Capítulo 14.

¡Maldito seas, cállate, o te juro que demandare por esto!-- Lisa trato de golpearlo, pero Terrence esquivo sin esfuerzo su ataque y la empujo lejos de él. Cuando cayo como un saco en el sillón, una risa atrapo su atención y se giro para descubir a la madre de Esteban. La mujer casi chilló con terror al ver su furibunda expresión, resultaba amedrentador, Terrence estaba mirándola fijamente y el músculo de la mandíbula estaba tenso. Era la misma expresión que había visto en el pasado en la cara del padre de Terrence,

— ¿Te diviertes Octavia? —El funesto tono de su voz hizo estremecer a la Mujer, pero antes de que pudiera decir nada en su defensa, él estaba rodeándola. Puso los labios en el oído femenino—. Sea amable a quien consideras como tú hijo, Octavia. No termines con el cariño qué hay. Recuerda que muchos de sus lujos son Gracias a mí.

—No me amenaces Terrence, soy como tú madre y me debes respeto. Olvidas que yo te cuide cuando tu padre murió. Y si no fuera por mí, tú no estarías aquí.

—Y tú querida Octavia, no olvides que yo no te pedí que me cuidaras, tú lo hiciste por que te convenía. —afirmó categóricamente Terrence con actitud amenazadora e incremento—: la próxima vez que vuelvas a acercarte a mi familia o a Candy con tu odio y envidia, la próxima vez que tú lengua destile veneno sobre alguno de ellos, recuerda primero que puedo ser el peor error que has cometido al ocuparte de mi en toda tu vida.

Cuándo terminó, Terrence se alejó de ella con desprecio. En medio del color fantasmal que había adquirido su cuidada tez de pronto, pudo advertir el miedo y la culpabilidad en sus ojos, y eso lo complació.

Agarró de la mano a Candy después de agarrar a Terry que lloraba en los brazos femeninos y acogedores de Candy. Haciendo caso del resto de las damas de la alta sociedad inglesa, y de sus expresiones de espanto. Comenzó a caminar por el vestíbulo franqueando en todo momento por Lucas y Terry, no decían nada, pero todos podían percibir su furia en cada uno de sus movimientos.

Pero al ver que Candy Temblaba y Cesar quien llegaba en ese momento se apresuraba a ir a su encuentro, apretó la mandíbula y se apresuro a dar ordenes.

—Has que los niños suban a mi coche y asegúrate de que estén bien atados en las sillas.

—Si señor. -Espió de reojo a Candy que miraba el piso, parecía mas menuda y venerable que nunca, pero hizo lo que su jefe le ordeno.

—¿Candy? ¿pecosa? ¿Te encuentras bien?. — Ambas manos grandes y masculinas fueron a parar a los delgados brazos femeninos e intento calentar con la fricción. La pecosa, en medio de su shock, logro asentír. Después colocó la cabeza en el pecho masculino y Terrence la abrazo con fuerza. En ese momento, no quería otra cosa que no fuera tomarla entre sus brazos y protegerla de todo mal.

—¿Qué haremos con esa publicación? — preguntó alzando la vista hasta encontrar los ojos azules de Terrence. —¿Como solucionaré esto?.

Terrence le apartó un mechón de largos rizos del rostro con suavidad, le acaricio la delicada línea que formaba la mandíbula y la orgullosa forma del mentón. Tenía los labios tensos, fruncidos, y los ojos encharcados. Pero no se permitía derramar ni una sola de las lágrimas. Quizás ella fuera incapaz de verlo, pero era una mujer increíblemente valiente.

— De momento, los niños y tú vendréis con migo a mi casa. El resto puede esperar. -Sin demora, y sin darle tiempo a reaccionar, la condujo hasta el vehículo y le abrió caballerosamente la puerta para que entrara en el. Un minuto después él se acomodaba en el asiento de alado, detrás del volante. Candy lo observó, inquisitiva, probablemente si suspicaz cerebro trabajaba a marchas forzadas para descubrir que se traía entre manos. Cuando el motor del BMW al encenderse, el cubo de bloques de construcción en la cabeza de Candy pareció encajar mejor que nunca, por que en voz baja y en español, indudablemente para que los niños no siguieran el hilo de la conversación del todo, asumió:

—Te complace que sepan lo que ocurrió en el barco, por eso no piensas intervenir, detener esa publicación.

Los nudillos de Terrence se pusieron blancos sobre el volante. ¿Tan obvió era?. Por que en efecto, Candy tenía razón en su acusación, No tenía intención de contradecir las palabras de esa miserable mujer. Le complacía de sobremanera que todos supieran que había sido suya. Que era sólo suya en todo el sentido de la palabra. Un comportamiento poco usual de él, ya que nunca antes se había sentido tan ridículamente posesivo con ninguna mujer, ni sentido la necesidad de obviar tantas verdades ni de disfrazar tanto sus respuestas. Su cruel cinismo y su brutal sinceridad, eran los rasgos que más habían sufrido todos aquellos que lo rodeaban. Pero desde que conocía a la bonita pecosa, le hacía hacer y sentir muchas cosas que eran completamente nuevas para él. Nuevamente le volvía a mentir. El contrato matrimonial, esa mañana, el juez dio por terminado el asunto de su matrimonio y todo lo que a éste le concierne. Saliera lo que saliera que podría haberlo destruido ya no tenía ningún valor para actuar en su contra. ¿Entonces por que simplemente no se sinceraba con Candy?. Porque para Terrence GrandChester hablar con el corazón no era un tema fácil. Demostrarlo era demasiado para él mismo. Ya una vez le había mentido, ocultándole su estado marital. Y gracias a su estupidez. Candy no confiaba más en él. No definitivamente no volvería a perderla.

— Te prometo que buscaré la forma de que lamente lo que ha hecho, pero no será convirtiendo lo sucedido entre tú y yo en un circo mediático —se justificó, evitando mencionar el motivo más primitivo por el cual no interpondría una querella.

Por un largo momento la pecosa no dijo nada más. De había ruborizado, posiblemente pensando que había pescado de engreida y se había recostado en el asiento. Tenía los brazos contra su vientre, mientras, con aire ausente mirada frente a ella la carretera del complejo residencial que atravesaban. Terrence que la espiaba de soslayo desesba saber que le estaba pasando por la mente. ¿Lo odiaba o se había tragado por completo su explicación? Persivio una punzada de remordimiento. Algo que no estaba acostumbrado a sentir.

—¡Detén el vehículo! — dijo Candy de repente— ¿Que ocurre?— interpeló Terrence pero haciendo lo que pidió

— Terry y Lucas —Candy se dirigió a los pequeños que los miraban tan ansiosos de tener información—. Podrían permanecer un minuto sentados y ser buenos niños, os prometo recompensarlos. -Ambos niños asintieron

— Ven comigo Terrence.

—¿ Por que tanto secretísimo?—quizo saber Terrence cuando finalmente bajaron del coche. Candy se retorció las manos nerviosa, al mismo tiempo que observó como dos vehículos más también se detenían en uno estaría Cesar y Flavio y en el otro seguramente eran los hombres de seguridad de Terrence.

— Se trata de Terry. No se si estás demasiado ocupado como para darte cuenta de que. — la garganta se le secó, hablar de aquello le resultaba complicado—. De que él...

—¿De que él que? ¿ Que sucede con mi hijo?. Terrence la había agarrado demasiado fuerte la muñeca y la había obligado a mirarlo a los ojos, ella tuvo que contenerse para no emitir un gemido de dolor, pero no pudo dejar de mirarlo y tampoco se apartó.

— ¿No te preocupa que Lisa pueda exigir a Terry y peor que tenga la custodia. ¿ No te preocupa el escándalo, como lo de esas fotos, pueden suponer en una batalla legal? Lisa es su madre y tiene todos las de ganar en un tribunal, por que a los ojos de todo el mundo, su vida es austera en comparación a la del padre de su hijo, que se dedica a... —El rostro pareció prenderle fuego de repente —. A protagonizar portadas y general cotilleos como la que para muchos, a partir de mañana es tu nueva amante.

Terrence. Pareció algo más aliviado, el aflojo la presión en su agarré y le acaricio el interior de la muñeca como si quisiera disculpar su ferocidad con ese sencillo gesto. Después, le puso La otra mano en la cara y de unclino hacía ella. Sus labios rozaron con los suyos mientras decía:

— O mi nueva esposa.

Con los ojos abiertos de par en par y conteniendo la respiración Candy lo miro estupefacta. —¿ Qué ?

—Qué mejor manera de acallar las habladurías y de renovar mi imagen, como un buen padre de familia.

—Si pero...

—¿Me niegas tu ayuda? — insistió susurrando en su boca. Su aroma la envolvió y sus alientos se entremezclaron antes de darse cuenta de que iba a besarla. Candy cerró los ojos y Terrence pudo percibir la lucha que tenía lugar en su interior. Se le veía en la cara. Y también el momento en que se rendía. Pero no lo había dicho. No había pronunciado las palabras que él tanto deseaba escuchar. Entonces para persuadirla, la rodeó por la cintura y la llevó contra su cuerpo duro. La joven emitió un grito ahogado. Tenerlo tan cerca era demasiado; se sentía aturdida por poder oler su seductora fragancia, y un verdadero e inapropiado deseo la invadió.

Angustiada por las sensaciones que despertaba el inglés siempre en ella, se apartó de él evitando su mirada. Intento volver a recordar como se respiraba, intento darle racionalidad a la situación, pensar en la propuesta que acababa de hacerle Terrence.

¿En serio le estaba sugiriendo que se casaran?

—¡Candy! —Terry, se ha dormido. Agradecida por la interrupción de Lucas—. Ella no estaba preparada para tomar ningúna decisión. Si deseaba con desesperación proteger Terry. ¿Pero casarse con Terrence? Lo amaba pero ya le habia hechi daño, y esa herida todavia le dolía.

— El pequeño Lucas siempre tan oportuno como su madre. La desaprobadora voz del hombre que siempre lograba desestabilizarla por completo la hizo regresar su mirada a la masculina. Una expresión de intenso cinismo atravesaba el rostro de Terrence, mientras volvía a abrirle la puerta del copiloto. —Seguiremos con esta conversación en casa pecosa mía.

Candy salió de la habitación en puntillas para no hacer ruido. No quería despertar a ninguno de los Niños ahora que por fin se habían quedado rendídos. Se paró en el lumbral de la puerta para observarlos un momento más. El día había estado lleno de desgastantes acontecimientos y se merecía un descanso reparador. Apoyo la cabeza en el marco de la puerta. No debía de darle pena el no haber tenido niños. Hasta antes de que apareciera en su vida Terrence, nunca había creído que aquello fuera una posibilidad. Luego fue un momentos de pasajera ilusión por que el mismo hombre que había alimentado a sus fantasías más profundas, fue el que la destrozó. Noche tras noche en los últimos dos años casi tres años, había soñado que Terry podía haber sido su hijo y de Terence. De pronto llegó a la resolución que era una tonta. Si Terry hubiera nacido de ella, seguramente no hubiese sido concebido por amor. Terrence distaba mucho de saber el concepto de aquello.

Negó.

Pero al creer el día, ella tenía que recordar que su madre era otra mujer. Terry no era su hijo. El niño la veía como una tia cariñosa a la que siempre podía recurrir. Con eso era suficiente.

No debia tentar la suerte y hacer que se entremezclaran los delgados hilos del destino.

Lo amaba y lo había amado desde el primer momento que lo vio.

Tenía que dejar a un lado sus sentimientos por Terrence. Era el momento de dejar a un lado la fantasía. El destino y las circunstancias los habían llevado por un camino diferente y tuvo que recordarse que no importaba lo que ella misma se había inducido a creer respecto a lo que ellos alguna vez tuviero, pues posiblemente había estado viviendo en una quimera desde el principio. Aunque en el fondo deseo que, de algún modo, algo del pasado hubiese podido ser real para él y no sólo para ella. Cerró los brazos entorno al superhéroe, que tenía en sus manos. Al igual que sus grandes ojos. Suspiro para acallar las voces de su conciencia.

Pronto, dos brazos fuertes se enroscaron alrededor de su cuerpo volviéndola prisionera. Candy sabía quien era. El aroma de Terrence penetraba sus fosas nasales y embriagaban sus sentidos. Quizo quedarse allí para siempre, pero sabía que no debía hacerlo. No podía seguir alimentando al demonio en su interior.

— Es curioso, pero aunque pasen los años hay cosas que nunca cambian en el dormitorio de un niño—susurró él, cercas de su oído con la letal sensualidad con la que siempre la abordaba.

Se giró para mirarlo y quedó momentáneamente aturdida al verlo solo con un pantalón y una camiseta completamente abierta, que revelaba el bien formado abdomen, como así también remolinos de suave vello, apenas visibles. Sintió la urgente necesidad de explorar con la lengua cada centímetro y entonces todo lo que hace un momento había decido se había olvidado, y de la nada vino a su mente un vivo recuerdo. Ella debajo de su peso, tan desnuda como él. Su cuerpo grande y poderoso empujando hacia abajo sobre ella, pecho contra pecho. Lo recordó penetrandola en un solo aliento, hundiéndose tan profundamente, que ella había creído realmente en ese momento que él le había tocado el corazón.

— Súper héroes— aclaró él ante su mutismo, y con un gesto de cabeza señaló el muñeco de superman que ella sostenía en su mano derecha.

Candy pestañeo varias veces y movió la cabeza débilmente, sintiéndose extremadamente confusa y sobretodo caliente. Debía ser el verano. Hacía demasiado calor, se dijo.

—¿Tú no los tenías?. Preguntó atravesando la neblina de su cerebro.

—Por supuesto— La cara de Terence se convirtió de repente en una pétrea mascara sin reacción—. Solo que mi héroe era de carne y hueso, y era también mi monstruo.

—Terrence...

—Los niños miran a su padre como héroe— la corto al tiempo que le agarraba un rizo dorado y jugaba con el entre sus dedos—. Es el primer héroe que tienen. Y lo aprendí desde un principio, es que los monstruos no están bajo la cama ni se esconden en tu armario— Su mano libero el mechón enroscado. Y continuó a una lenta caricia por el cuello y la forma delicada de la clavícula, detuvo su peregrinación. Los labios de Terrence se curvaron en una fría donrisa forzada. Ese encanto masculin no la engañó ni por un minuto. — Los monstruos entran por la puerta y son caras conocidas. Los monstruos no te regalan muñecos por tu cumpleaños, ni te abrazan cuando tienes miedo, ellos solamente te enseñan a torturar... A destruir — concluyó finalmente y desató el lazo que mantenía resguardada su gazmoñería de miradas curiosas.

Haciendo caso omiso de las lágrimas de compasión que empañaba la mirada de la pecosa, él abrió la prenda y se hecho hacia atrás para admirar la obra de su cuerpo. Quería dejar atrás la caja de Pandora que había abierto. El solo conocía una manera. Aquella. Debajo de la bata, como sospechaba, no lleva absolutamente nada, y su piel tan blanquecía que parecía casi tras lúcida bajo la luz artificial del pasillo, resplandecía cómo fina porcelana.

Una increíble evitación de apodero del cuerpo de Candy y la urgente necesidad le arrancó un gemido de la garganta.

—Shhh.. Los niños— murmuró contra sus labios antes de besarse intensamente.

Casi sin darse cuenta, y dando rienda suelta a los impulsos de su cuerpo, Candy se agarro al cuello de la camisa de Terrence y este la instó para que ajustara una pierna entorno a su cadera. La protuberancia de su miembro chocó con el mismo centro de su núcleo e involuntariamente se frotó contra él. De las profundidades de la garganta masculina retumbó el más primitivo de los sonidos guturales.

Podía sentirlo. Aquellas lágrimas de lastima lastima por él. Por el chiquillo encerrado en si mismo que una vez fue. Por todo lo que no había tenido. Por todo lo que le habían arrebatado. Cuándo lo separaron de su madre. La cual nunca conoció ni su nombre. La manera que lo abrazaba y sus pequeños suspiros le gritaban en silencio que no matara al niño interno que aún podía merodear dentro de él. Qué lo deje salir a correr, a jugar, por que ella siempre se encargaría de protegerlo.

Maldita fuera esa mujer.

— No quiero que sientas pena por mi Candy, por que ese niño aprendió a cuidar de sí mismo. Ese niño aprendió a base de golpes, que hasta el más resistente hierro se quebranta alguna vez, y que la bondad humana nunca podrá superar a la maldad —susurro mientras ella se iba despegando de su cuerpo y, con las mejillas húmedas por las lágrimas—. Y sin embargo desde que te conocí, lo único que hago es caer de rodillas, una y otra vez, derribado por un golpe fulminante.

— Eso no es cierto Terrence. Nadie, ni siquiera yo, tiene el poder de arrodillarte. Siento mucho por lo que tuviste que pasar. Debiste ser simplemente un niño común y corriente...

—¿Y acaso tú lo fuiste? — atacó con

sequedad—.

—Por que no me sorprende Terrence GrandChester lanzando el golpe exacto en el momento adecuado.

Continuará...