Mientras se dirigían al coche de Jane, Maura se apresuró para ponerse a su altura.

- ¿Qué hacías? – preguntó la morena, haciendo un gesto de cabeza hacia su hermano, ahora con cara de emoción.

- Le di las llaves de mi coche para poder volver con vosotros.

- Uy, eso es depositar mucha confianza en él, Maur – bromeó Jane, con mejor humor que antes.

- Sé que puedo confiar en cualquier Rizzoli – se limitó a decir la forense, con un encogimiento de hombros.

La detective tragó saliva, abrumada por aquellas palabras dichas con tanta sencillez pero con mucho significado. Entonces, Castle se puso al lado de la doctora y Jane captó una mirada que no le gustó en demasía y, por la cara de Beckett, tampoco a ella. O quizá era solo cansancio…

- ¿Cómo has hecho eso? – preguntó el escritor, con ojos llenos de curiosidad.

- Se llama digitopuntura. Es una técnica manual que tiene los mismos principios que la acupuntura china, a la que todos tenéis tanto miedo, pero simplemente se sustituyen las agujas por la presión que ejerces con los dedos en ciertos puntos.

- ¿Por eso decías lo de 4 IG y eso?

- Exactamente – contestó Maura, encantada por las preguntas – Cuando estudias acupuntura te sueles aprender los nombres de los puntos a estimular en chino. El cuerpo humano tiene 361 puntos.

- ¿En serio? Somos como grandes dianas – bromeó el escritor, pinchándose con un dedo en el brazo.

La forense se río y ambos siguieron charlando mientras se metían en la parte trasera del coche. Se podían escuchar los gritos asombrados de Castle desde fuera, causando que Beckett pusiera los ojos en blanco y se le dibujara una sonrisa tonta que no fue capaz de reprimir.

- Es como un niño pequeño, ¿verdad? – preguntó Jane, observándola atentamente por encima del techo del coche.

- No lo sabes tú bien…

- ¿Hace cuánto que… - paró un momento, viendo como un ligero rubor se extendía por las mejillas de la detective cuando pensó que iba a preguntar otra cosa – trabajáis juntos? – preguntó al final.

Una expresión de desconcierto cruzó la cara de Beckett, pero pronto se convirtió en alivio, creyendo que su secreto estaba a salvo.

- Cinco años.

Jane asintió y se sentaron ambas en el coche, sonriendo cuando vieron que doctora y escritor seguían charlando animadamente en la parte trasera. La detective arrancó y se encaminó al hotel que Beckett le dijo. En cierto momento, la cabeza de Castle apareció por un lateral del asiento de la neoyorkina, con una sonrisa tan ancha que casi no le cabía en la cara.

- Jane, quizá te robe un poco a Maura, resulta ser una fuente sin fondos de conocimientos que me vendrían muy bien para los libros.

- La verdad es que es como una Wikipedia viviente – comentó la detective, sin dejar ver la molestia que aquello le producía.

Pronto llegaron a la entrada del XV Beacon, con las banderas de la entrada ondeando con el viento otoñal y una luz cálida y acogedora saliendo del interior del hotel.

- Castle, podrías haber cogido uno más modesto, ¿no? – se quejó Beckett mientras sacaban las maletas del coche.

- Sabes que viajar conmigo incluye estancia en hoteles lujosos – comentó Castle, recordando aquel viaje a Los Ángeles.

- Mientras no me cuentes anécdotas sobre mujeres desnudas y cortinas llenas de miel… - ante la mirada extrañada de Maura y Jane, la detective sacudió la cabeza – No preguntéis – aconsejó.

Ambas hicieron una mueca y se encogieron de hombros, prefiriendo la ignorancia. Entraron todos en la caliente recepción y Castle se aproximó al mostrador, donde un dependiente, con el traje del hotel, esperaba sonriente.

- Buenas noches – saludó el hombre.

- Muy buenas. Tengo una reserva a nombre de Richard Castle, una suite.

El dependiente frunció el ceño mientras miraba en su ordenador, comprobando las habitaciones.

- Aquí está pero… - pareció desconcertado y alzó la mirada - ¿Puedo ver su DNI? – inquirió.

- Por supuesto. – Castle sacó rápidamente la cartera, enseñándole el carnet.

El hombre volvió a fruncir el ceño y mirar la pantalla, sin saber qué hacer.

- ¿Ocurre algo? – preguntó el escritor.

- Sí, señor. Mire, tengo aquí su reserva hecha pero hay una anotación al lado. Mi compañero escribió que llamó usted hace una hora y que la canceló porque al final no iba a ser capaz de venir.

- ¿Qué? Yo no os he llamado.

- Lo siento, señor. Es lo que pone aquí.

- ¿Por qué os iba a llamar para luego presentarme aquí y pedir mi habitación? Ha debido de haber un error o algo… ¿Puede comprobarlo? – pidió Castle, extrañado. Aquello tenía de todo menos sentido.

Mientras el dependiente llamaba a su compañero, Beckett se acercó a él, preocupada.

- ¿Hay algún problema?

- Supuestamente he llamado para cancelar la reserva.

- ¿Qué?

- Ya ves…

- ¿Señor? – Preguntó el hombre, reclamando su atención – Mi compañero asegura que fue usted quien llamó, incluso le proporcionó el número de DNI para que no hubiera problemas.

- Pero… ¡Yo no he realizado esa llamada! – exclamó Castle, perdiendo la paciencia.

Jane y Maura se acercaron, con cara interrogante. En cuanto oyeron de qué iba todo aquello, Maura se disculpó y salió del hotel para hacer una llamada. A la detective le extrañó que se fuera, nunca había sido, lo que se dice, una loca de su privacidad.

- ¿Y no hay otra habitación libre? Aunque no sea una suite – intervino Beckett, agarrando al escritor del brazo para tranquilizarle.

- Déjeme comprobarlo – pidió el dependiente, algo agobiado por la situación. Negó con la cabeza, apenado – Lo siento, pero actualmente tenemos todo ocupado… Estamos en pleno centro y muchos turistas vienen aquí.

- Comprendo… Bueno, muchas gracias por atendernos, lamento las molestias.

- No, señorita, más lo lamento yo. Pero ya colocamos a un cliente en esa habitación.

- No pasa nada – Beckett sonrió tranquilizadoramente – Encontraremos otro sitio.

- Buenas noches, y perdón.

- Buenas noches.

El pequeño grupito salió al frío de la calle y Castle soltó un gruñido de irritación.

- No tiene sentido esto… - sacudió la cabeza, dándole una patada a una piedra.

- Habrá sido un error – dijo la detective, rozándole un hombro.

- Pero tenían mi DNI, es lo que… - el escritor se calló de golpe, en sus ojos hubo una sombra de comprensión que Beckett no alcanzó a ver pero Jane sí, porque tenía la misma sospecha.

- ¿Qué? – preguntó la neoyorkina.

- Nada, nada. – Se quedó en silencio unos segundos más antes de alzar la mirada y clavarla en Kate - ¿Y a dónde vamos ahora?

- Yo os prestaría mi apartamento pero, ahora mismo, es una escena del crimen – comentó Rizzoli, encogiéndose de hombros.

- Todo solucionado – dijo Maura, acercándose a ellos mientras guardaba el móvil en un bolsillo de la cazadora de cuero, arrebujándose dentro – Podéis quedaros en mi casa de invitados.

- ¿Qué? – exclamaron los tres a la vez. Se miraron entre ellos, entre divertidos y asombrados.

- ¿Y mi madre? – inquirió Jane.

- Ha accedido amablemente a irse por un tiempo con Frankie.

- Maura, no sé… - empezó a decir Castle.

- No hay nada que discutir. Os vais a quedar allí, queráis o no – replicó la forense.