Aquella misma mañana a primera hora, los integrantes de los Chinooks se vistieron de traje y corbata, luciendo sus cicatrices de batalla, y se encaminaron al aeropuerto. Cuando llevaba media hora del vuelo que debía conducirlos a Dallas, Edward se aflojó la corbata y se puso a barajar un mazo de cartas. Dos de sus compañeros y el entrenador de porteros, Jason Jenks, se le unieron en una partida de póquer. Cuando jugaba a las cartas durante los vuelos largos, era una de las escasas ocasiones en que Edward se sentía parte del equipo.
Mientras repartía, Edward miró al otro lado del pasillo del BAC-111 en el que viajaban, a las consistentes suelas de unas pequeñas botas. Bellahabía levantado el brazo que separaba los asientos, se había tumbado y se había quedado dormida. Yacía de lado, y por una vez no llevaba el pelo recogido. Suaves mechones de cabello castaño caían sobre sus mejillas y la comisura de sus labios.
–¿Crees que nos pasamos mucho anoche?
Edward miró a Emmet, alzado sobre el respaldo de su asiento.
–Qué va. –Negó con la cabeza, y después dejó la baraja sobre la bandeja que tenía delante. Echó un vistazo a sus cartas y vio un par de ochos, al tiempo que el tipo que se había sentado a su lado, Nick Grizzell, doblaba la apuesta–. Éste no es su territorio –añadió–. Si Aro tenía pensado forzarnos a llevar con nosotros a un periodista, como mínimo tendría que haber escogido a alguien que supiese un poco de hockey.
–¿Os fijasteis en lo roja que se puso anoche?
Se echaron a reír.
–Le echó un vistazo a la polla de Dem. –Emmet miró sus cartas–. Una –pidió mientras descartaban.
–¿Se la vio al Empalador?
–Así es.
–Casi se le salían los ojos de las órbitas. –Edward le entregó tres cartas a Jenks, en tanto que él pidió otras tres–. Creo que ya nunca volverá a ser la misma –añadió.
Dem. era famoso por su polla enorme. El único que no parecía opinar lo mismo era el propio Demetri, pero todos sabían también que el ruso había recibido demasiados golpes en la cabeza.
Edward consiguió reunir tres ochos y su victoria quedó reflejada en la libreta de Jenks.
–¿Cuánto tiempo estuvisteis llamándola a su habitación? –preguntó Edward .
–Acabó descolgando el teléfono a eso de la medianoche.
–La primera noche me sentí un poco mal cuando todos nos fuimos y ella se quedó sola en el bar del hotel –confesó Jenks.
Los otros lo miraron como si hubiese dicho una tontería. Lo último que querían era llevar a un periodista con ellos, especialmente una mujer, rondando a su alrededor cuando se relajaban intentando olvidarse de todo. Ya fuese acudiendo a un club de strip-tease o conversando en el bar del hotel sobre los siguientes rivales.
–Bueno –intentó rectificar Jenks mientras repartía–, la cuestión es que no me gusta ver a una mujer sentada sola.
–Fue patético –apuntó Grizzell.
Edward le miró por encima de sus cartas e hizo su apuesta.
–¿Tú también te sentiste mal, Oso? No me lo creo.
–No, demonios. Ella tiene que largarse. –Arrojó sus cartas–. Hoy no es mi día de suerte.
–¿Jugamos demasiado fuerte para ti?
–Qué va, lo que pasa es que voy a tumbarme un poco y a leer el resto del vuelo. –Todo el mundo sabía que Oso no leía nada que no tuviese fotografías–. Leer es fundamental.
–¿Te has comprado el Playboy? –preguntó Jenks.
–Compré Him anoche, después del partido, pero no se lo he podido arrancar de las manos al novato –dijo refiriéndose a Riley–. Está aprendiendo inglés leyendo «La vida de Bomboncito de Miel».
Todos soltaron la carcajada mientras Jenks apuntaba la victoria de Emmet en la libreta. Al vivir en Seattle, muchos de ellos eran seguidores de «Bomboncito de Miel». Leían la columna mensual para descubrir a quién había llevado al éxtasis comatoso y dónde había dejado el cuerpo. Edward barajó las cartas y le echó un vistazo a Bella, que dormía como un angelito. No había duda de que era la clase de mujer que pondría el grito en el cielo si veía a uno de los chicos leyendo historias pornográficas. La conversación cambió de orientación centrándose en el partido de la noche anterior.
Ningunoparecía haber quedado satisfecho con el empate, y Edward menos que nadie. Phoenix había disparado veintidós veces a puerta, y él había detenido veintiuno de los tiros. No había sido una mala noche según las estadísticas, pero a pesar de todas las paradas, le habría gustado hacer desaparecer aquel único gol. No necesariamente porque hubiese entrado, sino porque el gol había sido cuestión de suerte más que consecuencia de un tiro preciso. Además de ser muy competitivo y mal perdedor, Edward detestaba perder por cuestiones azarosas más que debido a las habilidades del contrario.
Volvió a mirar a Bella cuyo pecho ascendía y descendía suavemente mientras respiraba con la boca entreabierta. ¿Acaso el empate de la noche anterior había sido cosa de la mala suerte? ¿Una alteración en el transcurso normal de la temporada? Probablemente, pero Edward no podía dejar de pensar en aquel maldito gol. ¿Acaso su vida personal estaba afectando su juego? Debería hablar con su representante, pues la situación de Bree seguía sin resolverse.
Dormida, Bella se apartó el pelo de la cara. ¿O lo que había pasado se debía al influjo de la cronista deportiva? Un empate, por descontado, no era indicio de mala suerte. Pero podría tratarse del principio si perdían el viernes en Dallas.
–¿Sabías que para los piratas era un signo de mala suerte que embarcase una mujer en su barco? –dijo Emmet, como si le hubiese leído el pensamiento.
Edward lo ignoraba, pero no le extrañaba. Nada podía alterar la vida de un hombre con tanta rapidez como la aparición no deseada de una mujer.
El viernes por la noche, los Chinooks perdieron por la mínima, cuatro a tres, contra Dallas. El sábado por la mañana, mientras esperaba junto al autocar que debía llevarlos al aeropuerto, Edward leyó la sección de deportes del Dallas Morning News. El titular rezaba: «Los Chinooks sudan sangre y echan las tripas», lo cual venía a resumir el partido, pues el novato de los Chinooks, Riley Biers, había recibido un golpe de disco en la mejilla recién empezado el segundo tiempo. Tuvieron que atenderlo fuera de la pista y se retiró lesionado. Los ánimos se crisparon y las represalias no se hicieron esperar. Martillo se ocupó de los atacantes de Dallas, agarrando a uno de los extremos en el tercer tiempo y propinándole un puñetazo en el túnel de vestuarios. Tras esto, las cosas se pusieron muy feas, y mientras los Chinooks ganaban la batalla de los puñetazos, acabaron perdiendo la guerra. La línea ofensiva de Dallas sacó ventaja de todas las superioridades numéricas y acribilló a Edward con treinta y dos disparos a puerta.
Esa mañana nadie habló mucho. Especialmente después del rapapolvo que les soltó el entrenador Carlisle en el vestuario. El entrenador había cerrado la puerta a los periodistas y había procedido a hacer temblar las paredes con su voz huracanada. Pero no dijo nada que no mereciesen oír. Habían cometido faltas estúpidas y tuvieron que pagar el precio.
Edward dobló el periódico y se lo puso bajo el brazo. Se desabrochó los botones de la americana al tiempo que la señorita Swan salía por la puerta giratoria, a su izquierda. El sol de Tejas cayó sobre ella con su brillante luz, y la ligera brisa jugó con las puntas de su cola de caballo. Vestía una falda negra que le llegaba hasta las rodillas, una chaqueta negra y un jersey de cuello de cisne. Calzaba zapato plano, acarreaba un enorme maletín y llevaba en la mano una taza de papel con café. Llamaba la atención por las horribles gafas de sol que llevaba. Los cristales eran redondos y de color verde mosca. Seguía pareciendo absolutamente poco sexy.
–Interesante partido el de anoche. –Dejó el maletín en el suelo, entre los dos, y alzó la vista hacia su cara.
–¿Te gustó?
–Como he dicho, fue interesante. ¿Cuál era el lema del equipo? ¿«Si no puedes ganarles, dales una paliza»?
–Algo así –repuso él con una sonrisa–. ¿Por qué vistes siempre de negro o de gris?
–El negro me sienta bien –contestó Bella.
–Pues pareces el ángel de la muerte.
Ella bebió un sorbo de café y dijo con toda la cortesía de que fue capaz, como si las palabras de Edward no le hubiesen afectado:
–Podría vivir el resto de mi vida sin los comentarios sobre moda de Lucky Eddy.
–De acuerdo, pero... –Edward no acabó la frase. Meneó la cabeza. Levantó la vista al cielo y esperó a que ella mordiese el anzuelo.
No tardó en hacerlo.
–Sé que voy a arrepentirme de esto. –Suspiró–. ¿Pero qué?
–Bueno, creo que si una mujer tiene problemas para encontrar hombres, lo más adecuado es que arregle un tanto el envoltorio del regalo. Entre otras cosas es mejor que no lleve gafas de sol horrorosas.
–Mis gafas de sol no son horrorosas, y mi envoltorio no es cosa tuya –dijo mientras se llevaba el vaso de café a los labios.
–O sea, que yo sólo puedo iniciar la conversación. Tú pones los límites.
–Eso es.
–Eres un poco hipócrita, ¿lo sabías?
–Sí, claro, cómo no.
Él la miró directamente y preguntó:
–¿Qué tal tu café esta mañana?
–Está bien.
–¿Sigues tomándolo solo?
–Sí –respondió ella, mirándolo de reojo y cubriendo el vaso con la mano.
