Ya estoy aquí de nuevo. Espero que os guste este nuevo capítulo.

Muchas gracias por leer y por todos los reviews =3.

14. HERMANO

"Sangre…"

"¡Sangre fresca!"

Los oídos de Ted zumbaban sin parar. Sus sienes palpitaban dolorosamente y un sudor frío cubría su nuca. Su pelo, que había acostumbrado a mantener en un neutro tono castaño oscuro, lucía gris como la piedra.

-Lupin, ¿se puede saber qué estás haciendo?

Las voces de sus amigos y del profesor Jarrows llegaban lejanas, muy lejanas. Sin embargo, los continuos aullidos penetraban en su mente con total claridad.

"Es la hora, ha llegado el momento."

"Es un cobarde."

"Y no será él quien lo pague."

-Lupin, creo haberte dicho que te sientes…

"La sangre… demasiado cerca… me está volviendo loco."

"¡NO! Esperaremos."

"Solo un poco más… ha llegado el momento."

-¡Ted, deja de hacer el idiota!

Súbitamente, el joven metamorfomago abrió los ojos. Sin saber cómo, se había puesto de pie y se dirigía a la escalera de caracol que conducía a su dormitorio.

-Tengo que subir, profesor – musitó.

-No vas a subir a ningún lado – dijo Jarrows. – Siéntate junto a tus compañeros. Ya.

Ted permaneció unos segundos vacilante, luego clavó sus ojos dorados en el jefe de Gryffindor.

-Tengo que subir, profesor – repitió. Su voz destilaba un extraño matiz amenazante.

Sorprendentemente, Jarrows pareció dudar.

-Si no bajas en dos minutos, prepárate, porque no me importará restar todos los puntos a mi propia casa.

Sean se levantó y lo agarró por el brazo.

-Tío, deja de hacer el idiota, así no ayudas a nadie.

Ted sonrió. No fue una sonrisa agradable.

-Suéltame, ahora, Sean.

Unos segundos después el que hasta hacía unas horas había sido Teddy Lupin desapareció escaleras arriba.

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El viento transportaba aquella extraña mezcla de aromas. Estaba el olor reinante. Un olor salvaje y animal que llegaba hasta el fondo de sus pulmones y lo inundaba. Luego estaba el delicioso aroma de la sangre, el miedo y el júbilo. Permaneció un rato así, con medio cuerpo colgando hacia el exterior, su pelo acariciado por el viento, sus oídos deleitándose con los aullidos.

"Ven."

"Ven."

"Te estamos esperando…"

De pronto, otra voz interrumpió las continuas llamadas.

-¿Ted? – era Francis - ¡Ted, no! ¡NO!

Antes de que su mejor amigo pudiera siquiera comenzar a correr en su dirección, Teddy se descolgó por completo, agarrándose a las minúsculas grietas del muro de la torre con una habilidad y agilidad hasta entonces desconocidas en él. Francis sacó la cabeza por la ventana, mirando horrorizado a su amigo colgando en el vacío, tres metros por debajo de él.

-¡TED! ¡NO, NO LO HAGAS!

Ted se permitió unos segundos de consciencia.

-Es Brian.

-Los profesores…

-Ellos no podrán hacer nada, y lo sabes.

-Por favor, Ted, por favor…

-Deséame suerte – musitó el semi-licántropo.

El grito de Francis lo acompañó en su vertiginosa bajada a los terrenos del colegio.

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Ni una sola nube poblaba el cielo en aquella fría noche de marzo. La luna llena brillaba con fuerza, inundando el bosque de su luz ambarina. Llenándolo de fuerzas renovabas y antaño conocidas.

Sombras se deslizaban entre los árboles, enarbolando sus varitas, a la búsqueda de los invasores y de su rehén. Pero no los encontrarían si ellos no querían ser encontrados. Y a él tampoco. Se movió con sigilo y fuerza. Trepó a un árbol y se columpió entre sus ramas hasta alcanzar otro. Avanzó junto al linde del bosque, atento a las señales procedentes del castillo. Cuando un nuevo aullido resonó para guiarle, se detuvo en seco y se acercó a la orilla del lago para examinar su reflejo. Un desconocido le devolvió una mirada amenazante y ambarina. Su pelo permanecía revuelto y gris. Su expresión se asemejaba más a la de una bestia que a la de un chico de trece años. Tras unos segundos de estupor, un sonido horripilante emergió de su garganta, cortando el aire de la noche. Cuando fue consciente de que se estaba riendo, corrió al interior del bosque, sintiendo los aullidos cada vez más cerca. Al cabo de unos instantes, tres formas se unieron a su carrera. Sus pelajes grises se movían bajo el movimiento de sus cuatro patas. Sus miradas se cruzaron con la suya varias veces, en silenciosa camaradería. Sintiendo cómo una alegría salvaje lo llenaba, Ted cogió aire y aulló con todas sus fuerzas.

Y los lobos lo corearon.

Súbitamente, todo acabó bruscamente cuando algo se interpuso en la vertiginosa persecución de Ted Lupin. Un cuerpo chocó brutalmente contra el suyo, un crujido estalló dentro de su cuerpo y el dolor lo atravesó por el pecho.

Con un grito de asombro Teddy cayó al suelo, y mientras luchaba por arrastrarse hasta una raíz, sintió cómo sus hasta entonces compañeros de carrera lo rodeaban amenazadoramente. Recordó que había dejado su varita arriba, que no se le había ocurrido llevarla consigo, y se maldijo por ello. Trabajosamente, alzó la vista para ver qué o quién era lo que había chocado contra él.

Un joven de unos veinte años permanecía de pie junto a él. Era alto y muy delgado. Vestía tan solo unos ajados pantalones. Desde sus pies descalzos hasta su cuero cabelludo estaba cubierto de un espeso vello gris. Desde su rostro deformado sonreía a Ted, por lo que pudo distinguir cuán afilados eran sus dientes. El chico no tardó en reconocerlo. Lo había visto apenas unas horas antes, cuando había acudido a su cuarto para llevarse a Brian; y también una lejana mañana de septiembre, en el Expreso de Hogwarts, de portada en el Profeta.

Era Edmund Greyback.

-Hola, hermano – su voz sonaba grave chirriante a la vez, como si llevara años sin usarla.

Ted intentó hablar, pero un dolor agudo atravesó su pecho. Se agarró con las dos manos, intentando evitarlo.

-Será mejor que no lo intentes – comentó Greyback - seguramente te he partido unas cuantas costillas. Pero puedes levantarte, así que andando.

Con sumo esfuerzo, Teddy se levantó, agradeciendo incluso brazo de Greyback bajo sus hombros, ayudándolo. Emprendieron su marcha lentamente, con los tres hombres lobos siguiéndolos muy de cerca.

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La luz de la luna llena inundaba el claro. De pie en los alrededores, o cómodamente recostados entre las raíces de los árboles había otros cinco hombres lobo. Dos de ellos se arremolinaban en torno a un bulto en un extremo. Los tres que acompañaban a Greyback y Ted corrieron a reunirse con ellos, y por un momento, Teddy también lo deseó. Fuera lo que fuera lo que hubiera allí, olía de maravilla.

Greyback lo dejó en solo en medio del claro para ir a sentarse en el suelo, frente a él. Lo miró con auténtica alegría impresa en sus ojos.

-Al fin has venido, hermano. Y te doy las gracias por ello.

-Yo no soy tu hermano.

Un par de carcajadas corearon sus palabras. Greyback lo miró como si acabara de hacer la mejor broma de la historia.

-Mi padre mordió al tuyo, y nosotros somos sus hijos consanguíneos. Había algo de Fenrir Greyback en la sangre de Remus Lupin, y ese algo pasó a ti, al igual que a mí. Estamos más unidos de lo que piensas, hermano.

Ted se limitó a fijar sus ojos en los suyos. No sabía qué decir. Prácticamente había olvidado el motivo de su propia incursión en el bosque. Se quedó callado.

-Ahora, cuando volvamos juntos a ese castillo tuyo, seremos invencibles – continuó – con la ayuda de ese inútil Lewis hemos entrado en los terrenos. Tú me abrirás el castillo, y luego Princestone nos ayudará desde dentro manteniendo a raya a los pocos profesores que no estén en el bosque. De esos se encargarán nuestros lobunos compañeros. Y una vez allí…

-Pronto se hará de día – lo interrumpió Ted. Greyback rió entre dientes.

-Eso ya lo sé, hermano, no soy un idiota. Pero para cuando la luz del sol asome por el este, más de la mitad de los alumnos del colegio habrán sido mordidos. Y luego… sólo será cuestión de tiempo esperar a la próxima luna llena para tenerlos a todos bajo nuestro poder. Imagínatelo, hermano, toda una legión de magos y brujas con los poderes intensificados bajo la luz de la luna llena…

-Basta – musitó Teddy. La charla enfermiza de Greyback le estaba provocando dolor de cabeza. Lentamente, se deslizó hasta el suelo, intentando descifrar lo que aquel facineroso estaba diciendo. – No son más que sandeces – susurró.

-¿Qué dices, hermano?

-Estáis locos.- Poco a poco, Ted iba recuperando las fuerzas. – Princestone y tú estáis completamente locos. Esto no son poderes. Esto es una maldición. Una enfermedad. Y no es algo que deba considerarse un regalo.

Greyback no parecía afectado por las palabras de Teddy.

-Hermano, entiendo que hasta ahora no lo hayas podido comprender… pero estoy seguro que tengo algo que abrirá tu apetito…

Los lobos agrupados en un extremo del claro se apartaron, dejando al descubierto algo que golpeó brutalmente los agudizados sentidos de Ted. El olor era insoportablemente delicioso. Se acercó a toda velocidad. Y la realidad lo sacudió como un huracán.

Era Brian. Acurrucado en el suelo, su respiración era completamente irregular. Una de sus piernas descansaba inerte junto a él, en un ángulo demasiado extraño. Pero lo peor era su rostro, cubierto de la sangre que manaba de sus múltiples heridas. Tenía los ojos entornados. Horrorizado, Ted se arrodilló a su lado y lo sostuvo entre sus brazos.

-Brian – murmuró – Brian, Brian, despierta. ¡Vamos!

-No creo que eso vaya a ser muy útil, hermano.

-¿¡Qué le habéis hecho!?

Varios hombres lobo gruñeron, pero Greyback los acalló con una mirada.

-Nada que ponga en peligro su vida... de momento. – Sonrió de nuevo, con aquella hilera de dientes afilados como cuchillas – lo hemos dejado para que tú acabases el trabajo.

Ted cerró los ojos, cosa no muy acertada, ya que así el delicioso olor que emanaba de Brian se hacía aún más insoportable. La boca se le hizo agua con tan sólo pensarlo. Pero era Brian. Uno de sus mejores amigos. Algo en su interior parecía luchar contra ese hecho. Brian... que siempre había estado a su lado. Y que ahora yacía ante él, indefenso... era Brian.

-¡NO!

Ted se puso en pie de un salto. El dolor de su pecho lo atravesó, pero él permaneció impune. Respiró hondo una vez. Dos, tres más. Pudo sentir a Greyback ponerse en guardia.

Ambos saltaron a la vez. El choque en el aire resonó en todo el claro. Ted cayó al suelo, a punto de perder el conocimiento. Cuando sintió de nuevo a Greyback saltando sobre él, giró sobre si mismo para esquivarlo y se lanzó sobre su espalda, buscando un lugar en el que clavar sus dientes, un espacio que rasgar con sus uñas. Pero Greyback era mayor, más fuerte y más salvaje que el joven metamorfomago, que caía una y otra vez, cada vez más cubierto de heridas. Los hombres lobo observaban la lucha atentamente, algunos de ellos con el lomo erizado, pero sin intervenir. Poco a poco, Teddy pudo arrastrarse hasta Brian. No pensaba dejar que le hicieran daño. Antes, al menos, moriría luchando por defenderlo. Agarró el brazo de su amigo, que gimió semiinconsciente. Y fue entonces cuando rozó algo duro con la yema de sus dedos. Un objeto fino y alargado, de madera. La varita de Brian. La rodeó con sus dedos mientras sentía cómo Greyback se acercaba a su espalda, dispuesto a ejecutar el golpe de gracia.

Cuando sintió cómo los pies de su enemigo se levantaban en el aire se volvió y alzó la varita.

Protego!

El escudo hizo rebotar al semi-licántropo, que retrocedió entre sorprendido e irritado.

-¿Juego sucio, hermano?

-No voy a luchar contra ti como una bestia, sino como un mago, que es lo que soy – Ted se levantó y se puso en guardia – yo no soy un monstruo como tú.

Greyback gruñó y se lanzó contra el joven Lupin, que ya estaba preparado.

Diffindo!

Greyback gruñó cuando sendos cortes se abrieron en su rostro. Sacudió la cabeza. Las heridas no eran más que superficiales, de modo que volvió a la carga.

Petrificus totalus!

Esta vez, el semi-licántropo estaba preparado para esquivar el hechizo. Golpeó con fuerza a Teddy, que salió despedido. El metamorfomago se movió con rapidez para descubrir que la varita de Brian descansaba sobre la hierba, a cinco metros. Greyback, subido a un árbol, lo contemplaba con fiereza. Un segundo después, saltó con una fuerza increíble, mientras Ted corría hacia la varita. Sin mirar a su atacante, la cogió y se volvió para lanzar el que tal vez fuera su última oportunidad.

EXPELLIARMUS!

Greyback fue golpeado de lleno y lanzado hacia atrás. Su cuerpo chocó contra un árbol, para luego caer con un crujido ensordecedor. Luego, silencio. Algunos hombres lobo gruñeron, otros aullaron. Aterrado, Teddy se acercó a Greyback, varita en alto.

El cuerpo de Edmund se descansaba desmadejado entre las raíces, su cuello torcido en un ángulo antinatural. Sus ojos, abiertos de par en par, miraban sin ver.

Estaba muerto.

Una extraña sensación de poder invadió a Ted, que sintió a los demás lobos acercándose. Se volvió. Los animales lo miraban con una extraña mezcla de terror y respeto. Entonces lo comprendió. Había matado al Greyback, al líder. Ahora, él se había convertido en el Alfa. Y aquellos seres lo obedecerían fueran cuales fueran sus órdenes. Sin embargo, Teddy no tenía más órdenes que darles. El amanecer estaba cerca.

-Marchaos. – Dijo. Notó cómo su nuevo poder impregnaba su voz. – Marchaos de los terrenos. No paréis de correr hasta que salga el sol y volváis a ser humanos. Huid lejos, y no regreséis,

Como si fueran uno solo, los ocho hombres lobo echaron a correr y desaparecieron del claro.

Ted se acercó cojeando, al límite de sus fuerzas, hasta Brian. Con un esfuerzo sobrehumano lo alzó en sus brazos y comenzó su lento camino hacia el exterior del Bosque Prohibido.

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Asomaba el sol por el este cuando el joven Teddy Remus Lupin salió del Bosque, llevando consigo a su compañero malherido. Por un momento, la luz lo cegó. Sintió cómo sus fuerzas lo abandonaban, así que dejó a Brian en la hierba a su lado antes de dejarse caer. Le dolía todo el cuerpo, desde los dedos de los pies hasta las puntas de su cabello. Una extraña palpitación lo recorría, extenuándolo. Al poco sintió en el suelo multitud de pasos acercándose a él.

-¡Ted! ¡Brian!

Unos brazos amigos lo sujetaron. Tras un parpadeo, pudo distinguir el rostro preocupado de Francis Snape sobre el suyo. Creyó distinguir lágrimas saliendo de sus ojos negros.

-Fran... cis... – musitó.

-Eres un maldito idiota – murmuraba su amigo – el mayor idiota que he conocido en mi vida...

Cuando su amigo lo abrazó, Ted Lupin cerró los ojos y perdió el sentido, con una leve sonrisa dibujada en su demacrado y magullado rostro.

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Y hasta aquí el capítulo 14. Espero que os haya gustado. De nuevo muchas gracias por leer este fic.