Interludio II
Vientos del pasado
La respiración del rey de la luna transmite una tensión apabullante. Suya es la voluntad de todo un planeta, y ante tal fuerza el mismo tiempo se estremece. El viento no sopla y las gotas de rocío no resbalan por la superficie de flores.
Ante él se mantiene un humano solitario, soportando la presión que ejerce la voluntad del rey. Apoyado en un báculo acabado en joyas y con el pelo blanco por el paso del tiempo, la figura del mago que una vez fue su oponente parece aún más vieja que nunca.
Abandonado por las otras personas presentes en el castillo y en un intento sin esperanza de proteger una llama que se extingue, el anciano desafía al rey de la luna una vez más.
Durante largo tiempo se miran. En la mirada de ella hay fría determinación, voluntad inquebrantable y un millón de sueños rotos. Los ojos de él refulgen con la verdad suprema.
"No lo conseguirás"
En el tono del viejo, no hay odio o comprensión, su voz enuncia la verdad pura.
"No se puede buscar realización en el pasado, a la unión de una sucesión de sueños malogrados, no se le llama aspiración, se le llama quimera."
"Aaahh pero Kishua,… ¿Puede haber algo mas brillante que ese sueño?… Volver a sentir el calor… Caminar juntos nuevamente… No, para mi es imposible dejarlo marchar, no mientras ellos estén conmigo. Si es sólo un sueño es uno por el que vale la pena vivir… Aunque solo traiga tristeza… Aunque sea realmente imposible."
Brunestud acaricia con cariño la palma de su mano derecha mientras habla.
"Un planeta es un lugar dónde todos pueden ser felices. Es donde viven aquellos que amas. Es el lugar por el que luchas y el lugar en el que mueres. Una vez todo ha sido arrebatado ¿Cuál es su función? Ella te lo diría… que el final después de una desesperada lucha por sobrevivir, es la conclusión."
"Creí que lo habías entendido… Nada termina ¡Nunca! Ha llegado la hora de la sexta regla, la caída de los esclavos de este maldito orden."
El rey de la luna extiende la mano hacia el anciano y, habla con una voz profunda y pausada.
"Muere pues… Kishua".
Sus pies se levantan del suelo y el viento comienza a jugar con sus cabellos. A sus espaldas el viento forma espadas de plata para acabar con su enemigo.
El hechicero reacciona con una velocidad que desmiente su aspecto envejecido. Cinco joyas brillantes cruzan el cielo nocturno.
"Weiter als Himmel oder Hölle"
Las gemas se sobrecargan y estallan al vuelo arrastrando la realidad con ellas, llenando todo con el sonido de cristales rotos.
Puertas se abren en pleno aire, formando un muro que protege al hechicero. Agujeros a mundos extraños donde el bien o el mal se han erigido supremos, consumidos por la entropía o con leyes físicas insostenibles. Mundos de extrañas energías donde el hombre ya no existe.
El muro dimensional engulle las espadas de viento, y comienzan a emanar extrañas energías que horadan la propia existencia.
En su avance hacia el ser definitivo, los flujos de energía violan el jardín sagrado.
En el último instante, el rey se protege con su regio derecho, pues lo que determina realeza entre los ancestros verdaderos no es corona o trono, sino el castillo blanco. Piedras milenarias orbitan alrededor del rey, representando la naturaleza conceptual de la fortaleza, eterna e inmaculada.
Alzando una mano que irradia luz brillante, Brunestud se yergue como una juez celestial que juega con los astros a placer. Los cuerpos celestes se mueven, giran hasta que sus trayectorias se entrelazan formando complejos círculos en el cielo. Los restos diamantinos que dejan sus colas dibujan una corona, un majestuoso halo de siete anillos. Su majestad hace palidecer a los emperadores del pasado. La mano desciende, inmisericorde, decretando muerte.
Su corona refulge y renueva su brillo con el fuego del juicio, los fragmentos del orbe muerto descienden, dejando tras de sí solo "Nada". Cada impacto grita 'muerte', y el planeta se agita en agonía mientras pedazos de su vida son arrancados.
"Hell des Schönen Bildes"
La encantación resuena en la noche y un rayo de luz prístina, parte los cielos, disipando el halo con el poder de un millar de mundos. Espada en mano, el anciano se yergue sobre el yermo vacio. El sudor corre profusamente por su frente y empieza a respirar de forma entrecortada. Ese ataque se ha llevado más fuerzas de las que poseía. Aun así y en un último esfuerzo, agarra la empuñadura de su espada con fuerza.
"¡Esto es todo lo que me queda, Último de la luna! ¡Cae una vez más, y llévate contigo este detestable cielo carmesí!"
La energía que se empieza a acumular en la hoja prismática está más allá de toda medida. Tomando prana mundo tras mundo, tal cantidad de energía mágica sólo se había concentrado una vez en este mundo. Esta es la verdadera gloria de la segunda magia un autentico reflejo de la raíz… la capacidad de aplastar mundos usando todo reflejo de la verdad única.
Y en respuesta el sonido de un mundo golpeando contra otro.
Y un torbellino de cabellos dorados.
Y la espada más hermosa de la existencia, potenciada por millones de chispas de vida.
Y el anciano hechicero yaciendo en un charco de su propia sangre.
Y nada más.
La lucha ha finalizado.
Luna Carmesí se alza sobre el vencido con la espada alzada.
"Nunca pretendí convertir esto en una batalla de alta hechicería, Kishua. Ni siquiera en una sobre la razón o los principios, no esta vez. Puede que sea débil, puede que esté equivocado, puede que sea cruel… pero es nuestro último deseo. No tenéis suficiente fuerza como para enfrentaros a eso, ya no."
Con la espada en la garganta, Zelretch se incorpora pesadamente, sin dejar de mirar a Brunestud a los ojos.
"Bueno, lo llaman milagro porque sólo ocurre una vez. Pero dime una última cosa antes de matarme… Ha sido divertido ¿Verdad? Estos últimos años, cuando ella aprendió a sonreír ¿Te ha recordado como era?"
Con gesto impasible, el rey comienza a bajar la espada.
"Adiós, Kishua"
La espada baja.
Y todo queda inundado de un color azul profundo.
El rey de la luna es incapaz de moverse.
"Hay que ver, no deberías ir hablando de la fuerza de otros justo antes de caer en una trampa. Y tu viejo, deja de estar tendido en el suelo o alguien terminará por pisarte."
La larga melena pelirroja de Aoko Aozaki se ondula con el viento junto al rey atrapado por el tiempo. Con toda tranquilidad, se acerca a Zelretch y le ayuda a levantarse.
"Vámonos de aquí, vejestorio. Shiki y la hermanita ya se han ido, y esto nos queda demasiado grande."
Las miradas de Brunestud y Aoko Aozaki se cruzan por primera vez
"Pero no olvides, que tan poderoso como eres, hoy los humanos te hemos detenido. Y que no huiremos siempre…"
Aoko Aozaki se despide con una sonrisa antes de desaparecer en un destello azulado.
