hola a todos! primero que nada, quiero disculparme por haberme atrasado dos días de las dos semanas que me di de plazo. Creo que igual les advertí que si algo como esto pasaba, sería por muy buenas razones. Bueno, tuve muy buenas razones, créanme. Pero no las quiero aburrir tampoco con excusas, sé que lo que quieren es leer! Y aquí he vuelto, tal y como lo prometí, con un capítulo mega largo. En realidad, es un capítulo que se divide en dos partes, pero sigue siendo uno porque la temática es la misma, gira en torno a "La rosa de fuego". Ya lo verán. Me ha costado escribir este capítulo con tantas cosas en mente, pero me siento bien con lo que conseguí. Sujétense los cinturones lectoras y lectores, que aquí empieza lo bueno. Hablo muy en serio.
ADVERTENCIA: si usted es sensible a situaciones de carácter sexual u/o eróticas, retírese del fic en este preciso instante, porque este capítulo es tan solo el pequeño arranque de cosas muy intensas. Así que CONSTE que estoy advirtiendo. No quiero mensajes de quejas después.
MUCHAS gracias por su apoyo, en verdad, yo creo que si este fic no tuviera tanto apoyo no sé si encontraría ánimos para continuarlo. Es como me sucedió con la revolución de las bestias, uno siente la tentación de dejarlo porque hay tantas ocupaciones y responsabilidades en la vida diaria...pero a la larga no lo puedo hacer, porque es satisfactorio que haya personas que se diviertan leyendo lo que escribo. Y por eso, de verdad, doy lo mejor de mí en cada capítulo. A veces me quedarán unos mejores que otros, pero les aseguro que me esfuerzo por las personas que leen. Creo que a un lector hay q darle lo mejor.
agradecimientos especiales a las lectoras y lectores sin cuenta: liz (aplausos y bienvenida! espero seguir recibiendo tus comentarios de la historia de ahora en adelante) terehds, maria, alex, cloria, onebigsugarrush,malaka (q bueno verte por aquí!), sheila (bienvenida!), camila, claudila (BIENVENIDA), nati (hola!) ana (bienvenida!) , irelahg, rissa sweetzer (bienvenida tb)
Quiero dedicarle este capítulo a las lectoras nuevas, y a MARIA, porque el anterior capítulo me olvidé de comentarte que siento mucho que hayas estado bajoneada. Espero que las cosas estén yendo mejor, y si no, pues, al menos tenemos este lugar para divertirnos y alejarnos un rato de los problemas no? besos.
Aquí les va:
Capítulo XIV
La rosa de fuego (Parte 1)
1.-
El primer puente
Primero, todo fue oscuro. Ni bien Scorpius y Rose ingresaron a la carpa, la luz del día desapareció por completo, como si el sol hubiese muerto y no quedara nada, ni vida ni muerte; solo la nada y su inmensidad insondable. Sin embargo, Rose podía escuchar su propia respiración, y también la de Scorpius, no muy lejos de ella, seguramente intentando divisar algo más allá de la oscuridad.
Pocos segundos después, un rayo de luz les mostró la forma de la entrada de la carpa roja. Parecía como si la vida otra vez se asomara desde afuera, y a Rose le urgió salir de esa oscuridad, directo hacia la luz, lo más rápido posible.
Scorpius sonrió al ver la luz. La oscuridad no lo había atemorizado, pero tampoco le había agradado. Sin ningún tipo de temor, caminó hacia la luz que lo llamaba. Rose pudo ver su silueta alejándose de ella y avanzando hacia la salida y quiso detenerlo, pero se arrepintió: ¿por qué siempre tenía que ser tan precavida? Si había algo que admiraba y quería imitar de Scorpius en la medida de lo posible, era lo poco que hesitaba a la hora de tomar decisiones y en general, de moverse por el mundo. Simplemente se arriesgaba, y si se equivocaba, peleaba con todas sus habilidades para salir del error.
Scorpius Malfoy parecía no conocer la palabra miedo.
Rose, en cambio, la sentía todo el tiempo.
Honestamente, todos aquellos años de colegio se había considerado una chica relativamente valiente. Y entonces, apareció Scorpius. Ese año, el slytherin no solo había entrado a su vida para mover sus sentimientos provocándole sensaciones que jamás antes había experimentado, sino que también para remover sus demonios interiores y hacer crecer sus inseguridades. Rose se sentía pequeña a su lado, y no entendía por qué. En intelecto, no tenía nada qué envidiarle. Ella le daba muy buena pelea en esa área. Sin embargo, sentía que en todo lo demás Scorpius la superaba, y que en ese sentido, Scorpius era el paquete completo mientras que ella, solo una parte del paquete.
Por eso, ante todo, debía ganar esa prueba. No solo para estar un paso más hacia su meta, sino para demostrarse a sí misma que podía ser el paquete completo también. Que podía salir de ese caparazón en el que había descubierto que estaba metida desde hacía años, que podía dejar de reprimirse y explotar todos sus talentos.
Que podía dejar de ser tan meticulosa y controladora. Que podía desbordarse, y así, superar a Scorpius.
Todo eso sonaba muy bien, pero era difícil lograrlo. Especialmente cuando había una parte de ella que le decía que no podía; que Scorpius tenía razón al verla como una niña mimada, reprimida e insufrible. Que, al final de cuentas, ella no era más que la hija de héroes de guerra; y si no fuera eso, no sería nada.
Rose respiró profundo y salió de la carpa. La luz del sol la golpeó con fuerza y cerró los ojos por unos instantes. Luego los abrió y pudo divisar a Scorpius, quien observaba el paisaje totalmente asombrado y admirado. Frente a ellos tenían grandes colinas verdes llenas de follajes y más allá, la entrada a una zona boscosa y húmeda.
Scorpius miraba todo sintiendo una adrenalina correrle por las venas. La competencia de Merlín era, sin duda alguna, lo mejor que pudo haberle pasado. No podía creer que estaba allí, en ese lugar que probablemente ya no existía, o quizás sí, pero era totalmente distinto a como él lo veía ahora. Su vida aburrida y monótona se volvía una atrevida y emocionante cuando competía, cuando podía llevar al límite todas sus habilidades. Podía sentir su corazón acelerarse dentro de su pecho. Cerró los ojos y sintió el viento golpearle el rostro con gentileza. Quiso gritar, y así lo hizo. Su grito se expandió por el horizonte. Rose también cerró los ojos, abrumada por las sensaciones fuertes que recibía de Scorpius. Inmediatamente se vio contagiada también: el slytherin estaba emocionado, ella podía sentirlo, y al hacerlo, pudo comprender esa emoción. Estaban en una tierra antigua, en un mundo mágico primitivo. Eran jóvenes, con toda la vida y las oportunidades en la palma de sus manos. ¿Era posible que la vida pudiera ser mejor? No, ese era, sin duda alguna, el momento que recordarían cuando fueran ancianos como uno de los mejores de su existencia. Lo estaban viviendo, ahora; y Rose, al ser consciente de eso, sonrió.
Scorpius se volteó y miró a Rose a los ojos. La pelirroja seguía sonriendo ampliamente, y encontró en los ojos metálicos de Scorpius el entusiasmo de un niño.
- Rose.- le dijo, casi agitado por su propia emoción. – Antes, no podía ni siquiera verte. Me resultabas insufrible.- le dijo, sonriéndole. – Pero quiero que sepas que ahora no hay nadie más con quien quisiera estar compitiendo. Nadie.
Rose sintió su corazón detenerse por unos instantes. Todo se volvió lento por esos breves segundos, e incluso, escuchó su propia sangre fluir dentro de su cuerpo como un río en canales estrechos. Rose corrió hacia él, lo empujó en el pecho con una mano, y siguió corriendo.
- Cuánta ternura, Malfoy.- le gritó la pelirroja mientras se alejaba por las verdes colinas. – Pero igual voy a ganarte.
Scorpius esbozó una media sonrisa y agudizó sus ojos de lobo siberiano mientras la veía alejarse.
- Ya lo veremos, Weasley.- dijo para sí.
Y empezó a correr tras ella.
Rose y Scorpius corrieron por las colinas acercándose cada vez más al bosque. En cuestión de segundos el slytherin la pasó sin esforzarse mucho en ello. Rose aceleró, pero aún así no logró superarlo, sino tan solo pisarle los talones. Cuando entraron al bosque detuvieron un poco la velocidad porque la tierra era lodosa y resbalosa. Las hojas de las plantas y árboles estaban cubiertas por gotas de rocío, y todo brillaba con la luminosidad de la mañana. Mientras avanzaban, Rose trataba de recordar en qué parte de la biografía se había mencionado La cueva de los cristales. Lo cierto era que se había tratado de una biografía bastante extensa, y los datos que no se volvían a repetir más de una sola vez eran difíciles de recordar. Seguramente el autor no le había dado gran importancia a aquel lugar y por eso no lo mencionó tanto, o tal vez, no consiguió gran cantidad de datos. Sin embargo, La cueva de los cristales debía ser sin duda un lugar importante, porque sino, Merlín no habría hecho una de las pruebas de la competencia con ella.
Scorpius se detuvo y Rose se chocó contra su espalda. La pelirroja se sonrojó levemente porque, durante unos breves segundos, sus ojos se quedaron prendidos de la espalda ancha y atlética del slytherin. Rápidamente bajó la mirada y caminó hacia el lado de Scorpius para ver qué era lo que lo había forzado a detenerse. Entonces lo vio.
A unos metros de ellos estaba el primer puente. Era pequeño y de madera, sostenido por algunas lianas. Debajo de él se podía ver el fondo rocoso, no muy distante. Si alguien caía, sin duda se lastimaría, pero no moriría.
Scorpius esbozó una media sonrisa y dio un paso hacia delante. Un duende saltó de repente de atrás de una gran roca y se interpuso en el camino del slytherin. Rose se sobresaltó, ya que no lo vio venir. El duende los miró de forma amenazante y huraña.
- ¿Con que quieren cruzar el puente, eh?- dijo el duende con una voz ruidosa. – Asumo que se dirigen a La cueva de los cristales…
- Asumes bien.- dijo Scorpius en un tono arrogante y cruzándose de brazos. Lo cierto era que la presencia del pequeño duende no le infundía ni un poco de respeto.
Rose le dio un codazo a Scorpius y lo miró con severidad. El rubio ni siquiera volteó a verla. Ya sabía lo que la pelirroja estaba pensando sin que se lo dijera. Ella, seguramente, creía que estaba siendo grosero, maleducado y ofensivo. Pero eso a él, en ese momento, poco le importaba.
El duende los miró despectivamente.
- ¿Están enterados de que para cruzar los 4 puentes, deben dejar algo a cambio?- preguntó el duende, sonriendo maliciosamente
- Sí, lo sabemos.- dijo Rose, mirándolo con firmeza. - ¿Qué es lo que va a pedirnos?
El duende sonrió aún más y sus dientes rotos y negruzcos aparecieron frente a ellos. Scorpius hizo una mueca de desagrado y Rose puso todo su esfuerzo por fingir que la fealdad del duende no la perturbaba.
- Solo los que dejan sus secretos pueden cruzar este puente.- les dijo el duende.
Scorpius soltó una risa corta de incredulidad.
- ¿Solo eso? Este debe ser el puente más fácil de todos.
El duende lo miró con furia.
- ¡Niño arrogante! ¡No sabes nada!- exclamó el duende. – Aquí, no puedes dejar cualquier secreto. Debes poner en mis manos el peor de tus secretos, el más oscuro, el más íntimo de todos. A veces, ni siquiera los mismos temerarios que intentan cruzar este puente saben cuál es su más profundo secreto, y se pasan horas, días, meses en esta entrada, desarmando su propia memoria, buscando en sí mismos el secreto que les otorgará el pase. Solo cuando el secreto sea verdadero, cuando sea el más íntimo y definitorio de una persona, solo entonces la barrera invisible del puente desaparecerá. Solo entonces, podrán cruzar.
Rose se mordió el labio inferior. ¿Su más íntimo secreto? ¿Cuál podría ser? De repente, sus ojos se abrieron como platos. No, no podía ser que sus sentimiento por Scorpius fueran su más íntimo secreto. No podía ser. Si eso era así, no podía decirlo allí, en frente de él. ¿Es que acaso en verdad ella era tan superflua que su único secreto fuera ese? ¿Por qué no tenía algo más oscuro en su vida? No, todo en su vida era normal. Tenía una vida odiosamente normal.
"Oh no…no por favor", pensó Rose, cerrando los ojos y tragando saliva. No, no iba a decirlo. Jamás. Prefería darle la ventaja a Scorpius: que él cruzara primero el puente, y entonces, ella lo diría, y lo alcanzaría. Sí, esa era la única solución.
Scorpius, por su parte, se había sentado en una roca y se aflojaba la corbata mientras parecía pensar. Elevó la mirada hacia el duende, y dijo:
- ¿Cómo lo digo?- le preguntó.
- Debes ponerte justo frente al puente, y decirlo en voz alta. Si en verdad ese es tu más íntimo secreto, la barrera brillara por unos segundos y desaparecerá para ti, y únicamente para ti.
- Bien.- dijo Scorpius, poniéndose de pie y caminando hasta detenerse frente al puente. – Mi secreto es que… ¿tiene que escucharlo ella?
Scorpius señaló a Rose. La pelirroja lo miró con cansancio.
- ¿Y qué quieres que haga, que me regrese hasta la carpa roja? Creo que no hay otra alternativa. Aunque me tape los oídos vas a decirlo en voz alta y lo escucharé.- dijo Rose. – En verdad lo siento. Si pudiera evitarlo, lo haría. Te diría para ir primero pero…
- No.- dijo Scorpius, mirándola con rivalidad. – Prefiero que escuches a que te adelantes. Yo voy primero.- Scorpius volvió a mirar al puente y luego sonrió con sarcasmo. – Ésta competencia va a terminar por convertirnos en una sola persona, Weasley. Nos está forzando a compartirlo todo. Primero nuestros sentimientos, ahora nuestros secretos…me pregunto qué sigue.
Rose se sonrojó y direccionó la mirada a otro lugar. Scorpius respiró profundamente.
- Bien.- dijo en voz alta. – Mi secreto es que, a veces, quisiera haber entrado en otra casa. Cualquiera, incluso Hufflepuff. Habría sido más fácil sacarme de encima el estigma del pasado de los Malfoy.- Scorpius guardó silencio durante algunos segundos. Sentía como si se hubiese desnudado de repente, allí, frente a Rose y ese duende. Inmediatamente aclaró: - Lo que no significa que no me sienta orgulloso de ser un Slytherin. Y a la larga, sé que esta es mi casa y la defenderé contra todos y todas.- luego respiró profundo. – Y si le dices a alguien esto que acabas de escuchar, Weasley, haré que te arrepientas por el resto de tu vida.
Rose se sonrojó y meneó la cabeza.
- Deja de amenazarme, Malfoy. Tu secreto no puede importarme menos.- dijo la pelirroja, fingiendo indiferencia. Sin embargo, le había causado gran impresión escuchar aquello. Estaba claro lo difícil que había sido para Scorpius luchar contra el peso del pasado de su apellido durante tantos años. Aquello era algo que Rose no podía ni remotamente imaginar.
El duende sonrió y Scorpius apretó los puños. Nada había sucedido. La barrera del puente continuaba intacta. Rose abrió la boca, sorprendida.
Ese no había sido el secreto mas íntimo de Scorpius.
- ¡Maldita sea!- exclamó Scorpius y luego miró al duende con rabia. – Acabo de decir algo que jamás le he dicho a nadie en presencia de ella y tu inútil barrera no cae.
El duende rió estruendosamente.
- La barrera de este puente sabe lo que hace. Y tú, joven arrogante, no te conoces lo suficiente. Es el turno de la chica.
Rose sintió que sus piernas le fallaban y tragó saliva. No podía ser, no había contado con que Scorpius fallara. Torpemente caminó hacia el puente y se colocó frente a él. Scorpius había vuelto a sentarse en la roca, de pésimo humor.
Rose empezó a respirar agitadamente y podía sentir el calor del bosque calar en su piel y humedecérsela. Algunos rizos rojos caían a los lados de su rostro y sus ojos azules parecían caóticos y llenos de dudas. Tenía que decir cualquier cosa menos lo referente a sus sentimientos hacia Scorpius.. Cualquier otra cosa.
- Mi secreto más íntimo es que…- soltó la pelirroja. – Una vez salí con Vladimir Embers.
Scorpius, quien hasta entonces había estado abstraído en su propio fracaso, levantó la mirada y la clavó en Rose. Ella pudo sentir la fuerza de los ojos metálicos de Scorpius sobre ella, pero no volteó. Nada sucedió, la barrera continuó intacta.
- ¿Es en serio?- preguntó Scorpius, incrédulo. - ¿Ese es tu mayor secreto? ¿Que saliste con Embers?- hizo una pausa. - ¿En verdad saliste con Embers?
Rose lo miró confundida. Creía que todo el colegio se había enterado de aquello, pero al parecer Scorpius no había tenido la menor idea de ello. Genial, así era más creíble que se trataba de un secreto.
- Sí, una vez. – contestó Rose, cortante. De repente se sentía avergonzada y perforada por la mirada insistente de Scorpius.
- El siguiente.- dijo el duende.
Pero Scorpius no se puso de pie ni quitó su mirada de encima de Rose.
- ¿Embers?- volvió a preguntar incrédulo. – Weasley, incluso yo creo que puedes conseguir algo mejor que eso.
- Fue solo una salida, y nunca lo vi como otra cosa que como un amigo. – respondió ella.
- ¿Un amigo? El imbécil tenía todas sus manos sobre ti esa vez que de no ser por mí habrías sido besada a la fuerza por segunda vez en menos de 48 horas.
- Estaba ebrio y no sabía lo que hacía. Normalmente no es así.- lo defendió la pelirroja.
Scorpius soltó una risa llena de sarcasmo.
- Como digas, Weasley. Es tu vida de cualquier forma y puedes hacer lo que quieras con ella.- le dijo mientras se ponía de pie y caminaba hacia el puente. Parecía de muy mal humor. – Pero la próxima vez que intenten aprovecharse de ti, no me pidas que te ayude.
Rose le dedicó una mirada dura.
- Nunca te lo he pedido, Malfoy. No tengo por qué empezar ahora.- le respondió con acidez.
El duende decidió intervenir:
- ¿Van a seguir conversando o a intentar cruzar mi puente?
- Cierra la boca o haré que tus cincuenta centímetros de estatura se conviertan en diez.- dijo Scorpius, sacando su varita. Sus ojos metálicos relampagueaban y el duende, por primera vez, se quedó callado. Scorpius volvió a guardar su varita y miró al puente. Cerró los ojos por unos instantes, y luego los abrió: - Si con esto, tu barrera no se abre, juro que voy descargar mi mal humor contigo, duende.- luego se aflojó aún más la corbata. El calor del bosque empezaba a humedecer su piel y la camisa blanca se le estaba pegando al cuerpo en algunos sectores como el pecho y los brazos. – Mi secreto es que no hay nada que quiera más en este mundo, ni siquiera ganar esta competencia, que poder tener el valor de enfrentar a mi padre y obligarlo a que me explique por qué no puedo ver a mis abuelos, y preguntarle de frente por qué se unió a un grupo de asesinos cuando tenía mi edad, y hacer que me enseñe esa marca que sé que tiene en su antebrazo, y que siempre cubre con camisas de mangas largas, y suéteres. Quiero que me explique todo lo que pasó antes de que yo naciera…quiero, necesito que me diga, si se arrepiente de eso o si tuvo que reprimir sus verdaderas ideas porque decidió armar una familia y porque todos los mortífagos cayeron. Mi secreto es que…a veces no puedo dormir preguntándome por qué no puedo conocer a mi propio padre. Mi secreto es que…a veces siento que no tengo uno.
Los ojos de Rose se humedecieron levemente al sentir muy dentro de ella, lo que Scorpius sentía; una tristeza insondable, madura, antigua. Una tristeza arraigada de una herida que no se cicatrizaría nunca. Sin embargo, el slytherin se mantenía firme y su perfil era inexpresivo. Una luz centelleó y la barrera cayó.
Todos guardaron silencio.
Scorpius cruzó el puente con una expresión neutra, como si nada pudiera afectarlo. Rose lo vio llegar al otro lado y, contrario a lo que esperaba, dio media vuelta y se quedó allí en lugar de continuar adentrándose en el bosque. La pelirroja lo miró impávida.
- ¿Qué estás haciendo?- le preguntó Rose.
Scorpius hundió las manos en los bolsillos de su pantalón y la miró con audacia.
- ¿No creíste que te dejaría escuchar mis secretos y me iría para que tú pudieras decir los tuyos en privado, o sí? – le dijo Scorpius, venenosamente. – No, Rose. Me quedaré aquí hasta que lo crea conveniente.
Rose, de repente, sintió que el calor empezaba a sofocarla. Se llevó una mano a la frente y la sintió mojarse con gotas de sudor. Sí, estaba sudando. El calor en ese bosque era demasiado fuerte. Temblorosa, caminó hacia el inicio del puente. Miró a Scorpius con rabia.
- ¡Lárgate! ¡Estos son mis secretos y no te pertenecen!- le gritó ella.
- Digas lo que digas, no me moveré.- dijo Scorpius, enojado. – Si tenemos que pasar por este infierno, entonces, me aseguraré de no ser el único en quemarse.
Rose respiró agitadamente y cerró los ojos. Pudo escuchar la voz el duende decirle:
- Tú me agradas más que el joven arrogante. Lo único que puedes hacer es, mirar en tu interior, y encontrar tu secreto.- le dijo.
Entonces, Rose abrió los ojos, pero no vio el bosque ni el puente ni a Scorpius: vio algo que le había sucedido muchos años atrás, y que había sepultado en lo más hondo de su memoria. De repente, sin darse cuenta de ello, empezó a hablar:
- Yo…tenía mucho sueño y no pude escuchar el final del cuento que mamá me estaba leyendo…- dijo Rose, con la mirada perdida en un punto vacío. – Era muy pequeña, y Hugo dormía en una cuna a mi lado. Recuerdo que lo último que vi fue la luz tenue que iluminaba el cabello de mamá mientras me leía el cuento, y luego, me quedé dormida. Los gritos de Hugo me despertaron, y cuando abrí los ojos, el humo no me permitió ver nada. Empecé a llorar y a gritar. "Mamá, mamá!", gritaba. Gritaba tan fuerte que creía que estaba despertando al mundo, pero poco a poco mi voz se fue apagando, y el calor, un enorme calor que hacía que mi piel ardiera me produjo dolor. Entonces, vi que mi sábana tenía quemaduras negras en formas de manos pequeñas….mis manos. Y grité, pero ya no salió nada de mi garganta….podía, sin embargo, seguía escuchando a Hugo….así que salté de la cama, aún sin ver nada, y caminé hacia la cuna de mi hermano. El fuego se abría mientras yo pasaba, pero yo no entendía por qué…- Una lágrima gruesa corrió por a mejilla de Rose. – Quise tomar a Hugo, pero cuando lo agarré de uno de sus pequeños brazos, él gritó con más fuerza y entonces noté que lo estaba quemando con mis manos…que yo…estaba lastimándolo…y pensé en mis padres, y en que tal vez estaban muertos y yo los había matado….pero entonces, papá me tomó por la cintura, y mamá tomó a Hugo…y todos juntos salimos de la casa.- Rose cerró los ojos. – Perdimos esa casa por el incendio. Papá y mamá dicen que no lo provoqué yo…que fue un accidente en la cocina. Pero yo sé que fui yo…porque, Hugo tiene una pequeña marca de quemadura en su brazo derecho…y porque desde entonces, no ha pasado ni una sola noche en la que no tenga pesadillas y en la que no despierte sudando, con la piel ardiéndome, y gritando como aquella noche en la que casi asesino a mi familia.
Rose se sentía débil y todo su cuerpo temblaba. Cuando abrió los ojos, se encontró con la mirada de Scorpius, penetrante, clavada en ella. Un brillo centelleante hizo caer la barrera. Rose respiró profundo. No podía creer que hubiese olvidado ese suceso. En realidad, no lo había olvidado; solo lo sepultó en su memoria, y ahora, había salido para recordarle aquel incidente del que todavía se sentía culpable. Sin decir nada más, Rose cruzó el puente hasta llegar a donde estaba Scorpius, y pasó de largo al lado de él, sin siquiera mirarlo, y se adentró al bosque.
El segundo puente
Scorpius caminaba a unos pocos pasos atrás de Rose. Ninguno de los dos decía nada y andaban en silencio, con el calor agobiándolos y haciéndolos sudar. Entonces, la pelirroja escuchó la voz del slytherin dirigiéndose a ella:
- Ahora sé por qué tu fuego es débil.- dijo Scorpius, sin parar de caminar.
- No quiero hablar de eso, Malfoy.- dijo Rose, con firmeza, mientras avanzaban.
- Pensé que era porque no habías practicado lo suficiente.- dijo el rubio. – Pero en realidad es porque eres una cobarde. Le temes a tu propio poder.
Rose se detuvo bruscamente y se dio media vuelta. Sus ojos azules se clavaron peligrosamente en el slytherin.
- Cállate.- le dijo. – Yo no estoy sacándote el tema de tus problemas familiares, así que tú deja de meterte en mis asuntos.
Scorpius le dedicó una mirada dura.
- ¿Por qué tienes que ser tan cobarde?- le soltó, irritado. – A todo le temes, todo te causa dudas y lo único que haces es reprimirte; reprimes tus deseos, reprimes tu personalidad, reprimes tu carácter, reprimes tus poderes. Eres una bruja excepcional y sin embargo estás llena de inseguridades. Eso me saca de casillas.
- ¡Pues no es tu problema! ¡Tú no sabes lo que es para mí este asunto, así que no lo menciones!- le gritó Rose, fuera de sí. – Tú no sabes lo que es vivir como yo he vivido, todas las noches, despertando con gritos y sudando y temblando. Todas mis mañanas han sido así desde que tengo cinco años. He aprendido a vivir con el miedo lo mejor que he podido. Disculpa si no soy tan valiente como tú, pero creo que en mis circunstancias, he hecho lo que he podido.
Rose se dispuso a dar la vuelta para seguir con su camino, pero Scorpius la tomó del brazo y la hizo voltear nuevamente. Rose se chocó con los ojos grandes y metálicos del slytherin y se estremeció. La miraban de una forma en la que ella jamás había sido mirada.
- Rose, abre los ojos.- le dijo Scorpius, entre molesto y frustrado. – Todas las chicas de este miserable colegio darían lo que fuera por ser la sombra de lo que eres. Te envidian y por eso no tienes amigas. Lo supe desde que me lo dijiste; creí que ya lo sabías, pero ahora sé que eres una tonta. No soy yo quien te subestima: eres tú. – Scorpius la soltó con brusquedad. Estaba furioso. – Si hay algo que no soporto es ver cómo alguien desperdicia sus habilidades. ¿Sabes lo que yo daría por poder crear fuego sin ayuda de mi varita? ¿tienes la más mínima idea de lo celoso que estuve de ti la primera vez que te vi usar esa habilidad? Y tú, reniegas de ella. No la mereces.- Scorpius cerró los ojos, tranquilizándose, y luego los volvió a abrir. –Rose, eres una buena bruja, todos lo saben… pero puedes ser más que solo buena; puedes ser grandiosa. Lo único que tienes que hacer es superar tus miedos y confiar en tus poderes.
- Bien.- dijo Rose, exaltada y cruzándose de brazos. – Lo haré cuando tú hables con tu padre y le digas todo lo que dijiste en el puente.
- Ese es otro asunto.- dijo Scorpius, irritado. Sus pupilas crecieron ligeramente, ennegreciendo su mirada.
- No, no lo es. – dijo Rose, y luego lo miró de forma burlona. - ¿A dónde se fue tu valentía, Malfoy? No la veo por ninguna parte.
Scorpius cortó la distancia y tomó a Rose por el cuello, sin apretar pero a la vez, sin dejarla libre. Rose intentó remover la mano del slytherin de su cuello, pero él la sujetaba firmemente.
- No vuelvas a tocar ese tema, o no respondo.- le dijo el rubio. Rose podía sentir su ira y su frustración. Ella sabía muy bien lo delicado que era ese asunto para él, y ahora que había escuchado su secreto, lo sabía aún más. Sin embargo, Scorpius también había hundido su dedo en la llaga de Rose. ¿Por qué tenía que haber insistido en un recuerdo que la lastimaba y del que no quería hablar? Sí, le temía a su poder de crear fuego. No podía evitarlo: había estado a punto de matar a su familia entera cuando era una niña. Él la había escuchado contarlo en voz alta. ¿Es que acaso no podía comprender lo difícil que era para ella?
- Suéltame, o seré yo quien no responda.- dijo Rose, mirándolo desafiantemente.
- ¿Ah sí? ¿Qué vas a hacerme?- le preguntó en tono burlón y a la vez, sin retirar la expresión peligrosa y amenazante de su rostro.
Rose lo miró con una inusitada intensidad, y por un momento, Scorpius no la reconoció.
- Voy a quemarte.- le dijo. – Recuerda que aunque mi fuego sea débil, aún puedo crear suficientes llamas como para lastimarte.
Scorpius la miró en silencio, tratando de vencer esa mirada de ojos azules que ahora se rebelaba frente a él con una fuerza que jamás había percibido antes. Podía sentir la rabia de Rose mezclarse con su propia rabia, creando olas fuertes en su interior y borrando los límites que le permitían diferenciar sus sentimientos de los de ella.
- ¿Serías capaz de eso?- le preguntó el slytherin. – No lo creo.
- Soy una reprimida, ¿recuerdas?- le dijo Rose, sintiendo su sangre arder por la ira que experimentaba en aquel momento. – Y ya sabes lo que pasa cuando alguien se reprime: tarde o temprano, explota.
Scorpius soltó el cuello de Rose pero no dejó de mirarla ni por un instante. Trató de controlar su rabia, pues sabía que nada bueno podría suceder si la dejaba fluir de su interior.
- Hagámonos una promesa.- dijo Scorpius. – No nos metamos en los asuntos del otro, y no volvamos a sacarnos en cara los secretos que conocemos. Cada quien llevará su vida como si nada hubiese pasado. ¿Entendido?
Rose elevó ligeramente su mentón.
- Me parece perfecto.- le dijo, extendiéndole la mano. – Es un trato.
Scorpius tomó la mano de Rose pero, contrario a lo que ella esperaba, en lugar de apretarla la haló hasta que chocaron de frente el uno contra el otro. Rose, por un momento, olvidó su reciente enojo con el slytherin y se sonrojó al sentir el aliento del rubio, fresco, cálido, tan cerca de ella. Los ojos de Scorpius aún seguían oscuros, pero poco a poco comenzaban a ceder espacio a lo metálico. Él la miraba con intensidad.
- ¿Sabes? Tienes la facultad de sacarme de mis casillas.- le dijo. – Eres insufriblemente testaruda y soberbia.
- Y tú un necio arrogante.- le dijo Rose. Su voz había dejado el tono agresivo, pero se mantenía firme. – Yo también tengo intimidad, Malfoy, y también puedo enojarme cuando otros pretenden inmiscuirse en ella.
Scorpius la soltó.
- Como quieras.- le dijo con dureza, y empezó a caminar nuevamente en línea recta hacia la profundidad del bosque.
Rose suspiró y se llevó una mano a la frente. Caminó tras Scorpius en silencio, y conforme pasaron algunos minutos, su mente se fue despejando. No podía creer que se hubiese enojado tanto. Sin duda alguna, relatar en voz alta aquel recuerdo de su infancia le había hecho mal. Jamás se lo había contado a nadie; ni siquiera Hugo lo sabía, pues sus padres nunca lo mencionaron y hacían como si no hubiese sucedido nunca.
- ¡Scorpius cuidado!- exclamó Rose.
El slytherin saltó justo a tiempo para esquivar una serpiente de colores vivos que siguió su camino sin detenerse hasta un árbol en donde se escondió. Scorpius miró a Rose con algo de malicia:
- Es difícil de creer que ésta Rose que acaba de ayudarme sea la misma que hace unos minutos amenazó con quemarme.- le dijo, cruzándose de brazos. – Estoy empezando a pensar que tienes un desorden de múltiples personalidades, Weasley.
Rose soltó un respingo.
- Como si no supieras que no lo dije en serio.- le comentó, irritada.
- ¿Lo de la serpiente o lo de incendiarme?
Rose lo miró, molesta, pero automáticamente desvió la mirada hacia un lado. Allí, justo donde segundos antes la serpiente había desaparecido, pudo ver el inicio de un puente grande de madera y cubierto por plantas trepadoras que se enrollaban en él. Scorpius siguió la mirada de Rose y lo vio también. Su boca se abrió levemente: aquel puente era, por lo menos, siete metros más largo que el anterior.
Los dos caminaron hacia él. Scorpius con seguridad, y Rose con cierto recelo: si el primer puente había sido tan complicado, no quería ni imaginar qué tanto lo sería aquel, o aún peor, los dos restantes.
- ¡Vaya! ¡Hace tiempo que no tengo visitas!- dijo un duende gordo que se encontraba al pie del puente. Sus ojos eran pequeños, casi inexistentes, y su boca amplia como un buzón. – Los felicito, si están aquí, es porque pasaron el primer puente. Hace tanto que nadie pasa el primer puente….pero lo importante es que están aquí.- el duende fijó sus pequeños ojos en Rose. - ¡Oh! ¡Qué color más intenso! ¡Rojo! Casi no veo rojo por aquí…todo es verde.- el duende se pasó la lengua por los labios. - ¿Me darías un poco?
Rose lo miró confundida.
- ¿De…mi cabello?- preguntó.
El duende asintió. Scorpius entornó los ojos.
- Escucha, pequeño: esas cosas no se le piden a una chica.- le dijo, irritado. – Ahora, tenemos prisa así que dinos qué tenemos que dar para cruzar el puente.
El duende pareció entristecerse. Rose sonrió y sacó su varita. Tomó uno de los rizos que le colgaban de la nuca y con ayuda de ésta lo cortó. Scorpius frunció el ceño.
- ¿En verdad vas a dárselo?- le preguntó.
Rose lo miró con severidad.
- No me cuesta nada hacerlo. Deja de ser tan gruñón.- le dijo, y luego miró con dulzura al duende. – Toma, te lo regalo.
El duende tomó el rizo de Rose y, contento, se lo llevó a la nariz, inhalando su aroma.
- Fresas y pétalos…!ah! ¡Qué delicia!
Scorpius miró al duende, molesto.
- Enano pervertido, ¡deja de olerla!
El duende se guardó el rizo en el bolsillo de su pequeño pantalón y se restregó las manos.
- Bien, escuchen con atención.- les dijo. – Para cruzar este puente, deberán entregar una de las cosas más difíciles de dar. Hay quienes han logrado cruzar el primer puente, victoriosos, pero solo la mitad de ellos han podido con mi puente.- el duende sacó pecho, orgulloso. – Para pasar, deberán entregarme sus miedos.
Tanto Scorpius como Rose empalidecieron. Aquello no sonaba nada bien. Guardaron silencio por unos segundos, y luego, Rose fue quien se atrevió a hablar:
- ¿Cómo hacemos eso?- preguntó fingiendo firmeza y seguridad en su voz, pero solo le salió a medias.
El duende sonrió.
- Solo tienen que cruzar el puente…- dijo con una voz aparentemente inocente. – Todo el puente.
Rose y Scorpius se miraron en silencio. El duende sonreía de forma perturbadora.
- Ve tú primero, por favor.- le pidió Rose a Scorpius.
- ¿Segura?- le preguntó el rubio.
- Sí.- dijo Rose en un tono débil. – Sabes cuál es mi mayor miedo, y al menos necesito unos segundos más para prepararme.
Scorpius asintió y caminó hacia el inicio del puente. Podía sentir los nervios y la preocupación de Rose mezclarse con sus propios miedos y preocupaciones. Si en verdad tendría que dejar sus temores en ese puente, eso significará, sin duda, que tendría que enfrentarse a ellos.
La idea no podía desagradarle más.
- Vamos, chico…camina.- lo incitó el duende.
Scorpius dio un paso dentro del puente.
Luego otro.
Y entonces, se detuvo.
Rose, desde donde estaba pudo ver cómo la madera del puente empezó a resquebrajarse. Varios pedazos de madera cayeron por el abismo y la pelirroja gritó.
- ¡Scorpius!- gritó mientras corría hacia el inicio del puente.
El slytherin batallaba por mantener el equilibro mientras docenas de tablas caían y caían al abismo. Pronto, solo quedó una línea estrecha y larga de madera en donde Scorpius estaba parado con un solo pie, tratando de equilibrarse.
El duende cerró sus ojos y respiró profundo. Se saboreo los labios.
- Tu mayor miedo son los abismos.- dijo él, en voz alta, y luego sonrió. – Yo de ti no miraría hacia abajo.
Rose se llevó ambas manos a la boca. Sentía el corazón en la garganta a punto de estallarle. Scorpius colocó el pie que tenía en el aire justo frente al otro, y avanzó un paso. La madera crujía y aún quedaban 10 metros adelante.
- Malfoy, por favor, no te caigas.- pidió Rose, al borde de los nervios.
- Eso trato, Weasley, eso trato.- dijo Scorpius en un tono neutro, pero ella podía sentirlo y sabía muy bien que estaba aterrado. Sin embargo, tenía el carácter suficiente como para luchar contra sus miedos.
Scorpius siguió caminando.
Rose contuvo otro grito cuando el rubio estuvo apunto de perder el equilibrio y caer. Cuando recobró la estabilidad, Scorpius cerró los ojos y tragó saliva. Podía escuchar su propio corazón latiéndole como un tambor por dentro. Si seguía así, su miedo lograría abarcarlo por completo: tenía que llegar rápido al otro lado.
Rose se llevó ambas manos al pecho cuando vio a Scorpius correr en esta pequeña y estrecha tabla. Por un momento creyó que había enloquecido y que caería, pero contrario a ello, alcanzó el otro lado y se dejó caer sobre la tierra, temblando y respirando agitadamente.
El puente se reconstruyó mágicamente.
- ¡Scorpius!- gritó Rose. - ¿Estás bien?- le preguntó, y luego rió, contenta y emocionada. - ¡Lo hiciste! ¡En verdad lo hiciste!
Scorpius, quien seguía en la tierra respirando como si hubiese corrido kilómetros y kilómetros sin detenerse, sonrió mirando al cielo.
- Así es, Weasley.- dijo en voz alta. – Lo hice.
Scorpius se sentó y clavó sus ojos metálicos en ella desde la distancia.
- Ahora te toca a ti.
Rose borró la sonrisa de su rostro y escuchó la risa del duende penetrar sus tímpanos.
- Vamos, camina…chica roja.- dijo el duende en tono burlón.
Rose tragó saliva y cerró los ojos. La voz de Scorpius la forzó a abrirlos otra vez:
- Weasley, espero que no me vayas a hacer esta prueba demasiado fácil.- le dijo el slytherin. – Quiero ganar, pero también quiero una verdadera competencia. Así que dame pelea, Rose. Trata de ganarme.
Rose comenzó a respirar agitadamente y apretó sus manos en forma de puños. No importaba cuán asustada estuviera; no iba a rendirse jamás.
Dio el primer paso.
Rose comenzó a sentir el sonido de la madera calentándose, como en la chimenea de la sala común, pero siguió caminando. Luego, a su nariz llegó el olor del humo; el olor de madera quemada. Sus ojos empezaron a lagrimear y sus labios se entreabrieron, temblorosos. Una llama surgió a su lado y se extendió por todo el camino hasta trepar por los pasamanos del puente y asesinar a las plantas que los recubrían. Rose se detuvo en seco y soltó un pequeño quejido de angustia y temor. Todo su cuerpo temblaba espasmódicamente: el puente se había convertido en una enorme antorcha. No se dio cuenta en qué momento empezó a llorar. Lágrimas resbalaban por su rostro y en su mente, podía escuchar los gritos de Hugo y ver su antigua habitación en llamas.
Y entonces, lo escuchó:
- ¡Rose!- gritó una voz clara, fuerte y poderosa al otro lado del puente. Rose levantó la mirada del fuego y encontró los ojos grises de Scorpius iluminados a través de las llamas. Eran unos ojos protectores, fríos, intocables para el fuego. Rose se quedó prendida a ellos. – Rose, mírame…camina. No dejes de mirarme y avanza.
Rose levantó un pie, pero sintió cómo sus piernas se volvían de gelatina y estuvo a punto de caer. El calor la sofocaba, el humo empezaba a calar en sus pulmones.
- Weasley, mírame.- le ordenó Scorpius.
Rose se aferró a esos ojos y decidió no mirar más al fuego. Caminó con sus piernas temblándole y con el humo irritándole los ojos. Sin embargo, no los cerraba, pues estaba segura de que si lo hacía estaría perdida.
"Ya casi, ya casi", pensaba ella mientras seguía caminando. 4 metros. Respirar se le hacía difícil. 3 metros. La garganta le ardía dolorosamente. 2 metros. La cabeza le pesaba. 1 metro. Los ojos se le cerraban….
De repente, sintió la humedad de la tierra bajo su cuerpo y unas enormes ganas de vomitar. Abrió los ojos con gran dificultad y vio a Scorpius, inclinado frente a ella, mirándola con evidente alivio. Rose sintió cómo el aire puro volvía a penetrar por sus pulmones. Era la gloria.
- No puedo creer que lo hicieras, Weasley.- dijo Scorpius, sosteniendo la cabeza de la pelirroja entre sus manos. Justo cuando ella pisó tierra, se desmayó y el slytherin logró agarrarle la cabeza antes de que se golpeara. – Tienes más agallas de lo que creí.
Rose se sentó lentamente y se volteó hacia un lado. Dio dos arcadas y luego vomitó. Scorpius le puso su mano en el hombro.
- ¿Estás bien?- le preguntó.
Rose, aún temblando, sacó su varita e hizo aparecer un chorro de agua con el que se mojó la cara y limpió. Se puso de pie con algo de dificultad. Tanto Scorpius como ella estaban bañados en sudor. El bosque era húmedo y caluroso. Un infierno.
- Estoy bien.- dijo Rose con voz débil, y empezó a caminar.
Scorpius fue tras ella, esta vez, permitiendo que fuera primero para atajarla en caso de que volviera a desmayarse.
El tercer puente
- Hey, ¿Malfoy?- dijo Rose, sin detenerse ni voltearse. El terreno se había vuelto aún más fangoso y sus zapatos se hundían levemente en el lodo.
- Qué.- dijo Scorpius sin prestarle mucha atención. Estaba ocupado tratando de mantener cierta estabilidad mientras caminaba.
Rose se humedeció los labios.
- ¿Por qué me ayudaste allá?- le preguntó. – Es decir, soy tu competencia.
Scorpius esbozó una sonrisa sardónica.
- No me digas que estás conmovida por mi generosidad, Weasley.- le dijo. – Eres tan sensible. Apuesto a que todo el camino has estado pensando en cómo te ayudé, ¿verdad?
Rose se sonrojó escandalosamente y dio gracias al cielo y a todos los magos de la historia por encontrarse dándole la espalda al slytherin.
- No, simplemente tengo curiosidad. Es todo.- mintió.
- Sí, claro.- dijo Scorpius, mientras saltaba de una piedra a otra para esquivar un charco de fango.
Rose guardó silencio. No iba a decírselo, pero de no ser porque pudo aferrarse a los ojos de Scorpius que la esperaban al final de ese infierno de fuego, ella no habría podido seguir y las llamas la habrían consumido.
- Gracias.- dijo Rose.
Scorpius bufó.
- Podría llenar con libro con todas las veces que me has agradecido, Weasley.- le dijo.- Ya déjalo. Empieza a volverse aburrido.
- Que tú no sepas agradecerle a las personas cuando hacen algo bueno por ti, no es mi problema.- dijo Rose.
- Prefiero agradecer con acciones.- dijo el slytherin, adelantándosele y dedicándole una mirada vencedora.
Pronto llegaron al tercer puente. Ni Scorpius ni Rose estaban ansiosos por cruzarlo; los puentes anteriores habían sido terribles. Sin embargo, nada podría haberlos preparado para lo que vieron justo al lado del puente.
- Qué demonios….- soltó Scorpius.
- Por las barbas de Merlín…- murmuró Rose, frunciendo el ceño. - ¿Otro puente?
Frente a ellos descansaban dos puentes gemelos. Tenían una distancia mucho más corta que la del segundo puente, y se veían mucho más seguros que el primero. A pesar de eso, Rose y Scorpius no eran ningunos tontos: se suponía que debía estarlos esperando un solo puente, no dos. Algo andaba mal.
Un duende saltó de un árbol aledaño y cayó justo frente a ellos.
- Bienvenidos, visitantes.- les dijo en un tono solemne. – Supongo, que quieren cruzar.
- Supones bien.- dijo Scorpius en un tono rudo. Estaba harto de los duendes, y no tenía la menor intención de fingir lo contrario. En menos de una hora había revelado su mayor secreto y su más profundo temor a Rose Weasley. Tenía pleno derecho a estar de pésimo humor.
Rose lo miró severamente, pero a Scorpius no le importó. Luego, volteó hacia el duende y le sonrió.
- Disculpa a mi acompañante…- le dijo Rose al duende. – ¿Crees que podrías decirnos por qué hay dos puentes, y cuál es el que debemos cruzar?
- Puedo decirles por qué hay dos puentes, pero me temo que no puedo decirles cuál deben cruzar.
Scorpius apretó la mandíbula y Rose pudo sentir que su paciencia empezaba a terminarse. Decidió que era mejor encargarse del asunto antes de que el rubio perdiera la calma.
- Bien, dinos por qué hay dos puentes.- dijo Rose.
- Porque ustedes deben elegir cuál cruzar.- dijo el duende. – Para llegar al otro lado, deben entregarme su sabiduría.
Scorpius miró al duende con frialdad.
- ¿Y cómo sabremos cuál de los dos es la opción correcta? Son idénticos.- dijo el slytherin.
El duende meneó la cabeza.
- No, no, no….son muy diferentes. Solo la sabiduría les permitirá ver las diferencias, y escoger el correcto. Mientras tanto, yo permaneceré en silencio.
El duende cerró sus ojos y se puso en una posición de loto. Scorpius se pasó una mano por el rostro.
- Genial.- soltó con sarcasmo. – Esto es fantástico.
Rose caminó hacia los puentes y comenzó a observarlos detenidamente. Los dos eran puentes sostenidos por gruesas sogas y construidos con una madera caoba. Tenían la misma longitud, el mismo ancho y daban al mismo lugar: el otro lado. Rose notó que allí, al otro lado de los puentes, justo entre ellos había un árbol grande de hojas amarillas. Se mordió el labio inferior.
- Tal vez si recordáramos de qué se trata La cueva de los cristales, podríamos tener una noción de a dónde queremos llegar, y así, saber cuál de estos dos puentes nos llevará a ese lugar.- dijo Rose.
Scorpius la miró con marcada irritación.
- ¿Y por qué crees que si lo recordara, te lo diría, Weasley? Recuerda que estamos compitiendo.
Rose lo miró con incredulidad y se cruzó de brazos.
- ¡Miren nada más quién es el de personalidad múltiple ahora!—exclamó la pelirroja. – En el segundo puente me incitaste a cruzar y ahora quieres que nos dividamos. No te entiendo.
- No trates de hacerlo.- dijo Scorpius mientras se colocaba frente a uno de los puentes. – Opino que nos arriesguemos. Tú cruza uno, yo cruzaré otro, quien llegue al otro lado ganará y el otro perderá. Fin de la discusión.
Rose frunció el ceño.
- En verdad no tienes ni un poco de paciencia, ¿no?- le dijo, mirándolo con incredulidad. – Hay momentos en los que arriesgarse es bueno porque es la única salida. Pero hacerlo ahora sería absolutamente negligente.
- ¿Me estás diciendo negligente?- le preguntó Scorpius, enojado.
- Te estoy diciendo que necesitas controlar tu mal genio.- dijo Rose, mirándolo directamente. – Y sé que estás ansioso pero esto requiere de que pensemos fríamente.
- En eso, tú eres la experta.- dijo Scorpius. – No tolero este tipo de enigmas. Y francamente, necesito llegar al cuarto puente antes de que me convierta en un despiadado asesino de duendes.
Rose suspiró y se llevó los rizos que le colgaban a los lados del rostro tras sus orejas.
- Bien, pensemos.- dijo la pelirroja, empezando a caminar de un lado a otro con lentitud. – Tenemos dos puentes, pero solo debemos cruzar uno. Solo uno de estos nos llevará al otro lado.- Rose miró brevemente a los puentes, sin parar de caminar. – Sin embargo, los dos están el uno al lado del otro y visiblemente terminan en el mismo sitio así que, se supone, ambos deberían permitirnos llegar al otro lado.
- Pero el duende con complejos orientales nos aseguró que solo uno nos llevará hacia allá.- dijo Scorpius, haciendo un esfuerzo por apoyar a Rose a pesar de su mal humor.
- Exacto.- dijo Rose. – Lo que significa que uno de estos dos puentes es falso.
Scorpius sacó su varita y apuntó a uno de los puentes.
- Finite incantatem.- pronunció, pero nada pasó. Repitió el mismo hechizo, esta vez apuntando al otro puente. Todo se mantuvo intacto. – No es una ilusión. Los dos son reales.
Rose se apretó la barbilla con los dedos.
- Son reales, pero uno tiene que ser falso. – murmuró. – No es una ilusión, evidentemente. Pero uno de los dos es un engaño.
Rose se acercó a los puentes y agudizó la mirada. En el de su derecha, un pequeño gusano se arrastraba al inicio de éste. Cuando dirigió su mirada al puente de su izquierda, su corazón de detuvo: el mismo gusano avanzaba también en ese.
- Por Merlín…- soltó Rose. - ¡Mira!
Scorpius se acercó a ella y cuando identificó los gusanos, pareció volver a interesarse en el asunto.
- ¿Cómo puede ser eso posible?- preguntó el slytherin, confundido.
- Mira con atención. No solo son dos gusanos parecidos: es el mismo gusano. Malfoy, creo que no estamos frente a dos puentes….sino frente a uno solo.
Scorpius miró a Rose con total incomprensión. La pelirroja sonrió, emocionada.
- Mira con atención.- le dijo la gryffindoriana. – Es el mismo gusano, pero, son diferentes. ¿Qué diferencias ves?
- Ninguna.- dijo Scorpius, impaciente e irritado.
Rose dio un respingo.
- Ni siquiera te estás esforzando.- le dijo ella. – Date cuenta que el gusano del puente a mi derecha avanza por el lado derecho del puente, mientras que el gusano del puente a mi izquierda, avanza por el lado izquierdo. ¿Qué no lo ves? ¡Son reflejos! Un puente es el real, y el otro, es solo su reflejo invertido.
Scorpius clavó sus ojos en Rose y guardó silencio. ¿Cómo es que podía ser tan meticulosamente observadora? La pelirroja era paciente y perfeccionista, dos cualidades que le permitían analizar las situaciones y los enigmas de forma eficiente y brillante. Scorpius sonrió levemente. Rose en verdad era la chica, o mejor dicho, la persona más inteligente de su generación.
- Todo cobra sentido.- dijo Rose, ensimismada y sin notar la mirada del slytherin. – El duende parece inclinado por lo oriental y en la filosofía oriental la dualidad de las cosas es una de las principales preocupaciones….
- Así es, queridos visitantes.- dijo el duende, quien de repente había salido de su silencio y los miraba con una expresión serena. – En el universo todo se divide por dos fuerzas fundamentales que son opuestas y a la vez complementarias…éstas fuerzas se encuentran en todas las cosas, y si observan bien a su alrededor, verán que todo sigue ese patrón: luz/oscuridad, sonido/silencio, calor/frío, movimiento/quietud, vida/muerte, mente/cuerpo, amor/odio….es la ley que rige nuestras vidas y la naturaleza misma.
- Esta es una noción tradicional del mundo. Una filosofía muy antigua.- dijo Rose, explicándole a Scorpius. – Uno de estos puentes es el correcto, y el otro, el incorrecto. ¿Ves la dualidad? Correcto/incorrecto. Es el mismo puente en esencia, pero representa dos cosas distintas, y por eso es un reflejo invertido del otro.
Scorpius miró ambos puentes, que en su quietud parecían parte de una fotografía antigua.
- ¿Cómo sabremos cuál es el correcto?
Rose bajó la mirada y meditó durante algunos segundos. Luego la elevó y miró a Scorpius con claridad e inteligencia. Al slytherin le encantó esa claridad en los ojos azules de Rose.
- Cualquiera.- sentenció la pelirroja. – Cualquiera de los dos es el correcto.
- ¿Cómo dices?- preguntó Scorpius, aturdido.
- El duende no mintió: solo uno nos llevará al otro lado. Y frente a nosotros hay un solo puente, no dos. Solo hay un puente. Vemos dos como cuando nos vemos al espejo y hay un reflejo de nosotros, sin embargo, solo existimos nosotros, no nuestro reflejo. No hay dos Roses cuando me miro al espejo así como no hay dos puentes ni dos gusanos. ¿Entiendes?
- No del todo, la filosofía oriental no es lo mío.- dijo Scorpius, algo mareado por la explicación de la pelirroja.
El duende aplaudió.
- ¡Vaya, han sido quienes más rápido han resuelto el enigma de los pocos que han logrado hacerlo, por supuesto!- les dijo. – Ahora, pueden cruzar.
Frente a Rose y Scorpius, los dos puentes se unificaron y se convirtieron en uno solo.
Del otro lado, el árbol de hojas amarillas movió sus hojas y ramas en consentimiento.
El cuarto puente
Rose y Scorpius caminaban por un sendero lodoso y bastante difícil de transitar. La pelirroja miraba con desagrado cómo sus zapatos poco a poco se embarraban con fango y quién sabe qué otras cosas. Scorpius, por el contrario, saltaba y se movía con mucha más agilidad, encontrando los lugares menos húmedos en dónde transitar y por lo tanto, ensuciándose mucho menos que la gryffindoriana.
- ¿Cómo puedes ser tan ágil?- le preguntó Rose, luchando con el lodo.
Scorpius miró a Rose y esbozó una media sonrisa al verla sonrojada por el calor, sudando y con los rizos de su cabello escapándose por doquier a pesar del listón azul que los recogía.
- La pregunta es cómo puedes tener movimientos tan torpes.- le dijo Scorpius. – Te ayudaría, pero eso le quitaría toda la diversión al asunto.
Rose suspiró y se pasó una mano por la frente empapada de sudor.
- ¿Tienes alguna idea de a qué se refería Ásban cuando dijo que debemos entrar a la cueva de los cristales y traerle el futuro?- preguntó ella.
- Lo voy a repetir una vez más: ¿qué te hace pensar que si lo supiera, te lo diría, Weasley?- dijo Scorpius. Su rostro estaba perlado por el sudor, curiosamente volviéndolo aún más atractivo. Varios mechones rubios caían por su frente.
Pronto se detuvieron al ver frente a ellos un puente significativamente más grande que los anteriores. Rose abrió la boca, asombrada por las medidas del cuarto puente: era, muy ancho y de al menos 20 metros de largo. No estaba sostenido por cuerdas, sino por madera pulida y de apariencia estable.
- ¡HOLA!- gritó un duende apareciendo frente a ellos.
Rose y Scorpius retrocedieron, asustados por el repentino grito de la criatura. Luego, al identificar al duende, Scorpius entornó los ojos y se pasó una mano por el cabello rubio.
- Odio a esta especie. Lo juro.- dijo en voz alta.
Rose se humedeció los labios.
- Hola, vinimos a cruzar el puente y en verdad tenemos prisa. ¿Qué es lo que tenemos que darle?
- Primero debo felicitarlos. Cruzar los tres puentes anteriores no debió ser tarea fácil.- dijo el duende, sonriendo. – En fin, en fin, en fin: al grano. Para cruzar este puente, deben entregarme lo peor de ustedes mismos. Es todo.
Rose y Scorpius guardaron silencio. No entendían a qué se refería el duende y querían hacer preguntas, pero, curiosamente, tampoco sabían muy bien qué preguntar.
- ¡Ah! Hay ciertas reglas.- dijo el duende. – No pueden usar magia. El puente es sangrado y no debe ser manchado con hechicería de ningún tipo. Sus armas serán las que están en ese árbol.
Rose y Scorpius voltearon y vieron dos espadas clavadas en el tronco de un árbol. Con parsimonia y escepticismo, caminaron hacia ellas.
- Vamos, vamos. Tómenlas.- los incitó el duende.
Rose tomó una de las espadas por el mago y la sacó. Miró embelesada el brillo de ésta, que parecía estar muy bien afilada. La pelirroja la movió en el aire y ésta hizo un silbido que a la gryffindoriana le pareció encantador.
Scorpius la miró incrédulo.
- ¿Sabes usarla?- le preguntó.
Rose sonrió.
- Sí. Mi abuelo por parte de padre es un amante de los objetos muggles, y durante los últimos quince años ha estado algo obsesionado en el estudio de las armas muggles. Las espadas no-mágicas son sus favoritas. Me enseñó a usarlas desde que era una niña.
Scorpius le dedicó una mirada de escepticismo mientras sacaba su espada del árbol.
- ¿Sabes usar una espada pero no puedes caminar sobre lodo? Disculpa si dudo de tus habilidades con la espada, Weasley.
- ¿Ah sí?- dijo Rose. Y sin esperarlo, Scorpius vio la hoja de la espada de Rose precipitándose sobre él; pudo detenerla con su propia espada justo a tiempo, y el sonido de las hojas chocando una contra la otra se elevó por el bosque.
- ¿Estás loca?- le preguntó Scorpius, irritado.
Rose hizo un giro veloz con la muñeca y su espada se vio libre nuevamente. En cuestión de segundos volvió a arremeter contra Scorpius. El rubio logró detenerla, pero ni bien lo hizo y Rose ya estaba atacando por otro ángulo. El slytherin retrocedía ante cada ataque, atajándolos con extrema dificultad. Luego, un nuevo giro lo hizo soltar su espada y ésta cayó a la tierra. La punta de la espada de Rose se detuvo justo debajo de la barbilla del rubio, rozándole la piel.
- ¿Qué decías acerca de mis habilidades, Malfoy?
Scorpius la miró entre asombrado y desconcertado. Guardó silencio por unos pocos segundos. Definitivamente, no sabía nada de Rose. Ella era sin duda una caja de sorpresas en donde todo era contradictorio.
La gryffindoriana bajó su espada.
- Está bien, tampoco esperaba que admitieras que soy mejor que tú con la espada. Sé que no lo harás.- dijo Rose mientras daba la vuelta y caminaba hacia el puente. – Tu enorme ego no te lo permite.
Pero Scorpius no se había quedado callado por su ego herido (el cual estaba herido, y mucho), sino porque aún no lograba salir de su estupefacción. Un rastro de envidia surgió dentro de él. Rose tenía, por lo visto, una excelente relación con sus abuelos paternos. Él, ni siquiera tenía una con los suyos. De sus abuelos, Lucius y Narcisa, no sabía nada, y no había tenido la oportunidad de aprender de ellos como Rose lo había hecho de los suyos. Eso, sumado a que la pelirroja había logrado desconcertarlo nuevamente, aumentó su mal humor. Con Rose siempre era así; ni bien creía que la había descifrado, y otra vez caía en cuenta de que no conocía nada de ella. Por alguna extraña razón, eso lo frustraba.
Scorpius caminó hacia el puente también y se detuvo al lado de Rose.
- Bien.- dijo ella. – Aquí vamos.
Y los dos entraron.
Lo que vieron al otro lado del puente, los dejó atónitos.
Rose contuvo la respiración cuando vio, justo del otro lado del puente, a una chica de cabello rojo y rizado con el uniforme de Hogwarts y una espada en su mano, mirándola directamente a los ojos. Era ella misma, pero a la vez, supo de inmediato que no lo era. Los ojos azules de la Rose que la miraba eran duros y maliciosos, la miraban de forma peligrosa y amenazante, llenos de odio y algo que no pudo descifrar del todo. Era ella, pero a la vez, no se podía reconocer a sí misma en esa Rose.
Lo mismo sucedió con Scorpius. El slytherin miró, incrédulo, cómo un joven de cabello rubio, justo al lado de la otra Rose, lo miraba de frente con una espada en mano. Los ojos metálicos que debían estar allí, estaban pintados por el negro de sus pupilas distendidas. La expresión fría y algo mortuoria de ese Scorpius, logró perturbarlo a sobremanera, pero se mantuvo firme en su lugar y apretó el mango de su espada.
No estaba dispuesto a rendirse, mucho menos a retroceder.
La voz del duende se alzó sobre sus cabezas:
- Solo si me entregan los cadáveres de lo peor en ustedes, podrán llegar al otro lado. – dijo el duende. – Lo que ven, es lo más negro y oscuro que existe en sus interiores. Solo derrotando esa maldad latente que está en sus corazones, solo derrotando a sus némesis, podrán alcanzar la cueva de los cristales.
Rose tragó saliva, y del otro lado, la otra Rose sonrió.
- No quiero ponerte nerviosa.- le dijo Scorpius, sin mirarla. – Pero tu otra tú parece bastante peligrosa.
- Digo lo mismo del otro tú. Parece sacado de una película de terror.
Scorpius rió por el comentario de la pelirroja, y ella notó que era la primera vez que él reía genuinamente por algo que ella decía.
- Bien, Weasley. Eliminemos a esos bastardos.- dijo Scorpius, y Rose sintió en él la fuerza de su determinación: estaba resuelto a cruzar el puente, y ella no pudo evitar contagiarse por ese espíritu. Ya habían pasado por demasiadas cosas como para detenerse ahora.
- No podría haberlo dicho mejor.- dijo la pelirroja.
Y juntos, corrieron hacia sus enemigos.
El golpe de la espada de las dos Rose sonó con fuerza en los oídos de Scorpius segundos antes de chocar él también contra su doble. Scorpius se vio reflejado en los ojos ennegrecidos de su yo oscuro, y fue empujado con fuerza hacia atrás. ¿En verdad era tan fuerte? Y si lo era, si los dos tenían el mismo nivel de fuerza y la misma habilidad, la misma rapidez… ¿cómo podría superarlo?
Rose arremetió contra su doble, y ella la esquivó magistralmente mientras dirigía la punta de su espada hacia su costado. Rose giró a tiempo, pero fue levemente rozada por la hoja de la espada contraria en su cintura. Pudo sentir el ardor de la cortada y se llevó la mano al costado. Cuando la elevó, ésta estaba manchada de sangre.
"Así que todo esto es real…" pensó Rose, "en verdad puedo resultar lastimada de esto…"
Rose miró a su némesis, y ella le sonrió. ¿Cómo podían ser esos ojos fríos y cínicos los de ella? ¿En verdad esa Rose habitaba en su interior? ¿Cómo era posible?
Scorpius, por su parte, seguía batallando contra su doble sin lograr ningún avance. Mientras peleaba, analizó la situación: tenía que encontrar su punto débil. Scorpius se conocía a sí mismo, y sabía bien que era ágil y rápido. Sin embargo, había probado no tener ninguna experiencia con la espada. De modo que su némesis tampoco podía ser bueno en ello. Tal vez, si imitaba los movimientos que Rose había utilizado contra él minutos antes, conseguiría algo.
Más allá, Rose y su doble peleaban a la par haciendo sonar sus espadas la una contra la otra, colisionando con fuerza. La gryffindoriana también había analizado la situación y había llegado a la misma conclusión que Scorpius: la única forma de derrotar a su doble, era reconociendo sus propias falencias. Rose no era ágil ni rápida. Tal vez, si lograba poner a su doble en una situación que requiriera agilidad, podría derrotarla.
Tras un nuevo ataque de su doble, Scorpius imitó el movimiento de muñeca de Rose y logró, no solo bloquear el ataque, sino llevar la punta de su espada hacia su némesis.
Un grito ahogado lo sobrecogió.
Rose levantó al mirada y vio a el doble de Scorpius atravesado por la espada del slytherin. En cuestión de segundos, se hizo polvo y desapareció. Scorpius, agitado, volteó y miró a Rose batallando aún con su doble.
- ¡Cruza! ¡No puedes ayudarla! ¡Esa es su pelea!- le gritó el duende.
Scorpius corrió hacia el otro lado del puente y al llegar volteó para continuar viendo la batalla de Rose.
La pelirroja dirigía sus ataques ejerciendo gran fuerza en cada golpe de espada y obligando a su némesis retroceder poco a poco. Pronto, su doble se golpeó la espalda contra el borde del puente y Rose aprovechó el desbalance para asestar un golpe que hizo que su némesis soltara la espada. Ésta cayó puente abajo y desapareció. Rose se dispuso a clavar su espada en su oponente, pero la otra Rose hizo algo inesperado que paralizó a la gryffindoriana.
- No puede ser…- murmuró la pelirroja.
Su némesis tenía ambas manos elevadas a la altura de sus hombros y todos sus dedos estaban encendidos por largas llamas de fuego; le sonrió peligrosamente y sus ojos azules se volvieron amarillos por unos segundos.
Rose vio cómo un círculo de fuego se formaba en el puente, encerrádolas a ambas dentro de él.
- ¡Ya basta!- gritó Rose con su espada extendida y temblando. - ¡Basta de fuego!
- Este es nuestro poder.- dijo su némesis, y a Rose le produjo escalofríos escuchar su propia voz con una modulación tan seca y agresiva. – Eres débil y reniegas de él.
- ¡No soy débil, solo no quiero lastimar a nadie más, nunca más!- gritó Rose, a punto de romper en lágrimas. No creía poder soportar la presencia del fuego por mucho tiempo.
La otra Rose esbozó una media sonrisa burlona que deformó su rostro. Sus ojos estaban llenos de odio y Rose pudo entender qué era aquello que en un principio no había podido identificar en los ojos de su contrincante: eran ansias, ansias puras e intensas de lastimar y causar daño. Su némesis quería destrucción.
- Tú… eres horrible.- le dijo Rose, trémula y con los ojos inundados por las lágrimas. – Tú no puedes estar dentro de mí…
Su némesis rió. Rose no podía reconocer esa risa.
Esa no era su risa.
- Estoy dentro de ti, Rose.- le dijo. – Yo soy la parte de ti que quiere tomar las riendas del poder con el que hemos nacido. Yo soy la que no le teme al fuego; soy la que quiere ver al mundo entero arder.
Rose apretó los puños.
- No te lo voy a permitir.- le dijo.
Y Scorpius, desde el otro lado, pudo ver a través de las llamas cómo los ojos azules de Rose se volvían amarillos.
Un camino de fuego alto corrió directo hacia la otra Rose y la envolvió convirtiéndola en una bola de fuego. Rose escuchó sus gritos mientras su oponente –la representación de su lado más oscuro- caía en el puente, retorciéndose, y luego estallaba en una estela de polvo.
Las llamas se fueron apagando una a una, y de entre las nubes de humo, Scorpius vio a Rose temblando, pero con una expresión firme y valiente en su rostro que le provocó cierta admiración.
El último puente quedó atrás.
La cueva de los cristales
A pocos metros del cuarto puente Scorpius y Rose se vieron frente a una entrada rocosa y oscura, similar a un túnel negro o a una herida abierta, de la cual corría una extraña brisa que los refrescó del pesado calor del bosque. Rose se sentía algo descompuesta: los cuatro puentes habían sido muy duros para ella. No lo había tenido que enfrentarse a sus demonios interiores, sino también a sus recuerdos y traumas más profundos. Quizás para Scorpius fue mucho más fácil, pues sus miedos no estaban directamente relacionados con un suceso traumático ocurrido en su vida; o tal vez ella era mucho más sensible, Rose no podía precisarlo. Pero sabía una cosa: había llegado muy lejos en aquella prueba y cada paso le había costado un mundo. Perder no era una opción.
Scorpius respiró profundo. Los dos se encontraban frente a la entrada de la cueva y guardaban silencio, el uno al lado del otro. Sin mirarla, el slytherin habló:
- En el momento en el que entremos, Rose, voy a competir agresivamente.- dijo Scorpius en un tono sincero y directo. – Creo que debes saberlo.
Rose sonrió levemente.
- ¿Cuándo ha sido de otra manera, Malfoy?- le dijo ella y Scorpius también sonrió. – Siempre hemos sido agresivos cuando competimos. Estamos acostumbrados a ganar.
Scorpius se sacó la corbata verde y la guardó en el bolsillo de su pantalón.
- Weasley.- dijo el slytherin. – Te esforzaste en esta prueba, fue divertido.
Rose soltó un respingo.
- Habla por ti, a mí no me divirtió ni un poco.
- Eso es porque no tienes el más mínimo sentido de la aventura.- dijo Scorpius, aún sin voltear a mirarla. – Eres aburrida y…
Pero no terminó la frase porque Rose aprovechó ese instante para salir corriendo directo hacia la entrada de la cueva. Scorpius salió corriendo tras ella, y entró.
Ni bien puso en pie adentro y se quedó paralizado por la visión del lugar. Aquella cueva estaba completamente cubierta por trozos de cristales puros y brillantes que resplandecían por doquier. Rose estaba boquiabierta y estática, al igual que el rubio, y miles de flashes llegaron a su mente. La cueva de los cristales….la cueva de los cristales….y entonces, a la vez, los dos lo recordaron:
"Se dice que, de una de las tantas veces que Merlín le salvó la vida a Arturo siendo su lacayo y sin que éste supiera nada de sus poderes, fue en una excursión en la tierra de fuego. Allí, Merlín y Arturo fueron atacados por la espalda, y Arturo resultó herido. Mientras cuidaba de él, Merlín encontró una cueva peculiar llamada La cueva de los cristales, y era, según las pocas referencias del propio mago, el hogar de los cristales adivinatorios."
- Por Merlín…- soltó Rose. Los cristales de esa cueva eran especiales: guardaban dentro de sí poderes adivinatorios. ¡Era eso lo que Ásban les había pedido! ¡Que llevaran de regreso el futuro!
Rose y Scorpius se miraron fijamente, los dos, pensando en lo mismo. Por unos segundos ninguno se movió, pero luego, ambos sacaron sus varitas y al unísono exclamaron:
- ¡Bombarda!
Varios trozos de cristal del tamaño de una piedra cayeron al suelo. Rose y Scorpius se abalanzaron sobre éstos, y tomaron uno; acto seguido corrieron hacia la salida de la cueva, empujándose, y cuando salieron vieron con asombro que la carpa roja estaba esperándolos a unos pocos metros. Los dos corrieron hacia ésta con todas sus fuerzas.
Scorpius entró primero, con Rose pisándole los talones.
Al ingresar a la carpa la oscuridad se volvió absoluta. Los dos respiraban agitadamente y podían escucharse. Rose sentía su corazón latiéndole en la boca. No podía perder, simplemente no podía. Sin embargo, Scorpius era más rápido y ágil que ella. Si no pensaba en algo rápido, el rubio llegaría donde Malone antes. Y eso, Rose no podía permitirlo.
Un rayo de luz cortó la salida de la carpa. Rose y Scorpius se precipitaron hacia ésta.
Scorpius saltó sobre una roca y se dispuso a correr cuando algo lo detuvo en seco. Un quejido claro y rotundo llegó de sus espaldas a sus tímpanos y no pudo evitar voltear. En el suelo vio a Rose, quien se sostenía el tobillo con ambas manos y ocultaba su rostro entre sus rodillas.
Parecía sufrir mucho.
Scorpius hesitó: quería dejarla allí y correr donde Malone, después de todo, nada malo le ocurriría –era solo una torcedura, nada grave- y podría regresar por ella luego. Sin embargo, algo le impedía seguir su camino y lo mantenía allí, de pie, estático.
Soltó un gruñido. Definitivamente, tenía una debilidad por las mujeres. Jamás se podría perdonar a sí mismo dejando a una en tales condiciones. Ni siquiera cuando se trataba de su competencia.
- Maldita sea, Weasley.- dijo mientras se resignaba y caminaba hacia ella. – Maldita sea.
El slytherin se inclinó hacia ella para cargarla, pero entonces la pierna de Rose impactó contra las suyas y él resbaló al suelo.
La pelirroja se puso de pie en milésimas de segundo y salió corriendo.
El listón azul que sostenía el cabello rojo de Rose se soltó y cayó al suelo. Scorpius contuvo la respiración: lo último que pudo ver, además del verde, fue el rojo; el intenso y caótico, violento rojo, atravesando el follaje del bosque y desapareciendo como un espejismo.
Scorpius no se detuvo a pensar en la trampa en la que había caído, se levantó con una rapidez admirable y retomó la carrera: sus piernas corrieron saltando pedrejones y esquivando raíces que surgían de la tierra negra hacia el sol. Pronto, a unos metros, divisó a su presa huyendo como un cervatillo; su cabello rojo serpenteando en el aire, sus ojos azules volteando para verificar con ansiedad que su contrincante amenazaba con alcanzarla, el viento golpeando contra su rostro…
Rose, logró soltar de entre sus labios mientras aceleraba, Rose.
No se sentía amenazado; ella era demasiado lenta para él. En pocos segundos sintió las puntas de los cabellos de fuego de la Gryffindor rozándole el rostro y entonces, al estirar su brazo, la agarró por la muñeca y la empujó hacia atrás.
El sol cayó directo en el rojo y lo hizo parecer fuego sobre la cabeza de Rose.
Ella estuvo a punto de perder el equilibrio y caer, pero logró recomponerse y corrió tras el rubio, quien en cuestión de segundos se adelantó metros más allá. Sintió el calor del día desatarse en su interior mientras ponía todo su empeño por alcanzar al Slytherin, aún sabiendo que era caso perdido: jamás fue una buena deportista. Eso, como casi todo lo demás, lo había sacado de su madre. La trampa había sido su único y último recurso; pero aquella no era una prueba de ingenio, sino de velocidad y de fuerza. Y en eso, Scorpius Malfoy era el rey.
Pronto emergió de entre las gruesas ramas del bosque prohibido y se vio, agitada, sudorosa, a medio desfallecer, en los campos de Hogwarts y metros más allá, vio a Scorpius; sudoroso también, respirando agitadamente, con la camisa blanca pegada al cuerpo y la corbata de Slytherin desarreglada. En su mano derecha descansaba la piedra blanca; a su lado estaba el profesor Malone.
- Lo siento señorita Weasley, pero el ganador de la segunda prueba es, indiscutiblemente, el señor Malfoy.
Rose sintió que el aire le faltaba, y lo último que vio antes de desmayarse fue la sonrisa pedante y orgullosa de Scorpius.
Luego todo se volvió negro.
La rosa de fuego (Parte 2)
1.-
-¡Abran paso!- exclamó Hugo, molesto, empujando a varios gryffindors que se acumulaban en la entrada de la enfermería.
- ¡Quítense ya! ¡Somos familiares!- dijo Dominique, también empujando a algunos alumnos de primero que le impedían pasar.
- Todos son unos metiches irremediables.- dijo Louis a Fred y a Albus. – Ni siquiera les importa Rosie, solo quieren saber si ganó o no la prueba.
Hugo intervino, furioso:
- Pueden meterse la condenada prueba por el…
- ¡Hugo!- lo reprendió Lily.
El castaño se pasó una mano por la cabeza, evidentemente preocupado y frustrado.
- Quiero ver a mi hermana, ¡ahora!- exclamó Hugo.
Lily le dedicó una mirada furibunda a unos cuantos gryffindorianos de cuarto que le estorbaban el camino. Eso bastó para que la muchedumbre empezara a abrirse y darle paso a los Weasley y a los Potter.
- Cuidado Rox
- ¡Auch!
- ¡Dejen de empujar!
- ¡Hey!
- Lucy agarra mi brazo.
- ¡Déjennos pasar!
Adentro, en la enfermería, Rose abrió los ojos lentamente. Al principio vio todo borroso, luego divisó las formas de las camillas a su alrededor y vio a Madame Pomfrey a su lado, sonriéndole. Al pie de la cama se encontraba el profesor Malone, quien pareció aliviado al verla despertar, y a la vez, fastidiado.
- Ya era hora, señorita Weasley.- dijo el profesor Malone. – Creí que me tendría aquí perdiendo el tiempo durante lo que resta de la tarde.
Rose tragó saliva. Sentía un sabor amargo en los labios y la cabeza le pesaba un poco. Sin embargo, se sentía mucho mejor de lo que recordaba haberse sentido cuando cayó desmayada sobre el césped en los campos de Hogwarts.
Madame Promfrey la miró con severidad:
- Señorita Weasley, usted está participando en una competencia que exige fuerza y dedicación extrema. Si no se alimenta apropiadamente y toma las precauciones del caso, ¿cómo cree que su cuerpo aguantará tanta presión?
Rose se humedeció los labios, aún sin poder organizar claramente sus pensamientos.
- Yo sí como…- dijo la pelirroja. – Como mucho, de hecho…
- No es la cantidad, es la calidad.- dijo Madame Pomfrey. – Se le bajó la presión y por eso se desmayó. No es algo que debería pasarle a alguien de su edad solo por correr unos cuantos kilómetros.
"Correr unos cuantos kilómetros y afrontar mis más terribles miedos y recuerdos en un par de horas", pensó Rose, pero no dijo nada. Se llevó una mano a la cabeza y notó que su cabello estaba recogido nuevamente. Recordaba haber perdido su listón en el bosque. ¿Cómo era que estaba peinada otra vez?
- Ah, eso.- dijo Malone, leyendo los pensamientos de Rose. – El señor Malfoy lo hizo. Dijo que a usted no le gustaba llevarlo suelto.
Rose clavó sus ojos azules en Malone:
- Y….Malfoy, ¿dónde está?- preguntó ella sin poder contenerse. Le había saltado a la vista que el slytherin no estaba en ninguna parte de la enfermería.
- Me ayudó a traerla y luego salió.- dijo el profesor. – Debe haber estado ansioso por contarles a los de su casa que ganó la segunda prueba.
Rose bajó la mirada. De repente se sintió triste y sola. Una vez más resultaba evidente que para Scorpius ella no era nadie: había cumplido con la labor de llevarla a la enfermería y luego había desaparecido. Cuando Megara tuvo el accidente de su brazo, Scorpius permaneció junto a ella en la enfermería. Rose se sintió tonta por pensar en ese asunto, pues las situaciones eran incomparables: Scorpius y Megara eran amigos desde la infancia, además, a él le gustaba ella; en cambio, Rose no era más que una reciente conocida con la que había empezado a llevarse no del todo mal, ¿qué esperaba? ¿qué se hubiera quedado en la enfermería hasta que despertara? Era ridículo.
- Te voy a recetar esta poción; es un suplemento vitamínico que te hará muy bien.- dijo Madame Pomfrey, entregándole un pequeño frasco azul.
- Gracias…- murmuró Rose.
Malone miró su reloj.
- Bueno, creo que eso es todo. Las pistas para la tercera prueba les serán entregadas después de navidad. Me voy.
Y con esto, el profesor caminó hacia las puertas de la enfermería, pero justo antes de que llegara a ellas éstas se abrieron. La pelirroja vio con alegría cómo su hermano y sus primos ingresaban a la estancia. Se sorprendió un poco al verlos preocupados y algo agitados.
- ¿Estás bien?- preguntó Albus, sentándose a su lado. – Supimos que te trajeron a la enfermería y vinimos de inmediato.
- Tranquilos.- dijo Rose, mirando a sus familiares. – Estoy bien. Solo sufrí un pequeño desmayo.
- ¿Desmayo? ¿Tan dura fue la prueba?- preguntó Lucy.
- Fue muy dura.- aseveró Rose.
- Pero, ya te sientes bien, ¿no?- preguntó Fred.
Rose sonrió. Malone dio un respingo y salió del lugar.
- Sí, ya me siento mucho mejor.- respondió ella.
- ¿Segura? Porque si quieres algo, puedo conseguírtelo.- dijo Louis.
- Chicos, estoy bien. En verdad.- dijo Rose.
- Te ves muy cansada.- dijo Dominique, acercándose y acariciándole el rostro. – Esta competencia debe ser difícil.
- No imaginas cuánto.- dijo Rose en voz baja.
Las puertas de la enfermería se abrieron nuevamente y Lorcan y Lysander ingresaron a la estancia.
- Rosie, Rosie, ¿qué te he dicho respecto a desmayarte en cualquier otro sitio que no sea mis brazos?- dijo Lorcan burlonamente mientras se acercaba a la cama en donde descansaba Rose.
Lysander sacó de su bolsillo una pequeña flor amarilla y sonriendo se la extendió a Rose.
- Para ti, mademoiselle.- le dijo.
Rose sonrió y tomó la flor entre sus manos.
- Gracias por venir.- les dijo con suavidad. – Pero no se preocupen, en verdad estoy bien.
Hugo, quien todo ese tiempo había estado hablando con Madame Promfrey, se acercó a la camilla con aparente aire desinteresado y miró a Rose con dureza.
- ¿De qué te sirve ser tan inteligente si no lo pones en práctica?- dijo el castaño, apoyándose en la cabecera de la cama. – Más te vale que empieces a alimentarte mejor, o le diré a mamá. Y ya sabes cómo se pone con estas cosas.
- Hugo estaba desesperado, creía que algo grave le había pasado a su adorada hermana mayor.- dijo Lily en tono burlón.
- No estaba preocupado.- dijo Hugo, y todos soltaron una pequeña risa. – ¡Que no lo estaba!
- No importa, estoy bien.- dijo Rose. – Me preocuparé más de mi alimentación. Lo prometo.
Hugo le entregó a Rose otro frasco azul.
- Toma.- le dijo.- Le pedí otro a Madame Pomfrey, por si las dudas.
- ¡Oh, qué tierno!- dijo Fred, burlonamente. - ¡Qué hermano tan encantador!
- Cállate, o te golpearé.- le advirtió Hugo, y Fred se calló porque sabía que su primo hablaba en serio.
Albus hundió las manos en los bolsillos de su pantalón.
- ¿Por quiénes se enteraron que Rose estaba aquí?- preguntó el moreno a los gemelos.
- Todo el colegio lo sabe.- dijo Lorcan.- Algunos alumnos vieron a Scorpius y a Malone traer Rose a la enfermería y la noticia se extendió.
- ¿Entonces quién ganó la segunda prueba?- preguntó Dominique.
Rose borró la sonrisa de su rostro y bajó la mirada, jugando torpemente con los dedos de sus manos. Todos guardaron silencio. Hasta ese momento nadie había pensado en el tema de la competencia, habían estado demasiado preocupados por la salud de Rose como para recordarlo. Sin embargo, ahora quedaba claro que los resultados de ésta no habían sido beneficiosos, y nadie sabía exactamente qué decir para animar a la gryffindoriana. Lily fue la primera en romper el silencio:
- Bueno, ya era hora de que Scorpius Malfoy se esforzara.- dijo en voz alta. – Te tomó desprevenida, es todo. La próxima prueba será tuya.
Rose miró a un lado y continuó en silencio. Pocos segundos después, dijo:
- Todos están afuera, ¿verdad?- preguntó. – Están esperando a tener noticias de la prueba.
Hugo soltó un gruñido.
- Son unos interesados y unos entrometidos.- dijo el castaño.
- Tienen derecho a saber si Gryffindor ha quedado bien o no.- murmuró Rose, con tristeza.
- No, no lo tienen.- dijo Albus. – Esta no es una competencia de Gryffindor versus Slytherin, es una competencia individual, y solo le compete a ti y a Malfoy.
Rose sonrió débilmente.
- No es así como ellos piensan, y lo sabes.- le dijo a su primo.
Fred suspiró.
- Yo me encargaré de decirles los resultados.- dijo el pelirrojo, caminando hacia la puerta. – Al menos así se irán y nos dejarán libre el paso.
- Ya lo saben.- dijo Lorcan, cruzado de brazos. – Cuando Lysander y yo entramos estaban hablando de eso. Supongo que el festejo de los de mi casa les hizo entender que esta vez Scorpius ganó.
Roxanne frunció el ceño.
- No entiendo, ¿si ya lo saben qué hacen allí afuera?
Lysander sonrió mirando a Rose.
- Están preocupados por su campeona.- le dijo. -Quieren demostrarle su apoyo, aún cuando no salió victoriosa.
Los ojos azules de Rose se llenaron de lágrimas y desvió la mirada a un lado para poder recomponerse. Así que al menos los de su casa no se sentían tan decepcionados como ella se sentía de sí misma. Eso era algo bueno. Al menos tenía el apoyo de los suyos.
Respiró profundo y luego miró a sus primos con renovada actitud:
- ¿Nos vamos?- les dijo.
2.-
En la sala común de Slytherin todos festejaban a lo grande; había música, bebidas, y varios piqueos que unos alumnos de cuarto habían conseguido de la cocina. Scorpius permanecía sentado en uno de los sillones con Alexander y Megara. Estaba cansado, y tras haber tomado un baño lo único que realmente sentía era ganas de dormir. Tenía la cabeza apoyada al respaldar del mueble y varios mechones rubios aún húmedos caían por su frente.
- No entiendo por qué estás tan malhumorado.- dijo Megara. – ¡Ganaste! Has traído una victoria épica a Slytherin después de tantos años…nos has dado esperanzas de que podemos redimirnos del pasado.
- No estoy de mal humor.- dijo Scorpius, sin mirarla. – Fue una prueba difícil, estoy cansado. Y también molesto, que no es lo mismo.
- ¿Por qué?- preguntó Megara.
Rose Weasley le puso una trampa a Scorpius para tomar la delantera.- dijo Alexander, y sonrió. – Esa chica en verdad es sorprendente.
Scorpius lo miró con incredulidad.
- ¿La estás defendiendo?- le preguntó el rubio.
- Epa, tranquilo.- dijo Alexander. – No me atrevería a hacer tal cosa. Solo que tienes que admitir que es bastante astuta para ser una Gryffindor. Casi habría calzado bien en nuestra casa.
Megara meneó la cabeza.
- A ver si entiendo bien: ¿Rose Weasley te puso una trampa?
- Sí.- dijo Scorpius, en un tono seco y cortante. – Se atrevió a hacerlo.
- ¿Hizo trampa, y aún así, perdió?- preguntó la morena.
- No hizo trampa.- dijo Alexander. – En la carrera de vuelta ella fingió haberse lastimado para que Scorpius se detuviera y la ayudara. Aprovechó el momento para tomar la delantera. No hizo trampa en la prueba, pero sí que engañó a Scorpius y lo hizo caer en una.
Scorpius mantuvo una expresión seria y malhumorada. Megara sonrió.
- Scorp, creo que exageras. Es decir, no es como si hubiese hecho algo malo.
- No, solo me vio la cara de imbécil. Es todo.- dijo el slytherin en un tono lleno de resentimiento. – No puedo creer que lo haya hecho.
Alexander rió.
- Lo que no puedes creer es que hayas sido engañado por una chica, Scorpius.- le dijo el castaño. – Eso es lo que te tiene tan furioso: haber caído en la trampa de Rose Weasley.
Scorpius le dedicó una mirada ácida a Alexander. Megara intervino:
- Dicen que está en la enfermería. ¿Qué pasó?
- Se desmayó.- dijo Alexander. – Y Scorpius la dejó sola en la enfermería con Malone.
El rubio miró a su amigo, irritado.
- ¿Y qué se supone que debía hacer? ¿Quedarme con ella y tomarla de la mano hasta que despertara? .- le dijo con sarcasmo.
- Al menos quedarte hasta saber si estaba bien o no.- dijo el castaño.
- Dejé a Rose con Madame Pomfrey, Malone, y todos los de su casa fuera de la enfermería esperando por ella. Nadie me necesitaba allí.- dijo Scorpius.
- Creí que estaban empezando a llevarse mejor.- comentó Megara.
Scorpius se puso de pie, hastiado, y antes de irse le dijo:
- Cada vez que ella y yo damos un paso hacia delante, irremediablemente terminamos dando dos hacia atrás.
Y con esto se dirigió a las escaleras que daban al sector de los dormitorios masculinos. Megara suspiró.
- ¿Qué es lo que pasa con estos dos?- preguntó la morena a Alexander.
El castaño se cruzó de brazos y meditó durante algunos instantes. Luego de un par de segundos, sonrió, y dijo:
- Creo que son mucho más parecidos de lo que creen, y por eso chocan.- miró a Megara con cierta complicidad. – Y también creo que de una forma muy particular están empezando a hacerse amigos.
Megara miró perpleja a Alexander, y luego soltó una pequeña risa.
- ¡Un Malfoy y una Weasley, amigos! Mira nada más las cosas que se te ocurren.
La fiesta continuó hasta muy tarde por la noche.
Gryffindor durmió en silencio.
3.-
A la mañana siguiente, Rose vio el sol salir a través de los cristales desde la comodidad de su cama y se llevó la almohada a la cara. Durante toda la noche trató de dormir para poder transportarse al mundo de Camelot, pero la ansiedad se lo impidió y a pesar del cansancio no consiguió dormir. Toda la noche había pasado deprimida por la pérdida de la segunda prueba, el recuerdo del incendio que creó cuando era una niña, y su propio temor, el temor que le tenía a sus habilidades. A pesar de ello, la mañana llegó solo para empeorarlo todo: aquel día iba a ser –estaba segura- uno de los peores de su vida.
Aquel día todos los alumnos de Hogwarts viajarían a casa de sus padres para pasar las festividades junto a su familia y amigos.
Rose, por el contrario, viajaría a pasar las festividades en la casa de totales extraños.
La pelirroja apretó más la almohada contra su rostro. El sonido de alguien tocando la puerta de su alcoba la hizo sentarse sobre la cama.
- ¿Rose?- dijo la voz de Agnes Brown tras la puerta. – Hugo me pidió que te enviara esto. Te lo deslizo por la puerta, ¿si?
Una carta corrió por el piso hacia el centro de la habitación. Rose se sobresaltó.
Era la respuesta de sus padres.
Corrió hacia ella y la abrió con desesperación. Tal vez, si tenía suerte, ellos le dirían que tenía terminantemente prohibido pasar navidad en Hogwarts y que debía regresar ese mismo día a casa.
Sin embargo, su esperanza se vio aniquilada cuando leyó claramente la aprobación de sus padres:
"Rosie:
Tenemos que admitir que no nos ha causado mucha gracia que pases navidad lejos de nosotros, pero comprendemos completamente que quieras esforzarte y dar lo mejor de ti en esta competencia. Amor, te apoyamos y queremos que llegues tan alto como tú quieras llegar. Te extrañamos, y te deseamos lo mejor.
Te quieren y te adoran,
Tus padres.
Pd: Te mandamos un Mouse de chocolate."
Rose suspiró, decepcionada. Estaba segura de que Hugo se había quedado con su mousse, pero eso era lo que menos le importaba ahora. Con hastío se sacó el anillo y lo dejó sobre el velador. Tomó un baño rápido que le despejó un poco la mente, y cuando salió, con desgano armó su equipaje, el cual dejó al borde de la cama para que fuera llevado al tren. No tenía idea de cómo haría para ingresar a los vagones sin ser vista por sus primos ni por nadie, pero supuso que Scorpius tenía algún plan para eso.
Por lo pronto, tenía hambre: así que luego de guardarse el anillo en el bolsillo de su jean, salió al comedor.
Allí, todos desayunaban rápidamente, ansiosos por partir de una buena vez a sus respectivos hogares. Sus primos estaban contentos: Lorcan y Lysanser habían decidido pasar navidad en la madriguera también, pues Luna y Rodolf Scamander fueron invitados por los Weasley y los Potter. Albus y Lily le insistieron para que dejara a un lado los deberes de la competencia y fuera con ellos. Rose, quien por dentro moría por aceptar, tuvo que negarse enfatizando su necesidad de aplicarse más que nunca en la competencia. Sus primos, desanimados, lo aceptaron.
- No será lo mismo sin ti, Rosie.- dijo Louis. – Pero lo entendemos.
En todo el desayuno Scorpius no apareció por el comedor. Tampoco estaban ni Megara ni Alexander. Rose se preguntó si habrían desayunado antes, o si aún no se habían levantado. Seguramente la celebración de Slytherin había durado gran parte de la noche, así que no sería nada raro que así fuese.
Tan pronto acabó de desayunar, Rose se levantó de la mesa y salió del comedor.
En la primera esquina del pasillo, una mano la tomó del brazo y la hizo voltear.
Rose saltó, entre asustada y sorprendida, pero se tranquilizó cuando vio los ojos verdes de Alexander Nott frente a ella, amables y algo misteriosos.
- Shh.- dijo el castaño, llevándose el índice a los labios y sonriéndole. – Sígueme.
Alexander dio la vuelta y empezó a caminar. Rose permaneció en su lugar, confundida.
- Yo…no entiendo…- dijo la pelirroja.
El slytherin regresó sobre sus pasos y la tomó de la mano.
- Scorpius me envió por ti. Tenemos que hacer que entres al tren antes que los demás, ya sabes, para evitar comentarios.- dijo el castaño.
Rose pestañeó varias veces y cuando Alexander empezó a caminar, fue halada por la mano que la sostenía. Ella ejerció fuerza y lo detuvo.
- No me he despedido de mis primos…- le dijo, tímidamente.
Alexander rió.
- Lo siento, Rose, pero tienes demasiados primos. Despedirte de ellos te tomaría horas.- dijo el slytherin. – Vamos, o Scorpius nos matará a los dos.
- ¿Por qué siempre tengo que hacer lo que Scorpius quiere que haga?- dijo Rose, entre molesta y confundida.
- Por que así es él: autoritario.- dijo Alexander. – Lo que sí puedo decirte, es que no te combiene contradecirlo ahora.
Rose miró a Alexander con total incomprensión.
- ¿Por qué?- le preguntó.
- Está muy disgustado por lo que hiciste. Ya sabes, lo de engañarlo para tomar la delantera.
Las mejillas de Rose se encendieron intensamente y bajó la mirada. Había olvidado por completo que había hecho esa pequeña jugada. Pero, ¿por qué estaba Scorpius molesto si igual había ganado? Además, era él quien siempre insistía en mantener una competencia agresiva y del todo por el todo. Ella solo había jugado la única carta que le quedaba, nada más.
Alexander le sonrió.
- Sabes, te ves muy tierna cuando te sonrojas.- le dijo, y le pasó rápidamente el dedo índice por una de sus mejillas. – Vamos.
Y Rose, nuevamente, se vio siendo conducida contra su voluntad por el largo pasillo.
4.-
Después del desayuno, Roxanne regresó a su sala común. Había olvidado sobre su velador unos libros que pensaba revisar en tiempos muertos durante su estadía en la madriguera. Allí siempre era una locura, pero no quería correr el riesgo de haber tenido oportunidad para leer y no haber llevado nada.
Roxanne avanzó por los pasillos de la sección de dormitorios femeninos y se sobresaltó cuando encontró la puerta de su habitación entreabierta. Se quedó estática durante algunos segundos, repasando mentalmente si la había dejado así al salir. No, ella recordaba perfectamente haberla cerrado.
Algo estaba mal.
La ravenclaw entró a la habitación y dio un pequeño salto al ver a Lysander acostado en su cama. Se llevó una mano al pecho y dio un respingo de furia.
- Lysander, tienes exactamente tres segundos para salir de mi cama y de mi habitación, o no respondo.- dijo la mulata.
- Eso suena bien: muero por saber qué vas a hacerme.- dijo Lysander, mirándola intensamente. Roxanne entornó los ojos.
- ¡No puedes entrar a mi habitación así como así!- le exclamó, molesta.
- Solo vine a recoger el libro que te presté. Pienso releerlo en el viaje.- dijo el rubio, tomando un tomo delgado de encima del velador. – Además, en un futuro compartiremos el mismo cuarto. No sé por qué exageras el asunto.
Roxanne respiró profundo, intentando calmarse.
- Tienes que dejar de hacer esto.- le dijo con una expresión severa. – Hablo en serio.
- ¿Hacer qué?- le preguntó Lysander.
- Esto de bromear con que nos casaremos y todo lo demás.- dijo Roxanne. – Esto de venir y entrar a mi habitación o esperarme afuera de ésta. No tienes idea de lo que he tenido que escuchar gracias a tus juegos.
Lysander saltó de la cama y miró a la morena directamente a los ojos.
- ¿Y qué es lo que has tenido que escuchar?- le preguntó.
Roxanne suspiró.
- Eso no es relevante.- le dijo ella. – Eres un año mayor y eres un chico, no puedes entrar a mi habitación y es mejor que dejes de hacerme esas bromas molestas.
Lysander hundió ambas manos en los bolsillos de su pantalón.
- Yo no estoy bromeando.
Roxanne enmudeció durante unos pocos segundos, luego meneó la cabeza.
- Esto no es un juego Lysander. Para ti es muy divertido, pero para mí no. Las chicas en este colegio, no sé por qué, tienen una obsesión contigo y Lorcan. Que hagas ese tipo de bromas en frente de otros me vuelve el blanco de una manada de adolescentes hormonales celosas que de lo único que hablan es de cómo no soy tan linda como Emiliana Weis…
Lysander la interrumpió, sonriendo:
- Ah, de eso se trata. ¿Estás celosa, chocolate?
Roxanne frunció el ceño. Estaba a punto de replicar cuando Lysander cortó toda distancia y la hizo retroceder hasta pegarse contra la puerta, la cual se cerró por el peso de la espalda de Roxanne. Lysander colocó el seguro y luego puso ambas manos a los lados de la morena, impidiéndole cualquier tipo de escapatoria. La miró a los ojos y ella sintió que la habilidad de hablar se le había muerto por dentro.
- Aclaremos unas cuantas cosas antes de irnos.- le dijo el rubio, casi susurrándole. Sus narices se rozaban y sus alientos se mezclaban. – Primero, si Emiliana Weis apareciera desnuda en mi cuarto, estoy convencido de que no provocaría la mitad de lo que tú provocas en mí cuando te sientas en el sillón de la sala común y cruzas las piernas, sin darte cuenta de que la falda siempre se te sube unos cuantos centímetros más de lo debido, lo suficiente como para ver un poco más arriba de tu rodilla.
Roxanne tragó saliva.
- Eres un pervertido.- le dijo.
Lysander sonrió.
- Por tu culpa, chocolate.- le dijo. - ¿Te acuerdas cuando estabas en primero y yo en segundo, y pasamos vacaciones en la madriguera? Usabas esos shorts cortos que definitivamente te empezaban a quedar diferentes. Los usabas cuando tenías nueve, pero entonces tenías las piernas de una niña. Tu mamá, Angelina, te los quitó esas vacaciones porque se dio cuenta de que su hija ya estaba en edad de despertar ciertos…pensamientos.
- ¡Yo era una niña!- soltó Roxanne. – Definitivamente eres un pervertido.
- Segundo,- la interrumpió Lysander. –…no estoy bromeando, ni jugando, Roxanne.- hizo una pausa en la que se pegó aún más a ella. La morena se aplastó contra la puerta. – He decidido que estaremos juntos, y así será. Solo he estado esperando a que crezcas lo suficiente, es todo.
Lysander pasó su mano por el cuello de Roxanne y ella cerró los ojos. Aquella caricia la estremeció de pies a cabeza.
- Tercero,- continuó el rubio. – Ya que hemos dejado en claro esto, creo que es evidente que no puedes hacer ciertas cosas como bailar tango con extraños. En realidad, no puedes bailar con nadie. He esperado demasiado como para que alguien más que no sea yo, te toque.
Roxanne abrió los ojos y nuevamente se hundió en los celestes del gemelo. Lysander rozó lentamente sus labios contra los de ella y la morena tembló. Una corriente de electricidad la recorrió y explotó en el centro de su estómago. Un deseo que jamás había experimentado antes surgió de su vientre, y de repente, deseó intensamente ser besada. Quería mucho más que ese roce, pero no sabía muy bien qué era lo que quería. Jamás había besado a nadie.
Lysander se separó dolorosamente de Roxanne, y soltó un pequeño gruñido, casi imperceptible.
- Será mejor que me vaya.- dijo Lysander, y quitó el seguro de la puerta.
Roxanne se movió torpemente, haciéndose a un lado. Antes de salir, Lysander le sonrió:
- Cuando vuelvan a molestarte, puedes decirles que eres mi novia.- dijo el rubio. – No estarás mintiendo.
Y desapareció por el umbral de la puerta.
5.-
- ¿Y si alguien entra?- preguntó Rose a Alexander Nott, quien se encontraba sentado a su lado en un compartimento del tren.
- Nadie va a entrar, es nuestro compartimento personal.- dijo el castaño. -Además, estás en el vagón de Slytherin. Tus primos están muy lejos.
Rose suspiró y miró por la ventana, el alumnado de Hogwarts se congregaba fuera del tren, despidiéndose de los que se quedaban e ingresando emocionados por las festividades. La gryffindoriana sintió envidia.
Alexander sonrió.
- No tienes nada de qué preocuparte.- le dijo él, amablemente. – Los padres de Scorpius…los conozco desde siempre. Son buenas personas. Estarás bastante cómoda.
Rose miró a Alexander y esbozó una sonrisa triste.
- Es solo que…es la primera vez que no paso navidad con mi familia.- le dijo, abriéndose con él. Por alguna razón, con Alexander se sentía capaz de hacerlo; quizás porque el castaño tenía los mismos ojos verdes de Albus y era amable con ella, no lo sabía. – Y creo que la segunda prueba me ha puesto algo…susceptible.
- Le has dado pelea a Scorpius.- dijo Alexander. – Ni él mismo se lo esperaba. Creo que esa fue una de las razones por las que al principio se llevaban tan mal.
Rose sonrió.
- En realidad, ahora nos llevamos mal, antes nos llevábamos pésimo.- dijo la pelirroja, y rió un poco al recordar los primeros incidentes con el slytherin. – Una vez, incluso, le rompí la nariz….
- ¿Qué?- soltó Alexander, y rió.
- Fue un accidente, claro.- dijo Rose. – Como ves, las cosas nunca se pusieron a nuestro favor.
Alexander miró a Rose y adquirió un aire pensativo.
- No tomes muy en serio las actitudes de Scorpius. Ahora está molesto, pero mañana nadie sabe cómo estará. Él es así. De hecho, hay muy pocas personas que son capaces de hacerlo enojar, y todas esas le importan. Así que supongo que ha empezado a tenerte en alta estima.
- No lo creo.- dijo Rose.
Entonces, la puerta del compartimento se abrió.
Rose vio, algo nerviosa, como Scorpius y Megara aparecían en el umbral de la entrada del compartimento. Ambos habían estado riendo, y al ingresar, se quedaron mudos como si la presencia de Rose –era evidente que Nott no era quien les incomodaba- hubiera interrumpido abruptamente la hilaridad del momento. La pelirroja se sintió fuera de lugar, tal y como lo esperaba. Se mantuvo en expectante silencio mientras Scorpius y Megara cerraban la puerta del compartimento tras ellos. La morena tosió dos veces y se aclaró la garganta. El silencio era bastante incómodo.
- ¿De qué se reían tanto? Claro, si se puede saber. – preguntó Alexander con total soltura. Parecía no haberse percatado de la tensión del momento, o al menos parecía ignorarla.
- De Samuel Fog, de quién más.- dijo Megara, sentándose al lado de Scorpius, justo frente a Alexander y Rose.
Scorpius aprovechó el momento y le lanzó a Alexander una caja de flavor beans. El castaño la atajó perfectamente.
- Samuel Fog es un slytherin de sexto, compañero de cuarto de Lorcan.- le dijo Alexander a Rose, explicándole. - Digamos que él tiene una pequeña obsesión con Megara. – abrió su caja de flavor beans y se la extendió a la gryffindoriana. - ¿Quieres?
Rose meneó la cabeza en forma negativa.
-No, gracias.- le dijo con amabilidad. - No me gustan mucho las grajeas de sabores; una vez me tocó una de vómito.
Scorpius soltó un pequeño ruido de su garganta que fue, evidentemente, sarcástico. Todos lo miraron. Hasta entonces el rubio había fingido magistralmente que Rose no estaba allí; ni siquiera la había mirado fuera de los breves e inevitables segundos a la entrada del compartimento. Sin embargo, ahora había reaccionado ante un comentario de Rose, y no de forma halagadora. Sus ojos grises miraron a Alexander.
- Claro que no le gustan.- comentó Scorpius en un tono impersonal. - Los flavor beans son impredecibles, y a Rose no le gusta nada que sea sorpresivo o espontáneo.- miró a la gryffindoriana, pero ella guardó silencio.- Rose prefiere tener el control sobre las cosas, incluso sobre las mas sencillas. ¿O me equivoco?
Un silencio pesado se levantó en el compartimento. Scorpius miraba a Rose como si estuviera estableciendo una charla común y corriente, pero tanto Alexander como Megara habían notado la acidez del comentario y no sabían bien cómo reaccionar o qué decir para romper la tensión. Rose miró por la ventana con el mentón ligeramente elevado y se abstuvo de responder. A Scorpius esto le pareció una muestra más de soberbia.
- Entonces, Rose, ¿qué dulce te gusta?.- le preguntó Alexander a la pelirroja, intentando romper el silencio.
Rose lo miró con cierta timidez e incomodidad, pero esforzándose por ocultarlo. ¿Era realmente así como serían las festividades? Tenía ganas de echarse a llorar como una niña. Extrañaba a su madre, a su padre, a su gato, a sus abuelos...extrañaba a su familia. Guardó todos sus sentimientos en el fondo de su pecho y esbozó una sonrisa valiente para Alexander.
-Las ranas de chocolate.- le dijo.
El castaño sonrió.
-Buena elección. Te compraré una. Vuelvo enseguida.
-No es necesario, en serio. Estoy bien.- dijo Rose, algo avergonzada.
-Sé que estás bien, pero quiero comprarte una. El carro de dulces no debe estar lejos. Ya vengo.
Alexander se puso de pie y salió del compartimento.
El silencio, otra vez, se volvió denso y agobiante.
Rose volvió a mirar por la ventana, lo que menos quería era enfrentarse a la incomodidad del resentimiento de Scorpius y la poca familiaridad que tenía con Megara. Se sentía como una total intrusa, alguien que no encajaba en el espacio de los slytherins. Rose contuvo un suspiro. Inmediatamente después vio por el reflejo de la ventana a Scorpius dibujando algo con el dedo índice en la mano a Megara. La morena sonreía, y cuando él terminó lo que dibujaba -o escribía- en su mano, ella rió.
Rose sintió una punzada en el centro de su pecho y respiró profundo. Cerró los ojos.
- Me enteré de que estuviste unas cuantas horas en la enfermería.- dijo Megara. Rose se volteó para mirarla, algo sorprendida de que la morena le hablara. - ¿Estás bien?
Rose asintió.
- Sí, solo se me bajó un poco la presión. Nada serio.
Scorpius jugaba con su corbata, desinteresado. Megara asintió y se esforzó por esconder una sonrisa algo burlona. Parecía encontrar graciosa la tensión en el compartimento. Pocos segundos después carraspeó y dijo:
- Es extraño que ésta sea la primera vez que intercambio palabras contigo.- le dijo a Rose. - Parece una broma, teniendo en cuenta que estudiamos en el mismo colegio y vamos en el mismo año.
- Pero estamos en casas opuestas.- remarcó Scorpius, interviniendo. - Y ella es una Weasley; hija de héroes, apellido de oro, favorita de todos…. En realidad, no es tan sorprendente.
Rose se humedeció los labios y apretó ligeramente los puños, conteniendo las ganas de gritarle al slytherin que dejara de una buena vez los comentarios de doble filo. Bien podía responderle a cada uno de sus golpes disfrazados, pero no tenía ganas de confrontarlo frente a sus amigos. Tampoco tenía ganas de pelear. Nada lograría con ello, solo empeorar la situación.
Respiró profundo; si quería sobrevivir al nido de las serpientes, debía ser fuerte y aguantar.
- Creo que, en realidad, el que no hayamos hablado nunca se debe a que recién este año estamos compartiendo clases.- dijo Rose a Megara, fingiendo no haber escuchado la intervención del slytherin.
La morena esbozó una media sonrisa.
- Eres agradable. No me lo esperaba.- dijo la slytherin. - Es decir, con el hermano que tienes...- Megara guardó silencio unos segundos, arrepentida de lo que se le había escapado tan imprudentemente. Se aclaró la garganta y rectificó: – Quiero decir...es que bueno...
- Está bien.- dijo Rose de forma comprensiva. - Lo entiendo. Hugo puede ser algo… cerrado, a veces.
Scorpius contuvo un respingo. ¿Algo cerrado? ¿Acaso el amor de hermana no le dejaba ver la enorme burbuja en la que Hugo Weasley tenía encerrado su cerebro?
- Es que…por el quidditch hemos tenido algunos...roces con él.- dijo Megara. - Siempre imagine que serías como tu hermano y que ni siquiera nos podrías dirigir la palabra.
Rose sonrió tristemente.
- Sí, creo que muchos creyeron eso de mí.- dijo la pelirroja, y miró brevemente a Scorpius. - Pero no todos los gryffindors juzgamos a los slytherins por cosas del pasado.
Megara se encogió de hombros y apoyó la espalda contra el respaldar del asiento.
- Puede ser.- dijo la morena.- En todo caso es bueno saber que, ya que pasaremos navidad juntos, no tendremos ese tipo de roces contigo.
La puerta del compartimento se abrió y Alexander entró. Rápidamente la cerró tras de sí y se sentó al lado de Rose.
-Listo- le dijo, dándole una rana de chocolate.
Rose tomó la caja entre sus manos y sonrió tímidamente. Scorpius miró al castaño, nuevamente ignorando la presencia de la gryffindoriana.
- ¿Van a venir tus padres?- le preguntó a Alexander.
- Y claro, ¿cómo podrían resistirse a una invitación de Astoria Malfoy?- dijo Alexander en tono burlón.
- Los míos también irán.- dijo Megara, comiendo una grajea y mirando a Scorpius. – Tengo entendido que muchas familias han confirmado su asistencia. Parece que tu madre planea hacer la fiesta de navidad igual que todos los años: grande y suntuosa.
Scorpius entornó los ojos y se dejó resbalar un poco por el asiento, de su mochila sacó un libro.
- Será una fiesta bastante larga. Tendremos que hacer algo al respecto.- dijo Alexander en tono juguetón.
Los ojos de Scorpius brillaron con malicia.
- Estoy de acuerdo.- dijo el rubio, y luego miró a Rose incisivamente - Sé que no te gusta salir de los esquemas, Weasley, pero de la fiesta de mi madre vamos a terminar escapándonos. Es mejor que lo sepas desde ahora; a menos de que quieras quedarte… quién sabe, quizás te gusten ese tipo de fiestas.
Rose miró a Scorpius con frialdad y dureza, pero se mantuvo callada. Alexander y Megara intercambiaron miradas de incomodidad y durante algunos segundos nadie dijo nada. Rose estaba rígida como una estatua, conteniendo algo que parecía querer brotar por sus grandes ojos azules, mientras que Scorpius permanecía relajado, pero con una actitud ruda y provocadora marcada en sus ojos metálicos. Luego de algunos segundos, Alexander habló:
- No parece gustarte ese tipo de fiestas aburridas y de etiqueta.- le dijo a Rose, sonriéndole.
- No, no me gustan.- dijo la pelirroja sin dejar de mirar al rubio.- Pero Scorpius tiene razón: soy aburrida.
Scorpius cortó el contacto visual y abrió el libro que había sacado minutos antes. Alexander pegó la espalda contra el asiento.
- Lo dudo mucho; si eres capaz de hacer caer a Scorpius en una trampa tienes que ser la diversión en persona.- dijo el castaño. Scorpius le dedicó una mirada asesina a su amigo y continuó revisando el libro hoscamente. - ¿Cómo sueles pasar navidad?
Rose perdió la mirada en un punto vacío y sonrió como si el solo recuerdo de sus navidades pasadas fuera igual que un abrazo o un beso en la mejilla.
- No es nada especial. En navidad siempre nos reunimos todos los Weasley y los Potter en la madriguera.
- ¿Madriguera?- preguntó Megara.
- Sí... Es una casa pequeña en donde viven mis abuelos, Arthur y Molly Weasley.- Rose sonrió con calidez.- En verdad es un lugar bastante estrecho y no sé cómo hacemos para entrar todos allí, pero nos las arreglamos. A veces dormimos cuatro en un mismo cuarto.- rió e hizo una pequeña pausa. - La noche de navidad, mi abuela cocina para todos. A veces yo la ayudo a poner la mesa; a veces lo hacen mis primos. Comemos en una mesa larga y angosta y es un desastre porque todos hablan a la vez y cada grupo tiene conversaciones distintas…aún así, a pesar del caos, es una cena deliciosa. Al final, nos sentamos en la sala junto a la fogata e intercambiamos regalos. Luego contamos historias...es algo así como una tradición. Mi abuelo suele enseñarnos lo último en tecnología muggle...todo con una taza de chocolate caliente en las manos.- Rose suspiró y se llevó algunos rizos sueltos atrás de la oreja. - No es nada especial, como les dije; no es una fiesta elegante ni concurrida, pero es una reunión familiar cálida y tibia...tal vez aburrida, sí, pero me gusta. Me gusta mucho.
Todos guardaron silencio, un silencio que contrario a los anteriores no fue tenso ni incómodo, sino comprensivo y de aceptación. Tanto Alexander como Megara parecían imaginar en sus mentes el escenario que les había descrito Rose; en cuanto a Scorpius, él había dejado el libro a un lado a la mitad del relato de la gryffindoriana. Tenía sus ojos clavados en Rose, pero esta vez su mirada estaba clara y despejada de todo tipo de resentimiento. Las palabras de la pelirroja habían calado hondo en él, de forma suave y a la vez definitiva. No pudo evitar conmoverse con la forma en la que la pelirroja había descrito a su familia: era evidente que Rose extrañaba a sus familiares y que, gracias a él, aquella navidad la pasaría rodeada de extraños. Por un momento, Scorpius se sintió culpable. No solo la había forzado a compartir navidad con desconocidos, sino que también la pondría en un ambiente totalmente ajeno al de la calidez de la madriguera. Una navidad en la mansión Malfoy era –él lo sabía mejor que nadie- lo opuesto a la descripción de Rose.
Al lado del slytherin, Megara sonrió.
- Vaya, esa es una navidad bastante distinta a la que nosotros estamos acostumbrados.- dijo la morena. - Si yo tuviera una así esperándome en casa, no iría a la de Scorpius.
Alexander se cruzó de brazos.
- A mí no me suena para nada una navidad aburrida ni ordinaria.- comentó. - ¿Tú qué opinas Scorpius?
Rose miró por la ventana, segura de que se aproximaba un comentario ácido por parte del slytherin. Sin embargo, se sorprendió cuando lo escuchó decir:
- No.- dijo el rubio, y Rose lo miró directamente a los ojos. – No es una navidad ordinaria.- Scorpius evitó mirar a la pelirroja. – Suena bien.
Rose guardó silencio, pero continuó mirando a Scorpius durante algunos segundos. No necesitó más para saber que él había decidido dejar a un lado las agresiones. Pudo verlo a través de sus ojos metálicos; aún estaba molesto, pero por alguna extraña razón parecía haber perdido todo interés en continuar aguijoneándola con comentarios sarcásticos e hirientes. Rose sonrió por dentro: tal vez el rubio se había cansado de sacarle en cara lo de la segunda prueba. En realidad, no tenía idea de por qué Scorpius había dejado de agredirla, pero se sentía mucho mejor ahora que él había vuelto a ser cordial a pesar de su mal humor.
El slytherin volvió a su libro y maldijo por dentro. A ese punto, el rubio encontraba cómica su debilidad por Rose; era evidente que no podía enojarse por mucho tiempo con ella, simplemente no podía. No sabía si era debido a la inocencia de la gryffindoriana, o a esa aparente delicadeza que él había comprobado escondía también astucia y audacia. Rose, a veces, le inspiraba ternura, y otras, rivalidad y exasperación. Era una mezcla que lograba llevarlo de un extremo a otro, y se preguntó si en realidad no era eso lo que más le agradaba de ella; lo único que le agradaba.
Unas horas después, cuando el tren se detuvo en la estación de Londres, Rose contuvo la respiración. El primer pensamiento que cruzó por su cabeza fue el de cómo haría para salir sin ser vista por los cientos de estudiantes que en ese momento se disponían a abandonar el tren. Scorpius notó y sintió su preocupación. De inmediato entendió cuál era la causa, como si cada día se le hiciera más sencillo navegar por los sentimientos de la gryffindoriana; como si, en realidad, los sentimientos de ella fuesen suyos.
- Tranquila Weasley.- dijo el rubio, guardando su libro en su mochila y colocándose una chaqueta de cuero negro. - Lo tengo todo planeado. Nadie te verá en mala compañía.
Megara frunció el ceño.
- ¿Nosotros somos la mala compañía?- preguntó.
- Absolutamente.- dijo Alexander, sonriendo. - Lo siento Rose; trataremos de no pervertirte mucho estos días.
Rose pestañeó varias veces y mantuvo sus ojos azules bien abiertos, como si estuviera algo asustada por lo que el castaño le había acabado de decir.
Alexander rió.
- En verdad eres tierna, Rose.- le dijo el castaño. Scorpius lo miró fugazmente de una forma enigmática que nadie comprendió. Se puso de pie y observó en silencio por la ventana cómo la plataforma empezaba a llenarse. Rose entendió de repente el plan de Scorpius: pensaba esperar a que todos abandonaran el tren y entonces, solo entonces, bajar para mezclarse con la gente que transitaba de un lado a otro en la estación. Suspiró. Solo esperaba que nadie la viera, porque si sus primos, o aun peor, sus padres se enteraban de que había mentido, estaría en serios problemas.
Después de media hora, Scorpius abrió la puerta del compartimento y le hizo una señal a todos con la cabeza para que lo siguieran. Los cuatro caminaron en fila india hasta la salida y una vez afuera, Rose respiró el aire fresco de Londres. Por un momento creyó estar cerca de su casa, con sus padres. No sabía por qué estaba tan melancólica; era la primera vez que extrañaba tanto a sus padres. Debía ser fuerte si quería soportar los tres días de vacaciones navideñas.
Los slytherins y la gryffindoriana cruzaron la estación a paso rápido. Scorpius encabezaba al grupo, Megara lo secundaba y Alexander se encontraba justo antes de Rose, quien lo precedía. Mientras avanzaban, el castaño se volteó y sacó de su bolsillo un gorro verde que le colocó a la pelirroja en la cabeza. Por unos instantes Rose no pudo ver nada porque el gorro le tapó más de la mitad de la cara; se lo acomodó sin parar de caminar.
- Nadie te podrá reconocer si no te pueden ver.- dijo Alexander, con astucia.
Giraron en una esquina y junto a una cerca metálica un hombre alto, de bigote negro y alargado, con la vestimenta de un mayordomo hizo una reverencia a Scorpius. El slytherin le dio una palmada en el hombro.
- Hola Pete.- dijo el rubio.
- ¿Cómo está, amo?- dijo el mayordomo. - Qué bueno verlo. Y también a ustedes, señorita Megara, señor Alexander.
- Vamos Pete.- dijo Alexander, desordenándole el cabello perfectamente peinado. - Deja las formalidades a un lado con nosotros.
- Es inútil.- comentó Scorpius.- He tratado de hacer que se comporte como un ser humano normal desde hace años, pero no tiene caso.
Megara rió y Rose esbozó una sonrisa amistosa. Scorpius fijó sus ojos metálicos en el gorro que la pelirroja tenía aún sobre su cabeza y se lo quitó.
- ¿Y esto?- le preguntó, mirando con desagrado el gorro que sostenía en su mano. - No sé nada de moda, Weasley, pero esto es más grande que tu cabeza.
Rose se sonrojó.
- Yo se lo puse.- dijo Alexander. - Ya sabes, para camuflarla. Además, creí que se vería graciosa.
Rose frunció levemente el ceño y Alexander sonrió ampliamente. A Scorpius no pareció hacerle gracia alguna nada de aquello y se dirigió a Pete:
- ¿Te encargaste ya del equipaje?
- Sí, todo está listo amo.- respondió el mayordomo.
- Te presento a…- el rubio se detuvo unos segundos, pensando en cómo definir a la gryffindoriana. -… una invitada.- dijo Scorpius, finalmente.- Se llama Rose. Rose, Pete. Pete, Rose.
Pete hizo una pequeña reverencia que la pelirroja sintió innecesaria.
- Será un honor atenderla.- dijo el mayordomo.
Scorpius le lanzó el gorro a Alexander y éste se lo puso. Luego miro a Pete:
- Bien, vámonos.- le dijo.
- Como guste, amo.- dijo el mayordomo, sacando de su bolsillo un reloj antiguo y aparentemente liviano.
Todos se coloraron alrededor del reloj, Rose los imitó.
- A la cuenta de tres.- dijo Scorpius. - Uno...dos...tres.
Y Rose sintió un torbellino de viento abrazándola y absorbiéndola por completo.
Segundos después apareció frente a unas rejas altas de hierro bañadas en plata con esculturas de ángeles de ónix montados en dragones a los costados. Era, sin duda alguna, la entrada más elegante y suntuosa que hubiese visto jamás. Los slytherins caminaron hacia las rejas y éstas se abrieron de par en par. Rose se apresuró a seguirlos. Transitaron por un camino de piedras grises y rodeados de un jardín con arbustos perfectamente podados y fuentes móviles. No tardaron mucho en alcanzar las escaleras de la entrada de la mansión Malfoy. Rose no pudo evitar abrir la boca cuando vio las dimensiones del lugar. La casa de Scorpius era seis o siete veces su casa. Quizás más. Nunca fue buena con los cálculos.
Pete les abrió la puerta principal y varias mucamas formaron una columna de recepción en la entrada. Scorpius ni siquiera las miró al ingresar y dejó caer su mochila en un sillón del lobby. Rose aún no conseguía cerrar su boca: el techo de la mansión estaba cubierto por pinturas renacentistas y góticas que se movían y deslizaban de un lado al otro; las mesas, las sillas, los muebles y las lámparas parecían haber sido sacadas de un cuento, eran elegantes y sofisticadas, también con piezas de ónix. Impresionantes.
Alexander puso su dedo índice bajo la barbilla de Rose y le cerró la boca con delicadeza. Scorpius alcanzó a verlo y se sintió irritado.
- Síganme.- les dijo y se dio la vuelta.
- Scorp no parece de buen humor hoy.- dijo Megara mientras tomaba la mochila que el rubio había dejado y abandonaba el lobby. Alexander y Rose la siguieron.
Cuando la pelirroja entró a la sala sintió el impulso de volver a abrir la boca, deslumbrada, pero se contuvo. Más que una sala, lo que tenía enfrente era un enorme salón con distintas estancias que de por sí eran bastante grandes de forma independiente. De una de esas estancias una mujer alta, rubia y bastante hermosa emergió, casi corriendo, y con una sonrisa en los labios.
- ¡Querido! Te esperábamos.- dijo Astoria mientras cruzaba el salón con los brazos abiertos, dispuesta a abrazar a su hijo; pero entonces se detuvo. Sus ojos turquesa se fijaron en Rose como si hubiese visto un nuevo mueble en medio de su sala, uno que no había comprado y que encontraba curioso e interesante.
Scorpius tomó a Rose del brazo y la haló hasta colocarla a su lado.
- Olvidé avisarles que este año decidí invitar a alguien más.- dijo Scorpius, y luego dirigió la mirada hacia un mueble de cuero negro que se encontraba al fondo. - Hola papá.
Rose pudo ver en la última estancia a un hombre que la hizo contener la respiración. Supo de inmediato que aquel hombre de cabello platinado, de ojos grises y perfil respingado, de traje oscuro y claramente refinado y de expresión ilegible, era Draco Malfoy; el mismo del que su padre le había hablado durante años, aquel que había permitido que su madre fuera torturada sin piedad alguna, aquel que durante años despreció a los mestizos, aquel que seguramente aún tenía un tatuaje en su antebrazo como souvenir de su ideología pasada; como marca de errores indelebles. A Rose se le congeló la sangre. Draco bajó el periódico que tenía entre sus manos y miró a su hijo durante breves segundos, luego sus ojos grisáceos se clavaron en Rose y su expresión cambió perceptiblemente; fue como si hubiese visto un fantasma. Su rostro se tensó y en cuestión de instantes empalideció. Rose le sostuvo la mirada durante algunos segundos y luego la bajó al suelo. Tragó saliva: tenía un grito ahogado en la garganta.
- Rose Weasley Granger, ¿cierto?- dijo Astoria, llevándose una mano a la barbilla. Rose pensó que era, sin duda, una de las mujeres más bellas que hubiese visto jamás. Draco Malfoy también era indescriptiblemente apuesto. "Así que de ellos sacó Scorpius toda su monstruosidad", pensó la pelirroja. Astoria sonrió. - Vaya, qué sorpresa.
Astoria miró brevemente a Draco, y éste le devolvió la mirada. Scorpius hundió las manos en los bolsillos de su jean.
- ¿Y puedo saber a qué se debe ésta...grata sorpresa?- preguntó Astoria.
Scorpius miró a su madre con naturalidad.
Estamos en el mismo colegio, vamos en el mismo año, competimos juntos…. ¿Qué es lo sorprendente?
Rose contuvo un respingo. Apellido de oro, hija de héroes, casas opuestas… ¿A dónde se habían ido los argumentos que Scorpius había esgrimido contra ella unas pocas horas atrás?
Astoria guardó silencio por unos segundos y luego le sonrió a Rose.
- Disculpa que esté sorprendida, Rose.- le dijo con amabilidad.- Es solo que...bueno, aún no acabo de entender.
Scorpius se mantuvo sereno.
- No sé qué te resulta tan difícil de entender.- le dijo.
Astoria miró a su hijo con escepticismo.
- Creo que estás jugando conmigo, Scorpius Hyperion Malfoy.- le dijo, esta vez en un tono más firme y colocando ambas manos en su cintura. - Sabes muy bien por qué me parece extraño. Tú también lo entiendes, ¿verdad Rose?
Rose asintió.
- Sí, señora Malfoy.- dijo la gryffindoriana con una voz suave. - Ciertamente, ésta no es una situación común u ordinaria.- Rose hizo una pausa e inclinó la cabeza ligeramente hacia Astoria y Draco. – Un gusto conocerlos.
Draco se mantuvo incólume en su lugar. Su mirada y expresión habían vuelto a ser las de en un principio. Astoria sonrió.
- El gusto es nuestro, querida.- dijo ella, y luego miró a Scorpius. - ¿Puedo saber, entonces, a qué se debe a que hayas invitado a Rose Weasley a nuestra casa de forma tan inesperada?- luego miro a Rose. - Si lo hubiese sabido, querida, habría preparado una bienvenida mucho más apropiada. Megara y Alexander son casi de la familia, y los tratamos en poco con ligereza por eso. En tu caso, debió haber sido diferente. Discúlpanos.
Rose meneó la cabeza.
- No se preocupe, de hecho, soy yo quien debe disculparse por no haberme asegurado de que Scorpius les informara de mi visita.- dijo la pelirroja, dedicándole una mirada asesina al rubio. ¿Cómo podía no haberle dicho a sus padres que ella iría? ¿Qué clase de persona llevaba a alguien a pasar navidad con su familia sin avisar? Seguramente Scorpius no le había dado gran importancia al hecho, pero Rose sí se la daba. De reojo miró a la estancia en donde permanecía el papá de Scorpius; se preguntó qué era lo que Draco Malfoy estaría pensando en aquel instante. ¿Estaría molesto? ¿Incómodo? Indiferente era seguro que no, pues su expresión al verla fue extraña y Rose incluso se atrevía a pensar que negativa. A Draco Malfoy no debía hacerle ninguna gracia tener a la hija de sus ex enemigos dentro de su propia casa recordándole con su presencia un pasado que deseaba olvidar.
- ¿Y bien, Scorpius?- preguntó Astoria. - Estoy esperando una explicación coherente.
Scorpius dio un respingo y, repentinamente, agarró la mano de Rose entre la suya. La pelirroja contuvo la respiración al sentir el pulgar del slytherin acariciándole la palma. Rose sintió su corazón saltar dentro de su pecho por el contacto, y aún sin salir de esa primera impresión, Scorpius le arrojo otra bomba:
- La invité porque estamos juntos.- dijo el slytherin. - Estamos saliendo.
El rostro de Rose se enrojeció bruscamente; Megara y Alexander se miraron con los ojos bien abiertos, conteniendo las ganas de reír mientras que Astoria había dejado caer su mandíbula por la sorpresa. Draco Malfoy se mantuvo inexpresivo y en silencio, pero miraba a su hijo como si quisiera leerlo por dentro. Scorpius no soltó la mano de Rose ni por un instante. Sus ojos metálicos estaban fijos en los de su madre.
- Espero que eso haya aclarado tus dudas, mamá. - dijo el rubio. - Ahora, si nos disculpan, iremos a acomodar nuestras cosas. Además, quiero mostrarle a Rose la mansión.
Astoria cerró su boca con gran dificultad, y aún estupefacta, logró decir:
- Sí, claro...pero, bajen pronto. La cena será servida a las 8.
- Aquí estaremos.- dijo Scorpius encaminándose a las escaleras sin soltar a Rose, quien aún no salía del asombro de lo que acababa de ocurrir. Casi sin percatarse de ello, la gryffindoriana empezó a subir los escalones guiada por la mano de Scorpius enlazada a la suya y seguida por Megara y Alexander, alejándose del gran salón de los Malfoy hasta perderse de vista.
6.-
Scorpius avanzó por un largo pasillo y se detuvo frente a la puerta de su habitación. Rose se soltó bruscamente de él y lo miró con el ceño fruncido. Megara y Alexander rieron esta ve con soltura.
- Vaya, Scorp. Si lo que querías era moverle el piso a tus padres, créeme que lo conseguiste. - dijo la morena, apoyándose contra una pared.
- Eso sí que fue inesperado.- comento Alexander. - Por un momento creí que tu madre se había petrificado sola.
Rose se cruzó de brazos. Scorpius la miró cansinamente.
- Rose, si vas a reclamarme hazlo ahora; así nos ahorraremos tiempo.- le dijo el rubio.
Rose lo miro con severidad.
- ¿Cómo pudiste mentir con algo así?- empezó la gryffindoriana. – No solo no les avisaste a tus padres que yo vendría, sino que además también les mientes y me metes a mí en la mentira. ¿Qué se supone que haremos durante estos tres días? ¿Fingir?
Scorpius aplaudió dos veces con sarcasmo.
- 20 puntos para gryffindor.- dijo el rubio. – Sí, eso es lo que haremos: fingir. Mentí porque era la única forma de cerrarle la boca a mi madre y divertirme en el proceso. ¿Contenta?
- Admitiré que fue divertido.- dijo Alexander. - Pero Rose tiene razón, les costará no levantar sospechas.
- Será todo un problema.- dijo Megara.
Scorpius entornó los ojos.
- Nos las arreglaremos.- dijo con confianza. - Además, Rose es muy buena actriz; después de todo, me engañó a mi.
Rose miró a Scorpius con malhumor.
- Eso es porque tú eres fácil de engañar.- le dijo, ácidamente.
Alexander y Megara rieron ante la respuesta de la gryffindoriana. Scorpius agudizó la mirada y se cruzó de brazos.
- Weasley, tu carácter está empezando a irritarme.- le dijo.
Rose miró hacia otro lado, disgustada. Megara le sonrió.
- Nunca pensé que diría esto, pero me caes bien Rose.
Scorpius dio un respingo.
- Ya que te cae tan bien, enséñale dónde dormirá y dale un paseo por la mansión.- le dijo a Megara. - Nos encontramos a las 8 en el comedor. No lleguen tarde, ya saben como es mamá.
Antes de entrar a su habitación, Scorpius miró a Rose brevemente. Luego desapareció.
Megara lanzó un suspiro.
- Bien, sígueme.- le dijo a Rose, y después miró a Alexander. - Nos vemos Alex.
- Nos vemos.- dijo el slytherin. - Nos vemos Rose.
Rose le sonrió y lo vio ingresar a una habitación aledaña a la de Scorpius.
- Te van a gustar los cuartos. Son grandes y muy cómodos. - dijo Megara.
Rose y ella caminaron unos cuantos metros por ese pasillo y luego se detuvieron. Megara se paró junto a una puerta y le señaló a Rose otra que estaba justo enfrente.
- Tu habitación será la que está frente a la mía. Está acomodada para chicas. No preguntes por qué. Es una larga historia del pasado de Scorpius que tuviste la suerte de no conocer.- dijo Megara, y abrió la puerta de su habitación. Sin embargo, en la entrada estaba el equipaje de Rose. La morena frunció en ceño.
- Qué raro, las mucamas debieron haberse equivocado.- se llevo una mano a la cabeza, pensativa. - Mejor quédate con mi habitación, ya que tus cosas están aquí...
- Puedo moverlas si quieres.- ofreció la pelirroja.
- No, no importa. Las habitaciones son iguales, y además, mis cosas ya deben estar acomodadas en el otro cuarto. ¿Te parece si nos vemos aquí en unos diez minutos? Te mostraré la mansión.
- Está bien.- dijo Rose. - En diez minutos, entonces.
Megara le sonrió y entró la recámara que había estado destinada para Rose.
Rose entró a la que siempre había sido de Megara.
Unos metros más allá, Scorpius, en su habitación, se dejó caer sobre la cama y sonrió. Mentirle a sus padres había sido no solo entretenido, sino una justa venganza por todo lo que le ocultaban sobre sus abuelos y sobre el pasado de su familia. Había llevado a Rose a su casa también por eso: porque sabía bien que era la hija de los ex compañeros y enemigos de colegio de su padre, y quería ver la reacción que tendría al verla. Notó que su padre empalideció y tampoco se le pasó por alto que no dijo ni una sola palabra durante el tiempo que estuvieron en el salón. Tal vez la presencia de Rose en la mansión lograría hacer que sus padres reaccionaran de alguna forma, y acabaran respondiendo algunas de sus muchas preguntas.
Scorpius se levantó de la cama y se quitó la camisa. Entonces recordó que Megara tenía aún su mochila, y soltó un respingo.
No importaba: sabia muy bien cómo llegar a ella.
La mansión Malfoy era antigua a pesar de su apariencia, y una de las cosas que a Scorpius más le gustaban de ella era que varias de las habitaciones estaban conectadas unas a otras por pasillos ocultos en los armarios. Megara y Alexander también encontraban esta particularidad de Malfoys manor bastante interesante; de niños utilizaron esos pasadizos para jugar hasta el hastío, y ahora, los usaban para ir de una habitación a otra con mucha más facilidad. Jamás habían tenido problemas con la privacidad: los tres conocían los peligros y por eso tomaban las precauciones necesarias.
Esa era la regla.
Scorpius abrió la puerta de su armario y entró. Tras susurrarle algo al muro, éste se abrió dándole paso a un túnel oscuro. El slytherin ingresó a paso firme, no necesitaba ver por donde caminaba; se conocía el lugar de memoria y habría podido transitarlo a ojos cerrados. Pronto se detuvo frente a una puerta de madera y estuvo a punto de empujarla cuando sus ojos metálicos vieron por una pequeña rendija algo que lo confundió: sobre la cama estaba una maleta que no era la de Megara. Scorpius hesitó y permaneció quieto unos segundos.
Entonces, del baño salió Rose.
" ¿Qué hace ella en el cuarto de Megara?" Pensó el slytherin.
Rose se detuvo frente a una cómoda y se llevó la mano derecha a la cabeza. Haló el listón azul y lo soltó.
Scorpius no se movió de su lugar.
El cabello rojo sangre de Rose cayó como resórteres por sus hombros y por su espalda, y éstos rebotaron y tomaron volumen de inmediato. El rubio se quedó prendido del color y la forma intensa de ese cabello. El olor a fresas y pétalos atravesó los resquicios del armario y llegó a Scorpius como una caricia. Cerró los ojos. Por Merlín, Rose olía como deberían oler todas las mujeres del mundo.
Scorpius volvió a abrir los ojos y todo su cuerpo se tensó.
Rose se había quitado la blusa.
Durante varios segundos se mantuvo absolutamente quieto, con el cuerpo detenido, temiendo que el más leve sonido lo delatara. Supo de inmediato que sin quererlo, sin planearlo o premeditarlo, había acabado haciendo algo indebido, pero era demasiado tarde para retroceder. Tenía miedo que algún ruido hiciera a Rose consciente de su presencia. Se humedeció los labios. La piel de los brazos, hombros, cuello y vientre de Rose era resplandeciente, visualmente suave y color leche. Tenía un brasier color piel, y sus senos se abultaban en él apretados, urgiendo por salir. Scorpius sintió algo caliente quemándole el vientre, y luego sintió cómo más abajo su cuerpo respondía involuntariamente a lo que veía. Podía bajar la mirada y acabar con la interrupción a la privacidad de Rose, podía retroceder; el problema era que sus ojos se habían quedado prendidos a la piel, las formas, las suaves y delicadas proporciones de Rose. Sus ojos metálicos se pasearon por los senos de la gryffindoriana, los cuales no eran grandes, pero tampoco pequeños; tenían, -él calculaba- la medida exacta que su mano podría cubrir si los sostuviera con las palmas abiertas. Sintió como si la garganta se le hubiese secado por completo: jamás habría imaginado que esas proporciones delicadas y ligeras le resultasen tan atractivas, pero así era.
Abajo, su cuerpo ardía.
Rose caminó hacia su maleta y la abrió, de ella sacó un vestido de día de color algo rosáceo, y lo puso sobre la cama. Se llevó las manos al botón de su jean, y lo soltó. Scorpius tragó saliva. Despreocupadamente, Rose se sacó el jean dejándolo caer al suelo.
Al slytherin se le fue todo el aliento.
Los ojos de Scorpius recorrieron con intensidad las piernas largas y delgadas de la pelirroja. Eran esbeltas, firmes, y conducían en curvas elegantes a un trasero pequeño pero que parecía haber sido esculpido en mármol blanco: a simple vista podía asegurar que era firme y suave. Las curvas de su cadera y su estrecha cintura eran un deleite. Sus muslos subían como su hubiesen sido dibujados hacia la pelvis de la pelirroja. La forma de su sexo se marcaba tenuemente en su ropa interior.
La respiración de Scorpius se volvió pesada.
Cuando Rose se agachó para deshacerse completamente del jean, Scorpius contuvo un sonido gutural que provenía desde el fondo de su pecho. Su corazón había vuelto a latir, pero desbocadamente. Sentía como si un incendio se hubiera prendido en su interior y estuviera consumiéndolo. Hasta ese momento había olvidado cuánto tiempo tenía de no ver a una mujer desnuda. Ya habían pasado más de seis meses, y la abstinencia, era evidente, lo estaba afectando. Tenía que alejarse de Rose. Por su propio bien tenía que hacerlo.
Entonces, vio a la gryffindoriana detenerse. Sus ojos azules parecían extrañados, confundidos. y llevarse una mano al pecho y respiró profundamente, luego se llevo otra mano al vientre y cerró los ojos. De entre sus labios semi abiertos se escapó un suspiro.
Scorpius se paralizó y sintió un nuevo golpe de lujuria golpearlo en la parte baja de su cuerpo. Rose, así como estaba, -ni siquiera se había desudado por completo- , le resultaba una tentación demasiado grande. Por un momento Scorpius sintió algo parecido al miedo, porque no podía reconocer las reacciones e impulsos de su propio cuerpo. Estaba experimentando una sensación extraña, intensa, que crecía y estaba a punto de escapársele de las manos. Pudo ver cómo Rose empezaba a respirar agitadamente también, con una mano en el pecho y otra en el vientre; los labios semi abiertos, el cabello cayéndole por la espalda como fuego…
Scorpius lo entendió: Rose lo estaba sintiendo. Rose estaba sintiendo su deseo.
"Maldita sea" pensó el slytherin. ¿Cómo podía haber olvidado que todo lo que él sentía con intensidad, ella también podía sentirlo? Tenía que salir de allí antes de que fuera demasiado tarde.
Scorpius retrocedió lentamente y luego, cuando lo creyó seguro, apresuró el paso a través del túnel hasta llegar a su armario. Una vez en su habitación, pegó ambas manos a la pared y respiró profundo, tratando de tranquilizar a su cuerpo, pero no hubo caso; el fuego continuaba ardiendo. ¿Cómo era posible que el cuerpo de Rose le causara esas sensaciones? Ni siquiera la había visto totalmente desnuda, y su figura no era la octava maravilla. Como Rose había muchas. Scorpius había tenido a chicas bajo sus sábanas con cuerpos mucho mejores, mucho más seductores que el de la gryffindoriana. Y sin embargo, en ese momento, sentía que hubiera cambiado cada uno de esos cuerpos por poder poner sus manos en el de Rose.
Scorpius caminó hacia el baño y se encerró en él. Dio vueltas alrededor del lugar como un animal enjaulado, tratando de pensar en cosas que hicieran que su hemisferio sur volviera a dormirse; pero era imposible. La imagen de el cabello rojo de Rose suelto sobre su espalda desnuda, y su piel libre de casi toda la ropa que solía cubrirla y ocultarla de las miradas del mundo, volvía a su mente para recordarle que nadie más había visto ese cuerpo tan de cerca, tan detenidamente como él. Casi la había devorado con la mirada, a pesar de la culpa que sentía por no haber podido retroceder a tiempo. "Genial, ahora eres un asqueroso perdedor que espía a chicas vírgenes por un maldito agujero", pensó, y se pasó una mano por el rostro.
No podía, no podía calmarse.
Se sacó el jean y abrió la llave de agua fría de la ducha. Una vez que se despejó de toda su ropa, se metió en el chorro de agua helada y contuvo la respiración cuando ésta le congeló hasta los huesos. Aún así, la imagen de Rose en su cabeza seguía siendo lo suficientemente fuerte como para mantener viva la llama en su vientre y en su zona baja. Ç
- Maldita sea.- soltó, empapado.
Lentamente se llevó una mano a la zona baja de su cuerpo y empezó a moverla. Cerró los ojos y evocó las formas del cuerpo de Rose en su memoria. Una oleada de placer estremeció su cuerpo y contuvo un gemido. Imaginaba sus manos enredadas en el cabello de Rose y su lengua recorriendo el contorno de aquellos senos que había visto a medias. La imaginó con los ojos cerrados, repitiendo su nombre entre suspiros, con los labios semi abiertos, pura e inocente, sin saber de dónde provenían todas esas sensaciones que él, sólo él, le estaba haciendo descubrir.
Tras unos cuantos movimientos, terminó soltando un gemido ronco de frustración y deseo contenido; todo su cuerpo quedó trémulo, acalorado a pesar del agua fría que seguía bañándolo, y en su mente la imagen del cuerpo de Rose quedó tatuada, sin saberlo, de forma permanente.
