FARO DE ESPERANZA

Dragon Ball Z Akira Toriyama

Sinopsis: Para un farolero como Gohan, el mar solía arrojar muchas cosas a la costa, jamás pensó que una de esas cosas fuera una atractiva mujer. Videl tenía una belleza excepcional, algo que ni siquiera podía ocultar tras su luto de viuda. Y las magulladuras de su cuerpo daban fe de los oscuros secretos que había tratado de sumergir bajo las olas.

Nota de la autora: No puedo creer que tardara tanto en actualizar esto, pero tuve mis motivos como falta de inspiración y que perdí el documento varias veces con las adaptaciones. Ya es definitivo que esta obra la terminare y luego verán otras cosas.

Dicho esto, vamos donde quedamos.


Capítulo 14

A la mañana siguiente, Videl examinó las habitaciones y descubrió que estaban en peor estado de lo que había imaginado. Hasta ese momento, no se había fijado en las telarañas, en los suelos que pedían a gritos una mano de cera o en los metales sin brillo. Ahora los veía por primera vez y no tenía la menor idea de qué hacer al respecto.

Encontró a Milk al otro lado del mostrador de la tienda cuadrando los libros de cuentas. El aroma a café inundaba la tienda.

—Hola, señora.

Levantó la vista por encima de las gafas. Tenía los ojos rojos y las arrugas de su rostro parecían más profundas.

—Bonita boda, ¿verdad?

—Sí —las faldas de Videl crujieron al moverse hacia el mostrador.

La madre de Gohan bostezó.

—Me estoy haciendo vieja para quedarme levantada hasta tan tarde. Los últimos invitados no se fueron a casa hasta pasada la medianoche —se sirvió un café—. ¿Quieres uno?

—No, gracias.

—Lazuli y Krillin van a pasar un par de días en la ciudad en una posada. Se que prometí entrenarte para el torneo, pero entre esto y lo que te pidió mi hijo nos veremos complicadas.

—Me alegro mucho por los dos y ver el amor que se tienen por reafirmar sus votos, tienen toda la vida por delante. Y descuide señora, el torneo puede esperar.

—Yo no volvería a esa edad ni por todo el oro del mundo. Era demasiado joven e ingenua, cuando me casé con mi Goku no tenía la menor idea de qué debía hacer y llegamos a estar perdidos durante mucho tiempo antes de establecernos.

Videl lo comprendía perfectamente.

—Todas las novias ven el mundo de color de rosa.

Milk la miró fijamente.

—Tú eres viuda, así que debes de saberlo bien.

Videl titubeó unos segundos.

—Mi matrimonio fue un desastre. Yo quería que saliera bien, pero no fue así.

Milk siguió observándola.

—Bueno, eso es lo de menos —Milk cerró el libro y observo a la muchacha de ojos azules con sorpresa—. Supongo que con que lo te ha mandado mi hijo, has venido en busca de ayuda.

—¿Cómo lo sabes?

—No sé. La mayoría de las mujeres que a tu edad han tenido tiempo para perfeccionar tanto el encaje no tiene mucha experiencia en las tareas domésticas.

—No tengo la menor idea de cómo llevar una casa. He supervisado a doncellas y cocineras, pero jamás he hecho el trabajo en sí. Ahora tengo que aprenderlo todo.

—Muy bien —dijo, dejando la taza de café sobre la mesa—. Si realmente hablas en serio.

—Sí. Quiero aprender a desenvolverme sola.

—Pareces decidida a no volver a tu antigua vida.

—Antes prefiero morir —aseguró Videl con candidez.

—Eso son palabras mayores.

—He cometido algunos errores y estoy harta de sufrir por ellos. Quiero empezar de nuevo.

—De acuerdo.

—¿Me ayudarás?

—Sí. De hecho, voy a darte la primera lección.

La muchacha dio una palmada de satisfacción.

—Estupendo.

—No te alegres tanto. Vamos a empezar con la colada.

—Eso es sencillo.

Milk se echó a reír.

—Querida, me parece que sigues viendo el mundo de color de rosa.

Ocho horas más tarde, a Videl le dolían todos y cada uno de los músculos del cuerpo. Tenía las manos rojas por culpa del jabón y del viento, pero toda la ropa, sábanas, mantas y colchas de la casa ondeaban espléndidas con la brisa fresca. En ese momento, Goku y Goten llegaban del muelle y vieron todo lo que había pasado su inquilina durante el día.

—Cielos, Milk exagera con sus lecciones —comentó Goku viendo la expresión el cansancio de Videl—. ¿Está segura de querer seguir con esto?

—Puedes aprender a pescar con mi papá si gustas Videl —sugirió Goten como una salida a su sufrimiento.

Videl sonrió con calidez al par, eran muy amables al mostrar sincera preocupación por su estado.

—Descuiden, este es el camino que escogí y no pienso rendirme. No ahora.

Ambos hombres sonrieron ante su convicción y alzaron su pulgar hacia arriba en señal de apoyo.

La cena de aquella noche consistió en jamón, algunas lonchas de queso, pan del día anterior y café. Sin embargo, a Videl apenas le quedaban energías para comer cuando se sentó junto a la familia en la mesa de la cocina. Dos faroles iluminaban suavemente la habitación.

—Hoy has estado muy ocupada —en su voz no había ni rastro de fatiga a pesar de que había sacado un bote del cobertizo y lo había pintado, después había cortado leña para la cocina y había subido una docena de veces a lo más alto del faro cargando el aceite para la enorme luz—. Mamá dice que hiciste el doble de trabajo que ella.

—¿Cómo pueden producir tanta ropa sucia?

—Hace semanas que no mandábamos nuestras ropas a lavar y las sábanas de los otros dormitorios no se habían cambiado desde que se marchó el anterior farero. Veamos... hace seis meses. A Shapner le había cedido mi cuarto del faro.

—¡Olían a moho y a polvo!

—Ya te dije que habría trabajo de sobra. De todas formas, la ropa de mi padre, mi hermano y yo no se acumulará en una temporada —comentó Gohan para calmar a la temperamental muchacha—. Ya nos dio nuestra reprimida.

Le pesaban los párpados y le parecía que el dormitorio estaba lejísimos.

—Nada que no pueda hacerse —aseguró al tiempo que se ponía en pie, no sin esfuerzo—. Voy a traer unas sábanas para las camas y después me retiro. Tu madre mañana va a enseñarme algo sobre cómo limpiar el latón.

—Muy bien —dijo él con una mueca mientras soltaba un ligero bostezo—. Creo que deberíamos ir a descansar.

—No hasta que haga la cama, Gohan —el muchacho alzó las cejas, sorprendido—. No voy a permitir que no uses las sabanas que tanto me costó lavar.

—Eso sonó a mi madre —agregó riendo.

Videl rodo los ojos y salió a buscar las sábanas que, aunque estaban muy frías, se habían secado al sol y tenían el olor fresco de la ropa recién lavada. Se moría de ganas de acostarse.

Cuando volvió a la cocina, Gohan ya había fregado los platos y había metido la comida en la despensa.

—¿Alguna vez has hecho una cama? —le preguntó.

—No puede ser muy difícil poner unas sábanas sobre un colchón.

Gohan enarcó una ceja.

—Si quieres, te ayudo.

—No, no hace falta. Es mi trabajo.

Agarró las sábanas y se fue a la habitación de invitados, que ahora era la suya y a la cual había llevado sus cosas la noche anterior, cuando había decidido aceptar el trabajo. Empezó por la cama individual de su cuarto, pues pensó que sería la más sencilla de hacer y así, cuando hubiera practicado un poco, haría mejor la de Gohan.

Por supuesto, la tarea resultó no ser tan fácil. Las sábanas parecían tener vida propia y tuvo que aplastarlas varias veces antes de conseguir que quedaran lisas sobre el colchón. En un movimiento estuvo a punto de tirar el farol que había sobre la mesilla de noche. Tardó más de media hora en hacer una sola cama y, cuando hubo terminado, le dolía la espalda y no deseaba otra cosa que tumbarse.

«No puede ser muy difícil». Prometió borrar aquellas palabras de su vocabulario.

—Tardaríamos la mitad si lo hiciéramos entre los dos —la voz de Gohan la hizo sobresaltar.

Al darse la vuelta y verlo en el umbral de la puerta, ocupando prácticamente todo el hueco, el corazón empezó a latirle a toda velocidad y la fatiga desapareció como por arte de magia.

—Éste es mi trabajo —dijo, agarrando el otro juego de sábanas—. Puedo hacerlo sola. Y recuerda que hay gente durmiendo.

—Mis padres duermen como rocas y Goten también tras un día de pesca —dijo restándole importancia—. Vamos, Videl. Deja que te ayude, aunque sea un poco.

De pronto hacer la cama adquirió un matiz más íntimo y el vago recuerdo de la noche que habían pasado juntos después del naufragio acudió a su cabeza.

Gohan se acercó a ella y miró al baúl sobe el que estaban las pocas posesiones de la muchacha. Frunció el ceño, pero no dijo nada. Ella había dormido en su habitación desde su llegada a la isla y él había ocupado la de invitados; pero ahora que iba a ser su empleada, parecía lógico que fuera ella la que usara el dormitorio más pequeño.

—Videl, estoy cansado y deseando acostarme en esas sábanas limpias.

Se fijó en que tenía ojeras. Parecía tan fuerte, que no se le había ocurrido que pudiera estar cansado.

—Claro —susurró ella.

Fueron juntos hasta el dormitorio principal. De pronto le resultó extraño entrar allí, ya no era su habitación, sino territorio prohibido.

Gohan dejó el farol en la mesilla. Con aquella luz, volvió a recordarle a un pirata. Tenía desabrochados los dos primeros botones de la camisa y se le veía el vello que le cubría ligeramente el pecho.

Una oleada de deseo la hizo apretar las sábanas contra sí. «No te hagas esto», se advirtió a sí misma.

—¿Sábanas?

Gohan la miraba con curiosidad y una media sonrisa en los labios y Videl se dio cuenta de que había vuelto a quedarse mirándolo boquiabierta. El rubor coloreó sus mejillas, pero trató de actuar con normalidad y dejó las sábanas sobre el colchón. Empezó a buscar la sábana de abajo y, cuando Gohan trató de hacer lo mismo, sus dedos se rozaron. Videl notó una punzada de necesidad que le hizo retirar la mano de golpe.

Se acercaba a aguas peligrosas.

Se dio media vuelta para dejar el resto de ropa de cama sobre la cómoda y, al volver, el moreno ya había colocado la sábana por su lado. Ella trató de hacer lo mismo manteniendo las distancias. Pero no pudo evitar mirarlo furtivamente.

El lado de Gohan estaba estirado y perfectamente liso, el suyo torcido y arrugado.

En sus ojos había un brillo que reflejaba la tensión de su cuerpo.

Sentía demasiadas cosas al mismo tiempo. Sabía que con Gohan sentiría ese placer oscuro y secreto del que tantas veces había oído hablar a sus doncellas a escondidas y que nunca había sentido con Barry.

—Nunca habías hecho esto antes, ¿verdad? —le preguntó con voz profunda y cálida.

—No.

—Yo también hacía tiempo que no lo hacía.

A Videl no se le pasó por alto el doble significado de aquellas palabras. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral.

Tenía que salir de aquel dormitorio.

Agarró la otra sábana y, con un rápido movimiento, la extendió sobre la otra.

—Parece que aprendes rápido —le dijo mientras metía las sábanas y las mantas bajo el colchón.

Videl agarró la almohada, todavía impregnada de aroma de Gohan.

Parecía imposible escapar de él.

—Bueno, listo para dormir. Mañana tengo un día muy ajetreado.

—¿Quieres que te ayude con cualquier otra cosa?

—¡No!

Él se echó a reír.

—Entonces será mejor que te vayas a la cama y descanses.

Dormir. Mucho se temía que ahora ya no podría dormir.

—Felices sueños.

Videl salió casi corriendo del dormitorio y no se detuvo hasta haber cerrado la puerta del suyo.

Gohan era consciente de la conexión que había entre ellos y sabía tan bien como ella que no había manera de evitar lo que iba a pasar.


Barry estaba en su despacho leyendo los informes de los detectives. Hacía cinco semanas que su esposa había desaparecido y todavía no había encontrado ni rastro de ella. Desde entonces pasaba las noches en vela, preguntándose con quién se habría fugado, pues sabía que no podía haberlo hecho sola. No tenía el valor suficiente.

Sin duda ella y su amante estarían riéndose de él. Estrujó el último informe con la mano y lo echó al fuego.

Alguien llamó a la puerta.

—No quería molestarlo señor —era la doncella.

—¿Qué ocurre?

—Hay un hombre que quiere verlo, señor.

—No quiero ver a nadie —dijo, cerrando los puños con fuerza.

—Dice que tiene información sobre la señora.

Se puso en pie de un salto. Pocos eran los que sabían que Videl se había marchado, pues él había tenido mucho cuidado en que no se extendiese la noticia con la esperanza de salvar su buen nombre.

—¿Dónde está?

—En el recibidor. Dice que es el asistente del capitán. Se llama Ooloong.

—Hágalo pasar.

Barry se trasladó a una mesita llena de licoreras y se sirvió un bourbon del que bebió un buen trago. Últimamente estaba bebiendo mucho.

Unos segundos después oyó el sonido de unos pasos en el pasillo. Tomó otro trago.

—Señor Kahn, el asistente capitán.

Nada más ver a aquel tipo, Barry sintió un profundo rechazo. Ataviado con pantalones negros, camisa blanca con chorreras y chaqueta azul con ribetes, irradiaba una arrogancia que le repugnó de inmediato. Del mar, sin duda.

Además, era un cerdo.

—¿Tiene noticias de mi esposa? —preguntó, ocultando su aversión.

—Claramente —dijo sonando arrogante y desganado.

Barry arqueó una ceja.

—¿Qué le hace pensar que no está aquí?

—Puede que lo esté —respondió, encogiéndose de hombros—. Quizá no fuera su esposa la mujer que se subió al barco hace un mes vestida de viuda —dijo antes de llevarse la mano al bolsillo y sacar la alianza de Videl—. Muy atractiva, por cierto.

Barry agarró el anillo. Por primera vez en cinco semanas, tenía ganas de sonreír. Acercó la sortija a la luz; los rubíes brillaban esplendorosos. Aquella alianza le había costado una fortuna, pero eso no le había importado porque nada más verla había pensado que era ideal para Videl. Maldita fuera aquella mujer. Siempre le había dado lo mejor y mira cómo se lo había pagado.

Apretó el anillo en la mano hasta que las piedras se le clavaron en la piel.

—¿Dice que una mujer se subió al barco?

—Una mujer muy bella, si me permite decirlo. Dio el anillo a cambio de un pasaje al sur.

—¿Estaba sola?

—Sí.

—¿Y dónde está ahora?

—No puedo darle esa información hasta que acordemos un precio. Verá, el barco se hundió hace un mes y tengo la intención de conseguir otro. Mi capitán murió llevándose doce años de sueldo no pagado, amigo.

—Eres un maldito cerdo…

—Eso dicen…

Barry sintió el deseo de apresurar a aquel tipo, pero hacía ya mucho tiempo que había descubierto que era más fácil atrapar a una mosca con miel que con vinagre.

—¿Y cómo sé yo que es verdad lo que me dice?

Ooloong volvió a encogerse de hombros.

—La confianza es un sentimiento maravilloso, ¿no le parece?

Barry sonrió y sirvió una segunda copa.

—Sí que lo es.

El cerdo aceptó la copa, que se bebió de un solo trago.

—Es evidente que es usted un caballero. Acordemos un precio y le diré todo lo que sé.

Barry fue a su escritorio y rellenó un cheque, que acto seguido le dio al cerdo que abrió los ojos de par en par antes de que una sonrisa de satisfacción curvara sus labios. Se metió el cheque en el bolsillo del chaleco.

—Su esposa se subió al Orange Star hace poco más de un mes. Nos hicimos a la mar con ella a bordo, pero poco después nos encontramos con un temporal y el barco se fue a pique. Durante muchos días después del naufragio pensé en ella y traté de recordar de qué la conocía. Leí una y otra vez las iniciales que hay en el interior del anillo. Y entonces me acordé. Los había visto a los dos en el puerto de Ciudad Satán el año pasado.

—¿Y qué fue de mi mujer? ¿Se hundió con el barco? —¿lo había engañado aquel tipo?

—He hecho averiguaciones entre los pescadores de la zona. Parece ser que aparecieron siete hombres en la costa al sur. Pero nadie mencionó a ninguna mujer.

Barry se puso en tensión.

—Quizá se hundiera con el barco.

—Yo también pensé en esa posibilidad, pero hice más preguntas. Nadie decía nada de su mujer, pero un hombre me habló de la nueva ama de llaves del farero. Una mujer muy bella, de cabello negro y ojos azules.

—Podría ser cualquiera.

—Sí, pero dicen que es muy culta y tiene la voz grave —sonrió orgulloso—. Creo que puede que su mujer siga viva.

—¿Dónde está ese pueblo?

El cerdo le dio todos los detalles. Finalmente, Barry se despidió de él y llamó a su hombre de confianza Cuando entró, Kahn había abierto la caja fuerte y estaba contando el dinero en efectivo con el que contaba para el viaje.

—¿Señor?

—Acaba de mancharse un cerdo. Encuéntrelo y deténgalo. Cuando yo se lo diga, mátelo.

El hombre asintió.

—¿Se marcha de viaje?

—Sí. Voy a por mi mujer.