Enroque


#13


—Eh, disculpe, pero ¿quién es usted? –preguntó una joven y rolliza enfermera que llevaba en las manos un soporte de madera y un bolígrafo grueso para la toma de sus notas. Luego de reparar en el duro semblante del guardaespaldas, de manera instintiva se había pegado aquel soporte contra el pecho como si creyera que de esa forma podría escudarse.

En el centro de la habitación y tendido sobre la cama, Izaya se preguntó qué tanto era posible que alguien que habitara en el barrio desconociera la existencia del Monstruo de Ikebukuro. Algo, rumores tenían que haber llegado a sus oídos. Después de todo, ¿cuántos hombres teñidos de rubio, vestidos con un traje de barista y fuerza sobre humana podían existir? A él llegaba incluso el desagradable aroma del tabaco que se le había impregnado al guardaespaldas. Pero, agotado y sedado, no tuvo las fuerzas suficientes para soltar algún comentario al respecto.

—¿Señor...? —insistió la joven con un poco más de confianza. Separó de su pecho un poco el soporte de madera e Izaya encontró admirable que la joven buscara defender al paciente que tenía a su cargo pese a que Shizuo tenía una expresión que podía sugerir que deseaba trozar cualquier cosa que tuviera delante.

—¿Quién soy? Soy su novio —dijo Shizuo sin vacilar y de manera tan tajante que la enfermera no supo cómo reaccionar cuando repitió para sus adentros esas palabras.

Ante la imprevista escena, Izaya debió callar una risita pues, pese a lo bruto que le parecía en ocasiones, aunque sabía que podía actuar de manera muy diferente si acaso se lo proponía, Shizuo logró así evitar decir su nombre. Qué inusual. Tal parece que mi querido Shizu-chan puede ser inteligente cuando la situación lo amerita. Para ofrecer una mayor veracidad, el informante se mantuvo serio y no objetó, de tal modo que la enfermera no tuvo más remedio que aceptar que le habían dicho la verdad. Asintió con la cabeza y después murmuró que iría por uno de los médicos de turno.

Una vez viéndose solos, Izaya le prestó toda su atención al guardaespaldas.

—¿Así que te haces pasar por mi novio? Vaya, pues estoy convencido de que, si acaso insistes en eso, tendrás unos cuantos problemas más tarde, Shizu-chan... —dijo Izaya en voz cantarina, al tiempo que trataba de incorporarse para quedar sentado y con la espalda apoyada sobre la incómoda cama. Prosiguió cuando, en silencio, Shizuo lo ayudó a inclinarla en un ángulo en el que pudiera permanecer erguido—. ¿Qué cosas horribles irán a pensar de ti cuando me he presentado con la mano rota y el resto del cuerpo lleno de golpes y cortes? Justificarán así mi perdida sin razón aparente de ocho kilos... Dirán que me ha consumido un sentimiento de angustia...

—Lo que dije se parece más a la verdad que a una mentira —replicó Shizuo antes de alejarse de la cama y obviar por completo el dramatismo de la Pulga—. ¿Por qué pareces molesto? ¿No fuiste tú quién me ha mandado el mensaje? Si no querías que...

—No, no he sido yo —lo interrumpió. Por una fracción de segundo, pareció sentirse realmente molesto.

—Pero fue tu número. Entonces ¿estabas con alguien? —Shizuo se recargó en la columna a la que se unía la puerta.

—Sí, y quizá la conozcas en algún momento. Sin embargo, antes de nada, tendría que pedirle permiso. He pactado con ella el tenernos completa confianza y de momento aún se muestra recelosa conmigo... ¿Quién podría decirle que no ha exagerado en su desconfianza? Pero, no, Shizuo, no necesitaba que vinieras —Izaya se detuvo en observar el catéter que tenía en el brazo izquierdo. Lo miró cuidadosamente como si estuviera pensando en la mejor manera de quitárselo sin causarse mayor daño—. ¿De qué me serviría tener a un monstruo junto a mi lecho de enfermo?

—Pero ya estoy aquí. ¿Qué te ha pasado? —dijo, intentando pasar por alto lo que hacía Izaya—. Anoche parecías estar bien.

—Me desmayé —explicó secamente.

—Te dije que tenías que comer, dormir... Mira a qué punto has llegado, ¡joder!

—Sí, eso me lo has repetido hasta el cansancio y ahora sería buen momento para que yo te diga que no lo he hecho porque me dan arcadas si pruebo lo que sea. Ya pasará. Y, antes de que insistas, eso no es por culpa tuya. O no del todo. Claro, el dolor de las manos me obliga a tomar fármacos y más fármacos... No es de sorprender que tenga el estómago como lo tengo. Ja, ja.

—No es ningún asunto de risa, Pulga —gruñó antes de cruzarse de brazos—. Deja eso, ¿por qué no aceptas que tienes que quedarte aquí? ¿Tienes asuntos que atender en otro sitio? Te lo dije, no te atrevas a mentirme de nuevo.

—Diablos, Shizuo. ¿Por qué no pruebas a tenerme un poco de fe? Me basta que la tengas o la finjas durante un rato. ¿Qué más quieres? Ayer te he contado algo realmente vergonzoso para mí, ¿no es verdad?

—No me obligues a ir por una enfermera.

Izaya se había sentado en el borde de la cama, y aunque de momento no podía resultar amenazador como creía que lo era al armarse con su navaja de muelle, Shizuo se sorprendió al ver que había tomado una jeringa. Una jeringa de aspecto impresionante y más aún cuando la sujetaba una persona tan hábil con las manos como lo era Izaya.

—Déjate de tonterías —dijo al acercarse.

—Él que tendrá problemas con la autoridad serás tú. Yo no... —Izaya calló sus protestas. Su rostro se había puesto sumamente pálido y al momento dejó caer sus brazos a los costados como si fuera un muñeco de trapo. Se balanceó y se inclinó al frente.

—Hey, hey —Shizuo se apresuró a sujetarlo para que no terminara por estamparse contra el suelo. Así, se dejó caer, apoyado en las rodillas y con Izaya abrazado a él—. No me importa lo que pienses, tú no irás a ningún lado. ¿Escuchaste, Pulga?

Izaya se quejó ahogadamente y se concentró en respirar profundamente. Inhaló y exhaló, inhaló y exhaló, inhaló y exhaló. Estaba mareado y temblaba debido a un frío que sabía no sentiría de no hallarse tan débil. Decidió no apartarse de Shizuo; no tenía intención alguna de moverse siquiera un centímetro y Shizuo, si lo intuía o no, no lo volvió a tender en la cama de inmediato.

—¿Ya estás mejor, Izaya? —dijo Shizuo con la voz áspera de siempre, pero en un tono que no carecía de dulzura. Sin dejar de tiritar y de respirar pausadamente repetidas veces, Izaya lo notó y no pudo evitar endurecer el semblante.

—Shizuo, sobre lo que dije ayer... no hagas nada imprudente... —murmuró sin soltarlo—. Yo... debo ser yo quien diga qué tiene que hacerse...

Para el guardaespaldas no implicó mayor esfuerzo levantar a Izaya y dejarlo de nuevo sobre la cama. Sin embargo, debió hacerlo con suma lentitud, pues aún mantenía el catéter conectado a su brazo y presentía que no sería agradable ver lo que resultaría si acaso tironeaba su piel.

—Quédate aquí, lo digo en serio, Pulga. Como vuelva y no estés...

—¿Adónde vas...?

—Necesito avisarle a Tom que no iré a trabajar.

—Ok.

El enfermo se limitó a dar una cabeceada como muestra de asentimiento, se hundió en la cama, y no se dio cuenta de la expresión incrédula de Shizuo. ¿Cómo era posible que no se hubiera percatado de que le mintió? Claro, se trataba de una mentira pequeña e inofensiva, pero tal vez en algún otro momento Izaya le hubiera hecho saber que la descubrió. Y, pasando por alto eso, encontró inusual que Izaya no le repitiera que podía irse y dejarlo hacer lo que se le viniera en gana.

Debes de sentirte morir...

Horas antes. Calles de Ikebukuro

—Orihara-san...

Nadie respondió. Únicamente se dejó oír el rechinar de las ruedas de varios coches que atravesaban las calles próximas.

—¡Izaya...! ¡Oye, Izaya...! —inquieta, Rio esperó que Izaya no se hubiera golpeado la cabeza cuando se desvaneció sin que ninguno de los dos pudiera tratar de amortiguar el golpe. Aún más nerviosa, se giró a izquierda y derecha, pero viendo que de momento no había nadie cerca a quien pedir ayuda, la joven se arrodilló a su lado y luego de darle un vistazo no logró ver que con la caída se hubiera lastimado. No había sangre, no había cortes salvo los que ya le eran conocidos. Tampoco parecía haberse lastimado las manos lo que para él sería una suerte muy bienvenida.

—Izaya... ¿Qué tendría que hacer? Mmmh...

Rio no supo muy bien de dónde obtuvo las fuerzas necesarias para lograr mover al informante a un sitio que consideró más apropiado. Y en vista de que no le resultó muy complicado se dio cuenta de que aquel hombre no se parecía mucho al que había conocido en aquella azotea de donde saltó... No tendrá la pinta de serlo, pero no he conocido a nadie más depravado que Orihara Izaya. Pero por alguna razón no he sido capaz de rechazarlo para bien. Rio se sacudió, apartó de sí aquellos pensamientos de momento innecesarios, lo acomodó en el suelo, y le aflojó la ropa como sabía que debía hacerse. Volvió a moverlo con suavidad y habló con él sin obtener ninguna respuesta hasta que la joven debió ceder en sus intentos por hacerlo recobrar la lucidez.

Lo contempló con detenimiento, alegrándose de comprobar que respiraba con normalidad. Aun así, su piel estaba bastante fría y húmeda. Miró la hora en su teléfono celular y se sorprendió al notar que no habían pasado ni cinco minutos desde que Izaya hubo empezado a bostezar y murmurar entre dientes palabras que no fueron dirigidas a ella.

—Izaya —insistió, pero sin esperar ya nada por respuesta. Luego de mostrarse dudosa, le pasó los delgados dedos por la mejilla—. Izaya, ¿puedes oírme?

A raíz de que a ella y al resto de sus compañeros de clase los habían inscrito en un curso de primeros auxilios en Raira durante el año pasado, y aunque renegó abiertamente de aquello en su momento, ahora Rio logró recuperar la calma y mantenerse tranquila.

Luego de que un tentador pensamiento de dejar a Izaya a su suerte la invadiera y se fuera tan rápido como llegó, Rio tanteó la ropa del informante para buscar su teléfono celular. Apostó porque al menos tendría una contraseña para protegerlo siendo que, además de tratarse de un modelo muy costoso, su dueño era un informante, pero aun así lo intentó. Para sorpresa suya no la tenía, pero decidió no mostrarse desconfiada.

El mundo no es tan cruel como parece. Y nadie puede fingir de manera tan convincente.

Rio observó a su alrededor por segunda vez antes de volver a mirar la pantalla del teléfono.

A dicho que su amigo es un médico (en realidad, un médico clandestino) ..., pero... como algo suceda yo tendré problemas..., Rio se decidió por llamar a una ambulancia. Y cuando hubo finalizado la llamada, se quedó mirando la lista de contactos del informante. A decir verdad, era una lista excesivamente larga y no pensó que le gustaría saber más de lo estrictamente necesario. En vista de que cada uno de los contactos registrados incluían el nombre completo y el apellido, Rio no tardó en dar con el contacto que buscaba, y, poco antes, aunque sabía que sería una acción inútil borró a "Kamichika Rio" de la lista.

Le quedará claro.

En la parte inferior de la lista miró el nombre que le interesaba con su respectivo honorífico, aunque posiblemente en conjunto se trataba de un apodo, así como lo era Magenta; sin saber el por qué, observó y repitió cada uno de los dígitos del número y cada letra del nombre. Nombre y no apellido. No hay otro así. ¿Por qué?

—"Shizu-chan." Eso no suena mucho a un sobrenombre adecuado para una persona como él —Casi le pareció que tenía al iracundo guardaespaldas frente a ella. Luego de que la mayoría de las conversaciones del informante giraran en torno al hombre, éste había captado el interés de Rio, de modo que se decidió por indagar al respecto con sus compañeros y ver las notificaciones del grupo Dollars donde frecuentemente lo mencionaban. "Es el hombre más fuerte de Ikebukuro."

Rio volvió a reparar en Izaya y luego en la pantalla del teléfono.

Si decido creerle, es una persona tan importante para ti que, quizá, y aunque no lo merezcas, él sienta lo mismo, llegó a decirse mientras decidía mandar un breve pero preciso mensaje de texto. No se creía capaz de hablar con el hombre en caso de que todo lo que hubiera dicho Izaya no fueran sino mentiras. Llegó incluso a sonrojarse de sólo pensar en la hipotética y embarazosa situación.

El sol empezó a ocultarse tras un cúmulo de nubes, mientras la joven aguardaba puesta de rodillas al lado de un hombre que admitió sin ningún titubeo que no se hubiera sentido mal por su muerte. "Me hubiera impresionado más que saltaras, te estamparas de lleno contra el cemento y murieras." Rio revisó por el contenido de la bolsa de plástico.

"Elige bien. Puedes tener la ventaja. Puedes llegar a causarme muchos problemas."

—Y dijiste también "quiero tu perdón." Al final, creo que voy a decepcionarte; será tal y como tú lo llamaste: una puñalada. Una puñalada pues no eres tan duro como para decidir que no huirás en esta ocasión. Y por lo que me hiciste, por los engaños, no me sentiré mal.

Tras formar la expresión melancólica que Izaya pensaba que la definía a la perfección, ella pensó que había tenido menos dudas cuando estuvo en el borde del edificio, preguntándose si lograría hacerse notar ante sus padres al morir. Volviendo a su hija poco más que una mancha de sangre en un mugriento callejón.

Rio puso en orden sus pensamientos y al hacerlo supo que no podría vocalizarlos. Por ese motivo, se resignó simplemente a reafirmar la decisión que finalmente tomó.

Yo quería desaparecer, yo quería morir ese día o de eso me había convencido, pero, aun cuando fueron el orgullo y el miedo mi principal motivación para saltar y sí que lo hice... Viví. Lograron impedir que muriera y que terminara por cambiar de parecer... Por estar viva sé que hay una mujer sin cabeza que vive en compañía de un médico clandestino que a su vez es el único amigo de una persona cruel y manipuladora que no parece ser capaz de tenerlos. Y sé también que esta persona se ha enamorado de un hombre con fuerza monstruosa... En parte, quizá es solamente mi curiosidad por escuchar y ver esas cosas maravillosas e increíbles que suceden que pienso que vale estar viviendo esta vida, justo aquí y justo ahora. No volveré a pensar que quiero desaparecer de este mundo.

A Rio le pareció escuchar el sonido de una sirena que se aproximaba rápidamente pues a cada segundo, con mayor claridad la percibía. En consecuencia, se inclinó hasta rozar la oreja del informante.

—Yo no creo ser menos ingenua que hace algún tiempo y tal vez diciendo esto esté yo actuando según tus planes, sin embargo, sé que no es mi perdón el que tú quieres, pero, aun así, te lo doy. Te perdono, Izaya Orihara y espero no volver a verte ni una vez más. Ahora ya sabes que, aun cuando hiciste lo que me hiciste, puedo yo perdonarte y que podría resultar todo bien para ti. Aun cuando eres cruel, el resto del mundo no lo es tanto. A eso pienso aferrarme y nunca más a tus palabras. Soy Rio y no Magenta.

Si consigues lo que buscas, ya no tendrás ninguna razón para necesitarme.

-o-O-o-

Oi. Soy yo.

Sí, definitivamente se trata de ti, aunque pensé que podría ser Kadota, o Simon incluso. ¿Qué sucede, Shizuo?

—Estoy en el hospital...

¡Te dije que...!

Tsk, ¡se trata de la Pulga!

¿Qué le ha pasado?

—Se ha desmayado y lo han traído al hospital. Y a saber quién estaba con él, pero me ha dicho lo que pasó. ¿Lo has visto? Está en los huesos, creo que...

¿Y cuál es tu razón para hablarme? Estoy con un paciente ahora mismo.

—No lo sé... —dijo Shizuo, ligeramente sorprendido al notar el incipiente sarcasmo en su voz. Eso era cosa de la Pulga y no creía que a él le fuera a sentar en nada. Pero no había podido evitarlo cuando por el tono era evidente que Shinra había estado dormido. Deseó que Celty no tardara en regresar a Ikebukuro—. ¿No se supone que ustedes son amigos? Como sea no ha pasado a más, lamento haberte molestado.

Oye, Shizuo... —empezó Shinra, quizá temiendo que fuera a cortar la llamada—. Quédate con él. Asegúrate de que no... Ya le hablaré más tarde.

—Sí, sí... como quieras —Shizuo gruñó y por primera vez en años pensó en lo difícil que tenía que ser lidiar con alguien que sin tregua se hallara de mal humor.

Cuando regresó a la habitación en la cual habían instalado al informante, Shizuo pensó que algo se traía entre manos, pero al final aceptó que, contra todo pronóstico, la Pulga simplemente se había permitido dormir. Ni siquiera se había molestado en cubrirse con las mantas, pero dada la manera en la que respiraba, subiendo y bajando el pecho a intervalos espaciados, aunado a su postura relajada no le dio cabida a pensar que sólo fingía descansar.

—Descansa, Pulga —susurró.

Procurando no despertar a Izaya en silencio salió de la habitación y no tardó en dirigirse a la salida del hospital. Tenía pensando fumar un par de cigarros y meditar mientras lo hacía sobre lo que tendría o no que hacer a continuación.

La conversación con Shinra había logrado avivar su enojo que hasta hacía unos cuantos minutos atrás había permanecido latente, pero ahora sólo le hizo falta pensar en cada una de las magulladuras de la Pulga, para sentir a la sangre hervir en sus venas.

"Es mi culpa, claro, Shizu-chan, pero cuando me reuní con esa mujer no hice más que provocarla cuando su teatro se vino abajo. Me burlé de que hubiera pretendido asustarme con palabras y pues, como era de esperar, buscó no cometer los mismos errores. Me ha dicho que tiene todo grabado, absolutamente todo y no sé bien si habrá querido insinuar que no sólo querría exponerme a mí sino a Mairu, pero ya ves mi predicamento. Ja, ja. No me hace falta que todo mundo vea como me apalearon esa vez. Y ya ha circulado por ahí que se difundirá un video comprometedor en la red... Por eso mismo, necesito tu ayuda para dar con ella antes de que eso suceda..."

Aunque la rabia nublaba su juicio y guiaba sus pasos, Shizuo se percató a tiempo de la enfermera de antes y logró esquivarla.

Aun cuando me inculpaste y me despidieron poco después, y sentí que defraudé a Kasuka, con lo idiota que soy, yo sólo quiero dar con quienes hayas hecho enfadar. ¡Qué se vayan todos al diablo! ¡Yo los mandaré con él! Te lo hayas ganado o no, yo quiero matarlos dolorosamente... matarlos, matarlos a todos...

—Heiwajima-san.

A escasos pasos de las puertas principales, Shizuo se giró a un lado y bajó la mirada, pero sus ojos que parecían echar chispas no se toparon con ninguna enfermera o algún otro miembro del hospital. En cambio, frente a él estaba una esbelta jovencita peinada con un par de coletas. Seguramente se trataba de una estudiante de preparatoria. Llevaba un pequeño bolso a un costado y con la correa cruzada sobre el pecho. En la mano llevaba una bolsa de plástico.

—¿Huh?

—Yo... tengo algo para usted, tengo que darle algo —dijo ella sin atreverse a mirarlo directamente. Le tendió la bolsa de plástico.

—¿Fuiste tú quien me ha mandado el mensaje?

Rio asintió en un hilo de voz.

—Oye, él... ¿él te ha hecho...? —Shizuo apretó los dedos de ambas manos a tal punto de sentirlos latir. ¡No me hagas esto tan pronto!

—En realidad se ha portado amablemente conmigo —se apresuró a decir—. Dígale que Magenta-san le dice "adiós". Se lo agradeceré.

Si elegí mal o bien, si tomé o no la oportunidad que me dieron, ya nada puede hacerse.

Luego, sin esperar que Shizuo hablara, inclinó el torso a modo de despedida y se marchó sin sospechar que, tras ver el contenido de la bolsa, Shizuo iría tras ella o que al menos lo intentaría.


N. del A. ¡Muy bien, muy bien! ¡Eso ha sido todo por el momento! (^w^) Espero que la historia no los esté aburriendo... Ya viene lo emocionante, o así lo espero yo. ¡Besos~! :D