¡Sorpresa! Ni yo misma en mis más optimistas pensamientos me hubiera imaginado trayendo un nuevo capítulo tan pronto. Tomad, tomad y leed, las cosas comienzan a caldearse XD

Un enorme abrazo a todos y muchas gracias por leerme. Como ya sabéis, reviews más que bienvenidos^^ Contadme vuestras penas y glorias sobre el cap, con total sinceridad. Saludos!

Disclaimer: Naruto no me pertenece, mía es sólo la historia y ciertos personajes incluidos en ella.


La Rosa del Desierto

por Lyldane

Capítulo XIV: Duelo

Los oídos le martilleaban al ritmo acelerado de los latidos de su corazón. En tal circunstancia planear una estrategia habría supuesto un problema, pero hacía más de una larga hora que Sakura había dejado de pensar y se dedicaba a esquivar, correr, golpear. Sucesivamente, una y otra vez. Las piernas y brazos le ardían. Los pulmones amenazaban con estallarle de un momento a otro.

—Qué te he dicho de la respiración—habló Gaara con paciencia—. Todavía es errática, desacompasada. Así se te hará imposible mantener el ritmo.

Sakura resopló e inspiró afanosamente. Copiosos regueros de sudor corrían a través de sus sienes, su cuello y la curva de su espalda. Ya estaban a mediados de junio y la temperatura no hacía sino incrementarse, cada día más. O tal vez fueran imaginaciones suyas, pero juraría que aquella tarde estarían aproximadamente a unos casi treinta y cinco grados centígrados.

—Ataca.

La chunin obedeció lanzando una patada que en seguida amortiguó la pared de arena que se alzó como por arte de magia. Sakura giró lateralmente para coger aún mayor impulso y empleó la otra pierna, a punto de romper las defensas del pelirrojo.

—Eso es, mantén esa fuerza. Incrementa la velocidad.

Sakura acumuló chakra y procedió con los puños. Era consciente de su incapacidad para aumentar el ritmo de golpeo. Insufló una mayor cantidad de energía a sus músculos para hacerlos obedecer a las órdenes que les enviaba desde el cerebro. Una quemazón desagradable la advirtió de encontrarse en el límite, y ahogó un gemido. Gaara se vio obligado a hacer control de su arena cuando ésta empezó a flaquear ante los impactos. Retrocedió.

—Respira, Sakura.

Los golpes continuaron. Necesitaba ser más rápida. De una forma u otra.

—No quiero que suplas la carencia de ritmo con potencia—Gaara frunció el ceño—. Deja el chakra de lado.

Ella apretó los dientes y lanzó un puñetazo envuelto en una llamarada azul.

—Sólo un poco más…

Esa vez las arenas no se invocaron. Gaara detuvo el puño de la pelirrosa con su propia mano, desplazándose ambos debido al fortísimo impacto. Sakura jadeó al notar sobre sus nudillos cómo gran cantidad de tendones y terminaciones se deshacían en una promesa de dolor agudo, a todas luces. Contempló aterrada al pelirrojo, que la miraba serio sin mueca alguna de daño reflejada en su rostro.

—Mal—la traspasó con sus ojos—. Así no llegaremos a ninguna parte.

Sin tiempo de arrepentirse por su comportamiento, Sakura apartó el puño y contempló la palma ensangrentada de su compañero de entrenamientos.

— ¡Gaara, tu mano!

Todavía con la adrenalina en sangre, le tomó de la muñeca con cuidado y se dispuso a hacer uso de su palma recuperadora, infundiendo chakra sanador en la herida. Un halo verde y misterioso envolvió las facciones de ambos.

—Puede esperar. Tus reservas…

—Calla y déjame hacer.

Tardó escasos minutos en recomponer todos los tendones y nervios y le hizo un gesto a Gaara para que comprobase la movilidad. El chico movió sus falanges como si hiciera uso de un piano invisible y Sakura sonrió. Detuvo el flujo de chakra.

—Todo en orden, menos mal…

Las rodillas le fallaron y Gaara la sostuvo por la cintura antes de caer redonda cuan larga era al suelo.

—Siempre excediéndote.

Ella boqueó entre jadeo y jadeo.

—Sólo necesito descansar un momento… hace demasiado calor.

Gaara le pasó un brazo por los hombros y la condujo hasta las gradas, donde Sakura consiguió sentarse apoyada sobre el muro del pabellón. El chico hurgó entre la mochila y el botiquín que siempre tenían a cargo y le tendió una botella de agua.

—Gracias.

Gaara contempló a la pelirrosa echar la cabeza hacia atrás y beber con avidez. Los músculos de su garganta se movían al compás de sus tragos.

—Todavía no eres capaz de ajustarte a tu límite —Sacudió la cabeza—.Es ahí donde debes aprender a mantenerte. Pero si te pasas, las secuelas serán inevitables. No estás acostumbrada.

No, era verdad que no lo estaba, pero en esas dos semanas Sakura había avanzado a pasos de gigante. En un principio se había esperado que Gaara la tratase con guante blanco, pero nada más lejos de la realidad. El pelirrojo era severo como la Godaime, y sólo la detenía cuando Sakura presentaba claros signos de perder la consciencia o derrumbarse ante el cansancio. En principio se había propuesto que ambos hicieran las veces de atacante, pero era siempre Gaara quien daba órdenes, y siempre Sakura quien obedecía. Más o menos.

—Pero no puedes negar que voy progresando.

—Poco a poco.

Ella hizo un mohín con la boca. Luego miró la botella vacía con auténtica pena en el rostro.

— ¿No hay más?

—No.

Se abanicó con las manos, pero era insuficiente.

—Esto es un horno.

—Por algo se le llama desierto.

Una clase de pequeños genins pasaron junto a la puerta abierta, llamando la atención de Gaara con su alboroto. Ni siquiera corría una leve brisa. Sakura sintió que se asaba y bajó todo lo decentemente posible la cremallera de su camisola roja, inspirando y espirando a conciencia.

Será borde. Los últimos días Gaara la había tratado con cierto desaire poco habitual en él, acostumbrada como estaba a que la tratara con templada deferencia. No estaba segura de haber hecho algo que mereciera reproche… ¿o acaso se trataba de algo más? Lo contempló, embelesado en sus propios y enigmáticos pensamientos mirando sin realmente observar al grupo de niños que chillaban y se perseguían correteando. Sakura frunció el ceño. Ya lo había advertido, días atrás.

Un peculiar velo de tristeza cubría las turquesas del pelirrojo. O estaba aprendiendo a identificar sus minúsculas expresiones, o Gaara debía estar derrumbándose por dentro como un castillo de naipes para que su cara reflejase algo de lo que sentía.

—Vaya, ¿ya habéis terminado? —Se escuchó un suspiro—. Y yo que tenía la ilusión de verte morder el polvo, niña…

Sakura infló los carrillos. Baki se había acercado a ellos en actitud relajada, despojado de su turbante y dejando una gruesa mata de pelo negro a la vista. No era la única a la que la recién estrenada temporada de verano causaba estragos.

—Pues vete quitando esa idea de la cabeza—se cruzó de brazos, sin levantarse del suelo—, porque no me verás en esas tesituras. Ni hoy ni nunca.

—Menudos humos—alzó las manos en señal de paz—. Calma, me ha quedado claro, ejecutora-san.

La pelirrosa alzó la barbilla a la vez que miraba de reojo al Kazekage, que no se había pronunciado en la disputa. Tras un leve suspiro Gaara pareció reaccionar y saludó con un desganado movimiento de cabeza a su antiguo sensei.

Como una auténtica alma en pena.

—Andando—se levantó de un salto y echó a andar, sin esperar a los otros dos—. No quiero retrasarme a la cena.

Sakura se alejó prácticamente pateando el suelo en cada zancada. Los otros dos la siguieron atrasados, a una distancia prudente.

— ¿Qué le has hecho? —le susurró el mayor al pelirrojo.

—Nada.

—Pues parece cabreada.

—Sí, eso parece.

Baki torció el gesto, manteniéndose a su vera unos cuantos minutos en silencio, con la única resonancia del crujir de las pisadas de Sakura en la lejanía. Llevaba dándole vueltas a la pregunta desde hacía rato, pero ya sabía lo poco de lo que le iba a servir.

Todos los años era lo mismo.

— ¿Querrás que vaya contigo a visitarlo?

Por un instante, las facciones de Gaara se descompusieron, pero en seguida volvieron a su apática serenidad de siempre.

—Eso no será necesario.

Baki detuvo su marcha y obligó al Kazekage a hacer lo propio.

—No tienes que pasar por esto tú solo—se pronunció, firme—. Temari y Kankuro me han comentado que irán mañana a media tarde. Yo estaré allí también. Ven con nosotros.

Gaara lo miró largamente en silencio, para continuar con su paso estable.

—Prefiero lidiar con todo esto yo solo.

—No tienes por qué hacerlo…

—No es ninguna penitencia—lo interrumpió—. Realmente lo prefiero. Y espero que tanto mis hermanos como tú respetéis mi decisión.

Baki suspiró a sabiendas de que hablar de más únicamente conseguiría enrarecer el ambiente. Se puso a la par del pelirrojo, en un silencio ligeramente incómodo. Tras un par de minutos que se hicieron exageradamente largos, Gaara trató de destensar la atmósfera.

—Además, a esa hora tengo entrenamiento con Sakura.

No era como si no pudieran citarse otro momento, pero Baki decidió encarar la situación desde una perspectiva diferente… y mucho más divertida.

—Qué considerado.

—Si se preestablece un horario, hay un deber de cumplirlo—afirmó con la cabeza.

—Ya, seguro—sonrió ladinamente—. Te estás portando muy bien con ella, eso es cierto. Debería estarte agradecida.

—Lo está—lo miró con un brillo de advertencia velada—. No sé qué insinúas, Baki, pero sea lo que sea estás equivocado.

Aquello tomó totalmente por sorpresa al jounin, que se vio obligado a detenerse y cruzarse de brazos a mitad de la calle. Las palabras de Gaara englobaban toda clase de posibilidad, y el mero hecho de que su ex alumno hubiera siquiera pensado en ese tipo de ideas se le antojaba disparatadamente inverosímil.

— ¿Ah, de verdad? —Invocó su golpe final—. ¿Entonces es mentira que ella realmente nunca llegó a tocarte en vuestro primer enfrentamiento?

Gaara se detuvo en seco, pero ni un músculo de su cara se contrajo un ápice.

—No sé de qué estás hablando.

Por Kami-sama, sollozó internamente Baki. Jamás en su vida se hubiera imaginado ser testigo de algo así por parte del menor de sus alumnos, y a la par el más avanzado.

—Esa marca en la nuca es la cicatriz que te dejó ese chico de la Hoja en los exámenes a Chunin—alzó una ceja—. Os estuve viendo. Y al final, ella se derrumbó sin que llegara a alcanzarte su última patada.

Gaara no era estúpido, por lo que no perdió el tiempo en rebatir inútilmente aquellas palabras. Baki contempló su espalda en completo silencio, y con un suspiro se acercó a su antiguo alumno. Negar lo obvio sólo conduciría a maquinaciones sospechosas.

—Oye, no te estoy pidiendo ninguna explicación—le puso una mano en el hombro—. Eres libre de hacer lo que te venga en gana, solamente…

El pelirrojo se libró del agarre de su antiguo maestro de un conciso manotazo. Baki parpadeó sin comprender, hasta que vio la verdad en la milésima de segundo que Gaara tardó en sobrepasarlo y dejarlo atrás. Abrió los ojos de puro asombro y se quedó estático en el sitio. Aquello sí que era completamente nuevo.

Nunca creyó que ninguna piel en el mundo pudiera alcanzar el exacto tono de cabello del Kazekage. Se equivocaba.

— ¡Gaara!

—Nos adelantamos—se hizo oír desde la distancia.

Baki contempló la figura del pelirrojo avanzando a paso vivo hasta alcanzar la lejana silueta de Sakura. El jounin se quedó sólo, rascándose la nuca y con la sensación de no haber sino contribuido al huracán de emociones por los que Gaara estaba pasando aquel día. Siempre era lo mismo, cuando se acercaba la fecha… y la nueva presencia de la pelirrosa no calmaba precisamente los ánimos.

En definitiva no era de menos, la tarde anterior al duelo.

Sakura apretó los labios cuando notó la presencia del pelirrojo a sus espaldas, que prácticamente había volado hasta ella.

— ¿Y Baki?

—Tenía cosas que hacer y marcha directamente a casa—respondió ensayadamente.

Sakura no se lo tragó pero hizo caso omiso a la posibilidad de incidir más en el tema. No era aquello lo que le carcomía los sesos.

— ¿Habéis terminado con vuestros secretitos ya o qué?

Gaara resopló.

—No es el mejor momento, Sakura.

—Sí lo es. Es el momento idóneo. Tú no estás bien.

—Estoy como siempre.

— ¡No es verdad! Actúas extraño—él seguía con la vista al frente, sin dignarse a mirarla—. Tú no eres así.

Gaara frunció los labios en una fina línea pálida.

—Tal vez hubieras concebido una idea errónea sobre mí.

—Eso tampoco es cierto—bajó la cabeza—. Sé que aunque pretendas mostrarte frío e insensible, en el fondo eres sorprendentemente bueno y gentil, ahora soy capaz de verlo. Entiendo que dada tu posición es importante mantener una imagen firme y dura…

Una desagradable risa nasal interrumpió la elaborada y dulce exposición de Sakura, que se quebró ligeramente por dentro.

Aquello estaba comenzando a asemejarse a una de las cientos de experiencias que había tenido la desgracia de vivir con cierto sujeto de Konoha.

—Tú no entiendes nada—le espetó, sin más.

Fue la gota que colmó el vaso. La pelirrosa apretó los puños, impotente. No permitiría que se convirtiera en lo mismo, no otra vez. Habría logrado cantidad de progresos. Se negaba en rotundo a pasar por el mismo calvario del pasado. Sakura lo asió con rabia de la muñeca y lo obligó a volverse, a que se encarara de frente contra ella. De cerca, bien cerca, turquesa contra jade.

— ¡Entonces cuéntame qué demonios es lo que ocurre, y podré entenderlo! —Le gritó sin piedad—. ¿Es que acaso no te quedó claro? ¡Maldita sea, no hay nada que me moleste más que me dejen de lado cuando me ofrezco personalmente a ello! —le señaló con un dedo acusador—. ¡Los últimos tres días no has dejado esa cara de pena infinita en ningún momento! ¡Soy tu amiga, déjame ayudarte, joder!

Calló para tomar aire, respirando con dificultad. Como de costumbre cuando la embriagaba la ira, había escupido las palabras sin filtro ni raciocinio alguno, simplemente trascribiendo de la manera más explícita posible todo aquello que guardaba dentro y se le materializaba en la cabeza. Usualmente funcionaba, a veces no. Sakura se dispuso a comprobar el resultado de aquel espontáneo arrebato, pero Gaara no la miraba precisamente a los ojos. Parecía exageradamente atento a algo de su chaleco, y molesta ante la sospecha de que no hubiera atendido a ninguna de sus palabras, bajó la vista para constatar qué era aquello que lo mantenía tan interesado.

En el fragor de su protesta, la cremallera de su camisola se había deslizado hasta la mitad del esternón, dejando a la vista mucho más de lo que las reglas del pudor y la decencia hubieran admitido. Que su respiración acelerada contrajera de esa forma su pecho y la tela de la prenda le fuera ligeramente tirante, no mejoraba la situación.

Gaara continuó absorto unas décimas de segundo más, hasta que los ojos de Sakura recuperaron de nuevo toda su atención. La pelirrosa se quedó clavada en el sitio, rígida como una piedra. Distinguió un breve y extraño brillo en sus turquesas, tan aterrador como electrizante. Se le erizó cada uno de los vellos de todo su cuerpo.

Ella sabía lo que él había hecho. Él sabía que ella lo había descubierto. De pronto, toda la furia de Sakura se había desvanecido como por arte de magia, y sintió la imperiosa necesidad de ocultar su vergüenza con los brazos.

Gaara tensó la mandíbula y retrocedió.

—Perdón—su voz sonó rara, ahogada bajo la palma que se llevó al rostro—. Ha sido un día muy duro. Necesito descansar. Hasta mañana.

Ni siquiera le dio tiempo a Sakura para reaccionar. El Kazekage desapareció en una nube de humo, dejando a la chica sola en la calle y a apenas cien metros del edificio de destino, con la respiración todavía agitada y un montón de ideas golpeteándole la mente, impidiéndole procesar. Sakura se cerró el chaleco hasta el último de los dientes de la cremallera e inició el paso como un autómata, sin saber si echarse a reír, a llorar, enfadarse o actuar como si no hubiera pasado nada.

Algo le ocurre, no me lo ha contado. Se recordó. El chico tenía la cabeza en otra parte.

Exacto, el tono jocoso de su vocecita interior no le sentó nada bien. Específicamente, entre tus tet…

Por Dios. Sakura sacudió la cabeza y se palmeó las mejillas, echando de forma cuasi-permanente a su inner. Deslices los cometía cualquiera. Y eso no bastaría para apartarla de su primera y única pretensión. Ella había madurado, se recordó.

Averiguaría lo que le pasaba a Gaara, costase lo que costase.

Calentó la cena que le habían dejado preparada como siempre Narumi y el resto y se la llevó a su habitación. Allí se descalzó, se enfundó en el camisón vaporoso al que se había visto obligada a acudir dadas las nuevas temperaturas y se puso todo lo cómoda posible sobre su enorme cama. Mientras engullía su ración de arroz con legumbres se recolocó en el sitio y notó un crujido de pergamino bajo el codo derecho. Los puntiagudos trazos de tinta caligrafiada se arrugaron creando kanjis ilegibles.

—Mierda, mierda.

Sakura se levantó con urgencia dejando su caja de bento sobre la colcha, con cuidado de no mancharla. Cogió el papel con sumo cuidado y se acercó a su escritorio, donde lo planchó a conciencia para quitar todo rastro de arruga. Una vez cubiertos los desperfectos, la elevó en lo alto para contemplarla por enésima vez.

Mentiría si negaba que no hubiera sabido recitar su contenido de memoria.

De no haber contado con aquellos dos últimos pares de líneas, la carta de Sasuke hubiera sido incluso más chocante que el propio hecho de recibirla. Le narraba escuetamente su estado, y le preguntaba de la misma manera por el suyo.

¿Cómo has estado últimamente?

Por supuesto que él no se lo reprocharía, dado que no le importaba, pero la verdad era que Sakura hacía más de mes y medio que no escribía a Sasuke. Lo había hecho al principio, pero conforme había ganado nuevas responsabilidades había contado con menos tiempo libre del deseado y se había limitado a responder a aquellos más importantes, que sí le escribían con asiduidad. Sus padres, Naruto, Tsunade-sama, Ino, Hinata… no había sido un pequeño acto de rebelión contra el Uchiha, ni de molestia por no responderle sus misivas. Ella no se esperaba menos.

Simplemente, no había encontrado tiempo para él.

Podría pensar que en cuanto parecía haberle dejado de prestar atención el Uchiha se había revuelto molesto, pero lo conocía demasiado para saber que eso no era posible. Sakura se empeñó en que eran aquellas dos últimas líneas de su corta misiva, donde se escondía la clave de su correo.

La Quinta planea reunirse con la Mizukage esta misma semana en territorio neutral, en el país de las Fuentes Termales. Kakashi acompañará a la Godaime en su viaje, y me ha pedido que te recuerde que mantengas los ojos abiertos.

Konoha no es infalible, Sakura.

Eso ya lo sabía. Konoha, a pesar de sus donaires de potencia liberal, podía ser igual de cruel que el resto. Naruto era una prueba de ello. Ella era una prueba de ello.

Entendía las acertadas intenciones de Sasuke y su sensei, pero en cierta forma le molestaba su comentario. Ella veía a Gaara trabajar a destajo, día sí y noche también. Cuando no había reunión del Consejo, se enclaustraba en su despacho a organizar misiones con los líderes de escuadrón. Y cuando no se encontraba ejerciendo su cargo político, estaba con ella en la Academia.

La forma en la que dejaba entrever que era la Hoja la que siempre sacaba las castañas del fuego a la Arena se le antojaba ligeramente irritante.

Por lo demás, Sasuke no se explayaba en conversaciones intrascendentes. Sakura casi lo prefería. Había permanecido minuto y medio mirando con fijeza el sobre, antes de dignarse a desvelar su contenido. Estaba casi segura de que tenía que tratarse de un error. Pero era real. Sasuke le había escrito.

¿Y se había caído el cielo? No. En absoluto.

Sakura había leído sus trazos con el corazón en un puño y una enorme cantidad de sentimientos encontrados, hasta llegar al punto final de su narrativa. Listo, fin. Era tal la insignificancia que por un momento había llegado a asustarse.

Estoy cansada. Eso es todo.

Se terminó la cena en silencio para después meterse entre las finas sábanas, sin cometer la locura de taparse. Ni siquiera le había dado tiempo a ducharse, ya lo haría por la mañana. Y después, le respondería a su compañero como se merecía.

No todos los días una recibía una carta personal de gran y genial Sasuke Uchiha.

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.

—Se prevé una reunión entre el líder de la banda de mercenarios del País de las Olas y uno de mis superiores para el miércoles de la semana que viene, entrada la madrugada—habló Yuusei—. A las afueras de Suna, detrás de las murallas. No se ha concretado lugar exacto.

Matsuri comprobaba desperfectos inexistentes en el filo de sus sai, con una mueca de hastío.

— ¿No se ha concretado, o no has sido capaz de averiguarlo?

Yuusei se auto infundió ánimos para soportar estoicamente sus puñaladas y no lanzarse al derribo de la castaña.

—He estado investigando en la medida de lo posible. No puedo arriesgarme a que me descubran—levantó la mano en señal de prueba—. Y ahora por tu culpa he tenido que inventarme una pésima excusa de pelea, y los médicos de la facción no han sido capaces de curarme bien la mano. Mira.

Matsuri cayó en la cuenta del pisotón. Yuusei apenas tenía movilidad en los dedos anular y meñique. Guardó su arma en su porta-kunais y lo miró con lástima.

— Vaya, ¿te duele mucho?

El otro parpadeó, sorprendido del ataque de empatía de la chica. Ella se acercó y le acarició la mano con dulzura.

—Eh, sí…

Recorrió la piel de sus falanges con el borde de la uña, perfectamente limada. Tenía manos femeninas, a pesar de contar con numerosas marcas y cicatrices que atestiguaban su oficio como ninja. Yuusei se sonrojó en el mar de hormonas que conformaba su cabeza de quince años de edad.

—Bueno—le soltó, y la expresión de su rostro cambió completamente—, es una pena que no sea mi problema, ni me importe lo más mínimo. Seguro que en el hospital te atienden muy bien.

Yuusei hizo ademán de soltarle una bofetada, pero ella esquivó el golpe sin esfuerzo.

— ¿No piensas siquiera disculparte, loca malnacida?

—Más respeto a tus mayores, niñato—le espetó—. Y no, no pienso pedirte disculpas. Me diste razones de sobra para actuar del modo en el que lo hice. Y ya oíste a Gaara-sama—los ojos oscuros le brillaron por un instante—. Procedí de la mejor forma posible.

Yuusei la contempló con una mueca de profundo asco enrollarse un mechón de cabello entre los dedos y brincar como un potrillo recién nacido. Aquella chica era una profesional, una kunoichi certera y despiadada, pero en cuanto salía a colación el nombre de Gaara-sama

No creyó que llegaría el tiempo en el que echara de menos tener como contacto al Kazekage.

— En fin—terminó ella con sus fantasías—. ¿Tienes algo más para mí?

—No.

— ¿Qué? —Se quejó ella, con las manos en jarras— ¿Y para esto me has llamado?

Yuusei frunció el ceño.

—Es necesario que nos veamos por lo menos una vez a la semana—masculló entre dientes—. Y créeme si te digo que trato de hacer nuestros encuentros lo más escasos y rápidos posibles.

Matsuri chasqueó la lengua.

—Me alegro, no es como si yo quisiera ver tu fea cara día sí y día también.

—En algo estamos de acuerdo—señaló—. Y creo que también en que ha sido una pésima idea incluirte en el plan.

La chica contempló el cielo estrellado unos instantes, los suficientes para permitirle a Yuusei observar la expresión de su rostro carente de muecas burlescas o antipáticas como solía dirigirle.

—En eso no coincido—le dedicó una sonrisa—. Siendo sincera, has sido una suerte de estorbo.

— ¿Se trata de Gaara-sama otra vez? —aflautó él la voz a propósito. Matsuri le dedicó una mirada de pocos amigos.

— ¿Te burlas de mí?

—En absoluto.

Volvió a enrollarse el pelo con el dedo índice, creando un tirabuzón castaño y brillante.

—Esto me permite acercarme a Gaara-sama con mucha más asiduidad. Es verme y detiene aquello que esté haciendo, despacha a todo aquel que le esté hablando. Por primera vez me siento realmente… importante.

Le brillaban los ojos, y una delicada sonrisa le adornaba el rostro haciéndola ver incluso ligeramente hermosa. Yuusei sacudió la cabeza y se recordó quién era: la chica desagradable que lo trataba como auténtica basura. No le engañaría con sus jueguitos de niña buena otra vez. El adolescente cambió el peso de pie y sonrió lacerante.

Ya sabía por dónde atacarle.

— ¿En serio? —preguntó—. ¿Más importante incluso que Sakura-sama, su señora esposa?

La cara de Matsuri fue un cuadro. Yuusei no pudo contenerse al verla palidecer y se cobró su venganza.

—Pierdes el tiempo con él—negó trágicamente—. Puede que todo comenzara como una pantomima arreglada, pero están desarrollando sentimientos verdaderos. ¿Acaso crees que el Kazekage se ofrecería personalmente a entrenar con cualquiera? Se ha enamorado de esa chica de Konoha. Cuentan que ahora duermen juntos la mayoría de noches, incluso.

— ¿Has terminado ya?

Yuusei detuvo su perorata al escuchar la voz rota de Matsuri, que lo miraba con el ceño fruncido y los ojos anegados de lágrimas. Había adornado su historia a propósito, pero no se esperaba que hiciera tanta mella en la chica. Más que enfadada, parecía profundamente dolida. Yuusei se contagió ligeramente de su malestar y sintió algo desagradable instalarse en el pecho.

Si tanto le había afectado, sería tal vez porque sospechaba que parte de la historia no era del todo falsa.

—Sí.

—No me hagas perder más el tiempo entonces—espetó, muy seria—. En cuanto sepas la localización del encuentro, házmelo saber de alguna forma.

Y se alejó de allí saltando sobre los tejados de la silenciosa ciudad. Yuusei se fue a la cama con la necesidad de gritarse que no había hecho nada que no mereciera, pero sin poder evitar sentirse como una auténtica mierda.

A la mañana siguiente, su superior volvió a recomendarle que se acercara al hospital para que le arreglaran bien la mano y eso hizo. Era media mañana cuando entró en la sala de espera, atestada en especial de ancianos y madres cargadas con sus hijos en fardos. Se sentó junto a una niña de unos tres años a la que no le llegaban los pies al suelo y lo miraba sin una pizca de discreción, como esperando que se pusiera a hacer malabares o un espectáculo de magia, allí mismo.

—Oye tú—llegó un momento en el que se le acabó la paciencia—. ¿Tengo monos en la cara o qué?

— ¿Yuusei? —Cierta voz lo hizo girarse a la velocidad del rayo—. ¿Eres tú?

Al adolescente la pelirrosa le pareció más hermosa y madura que nunca. Vestía su bata blanca de médico, con una carpeta roja bajo el brazo en la que se vislumbraban a ciencia cierta informes relativos a su campo.

—Sakura.

Obligó a su desbocado corazón a calmarse.

— ¿Qué haces por aquí? —se acercó—. ¿Te encuentras bien?

El moreno alzó su mano todavía hinchada y amoratada.

—Solamente vine a que me sanaran la mano. Una pelea—se adelantó—. No ha curado del todo bien.

Tragó saliva cuando la pelirrosa le examinó la mano sin esperar a tener su permiso. Toquiteó ciertas conexiones con las que Yuusei ahogó una mueca de dolor.

—Esto es una chapuza, ¿quién te ha atendido? —no esperó respuesta, y Yuusei lo agradeció—. Anda, ven. No me llevará apenas rato.

Lo guió en silencio hasta una sala de curas, separada del resto de boxes por una simple cortinilla de tela blanca. El chico se sentó en el borde de la camilla y Sakura hizo lo propio en una silla frente a él. Invocó al chakra sanador y el brillo verde de sus ojos se potenció indescriptiblemente.

—Espero que no te estés metiendo en problemas…

Yuusei casi resopló ante la perspectiva. No lo sabes tú bien. Y todo era culpa de su señor esposo.

—Estoy a salvo—buscó una charla mundana—. ¿Mucho trabajo?

—Estamos a reventar. Faltan efectivos, camillas, enfermeros, auxiliares…—sacudió la cabeza—. Es un caos.

—Esta ciudad es así. Pensé que ya te habrías acostumbrado.

Ella torció el gesto con fastidio.

—Eso no me exime de poder quejarme cuando quiera, ¿o sí?

—Faltaría más—alzó las cejas—, Sakura-sama.

La pelirrosa apretó con más fuerza de la requerida y Yuusei hizo una mueca de dolor quejicosa, con la que Sakura sonrió alegremente. El adolescente no dijo nada más y la contempló trabajar en silencio. La chica mantenía un rictus concentrado, pero en el fondo de sus pupilas, Yuusei advirtió un reflejo de inquietud que parecía no dejarla en paz. En apenas cinco minutos, la chica se retiró y Yuusei se levantó de la camilla de un salto.

—Bien, esto ya está. Espero no tener que volverte a ver por aquí en largo tiempo.

—Descuida. Y gracias.

El chico se dio la vuelta pero no se movió del sitio, adelantándose a los movimientos de Sakura. Ésta lo detuvo con una mano en el hombro.

—Antes de que te vayas… ¿podríamos hablar unos momentos en privado?

En privado. Se había mordido el labio inferior antes de hablar, como debatiéndose entre la idoneidad o no de aquello que se pretendía. En privado. A Yuusei pocas veces un par de palabras le habían sonado igual de bien.

Asintió con la cabeza y siguió a la joven a través de los pasillos del hospital de Suna. Se internaron en una zona mucho más tranquila desprovista de pacientes, y Sakura le cedió el paso abriendo una de las puertas del lugar.

—Disculpa el desorden. No me dedico a la labor de despacho precisamente en mis ratos aquí.

No era cortesía; el lugar en verdad se encontraba destartalado de papeles y libros por doquier. El chico se hizo sitio en la única silla que se apostaba frente al escritorio y esperó a que Sakura hablara. La chica apoyó los codos sobre la mesa y entrecruzó los dedos.

— ¿Cómo os conocisteis Gaara y tú?

A Yuusei le tembló el parpado inferior izquierdo. ¿Qué era eso, un interrogatorio? No podía hablarle a Sakura de su condición, pasada ni futura, bajo ningún concepto. Dada su poca discreción de seguro Gaara terminaría enterándose de que se había ido de la lengua, y el castigo sería ejemplar. Y aparte, no podía arriesgarse a ponerla a ella en peligro.

—En una misión de asalto conjunta—se inventó.

Ella torció el gesto y el chico se temió lo peor. Era exactamente lo mismo que le había contado Gaara, y la falta de detalles hizo dudar a la pelirrosa por unos instantes… pero no era eso lo que la había llevado a requerir del adolescente.

— ¿Podrías decir que lo conoces bien?

Nada más lejos de la realidad. Si pretendía sacar información del pelirrojo, Sakura no había elegido a la persona adecuada. Pero Yuusei se negó a reflejarse como un recurso inútil, fuera cual fuese la intención de la chica de Konoha.

—No estoy seguro de que nadie pueda afirmar eso… siquiera sus propios hermanos.

Yuusei vio en los ojos de Sakura cómo sus esperanzas se desmoronaban igual que lo haría un inestable castillo de naipes. Apoyó su mano en la mejilla y miró taciturnamente a través de la ventana.

—Hay algo que le preocupa…

Yuusei entornó los ojos.

— ¿Y desde cuando sus preocupaciones se han convertido en las tuyas? —Sakura frunció el ceño y el chico desvió la mirada—. Disculpa. Hoy… no ha sido un buen día.

—Menuda suerte la nuestra, últimamente.

Ambos suspiraron al mismo tiempo. Se miraron y a punto estuvieron de echarse a reír.

—Siento no serte de ayuda—se resignó el chico.

—No pasa nada.

— ¿En verdad tienes tantas ganas de saberlo?

Sakura se reclinó sobre el respaldo de su silla, pensativa, planteándose la misma pregunta. Era algo más que cotilleo al mejor estilo Yamanaka, algo con un mayor trasfondo. Tras su acercamiento el pelirrojo se le antoja mucho menos aterrador, pero aunque esto pudiera ser parte de su propio cambio y no del Kazekage, otra gente también había advertido el semblante más sosegado del menor de los hermanos Sabaku no. Se había convertido en su amiga, pero Sakura sentía un ligero impedimento a la hora de transformarse en todo aquello que esto suponía. Un muro con el que aplacar sus miedos. Un pilar con el que sostener sus preocupaciones. Involuntariamente, Sakura se estaba librando de toda la parte dura de la amistad y quedándose con lo más superficial de todo.

Pero ella no era una persona superficial. Ya no. Y no era eso lo que quería.

—Sí—afirmó con rotundidad.

Yuusei apretó la mandíbula y se permitió unos instantes de consuelo. Sabía que en cuanto hablara, la pelirrosa abandonaría la estancia como un huracán.

—Entonces, si no te parece correcto apelar directamente a sus hermanos o más allegados, preguntaría a la anciana venerable. Se dice que lo conoce prácticamente todo.

Sakura sonrió de inmediato y le cogió las manos.

— ¡Eso es! Ando tan espesa que ni me lo había planteado. Muchas gracias, Yuusei.

Al adolescente le quedó el pequeño consuelo del brillo de una espléndida sonrisa que no respondía realmente hacia su persona.

Cumpliendo sus predicciones, la pelirrosa se levantó de un salto de la silla y salió de su despacho con prisas. Llegó en apenas unos segundos al cuarto privado de la directora del Hospital, donde la venerable anciana había dispuesto un camastro y prácticamente habitaba de continuo. Su brío no le impidió llamar educadamente a la puerta antes de internarse en la gran sala.

Era la hora de su descanso y Chiyo-baasama tomaba como cada día su taza de té verde y raíz de ginseng. Abrió sorprendida sus pequeños ojillos al contemplar a Sakura recuperando el aliento, con el cabello alborotado.

—No quiero que me cuente privacidades—cogió aliento—. Pero por alguna casualidad, ¿no conocerá usted la razón del desasosiego reciente de Gaara?

La venerable anciana advirtió que se había estado preparando la frase. Sakura se apoyó sobre el pomo de la puerta y se recompuso la bata, recobrando su dignidad propia de uno de los médicos más importantes del país. Le brillaban los ojos. De curiosidad, de pura excitación. Pero también de algo más.

Angustia.

Chiyo-baasama le indicó que cerrara la puerta con un gesto y apartó la labrada taza de porcelana a un lado. El té, aún frío, podría esperar.

.


.

—Tendremos guardias de paisano en toda la línea de frontera con el país de las Olas—se inclinó el ANBU—. En cuanto se les ocurra poner un pie en territorio de la Arena, serán detenidos.

Gaara asintió complacido. A su lado, Matsuri infló el pecho, orgullosa.

—Sea.

Despachó al shinobi con un leve gesto de cabeza y el ninja se deshizo en una bola de humo gris. Solo cuando hubo desaparecido, Matsuri se permitió dejar de lado su expresión rígida y firme y sonrió.

—Podría haberme dejado ir con ellos, Gaara-sama…

— ¿Y perderte como contacto? —Negó él con la cabeza—. En absoluto. Has hecho un espléndido trabajo, y sí has de seguir. Te lo agradezco.

Matsuri nunca lo haría, pero si había alguien al que había que agradecérselo era a Yuusei. El adolescente le había enviado una breve misiva con información fresca acerca de la identidad precisa de los mercenarios del país vecino, concediéndole a Matsuri la oportunidad de serle verdaderamente útil al Kazekage.

Era la forma del chico de disculparse por su hiriente comentario. Matsuri no le guardaría rencor… pero sí se haría un poco de rogar. Pocas veces había tenido la oportunidad de molestar a alguien y encontrarlo tan sumamente entretenido.

—Muchas gracias, Gaara-sama—se reverenció—. Por confiar en mí y permitirme formar parte de tan importante misión.

El pelirrojo asintió, más taciturno que de costumbre.

— ¿Qué tal os lleváis? —preguntó, lejano—. Yuusei y tú.

Matsuri dibujó una sonrisa forzada. La primera había sido mala, una muy mala impresión.

—Bien. Progresando.

Gaara miró por la ventana. El sol emitía sus últimos rayos antes de esconderse bajo la línea abrasadora del horizonte. Soltó un suspiro y se levantó.

—Me alegro. Ahora si me disculpas, Matsuri, tengo otros asuntos que atender…

— ¿Cómo? —parpadeó ella—. ¿Y-Ya se marcha? Todavía es pronto—se frotó las manos—. Creí que podríamos ir a dar un paseo por la muralla… para amenizar la tarea un poco a los guardias, de paso.

—Eso tendrá que esperar.

La castaña bajó la cabeza e hizo un leve puchero.

—Creí que había hecho un buen trabajo…

Aun a pesar de lo apagado de sus ánimos, Gaara se esforzó por mostrarse agradecido y afable.

—Y así es, Matsuri—se colocó el pelirrojo su sombrero de Kage—. Pero créeme si te digo que no es un buen momento…—se adelantó a la interrupción de la castaña colocándole una mano en el hombro—. Dejémoslo para otro día. Te lo recompensaré.

Juraría que durante unos instantes le había parecido distinguir un brillo de codicia egoísta en los orbes oscuros de su compañera, pero Matsuri, como había previsto, torció el gesto para terminar asintiendo lentamente con la cabeza.

—Si me lo promete…

Gaara no tenía más tiempo que perder.

—Sí. Prometido.

No se quedó a comprobar la satisfacción de su rostro. Gaara se envolvió en su capa blanca de Kage y salió al calor de la calle. Aquel día el astro mayor parecía mostrarse más clemente que el día anterior y concederles una tregua antes de que mitad de la ciudad se abrasase. Ya habían comenzado a llegar reportes de los típicos incendios de verano en el oeste del país, donde la tierra dejaba de ser tan árida y pequeñas zonas de bosque albergaban vida más allá de la arena y la viento.

Si estuvieras aquí, tío Yashamaru…

Había ciertas cosas que seguían exactamente igual a hacía doce años.

Anduvo treinta largos minutos hasta la zona más septentrional de la ciudad, donde se localizaba el cementerio de Sunagakure. Cientos de tumbas cavadas en el suelo se prolongaban en una larga extensión de tierra. Sepulcros de losa blanca, austeros y sobrios. Unos olvidados por el paso del tiempo, otros con ofrendas recientes depositadas con cuidado sobre la piedra, en recuerdo a los fallecidos. En los últimos años el campo santo se había quedado pequeño para el reciente flujo de gente de la ciudad y se habían creado unas instalaciones en forma de nichos en la pared, anexas al pequeño edificio principal que hacía las veces de tanatorio en el que velar a los muertos antes de entregarlos a la arena del desierto.

Gaara únicamente acudía a ese sitio dos veces en todo el año. Se sabía el camino de memoria, a la perfección.

Pasó por delante del denominado Pasillo de los Kazekages sin dignarse a prestar atención a las lápidas, para llegar a la zona requerida. Salvo para los líderes del país, se había decidido no hacer ninguna clase de distinción en las obras mortuorias. Daba igual lo importante o el rango del muerto; todos reposaban bajo la losa blanca en la que se grababa el nombre de la persona en cuestión y en su caso, un pequeño epitafio de despedida.

Gaara frenó en seco cuando descubrió a una persona parada de espaldas, frente a la tumba de su tío. La silueta permanecía en silencio, ligeramente inclinada sobre la sepultura y con las palmas de las manos juntas. Sostenía algo bajo el brazo.

Cuando se acercó lo suficiente, el color del cabello del extraño lo delató.

—Sakura.

La chica dio un respingo y a punto estuvo de soltar un gritito de la impresión. Había estado tan concentrada en sus plegarias que siquiera lo había oído llegar. Y que a punto de caer la noche en mitad del cementerio una presencia se colocara a tu lado en completo silencio, no era agradable precisamente.

— ¡Gaara! —En seguida bajó el tono de voz, en respeto al lugar—. Qué susto me has dado, por Kami-sama…

Se llevó una mano al pecho y se calmó. Gaara la miraba fijamente sin pronunciar palabra, y Sakura temió que estuviera enfadado. Los nervios hicieron su aparición.

—No pretendía molestar, pensé que aún tardarías un rato en aparecer. Estaba a punto de irme…

—No—habló serio—. Ya que estás aquí, quédate.

Más que una petición, aquello había sonado como una orden. Sakura cambió el peso de pie inquieta y permanecieron en silencio, cada uno atento a sus oraciones. Sin embargo, Gaara no rezaba.

La presencia de la chica allí lo había sorprendido, honestamente. Debía haberse imaginado que habría indagado hasta conocer la causa de su zozobra. Sakura era testaruda, pertinaz como ella sola, pero había llegado a pensar que no se inmiscuiría en sus asuntos personales. Que no se atrevería a hablarlo con ninguno de sus allegados.

Pésimo vaticinio.

Sobre la losa de piedra descansaban varios cirios que desprendía un olor a incienso mentolado. Una foto del fallecido, en la que se revelaban los delicados y casi femeninos rasgos de su pariente. Y un plato intacto de tonkatsu empanado bañado en salsa ponzu, su favorito. Gaara distinguía en todo aquello la mano de Temari y Kankuro, que habrían visitado el lugar escasas horas atrás. Prefería no ir con ellos.

Gaara tenía motivos para citarse con su tío solo.

Un movimiento a su derecha lo hizo despertar. Sakura se agachó a depositar con cuidado el ramo de crisantemos blancos, junto al resto de ofrendas concedidas por sus hermanos. La joven observaba la piedra con un destello sincero de pena apagada en sus pupilas.

—El color favorito de mi tío también era el blanco—sonrió débilmente Gaara, llamando su atención—. Estoy seguro de que te lo agradece.

Sakura no correspondió su sonrisa, y se levantó con gesto regio. Permaneció con la mirada clavada en la piedra, en silencio.

— ¿Me contarás su historia, algún día?

Gaara inspiró profundamente, mientras el sol terminaba por esconderse y dejar paso a la noche.

—Sí. Algún día.

La respuesta pareció complacerla, pues Sakura le dedicó una sonrisa frágil y se acercó a su posición, rozándole el antebrazo. Gaara cerró los ojos y despidió a su tío, una vez más ese año. Se acercó al ramo y eligió una única flor de entre el resto, tan blanca y bonita como las demás.

— ¿Te importa…?

Sakura sacudió la cabeza con energías.

— ¡En absoluto!

Siguió al pelirrojo, curiosa. Anduvieron apenas diez pasos cuando el Kazekage se inclinó sobre una nueva lápida, ligeramente más desgastada que la anterior debido al paso del tiempo, y colocó la flor entre dos cirios, apagados y derretidos. Sakura leyó los kanjis cincelados en la piedra y tensó la mandíbula.

Sabaku no Karura.

Permaneció varios minutos silente, hasta que Gaara abrió los ojos y rozó con la punta de sus dedos la inscripción labrada.

—Hasta pronto, madre…

Sakura bajó la cabeza, incapaz de soportar el dolor que reflejaban sus orbes azules. Respetó el lugar en todo momento, pero una vez salieron del campo santo, agarró sin contemplaciones a Gaara de mano y lo arrastró a través de las callejuelas desiertas, apenas iluminadas por la tenue luz que todavía coronaba el cielo y las farolas. El pelirrojo parpadeó, confuso.

— ¿Qué haces…?

Sakura no respondió. La chica tironeó de él sin que éste pudiera adivinar el propósito de sus acciones hasta que diez minutos después, vislumbró la silueta del edificio de la Academia, completamente a oscuras. La pelirrosa lo guió en silencio hasta el pabellón en el que solían entrenarse y encendió las potentes luces en el panel.

—Oi, Sakura…

Ella se posicionó en el centro del campo, con las piernas separadas y en actitud defensiva. La brutal expresión de su rostro desconcertó al pelirrojo. Parecía tan seria, tan sorprendentemente solemne, que Gaara casi boqueó.

—Vamos—le hizo un gesto—. Quítate toda esa parafernalia de capa y sombrero y atácame. Sin arena, sin protecciones.

El Kazekage dio un paso atrás y alzó los brazos.

—No pienso atacarte.

Sakura enseñó los dientes.

—Desde luego que lo harás.

Se acercó hasta él con pasas de gigante y Gaara preparó su arena. Sin embargo, la chica lo despojó con prisas pero sin violencia de su capa blanca y su tocado representativo, para luego apartarse y quedarse mirándolo con aquella nueva apariencia implacable.

—Ahora.

Gaara sacudió la cabeza, confundido, y Sakura perdió los nervios.

— ¡Permítete por una vez en tu vida perder los estribos y propinar unos cuantos puñetazos! —Le brillaron los ojos—. De verdad que funciona. Es el mejor método para desahogarse—se estiró del pelo—. ¿Es que acaso nunca te enfadas? ¿Acaso no te entran ganas de vez en cuando de ir y partirle toda la boca a alguien, así?

Hizo un gesto rápido con la palma abierta y sin poder evitarlo, Gaara echó suavemente a reír. El nuevo y extraño sonido desconcertó a la pelirrosa. Una tira de rojo vergüenza le cubrió las mejillas, con la sospecha de haberse visto tremendamente patética con su última actuación.

—Eres desesperante. Tú y tu paciencia.

—Mira quién fue a hablar—Gaara se recompuso sin deshacer la sonrisa—. Claro que me enfado, soy humano después de todo. Pero, ¿por qué te crees que nunca me permito perder los estribos? La última vez que lo hice, las cosas no acabaron muy bien… creo recordar.

Sakura abrió ligeramente la boca, para luego cambiar de opinión y entornar los ojos.

—Eso no tiene por qué volver a pasar.

—No pienso arriesgarme.

Ella dio un paso al frente.

—Mientras yo esté aquí, no dejaré que ocurra—se pronunció, firme—. No permitiré que te pase nada.

Al Kazekage le embargó una extraña sensación procedente de la planta de los pies, que recorrió todo su cuerpo hasta alcanzar la punta del último de sus cabellos rojos. Era la máxima autoridad del país, el mejor de los ninjas de todo el territorio.

No recordaba la última vez que alguien le había prometido protección.

—Sakura…

—Puños y patadas. Nada más burdo que eso—lo interrumpió—. No juegues con tu arena. Quiero… ferocidad.

Pareció ser consciente de sus palabras, pero aquella vez, Gaara no le dio tiempo a retractarse. Sonrió y se afirmó sobre los cuádriceps. Sakura captó su disposición y le correspondió con un gesto que al pelirrojo se le antojó atrevido, casi incitante.

Gaara cayó en la tentación, y el primero de los golpes se dirigió directo al abdomen de la pelirrosa. Sin muchos problemas, ésta lo esquivó.

La danza dio comienzo.

Y media hora después, Gaara resoplaba agotado sin haber conseguido acertar un solo golpe sobre el cuerpo de la pelirrosa. La chunin era escurridiza y rápida, y sus mediocres aptitudes físicas no conseguían sorprenderla con ningún movimiento. A Gaara le desagradaba sobremanera la sensación de falta de aire, de picor en todas sus extremidades, de regueros de sudor impregnándole la ropa. Aquel no era su estilo. Se sentía indigno, sucio.

Se detuvo jadeante a coger aliento.

— ¿No es maravilloso?

Ella ni siquiera se veía cansada. El Kazekage frunció el ceño.

—Sí. Estupendo.

El extenuado tono irónico consiguió arrancar una carcajada a Sakura, que se acercó deshaciendo sus defensas.

—Saca tu rabia. Imagina que soy el enemigo—le señaló los brazos—. Usa sólo los puños, te cansarás menos. A la altura del rostro, eso es.

Ataca, Kazekage.

Gaara obedeció y la pelirrosa advirtió las energías renovadas en la fuerza del joven, que procedió a golpear más rápido, más certero, más fuerte. Descubrió la impavidez en sus ojos, la dureza de sus impactos. El chico chasqueó la lengua y cambió el lado de impacto. Sakura desvió el golpe y él soltó un quejido de enfado ante su nuevo fallo.

Se estaba poniendo serio.

La luna coronaba lo alto del cielo cuando Gaara, frustrado tras su fracaso, propinó el último puñetazo que sus gastadas fuerzas le concedieron con un grito de exasperación. Esa vez, Sakura no se movió del sitio. Gaara advirtió su intención una décima de segundo tarde.

El impacto sobre la quijada de la pelirrosa fue brutal. El cuerpo de Sakura se arrastró unos diez metros sobre el suelo del pabellón antes de detenerse, levantando un polvorín que cegó a Gaara durante unos segundos. Cuando la humareda se deshizo, el Kazekage divisó en la distancia a la pelirrosa, incorporándose inestable sobre los codos.

Gaara echó a correr preso de un pánico hasta entonces nunca experimentado. Se arrodilló a su lado y Sakura le sonrió a través de una boca bañada en sangre y un feo moratón en el hueso de la mandíbula. La pelirrosa fue testigo de cómo al Quinto Kazekage se le quebraba el rostro.

—Buen golpe.

—Dios mío.

—Calma—soltó un espumajo de sangre y agrandó su sonrisa—. Puedo encargarme de esto en un periquete. ¿No te sientes mejor?

A Gaara le temblaron los párpados. ¿Mejor? La comezón de la tristeza había desaparecido por completo, eso era cierto. Pero la alternativa recién llegada no era mejor.

—Tenías razón—murmuró, entornando los ojos—. Ahora mismo, si pudiera, te partiría la boca de un bofetón.

Sakura echó a reír. Inclinado sobre ella, todo sucio y sudado, con la respiración acelerada y el pelo hecho un desastre se asemejaba a un verdadero demonio.

—Ahí quieto, los instintos sociópatas suponen el límite—se aupó para pasarle una mano por el pelo erizado—. Deberías verte las pintas, ahora mismo…

Gaara se irguió ante el contacto. Le había roto el labio inferior a la chica, que presentaba una fea abertura sangrante junto a la comisura izquierda. Sin poder evitarlo, el pelirrojo acarició la herida con su pulgar, arrancándole una queja de dolor a la chunin. Lo movió lentamente en horizontal, con la intención de eliminar los rastros de sangre seca.

—Tú no te ves mucho mejor.

—Pues menudo consuelo.

Gaara ladeó la cabeza y sus dedos pasaron al mechó de cabello rosa que se había quedado adherido a la herida. Con cuidado, separó las hebras de pelo y las peinó a conciencia. Tras eso volvió su atención a la mejilla de la chica, donde varios granos de arena se habían quedado pegados a su piel tras el impacto contra el suelo.

Sakura lo observó hacer conteniendo la respiración. Su mano había quedado a medio camino entre el cabello del chico y su propio regazo, encontrando la perfecta área de descanso en el hombro del Kazekage. Ahí donde rozaban los dedos del pelirrojo, Sakura sintió la sangre hervir bajo la piel, como si estuviera haciendo uso de alguno de sus recién descubiertos jutsus de fuego. Ya de noche, la temperatura había caído hasta unos agradables veinte grados, pero ella se sintió acalorada como nunca. Una extraña sensación en la boca del estómago que se extendió hasta su bajo vientre la asfixiaba, impidiéndole razonar con claridad. Ajeno, el pelirrojo se pasó la lengua por los labios en un gesto de concentración por su empeño en eliminar todo resto de tierra del rostro de la pelirrosa, tocándole el turno ahora a sus sienes. Sakura clavó la vista en la entrada a la boca del Kazekage, sin poder prestar atención a otra cosa. Suspiró.

—Así mejor.

Gaara la miró a los ojos y Sakura leyó el brillo de los orbes del Shukaku superponiéndose sobre las turquesas del muchacho. Se sintió embrujada a la par que tranquila, a sabiendas de que el demonio no tomaría el control. Gaara apartó la mano de su rostro con suavidad, alargándose más de lo estrictamente necesario.

Fue entonces cuando Gaara rompió la magia y se apartó, dejando a Sakura en un medio sollozo de anticipación, casi inaudible. La realidad golpeó como un mazazo a la pelirrosa cuando advirtió sus músculos contraídos y el gesto de arrimarse que había dado comienzo milésimas de segundo atrás. Recuperó la lucidez progresivamente, y fue plenamente consciente de sus insensateces. Imitó al Kazekage poniéndose en pie y sacudiéndose la tierra de las ropas, con una sonrisa tirante adornándole el rostro. Pondría en marcha el protocolo de costumbre. Aparentar normalidad, completa y absoluta naturalidad.

Tenía una habitación enorme para ella sola y toda la noche para lamentarse lo que hiciera falta.

— ¿Vamos yendo? ¡Me muero de hambre!

La pelirrosa no cerró la boca en todo el camino de vuelta a casa. Gaara procuró en todo momento dejarle una ligera ventaja de metro y medio, encabezando la chica el minúsculo desfile de dos. Instintivamente, ella también parecía agradecerlo.

Lo despidió con prisas en el vestíbulo y la soledad tomó el relevo como única compañera del Kazekage en la oscuridad. Se palpó el puente de la nariz con fastidio. En primer lugar, todo aquello había sido su culpa. Lo detendría cuanto antes, no podía permitirlo.

Las cosas, una tras otra, se estaban saliendo de control.

.

Continuará...