Capítulo 13
La hierba era de un verde brillante, el cielo azul intenso y de fondo teníamos el río. Habíamos extendido una pequeña manta sobre el suelo para no mojarnos con la humedad del césped. Elisabeth se sentó a mi lado y no me dejó sacar los platitos de la pequeña cesta.
— Mm... Veamos que tenemos para comer— empezó a desenvolver los paquetitos con comida dentro.
— Como no sabía que pedir— me senté más recto mientras servía un poco de té frío de limón en cada vasito—, les dije que hicieran algo que te gustara a ti.
— Que atento— desenvolvió el primero y sonrió al ver su interior.
La mayoría del tiempo estábamos en silencio, no hacía falta decir nada. No era aquel silencio incómodo que se solía sentir cuando no sabías que decir, era un silencio agradable disfrutando de la compañía del otro.
Cuando terminamos Elisabeth se tumbó sobre la hierba y cerró los ojos disfrutando de la pequeña brisa fresca que chocaba contra sus rizos. Yo me recosté a su lado e hice lo mismo pero no podía evitar mirarla de reojo de vez en cuando. Se veía tan perfecta desde cerca... Su piel era de porcelana blanquísima, no tanto como su primo, pero podía jurar que raras veces salía de casa cuando daba el sol. Sus mejillas estaban algo sonrojadas y decidí pensar que era por mí. Y sus labios, oh sus labios. Los había probado una vez y soñaba todas las noches con volverlo a hacer. Eran suaves y dulces, era una caricia tocarlos.
— ¿En qué piensas?— me sobresaltó y me aparté temeroso de que me hubiera descubierto mirándola tan de cerca.
Pero ella no había abierto los ojos y seguía tan relajada como lo había estado hasta el momento.
— Eh... En Holmes— ¿en serio no se me ocurría otra cosa mejor? Ella automáticamente abrió los ojos y se sentó algo sorprendida.
— Y, ¿se puede saber por qué piensas en él... ahora?— su sorpresa se transformó en un enfado palpable a kilómetros de distancia.
— Es por las sesiones que estamos haciendo— cada vez se me daba mejor esto de mentir sobre la marcha—. Me tiene muy preocupado. Él aceptó pero no pone ningún interés en el tema y tengo que estar tirando yo todo el rato para que suelte algo. Dice que lleva una semana sin tomar sustancias pero lo otro... Yo quiero ayudarle y él se lo toma a broma.
— Lo que me sorprende a mí es que haya aceptado ayuda, para empezar— se sentó al lado mío calmada del todo—. Tienes que gustarle de verdad para que esté haciendo esto— Elisabeth no decía "gustar" en el mismo sentido en el que de verdad yo le "gustaba" a Holmes—. Pero, sinceramente, no creo que vayas a cambiar nada. Está metido en todo esto desde que era un adolescente, y no es por menospreciar tus dotes de doctor, pero todos sabemos como es Sherlock, no creo que cambie por nadie.
Aquellas palabras me habían hundido incluso más. No tenía muchas esperanzas en ello pero decirlo en alto era aún peor.
— Igualmente— prosiguió—, no veo que lo que hace le haga daño a nadie.
— ¿Tú crees que lo que hace está bien?
— No creo que sea bueno ni malo, solo es diferente— me dijo con toda la indiferencia del mundo, como si estuviera hablando de que ropa ponerse mañana.
— ¿Diferente? No se si has entendido mi pregunta pero estás hablando de que un hombre tenga relaciones con otro hombre— la miré directamente a los ojos y ella solo sonrió de medio lado recordándome al susodicho de la conversación.
— No sabía que eras tan corto de mente— y concluyó riéndose y volviendo a tumbarse dando por finalizada la discusión.
Yo me levanté y me acerqué al pequeño río. Con cuidado me mojé el cuello y las muñecas para refrescarme un poco. El bajo sonido del agua corriendo era relajante y adormecedor. Quizá Elisabeth tenía razón. Todo el mundo sabía de la existencia de personas así, con gustos sexuales diferentes, y la verdad es que no me había importado nunca. Simplemente no pensaba en esas cosas, nunca había tenido que tratar con ese tema directamente. Ni me quejaba ni dejaba de hacerlo. Pero fue llegar a esa casa y todo cambió. Quizá no fuera el hecho de que Sherlock fuera así, si no el hecho de que intentó hacerlo conmigo.
Regresé con Elisabeth y me tumbé de nuevo mirando el impecable cielo azul. Corto de mentes... Sin duda tenía razón. En aquel momento me pregunté que había pasado con el John de antes, me había vuelto un idiota. No me importó que Sherlock coqueteara con aquel chico, ni que le estuviera haciendo una mamada. El problema fue la reacción de mi cuerpo. Al fin y al cabo, si no era tan reacio a aquello, quizá Holmes se abriera más a mí.
Escuché como mi prometida se movía al mi lado y giré la cabeza para verla. Se había movido y estaba cerca de mí... Muy cerca. Sus ojos verdes eran más verdes aquel día y sus labios más rojos y carnosos que nunca. Cuando me di cuenta ya estaba besándome. Primero eran besos delicados, depositados lentamente y con cariño. Luego fue alargándolos y haciendo que me uniera a ellos. No tenía que hacer eso, estaba prohibido, pero se sentía tan bien... En un arranque atrapé su labio inferior y ella sonrió mientras se soltaba y atacaba mi boca literalmente.
Paró solo un segundo para que nos sentáramos derechos y poder besarnos mejor. Ella introdujo su lengua entre mis dientes sin ningún miramiento. Me sorprendió su osadía y solo pude llevar una mano a su nuca y otra a su cintura para hacer más contacto. Abrí más la boca y también llevé yo mi lengua a la suya. Fue una guerra igualada, quizá yo la estuviera dejando ganar un poco. Sus manos recorrían mi cuerpo entero mientras tanto. Llevaba sus finos dedos desde detrás de mi oreja, haciéndome temblar, hasta el borde de los pantalones. Dios, la temperatura de mi cuerpo aumentó diez grados de repente. Nuestras bocas se seguían besando, lamiendo y mordiendo. Note como me soltaba las manos de su cuerpo y las dirigía a otra parte de este. No se como había empezado a acariciarla a través de la ropa y los sonidos que soltaba no hacían otra que hacerme seguir con más intensidad. Sus manos jugaron con la hebilla de mi pantalón pero nunca la desabrocharon. Solo fue cuando cogió mi polla a través del pantalón que di un respingo y me di cuenta de que estábamos haciendo realmente.
Me separé delicadamente y no quedamos cogidos de la mano mientras intentábamos recuperar la respiración.
— De esto nada a tu tía que me descuartiza— acabamos riéndonos como dos tontos.
Por la noche me puse a corregir unos ejercicios de los hermanos pero mi mente solo podía pensar en lo que había pasado tan solo unas horas atrás. Unos golpes en la puerta me sobresaltaron.
—Está abierto— dije automáticamente sin si quiera girarme.
Solo quería acabar de corregir los ejercicios cuanto antes, largar a quién estuviera en la puerta lo más pronto posible y meterme debajo de las sabanas a acabar lo que Elisabeth había empezado.
— ¿Preparado para nuestra sesión de hoy, doctor?— su voz grave sonó más aguda aquella noche por la emoción.
Ese hombre tenía un radar que le avisaba cada vez que tenía un problema entre las piernas... Aquel día no estaba para tonterías.
— Holmes, lo siento, pero ¿no cree que es un poco tarde?— seguí sentado en mi asiento pero giré medio cuerpo para mirarle.
Abrí la boca en cuanto le vi. Llevaba puesto algo parecido a la primera vez que le vi, en el pasillo en penumbras antes de que saltara por la ventana y desapareciera. Unos pantalones oscuros que no podían estar ajustados más a sus delgadas pero fuertes piernas, una camisa blanca algo holgada que ni llevaba metida por los pantalones y con algunos botones desabrochados que dejaban ver el comienzo de su pecho desnudo. Su pelo estaba más alborotado de lo normal. O se acababa de despertar o, más bien, acababa de hacer otra cosa. El solo pensamiento de la segunda posibilidad hizo que mi problema se agrandara.
— No es mi culpa que te vayas al bosque ha buscar florecillas— se acercó a la mesa y la luz de la única vela creó sombras en su rostro dándole un cierto toque oscuro.
— No he ido a recoger florecillas, como usted dice— intenté sonar lo más neutral posible y empecé a ordenar los papeles para mantenerme ocupado en algo.
— Cierto. Preferías ir a "tomar" una flor en concreto, ¿verdad, doctor amor?— me guiñó un ojo y se tiró sobre la cama.
Su pregunta hizo que me sonrojara y me moviera incómodo en mi asiento. Su capacidad de deducción me fascinaba pero a la vez me aterraba. Me encantaba que utilizara su don con otras cosas y con los demás pero cuando el blanco era yo me ponía nervioso. No podía leer el pensamiento pero yo sentía que se metía en mi cabeza cada vez que me miraba, que buscaba hasta en el último recoveco de mi mente y después, simplemente, sonreía con arrogancia y se marchaba. Como si me dejara completamente desnudo y desolado.
— Si quieres...— su voz volvía a ser del tono de siempre, quizá incluso más grave— puedo ayudarte con eso.
Él seguía tumbado en la cama con los ojos cerrados y tardé algunos segundos en darme cuenta de a qué se refería. El rojo de mi cara se hizo más intenso mientras trataba de bajar mi chaqueta y hacer que cubriera más parte del pantalón.
— ¿Por qué?
— Porque cualquiera puede apreciar a simple vista que tienes una erección importante de la que librarte— me dijo mientras se sentaba divertido sobre mi colcha.
— Digo—carraspeé e intentar aclarar mi pregunta obviando su última frase— que por qué tiene esa obsesión conmigo.
— Yo no tengo ninguna obsesión con nadie —levanté las cejas y el suspiró frustrado—. Solo quiero tener sexo contigo, es sencillo. Fuiste soldado, tienes muy buen físico y parece que tienes erecciones regulares. He visto como caminas, con ritmo y marcando. Conclusión: yo soy bueno en la cama, tú eres bueno en la cama. No veo cual es el problema.
— No... Claro que no ves el problema— ironicé.
Nos quedamos en silencio durante un rato. Él miraba hacia la oscuridad del otro lado de la ventana, yo le miraba a él.
— Entonces, solo es por eso— añadí.
— ¿Por qué más iba a ser?— preguntó confundido desde la cama.
— No lo sé, dígamelo usted— le contesté.
— Veo que tu charla con mi prima te ha vuelto un poco descarado y te ha soltado la lengua…— me respondió con su voz de falso enfado— y otras cosas— volvió a mirar a mi entrepierna.
De un salto se levantó y abandonó la habitación.
Después de casi un mes de estar en aquella casa, la señorita Abbington se tuvo que marchar a su casa. Apenas vivía a unas pocas millas de allí y antes de irse nos invitó a todos a su fiesta del verano anual que celebraría en una semana y media. Según me contó Elisabeth, Abbington era también adinerada como la familia Holmes. Su fiesta del verano era muy conocida puesto que acudían todos los años muchos de los aristócratas más importantes de Inglaterra e incluso del resto de Europa. Mi prometida me aseguró que aunque iba gente intelectual, la fiesta era informal y se bebía champán y se charlaba animadamente.
— ¿Sabes? Todos los años que iba había una mujer que intentaba desposarme con su hijo. Tienes que darme las gracias a que le insistía a mi tía que ya estaba prometida contigo— me comentó mientras hacía una parada de ensayar con el piano y se dirigía a la mesa a beber un poco de té.
— Gracias, señorita Thomas— bromeé y pulsé algunas teclas al azar del gran piano marrón oscuro.
— Tendrás que recompensarme de alguna manera— escuché sus tacones acercarse lentamente hasta pararse detrás de mí.
A continuación me abrazó por detrás y apoyó su cabeza en mi cuello. Esa muchacha me sorprendía cada vez más. Cuando la conocí me creí que era aquella inocente joven y cuanto más tiempo pasaba, más parecido con su primo le encontraba. Besó mi cuello a través del cuello de la camisa y volvió a hacerlo después de retirar la tela de la camisa.
— Veo que alguien está incumpliendo su promesa de castidad hasta el matrimonio— nos sobresaltó una voz desde la puerta.
No sabía si se refería a ella o a mí pero yo ya la había incumplido hacía bastantes años.
—Que casualidad que siempre aparezcas en estos momentos, ¿no, Sherlock?— preguntó rencorosa mi prometida después de haberse separado de mi cuello una distancia considerable.
—Yo también lo creo— y sonrió de medio lado.
¡Notas, notas, notas!
Ahhhhh, mis lectoras (y Jawn), hemos superado los 100 reviews lo que significa que el regalo llegará seguramente en mi actualización de la semana que viene. No representa ni de lejos todo el agradecimiento por vuestro apoyo y ánimos (no solo por el fic, también me animáis mucho en mi vida personal). Así que espero que os guste...
Y ahora hablemos de lo que nos incumbe, ¿por qué me odiáis tanto a Eli? Si es un sol...
¡Gracias a Momo!
