XIII
Inasa Yoarashi
Las suaves olas llegaban como un murmullo al castillo real de Dheas, siendo acompañadas por la brisa salina que se colaba por las ventanas. Aquella tarde, el salón del trono tenía las puertas abiertas de par en par, brindando una vista inigualable a la familia real y su corte de un crepúsculo lejano cuyas tonalidades iban desde amarillo dorado hasta un azul intenso, mezclándose mientras el sol parecía sumergirse en las aguas del mar.
El rey Inasa se encontraba un tanto inquieto tras la noticia de Ionad llegada durante el mediodía. No le preocupaban tanto los gobernantes del reino central pero si la posibilidad de que pudiese ocurrir algo parecido en sus tierras. Miraba el ocaso taciturno, apenas prestando atención al delicado teñir de arpa acompañada del laúd y una flauta. El temor a tener que lidiar con una catástrofe tras años de paz era inminente, más prefería ocultarlo de los presentes con una actitud enérgica. Fue entonces que sintió a alguien abrazarse de su fornido brazo. Ese movimiento, aunque sutil, lo sacó de su burbuja, suavizando la expresión de su rostro.
— Estas muy tenso, querido primo — Dijo la princesa en voz baja, dedicándole una mirada de preocupación— ¿acaso no te está gustando la pieza musical?
Inasa esbozó una sonrisa pero por dentro sentía como todo se estremecía con tan solo escucharla hablar. La princesa Momo era la doncella más hermosa en Dheas, tal vez incluso de todo el continente: además de tener un físico que podía dejar a cualquiera sin aliento, con su sedoso cabello negro y mirada tierna, tenía un personalidad dulce y poseía los sentimientos más puros.
—No es eso— Explicó de buena manera, deleitándose con los oscuros pero brillantes ojos de la princesa— solo me encuentro cansado; no dormí muy bien anoche.
— Ya veo... supongo que es cierto lo que se dice —Expresó gentil— un buen rey es aquel qué pasa las noches en vela por su pueblo.
Las palabras de la doncella parecían formar una cadena que daba vueltas alrededor de su corazón y lo apretaba con fuerza. Era tan inocente como para darse cuenta del poder que tenía con tan solo abrir la boca; si ella pudiese pedir cualquier cosa, aun siendo el acto más ruin y despreciable, él haría lo que fuera para cumplirlo.
La música cesó y el salón se llenó de aplausos. El rey se puso de pie: con su alta estatura y figura imponente daba la impresión de un hombre de cuidado, aún con esa sonrisa sincera en sus labios al unirse en palmas a los demás.
—¡Magnífico! ¡Excelso! Me inclino ante ustedes por su interpretación—y en un movimiento que sobresaltó a toda su corte, hizo una reverencia extrema, llegándose a golpear la cabeza contra el suelo.
La princesa Momo se levantó de su lugar para ayudarlo a incorporarse— ¿te encuentras bien?— Preguntó consternada, pasando sus finos dedos por el cabello corto del monarca.
El labio inferior del rey tembló y con cuidado, quito las manos de la doncella, aprisionándolos entre las suyas — Sí.
La princesa le sonrió, aliviada al sentir como poco a poco le iba soltando hasta dejarla libre. Los ojos de la corte estaban posados en ambos, reflejando entre alivio y nervios; el rey solía tener arranques efusivos que ponían tensos a todos.
Una vez se tranquilizó, el monarca y su prima procedieron a tomar asiento, pero justo cuando Momo se iba a sentar, escucho algo caerse cerca suyo. Bajó la mirada y con terror se agachó para tomar del suelo ese objeto tan preciado: Un pequeño retrato pintado al óleo de su prometido, el príncipe Shoto de Ionad. Llevó la pequeña pintura a su pecho unos segundos antes de guardársela entre sus finas ropas y de nueva cuenta sentarse.
Inasa sintió como si una espina perforara su interior al ver esa escena. Ni siquiera lo conocía y trataba ese retrato como si fuera el príncipe en persona. Él solo sabía una cosa: si el tal Shoto se atrevía a hacerle daño a la princesa, aun fuera una simple lágrima, iba a pagarlo con creces.
— Sus majestades— Dijo el joven que tocaba el laúd tan pronto los aplausos se ahogaron— deseamos ser indulgentes y dedicar a la princesa nuestra última pieza.
El rostro de Momo se iluminó al instante.
— ¿Alguna canción que desee escuchar?—Le preguntó el músico sin quitarle la vista de encima a la princesa, cosa que a Inasa no le causó gracia.
— Eh... —La doncella se sonrojó— No sé si sería mucho pedir que tocaran "El sueño de la hija". *
El muchacho pareció extrañarse por la decisión, mas sonrió con gusto e hizo una suave reverencia antes de retirarse a hablar con sus otros dos compañeros para ponerse de acuerdo e iniciar a interpretar.
El Rey de Dheas tres hijas tenía
Una pintaba, la otra componía
La más chica de ellas, bordados hacía
Bordando, bordando, sueño le caía
Inasa volteo a ver de reojo a la princesa; tenía una expresión melancólica. Sabía lo mucho que significaba para su prima y por un segundo quiso intervenir al observar lágrimas queriendo brotar de sus ojos; le dolía verla llorar.
Su madre que la veía, hablarle quería
No me hables mi madre, no me interrumpas
Tuve buen sueño decía con alegría
Si Estabas soñando, yo te lo interpretaría:
Era una vieja canción de cuna que todo niño en Dheas había escuchado alguna vez en su vida, cuya melodía lenta y suave endulzaba los sueños de pequeños sin entender el verdadero significado que tenía.
Abrí la puerta y vi la luna llena
Miraba por la ventana y vi una estrella lejana
Fui al pozo y vi un tazón de oro
Con tres pajaritos picando el oro
Alguna vez su madre, la hermana menor del antiguo rey, llegó a canturrearla para él en las noches de tormenta, cuando el mar estaba picado y se estrellaba contra el risco donde se encontraba el castillo.
La luna llena es tu suegra
La estrella lejana es tu cuñada
Los tres pajaritos picando son tus cuñaditos
Y el tazón de oro es el hijo del rey, tu novio
Para una mujer de la nobleza, el mensaje era claro: su destino, aquello por lo cual estaban siendo criadas: casarse un hombre de su clase y concebir a la siguiente generación. Sin embargo, Momo era "afortunada", pues ya habían pasado siglos desde la última vez que una princesa sureña desposaba a un heredero al trono de Ionad, convirtiéndose así en la mujer más importante del continente, pues quien gobernaba Ionad se encargaba de fungir como aquel que gobernaba sobre las coronas de los otros reinos.
Al decir estas palabras llegaron carrozas a las puertas,
Y se la llevaron a tierras ajenas
Tal como decía la última estrofa, ella sería llevada a tierras ajenas cuando cumpliera la edad que el antiguo rey Yaoyorozu había pactado con el rey Enji Todoroki desde su nacimiento para casarla con su hijo menor, promesa que le pidió a él cumplir en su lecho de muerte, minutos antes de la ceremonia de coronación.
Al último tañer de cuerdas, la princesa se limpió la lágrima con un pañuelo y les aplaudió, complacida mientras otra preocupación, una que era añeja y le aquejaba más de lo usual, resurgía de manera silenciosa en la mente del rey: estaba cada vez más cercana la fecha de tener que verla ser arrebatada de su lado.
*Nota de autor: Me inspiré en una preciosa canción medieval de origen Sefardí del mismo nombre (aunque es mejor conocida como "El rey de Francia") para poder redactar este capítulo y adapté ligeramente la letra. Les dejo mi versión favorita con la letra original aquí, espero sea de su agrado.
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