Durante unos momentos, ninguno de los dos dijo nada: Claire parecía bastante cansada y ahora también apenada por el recuerdo de su hermano, de quien Patrick sólo conocía que se llamaba Edmund, que era dos años mayor que su hermana menor y que de niño se había dado un golpe tremendo en la nariz jugando al fútbol. La periodista se pasó la mano por los párpados con aspecto agotado y murmuró:
- Patrick, me siento muy cansada, si te parece bien, ¿podría esperarte en otro sitio?
- …Claro, cómo no - acabó diciendo el sacerdote - Le pediré a uno de los guardias que te escolte hasta el despacho papal.
- No te vayas a quedar solo mandando a escoltar a tanta gente - dijo Claire medio en broma, medio en serio - Después de lo que le ha pasado a Chartrand…
- No creo que me quede solo, esta noche la Guardia Suiza no descansa - contestó Patrick.
Claire le miró durante un momento, y también miró a los guardias suizos de la estancia, quienes no parecían prestar atención a la escena, sostenían la firme mirada al frente. Finalmente, avanzó hasta unos pasos hacia el joven camarlengo y, cuando se disponía a darle un abrazo, Patrick McKenna le tendió la mano. La reportera se detuvo a tiempo de evitar hacer el ridículo, pudo disimular con facilidad su intento fallido de abrazar al camarlengo. Ahora que lo pensaba, quizás podría haber estado un poco fuera de lugar. Finalmente, Claire estrechó la mano del sacerdote:
- En serio, ten mucho cuidado. Si se han atrevido con un teniente de la Guardia Suiza, no creo que les tiemble el pulso a la hora de… Cuídate, por favor.
- Lo tendré - afirmó el camarlengo en el tono más tranquilizador que podía - Claire, no me va a pasar nada…
La reportera suspiró y soltó con cuidado la mano de Patrick, casi acariciándola con suavidad, como si le costara…
- Ya basta - pensó Claire, a quien toda esta situación empezaba a inquietarla de verdad.
Tras intercambiar una última mirada con el sacerdote, la periodista de la BBC se dio la vuelta para disponerse a abandonar la estancia al lado del siempre inexpresivo oficial de la guardia suiza, con ese pintoresco uniforme. Nada más comenzar a alejarse del lugar, Claire pensó que quizás hubiera sido mejor quedarse en el cuartel de la guardia suiza, aunque por otra parte ni ella misma podía creer que pensara eso. Como todo en este mundo, habría tenido sus pros y sus contras, quizás incluso más contras que pros, pero al menos…
Mientras caminaba al lado del guardia suizo que la escoltaba, Claire Dilthey miró hacia el techo de la estancia: beatos, santos, referencias a pasajes de la Biblia por todas partes… Se respiraba historia, Claire se preguntaba cuantísimas personas a lo largo de los siglos habrían contemplado esos frescos como ella lo estaba haciendo en ese momento; arte, y sobre todo espiritualidad. La primera sensación que tuvo al entrar en la Basílica de San Pedro fue de sobrecogimiento, la segunda fue de humildad… Parecía un lugar construido para que vivieran en él seres de otro mundo, bueno, después de todo por algo a las iglesias se las llamaba "casa de Dios"; pero Claire Dilthey también podía imaginarse sin ninguno tipo de problemas a ángeles recorriendo esas espaciosas e impresionantes salas, ir de un lado a otro, emanando paz y serenidad a su paso…
La reportera agachó levemente la cabeza y se preguntó si la situación no la estaría desbordando: imaginaba a ángeles paseando por la Basílica de San Pedro, recibía llamadas de su hermano muerto, y, por si fuera poco todo lo anterior, sentía que se estaba enamorando del camarlengo Patrick McKenna.
Ajeno a los pensamientos de Claire, el camarlengo paseaba de un lado a otro a las puertas de la Capilla Sixtina esperando la decisión del Colegio Cardenalicio, quienes parecían tomarse su tiempo para escoger la manera más correcta de actuar o simplemente estaban dejando pasar el tiempo estratégicamente para que lo atropellado de los planes de los Illuminati fueran suficiente para apartar de los pensamientos del joven camarlengo la idea de suspender el cónclave.
La cabeza de Patrick seguía siendo un hervidero de pensamientos, sabía que esa noche iba a ser larga y difícil, pero el joven sacerdote no había imaginado ni por un solo momento que el Señor fuera a poner en su camino uno de los obstáculos más difíciles de superar a los que había enfrentado nunca. Se sentía mal por verla en ese momento como un obstáculo, pero ya simplemente su mera presencia le estaba nublando el juicio. Él le había hecho una promesa a Dios, y no podía romperla, es más, no debía hacerlo, su bendita madre se lo había dicho ya cuando Patrick McKenna no era más que un niño que miraba con ojos fascinados las esculturas y óleos de la iglesia a la que asistía religiosamente con su madre, María.
Era muy joven cuando entró en el seminario, el ahora camarlengo ni siquiera se había parado a contemplar otra posibilidad de futuro que no fuera el sacerdocio. La influencia de su padre adoptivo, el fallecido Papa Celestino, sin duda había sido vital en la decisión del entonces adolescente, aunque el hombre no lo hubiera dispuesto así a propósito. Había hecho el servicio militar italiano, sí, pero eso no significaba que algún momento hubiera pensado en seguir ese camino: sólo lo había hecho porque quería comprender el mal, el porqué del mal en el mundo, pero a los pocos días de estar allí, cuando le habían ordenado que empuñara un arma se había dado cuenta de lo equivocado que estaba: realmente allí no iba a conseguir ninguna respuesta, sino instrucción de cómo llevar a cabo una guerra sin que nadie te da una buena razón para hacerlo, si es que realmente existía alguna. Recordaba haber telefoneado a su padre, exponiéndole angustiado su situación allí, sólo tres palabras bastaron para que la incertidumbre del adolescente desapareciera sin dejar ni rastro:
- Aprende a volar
Patrick se alistó en el servicio de aeronáutica, donde la gente parecía mucho menos dispuesta a guerrear por guerrear, le habían enseñado a pilotar helicópteros: así podía llevar a los heridos al hospital, hacía el bien sin más y se sentía en paz consigo mismo por ello. Y saltos en paracaídas, aún recordaba la primera vez que saltó en paracaídas: fue algo… No sabía muy bien cómo describirlo, pero estar allí arriba contemplando la magnífica obra que Dios había hecho creando este mundo, con cada cosa en su lugar, con su lógica natural: era una sensación de plenitud que difícilmente podía compararse con algo que la gente conociera más.
No habían pasado ni tres años desde que volvió de hacer el servicio militar cuando el hombre que le había acogido cuando su madre murió en aquel atentado fue elegido Sumo Pontífice de la Iglesia Católica. Con veinte años y apenas unos meses siendo sacerdote fue nombrado camarlengo por su padre adoptivo, hecho que provocó que muchos cardenales que aspiraban a tal honor se llevaran las manos a la cabeza y trataran de convencer al nuevo Papa de lo terriblemente equivocado que se encontraba al tomar esa decisión. Su principal argumento, aparte de la juventud del nuevo camarlengo, fue que la función de camarlengo debía desempeñarla única y exclusivamente un sacerdote que ya fuera cardenal, y Patrick McKenna evidentemente no lo era.
Esa fue una de las primeras reformas que el padre adoptivo del sacerdote llevó a cabo, pero no fue la última; había llevado a cabo muchas reformas que habían hecho que la Iglesia se abriera más a los nuevos tiempos saliendo del aura casi medieval que la rodeaba, le había supuesto el cariño y el respeto del mundo, creyentes o no, era una persona muy carismática, como también lo era Patrick McKenna. Pero hubo algunas que, por fuerzas mayores, no pudo llevar a cabo como lo eran las relativas al Opus Dei o al celibato que conllevaba el sacerdocio, ésas cosas que llevaban mucho más tiempo de aceptar: se dio cuenta de ello cuando su propio hijo puso esos ojos, entre azules y verdes, que había heredado de su querida María, totalmente como platos al oír las intenciones del Pontífice.
- ¿Qué?…¿Por qué? - preguntó el joven demasiado sorprendido como para reaccionar de otra manera.
- Patrick, sabes tan bien como yo el daño que las crisis de vocaciones están haciendo a nuestra Iglesia. - habló con serenidad el Pontífice - Ahora más que nunca. ¿Sabes cuál es la principal causa de ello?
- Padre, vivimos en un mundo en el que parece muy fácil vivir sin Dios - dijo Patrick desde el sillón del despacho papal donde se encontraba sentado.
- No confundas ideas. Hijo, hay gente muy devota que elige una vida familiar en lugar del sacerdocio y ése es precisamente la cuestión. - explicó el sucesor de san Pedro acercándose a donde se hallaba sentado su hijo - Los jóvenes no quieren ser sacerdotes porque eso conlleva renunciar a la experiencia única en la vida de formar una familia.
El joven sopesó las palabras de su padre y sabía que en parte tenía razón, aunque fuera en contra de lo que siempre le habían dicho, pero no sabía si la Iglesia estaba preparada para dar un paso tan grande, y temía la reacción de la Curia Cardenalicia. Después de que Patrick fuera nombrado camarlengo habían hecho todo lo posible, de una forma sutil y casi imperceptible, para que el chico no desempeñara su deber todo lo bien que podía, ya fuera sacando un libro del archivo que Patrick necesitaba para terminar un estudio de Teología o informándole de forma errónea sobre el horario de eucaristías. El joven camarlengo nunca se quejaba, no quería dar la imagen de veinteañero inmaduro que se enrabietaba cuando las cosas no le salían bien, Patrick McKenna estaba muy lejos de responder a ese patrón de conducta. El chico cabeceó y murmuró algo incómodo:
- Padre, no sé…
- Patrick… - dijo el hombre sentándose en el sillón más cercano a su hijo, quien le miraba algo desconcertado, tenía que hacerle comprender… Si no entendía eso, ¿cómo entendería cuando le dijera que era su padre biológico? - Tú deberías entenderlo mejor que nadie, eres un muchacho joven, atractivo… - Patrick arqueó la ceja ante esa última anotación - Seguro que te has visto alguna vez en una situación en la que habrías deseado escoger otro camino distinto al que elegiste en un principio.
El joven camarlengo guardó silencio, sabía lo que su padre insinuaba: le estaba preguntado indirectamente si alguna vez se había enamorado y hubiera deseado seguir adelante con el sacerdocio y con esa supuesta chica a la que adoraba. Patrick sólo conocía esa sensación de lejos: sólo cuando había estado en el servicio militar había podido ver el cariño con el que llevaban sus compañeros las fotos de sus novias y hacerse una idea aproximada de lo que debía ser sentirse así, pero en ese momento no le había interesado demasiado, por no decir nada en absoluto.
- No, sinceramente no - admitió el joven negando con la cabeza, mientras se preguntaba si el nuevo Papa no estaría sufriendo unos momentos de locura transitoria.
El padre de Patrick asintió, la verdad es que no esperaba otra respuesta: el chico había estudiado en un colegio sólo de niños y había entrado muy joven en el seminario, demasiado joven quizás, le hubiera gustado que se lo pensara un poco más, aunque le halagaba que Patrick hubiera decidido seguir sus pasos y el hecho de que hubiera permanecido firme en su decisión le hacía pensar que el joven había tomado la decisión correcta al fin y al cabo.
- ¿En serio lo harías? - preguntó Patrick al ver que su padre guardaba silencio - ¿En qué nos diferenciaríamos de los protestantes?
- Sigues confundiendo ideas, Patrick. Hay más diferencias entre protestantes y católicos que una simple norma. Es más… - siguió explicando el Pontífice - Es algo que, aunque no sea hoy ni mañana, me gustaría intentar llevar a cabo. Es… Como si me lo pidiera el corazón.
- ¿El corazón? - el joven no podía estar más desconcertado, le había aliviado oír a su padre decir que era un proyecto a largo plazo, quizás, con un poco de suerte hasta se le iba la idea de la cabeza, pero que se lo pedía el corazón…
- Es parecido a cuando sientes la llamada de Dios, la que te impulsa a dedicar tu vida a predicar su mensaje… ¿De dónde viene esa voz, Patrick?
El joven miró a su padre y, tras unos momentos, negó con la cabeza:
- No sabría explicarlo, padre… - admitió el camarlengo.
- Del corazón. La voz de Dios es la de tu corazón, y debes seguirla cuando te encuentres ante una situación que te cause dolor - dijo el viejo sacerdote levantándose de su asiento y paseándose por la estancia - Las mejores decisiones de este mundo se toman con el corazón.
Patrick siguió a su padre con la mirada mientras pensaba en lo que su padre le había dicho y, por primera vez desde que se había sentado esa tarde a hablar con él, pensó que tenía toda la razón del mundo y que debía recordar esa frase en el futuro.
- Patrick, por cierto, ¿has acabado ya de hacer la relación de textos de Santo Tomás de Aquino? - dijo el Pontífice volviéndose hacia el joven.
El camarlengo cabeceó durante un momento:
- Casi
- ¿Casi? Patrick, no lleva tanto tiempo hacer… - se sorprendió su padre, el chico siempre había sido muy de estudiar textos antiguos y no solía tardar demasiado en terminar las tareas que le asignaba de catalogar y demás.
- No he podido encontrar una copia de De Veritate, por ningún lado, debe de haberlo sacado algún sacerdote - se explicó Patrick.
- Patrick, ningún sacerdote acude ya a fuentes tan antiguas, suelen estudiar textos algo más actuales, ¿seguro que no está?
- He estado buscando una semana y media por los 65 Km. de estanterías, padre, no está… - razonó el chico recordando las tardes que había pasado en los archivos, saliendo de vez en cuando para aguantar la falta de oxígeno - Además he consultado la relación de archivos extraídos: lo tiene otro sacerdote.
- ¿Quién? - se sorprendió el Pontífice.
- … El padre Simeón - acabó diciendo casi a regañadientes el veinteañero.
El viejo sacerdote escuchó a su hijo, en todos los sentidos en que le podía llamar hijo. Pasados unos momentos de reflexión, el Pontífice no se sorprendió: el padre Simeón siempre había tenido un carácter muy arisco, pero era especialmente agrio desde que Patrick era camarlengo. El padre Simeón había sido el camarlengo del anterior Pontífice, y aunque sabía que no era normal que los camarlengos permanecieran en su cargo de un Papa a otro, guardaba cierta esperanza, sin embargo, el actual Pontífice creía que era más el haber sido reemplazado por un sacerdote que podría ser su hijo sin demasiados problemas lo que había terminado de agriarle el carácter.
El crujido de una de las puertas de la Capilla Sixtina al abrirse sacaron al ahora treintañero sacerdote de sus pensamientos, quien detuvo su paseo por delante de las puertas de la capilla para esperar la respuesta de la Curia Cardenalicia por boca del Cardenal Strauss, para eso era el gran elector en ese cónclave. El anciano salió con paso lento, casi solemne de la Capilla, mientras otros cardenales curioseaban desde la puerta junto al padre Simeón, que resaltaba sobre todos los prelados al no llevar sotana roja, que una vez más le fulminaba con la mirada, Patrick se había preguntado a veces si no sabía mirar de otra forma.
El joven camarlengo permaneció en medio de la antesala a la Capilla Sixtina, prácticamente en penumbra, hasta que el cardenal Strauss llegó hasta donde se encontraba:
- Hijo mío… - comenzó a decir el anciano - Dios responde a todas las plegarias… Pero a veces responde "no". El Colegio no suspenderá el cónclave…
Patrick tragó saliva y miró brevemente hacia los lados: estaba perplejo y decepcionado, ¿de veras no entendían que las circunstancias obligaban a detener el cónclave? ¿Que ahora mismo eso carecía importancia?
- Te sugiero que dediques tus esfuerzos a ayudar a la guardia suiza a encontrar el explosivo, si es que existe… - siguió diciendo el cardenal. - Y que dejes el liderazgo de la iglesia a sus líderes…
Vale, recordarle que no era nada más que un simple sacerdote que era criado del fallecido Pontífice, quien se había encargado muy bien de protegerle, era algo que no podía faltar. Ahora su futuro en el Vaticano era más bien incierto. Era curioso, el cardenal Strauss le había apoyado durante los primeros días después de la muerte del Papa, cuando la función del camarlengo era meramente tradicional, una vez que todos esos rituales habían acabado le había dado de lado, como casi todos.
- Y respecto a la escena de los medios… - siguió diciendo el anciano, haciendo que Patrick le prestara atención unos momentos más, a pesar de que sabía que ya no iba a conseguir nada por parte de la Curia Cardenalicia - Eres joven, es explicable pero totalmente inaceptable que hayas permitido la entrada de las cámaras de televisión a este santuario. Creí que eras algo menos influenciable, no debiste caer en la triquiñuela de la reportera para darle la exclusiva.
El camarlengo sintió algo raro dentro de él cuando Strauss mencionó a Claire de forma indirecta, era como si le hubieran pisado sobre el pecho:
- No, fue idea mía. - se apresuró a decir Patrick, disculpando a Claire - De hecho, creo que ella no estaba nada conforme con mi decisión, aunque la respetó.
- Patrick, - habló el cardenal Strauss de forma pausada, como intentando que lo que iba a decir se grabara a fuego en la memoria del camarlengo - el padre Simeón me pide que te recuerde que la tentación es mucho más difícil de evitar cuando es hermosa y huele a rosas.
En ese instante, Patrick agradeció la penumbra que reinaba en la estancia porque estaba sintiendo enrojecer las mejillas de tal manera que el cardenal Strauss hubiera sacado unas conclusiones equivocadas. El comentario de Simeón había hecho que prácticamente le hirviera la sangre, ¿cómo podía hablar así de Claire, como si ella sólo fuera algún tipo de objeto? Ni siquiera la conocía. Ahora recordaba lo que Claire le había dicho: que el padre Simeón había estado en el despacho papal con ella mientras él se encontraba en la cripta. Estaba claro que había sido más que suficiente para que el padre Simeón se diera cuenta de que la reportera era atractiva y también a estar lo suficientemente cerca de ella como para saber que olía a flores, pero no era a rosas, sino más bien a vainilla, lo había notado cuando ella le había abrazado cuando volvió de la cripta vaticana. Pensar que ese hombre hubiera estado tan cerca de Claire, simplemente le ponía furioso, como si se quemara por dentro. Procuró permanecer inexpresivo y no mirar al padre Simeón, inclinó levemente la cabeza hacia el cardenal Strauss, a modo de demostrar obediencia, y se alejó por el gran pasillo del Palacio Apostólico, haciendo que sus pasos resonaran en la estancia.
Por su parte, Claire se encontraba paseando de un lado a otro del despacho papal, Dios, empezaba a estar harta de estar encerrada, una sensación que al principio no había notado, pero conforme iba avanzando la noche y ella seguía paseando por los mismo rincones del Vaticano la sensación de claustrofobia había empezado a aflorar un poco. Aunque a pesar de eso, prefería estar donde estaba ahora que en la Plaza de San Pedro donde, a pesar del discurso del camarlengo y la información que había dado a los medios, la incertidumbre debía reinar de lleno en el lugar. Se acercó una vez al ventanal que daba a la mítica plaza, apartando con cuidado las cortinas blancas que la ocultaban: Dios, cada vez había más gente, en las pantallas gigantes no paraban de salir reporteros hablando o extractos del reciente discurso de Patrick McKenna. Era simplemente de locos.
Y, hablando de locos, Claire sentía que quería que todo acabara cuanto antes, porque mira que pensar que Eddie la había llamado cuando era imposible porque llevaba casi dos años enterrado… Quizás el estrés de la situación y el hecho de que durante los últimos días estuviera acordándose tanto de su hermano eran la causa de una simple alucinación o… Pero Claire no pensaba que hubiera estado viendo visiones en ningún momento, a pesar de todo lo que estaba pasando, se sentía bastante cuerda. Si no se le hubiera acabado la batería del teléfono, podría comprobar fácilmente cuánto había de verdad en lo que creía haber visto pero…
Como venía siendo habitual esa tarde, volvía a recordar algún momento del pasado relacionado con su hermano mayor: esa vez tenía 27 años y era novata de la BBC, se había mudado a Londres hace relativamente poco. Tenía muchísimo trabajo por hacer, pero no estaba acostumbrada a no ver a su familia, así que hizo un hueco para escaparse un día a Glasgow. Avisó a sus padres y a Eddie con una semana de antelación, pero cuando llegó se encontró con que su hermano mayor no pensaba aparecer:
- ¿Por qué no? - preguntó Claire desconcertada, al llegar a casa de sus padres.
- No lo sé, hoy tenía médico pero ha salido ya. - dijo su padre mirando el reloj - Bueno, pero nos ha dicho que no venía, debe de haberle surgido algo importante.
Y tan importante, pensó Claire. Eddie nunca quería perderse una sola oportunidad de ver a su hermana y siempre contaba los días que faltaban para que volviera para contarle todo lo que había pasado con sus padres o con Emily, con quien Eddie ya llevaba un tiempo saliendo. La amiga de Claire se había hecho de rogar, la reportera sabía perfectamente que a Emily le gustaba Eddie, pero a Eddie le gustaba coquetear; había pasado un tiempo hasta que Emily había comprobado que realmente Eddie quería estar con ella.
- Dios bendito, llueve muchísimo. He llamado a Edmund hace un rato - dijo Elizabeth, la madre de Eddie y Claire, entrando en el salón - Me ha dicho que está en la iglesia - acabó de decir la mujer con voz llena de orgullo.
- ¿En la iglesia? ¿En cuál? - se sorprendió la joven.
Su madre la miró durante un momento y luego murmuró:
- Claire, si tu hermano está en medio de una oración no debes molestarle, es un momento muy personal…
- Papá, ¿tú sabes dónde puede estar Eddie? - preguntó Claire a su padre, cortando la charla que su madre siempre aprovechaba para echarle sobre la religión.
El hombre miró a su mujer, luego a su hija y dijo a Claire que no estaba seguro, pero podría ser en la catedral, la iglesia más cercana a la casa de los Dilthey. Tenía el cabello totalmente empapado y también los hombros cuando entró en la catedral de St Andrew, en el centro de Glasgow. No era horario de misa, ni había ninguna ceremonia especial, la iglesia estaba abierta al público pero totalmente desierta… Salvo por una persona. En medio de ese ambiente oscuro y apagado, podía ver a una sola persona rezando en los bancos bajo la tenue luz de las velas.
Claire suspiró y se dirigió con paso decidido hacia el primer banco de los dispuestos para las oraciones de los fieles, donde se hallaba un joven de rodillas con las manos entrelazadas en oración. La joven rubia llegó hasta donde él se encontraba, pero no pareció ni siquiera advertirlo: estaba enfrascado entre rezos susurrantes con los ojos cerrados.
- Ha sido la primera vez que no me recoges en la estación - murmuró Claire cruzándose de brazos.
El joven abrió los ojos y se giró hacia la chica, parecía que no sabía muy bien qué decir:
- Claire, yo…
- Mira, Eddie… - dijo la joven apartándose un mechón rubio de la frente - Sabes que son raras las veces en las que me puedo escapar para venir a Glasgow a veros… Y que decidas, simplemente ignorar ese dato me preocupa.
- Estás enfadada - dijo Eddie.
- No, decepcionada… ¿De veras vas a quedarte aquí? Sabes que me hacía ilusión que comiéramos con mamá y papá, tengo que volver a Londres mañana, he hecho un hueco como he podido para venir… - explicó ella.
Eddie agachó la cabeza y apoyó la mano en ella, como si le doliera:
- Mira Claire, ese mismo hueco lo puedes hacer otro día…
- Pero ¿qué te pasa? - exclamó Claire - Sabes que acabo de entrar en la BBC, tengo muchísimo que hacer y… Parece que te da igual.
- Claire, quizás y solo quizás - contestó Eddie poniéndose en pie - Tengo cosas más importantes que hacer que salir…
- ¿Con tu hermana? ¡Eddie, no te veía desde Navidad! - dijo la joven intentando convencerle.
El joven suspiró y dijo negando con la cabeza:
- Mira, Claire, otro día.
- Me estás ocultando algo, Eddie. ¿Sabes? Se te nota muchísimo - contestó Claire firmemente - Y eso me asusta más que nada. ¿Cuándo te ha pasado algo y no me lo has dicho? Nunca.
- Claire, ¿tan raro te resulta que, de repente, no sea tu perrito faldero? - contestó el joven de mala gana - Te has marchado a Londres, no puedes pretender que todo siga siendo igual, así que ¿por qué no te largas y me dejas en paz?
Tras unos momentos de sorpresa e incredulidad, Claire acabó diciendo:
- …¿Qué te ha pasado? No eres el mismo Eddie - contestó ella con los ojos ligeramente enrojecidos tras echar un vistazo a la iglesia - Ya veo dónde están tus prioridades… Mamá estará que se sale de oírte hablar así…
Parecía que Eddie quería decirle algo, pero no lo hizo, volvió a sentarse en el banco y dejó que su hermana se marchara, quien pisaba todo lo fuerte que podía para intentar disipar la decepción y tristeza que la invadía. El joven sujetó la cabeza entre las manos, revolviéndose levemente el cabello pajizo, sin hacer otra cosa que pensar: no quería haberle hablado así a su hermana, pero sólo quería que se marchara, pero pensó que Claire, tarde o temprano, se iba a acabar enterando, no quería que ella terminara odiándole por una tontería. Se sujetó al banco para ponerse en pie e intentó llamar a su hermana, pero al levantarse sintió como si le hubiera dado un tremendo tirón en la cabeza, dolía tanto que parecía que iba a partirse en dos, y de repente todo se volvió menos… visible.
Un golpe sordo se oyó en la iglesia, que hizo que la llorosa reportera se volviera sobresaltada:
- … Dios mío, Eddie - murmuró antes de salir corriendo hacia su hermano.
La periodista de 29 años suspiró y miró el cierre de la ventanal que daba a la plaza de San Pedro de Ciudad del Vaticano: si tan sólo pudiera hacer que entrara algo de brisa, podría despejar las ideas en su cabeza. Quizás era lo único que necesita: encontrar un momento de tranquilidad en toda esa locura. Alargó el brazo izquierdo, pero en enseguida notó un pequeño tirón en la herida de bala y se mordió el labio inferior un momento: aún dolía y tenía la sensación de que se le estaba reabriendo un poco, pero podía agradecer a todos los santos del cielo que la bala no le hubiera dado de lleno en una aorta, sino estaba segura de que ya se habría desangrado. Se miró un poco el vendaje, levantando el cuello de la camisa, ya estaba totalmente lleno de sangre, era casi como una esponja, era una sensación muy desagradable tener eso pegado al brazo. Alzó el brazo derecho para intentar abrir la ventana, pero en cuanto intentó accionarla se dio cuenta de que no iba a ser algo ni mucho menos fácil, parecía estar totalmente atrancada. La chica intentó moverla una vez más, pero seguía igual de firme e imposible de accionar.
- Está atrancada, tienes que tirar un poco a la vez que giras - dijo el camarlengo al entrar de nuevo al despacho papal y ver a la reportera tratando de abrir la ventana.
Claire se volvió un poco, pero aún sin soltar la manivela de la ventana. Todo parecía volverse algo diferente ahora que Patrick estaba allí, de repente las cosas no iban tan mal:
- ¿Qué tal ha ido? - inquirió la reportera.
El camarlengo hizo un leve gesto con la cabeza y miró la ventana:
- Déjame que te ayude con eso primero - dijo avanzando hacia donde se encontraba Claire. - Es una ventana vieja, sólo hay que cogerle el truco.
Patrick tomó la manivela de la ventana, rozando inevitablemente la mano de Claire, quien se apresuró a retirarla con cuidado, sentía como si ya tuviera que llevar cuidado en todo lo que hacía cuando estaba con el camarlengo. El susodicho la miró durante un instante, pensando en ella, en él, en qué demonios había visto el padre Simeón para hacerle aquella advertencia. Tras un breve momento, pensó que había visto lo que él se resistía tantísimo a ver.
- Es muy fácil - dijo el sacerdote volviendo la vista hacia la manivela - Tira y gira a la vez.
La ventana no se abrió, probó una vez y otra, pero no había manera, y Claire no pudo evitar soltar una risita ante la perplejidad de Patrick, ¿qué demonios le pasaba a esa ventana?
- Menos mal, estaba empezando a pensar que no había nada que no pudieras hacer, y te soy sincera: daba un poco de miedo - afirmó Claire, divertida.
Patrick sonrió y soltó la manivela:
- Se me dan mejor los discursos, ¿no?
- Definitivamente - afirmó Claire de forma rotunda. - ¿Qué te han dicho los cardenales? ¿Van a cancelar el cónclave?
- …No - acabó diciendo el sacerdote.
Claire abrió muchísimo los ojos y exclamó:
- ¿Qué?
- Claire, tranquila… - murmuró Patrick al ver la reacción de la reportera.
- ¿Cómo que tranquila? - protestó ella, haciendo que ahora el sorprendido fuera el sacerdote, muy pocas personas le habrían hablado de esa manera por el simple hecho de ser el camarlengo - Estoy más que harta de que pasen de ti. ¿Qué les pasa? ¿Es que no ven que si no hacen nada a medianoche salimos volando? Dios santo… Tú eres quien manda ahora, ellos son un grupo de viejos retrógrados, que se agarran a la iglesia medieval como si fuera un clavo ardiendo. Tú eres el camarlengo, tu padre te eligió a ti porque vio algo especial en ti, como lo veo yo, algo que ellos está claro que no ven, ¿cómo es posible ser tan necio? Ay, Dios… - dijo Claire llevándose una mano a la frente - Patrick, ¿de verdad vas a hacerles caso…?
El camarlengo parecía enmudecido ante las palabras de la periodista, no esperaba que le importara tanto su situación en el Vaticano o la obediencia que le pudieran mostrar los cardenales, no recordaba haberla visto tan indignada en toda la tarde.
- Primero de todo, muchísimas gracias - reconoció Patrick, ligeramente conmovido - Y ya he comunicado a la guardia suiza que comiencen el desalojo de Ciudad del Vaticano.
Claire, durante unos breves momentos, permaneció totalmente muda, luego miró ilusionada al camarlengo y dijo:
- Muy bien. Más que muy bien, ¡es genial!
- Debía hacerlo, mi corazón me lo pedía - declaró el camarlengo, quitándose mérito - Mi padre solía decir que la voz de Dios era la de mi corazón, y que debía seguirla siempre.
- Muy buen consejo. - murmuró Claire asintiendo levemente. - Tu padre y mi hermano se hubieran llevado muy bien, Eddie también era un adicto a los consejos…
Patrick miró a la joven, cuyo rostro parecía haberse ensombrecido levemente de nuevo al mencionar a su hermano. El sacerdote esbozó una triste sonrisa y le pasó la mano por el brazo a Claire, tratando de animarla; ella dejó escapar un suspiro:
- Si todo esto acaba mal, supongo que esta noche volveré a verle.
- Claire, no digas eso. - dijo Patrick de manera rotunda. - No va a pasarte nada…
- Patrick, esto me supera… - murmuró Claire con los ojos vidriosos. - Creo que me estoy volviendo loca.
- ¿Por qué? - preguntó el camarlengo, sorprendido.
- ¿Recuerdas que te dije que había recibido unas llamadas de teléfono? El nombre de mi hermano aparecía en la pantalla - dijo la joven con un nudo en la garganta.
En cualquier otra situación, se lo hubiera pensado dos veces antes y hasta tres, pero en esa situación, con esa persona, no pudo evitar avanzar hacia ella y abrazarla con cuidado contra sí: sabía lo mucho que debía echar de menos a su hermano. Claire, aunque sorprendida y algo nerviosa de repente, le devolvió el abrazo, estrechándole con fuerza y escondiendo el rostro en el hombro del camarlengo.
- …No estás loca, bastante bien llevas esto, simplemente le echas mucho de menos. - murmuró Patrick, pasando la mano con cuidado por la nuca de Claire, haciendo que sus dedos se enredaran ligeramente en el cabello rubio de la chica; no podía creer que siempre que la tenía cerca, todos los conflictos internos que tenía parecían esfumarse, para dar paso a una sensación de calidez que hacía mucho que no sentía. - …¿Quieres hablar de tu hermano?
La periodista lo pensó unos momentos, hacía mucho que procuraba no hablar de Eddie, todavía no se sentía lo suficientemente recuperada, pero… Asintió levemente con la cabeza, mientras apoyaba la mejilla en el hombro del camarlengo McKenna: ya iba siendo hora de hablar de Edmund Dilthey.
