14. Un gran error
El camino hacia la mazmorra de Snape era siempre igual de lúgubre. Tanto de día como de noche. Ni un rayo de sol conseguía iluminar el pasillo que permanecía en una oscuridad interrumpida tan solo por unas cuantas antorchas que emitían una luz demasiado tenue y demasiado fría. Era la única parte del castillo donde hacía frío durante todo el año, excepto dentro del aula cuando los calderos estaban encendidos.
Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Se acercaba al despacho, cargada con el encargo del profesor Longbottom. Tenía un nudo en el estómago y la cabeza hecha un lío. No sabía cómo pensar respecto a Snape después de la charla con el profesor Longbottom. Le dolía la cabeza de tanto darle vueltas al asunto. ¿O sería la falta de sueño? Un millón de ideas le pasaban por la cabeza, todas contradictorias y confusas. A lo mejor se había equivocado juzgando a su profesor. Pero su arrogancia era innegable. Lo que menos se le apetecía era ver su cara otra vez. Aguantar su mordacidad y su sarcasmo hiriente. Su corazón dio un vuelco y empezó a latir más deprisa. Cuanto más se acercaba a la puerta más nerviosa se sentía.
Con el corazón a punto de salírsele del pecho, llamó a la puerta que se abrió de par en par. El profesor Snape estaba sentado en el escritorio con el ceño fruncido, corrigiendo los trabajos que le entregaron en la última clase. Snape ignoró la presencia de la chica y siguió garabateando los pergaminos con tinta roja sin levantar la vista de lo que estaba haciendo.
- Profesor Snape. – Dijo Johanna. – El profesor Longbottom me ha mandado a traerle esto.
Decidida, se acercó al escritorio del profesor y le plantó la cesta con los ingredientes recolectados encima de la mesa, con tan mala suerte que derramó el tintero encima del trabajo que estaba corrigiendo.
Snape levantó la mirada, imperturbable como siempre.
- Señorita Macbay, me temo que su trabajo está completamente ilegible. – Dijo señalando el pergamino que tenía en la mesa. – Así que tendré que ponerle un cero. Y ahora si es tan amable se irá por donde ha venido sin hacer ruido y sin causar ningún estropicio. Espero que no le cueste mucho trabajo dada su torpeza natural.
Johanna estalló en furia, últimamente le pasaba con facilidad. La falta de sueño y el cansancio acumulado se juntaron con el odio que le profesaba a su tutor y explotó arrasando todo cuanto encontró a su paso.
- Yo por lo menos tengo modales y gente que me quiere. ¿Qué tiene usted? – Johanna estaba furiosa y no hubiera podido controlar sus palabras aunque hubiera querido. – Usted es un individuo sin corazón, arrogante, orgulloso y mezquino. Que no acepta que una sangre sucia pueda llegar a su nivel.
- No voy a permitir que me hable en este tono. – Snape apretaba los puños con fuerza, pero no alteró su rostro. - ¿Cómo se atreve? Usted…
- ¿Usted qué? ¿Qué va a decirme? ¡Que no tengo modales, que soy una asquerosa sangre sucia! ¡Estoy harta de usted y de su estúpida clase! He aprendido más en una semana estudiando por mí misma que en un mes en su clase.
Snape se había levantado de su silla y le costaba mantener la calma. Esa niña lo alteraba como nadie antes lo había hecho.
- ¡No pienso tolerar esto! ¡Salga ahora mismo de mi despacho! – Gritó señalando la puerta.
Johanna estaba indignada y seguía furiosa, era mucho el odio acumulado que tenía y en un arrebato había dejado escapar esa frase hiriente sin control, pero no se arrepentía. Le daba la sensación que el corazón se le iba a salir del pecho en cualquier momento, pero encorajada por la rabia siguió hablando.
- A pesar de lo que me contaron Sam y el profesor Longbottom, esa Skeeter tenía razón. Eres una mala persona, solo tienes odio y rencor. No entiendo cómo alguien puede considerarte un héroe. ¿Héroe de qué? Nunca hubo una pizca de bondad en tu corazón. Incluso dudo de que tengas uno. Jamás sabrás lo que es querer a otras personas.
Snape la arrinconó violentamente contra la puerta. Su parte racional le decía que era mucho mejor que le odiara. Pero una parte de él no estaba dispuesto a tolerarlo y era esa parte la que cada vez tomaba más fuerza.
- ¡NO HABLE DE LO QUE NO SABE!
Snape la tenía cogida con fuerza por los brazos. Johanna empezó a temblar por la rabia aunque el miedo se estaba abriendo camino rápidamente.
- ¡Suélteme! – Intentó decirlo con odio, pero no pudo.
Los dos se quedaron mirando fijamente furiosos, odiándose. La tensión se palpaba en el ambiente. Snape se perdió en los ojos azules de la chica que lo miraban con un desprecio hiriente. Johanna quería seguir hablando, gritándole toda clase de insultos pero en vez de eso le estaba besando y él no pudo más que corresponderle ante el asombro de ambos. Se besaron con ferocidad durante segundos o quizás minutos. Hasta que Johanna, dándose cuenta de la situación, le mordió el labio y lo separó con brusquedad.
El rostro de Snape ya no permanecía imperturbable, sus rasgos mostraban sorpresa y algo de miedo se escondía tras sus ojos oscuros. Johanna se apresuró a abrir la puerta y se fue corriendo sin mirar atrás. Como si huir de allí le permitiera borrar lo que había pasado. Se sentía avergonzada y enfadada consigo misma. ¿Cómo había permitido que aquello sucediera? Y lo que era aún peor: ¿Le había gustado? Se le subieron los colores solo con recordarlo.
Se apresuró a entrar en la sala común, necesitaba desahogarse. Buscó a Emma, pero no estaba. Seguramente seguiría con sus plantas. Aun temblando, cogió pergamino y boli (aún no se había acostumbrado a la pluma) y le escribió una carta a Janne. Después de vomitar, en el pergamino, el acumulo de emociones que tenía retenidas seguía sintiéndose intranquila y nerviosa. Se metió bajo las sabanas y e intentó en vano conciliar el sueño. Cada vez que cerraba los ojos revivía el beso una y otra vez. Pensó en tomarse la poción de olvido, estuvo deliberando durante mucho tiempo, pero no tenía valor para hacerlo. Se levantó de la cama, harta de esa sensación de desasosiego. Se puso la túnica que había comprado en Hogsmeade y la capa negra, no quería llamar la atención con el uniforme del colegio o su ropa muggle. Cogió el mapa que hizo con Sam y se colocó la capucha para que le cubriera el rostro. Tenía que salir de Hogwarts, tenía que olvidar, necesitaba algo de alcohol con urgencia y sabía perfectamente donde tenía que ir.
Con mucho cuidado, salió de la sala común y se dirigió a los jardines del colegio hasta llegar delante del enorme sauce boxeador. Siguió los pasos que le había contado Sam un mes antes. Cogió un palo largo y apretó uno de los nudos del árbol que provocaban que este se quedara inmóvil. Permitiendo el acceso al pasadizo que conducía a la casa de los gritos de Hogsmeade.
Entró a gatas, metiendo primero la cabeza, y se deslizó por una rampa de tierra hasta la boca de un túnel de techo muy bajo. Avanzó casi doblada por la cintura. El pasadizo no se acababa. Y entonces el túnel empezó a elevarse, y luego a serpentear hasta llegar a una habitación, muy desordenada y llena de polvo. El papel se despegaba de las paredes. El suelo estaba lleno de manchas que parecían de sangre. Todos los muebles estaban rotos, como si alguien los hubiera destrozado. Las ventanas estaban todas cegadas con maderas. No le costó encontrar la salida.
La noche era fría, así que se envolvió un poco más con la capa y puso rumbo hacia Cabeza de puerco. Beber para olvidar es lo que necesitaba.
Aquel pub no se parecía en nada a Las Tres Escobas, que era un local limpio y acogedor. Cabeza de Puerco consistía en una sola habitación, pequeña, lúgubre y sucísima, donde se notaba un fuerte olor a algo que podría tratarse de cabras. Las ventanas tenían tanta mugre incrustada que Johanna dudó que entrara luz del exterior. Por eso el local estaba iluminado con cabos de cera colocados sobre las vastas mesas de madera. A primera vista, el suelo parecía de tierra apisonada, pero cuando caminó por él, se dio cuenta de que había piedra debajo de una capa de roña acumulada durante siglos.
Detrás de la barra había un hombre muy mayor de largo, greñudo y canoso cabello y larga barba. Llevaba gafas, y tras los sucios cristales lucían unos ojos azules intensos y penetrantes.
Johanna se sentó en la barra sin quitarse la capucha para no desentonar con la fauna del local.
- Póngame un Wisky de Fuego. – Johanna no lo había probado nunca, pero se lo había oído pedir a Hagrid en Las tres Escobas.
El hombre le llenó un vaso de salubridad cuestionable con un líquido ámbar que desprendía un fuerte olor a alcohol. Johana vació el vaso de golpe, decisión de la que se arrepintió al segundo de haberlo hecho. Le quemaba la tráquea y el estómago. No pudo reprimir una mueca de dolor que el viejo encontró particularmente divertida.
- Ponme otro. – Johanna cogió el vaso y lo vació de un trago. – ¡Otro!
El tabernero la miraba con curiosidad, pero le volvió a llenar el vaso sin mediar palabra. De repente una corriente de aire le provocó un escalofrío que le recorrió el cuerpo. El hombre que acababa de entrar se sentó en la barra alejado del sitio donde se encontraba Johanna.
- Ponme lo de siempre.
A Johanna se le paralizó el corazón. Conocía aquella voz, demasiado bien. El profesor Snape estaba sentado en la barra bebiendo una especie de líquido oscuro. Por suerte no se había percatado de la presencia de la chica. Johanna se apresuró a pagar sus consumiciones y volvió a vaciar su vaso de un trago. Rápidamente se puso en pie para huir lo antes posible del local. Con un poco de suerte Snape no repararía en ella.
No había dado dos pasos aun cuando notó como sus piernas flaqueaban. Estaba mareada y le daba vueltas la cabeza. No tuvo tiempo para arrepentirse de la velocidad a la que había bebido, pues se desplomó en el suelo quedando totalmente inconsciente.
Severus se dio la vuelta, alertado por el ruido de la caída. Para su sorpresa se encontró con su alumna tendida sobre el suelo. Nadie en el local hizo el ademán de socorrerla. Snape se levantó de mala gana, la cogió en brazos y salió de la taberna.
Llegó a Hogwarts sin ningún contratiempo. Una vez allí la cosa se complicó. Tenía que llegar a su destino sin que nadie lo viera. Estaba molesto. Solo quería olvidar aquel estúpido día sin más complicaciones. Odiaba profundamente a esa chica, lo único que hacía bien era causarle molestias e irritarle. Se dirigió al séptimo piso, allí se encontraba la sala de los menesteres, justo en frente de un tapiz de Bárnabas el Chiflado. Hacía unos pocos años que había vuelto a aparecer, fue destruida en la batalle de Hogwarts, pero la magia del castillo había logrado recuperar aquella habitación.
La enorme sala estaba casi vacía salvo por una cama de enfermería junto a una mesa con un cuenco lleno de agua fría y un trapo. También había un caldero y un montón de hierbas necesarias para hacer un remedio para la chica.
Dejó a Johanna en la cama, que seguía inconsciente, y le puso el paño mojado en la cabeza. Mientras, él empezó con la poción. No debía tomarse la molestia, no debía haberla traído a Hogwarts, debería haberla dejado en Cabeza de puerco para que afrontara las consecuencias de sus tonterías. Pero no pudo.
No tardó en terminar el brebaje. Llenó un vaso y se lo acercó a los labios de la chica mientras la ayudaba a incorporarse. Medio inconsciente, vació el vaso muy despacio. Snape lo dejó encima de la mesa y se levantó de la cama para irse. Una mano helada le cogió la suya. Johanna lo estaba agarrando.
- No te vayas. – Susurró ella en un murmullo apenas audible.
Seguía con los ojos cerrados, pero se aferraba a su mano como si de ello dependiera su vida. Snape se deshizo de la mano que lo agarraba y sin mirar atrás se fue de la sala dejando a la chica allí. No tardaría en despertar y no quería estar allí cuando eso sucediera.
