14.
Vegeta no podía entrenar debido a que la batería de la máquina estaba casi completamente descargada, por lo que terminó decidiendo entrenar al día siguiente. Salió a dar un paseo por los aires y regresó al cabo de dos horas de ver paisajes hermosos, ciudades de proporciones inusitadas, mares, picos nevados y nubes; aprovechó la travesía para seguir asimilando la idea de la paternidad.
Al volver a la casa, se encontró a la mujer cómodamente sentada en el sillón que había enfrente del aparato rectangular, el "televisor", que parecía que tuviese personas adentro haciendo su vida mientras ella las contemplaba. Tenía un montón de comida alrededor: bolsas de patatas fritas, una bandeja de pastelitos de chocolate que de seguro había preparado la madre, galletas, bombones...
—Vaya, ese niño ha sacado mi apetito —comentó en tono burlón; la mujer volteó la cabeza, terminó de tragar el pedazo de pastelito y le sonrió con ironía.
—Eso parece —musitó—. ¿Te quieres sentar?
Él estaba exhausto después de tan prolongado vuelo, por lo que se acomodó gustoso en el sillón haciendo espacio entre tanta comida.
—¿Por qué no limpias un poco todo esto? —preguntó.
—No es como si esta protuberancia me ayudara mucho —explicó—. No tengo muy buen equilibrio, no puedo correr, pero si caminar, y me cuesta levantarme sin ayuda —contaba cada argumento con un dedo—. ¿Me alcanzas aquel control?
Parecía complicada en verdad por el chiquillo, por lo que decidió no protestar; no le costaba mucho acceder sólo por esa vez. Le alcanzó el control.
Ella presionó unos botones y llegó un robot volador que abrió un compartimiento donde colocó toda la basura. Luego, el robot fue directo al cubo para desecharla.
—Bueno, te aseguro que falta muy poco para que nazca —comentó la mujer.
—¿Cuánto? —preguntó Vegeta con miedo.
—De aquí a una semana lo tendremos con nosotros; puede ser ahora mismo o dentro de cinco días. Si me escuchas gritar de dolor, hazte a la idea.
—D-de acuerdo —musitó, algo alterado por el comentario.
—¿Vendrás a esperar su nacimiento? —preguntó ella, esperanzada.
—¿Qué caso tiene? ¿Perder un día de entrenamiento? —vio como parecía desilusionarse y decidió agregarle un final estable— ¿Dónde lo tendrás?
—En la casa —musitó, cabizbaja—, no pretendo internarme en un hospital de antemano ni salir corriendo en trabajo de parto, por lo que contratamos personas especializadas que estén a mi disposición en el momento en que el bebé decida nacer; con una llamada bastará para que vengan.
—Mejor así; me lo pones más fácil. Cuando escuche su llanto, vendré; así no tendré que estar esperando con impaciencia —al escuchar sus palabras, sonrió con suma felicidad, contenta de que el niño le importara—. Soy capaz de destrozar el lugar si estoy demasiado nervioso.
—No lo dudo —puntualizó ella—. Vale, que así sea. Y dime, ¿cómo le llamaremos?
—Es tú trabajo elegirle el nombre.
—¡Es el trabajo de ambos! —gritó, exasperada.
—Vale, pero no quiero hacerlo; no conozco nombres terrícolas y además no me creo capaz de ponerle otro nombre que no sea Vegeta Junior.
—Aquí ese nombre no existe —le dijo, poniendo los ojos en blanco.
—Por esa razón, mejor nómbralo tú —finalizó el Saiyajin.
—¿Qué te parece si mezclamos alguna letra de mi apellido con las letras de nuestros nombres? —preguntó emocionada.
—Como desees.
—Lo pensaré; buscaré algunos que tengan esas características —agarró un libro de nombres que había arriba de la mesa y se puso a hojearlo; Vegeta se sorprendió al verlo, pues no había reparado en su presencia hasta ese momento.
Se levantó del sofá y se dirigió hacia su cuarto; después de tan largo viaje, no estaría mal dormir una larga siesta...
