XIV

Hacía seis días de aquel encuentro. Angelina podía aún percibir el dulce aroma de su amante. Pero, ¿qué pacto había iniciado? No cabía duda de que estaba flechada y pretendía involucrarse más con ese hombre. No obstante, no había recibido ni una visita desde ese día. ¿La habría olvidado? ¿Se divirtió con ella para luego abandonarla? Por un momento lo enlistó en los nombres de sujetos frívolos, empero, algo en ella le hacía cambiar de parecer. El acto sexual que mantuvo esa noche, no fue una ocasión más, era como si hubiese renacido de pronto, luego de tantas desventuras. No quería contarle a sus padres, se mantenía muy hermética en ese asunto. Tampoco podía creer que la prenda del amor volvía vulnerable a un hombre a cualquier edad. Pensaba que a sus 35 años, el amor debía ser más taciturno y maduro, empero, las cuerdas del corazón poseían la fragilidad de siempre, como si fuera una adolescente, de aquellos años tiernos en que decían que el amor era tan fuerte para poseer completamente a un espíritu y hacerle ver la bondad de todo, que fortalecía la inocencia y a la vez, la enardecía para caer en la locura junto al otro espíritu. Se avergonzaba de ella misma, pues a su edad, las mujeres tomaban más enserio el amor, no solamente festines de colores. Sin embargo, recordar cómo se entregó a ese demonio, recordar su cuerpo, cómo se introducía ella, le volvía a excitar el corazón, a sentir un pequeño choque eléctrico en su piel y en su sexo. –Grell, me dijo que se llamaba Grell…-Susurró una mañana en su lecho, tocándose los senos, imitando los movimientos que él había creado.
Su semblante cambió, lucía nuevamente feliz y radiante. El color rojo que vestía, brillaba más junto a su cabellera. Andaba por las calles con un aire bondadoso y alegre. Sus amigas no podían creer su cambio en pleno revuelo: Heather estaba muerta. Las autoridades encontraron su cuerpo en uno de los callejones del puerto, en el río Támesis. Su familia emitió una alerta, ya que tenían casi una semana sin saber de ella, aunado, a que el rostro sufrió un terrible desfiguramiento. Era difícil dar un diagnóstico certero. Hasta que las investigaciones profundizaron más. Sí, era la elocuente Heather, una mujer de 28 años, no comprometida, encinta e hija única. En la escena lo único que se encontró fue una capa negra, y por las características, pertenecía a un hombre. Tenía unas cuántas manchas de sangre. Por supuesto que era clave para los crímenes del destripador. –Sí, es un hombre, lo dice el periódico. —Afirmó una de sus amigas, en una sala de la mansión de los padres de la difunta, la tarde del funeral. –Es un maldito pervertido. Lo más seguro es que se haya aprovechado de la pobre y…-No terminó de hablar, la voz se le cortó. ¿Un hombre? ¿Cómo? Angelina tomó con arrebato el periódico. Leyó rápidamente la noticia, estaba en el encabezado. Ahí se afirmaba el género del asesino, era un hombre. Además, en otra hoja, apareció la nota que descubrió el cadáver de un hombre flotando en las aguas del Támesis. Era el chofer. Angelina dedujo que esa capa era de su amante. No podía ser de otro modo. Recordó de pronto, las sábanas y el lecho, donde había tenido el acto sexual con él. ¿Había evidencias? Por supuesto que las había. Seguramente darían con ella. ¿Y qué hay de su nuevo amigo? ¿Acaso lo encontrarían culpable también? La felicidad que la poseyó por unos cuantos días, se esfumó de golpe. Estaba segura de que la policía la encontraría y todo acabaría para ella. Le molestó saber que el demonio tal vez se salvaría. No podrían atraparle. Pero estaba convencida que no fue una mera aparición o una fantasía suya, el hombre era real, lo sintió tan real. ¿Cómo podría lograr un éxtasis de ese nivel ella misma? Todo eso la abrumaba.

Los días pasaban y las evidencias permanecían estancadas. En los diarios que leía, ninguno mencionaba algo más de la capa encontrada. No obstante, su sobrino, Ciel, estaba tan enterado del tema, que contaba con información extra. Su fuente, el mayordomo de frac negro que todo el tiempo se encontraba a su lado, le revelaba datos más específicos, casi para descubrirla. –Pero Ciel, eres un niño, estos temas traen un carga que los adultos debemos soportar. —Le decía una tarde que visitaba a su misterioso sobrino. –No soy un simple ciudadano, y mi deber con la reina es este, debo cumplir, cómo lo haría mi padre. Además, este desquiciado criminal, está cobrando muchas vidas. Me enferma no poder encontrarle. Tantos cadáveres y no hay una maldita pista. —Exclamó el hombrecito. Conociéndole, sabía que no se echaría atrás. Angelina tampoco podía retroceder. No se lo permitiría.