Capítulo 14

La biblioteca de los Vulturi era una hermosa habitación rodeada de estantes de caoba con puertas de cristal opaco. Edward Cullen y Vulturi estaban de pie junto a un largo aparador empotrado repleto de brillantes decantadores de licor. Sosteniendo una copa media llena de un líquido ambarino, Vulturi echó a Nessie un vistazo inescrutable cuando ésta entró en la biblioteca. Bella, la señora Vulturi, y el doctor Nahuel también estaban allí. Nessie tenía la curiosa sensación de que esto en realidad no podía estar pasando. Ella nunca se había visto implicada en un escándalo antes, esto no era tan excitante o interesante como se había imaginado yaciendo en su lecho de enferma. Era espantoso.

Porque a pesar de sus palabras a Jacob antes sobre su deseo de ser hallada en una situación comprometida, no lo había dicho en serio. Ninguna mujer en su sano juicio desearía tal cosa. Provocar un escándalo significaba la ruina no sólo de las perspectivas de Nessie, sino de las de sus hermanas menores. Esto lanzaría una sombra sobre toda la familia. Su descuido iba a hacer daño a todas las personas a las que amaba.

—Nessie. —Bella vino a ella inmediatamente, abrazándola fuertemente—. Estás bien, querida. Arreglaremos esto.

Si Nessie no hubiera estado tan apenada, habría reído. Su hermana mayor era famosa por su confianza en su propia capacidad para solucionar cualquier percance, incluyendo catástrofes, invasiones extranjeras, y animales en estampida. Ninguno de estos, sin embargo, podían acercarse a los estragos de un escándalo de sociedad en Londres.

—¿Dónde está la señorita Hale? —preguntó Nessie con voz apagada.

—En el salón con Alice. Intentamos mantener la apariencia de normalidad mientras sea posible. —Bella dedicó una tensa y pesarosa sonrisa a los Vulturi—.

Pero nuestra familia nunca ha sido especialmente buena en eso.

Nessie se puso tensa cuando vio a Emmett y Jacob entrar en la biblioteca. Emmett vino directamente hacia ella, mientras Jacob fue a esconderse en una esquina como siempre. No iba a enfrentar su mirada. La habitación se llenó de un tenso silencio que provocó que se le erizara el vello de la nuca.

No estaba del todo sola en esto, pensó Nessie con una llamarada de cólera.

Jacob tendría que ayudarla ahora. Tendría que protegerla con cualquier medio a su disposición. Incluido su nombre.

Su corazón comenzó a palpitar tan pesadamente que casi dolía.

—Al parecer has estado compensando el tiempo perdido, hermanita —dijo Emmett impertinentemente, pero había un parpadeo de preocupación en sus ojos risueños—. Tenemos que ser rápidos en esto, ya que la gente hablará aún más a la luz de nuestra ausencia colectiva. Las lenguas se agitan muy rápido, han creado una fuerte brisa en el salón.

La señora Vulturi se acercó a Bella y Nessie.

—Renesmee. —Su voz era muy apacible—. Si este rumor no es cierto, tomaré medidas de inmediato para negarlo en tu nombre.

Nessie exhaló en un vacilante aliento.

—Es cierto —dijo ella.

La señora Vulturi le acarició el brazo y le dedicó una mirada de consuelo.

—Confíe en mí, no es usted la primera ni tampoco será la última en encontrarse en este apuro.

—De hecho —llegó la voz cansina y perezosa del señor Vulturi—, la señora Vulturi tiene experiencia de primera mano en semejante…

—Señor Vulturi —dijo su esposa con indignación, y él sonrió abiertamente.

Volviéndose hacia Nessie, la señora Vulturi dijo—: Renesmee, usted y el caballero en cuestión deben resolver esto inmediatamente. —Una pausa delicada—. ¿Puedo preguntar con quién fue vista?

Nessie no podía contestar. Dejó que su mirada reposara en la alfombra, y estudió el patrón de medallones y flores ofuscadamente mientras esperaba a que Jacob hablara. El silencio sólo duró cuestión de segundos, pero parecieron horas. Di algo, ella pensó desesperadamente. ¡Di que eras tú!

Pero no hubo ningún movimiento o sonido por parte de Jacob.

Y entonces Nahuel Pardo dio un paso adelante.

—Yo soy el caballero en cuestión —dijo quedamente.

La cabeza de Nessie se levantó de un tirón. Lo miró asombrada mientras él tomaba su mano.

—Les pido perdón a todos —continuó Nahuel—, y sobre todo a la señorita Swan. No tuve la intención de exponerla al chismorreo o la censura. Pero esto precipita algo que ya había resuelto hacer, que es pedir la mano de la señorita Swan en matrimonio.

Nessie dejó de respirar. Miró directamente a Jacob, y un grito silencioso de angustia ardió a través de su corazón. La severa expresión de Jacob y sus ojos negros como tizones no revelaron nada.

Él no dijo nada.

No hizo nada.

Jacob la había comprometido y ahora dejaba que otro hombre asumiera la responsabilidad de aquello. Consintiendo que otro la rescatara. La traición fue peor que cualquier enfermedad o dolor que alguna vez hubiera experimentado. Nessie lo odió. Lo odiaría hasta el día de su muerte y más allá.

¿Qué opción tenía, sino la de aceptar a Nahuel? Era eso o permitir que ella y sus hermanas quedaran arruinadas.

Nessie sintió que su rostro se drenaba de todo el color, pero invocó una débil sonrisa cuando miró a su hermano.

—¿Y bien, milord? —preguntó a Emmett—. ¿Deberíamos pedir tu permiso primero?

—Tenéis mi bendición —dijo su hermano secamente—. Después de todo, ciertamente no deseo que mi prístina reputación sea vea estropeada por vuestros escándalos.

Nessie se giró para afrontar Nahuel.

—Entonces sí, doctor Nahuel —dijo ella con voz serena—. Me casaré con usted.

Un ceño marcado apareció entre las finas y oscuras cejas de la señora Vulturi cuando miró a Nessie. Agitó la cabeza seriamente.

—Saldré y explicaré calmadamente a las personas apropiadas que lo que vieron fue una pareja comprometida abrazándose... un poco inapropiadamente quizás, pero bastante perdonable a la luz de los esponsales.

—Iré contigo —dijo el señor Vulturi, acudiendo al lado su esposa. Extendió una mano al doctor Nahuel y le dio un apretón—. Mi enhorabuena, señor. —Su tono era cordial, pero lejos de ser entusiasta—. Es afortunado por haber ganado la mano de la señorita Swan.

Cuando los Vulturi se fueron, Edward se acercó a Nessie. Ella se forzó a mirar directamente a sus perspicaces ojos color dorado, aunque le costara.

—¿Es esto lo que quieres, hermanita? —preguntó él suavemente.

Su compasión casi la deshizo.

—Por supuesto. —Afirmó su mandíbula contra un infortunado temblor, y logró sonreír—. Soy la mujer más afortunada del mundo.

Y cuando se obligó a mirar a Jacob, vio que este se había ido.

—Qué día más horroroso —masculló Bella después de que todos abandonara la biblioteca.

—Sí. —Edward la condujo por el pasillo.

—¿A dónde vamos?

—De regreso al salón para hacer acto de presencia. Intenta parecer contenta y confiada.

—Ah, Dios bendito. —Bella se separó de él de un tirón y se dirigió a un gran nicho arqueado en la pared, donde una ventana Palladian revelaba una vista de la calle de abajo. Presionó su frente contra el cristal y suspiró pesadamente. Un ruido de golpeteo resonó a través del pasillo.

Grave como era la situación, Edward no pudo evitar una sonrisa furtiva. Siempre que Bella estaba preocupada o enfadada, su hábito nervioso se acentuaba. Como le había dicho una vez, le recordaba a un colibrí que apisonaba el suelo de su nido con un pie.

Edward fue hacia ella, y posó sus calientes palmas sobre las frescas cuestas de los hombros de ella. La sintió temblar ante su toque.

—Colibrí —susurró él, y deslizó las manos hasta la parte posterior del cuello para masajear los pequeños músculos agarrotados allí. A medida que su tensión iba disminuyendo, el golpeteo del pie se desvaneció gradualmente. Finalmente Bella se relajó lo suficiente como para contarle sus pensamientos.

—Cada persona en esa biblioteca era consciente de que fue Jacob quien la comprometió —dijo ella de manera cortante—. No Nahuel. No puedo creerlo. ¿Después de todo lo que Nessie ha soportado, sucede esto? ¿Se casará con un hombre al que no ama y se irá a Francia, mientras Jacob no levantará un dedo para detenerla? ¿Qué pasa con él?

—Más de lo que puede ser explicado aquí y ahora. Tranquilízate, amor. No ayudará a Nessie que te sientas angustiada.

—No lo puedo evitar. Todo esto es un error. Ah, la mirada en el rostro de mi hermana...

—Tenemos tiempo para arreglar esto —murmuró Edward—. El compromiso no en lo mismo que el matrimonio.

—Pero los compromisos son vinculantes —dijo Bella con mísera impaciencia—. Sabes que la gente lo considera como un contrato que no puede ser roto fácilmente.

—Quizás semi-vinculante —concedió él.

—Oh, Edward. —Sus hombros se encorvaron—. ¿Nunca dejarás que nadie se interponga entre nosotros, verdad? ¿Nunca dejarás que nos separen?

La pregunta era tan evidentemente ridícula que Edward apenas si supo qué decir.

Hizo girar a Bella para que quedara cara a cara con él, y vio con un sobresalto de sorpresa que su práctica y sensible esposa estaba cerca de las lágrimas. El embarazo la vuelve sensible, pensó él. El brillo de humedad en sus ojos hizo que una ráfaga de feroz ternura lo embargara. Curvó un brazo alrededor de ella y usó su mano libre para asirle la parte posterior del cabello, sin preocuparle despeinarla.

—Tú eres la razón por la que vivo —dijo en voz baja, sosteniéndola más cerca—.

Lo eres todo para mí. Nada podría hacer que te dejara. Y si alguien intentara separarnos, lo mataría —le cubrió la boca con la suya y la besó con devastadora sensualidad, y no se detuvo hasta que ella quedó débil, ruborizada y se apoyó con fuerza contra él—. Ahora —dijo, sólo medio divertido—, ¿dónde queda ese invernadero?

Eso provocó una sonrisita acuosa en ella.

—Creo que ya ha habido suficiente pasto para las murmuraciones por una noche.

¿Vas a hablar con Jacob?

—Desde luego. No me escuchará, pero eso nunca me ha detenido antes.

—Crees que él… —Bella rompió el abrazo cuando escuchó pasos acercándose por el pasillo, acompañados del crujiente y rápido susurrar de pesadas faldas. Se encogió aún más en el interior del nicho con Edward, ocultándose entre sus brazos. Ella lo sintió reír contra su cabello. Aún juntos y en silencio escucharon la conversación de un par de damas.

—¿...en el nombre del cielo porque los invitarían los Vulturi? —preguntaba una de ellas con indignación.

Bella creyó reconocer la voz, pertenecía a una de las carabinas avinagradas que se habían sentado a un lado del salón. Tía de alguna doncella, relegada al estatus de solterona.

—¿Porque son monstruosamente ricos? —sugirió su compañera.

—Sospecho que se debe más a que Lord Dwyer es un vizconde.

—Tiene usted razón. Un vizconde soltero.

—Pero en cualquier caso... ¡Gitanos en la familia! ¡De sólo pensarlo! Uno nunca podrá esperar que se comporten de forma civilizada, se guían por su instinto animal. Y esperan que nos codeemos con gente así como si fueran nuestros iguales.

—Los Vulturi son burgueses ellos mismos, ya sabe usted. No importa que Vulturi ya posea la mitad de Londres, aún es el hijo de un carnicero.

—Ellos y muchos de los invitados de aquí no son del calibre adecuado para que nos asociemos con estos. No me cabe duda de que al menos media docena de escándalos más estallarán antes de que la noche acabe.

—Terrible, estoy de acuerdo. —Una pausa, y luego la segunda mujer añadió melancólicamente—: realmente espero que nos inviten a volver el próximo año…

Cuando las voces se desvanecieron, Edward bajó ceñudo la mirada hacia su esposa. Le importaban un bledo los comentarios de nadie... ya estaba curtido ante cualquier cosa que pudiera decirse sobre los gitanos. Pero odiaba que estos dardos a veces se dirigieran a Bella.

Para su sorpresa, ella se estaba riendo ante él, con los ojos de un azul medianoche.

Su expresión se volvió curiosa

—¿Qué es tan divertido?

Bella jugueteó con un botón de su abrigo.

—Sólo estaba pensando... que esta noche esas dos viejas gallinas probablemente se irán a sus camas, frías y solas. —Una sonrisa traviesa curvó sus labios—. Mientras que yo estaré con un infame y apuesto romaní que me mantendrá caliente toda la noche.

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Jake observó y esperó hasta encontrar una oportunidad de acercarse a Marco Vulturi, que acababa de esquivar la charla con un par de mujeres que se reían tontamente.

—¿Puedo hablar con usted? —preguntó Jake quedamente.

Vulturi no pareció en absoluto sorprendido.

—Vayamos a la terraza.

Se encaminaron a una puerta lateral del salón, que se abría directamente a la terraza. Un grupo de caballeros estaba reunido en una esquina de la terraza, disfrutando de sus cigarros. El rico olor a tabaco iba a la deriva gracias a la fresca brisa.

Marco Vulturi rió en tono agradable y negó con la cabeza cuando los hombres les hicieron señas para que él y Jake se les unieran.

—Tenemos un negocio de que hablar —les dijo—. Quizás más tarde.

Apoyándose casualmente contra la barandilla de hierro, Vulturi evalúo a Jacob tasándolo con sus oscuros ojos.

En las pocas ocasiones en que se habían encontrado en Hampshire, en Stony Cross Park, la propiedad que lindaba con las tierras de Dwyer, a Jake le había caído bien Vulturi. Era un hombre auténtico que hablaba con maneras francas. Un hombre abiertamente ambicioso que disfrutaba de la caza del dinero y los placeres que le ofrecía. Y aunque la mayor parte de los hombres de su posición se habrían dado demasiada importancia, Vulturi poseía un sentido del humor irreverente y humilde.

—Asumo que preguntará lo que sé de Nahuel—dijo Vulturi.

—Sí.

—A la luz de los recientes acontecimientos, esto parece un poco asegurar la puerta después de que la casa haya sido robada. Y debería agregar que no tengo ninguna prueba de nada. Pero las acusaciones que han hecho contra Nahuel son suficientemente serias como para merecer ser consideradas.

—¿Qué acusaciones? —gruñó Jake.

—Antes de que Nahuel construyera la clínica en Francia se casó con la hija mayor de los Lanhams, Louise. Ella, según se decía, era una muchacha excepcionalmente hermosa, un poco consentida y voluntariosa, pero en general un partido ventajoso para Nahuel. Venía con una gran dote y una familia con buenos contactos.

Metiendo la mano en su abrigo, Vulturi extrajo una fina pitillera de plata.

—¿Quiere uno? —preguntó. Jake negó con la cabeza. Vulturi sacó un cigarro, le cortó la punta, y lo encendió. Finalmente el cigarro resplandeció cuando Vulturi aspiró.

—Según los Lanhams —continuó Vulturi, exhalando una voluta de humo aromático —, después de un año de matrimonio, Louise cambió, se volvió bastante dócil y distante, y parecía haber perdido interés en sus antiguos gustos. Cuando los Lanhams se acercaron a Nahuel con sus preocupaciones, él aseguró que los cambios eran simplemente pruebas de su madurez y de dicha matrimonial.

—¿Pero ellos no lo creyeron?

—No. Cuando le preguntaron a Louise, sin embargo, ella aseguró ser feliz y les pidió que no interfirieran. —Vulturi se llevó el cigarro a los labios otra vez y observó pensativamente las luces de Londres que titilaban a través de la neblina de la noche —. En algún momento del segundo año, Louise comenzó a declinar.

Jake sintió una sensación de incomodidad ante la palabra «declinar» comúnmente utilizada para cualquier enfermedad que un doctor no podía diagnosticar o comprender. El inexorable defecto físico que ningún tratamiento podría prevenir.

—Se volvió débil, sin ánimos, postrada en la cama. Nadie podía hacer nada por ella. Los Lanhams insistieron en traer a su propio doctor para asistirla, pero éste no pudo encontrar ninguna causa para la enfermedad. La condición de Louise se fue deteriorando a lo largo de un mes más o menos, y luego murió. La familia culpó a Nahuel de su muerte. Antes del matrimonio, Louise había sido una muchacha sana, alegre, y menos de dos años después, se había ido.

—A veces sucede —señaló Jake, sintiendo la necesidad de jugar al abogado del diablo—. No tiene que ser necesariamente culpa de Nahuel.

—No. Pero fue la reacción de Nahuel lo que convenció a la familia de que de alguna forma era responsable de la muerte de Louise. Estaba demasiado compuesto. Desapasionado. Unas cuantas lágrimas de cocodrilo para guardar las apariencias, y nada más.

—¿Y después se fue a Francia con el dinero de la dote?

—Sí. —Los amplios hombros de Vulturi se alzaron—. Desprecio las murmuraciones, Jacob. Raras veces decido repetirlas. Pero los Lanhams son personas respetables, poco propensas al histrionismo. —Frunció el ceño, con un golpecito tiró la ceniza de su cigarro sobre el borde de la barandilla—. Y a pesar de todo lo bueno de Nahuel según informes de sus pacientes... no puedo menos de sentir que hay algo malo en él. No es nada que pueda explicar con palabras.

Jake sintió un alivio inefable al ver sus propios pensamientos repetidos por un hombre como Vulturi.

—Yo he tenido el mismo sentimiento sobre Nahuel, desde que lo conocí por primera vez —dijo él—. Pero todos los demás parecen reverenciarlo.

Había un brillo sardónico en los oscuros ojos de Marco.

—Sí, bueno... esta no sería la primera vez que no estoy de acuerdo con la opinión popular. Pero creo que alguien que se preocupe por la señorita Swan debería interesarse por su bienestar.

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Gracias por su lectura!

Saludos a Black20, respondiendo a tus dudas: Renesmee tiene 25 años y nuestro terco romaní esta por los 34. Te cuento que Renesmee siempre fue una joven delicada, de esas que tienen buena salud pero que aun así es tan frágil que podría romperse, nuestro Emmett por otra parte; es un hombre enorme de buena salud y resistencias, cuando sufrieron la fiebre él se recupero mejor que la pequeña Nessie porque ella es sumamente mucho más delicada que él, de hecho es de todas las hermanas Swan la más frágil y delicada dama.

Te invito a leer "Mía a Medianoche" si aun no lo has hecho, es otra adaptación, la primera de esta serie, y relata la historia de Edward y Bella. Allí por supuesto podrás encontrar muchos más datos sobre esta pareja tan lindamente complicada….