¡Por fin llegó el año 2011! Comenzando con el pie derecho, viviendo la vida a full y con un nuevo capítulo de este fanfic. ¿Cómo la pasaron ustedes? ¡Se fijaron nuevas metas a cumplir? Espero que tengan suerte y fuerza de voluntad para llevarlas a cabo.
En lo personal yo no tengo otro propósito sino el de seguir escribiendo y ahorrar el dinero necesario para costearme una cirugía óptica porque siento que cada vez estoy más ciega, ¡Aunque no tengo para cuando! ^_^U
Por primera vez en el año… ¡Se abre el telón!
CAPÍTULO 14
EL RASTRO DE TU AMOR
22 de Diciembre.
A tan sólo dos días de que llegara la Nochebuena, Sasuke no mostraba ninguna excitación al respecto. Las pocas personas que le acompañaban no podían descifrar en qué pensaba cada vez que miraba por la ventana de la sala.
No prestaba atención al árbol ni a las vistosas decoraciones navideñas. Lo único que se había dedicado a observar era a Sakura, pero siempre en secreto. Pero ahora ella no estaba ahí, y ese era el motivo por el que se encontrara mirando el exterior, viendo cómo toda la vegetación se sumía en un letargo, justo como él lo había hecho con su matrimonio.
Arrepentido, lo estaba. Desde que vio el primer ultrasonido de Sakura y empezó a notar cómo su vientre se hacía más ancho, a Sasuke le invadió un enorme sentimiento de culpabilidad. Se despertaba por las noches anhelando el calor que sólo podía darle el cuerpo de su esposa, y a menudo condenaba la rudeza de su corazón. Intentaba corregir su mal carácter, pero siempre que lo creía dominado, surgía peor que antes. Sabía que él era capaz de hacer cualquier atrocidad cuando la efusión lo dominaba. De hecho, Sakura ya se había dado cuenta de ese gran defecto de la peor manera. Él la golpeó despiadadamente, y hasta con gusto.
Sasuke daba miedo, él mismo lo creía así. Temía que un día hiciera algo terrible y estropease su vida por completo, convirtiéndose en el aborrecimiento de todos a su alrededor. Ren Haruno era un vivo ejemplo a eso.
La soledad que se suponía que ya había aprendido a dominar mucho tiempo atrás comenzó a salir de Sasuke de tal forma que también le robaba su ánimo de vivir.
Debió haberle dicho a Sakura que no se fuera sin él. Cuando la vio salir por la puerta de enfrente quiso decirle que él podía acompañarla y serle útil. Pero era demasiado orgulloso para haber siquiera dicho un "que te vaya bien". ¿Y si le ocurría algo malo estando en otro continente? No, no podía darse el lujo de esperar hasta verla muerta para pedirle perdón. Algo tenía que hacer al respecto.
¿Pero qué?
—o—
Apenas bajó del avión, Sakura aspiró profundamente el aire helado de Tokio. Nunca pensó que llegaría a extrañar tanto su ciudad natal en sólo siete meses de ausencia, y una gran nostalgia la cubrió. Quería pensar que había vuelto para vacacionar y rodearse del amor de sus seres queridos…
Pero no era así.
—Sakura-chan, el auto nos está esperando. ¿Podrías avanzar trece pasos más? —le pidió Sasori, quien estaba detrás de ella.
—No necesito que cuentes mis pasos. Trae mis cosas y súbelas al coche.
—Sí, majestad… —repuso el pelirrojo sarcásticamente.
—No sé porqué demonios permití que me acompañaras —masculló Sakura, abordando el vehículo.
—Porque es parte de mi trabajo escoltarte a dondequiera que vayas —contestó Sasori, subiendo después de ella —. Además, yo sé que te agrado.
—Claro que no.
—Claro que sí.
La respuesta de Sasori era más que estúpida y carente de sentido. En los tres meses que tenía de conocerlo, él se había negado a explicarle exactamente en qué consistía su trabajo. Siempre le decía que era su deber servirle sólo a ella. La verdad era que Sasori la seguía como un perro guardián, cuidándole las espaldas, sin despegársele un solo segundo. Todo a costa de estarle tomando el pelo a cada rato. Quizás Sasuke lo había contratado especialmente para protegerla porque de otra forma, no estaría tan tranquilo de saber que él la acompañaba. Sólo esa explicación se le ocurría para el comportamiento que Sasori tenía hacia ella.
Mientras el auto hacía su recorrido a la mansión Haruno, Sasori observaba los edificios para grabarse bien el camino y evitar perderse. Ya había tenido la precaución de consultar un mapa pero era más sencillo ver las calles con sus propios ojos. Cuando vio la casa donde su patrona había crecido, se asombró. Al ser huérfano y pobre desde pequeño, Sasori encontraba impresionante la forma en que vivía la gente rica. Pero él no tenía interés en obtener una fortuna porque había aprendido a vivir satisfecho con las cosas simples de la vida, siendo la mecánica y la construcción de objetos sus actividades preferidas.
A Sakura, en cambio, le daba tristeza ver la fachada de su casa. Los jardines que antes lucían hermosos, ahora estaban marchitos y sin verdor, salvo por las gardenias, que le daban un poco de color al paraíso durmiente.
Cuando entró a la mansión, detecté un terrible silencio aún más grande que cuando vivía ahí. Nadie la recibió además de la tía Tsubaki, la cocinera, el jardinero y una sola criada que ella no reconoció. No le extrañó que no hubiera adornos navideños porque éstos habían quedado estrictamente prohibidos desde la muerte de su madre. La única vez en que Sakura osó poner un calcetín con el nombre de su padre, éste lo descolgó de un tirón y lo lanzó a la chimenea sin siquiera revisar su contenido. La tía Tsubaki la abrazó y la felicitó por su embarazo, pero no preguntó nada más porque aparentemente tenía prisa por deshacerse de la pesada carga que conllevaba el cuidar a un cascarrabias inválido. A Sakura le pareció raro porque su tía, una solterona majestuosa y amante del cotilleo, siempre se fijaba en cada detalle de las vidas privadas de la gente que conocía.
Mientras los demás subían las escaleras, Sakura no pudo evitar mirar el retrato de su madre. Extrañaba más que nunca el brillo de su largo cabello dorado, el hechizo de sus ojos verdes, l encanto de su melodiosa risa y el dulce aroma a flores y vainilla que de ella emanaba. Pero quien sin duda debía anhelarla más era Ren, el hombre que más la había querido en la vida, y que aún después de muerta seguía profesándole un ferviente amor.
Sakura percibió una pequeña irregularidad en el cuadro y en la baranda de la escalera. Pasó el dedo por él, detectando una fina capa de polvo.
—¿Por qué están tan sucios los muebles?
—Bueno, cielo, desde que tu padre salió del hospital hace dos semanas, las cosas ya habían cambiado bastante —explicó la tía, con una entonación que sugería vergüenza —. Sabes que no me gusta permanecer encerrada, porque de ser así me habría hecho monja, y ni qué decir de…
—Tía, no quiero ser grosera, pero te estás desviando de mi pregunta.
—¿Qué? Ah si, si, claro…
Sasori se rió a lo bajo. A su parecer, la tía Tsubaki era una señora mojigata pero con la habilidad de hacerlo reír.
—Cuando llegué aquí, Ren ya había despedido a la mitad de la servidumbre.
—¿Por qué?
La mujer explió que el perder la movilidad de sus piernas agrió aún más el carácter de Ren. A todo lo que hacían las doncellas le encontraba infinidad de desperfectos por mucho que ellas se esforzaban en no cometerlos. Que si sus camisas olían a perro muerto, que si las sábanas tenían una arruga, que si se tardaban en abrirle las cortinas, que si la comida sabía peor que la del hospital, en fin. Las sirvientas eran despedidas una por una. Después de que llegó la tía, el resto de las doncellas se iban por su propio pie, no deseando escuchar las injustas exigencias del señor Haruno.
Lo mismo ocurría con las enfermeras. Tsubaki Haruno había nacido para vestir santos pero no para atender a su hermano menor. Por eso lo primero que hizo ante la falta de servidumbre fue contratar una enfermera para que hiciera esa liturgia por ella. Pero ésta se fue de la mansión a los tres días de haber comenzado. Entonces contrató a otra, que no duró más de dos días. La tercera tampoco soportó el mal carácter del señor Haruno. La que peor lo pasó fue la cuarta porque cometió el gravísimo error de cortar las azucenas preferidas de Sayuri que se guardaban en un invernadero y ponerlas justo al lado de Ren. Él se enfureció tanto que le gritó a la pobre hasta que ella salió corriendo de la casa al borde de un colapso nervioso.
Sasori escuchaba todo con mucha atención y por lo que ambas mujeres decían, Ren Haruno debía ser temible. Y pensó que mientras éste permaneciera postrado en la cama, no había de qué alarmarse.
Sakura no quería ni debía hacer de niñera de su progenitor, pero tampoco deseaba perderse la oportunidad de ver a su padre derrotado. Tenía una pizca de sadismo en ella, herencia de él.
Finalmente se detuvieron en la recámara del señor Haruno y los tres entraron sin más.
Ren se encontraba en una silla de ruedas, mirando desinteresadamente el exterior mientras escuchaba música instrumental en una pequeña grabadora. No se dignó a voltear para ver quién había entrado. De alguna forma, ya se lo intuía.
—Ren, aquí está Sakura-chan… —le anunció Tsubaki.
—¿Es que no pueden llamar a la puerta antes de entrar como un montón de barbajanes? Recuerden bien que sólo porque se estén haciendo cargo de mí no quiere decir que vaya a ser dócil. Ustedes hacen esto porque así lo decidieron. No recuerdo haberle pedido a nadie que lo hiciera. —explicó Ren, conciso y arrogante.
En casos como este, Sakura de inmediato alegaba con él y comenzaban a decirse insultos. Pero ahora ella era una persona diferente y prefirió tomarse las cosas con un poco más de calma.
—Yo me ocuparé de ti mientras me sea posible —dijo Sakura.
—Me parece bien que lo tengas claro.
En un segundo Ren se dio la vuelta para ver a su hija y la desconoció momentáneamente. Sakura irradiaba belleza y mucha energía. Había en ella un cambio drástico que él no supo apreciar fácilmente, y el verla embarazada fue un golpe total. Ahora la de la mirada intimidante y valerosa era Sakura, y cuando ella lo miró fijamente, él intentó ocultar su incomodidad. Sasori supo interpretar eso como una profunda humillación, y la sonrisa de Sakura como esplendoroso orgullo. No lo dijo abiertamente, pero el viejo estaba recibiendo su merecido.
Mientras Sakura desempacaba sus cosas en su vieja habitación se sintió contenta. Por fin tenía a su padre donde lo quería y podía hacerlo pagar por todo el sufrimiento que le infringió durante muchos años. Pero su tía tenía razón: él sólo contaba con ella para salir adelante. Tuvo que tragarse las ganas de hacerlo pasar la noche fuera en medio del inclemente frío.
Sasori se deslindó de su trabajo como guarura por orden directa de Sakura. Mientras estuviera en la mansión Haruno, él tendría que ayudar con los quehaceres tanto como pudiera y evitar a toda costa que la última sirvienta se fuera.
Lo que éste no se esperó fue que su jhefa le enjaretara todas esas tareas para poderse dar un respiro. Quería divertirse un momento sin arrastrar al repelente de Sasori ni oír sus impertinencias.
Mientras caminaban por la ciudad, Sakura miró con alegría los numerosos hombres vestidos de Papá Noel, los juguetes que se movían en los escaparates de las tiendas y las sonrisas de la gente que compraba obsequios para sus seres queridos. Ella sintió el impulso de entrar y comprarle algo a Sasuke.
Cuando apenas dio tres pasos en el centro comercial, su estómago crujió ruidosamente y sus mejillas se tiñeron de rojo. No había comido en toda la mañana.
—¿Qué dices, bebé? —preguntó mirándose su bulto y acariciándolo cariñosamente —¿Quieres una hamburguesa doble? No, tesoro, ya sabes que no puedes.
El timbre de su celular la sacó de su ensimismamiento y se apresuró a revisar el mensaje que recién le había llegado.
Era de Ino.
"MIRA HACIA ARRIBA, FRENTESOTA"
Obedeciendo la petición de su amiga, Sakura volteó hacia el segundo piso, buscando alguna señal hasta que dio con la rubia. Ino estaba siendo acompañada por Hinata y Tenten, que la saludaban con la mano.
—Cuánto tiempo sin vernos, Sakurita —dijo Ino, intentando abrazarla pero la barriga de la otra se lo dificultó —Oh, vaya, ahora ya no podrás decirme "cerda", amiga.
—Lo sé, estoy deforme. Pero te aseguro que vale la pena.
—No dije que estuvieses fea. Al contrario, creo que me has traído a la mente un montón de ideas para nuevos diseños.
—¿Y a mí no me vas a saludar, querida? —inquirió Tenten, enfadándose de broma.
—¿Cómo crees que podría olvidarme de ti? —dijo Sakura, abrazándola —Ino y tú han sido las únicas que no me han llamado desde que me casé —y guiñando un ojo, añadió—: Son unas desconsideradas.
—Bueno, nosotras también hemos estado ocupadas, frentona —se excusó Ino —. Adivina qué significa este anillito que traigo puesto…
—Eh… ¿un regalo de cumpleaños de tu padre?
—¡No! ¡Me casaré el año que viene!
Sakura sonrió cálidamente y tomó ambas manos de su mejor amiga para expresarle sus mejores deseos. Las cuatro fueron a un stand de comida para tomar las energías necesarias para hacer sus compras navideñas. Las chicas criticaron a la ojiverde por ocurrírsele ordenar un helado en pleno invierno. Hinata se convirtió en la comidilla de sus amigas cuando Tenten sacó a colación que ésta había comenzado a salir oficialmente con Naruto. La heredera Hyūga intentó decir que esas salidas no eran formales, pero Sakura la dejó en evidencia al decirle lo que el rubio había hecho en su casa estando borracho.
Tenten también confesó haber probado los trozos más jugosos de Neji Hyūga. A ella le gustaban los retos, y a pesar de que era una completa locura lanzarse a la conquista de un ejecutivo mucho más poderoso que ella, no se amedrentó ante ninguna circunstancia. Neji descubrió que la personalidad de Tenten era un elemento muy refrescante en su vida y la convirtió en su novia. Ninguno de los dos perseguía el matrimonio al menos en los próximos tres años, y ese fue un gancho muy tentador para ambos, especialmente para un espíritu libre, femenino y aventurero como el de Tenten.
Sakura fue la siguiente en pasar por el interrogatorio de Ino y Tenten. Las dos llegaron a la conclusión de que para haber quedado embarazada tan pronto, la pareja Uchiha debía hacer el amor muy a menudo en medio de copas y copas del mejor vino. Ante esos comentarios hacia su vida personal, Sakura se sonrojó y se ocultó tras el parfait de chocolate que estaba comiendo.
Cuando llegó a la mitad de la copa, el helado adquirió un horrible sabor justo cuando Ino comenzó a preguntarle las razones por las que Sasuke no había vuelto a Japón con ella. Sakura se atragantó e hizo a un lado el postre. Sus amigas eran maravillosas y sabía que podía contar con ellas en las buenas y en las malas, pero no quería que fueran a enredar aún más la situación si se enteraban de todas las cosas feas que Sasuke le había hecho.
—Cuéntame de tu prometido —pidió Sakura para evitar ser el centro de atención —¿Es atractivo?
—Como no tienes idea —respondió Ino, emocionada —. No te ofendas, amiga, pero creo que Sai es mucho más encantador que tu Sasuke.
La sonrisa en los labios de Sakura desapareció y la reemplazó una mueca de incredulidad. Nunca creyó volver a escuchar el nombre de su antiguo amor justo ahora.
—¿Dijiste Sai?
—Sí, Sai Serizawa. Es un magnífico pintor, me trata como una reina, es fascinante, refinado, y… me enamorado de él como una estudiante de bachillerato.
Sakura escuchó todo con un nudo en la garganta. Ella misma había renunciado al amor de Sai para obtener el de Sasuke aún cuando sabía que eso lo destrozaría. Ella vivió días de pasión con su amado sin pensar ni un momento en cómo la estaría pasando su ex. Ella dejó de mirar por completo los dibujos que Sai le había dibujado con tanto cariño por prestarle más atención a los ardientes ojos de Sasuke.
Si Sakura había cambiado fácilmente a Sai por Sasuke, ¿acaso él no tenía derecho de cambiarla por Ino e iniciar de nuevo?
—Claro que sí… —murmuró.
—Ahora está haciendo arreglos para cuando nos casemos, pero cuando esté disponible te lo presentaré. Mientras tanto, ¿te conformas con ver cómo me está quedando mi vestido de novia?
—Quizá más tarde —contestó Sakura, levantándose —. Apenas llegué hoy y todavía tengo muchas cosas qué hacer. Cuídense chicas.
La ojiverde se despidió de las tres con un beso rápido en las mejillas y se marchó. Sus amigas sabían que Sakura se traía algo raro, pero no lo tomaron demasiado en serio. A lo mejor actuaba así por las hormonas del embarazo.
En parte, las hormonas hacían que Sakura se convirtiera en un remolino de emociones que ella no podía controlar. Era incapaz de entender porqué le afectaba tanto el compromiso de Sai e Ino, y tampoco podía detener el molesto lagrimeo que salía de sus ojos nublándole la vista.
Alguien la tomó del hombro y ella, por inercia, le asestó un golpe con su bolso al responsable. No le importó que Sasori fuera el desafortunado en recibir tal ataque.
—¿Se puede saber porqué te saliste de la casa sin mi supervisión? —le preguntó Sasori.
—¡Vete! ¡Lo último que quiero cerca es a una maldita niñera! —chilló Sakura, provocando que los transeúntes los voltearan a ver.
—Hey, tranquila, Sakura-chan. ¿Qué te ocurre? ¿Estás herida?
—No…
—¿Alguien te ha hecho llorar? —le preguntó, mirándola suavemente. Luego sonrió de forma maliciosa —Porque te ves horrible con el rímel todo corrido.
—Cállate y llévame a casa —le ordenó Sakura, olvidando la razón por la cual lloraba.
Sasori no se molestó por la orden y hasta prometió comprarle unos pralinés para subirle el ánimo. Después de todo, aunque fuera tan gruñona, Sakura era bastante linda y la quería más allá del plano profesional. Pero como lo suyo no era sostener relaciones sólidas con mujeres, prefería trabajar para ella cuidándola y haciendo lo posible para hacerla feliz.
—o—
El relajo de las personas en el restaurant de autoservicio "Jack Domald's Grill" hizo que el suspiro de Sasuke Uchiha no se pudiera escuchar con claridad.
Era un alivio que hasta ahora nadie se diera cuenta de que él estaba ahí, o al menos que no hicieran demasiado alboroto por saber su identidad. Bueno, sólo la cajera lo sacó de sus casillas por su exceso de servicio. ¿A qué cabeza se le ocurriría comer una tarrina de fresa con el frío que hacía afuera? Además, los hombres de verdad como él no comían dulces. Él mismo se lo hizo saber con sus ojos de diablo que daban terror.
Sasuke no sentía el menor remordimiento por haberse comido una hamburguesa doble, un refresco de cola grande y dos órdenes de patatas medianas. Alguien tan adinerado y distinguido como él no comía nunca en locales de comida rápida junto con la gente ordinaria. De hecho no le gustaba ese tipo de alimentos, pero después de tanto pensar en Sakura misteriosamente sintió el impulso de ir a la ciudad sólo para devorar una hamburguesa.
Tan pronto acabó de comer, aprovechó la salida para caminar un poco y ver qué estaban haciendo los demás. No tenía prisa en volver a casa cuando no había quién lo recibiera. Su auto se encontraba a dos calles de ahí, pero él avanzó en sentido contrario.
Las tiendas ofrecían ostentosamente sus mejores productos, algunos con rebaja por las épocas navideñas. Ahora que se ponía a pensar en ello, no había regalos debajo del árbol que tenía en la sala. Tal vez sería buena idea comprarle un obsequio de Navidad a Sakura.
No… mejor dos…
Uno para ella, y otro para el bebé.
Sonrió inevitablemente al recordar que pronto sería padre. Que él supiera, Sakura no había elegido todavía una habitación para el primer hijo de ambos. Aún estaban a tiempo de hacerlo con el mayor esmero. Lo primero sería visitar cuantas tiendas de maternidad y bebés existieran en la ciudad, su gusto para eso no era bueno pero ya se las apañaría.
Al pasar por una boutique, se detuvo en seco. Miró los maniquíes y se sintió un bobo por confundir a una de ellas con Sakura. Pero bueno, era natural si aquella cosa tenía proporciones tan parecidas a las de su esposa cuando era soltera. Seguro el vestido que la muñeca lucía le quedaría perfecto a Sakura y la haría ver aún más radiante. Era de tela de chiffon color verde pálido que adquiría un tono limón por el escote y el pliegue de la falda, la cual llegaba hasta los tobillos. Algunas flores que casi parecían naturales adornaban el pecho y la orilla de la falda. Los tirantes se entrelazaban por los hombros y el cuello, haciéndolo verse aún más exquisito. Definitivamente ese vestido tenía que ser para Sakura.
Mientras pagaba por él, su teléfono móvil se resbaló de su bolsillo y cayó al suelo. No se había roto, pero le hizo acordarse de la regañada que Itachi le había puesto en la mañana. Su hermano tenía razón en decirle que ni Sakura ni el niño necesitaban de su dinero cuando lo que en realidad necesitaban era su cariño y su protección. Una forma de empezar era llamándola para saludarla aunque fuera de forma casual.
Marcó el número del celular de Sakura y presionó la tecla de "llamar".
Se oyó que la línea punteaba del otro lado unas cinco veces antes de que le respondieran.
—¿Diga?
Movió los labios, pero no dijo nada. Su voz no quería salir de su garganta. Su corazón se agitó repentinamente y una gota de sudor le recorrió el lado lateral del cuello.
—Sa…
Colgó, tomó la bolsa con el vestido, y salió atropelladamente de la tienda.
"Fantástico, Sasuke. Acabas de verte como el mayor idiota de todos" se recriminó mentalmente.
Del otro lado del mundo, Sakura miraba desconcertada la pantalla de su celular. Había contestado antes de ver quién la llamaba, y cuando revisó el número, sus ojos se abrieron de la sorpresa. No se esperó que él tuviera el corazón para acordarse de ella.
Y pensar que en esta historia apenas llegará la Navidad cuando nosotros ya la disfrutamos dos semanas atrás… pero bueno, supongo que así pasa y que debo agradecer a las que se acordaron de mandarme un review por las fiestas del año pasado, y también a los nuevos lectores que empiezan a leer. Poco a poco voy progresando, y así pienso seguir hasta que lleguemos al final. Con su apoyo yo sé que podré.
¡Cuídense y sigan pasándola bonito!
Firey Girl Out.
