y por ello mismo esa sería su cosecha. Muerte.

Entre sollozos rio por la ironía.

La gente Trikru la consideraba poderosa, pero ella se sentía minúscula, miserable, indigna.

Se le había olvidado. Por unos días, se le había olvidado cómo se sentía realmente en el fondo. Pero ahora esa sensación había retornado y con mucha más vehemencia.

Pensó en su gente, en sus compañeros muertos, en Finn, en Charlotte, en los niños de Mount Weather. Pensó en los caídos ante el misil en Tondc; pensó en los cientos de terrícolas y decenas de carroñeros que habían caído ante ella.

La estaban cazando. Los Azgeda la querían muerta, y en ese momento, Clarke no pudo evitar sentir que quizás esa era una justicia enmascarada, tan sólo una clemencia disfrazada.


Lexa nunca apartó sus ojos de la joven Skaikru, ni siquiera un segundo. Se mantuvo lejos, a una distancia prudente, cuidándola con sigilo. Si no podía ser la guardiana de su alma, por lo menos sería la guardiana de sus lágrimas.

Después de un largo rato, divisó a Clarke reincorporándose y cambiando de rumbo hacia el río que pasaba a menos de un kilómetro de la cueva.

Por supuesto, fue tras ella. Le gustara o no, Clarke necesitaba ser vigilada.

Lexa no podía darse el lujo de perderla de vista, no bajo esas circunstancias, así que se movió entre los árboles silenciosamente, procurando no perturbar el muy necesario espacio que Clarke había exigido tener.

Cuando Clarke llegó a las orillas del río, se detuvo un momento, contemplando su reflejo en las translúcidas aguas.

Las ojeras en sus ojos y su rostro demacrado, cubierto en agua salada hacían de esa imagen algo patético que observar. Tenía la impresión de haber envejecido diez años en esas semanas en las que había estado en el exilio.

Su hombro dolía, su cabeza daba vueltas y se sentía cansada, tan cansada.

Con cautela, empezó a desvestirse lentamente, notando que el lado izquierdo de su blusa estaba hecho jirones, en parte por el zarpazo del felino y seguramente también porque Lexa había tenido que rasgarla aún más para aplicar la curación.

Lexa.

No tenía ni la más remota idea de qué haría al respecto.

Sus botas cubiertas de lodo se quedaron atrás y sus pantalones cayeron al suelo, mientras ella se liberaba de ellos dando unos cuantos pasos hasta sentir las aguas en sus piernas.

Tiritó de frío.

Cerró los ojos intentando enfocar su atención en su cuerpo, en su temperatura.

Necesitaba un baño y a pesar de que las aguas aún no eran calentadas por el sol del mediodía, ella deseaba ser abrazada por el río, limpiada por él, consolada quizás.

Se tomó su tiempo para irse adentrando en la corriente, lo cual fue sincronía perfecta con los rayos del sol que comenzaban a emanar más calor e hicieron que la inmersión fuera más grata.

Al tener el agua en el cuello Clarke cayó en cuenta de que el vendaje había quedado totalmente arruinado.

No le importó.

Frotó la piel de sus extremidades con suavidad para retirar la mugre acumulada. Sumergió su cabeza en el agua y ésta se tiñó de un color rojizo que fue disolviéndose entre las ondas río abajo.

Clarke permaneció allí, parada entre las rocas el tiempo que consideró imprescindible hasta que sus sentidos se relajaran y su aflicción fuera más soportable.


Lexa, por su parte, estaba en cuclillas en la frondosa rama de uno de los árboles de los alrededores. Si bien su atención al principio había estado en Clarke, cuando ésta dio señales de quitarse la ropa para echarse un chapuzón, la comandante giró su rostro para no mirar. Su corazón latía estrepitosamente ante la oportunidad, pero no, no era correcto invadir la intimidad de Clarke de esa manera. No podía permitirse ni siquiera echar una breve mirada, aunque muy, muy en el fondo sus instintos la urgieran.

Así que se quedó ahí, con la presencia de Clarke en el rabillo del ojo para cerciorarse de que estaba bien. Fuertes latidos continuaron percutiendo su pecho, pero los ignoró rotundamente.


Finalmente, Clarke sintió que era hora de salir de las aguas ahora tibias. No podía seguir evadiendo su presente, aunque quisiera. Tendría que regresar y confrontar a Lexa, tomar decisiones, revivir fantasmas.

Emergió del torrente y fue recogiendo sus prendas una a una, cubriéndose con ellas.

Al ver su estado, se recordó que tendría que visitar la tienda de Nylah para conseguir ropajes más recientes. Una voz en su cabeza, la más depresiva, le susurró que no había caso, no si sólo era cuestión de tiempo para que acabaran con su vida, así que para qué molestarse en portar una nueva vestimenta. Clarke sacudió su cabeza, intentando alejar esos pensamientos.

Lexa notó en la periferia de su mirada que Clarke ya no estaba bañándose en el río. Esperó unos segundos y viró su cara en dirección a ella.

Suspiró con alivio al ver que la joven Skaikru ya estaba completamente vestida.

Clarke se encaminó hacia su ubicación y Lexa estaba a punto de esconderse detrás del tronco cuando escuchó su voz:

- Ya puedes bajar, Lexa, a menos que quieras quedarte ahí a contemplar el paisaje. –

Los ojos de la comandante se abrieron de par en par y se encontraron con los de la joven que estaba pasando justo debajo de ella.

Clarke continuó caminando de frente entonces, la expresión en su cara era impertérrita, como si no hubiera dicho nada relevante.

Lexa descendió del árbol de un grácil salto y se colocó detrás de ella, siguiéndola.

- Así que lo sabías… - comentó, imitando su ritmo de marcha.

- ¿Preguntas si sabía que no me dejarías en paz? – preguntó Clarke – Eso me quedó muy claro esta mañana al ver que no te habías marchado. –

- Comprenderás que no puedo hacerlo, Clarke.

La joven Skaikru se detuvo en seco y dio la media vuelta, encarando a la comandante. El azul de sus ojos lanzaba chispas.

- ¡¿No puedes?! – cuestionó acercándose a ella, puños cerrados apretados fuertemente. - ¿La poderosa comandante de los bosques no puede darse la media vuelta y largarse? ¡Pero si pudiste hacerlo una vez, puedes hacerlo de nuevo, Lexa! –

Lexa se mantuvo inmóvil, sosteniendo la mirada enfurecida de la joven, escuchando sus palabras y dejando que se impactaran contra su armadura.

- Dices que estás aquí porque corro peligro, - continuó Clarke – pero ¿sabes algo? No te creo, no puedo creer en tus palabras ya. Fuiste cruelmente clara cuando aceptaste el trato de los hombres de la montaña y me abandonaste, ¡nos abandonaste en Mount Weather para que fuéramos exterminados como animales! Y ahora vienes hasta acá, quién sabe con qué ardid en tu desquiciada mente y tratas de convencerme de que estás aquí por mí, ¡por quien no valió lo suficiente como para que te quedaras a luchar y honrar el pacto en el que había vertido todas mis esperanzas! –

El cuerpo de Lexa se tensó. Sus puños también se estrujaron. Los tendones de su cuello sobresalían por la rigidez que se había apoderado de ella. Las palabras de Clarke eran como una hoja afilada que la cortaba. Cada una de ellas mutilaba su piel y ardía. Cuánto ardía. Pero se había prometido soportarlo, aguantarlo todo; por lo tanto, no tenía otra opción más que resistir esos latigazos y esperar que la ira, en algún momento, disminuyera.

- Dime Lexa… ¿Cómo puedes dormir de noche? – el rostro de Clarke estaba cerca del de Lexa, demasiado.

La comandante tragó saliva, sin embargo, no contestó.

- Apuesto que estás aquí por convenir así a tus intereses… - la voz de la joven era casi un susurro. – Apuesto que yo soy parte de un plan maestro y que eres capaz de tragarte tu orgullo, oh gran Heda, con tal de usarme como un medio para un fin…-

- ¿Qué sabes tú de mis intereses, Clarke? – respondió la comandante, acortando aún más la distancia entre sus cuerpos. – Te lo he dicho, estoy aquí por la misma razón que tú te has desterrado en estos bosques…-

Clarke se sobresaltó al sentir a la guerrera tan cerca, pero fingió no inmutarse, se mantuvo firme, arrinconándola con la mirada.

- ¿Y cuál es esa razón, Lexa? –

Los ojos de Heda la traicionaron y descendieron una fracción de segundo a los labios de la joven frente a ella. Al darse cuenta, estos regresaron de inmediato a las dos pozas azules que aguardaban una explicación.

- He venido a recuperar un pedazo de mi alma, Clarke. –

Respuesta breve, concisa, pero contundente.

Las inesperadas palabras desbalancearon a la joven Skaikru y no demoró en sentir nuevas lágrimas formándose en sus ojos. Buscó, escudriñó con detenimiento las facciones de Lexa intentando detectar alguna señal de que estaba mintiendo, pero esas pupilas oscuras rodeadas de un verde eterno la observaban impasibles, valientes y sobretodo, sinceras.

Clarke no pudo soportarlo más. Esos ojos le quitaban el aire. Dio la media vuelta y aspiró hondo, lo más hondo que podía. No se permitiría llorar ante Lexa, eso la haría más vulnerable, más humana y necesitaba ser dura, irrompible. Necesitaba ser tan desalmada como la comandante lo había sido aquella vez…Lo necesitaba.

- Sé que no importa lo que haga, o lo que diga, Clarke. – La voz de Lexa era firme, pero gentil. – La decisión que tomé en Mount Weather me ha marcado para siempre y estoy aquí para aceptar las consecuencias, para pagar el precio; y tal vez, si así lo eliges, intentar enmendar el daño que he causado. –

- No puedes… - musitó Clarke. Era apenas un murmullo, pero caló hasta los huesos en Lexa.

- No… No puedes, jamás podrás... – repitió la joven, esta vez más audible.

Si Lexa hubiera podido explicar lo que sentía en esos momentos, habría dicho que una espada la había atravesado por la mitad, arrancando su corazón y lanzándolo a una pira, mientras su cuerpo se convertía en polvo disperso en el viento.

Había pensado que nunca volvería a sentirse expuesta y deshecha, devastada y envuelta en la negrura de un abismo. Había jurado que después de perder a Costia, nada ni nadie la volvería a herir, a tocar, a traspasar. Pero ahí estaba, parada detrás de Clarke, petrificada y rota, irremediablemente rota.

Sabía que la posibilidad de reparar el daño era remota, más remota que la distancia que Clarke había recorrido para llegar hasta ahí desde el espacio infinito, pero escucharlo de ella misma, de Clarke, era sencillamente devastador.

Y lo imposible ocurrió.

Clarke volteó y atestiguó lo que ni en un millón de años pensó vería.

Una lágrima se escurría lentamente por la mejilla de la comandante y ésta parecía no notarlo; no hacía nada por borrarla, por ocultarla, simplemente la dejó deslizarse hasta caer en una hoja en el suelo.

El silencio las envolvió. El bosque parecía haberse tornado difuso y reverente. Las aves no trinaban, el viento no soplaba. Las hojas de los árboles no se mecían.

Clarke dejó de respirar por un instante.

Tal vez era cierto… Tal vez, sólo tal vez, lo que Lexa decía era verdad.

No podía creer en esos sonidos que salían de su boca, pero esto, esa gota cayendo y esos ojos brillando abrumados de tristeza le gritaban su pena, su honestidad en carne viva.

Fue una sola lágrima, pero el sentimiento flotaba en el aire, pesado y asfixiante.

Clarke quiso decir algo, sin embargo, no podía articular palabra alguna. Su dolor, el dolor de ambas era palpable. Era como si sus corazones se hubieran coordinado, se hubieran enlazado con hilos invisibles y se hubieran abrazado, sintiendo el huracán de emociones que ambos anidaban. Ahí, frente a frente, sus duelos hablaban en silencio.

Un trueno irrumpió la aparente quietud y ambas miraron hacia el cielo. Nuevas nubes grises se habían formado, quién sabe hace cuánto. Ninguna sabía cuánto tiempo había permanecido allí, inertes.

Lexa miró a Clarke de nuevo y su vista se concentró en su hombro izquierdo. Sus ojos se abrieron de par en par.

- Clarke… - dijo, señalando su hombro con la mirada.

La joven entendió el mensaje y echó un vistazo a su herida. Estaba sangrando. El chapuzón no había sido una idea brillante, después de todo.

- Volvamos a la cueva, por favor. – instó Lexa. – Necesitamos cuidar esa herida. –

Las primeras gotas de lluvia saltaron sobre ellas y Clarke asintió sin oponer resistencia. No le pidió irse, no se rehusó a ser acompañada. ¿Por qué?

Iniciaron el trayecto de regreso. Clarke al frente, perdida en sus pensamientos, Lexa justo detrás de ella, enfocada en el cabello rubio de la joven Skaikru.

Dos días. Le quedaban dos días con Clarke.

¿Y después?

Haría hasta lo imposible por desaparecer de la vida de la joven Skaikru. La enviaría con su gente o los guiaría hasta ella, para ponerla a salvo para luego cavar un barranco entre las dos y no volver a verla.

Lo haría por ella, por Clarke. Le daría la paz que merecía.

El corazón de Lexa se estrujó, su pecho dolía, de verdad dolía. Cada paso dolía.

Hodnes laik kwelnes

El amor es debilidad.