Capítulo 14. La chica rubia y el libro.
Esa mañana, Link se despertó y, casi inmediatamente, se puso en pie y se vistió corriendo. Su compañero de cuarto, Leclas, no estaba; y por la cantidad de sol que entraba por las ventanas sucias podría decirse que había avanzado el día.
La casa de Minaya era su única posesión segura. Vivía sola, y no tenía suficiente dinero para cuidar el lugar. Desde el jardín delantero hasta las estancias de la planta de arriba estaban sucias y desordenadas. Minaya dormía en el dormitorio de la planta baja, la antigua habitación de la criada.
Link bajó a toda prisa los escalones, haciendo crujir la vieja madera. Minaya se asomó a la puerta con una taza entre manos y con los dedos negros.
- Eh, Link "Ay", con más cuidado. Hasta que no me pagues no puedo arreglarla.
- Señora Minaya, buenos días. – Link detuvo su carrera, y se retocó los botones de la túnica negra, el disfraz de peregrino. Se había equivocado, y un par de botones estaban colocados en el ojal equivocado. - ¿Ya se han ido los demás, verdad?
- Fueron a ver si encuentran un trabajillo. – Minaya aspiró la pipa y se apoyó en el marco de la puerta. – Tu hermana me dijo que tú ibas a estudiar.
- ¿Quién? Ah, Zelda. – Link se pasó la mano por el revuelto cabello oscurecido.
- Supongo que ya has dormido lo suficiente. – Minaya le puso la mano en el hombro y tiró de él hacia la cocina. – Hay un cuenco con leche fresca en la cocina. Come algo, que pareces un saco de huesos.
Link obedeció a Minaya. La pintora le observó tomarse el desayuno mientras jugueteaba con un trozo de carboncillo.
- Ayer adivinaste: soy de Hyrule. Nací en Kakariko.
- Yo también soy de Kakariko. Quizá conozco a su familia.
- No lo creo: mis padres ya fallecieron, y no tengo hermanos como tú. – Minaya empezó a dibujar abstraída en la parte de abajo de un dibujo desechado. – Ahora las cosas son diferentes, supongo.
Link desvió la mirada.
- Sí, un poco.
- Ah, te he hecho un mapa para llegar a la biblioteca. – Minaya le tendió a Link un trozo d epapel. – Zelda quería que te acompañara, pero no tengo tiempo. ¿Lo entiendes, verdad?
- Sí, señora, no quiero serle una molestia.
Minaya se puso en pie, y Link llevó el cuenco al fregadero. Sentía la mirada penetrante de los ojos grises de la pintora en su nuca. Tenía la sensación de que había dicho algo que la había molestado, o puede que no.
- Link, puedes tratarme de tú. No seas tan serio: en Salamance, a excepción de los magos y los nobles, el resto de gente son bastante informales.
- Gracias... Minaya.
- Que te lo pases bien.
Link se volvió para decirle a Minaya que realmente Zelda no era su hermana, cuando se dio cuenta de que no iba a importar mucho. La pintora volvía a estar enfrascada en su trabajo, dibujando frenéticamente unos bocetos con el carboncillo con el que había estado jugando. El rey se giró y salió de la casa.
A pesar de vivir en las afueras, la casa de Minaya no estaba lejos de la Gran Biblioteca Real. De día, el barrio no parecía tan triste. Había el mismo número de gente que por la noche, pero las tiendas estaban abiertas, y exponían sus variadas mercancías con alegría. El rey siguió las indicaciones del mapa. Se despistó y casi acaba caminando en dirección contraria, pero no pidió ayuda a nadie. Encontró la biblioteca él solo, después de dar unas cuantas vueltas. La rabia y la decepción de comprobar que el resto no lo había tenido en cuenta para encontrar trabajo, dio lugar a la admiración que le proporcionó la Gran Biblioteca Real del reino de Gadia. Había leído que tenía más de doscientos años de antigüedad, y también que cualquier libro que se editaba en todo el reino debía depositar cinco copias en la gran biblioteca. De esta forma, el recinto, con su estructura en forma de templo, contenía la mayor colección conocida de libros, y también la más antigua.
Un grupo de chavales, uniformados con la misma túnica de color malva y pantalones grises, pasaron al lado del asombrado Link. El rey les escuchó reírse, y creyó escuchar la palabra "paleto". Le importó poco. "Yo quería algo así para Hyrule. Antes de la Guerra del Aprisionamiento, en el Templo del Tiempo y en el antiguo palacio había una colección mil veces mayor... y fue destruida por... No, no le eches la culpa al pasado. Llevo cinco años como rey de mi pueblo, y aún no me he puesto a la tarea. La culpa es mía".
- Bien, a trabajar. – murmuró para sí.
Su misión era encontrar cualquier referencia a una raza cuyo miembros fueran "los más pequeños entre los pequeños". Puede que a él no se le diera bien servir mesas, cargar y descargar cajas o llevar recados... pero se le daba bien estudiar, y se movía como pez en agua rodeado de libros. Así que iba a sacar jugo de sus habilidades y demostrar que no era ningún vago ni un delicado. Unas horas más tarde, Link consultaba el décimo tomo de la Enciclopedia de historia natural universal. En las últimas horas había descubierto que los gorons tenían un estómago compuesto de azufre y lava volcánica, y que había una raza oculta bajo tierra en las tierras de Holodrum... Pero no encontró detalles de una raza denominada "pequeña". "Los kokiris son lo más cercano a una raza de seres pequeños, pues eran niños que no crecían... Sin embargo, si ellos tuvieran el orbe de Farore, entonces el Árbol Deku nos lo habría dado¿no?" Se rascó la frente, distraído. "Las diosas armaron un buen lío con los orbes: el de Din, que lo tuvieron los gorons, acabó a mano de los watarara... El de Nayru, estaba con los sheikans, oculto por Gaia. El orbe de Farore, posesión del Árbol Deku, está perdido... ¿Y si Gaia no sabía esto, y se pensaba que eran los Kokiris sus actuales dueños"
Llevaba mucho tiempo en esa postura. Le empezaba a doler la cabeza y el cuello. Quizá le convenía estirar las piernas un poco. Se levantó y caminó entre las impresionantes estanterías de madera. En la sección donde estaba consultando había muchos hombres con las mismas túnicas moradas que vio en la calle. "¿Serán los estudiantes de magia, o los del gremio de historiadores?" se preguntó, curioso. De no estar en la biblioteca y no sentirse un poco idiota, le hubiera gustado preguntar.
El suelo de madera crujía bajo sus botas de peregrino, y más de un estudiante se giró con el gesto enfadado. Link cruzó rápido y llegó a la sección de novela y poesía, en la estancia contigua. Más vacía que en la anterior, la sección lucía un gran cartel que anunciaba que allí se podía "hablar a media voz" pues no había mesas de estudios. Link paseó la mirada por la cantidad de novelas, con el corazón palpitante por leerlas todas. Era increíble la cantidad de historias que podía escribir la gente. "Les envidio, mucho... como me gustaría... poder dedicarme a leer y estudiar sin más obligaciones, sin una sola preocupación" Link pasó la mano por los libros expuestos en una mesa con un cartel que decía "novedad". Y se detuvo en seco. Justo bajo sus dedos, encuadernado en cuero rojo con letras doradas, estaba el tercer volumen de la Trilogía de La Valerosa, las aventuras de la capitana "Terror de los Mares" y su valiente tripulación. Link lo tomó casi con reverencia.
De acuerdo, era una novela de aventuras; no era un tratado de magia, ni política, ni un ensayo sociológico ni nada que le pudiera reportar más conocimiento que el simple hecho de saber más de piratas... aunque fueran imaginarios. Iba a abrirlo, cuando los dedos le resbalaron y soltó el libro. Se agachó, para recuperarlo antes de que el bibliotecario le dijera algo... y se golpeó contra alguien que también se había agachado al mismo tiempo.
- Uy, perdona. – la chica se apartó y le tendió el libro. El rey olió como a flores. – Yo también quería verlo de cerca.
Link se masajeó la frente. No le había dolido, solo había sido extraño. Sonriendo, se atrevió a mirar a la desconocida. Por la voz, la había tomado por una chiquilla; aunque al verla más de cerca comprobó que tenía su edad. Los dos ojos de iris malva le observaban fijamente, interumpida la mirada por un rápido pestañeo. Era rubia, de un color que casi rozaba el oro puro, y las ondas caían libres hasta casi la cintura. Las orejas de hylian sobresalían por encima de los bucles. Sobre los hombros, por encima del vestido sencillo de color ocre, llevaba una capa con embozo de un discreto color berenjena con un pequeño diseño a juego con el color de las mejillas y el fondo de sus ojos.
- ¿Te gusta este libro? – preguntó la muchacha.
- Eh... Esto... sí, sí... – Link le tendió el volumen. – He leído el anterior, y me pareció muy bueno. Esperaba que el escritor sacara la continuación, aunque no sabía que sería tan pronto.
La chica sonrió, mostrando unos dientes en hilera casi perfecta. Los labios, tal y como percibió Link, tenían un suave color rosa.
- ¿No eres de Gadia, verdad? Pareces un peregrino.
- Sí... Estoy aquí para rezar y también para investigar un par de cosas. – Link se apoyó en la mesa. Empezaba a sentir que le temblaban las rodillas. – Vengo de Hyrule.
- Vaya¿y has leído dos novelas de GrandPa Smith en Hyrule? No sabía que habían llegado hasta allí.
- Bueno... Se puede decir que yo soy el primero en leerlas... Se las compré a un buhonero que venía precisamente de la frontera y... bueno... me encantan las aventuras de piratas. Será porque nunca he ido en barco y... – Link empezaba a sentirse como un idiota. ¿Qué hacía, porque estaba hablando tanto con esta chica?
La chica sonrió con timidez, y bajó la mirada a sus pies. Si él estaba inquieto, ella también parecía nerviosa y tímida. Link le tendió el libro.
- Toma, puedes consultarlo. Yo no crea que tenga tiempo para leerlo.
- Puedes comprarlo. Hay una librería muy buena... cerca de aquí. – la chica cogió el libro y lo miró, con el rostro todo colorado. – Si no sabes ir, te indico.
Link suspiró.
- Tampoco tengo dinero, así que mejor no. Cuando voy a una librería, me vuelvo loco... Me entran ganas de coger todos los libros y llevarmelos a la vez.
La chica se echó a reír. Tenía un gesto muy gracioso para reír con timidez: se tapaba la boca con la mano entrecerrada y vuelta la palma hacia fuera. Link sonrió él también. Y de repente, la visión se le nubló. Cuando quiso darse cuenta, estaba sentado en el suelo, y la chica le tenía sujeto del brazo. Un grupo de estudiantes uniformados también se habían acercado.
- ¿Qué te ha pasado? – le preguntó ella. – Estás muy pálido... ¿has comido algo?
- Yo... creo que he resbalado. – los estudiantes le ayudaron a levantarse del suelo y se marcharon, tras recibir las gracias del rey. Link, todo colorado, añadió. – Siento ser una molestia, perdona. Voy a seguir estudiando.
- Pero si van a cerrar la biblioteca en quince minutos. – la chica señaló un reloj de arena que había bajo una de las grandes ventanas. – Sigues estando muy pálido, por favor, permite que te invite a comer algo. Ah, claro... – la chica le alargó la mano. – Me llamo Tetra¿y tú?
Link miró primero la mano blanca de dedos finos y después los ojos de un increíble color malva.
- Yo... me llamo... Link.
- Vaya, debe ser un nombre muy popular en tu país¿no? El rey se llama así, y tenéis muchas historias con un personaje con ese nombre. – Tetra estrechó la mano de Link, con las mejillas coloradas. – Debes pensar que soy una atrevida, perdona...
- No, todo está bien. – Link sonrió débilmente. – De acuerdo, acepto una taza de té, pero con la condición de que te invite yo otro día¿de acuerdo?
"Ni me reconozco... yo también estoy actuando como un atrevido", pensaría más tarde, sentado en una banqueta en el centro de una atestada cafetería. La mayoría de los clientes vestían las túnicas malvas, otros lucían unas camisas amarillentas con bordados peculiares. Tetra aclaró que todos eran estudiantes de distintas escuelas, y que estaban haciendo los exámenes de primavera.
- ¿Tú también eres estudiante? – le preguntó Link.
- No, aunque me gustaría hacer el examen de ingreso para la escuela de historiadores o la de escribas. – Tetra le indicó que los estudiantes de esta modalidad vestían túnicas de color azul y amarillas, respectivamente.
- ¿Y los magos¿Son los de las túnicas moradas?
Tetra iba a responder a la pregunta de Link, cuando uno de los dueños de estas prendas se levantó en ese instante, agitó las manos y trató de desaparecer... sin más resultado que el soltar vapor y quemarse la manga de su túnica. El tabernero señaló un cartel y le gritó "Prohibido emplear la magia para pagar: quiénes lo hagan pagan el doble".
- Mira, has acertado. ¿Te interesan¿Eres mago también?
Link se echó a reír.
- No, aunque me gustaría aprender.
- En Hyrule no hay escuelas de estas¿no? – Tetra se bebió su té.
- Con las guerras y los últimos acontecimientos, es impensable... Supongo que en el futuro, quizá sea posible. – Link miró soñador como el estudiante de magia reparaba el daño con otro hechizo. Él no era capaz de hacer ni la mitad de un hechizo como había visto hacer a ese chico, más joven que él. Seguro que no necesitaba emplear una flauta.
Tetra anunció que se hacía tarde, y se ofreció para acompañar a Link a su casa. El rey no quería que la muchacha regresara luego sola a su casa, pero Tetra no dio su brazo a torcer. Acompañó a Link hasta el barrio de los muelles, con una sonrisa iluminando el rostro de suave cutis.
- ¿Has venido con alguien de peregrinaje? Normalmente, vais en grupo¿no? – le preguntó.
- Estoy con unos... familiares. Nos alojamos en casa de una amiga de... – Link no terminó la frase. Veía la cerca de la casa de Minaya. Inclinado, con una brocha manchada de pintura blanca, estaba Leclas. Por su rostro enrojecido, las manchas que lucía en la bata (que le quedaba más grande de lo normal) y su cara de concentración, parecía llevar bastante tiempo pintando. Al ver acercarse a Link, se puso en pie de inmediato.
- ¡Link¿Cómo ha ido en la biblio...? – y se interrumpió, para mirar a Tetra. La chica le saludó y le dedicó una sonrisa. - ¿Quién eres?
Aunque la frase pudiera sonar un tanto bruta, la voz de Leclas sonó más aguda de lo normal. De hecho, la mandíbula le temblaba.
- Se llama Tetra. Este es mi... primo... Leclas. También de Hyrule. – Link miró la verja: estaba pintada de arriba a abajo. – Buen trabajo, sí señor.
- En... Encanta... Encantado. – Leclas apretó la mano de Tetra.
- ¿Dónde están los demás? – Link observó que la casa parecía silenciosa y oscura. Solo una luz, proveniente de la cocina, le indicaba que Minaya estaba trabajando.
- Aún no han vuelto. Yo... encontré un trabajo esta mañana temprano, pero acabé mi turno y como me aburría... Vine aquí y me puse a ordenar un poco. Esta Minaya es un desastre, tendría que haber pintado la valla hace un montón de siglos.
- ¿Minaya¿La pintora? – Tetra se sorprendió tanto que abrió los ojos y ahogó una exclamación.
En ese momento, llegaron los otros tres. Se les escuchaba desde la distancia, pues Kafei y Reizar se estaban riendo a carcajadas. En medio de estos dos, cubierta de una masa pegajosa de color negro, caminaba Zelda. La guerrero se detuvo en la entrada de la casa de Minaya, y sus ojos verdes pasaron de Link a la chica que le acompañaba. Iba a preguntar quién era, cuando Tetra se abalanzó sobre el sorprendido Reizar. Reizar sonrió, pero sus ojos mostraron una expresión confusa. Solo Link pudo advertirlo: se habían oscurecido. Reizar apartó a Tetra con delicadeza.
- ¿Cuándo has vuelto¿Por qué no me has dicho nada? – preguntó la chica. Se apartó, muy colorada.
- Yo... Ayer mismo... pero... ¿qué haces tú aquí? – Reizar y Tetra se miraron. El mercenario estaba asombrado de verla, pero se recompuso a tiempo. – Os presento a Tetra, es una amiga de mi familia.
- Mucho gusto. – Tetra sonrió y se inclinó en un amago de reverencia. Kafei estaba como petrificado: Zelda no le había visto poner esa cara de embelesado desde que habían salido de Hyrule. El granjero también se presentó y le dio la mano a Tetra.
- Y esta chica de aquí, tan callada, es Zelda, la hermana de Link. – y Reizar le dio un ligero empujón a Zelda para que dijera algo.
La guerrero tenía el ceño fruncido, pero debido a la masa de barro que la cubría, no era perceptible. Sus ojos verdes se empequeñecieron.
- Zelda... ¿Qué te ha pasado? – Link por fin reparó en la suciedad de su amiga.
- Hoy hemos ganado un montón de dinero... gracias a Zelda. ¡Atrapó a un cerdo salvaje, nada más y nada menos! Eso sí, la ha arrastrado por todo el fango. – Kafei le dio un golpe cariñoso a Zelda, pero esta solo gruñó.
- No estoy de humor para contarlo. Tetra, un placer conocerte, pero entenderás que ahora lo que necesito es un baño. – la voz de Zelda sonó tétrica y fría. Link iba a preguntarle si se encontraba bien, cuando la guerrero pasó como una exhalación hacia el fondo de la casa de Minaya. La pintora había salido y casi se da de bruces con Zelda. La esquivó a tiempo y contempló al grupo que estaba en su jardín.
- ¿Qué hacéis en la puerta? Pasad, vamos...
El grupo que había salido a buscar trabajo había tenido suerte: Leclas fue el primero en levantarse, y había ayudado a descargar un cargamento de telas y ánforas en los muelles. Le habían pagado bien, aunque con el dinero había comprado pintura y tablas de madera. "Tu casa necesita unos cuantos arreglos. Si vamos a quedarnos aquí mucho tiempo, será mejor que las escaleras estén arregladas. No quiero morir rompiéndome la crisma un día de estos"
Kafei había cazado, gracias a su boomerang y su agilidad de sheikan, unos cuantos pavos reales. Uno de ellos era el que se había asado en el horno de Minaya. Reizar y Zelda habían encontrado a una señora que quería un cerdo salvaje de color negro que había visto en los bosques alrededor de la muralla. Zelda lo encontró, y fue este cerdo negro el que la arrastró por todo el barro.
En el patio trasero, metida dentro de una tinaja con agua calentada, Zelda tenía medio rostro hundido. Era la tercera vez que se cepillaba detrás de las orejas, y por fin había conseguido que el color de su pelo regresara al negro pintado... Aunque ella habría deseado recuperar su pelirrojo habitual. ¿Por qué se había molestado tanto al ver a Tetra? Ni idea... Ella esperaba encontrarse con Link, todo ilusionado por las cosas que habría averiguado en la biblioteca. Seguro que el rey hablaría por los codos de todo lo que había visto, de la cantidad de libros que tenía la gran biblioteca de Salamance, del color de las túnicas de los magos y de cientos de cosas... Y en su lugar, aparecía con una chica sacada de un cuadro.
"Vamos, no seas estúpida..." pensaba mientras salía de la tinaja y se secaba. "¿Desde cuándo me importa que los demás piensen que soy guapa? Que más da..." Terminó de vestirse, esta vez con su vestido de peregrina, y fue a la cocina. Antes de entrar, escuchó las risas de los demás. Tetra estaba sentada a la cabecera de la mesa, y hablaba en ese momento de algo sobre Reizar que divertía mucho al resto, y que tenía al mercenario totalmente colorado.
- ... y no se le ocurrió otra cosa que decir: "No, señora, si solo me he tropezado". – terminaba de contar Tetra. Link, sentado a su lado, se reía a carcajadas tanto que se sujetaba las costillas y tenía el rostro colorado. "¿Cuánto tiempo lleva sin reír así? Bueno... ¿Alguna vez ha reído tanto?" pensó Zelda. Luego, suspiró, sacudió la cabeza y entró con la espalda erguida.
- Um... que bien huele... Link se puso de pie inmediatamente y le hizo un hueco en el incómodo banco. Zelda se sentó y Minaya le puso delante un gran plato con pavo y una salsa verde.
- Estupendo, gracias. – Zelda cogió el tenedor y el cuchillo, y empezó a comer. Tetra se había callado al fin, y tenía la mirada fija en la guerrero.
- Que bonito collar. – comentó, señalando al orbe de Din. Al ponerse la ropa, Zelda no se había dado cuenta de que lo había dejado fuera.
- No es más que una bagatela. – Zelda escupió un trozo de hueso a un lado. – Ya sabemos que eres familiar de Reizar, menuda coincidencia... ¿Cómo has conocido a Link?
- En la Biblioteca. – respondió el rey.
- Los dos hemos coincidido a la hora de buscar una novela. – Tetra observó el plato semivacío del rey. – Link, deberías comer más. Casi te caes redondo. Me has dado un susto de muerte. – dijo Tetra. Su frase provocó que todos los presentes miraran al rey con la misma cara de enfado.
- ¿Otra vez... te fuiste sin comer ni domir, verdad? – preguntó Zelda.
- Desayuné correctamente, y estaba bien... – musitó el chico. – Yo creo que resbalé, eso es todo.
- ¿Qué estabas investigando? Aún no te lo he preguntado. – Tetra apartó el plato con la carne, después de haber comido un poco de la lechuga.
- Estoy buscando información sobre razas secretas en Hyrule. Aunque... son tan secretas que no hay libros sobre ellas. – Link suspiró. – Pero bueno, mañana volveré a intentarlo... Leclas¿has averiguado algo sobre esos amigos vuestros que viven aquí? Quizá ellos pueden ayudarnos. Leclas desvió la mirada, y fue Zelda quién respondió:
- En la dirección que yo recordaba, no había nada. Ni siquiera una casa. Cuando pregunté, nadie quiso decirme si ahí hubo una casa o no. – Zelda apretó el puño. – Es muy extraño, los vecinos se ponían nerviosos si insistía un poco. Como si les diera miedo hablar.
- ¿A quién buscáis?
Zelda miró por encima de los platos el rostro sereno y afable de la muchacha. Le estaba poniendo de los nervios con sus preguntitas y su voz dulce.
- La dirección de la casa que compartían Mital Riumo y Mitsuita Chang. – respondió Leclas por ella.
- Vaya... Oh, vaya... – Tetra apartó el plato. Por su expresión se veía que tenía malas noticias en la punta de la lengua. – Lo siento, pero... Mital Riumo fue desterrada, y sus pertenencias... Bien, en estos casos se queman. – Tetra lo decía como si realmente le hubiera afectado aquello.
Zelda apretaba el puño por debajo de la mesa.
– Hace un año, aproximadamente, fue enviada a un destacamento del este, y a partir de ahí... pues... se le acusó de asesinato y deserción. Reizar, es normal que tú no lo supieras... Aún estabas en la preparación para los exámenes.
- Eso no quiere decir nada. Puede que Kairut y Linkain estén bien. Solo hay que averiguar donde buscar. – Zelda le dijo esto a Leclas, que se había hundido en su asiento.
- Yo puedo preguntar. – dijo Tetra. – En el palacio, conozco gente que sabe de todo, seguro que me ayudan.
- ¿Quién eres, la princesa? – Zelda alzó la ceja con escepticismo. Tetra se echó a reír, y Reizar frunció el ceño.
- No... yo solo soy una doncella. Pero conozco a oficiales de la guardia. Puedo preguntar. – Tetra sonrió a Reizar. – Hoy es mi día libre. Bien, Link, me interesa esa investigación sobre las razas ocultas. ¿Qué buscas exactamente? Conozco muy bien la Gran Biblioteca Real. Paso allí la mayor parte de mi tiempo libre.
Zelda ocultó un gesto de fastidio. Ahí estaba, otra vez la sonrisa de petulancia y superioridad de esa chica. "¿Desde cuando juzgo por las apariencias? Bueno, pero esta chica es realmente una pedante, seguro..." Link no pensaba así. Enseguida respondió:
- Tengo una única pista: la raza que busco es considerada "la más pequeña entre las pequeñas". No es mucho, lo sé... pero.
- ¿Has descartado a las hadas? – Tetra se relamió los labios.
- No... Pero las hadas se extinguieron. – Link se rascó la frente, su gesto para indicar que estaba meditando.
- Es cierto... Veamos... Los más pequeños entre los pequeños... – Tetra miró hacia el techo. – Los kokiris serían una buena opción, pero al igual que las hadas, se creen que están extintos. Además, si eso fuera cierto, no habríais venido a Gadia. Los kokiris vivían en el Bosque Perdido.
- Tienes razón. – Link observaba con interés lo que decía Tetra. En el interior de Zelda empezaba a formarse una bola de ira.
- Link ha encontrado a alguien que habla como él, increíble. – musitó Leclas.
- A Tetra le encanta leer y estudiar. – comentó Reizar, con orgullo en la voz.
En ese momento, Tetra se golpeó la frente con la mano.
- Ah, tengo una idea. Hay que ver, tenía que haber caído antes... ¡Los minish! – soltó de repente.
Reizar y Minaya se echaron a reír a carcajadas, mientras el resto de extranjeros se miraban extrañados.
- ¿Minish? – Link se acercó a Tetra. - ¿Qué es eso?
- Es una palabra gadiana, que quiere decir... "gnomo". – Tetra se molestó por las risas de Reizar y Minaya. – Puede ser¿no?
- Querida, los minish son un cuento para niños.- Minaya cogió un trozo de carboncillo. Hablaba imitando la voz de una abuelita contando un cuento a sus nietos: – Los minish viven siempre con nosotros, pero son tan pequeños que no se les puede ver. Solo los niños con el corazón puro pueden ver uno.
- Se cree que te dejan una moneda cuando se te caen los dientes de leche, y también que ayudan a encontrar las cosas o a arreglarlas. – Reizar se limpió las lágrimas de la risa. Minaya dibujaba muy rápido algo en el trozo de papel. – Si eso fuera cierto, esta casa estaría perfecta.
La pintora golpeó a Reizar en la nuca, y mostró el dibujo al resto de comensales. Tetra estaba toda colorada, avergonzada por haber sugerido semejante tontería. Link se inclinó sobre el dibujo: era un hombrecito, vestido con una flor y que sostenía una hoja por encima del hombro.
- Si esa raza es solo un cuento para niños... ¿Cómo se sabe el aspecto que tienen? – Link tomó el dibujo. – Tetra, si yo quisiera encontrar un minish¿dónde podría ir a mirar?
Tetra sonrió.
- En el palacio, hay un viejo árbol, y la princesa Altea suele contar que allí vio una vez a un minish. Pero Minaya ha dicho algo que es cierto: solo lo pueden ver los niños.
- Bueno, podemos buscar. – Link se guardó el dibujo. – Gracias, Tetra. Has sido de mucha ayuda.
Tetra no podía dejar de sonreír, mientras que a Reizar se le pasaba la hilaridad y Zelda la miraba más ceñuda que antes. En ese momento, el mercenario se puso en pie con brusquedad.
- Tetra, se hace tarde. Seguro que te regañan si llegas de noche. Te acompaño.
Tetra asintió. Tanto ella como Reizar se cubrieron con sus capas y salieron. El resto del grupo ayudó a Minaya a recoger la cocina. Zelda y Leclas fregaron los platos, mientras Link y Kafei barrían la cocina y limpiaban la mesa. Al terminar, la pintora se había acostado, así que estuvieron solos en la cocina.
- Enhorabuena, jejeje... Link, chico, yo pensaba que eras... ya sabes "raro". Ahora veo que tienes gusto con las mujeres. – dijo Leclas. El shariano se reía por lo bajo, y su voz sonó forzada. Se le había pasado la tristeza por no saber de sus amigos, eso, o lo ocultaba muy bien.
- Esa chica se te ha pegado como una lapa. – dijo Zelda desde la cocina. – No me gusta nada. Parece sospechosa. ¿Kafei, has notado algo, verdad?
El granjero negó con la cabeza.
- Mis poderes no son muy buenos del todo, y hoy no me podía concentrar con el ruido. Solo he percibido que Tetra estaba tensa por algo relacionado con Reizar. No creo que sean familiares. Por otra parte, la chica parece agradable. Y es muy guapa. – Kafei, todo colorado, colocó la silla en un rincón.
- Me ayudó, y no tenía por qué hacerlo. Yo confío en ella. – Link se sentó en el sillón. Se le había nublado la visión, y fingió que miraba al fuego mientras esperaba a a que se pasara. Ya no estaba herido y no tenía fiebre... pero a ratos se sentía como si el mundo desapareciera y todo se volvía oscuro y extraño. Fue eso lo que le pasó en la biblioteca, cuando vio a Tetra.
- ¿Estás bien?
Zelda se había acercado. Se secaba las manos con un paño y le miraba preocupada. El cabello oscuro y el vestido podían confundirle, pero no aquellos ojos verdes rasgados que ahora observaban sus movimientos. Link asintió, y al mover la cabeza sintió un dolor agudo en el cuello. Gimió y se frotó esa zona.
- No es nada, solo estoy cansado.
- Eso se ve. – Zelda le tendió la mano.- Anda, ve a dormir. Mañana nos ocuparemos de entrar en el palacio, a buscar gnomos de esos. – la labrynnesa se echó a reír. – Y eso que yo no creía en duendes y cuentos parecidos.
- ¿Crees que funcionará? – preguntó Leclas. – No es por desilusionaros, pero a mí todo eso me sonaba a cuento chino.
- ¿Cuántos de vosotros creían que los zoras y los gorons eran leyendas? Zelda, te recuerdo que tú has visto un hada, y te pareció bastante real... Por no hablar de la Reina de las Nieves, las brujas Koume y Kotake, los watarara. – Link se secó el sudor de la frente. – He sido un tonto... He perdido un día entero buscando en libros científicos, en lugar de mirar en los de leyendas y mitos. Vosotros habéis trabajado todo el día, y yo os he fallado. – esto último lo dijo en voz tan baja que solo lo escuchó Kafei.- De momento, los minish son la mejor pista que... tenemos. – Link se echó hacia atrás y cerró los ojos. Zelda le llamó, pero Kafei le dijo que no insistiera.
- Parece tan enfermo. – Zelda examinó el rostro del rey, dormido como un leño. - ¿Es normal que se quede así de repente?
- Antes de la llegada de Aganhim, le solía pasar. Luego se despierta y no lo recuerda. –Leclas se acercó al rey. - Yo le llevo arriba. Buenas noches.
Cuando se fueron, Zelda y Kafei se miraron de reojo. El granjero suspiró y se sentó en el mismo sillón donde se había quedado dormido el rey. Zelda sospechaba que Kafei quería decirle algo, pero no sabía como empezar.
- Desembucha. - acabó diciendo Zelda, cruzándose de brazos. - ¿Qué te preocupa tanto?
- La salud de Link. – Kafei se frotó los ojos, cansado. – Saharasala habló conmigo días antes de que pasara todo aquello, y me dijo que los poderes de Link estaban aumentando de una forma anormal, y que eso le asustaba. Ahora le comprendo.
- ¿Qué quieres decir?
- Zelda, en el templo de Tabantha... Yo... estaba muerto.
La heroína de Hyrule primero pensó que el chico le estaba tomando el pelo, aunque su rostro y su tono de voz le decían que iba en serio. Kafei le habló con voz queda:
- Recuerdo que todo se volvió oscuro, y que vi... luces de colores. Cuando volví a ver, estaba flotando, a unos metros de vosotros. Os vi, a todos, inclinados sobre mí, y Link de rodillas a mi lado tocando una canción con flauta. Por encima, me pareció escuchar la voz de mi madre, que me llamaba. Pero la canción de Link me trajo de vuelta al cuerpo... – Kafei temblaba. – Me resucitó, y eso es un gran poder.
- Estudia magia, y...
- Lo poco que yo sé es que jamás he escuchado hablar de un mago que resucite muertos, aparte de ese Aganhim. – Kafei empezaba a arrepentirse de haber compartido estos pensamientos con Zelda, pues la chica parecía no comprenderle. Iba a pedirle que no comentara nada a Link, y tampoco a Leclas, cuando este último entró.
- No tengo sueño¿a alguien le apetece una partida de cartas¿Nos apostamos lo que nos sobró de las pagas?
- Yo no juego con tramposos. – Zelda imprimió a su voz un tono alegre, lo suficiente para engañar a Leclas. Kafei dijo que él también estaba cansado y que prefería dormir antes de que Leclas y Zelda le desplumasen.
