¡Hola a todos! Os traigo un nuevo capítulo que va a dar un giro inesperado a la historia. ¡Disfrutadlo!

14.

Camino por el pasillo que lleva hacia el despacho de Irons sin saber muy bien qué pensar. Viniendo de él, puede ser cualquier cosa. A pesar de que la inclusión de los S.T.A.R.S. en Raccoon City fue idea suya, no parece muy contento porque estemos aquí. Suspiro. Somos como una piedra en la suela de su zapato.

Giro a la derecha haciendo resonar mis botas. No hay nadie a la vista. Esperaba que Jill ya estuviera por aquí. Todavía es temprano. Faltan quince minutos para las seis. Ya llegará. Tomo asiento en uno de los sillones que hay frente a la puerta. Me parece escuchar voces al otro lado.

Pego la oreja intentando captar cualquier palabra. Sólo oigo distorsionada la voz de Irons. No pillo gran cosa. La puerta parece estar hecha a medida para evitar a los espías. Mierda. Vuelvo a mi asiento y jugueteo con mis pulgares aburrido.

Mi móvil vibra en mi bolsillo. Lo cojo y miro la pantalla. Es un mensaje de Jill. El corazón empieza a latirme con fuerza. Cada vez que leo su nombre me pasa.

¿Estás arriba?

Le escribo que sí y ella me responde que acaba de aparcar y que viene hacia aquí. Bueno, al menos la soledad va a durar un poco menos. Cuando termine la reunión llamaré a Claire. He estado toda la mañana durmiendo. Me he despertado a las cuatro. Me he duchado, he comido y conducido hacia aquí para verle el careto al inepto de Irons.

Anoche, mientras estábamos trabajando y Wesker nos dejaba, Jill y yo lo estuvimos hablando por escrito a través del ordenador. Ella cree que quiere seguir dilapidándonos por el partido que perdimos, y tal vez decirnos que nos va a mandar al banquillo en el próximo encuentro.

Yo, sinceramente, no lo creo. Si hubiera querido hacer eso, lo habría hecho con público, y mucho además. Vete tú a saber qué se le estará pasando por la cabeza. Le escribo a mi hermana para decirle que la llamaré a partir de las ocho. Guardo el teléfono en el momento en el que oigo unos pasos.

Giro la cabeza en dirección al pasillo. Segundos después, mi compañera aparece. Le sonrío. Me devuelve la sonrisa. Lleva una cazadora de cuero y unos ajustados pantalones vaqueros. Le sienta de maravilla. Me excita verla así. Intento tranquilizarme para que mi amigo no se anime.

-¿Preparada? –le pregunto mientras se sienta a mi lado.

-Más quisiera… -murmura dejándose caer. Cierra los ojos unos segundos y me mira -. No he parado de darle vueltas desde que me he levantado.

-Le corre mucha bulla para llamarnos a esta hora –opino consultando por enésima vez mi reloj de pulsera.

Faltan cinco minutos para las seis. Podríamos entrar ya para acabar lo antes posible. Pero lo mejor será esperar a que nos llame. Bastantes quebraderos de cabeza me ha dado ya. Me quedo en silencio. La espera me mata. Jill también parece estar nerviosa.

La puerta se abre y me levanto como si me hubieran puesto una chincheta en el culo. El bigote del jefe de policía aparece en primer lugar, y luego su cara y se rechoncho cuerpo. Nos observa con sus diminutos ojos examinándonos.

-Redfield, Valentine. Adentro –nos indica haciéndose a un lado.

Dejo pasar en primer lugar a Jill, y luego entro yo. Me quedo boquiabierto. Juraría que había alguien más con Irons. A no ser que se haya vuelto majara y esté hablando solo. No lo entiendo. En el despacho sólo estamos los tres. Jill se sienta a la izquierda, y yo a la derecha. Irons se acerca con lentitud y sin prisa hacia el otro lado de la mesa.

Lo observo sin perder detalle. Viste una camisa blanca con un chaleco negro que parece que le va a explotar en cualquier momento. No comprendo cómo ha podido dejarse tanto. Por el amor de Dios. Es la máxima autoridad dentro de este edificio. Y si aquí no se hace respetar… fuera menos. No conozco ningún policía que tenga buenas palabras para él.

Irons se deja caer en su sillón de cuero con un gran estruendo. Veo que Jill se mueve un poco inquieta en su asiento. Ya he observado esa conducta anteriormente en otras mujeres cuando están en presencia del jefe de policía. Ya lo conozco suficientemente bien para saber cómo se las gasta este cabrón.

-Como sabrán, tengo mejores cosas que hacer, pero el trabajo es el trabajo –empieza diciendo Irons haciéndonos saber que no le agrada lo más mínimo nuestra presencia. No hace falta que lo jure. Yo soy el último que quiere estar aquí -. En fin. Quién iba a decir que el baloncesto iba a empezar a gustarme.

Me mira directamente a los ojos unos segundos. Yo le aguanto la mirada. Si quiere intimidarme la lleva clara. Jill está callada, con los brazos cruzados a la altura del pecho. Me alegro de que haga eso. No soportaría que el cabrón de nuestro jefe se deleite con su presencia.

-La gente os quiere –comenta sin darle demasiada importante. Su tono de voz le traiciona. Está rabiando, lo sé. No soporta que alguien sea más popular que él -. Han llegado numerosas cartas y correos de seguidores alabando vuestra actuación. Pero sobre todo comentan que juntos sois una pareja explosiva.

Asiento en silencio. Desde luego que nos entendemos de maravilla, prácticamente desde que nos conocimos. Eso sólo me pasa con mi hermana, pero no tiene comparación. Es mi hermana. Si no tuviera confianza y compenetración con ella entonces apaga y vámonos.

-Pese a que yo tengo opinión contraria –continúa hablando. Yo sonrío al oírle decir eso. Que se joda -, os han observado de cerca. Ayer por la tarde recibí una llamada. Me han hecho una oferta por vosotros.

Miro a Jill con la boca abierta. Su sorpresa también se refleja al parpadear varias veces. ¿De qué demonios está hablando? ¿Una oferta? ¿Es que nos van a largar a otro sitio? ¿O es que quieren que nos dediquemos profesionalmente al baloncesto? Yo me niego desde luego. Adoro mi trabajo. No lo cambiaba por nada del mundo. Abro la boca para protestar, pero Jill se me adelanta.

-¿Qué quiere decir…? –puedo sentir el miedo en la voz de Jill. Me mira buscando apoyo. No puedo hacer más que sostenerle la mirada.

-Tranquila, señorita Valentine, de momento siguen aquí, si es lo que pensaba.

Suspiro aliviado, y veo que Jill se deja caer un poco en su asiento. Por un momento yo también pensaba que Irons iba a hacer un trueque con nosotros o nos iba a despedir para mandarnos a otro lado. Entonces, ¿de qué se trata? De pronto, la puerta que está a nuestra izquierda se abre, y por ella aparece un hombre trajeado.

No es demasiado mayor. Tal vez no supere los cuarenta y cinco. Tiene el pelo algo canoso pero bien cuidado. Viste un elegante traje gris que le ha debido costar una pasta. Juraría que por lo menos mi sueldo entero. Lleva unas gafas de montura negras que hacen juego con sus ojos oscuros.

Lleva en la mano un maletín marrón que parece estar lleno de papeles. Es un hombre de negocios. Eso me queda totalmente descolocado. Jill arquea una ceja tan sorprendida como yo.

-Les presento a Joel Malcom, director de Durex en Estados Unidos –anuncia Irons cuando llega a su lado.

Vuelvo a quedarme boquiabierto. ¿El director de Durex? ¿Aquí? Cada vez estoy entendiendo menos.

-Un placer –saluda con una amable sonrisa tendiéndole la mano a Jill.

Ésta tarda unos segundos en reaccionar. Al igual que yo, está intentando procesar toda la información que acabamos de recibir. Le estrecha la mano sin demasiada fuerza y luego se la estrecho yo sin darme cuenta de lo que hago. Irons le da una palmada en el hombro haciéndose el importante.

Cretino santurrón.

-El señor Malcom ha venido directamente desde Washington para conocerles –dice Irons sonriendo como un porcino. Su visión me hace gracia -. Quiere hablar con ustedes sobre un proyecto que tiene en mente. Estaré fuera para que puedan hablar tranquilamente.

Al decir lo último me mira como si me estuviera advirtiendo. Yo intento mostrar mi mejor sonrisa. Sé que eso le pone de los nervios, y lo haré siempre que haga comentarios fuera de lugar. Escucho la puerta cerrarse y nos quedamos los tres solos. Trago saliva con dificultad al pensar en algo de lo que no me había dado cuenta.

Durex es una de las principales marcas de preservativos del mundo. Yo mismo las utilizo. Es la que más seguridad y posibilidades me da. Si nos quieren a Jill y a mí será para promocionar algo… Pero, ¿el qué? ¿Por qué nosotros?

-Lo primero, me gustaría agradecerles su presencia –nos dice Joel con tono de disculpa -. Sé que no están en horario laboral y que han trabajado de noche, por eso se lo agradezco aún más –nos observa detenidamente con una sonrisa -. Por sus caras, deduzco que no tienen ni idea de qué hacen aquí y por qué he venido a verles –asiento lentamente. No me fijo si Jill lo hace -. Bueno, supongo que conocen Durex y algunos de sus productos.

Yo vuelvo a asentir. Miro a Jill. Se sonroja. Yo sonrío. A veces es tan tímida… que me encanta.

-Queremos hacer una nueva campaña televisiva, sólo a nivel regional –nos comenta poniendo las manos sobre el escritorio -. Estamos buscando a un hombre y a una mujer que hagan ver, sobre todo a los jóvenes, de la importancia de mantener relaciones seguras en todo momento. Tras una estadística realizada, hemos comprobado que Pennsylvania es el estado en el que más menores mantienen relaciones sexuales sin ningún tipo de protección, y queremos cambiarlo.

Jill se ha quedado como una estatua. Yo trago saliva con dificultad. No sé por qué pero me da que lo que nos va a ofrecer va a ser algo calentito. Me excito al pensarlo, al recrear en mi mente algunos de anuncios en los que aparece una pareja en actitud cariñosa a punto de jugar. Y si es con Jill… Me estoy empezando a empalmar. Intento centrarme en la conversación antes de vaya a peor.

-Básicamente lo que queremos es rodar un spot televisivo en el que ustedes sean los protagonistas –nos confiesa con una mirada esperanzadora. Quiere que lo hagamos. Estoy totalmente convencido.

-¿Por qué nosotros? –pregunto nervioso.

-Les vi jugar en Salt Lake City –responde volviendo a sonreír -. Me sorprendió mucho ver cómo se entienden sin siquiera dirigirse la palabra, el buen rollo que parece haber entre ustedes… Eso es exactamente lo que buscamos para captar al público. Además, ya me han comentado lo populares que se han vuelto desde el encuentro, y eso inclina un poco la balanza, ¿no les parece?

Nos guiña un ojo. Está intentando ganarse nuestra confianza siendo buena gente. A mí ese rollo no me va mucho. Si quiere convencerme de que haga algo de lo que aún no tengo ni idea, va a tener que currárselo mucho. Me quedo en silencio. Pongo las manos en el respaldo de la silla pensando en lo absurdo que suena todo esto del anuncio.

-Seguro que hay modelos más que suficientes que están acostumbrados a estar delante de las cámaras –dice Jill con el gesto serio. Por su expresión sé que niega en rotundo la idea.

Joel niega en silencio sin dejar de sonreír.

-¿Es que no lo entienden? Carpe Diem. Vive el momento. La sensación del momento… ¡son ustedes! –exclama señalándonos -. Claro que hay modelos de los que podemos tirar, pero queremos gente cotidiana para que parezca más real. Son polis, todo el mundo les admira y les respeta…

-No todos… -murmuro en voz baja. Creo que no me ha oído. Veo la media sonrisa de Jill. Ella sí.

-Si ellos, que velan por la seguridad, disfrutan de su salud sexual sin preocupaciones, ¿por qué no va a hacerlo el resto?

Me llevo las manos a la cabeza. No sé qué pretende con todo esto. Sigo sin entender absolutamente nada de lo que está pasando. Jill y yo intercambiamos una mirada. Está tan confundida como yo. No sé cómo va a acabar esto, pero me da que no tiene buena pinta.

-A ver si lo he entendido… -sintetizo mirando al tipo que tenemos delante a los ojos -. Quiere que Jill y yo participemos en una campaña televisiva para concienciar a la población de la importancia de usar preservativos en sus relaciones, ¿me equivoco?

-Yo no lo habría resumido mejor –contesta Joel sonriéndome -. Exacto. Eso es lo que espero de ustedes.

-Pero eso implica… -lo interrumpe Jill. Veo la duda en sus ojos -. Tendremos que hacer cosas que hacen las parejas: besos, caricias…

Se detiene porque se pone completamente colorada. Qué mona cuando se le suben los colores. Me quedaría observándola eternamente. Tiene razón en todo lo que ha dicho: en el anuncio nos pedirán que actuemos como una pareja normal y corriente, no como compañeros…

Bueno, ya tenemos un poco de experiencia…

-Bueno, no vamos a pedirles nada complicado –explica Joel ante nuestra atenta mirada -. Aunque bueno, supongo que les dará un poco de pudor porque tendrán pareja…

Niego en silencio lentamente. Entre los entrenamientos y el trabajo estoy como para tener novia encima. Aunque no sea porque no quiera… pero es algo difícil de alcanzar. Nunca sucederá. Somos compañeros. Pase lo que pase. Ése es nuestro primer mandamiento.

-Bueno, eso simplifica un poco las cosas… -susurra mientras abre el maletín y saca dos hojas de papel -. Les he redactado un informe con los objetivos de nuestra campaña y un poco lo que pretendemos hacer con ustedes. También he traído un contrato para firmarlo en el caso de que aceptasen. Pero aún no es el momento. Primero quiero saber si están de acuerdo con la propuesta.

Nos pasa un folio a cada uno. Pero yo no lo leo. Es demasiado para leerlo en poco tiempo. Todo esto me ha pillado en frío. Ni de lejos me esperaba que el mismísimo mandamás de Durex se presentara aquí para que colaboremos con ellos. Yo no lo veo claro… y por la expresión Jill, ella tampoco.

-No sé… Creo que primero deberíamos discutirlo en privado –opino mirando a Jill -. Yo no lo veo claro.

Jill asiente con lentitud. Veo en su mirada un destello de gratitud. Sé que es lo mejor que podemos hacer. Esta propuesta me queda… tan grande. ¿Y si no cumplo con los requisitos? ¿Y si me pongo tan caliente que no soy capaz de aguantar y estropeo nuestra relación? Porque no soy de piedra, y ella tampoco. Y sé que con ese anuncio nuestros deseos sexuales van a estar al máximo.

-Sí. Me gustaría discutirlo primero con Chris –dice Jill sin apartarme la mirada.

-Lo entiendo perfectamente –se defiende Joel -. Aunque déjeme que les diga que me sentiría muy decepcionado si no consigo un sí por ambas partes. Además, los honorarios son muy buenos. Se lo comenté al jefe de policía. Se les pagaría veinte mil dólares netos a cada uno. Se les daría un quince por ciento del total de anticipo. Sin embargo, el jefe ha insistido en que el veinte por ciento de lo que ganen vaya destinado a la comisaría.

Me quedo boquiabierto. Será cabrón. Quiere sacar tajada de todo. No se contenta con embolsarse todos los meses una cantidad considerable de dinero. Ya sabía yo que ese cretino no iba a aceptar sin obtener nada a cambio. Me lo imagino al otro lado poniendo las orejas para oír todo cuanto estamos hablando.

Hombre, un dinero extra no me vendría nada mal. Tengo que pagar los estudios de Claire y mi alquiler además de todos mis gastos. Con mi sueldo llego justo a fin de mes. Pero necesito hablarlo con Jill y compartir ideas. Estamos juntos en esto y no daremos un paso en falso.

-Me reafirmo. Quiero hablarlo con mi compañera –digo con un tono de voz más o menos autoritario. Jill me sonríe y yo le devuelvo la sonrisa.

-De acuerdo –se resigna Joel con un suspiro -. Voy a dejarles también una copia del contrato para que le echen un vistazo a todas las condiciones. Les voy a dar mi número de teléfono por si tienen alguna duda.

Nos pasa una tarjeta con su nombre, teléfono y dirección. Tal vez las dudas salgan cuando empecemos a grabar, si es que lo hacemos. El monstruo que duerme en mí ruge contento al emocionarse con la idea. De pronto, la puerta principal se abre, y Irons irrumpe en la sala con cara de no haber roto un plato. Pongo los ojos en blanco sin que me vea.

-Bueno, seguro que ya hay trato –afirma muy seguro de sí mismo. No le pega nada -. Estos S.T.A.R.S. son de los mejor.

Éste si se parece más al capullo que conozco.

-No, aún lo tienen que pensar –rectifica Joel intentando ser amable.

Irons se gira como un gato en celo y nos fusila con la mirada. Si las miradas mataran… ésa lo habría conseguido. Su rostro empieza a parecerse poco a poco a un tomate. Aprieta los puños furioso.

-¿Le importaría dejarme un momento a solas con mis chicos? –espeta de malhumor. Joel asiente en silencio y sale al exterior lo más rápidamente posible.

Irons no le pierde de vista hasta que desaparece por completo y se centra en nosotros. No estoy tenso. Simplemente no sé por dónde nos puede salir este mequetrefe. Se lleva las manos detrás de la espalda y pasea de un lado a otro ahora sin mirarnos. Miro a Jill, que tiene los labios apretados.

-Con la cantidad de dinero que hay en juego, ¿a qué esperan? –nos recrimina sin dirigirnos aún la mirada.

-No sé cuándo pensaba contarnos que piensa llevarse un porcentaje –le suelto casi sin pensarlo. Me hierve la sangre. Me da igual. Jill me mira con miedo. Sabe que he ido demasiado lejos.

-Eso no es asunto suyo, Redfield. Necesito un buen motivo. Ya.

-Necesitamos pensarlo, señor –responde Jill temerosa -. No es una decisión que pueda tomarse a la ligera.

-¡Necesito una respuesta hoy mismo! –exclama completamente ido. Yo no me inmuto, pero Jill se echa hacia atrás en su asiento -. Me da igual lo que hagan fuera de aquí, pero esta noche cuando vuelvan quiero un sí. Ahora, lárguense. Tengo cosas más importantes que hacer.

Aprieto los puños con fuerza, casi haciéndome daño. Me levanto un poco de mi asiento, pero Jill me pone una mano delante y me impide hacer algo. Me mira y niega en silencio antes de hacerme un gesto con la cabeza para que nos larguemos. Salgo sin mirar atrás pero deseando darle su merecido a ese cerdo.

Jill abre la puerta y yo paso como una exhalación. No me detengo cuando paso junto a Joel. Miro a mi lado, pero veo que Jill no me sigue. Me giro y la veo charlando con el director de Durex.

-Estaré por Raccoon City hasta mañana –nos dice siendo amable -. No duden en llamarme si necesitan que les aclare cualquier punto.

-Lo tendremos en cuenta. Gracias –responde Jill antes de caminar hacia mí -. Vamos.

Caminamos en silencio hasta salir del pasillo. Me detengo al cerrar la puerta. Me siento como si me acabaran de privar de un gran regalo. Hubiera sido una enorme satisfacción poner a Irons en su sitio. Sé que no es políticamente correcto. Pero qué a gusto me hubiera quedado.

-Chris, ¿estás bien? –me pregunta Jill preocupada. Me pone una mano en el hombro. Yo suspiro.

-Es sólo que no soporto cómo nos trata ese cabrón –contesto mirándola directamente a esos preciosos ojos grises.

-Pensaba que lo tenías controlado.

-Cuando se pone a decirme cosas a mí no me importa, porque sé que lo hace para provocar, y no quiero entrar en su juego… Pero cuando insulta a mis camaradas… Eso no.

-Chris…

-Si ese malnacido vuelve a decirte algo fuera de tono, te juro que me lo cargo.

Vuelvo a apretar los puños con fuerza. Necesito descargar adrenalina. Mi cuerpo me lo pide, y sólo conozco dos cosas que me podrían ayudar: hacer el ejercicio y echar un polvo… y ninguna de las dos cosas es viable en este momento. Jill se aparta un poco mí y me observa detenidamente.

-Éste es otro juego más de Irons, Chris. No lo olvides –me recuerda con el gesto serio -. Además, tenemos que tratar un asunto importante, y me gustaría dejarlo zanjado antes de volver al trabajo. ¿Qué opinas?

Sonríe con timidez y yo se la devuelvo. Da gusto tener personas a tu alrededor que consigan sacarte una sonrisa a pesar de tener un humor de perros.

-Eso está mejor –opina dándome una palmada en el hombro -. Vamos, te invito a un café.