CAPÍTULO 13 UNA LAGUNA OSCURA LLAMADA VENGANZA

Esta vez no me despertó la alarma del reloj; esta vez fueron los tenues rayos del sol que se filtraban a través de la persiana y se chocaban directamente en mi cara. Debajo de esa suave manta de pelo estaba tan desnuda como Edward me había dejado anoche...Dios...anoche...anoche fue increíble. La imagen de Edward con su cabeza entre mis piernas lamiendo, chupando y mordiendo...eso era algo que no olvidaría ni aunque viviera mil años. La forma suave en la que pasó esa cuchilla por mi piel más tierna...

Llevé una de mis manos a esa parte de mi anatomía.

No podía imaginar las cosas que Edward tenía en mente pero de lo que sí estaba segura era de que aún no había sacado su artillería pesada. Es como sí...como si me estuviera dando una especie de periodo de adaptación antes de venir con su plato fuerte...

Pasé los dedos por mi monte de Venus; sin duda alguna estaba redescubriendo mi sexualidad, bueno...más bien estaba descubriéndola. Esto era bueno, demasiado bueno...Bajé un poco más, acariciando las ahora suaves partes de mi sexo...

El teléfono me sobresaltó cuando bajé un poco más al sur. Saqué rápidamente la mano de debajo de la manta un poco avergonzada, estiré la mano y cogí el móvil.

—¿Diga?

—Soy yo. Sam irá a buscarte...necesito que vengas...en una hora te quiero aquí.

Ya está. Después de esas crípticas palabras Edward me había colgado sin decirme siquiera adiós. Miré el reloj; las diez y diez. Me desperecé sobre la cama antes de levantarme para ir al baño. Abrí los grifos del agua caliente de esa gran ducha y dejé que se formara vaho. Mientras tanto me miré en el espejo, tal y como anoche me ordenó Edward. Quizás podría sonar un poco infantil, pero tras estas dos noches que había pasado con Edward me sentía diferente, más...mujer. No sé...seguía siendo yo, pero a la vez me veía diferente. Ahí, desnuda delante de ese enorme espejo podía ver las formas redondeadas de mis pechos y mis caderas. Quizás no era tan sosa y tan poca cosa, ¿no? A parte de la supuesta relación que unía a Edward con mi padre algo tenía que tener yo que le gusta a ese hombre...Él se había excitado por mi, anoche había besado mi sexo con desenfreno, me había follado duro, usando sus palabras.

Podía tener a cualquier otra, pero me tenía a mí.

No sabía exactamente los sentimientos que podía provocar en Edward Cullen; quizás pasión, odio, lujuria o simple sed de venganza. Podía parecer estúpida por decir esto, pero me daba exactamente igual. Me faltaba una parte importante de mi vida, pero ahora mismo me sentía viva...y eso que no había descubierto ni la décima parte de lo que Edward, la Bestia, tenía preparado para mi. Estaba totalmente dispuesta a aceptar lo que quisiera hacer con tal de volver a sentirlo de esa manera.

Loca estúpida.

Me metí en la ducha antes de que mi cabeza explotara antes de las diez y media. Tuve que desviar la mirada cuando vi el jacuzzi; inevitablemente recordé lo que Edward me había hecho ahí...

Cuando salí de la ducha rebusqué en el armario entre las obras de arte hechas ropa interior que Edward me había comprado. Me puse un conjunto azul oscuro que no dejaba mucho a la imaginación y que con la depilación al estilo Edward se lucía mucho más.

Por primera vez me puse medias de encaje.

La salvaje noche con Edward había dejado secuelas en mi pelo tipo cardado de los años ochenta y como no disponía de tiempo para hacer algo decente con él me lo recogí en una coleta alta. Cogí el bolso y el móvil y bajé corriendo las escaleras mientras me ponía la chaqueta.

Seth ya estaba esperándome en la cocina; en cuanto me vio se levantó y me saludó.

—Buenos días, señorita Swan.

—Buenos días...Estoy lista, cuando quieras nos vamos.

—¿No va a desayunar antes? — me lo pensé durante unos segundos.

—No...ya comeré algo después.

Mientras bajábamos los casi veinte pisos en el ascensor no me separé de mi móvil; quería haber llamado antes, pero todo el ajetreo al que me había visto sometida no me había dejado. Aproveché la tranquilidad de la parte trasera del coche para marcar su número.

—¿Diga?

—Sue, soy yo.

—Oh, señorita Swan...- me podía imaginar una sonrisa en los labios de Sue.

—Sue, ¿puedes dejar de llamarme de usted? Ya no estoy allí...tutéame, por favor...Aquí todo el mundo me llama de usted...y eso no me gusta...

—Como prefieras...Dime, por favor...¿cómo estás? Ese hombre...¿te trata bien? — con la mano libre que me quedaba acaricié el cuero del asiento de Edward recordando la noche que me había regalado.

—Sí – suspiré – Quizás no sea la persona más alegre y comunicativa del mundo, pero no puedo decir que no me trata bien. Ahora mismo me rodea el lujo diez veces más que antes...No hablemos más de mi, hablemos de lo realmente importante...¿Cómo está mi pequeño granuja? —Sue se rio.

—Preparándose para el cole. Desde que hizo su papel de árbol en la escuela no hay quien le tosa...Oh, espera...ahí viene nuestro actor revelación.

—¿Es nana? - le oí preguntar a Sue — ¿Nana? — sonreí como una idiota al escuchar su vocecita.

—Soy yo, pequeño granuja. ¿Cómo estás?

—Bien...¿m...me viste de árbol? Fui el árbol maaaas guapo.

—Claro que te vi...y claro que ibas guapo, porque tú eres el niño más guapo del mundo. ¿Qué tal con papá?

—Casi no está aquí, nana...Te echo de menos y...y aunque Sue me hace muchos bizcochos de cocholate no se me olvida que no estás aquí – su vocecita al borde del sollozo me partió el corazón.

—Cariño, no estés triste. Papá...papá no puede estar más tiempo en casa porque está muy ocupado. Matt, te prometo que en cuanto pueda iré a verte, ¿vale? Prometo que te llevaré el regalo que quieras.

—¿El que quiera? ¿Me...me traerás el Bob Esponja que baila? — sonreí.

—Claro, cariño. Termina de arreglarte para el cole, anda. Pásame a Sue.

—Vale, nana – se le oía mucho más animado – Te quiero hasta el infinito y más allá – y me tiró un beso, como siempre me hacía en casa.

—Y yo a ti – susurré —¿Sue? — suspiré antes de hablar —¿Cómo van las cosas con mi padre?

—No hay mucho que contar...Cuando llega a casa se encierra en el despacho. A veces hace gala de su mal humor y grita por teléfono. Como verás no ha avanzado mucho con su carácter.

—Lo único que me preocupa es que pague sus problemas con Matt – murmuré.

—No te preocupes por eso. Él apenas le ve. Estoy intentando por todos los medios que el niño no se dé cuenta de cómo está la situación – suspiré cuando vi el edificio de Cullen Inc.

—No se cómo agradecerte todo lo que estás haciendo, Sue...Te mereces el cielo.

—Lo hago con gusto...Bella – sonreí por sus palabras.

—Tengo que dejarte, dile a Matt que le llamaré muy pronto.

Colgué justo cuando Seth me abría la puerta del coche. Caminé hasta la entrada del gran edificio y miré hacia arriba; Edward estaría ahora mismo en su despacho, en ese lugar elevado del resto de los pequeños mortales que estaban a su merced...Suspiré y caminé con paso firme al interior del edificio, o al menos lo intenté. El vigilante que había en los tornos me saludó aún un poco avergonzado.

Respiré cuando fui llegando a los pisos más altos del edificio; no sabía si eran ideas mías o en verdad la gente me miraba fijamente. No me gustaba que me miraran de esa manera, no...no me gustaba que me miraran...Gracias a los cielos llegué sola al último piso. Saludé a la recepcionista de la que aún no sabía el nombre y pasé de largo hasta llegar a la puerta del despacho de Edward. Tanya me miró por encima de las gafas y me saludó.

—Buenos días, señorita Swan. El señor Cullen me ha dado orden de que la haga pasar en cuanto llegue – asentí con la cabeza y pasé sin llamar.

Edward estaba sentado en su sillón de cuero tras el escritorio. No llevaba puesta la chaqueta negra del traje dejándome ver su camisa blanca. Tenía el teléfono sujeto a la oreja con el hombro mientras tecleaba en su ordenador. Con un gesto me indicó que me sentara.

—Sí...sí, sí...lo estoy viendo. En la versión digital del New York Daily News ya está editada la noticia. Han tardado poco – murmuró – No, no me hace falta comprobar el resto de periódicos. Sé que lo que haces lo haces a conciencia...Me gustaría que te pasaras por aquí la semana que viene, James. Quiero recompensarte por lo que has hecho...No – dijo de manera rotunda – Lo sé, pero quiero hacerlo.

Colgó el teléfono sin despedirse de quien quiera que fuese el tal James y me miró fijamente. Sonrió cuando sus ojos recorrieron todo lo que podían ver de mi cuerpo, como si se estuviera acordando de algo...

—¿Has dormido bien, Isabella? - crucé las piernas al notar cómo mis mejillas se sonrojaban.

—Sí...- murmuré.

—Muy bien. Me gusta que recuperes fuerzas después de follar – tragué en seco; si empezaba ya con esas palabras podríamos tener un problema.

—¿Qué...qué tal la entrevista con Morrison? — el gesto de Edward dio un cambio súbito, esos a los que me estaba acostumbrando poco a poco.

—Mucho mejor de lo que me esperaba – dijo con tono sombrío.

Edward se levantó y me dedicó esos andares felinos que le caracterizaban. Giró mi silla y apoyó sus manos en los apoya brazos dejándome encerrada en una cárcel de brazos y piel.

—No me había dado cuenta de lo apetecible que se ve tu cuello – pasó su dedo índice por esa piel tan sensible. Abrí la boca, seguramente para contestar alguna incoherencia, cuando mi estómago decidió rugir. Me encogí un poco más en mi asiento debido a la vergüenza.

—¿Tienes hambre? —me preguntó Edward con el ceño fruncido.

—Un poco – reconocí – No he desayunado...

—Deberías de haber comido algo...— Edward fue a llamar por teléfono cuando la puerta se abrió sin pedir antes permiso. Emmet, el infiltrado en la empresa de mi padre, entró al despacho.

—Oh, lo siento...siento molestar. Debería de haber llamado antes – se giró para marcharse.

—Espera...En realidad llegas en el momento oportuno – le dijo Edward – Lleva a Bella hasta la sala de juntas para que coma algo...y asegúrate de que lo hace, no quiero que se maree por no haber ingerido nada – fruncí el ceño. Quise quejarme y decirle que no me tratara como a una niña pequeña, pero esos hombres no me dieron opción.

—Estaré encantado de ofrecerle una visita turística por la planta a Isabella, Edward...- Emmet me miró y sonrió. Yo no le devolví la sonrisa – En realidad venía a preguntarte por lo de...Morrison – Edward suspiró —¿Es verdad lo que he leído en las noticias digitales?

—Sí, es cierto – Emmet asintió.

—Wow...bien, bueno...¿Me acompaña, señorita?

¿Qué remedio me quedaba? Me levanté de mi asiento y seguí a Emmet fuera del despacho. ¿Acaso Edward lo había hecho adrede? Enviarme a desayunar con el hombre que boicoteó a mi padre no era muy buena idea...aunque aún no había decidido si Emmet me caía bien o mal. Parecía agradable...si obviamos el hecho de que él era el causante de que hoy estuviera aquí. En ese caso la balanza se decantaba hacia el lado del sí, me cae bien.

Avanzamos por el largo pasillo hasta llegar a una doble puerta. Emmet la abrió y me dejó pasar a mi primero. La sala de juntas era enorme; tenía una gran mesa de madera que ocupaba más de la mitad de la estancia. En una de las esquinas había una mesa con una cafetera y una bandeja con bollos y bizcochos. Emmet me sirvió dos tazas de café y trajo unos cuantos dulces. No me quitó ojo en todo el rato. Observó cómo me eché el azúcar en la taza y cómo removía mi café. Lo que me estaba quedando claro es que aquí todos eran muy observadores...

Di un trago a mi café...y fruncí el ceño.

— Oh, por Dios – murmuré mientras me limpiaba los labios con una servilleta – Esto está muy...

—Cargado – finalizó Emmet. Me estaba mirando con una sonrisa en su cara – Nos gusta el café fuerte para estar bien despiertos.

—Eso despertaría a una momia – murmuré – En realidad no me gusta el café...suelo desayunar zumos...

—Zumos no tenemos...al menos podrías comer algo de esta bandeja.

—No queremos desobedecer al jefe, ¿uh? — me mordí el labio tras decir esas palabras. Quizás me había pasado...pero no. Emmet de nuevo me volvía a sonreír.

—No te gustaría ver a Edward enfadado – me di cuenta de que cuanto más amplio sonreía más se le marcaban los hoyuelos a ambos lados de la boca – Me alegro de que Edward me haya nombrado tu guía oficial...Me gustaría disculparme contigo por lo de tu padre – fruncí el ceño.

—Lo que hicisteis fue jugar sucio.

—Lo sé – reconoció – Pero a veces el juego sucio es el único camino realmente bueno para alcanzar los objetivos que te marcas – dijo serio.

—No se si eso es ético – Emmet rio.

— ¿A quién le importa la ética cuando cargas con un gran peso a la espalda? — suspiró – Sólo espero que en un futuro puedas entender por qué ayudé a Edward en esta causa...Por cierto, me caes bien – no sé por qué, pero sonreí.

—No entiendo cómo la gente se sorprende cuanto tienen una buena primera impresión de mi...es como si se esperaran lo peor al conocerme – mordisqueé una rosquilla.

—Supongo que tu imagen pública está muy dañada. Empezaste con las imágenes que sacaron de ti y de Mike Newton...eso fue muy...fuerte. A partir de ahí la gente sólo ve lo que quiere ver...casi siempre tendemos a ver el lado malo de las personas – chasqué la lengua. Realmente no quería seguir hablando de este tema.

— ¿A...a qué re referías cuando le has preguntado a Edward sobre Morrison? - Emmet removió perezosamente su café.

—No conoces la historia, Isabella...así que no lo entenderías.

—Pero quiero saber...Edward le concedió una entrevista, la iban a hacer esta misma mañana...

Emmet no me contestó. Abrió la funda de la tablet que llevaba consigo y buscó algo en silencio. Segundos después me ofreció la tablet para que leyera un artículo de un periódico nacional.

"El día que Benjamin Morrison se cavó su propia tumba. Hoy, a viernes 6 febrero podemos decir que el periodista B. Morrison, conocido por su famoso libro "Escándalos en Nueva York", ha cavado su propia tumba al mandar las reveladoras imágenes que él mismo hizo en un reportaje de investigación para poder escribir su popular libro. Las imágenes, de alto voltaje, muestran las caras más conocidas del panorama televisivo nacional en momentos más que comprometidos. De momento no se conoce le paradero del periodista al que, al parecer, ya le han impuesto varias demandas por atentar contra la intimidad de los protagonistas de las fotos y..."

Miré confundida a Emmet...y luego recordé la conversación que escuché de Edward con ese tan James.

—Edward...¿él ha provocado esto? —Emmet no me contestó.

—Edward tiene mucho dolor acumulado en su corazón, Isabella...y ya es hora de liberarlo. Saca tus propias conclusiones – miró su reloj de muñeca y se levantó – Me ha encantado charlar contigo, de verdad – fruncí los labios. Quería que me contara más cosas sobre Edward y Morrison.

— ¿Ya tienes que irte? - sonrió.

— Sí...es lo que tiene ser el vicepresidente de Cullen Inc...tengo muchas responsabilidades. Que tengas un buen día, Isabella.

Me quedé sola en la sala de juntas. La mañana estaba resultando ser de lo más reveladora. ¿Emmet era el vicepresidente de tamaña empresa? Yo misma sentía en mis propias carnes que las apariencias pueden realmente llegar a engañar; Emmet no entraba en mi perfil de hombre con cargo importante de esas características. Y por otro lado estaba el tema de Edward...¿realmente él había tenido algo que ver en el tema de las fotos escandalosas de Morrison? Si así fuera...¿qué le había impulsado a actuar de esa manera? Estaba descubriendo que Edward Cullen guardaba muchos más secretos de los que en un principio me imaginé. Ya no era sólo mi padre con el que tenía causas pendientes...¿habría más personas implicadas en esto?

Dejé la bandeja de bollos a medio comer y caminé hasta el ventanal. El día estaba totalmente nublado; el cielo estaba de un peligroso color negro y hacía bastante frío. Sólo esperaba que no hubiera tormenta. Odiaba las tormentas. En la época en la que estuve con Sue en la casa del campo habían caído una infinidad de tormentas de verano. La casa era tan sumamente grande que cada trueno que resonaba hacía que la casona entera vibrase. Durante esa época pasé miedo. Miedo de verdad. Las noches eran lo peor de todo. El silencio era tan absoluto que casi se podía tocar con los dedos. Las ramas de los árboles, el viento, el agua repicando contra los cristales...Todo parecía una amenaza desde la soledad de mi cama.

Ahora, tiempo después, comprendí que aquello no eran más que tonterías; la verdadera amenaza la tenía en casa, viviendo bajo mi mismo techo. Mi padre había resultado ser mucho más aterrador de lo que pude llegar a imaginar...aunque sin duda había encontrado un claro competidor. Edward Cullen no se andaba por las ramas...

— ¿Qué haces aquí sola? - la voz de Edward me sobresaltó, como siempre. Me giré para encararle...Dios, ¿por qué este hombre era tan aterrador y tan atractivo a la vez?

—Emmet ha tenido que marcharse...— Edward miró la bandeja sobre la mesa.

— ¿Has comido algo?

—Un bollo...no me gusta el café – me encogí de hombros.

—Ya...ya me he fijado en eso...Da igual, de todos modos ya casi es la hora de comer. Vamos.

— ¿Voy...a comer contigo? - sonrió de lado.

—Claro, Isabella...he descubierto que las comidas contigo pueden ser muy placenteras...me lo demostraste anoche – bajé la cabeza avergonzada mientras avanzaba hacia él.

Estar con Edward en un ascensor a solas me estaba resultando mucho más duro esta vez; el olor que desprendía era adictivo, supongo que como todo él...Sabía que me estaba mirando, lo sentía...pero no podía mover la cabeza para mirarle porque sabía que mi respiración se agitaría de nuevo.

No quería darle más motivos para que su ego alcanzara el cielo.

Sólo pude respirar aire no viciado con el aroma de Edward durante un sólo minuto, ya que el eficiente Seth nos estaba esperando en la puerta. Me corrijo. Lo verdaderamente duro era estar con Edward en la intimidad que nos ofrecía la parte trasera del coche. Esta vez Edward no se dedicó a hablar por teléfono o a mandar correos. Esta vez me estaba mirando fijamente. Esperando.

— ¿Qué tal con Emmet? - parpadeé rápidamente.

—Bueno...la conversación que hemos tenido ha sido un poco...extraña – Edward alzó una de sus perfectas cejas.

— ¿Por?

—Me...me ha pedido perdón por...por lo de mi padre – mierda...¿por qué me sentía tan idiota al hablar con Edward? Eso si se puede llamar "hablar" a los balbuceos que emitía.

—Ya...Emmet actuó bajo mis peticiones. Él no tiene por qué disculparse...En todo caso eso me competería a mí. Pero jamás me disculparé por lo de Charlie – dijo con dureza.

—Supongo que ya da igual, ¿no? Lo hecho está hecho y punto...ya no se puede hacer nada.

—Siempre quedan cosas por hacer, Isabella...- murmuró - ¿De qué más habéis hablado? —me mordí el labio – No hagas eso si no quieres que me abalance sobre ti para follarte ahora mismo – dijo con la voz ronca.

—Yo...eh...- la voz de mi conciencia me estaba echando la bronca...¡No le muestres que te estás derritiendo por sus palabras, idiota! —Él...Emmet me ha contado lo que ha pasado con Morrison – Edward asintió lentamente.

— ¿Qué piensas sobre eso? — por Dios...me hacía cada pregunta...

—No sé qué quieres que te diga...—le miré a los ojos aún a sabiendas que eso me intimidaba – Has...has sido tú, ¿cierto?

—Si así fuera...¿pensarías que soy una mala persona? — fui a morderme el labio, pero me lo pensé mejor.

—En realidad no sé cómo eres. Te miro y veo al amo del universo que habita bajo sus pies, un hombre que mira por encima del hombro a los demás porque puede hacerlo...Pero no sé cómo eres...aunque creo...creo que guardas mucho en tu interior. Si le has destrozado la vida a Morrison con lo que has hecho es porque él te ha hecho daño antes – me encogí de hombros – En ese caso...en ese caso no te haría mala...persona – Edward me miró muy serio mientras apretaba los labios.

— ¿Crees en la venganza, Isabella? - le miré desconcertada – Déjalo...Mejor no me contestes a eso...— sus ojos verdes taladraron los míos – No. No soy buena persona, Isabella...y dudo mucho que algún día de estos pueda serlo...

Seguí pensando en las palabras de Edward aun cuando el coche paró. Estábamos en Central Park West delante de un lujoso restaurante. Jean Georges. Nada más entrar el maître saludó a Edward casi con confianza y nos pasaron directamente y sin esperar a un reservado. El restaurante era magnifico; las mesas estaban dispuestas de manera casi milimétrica así como los sillones blancos. Unas tenues luces envolvían el lugar en un marco casi conmovedor debido a la poca luz que entraba del exterior.

Cuando llegamos al reservado Edward sacó la silla para mi y luego se sentó a mi lado. Ni siquiera miró la carta que le ofrecieron, se limitó en pedir algo que para mi sonó ininteligible. El camarero trajo una botella de vino Bordeaux Rosé y sirvió a Edward. Luego se inclinó hacia mi vaso, pero negué con la cabeza.

—Sólo agua, por favor.

Cuando el camarero se fue Edward cogió la copa de vino y se lo llevó a los labios, lo saboreó con su lengua maestra...y sentí cómo lo tragaba.

— ¿No quieres? — me preguntó señalando con la barbilla el vino.

—No...no me gusta el alcohol – alzó una ceja.

— ¿Seguro? Creo recordar que en ciertas fotos que se te realizaron no ibas en muy buenas condiciones – apreté los labios.

—No...no me encontraba bien.

—Ya...eso es lo que se suele decir, ¿no?

—Es la verdad – espeté. Edward alzó la barbilla en un gesto totalmente desafiante.

—Vamos a comer – dijo cuando el camarero llegó con nuestras comidas – Luego hablaremos.

Dicho y hecho. Edward se concentró en su plato de comida, era pescado azul con una salsa deliciosa...aunque en lo que menos estaba reparando eran en el maravilloso plato; no podía dejar de mirar a Edward mientras comía; el movimiento de sus labios y de sus manos me resultaba totalmente hipnótico. Cuando se relamió el labio inferior tras llevarse el cubierto a la boca tuve que cerrar los ojos porque la visión de semejante hombre me estaba volviendo loca.

Los abrí de golpe cuando sentí una de sus manos en mi muslo.

Su piel estaba muy caliente...casi como yo. Sus dedos tantearon mis medias hasta llegar al encaje final. Me miró y sonrió.

—Veo que tu y yo vamos entendiéndonos, Isabella...- miré a ambos lados por si algún camarero venía en nuestra dirección. Pero no. Estaba sola ante el peligro – Sé que me va a gustar mucho verte con estas medias – sus dedos subieron un poco más acariciando de manera sutil mi piel. Casi dejé caer el tenedor – No te has puesto un liguero, ¿uh? —negué sin poder aguantar lo que Edward me estaba provocando – Pues quiero que te lo pongas – me susurró mientras sus dedos se encontraban con el encaje que encerraba mi intimidad.

—Edward – murmuré.

— ¿Lo vas a hacer? - removió parte de mi ropa interior, tocando mi pubis libre de vellos – Me encanta sentirlo tan suave...Aunque prefiero que te hagas la cera...

Esto no me podía estar pasando a mí. Era de locos...estar sentada con Edward al lado, en un reservado de un restaurante caro en Nueva York y con su mano dentro de mi falda mientras me habla de sistemas de depilación...

—Isabella...¿quieres conocer a la Bestia? - abrí mucho los ojos justo cuando Edward tocaba libremente mi intimidad, al final había conseguido traspasar la barrera de tela. Cerré las piernas, aunque lo único que conseguí fue aprisionar su mano. Me moví lo justo para cogerle por la muñeca.

—Por favor...aquí no – le rogué. Edward sacó lentamente su mano y las cruzó sobre la mesa.

—Mejor...me pones mucho más cuando gritas mi nombre, como anoche – suspiró — No me has respondido...¿Quieres conocer a la Bestia?

—No...no se a qué te refieres – me dedicó una sonrisa de las suyas.

—La Bestia...yo – murmuró – Te estoy preguntando si quieres conocer mi lado más oscuro, la parte perversa de mi que puede hacer que te corras una y otra vez gritando de placer, perdiendo el control de manera irremediable...esa que puede llevarte hasta el límite de lo desconocido...

—Dios – susurré.

—No, la Bestia...He ido despacio contigo...aún no sé si me mientes o no. En la cama te comportas como una virgen inexperta cuando la realidad bien parece otra...Todavía no sé qué creer – no le pude responder porque me había quedado sin palabras...de manera literal – Respóndeme, Isabella...Te estoy dando de nuevo la opción de parar...— le miré a los labios...cerré los ojos porque estaba al borde del colapso.

—Sí...quiero conocer a...La Bestia...- Edward hizo un gesto con los labios demasiado sensual para el momento que estaba viviendo. Se recostó en el cómodo asiento blanco y e miró.

—Bien...muy bien...Voy a empezar a decorar nuestra habitación.

Ahora sí, mi respiración me jugó una mala pasada. ¿Sería posible que en este restaurante tuvieran bombonas de oxígeno para facilitar la entrada de aire a mis pulmones?

— ¿Nuestra habitación? ¿Vamos...vamos a dormir juntos? — Edward se rio el alto.

—No...no soy de los que duermen con las mujeres después de tener sexo con ellas...Ese será nuestro cuarto para follar – ahí estaba...otro latigazo con dirección directa a mi intimidad – Un espacio en el que seas tú misma, en el que te desinhibas por completo, en el que seas la golfa que quiero que seas...— se relamió los labios mientras me miraba los míos – Quiero que te quede una cosa clara...Me gustan las mujeres que son unas damas en la vida y unas putas en la cama...Quiero que de día seas mi princesa y de noche quiero que seas mi zorra...¿Me has entendido bien? — asentí rápidamente con la cabeza siendo incapaz de mirarle a la cara – Bien...¿quieres comer algo más?

—No...

—Pues vamos...Le diré a Seth que antes te deje en casa...

Edward me tendió la mano para que me levantara de la silla. Bien...muy bien...eso me gustaba más que nada porque dudaba mucho de que mis piernas pudieran sujetar mi peso después de tremendas palabras. ¿Habitación para follar? ¿Princesa de día y zorra de noche? Wow...Lo que Edward quería de mi quizás era demasiado...o no. Él lo había dicho claramente...si conmigo no tenía lo que deseaba no tendría ningún reparo en buscarse a otra que sí le complaciese.

No. Eso no.

¿Podría convertirme en su...zorra? Dios, me sonaba hasta raro el simple hecho de pensarlo, pero lo iba a intentar. Me estaba sorprendiendo a mi misma, ¿por qué no podía dar un paso más y dejarme ir totalmente con Edward?

Contra todo pronóstico el camino de vuelta a casa de Edward se hizo mucho menos intenso. Edward se concentró en unos informes...Por favor...¿es que tenía esas hojas pegadas a sus manos durante todo el día o qué? El tono básico de la melodía de su Iphone interrumpió sus meditaciones con las acciones.

—Diga – su cara cambió de cero a cien en un segundo – Charlie...- oh, oh...— Sí, te sigo de cerca...créeme. Aun así quiero que me mandes a alguien de tu empresa. Sí, para trabajar conmigo mano a mano durante una temporada – Edward escuchó atento las palabras de mi padre – Me parece bien, le quiero aquí la semana que viene – se calló para seguir escuchando – No – dijo de manera rotunda – Me importa muy poco que quieras expandir tu capital, tu no mueves un dedo sin mi consentimiento y como no le tienes te aguantas – suspiró — ¿No preguntas por tu hija, Charlie? — miré a Edward a los ojos – Ella está bien, es un a chica muy obediente – pasó la mirada por mis piernas – Lo dicho, Charlie. Si me entero de que se te ocurre invertir, por poco capital que sea, te hundo la vida y me quedo con todo lo tuyo, ¿entendido? — colgó el teléfono y me miró.

— ¿Qué ocurre?

—Tu padre se quiere pasar de listo – murmuró.

— ¿Va...va a venir alguien de allí a trabajar a tu empresa?

—Tengo controlado a tu padre, mucho mejor de lo que él mismo cree...Aunque la mejor manera de conocer todos los secretos de esa empresa es trayendo a alguien de allí aquí conmigo. Vendrá en unos días para quedarse unas semanas – me miró de nuevo muy serio — ¿Tu padre no te ha llamado durante los días que estás aquí conmigo? —agaché la cabeza.

—No.

Edward me miró con los ojos entrecerrados. El coche paró en la puerta del gran edificio de apartamentos. Cogí mi bolso para salir y saqué las piernas del coche pero Edward me agarró de la muñeca impidiéndomelo.

—¿No te vas a despedir de mi? — involuntariamente mi mirada se desvió hasta sus labios – Estamos en la misma línea de pensamientos, Isabella.

Tiró de mí con tanta fuerza que hizo que casi me sentara de nuevo en el coche. Me agarró con contundencia por la mandíbula y ladeó mi cara para besarme. En los labios, con fuerza, con rudeza, saboreando todos y cada uno de los lugares recónditos de mi boca y de mis labios...Cuando Edward quiso separarse de mi estaba tan agitada que parecía que había corrido la maratón de Nueva York.

—Sé buena, Isabella. Podría llevarte conmigo y follarte sobre mi mesa tan sólo con esas medias de encaje, pero lamentablemente no dispongo de tiempo – me miró a los labios; debían de estar enrojecidos por sus besos – Si llego pronto a casa podríamos hacer algo bueno – susurró. Me soltó la muñeca liberándome de la cárcel de su cuerpo – Descansa...te va a hacer falta...— saqué mi cuerpo de ese bendito coche. No di ni dos pasos cuando volví a oír su voz – Isabella...en tu habitación debería de haber una caja con algo dentro. Es para ti. Espero que te guste.

Dicho eso cerró la puerta y el coche arrancó con potencia perdiéndose de nuevo en el tráfico neoyorkino. Como siempre, Sam bajó a buscarme, aunque esa vez no le presté mucha atención al pobre hombre; mi cabeza aún estaba aturdida por Edward, por sus palabras y por sus labios.

Mala combinación para mi tranquilidad.

Apenas entramos por la puerta fui directamente a mi habitación saltándome las normas básicas de educación con Sam. Me moría por ver qué me había regalado Edward esta vez...aunque en el fondo me daba un poco de miedo. ¿Ropa interior? ¿Más encaje? ¿Zapatos? Tiré mi bolso sobre la cama y me quité los zapatos de tacón a patadas. Sí, ahí estaba. Encima de mi tocador había una caja negra. Agité los dedos de manera nerviosa y me apresuré a abrir la tapa.

Mi mandíbula se cayó al suelo cuando vi lo que contenía la caja.

No era nada de lo que me había imaginado. Ni mucho menos. Era la escultura que tanto me había gustado de la exposición en la Galería de Arte. Pandora llorando porque la curiosidad le había hecho abrir su caja...Saqué la escultura y acaricié los suaves acabados del bronce. La artista había sacado todas las emociones que había querido plasmar a la perfección. Edward me la había regalado. A mi...¡Edward me la había regalado! ¿Es que nunca dejaba de sorprenderme?

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Cené sola. Aunque más que cenar me dediqué a remover los alimentos del plato de un lado hacia otro. Mucho me temía que tras la maravillosa comida a la que me había invitado Edward el estómago se me había cerrado. Las conversaciones de hoy no habían podido ser más intensas...Matt, Emmet, Edward...y para colofón final la llamada de mi padre. Sinceramente, me alegraba de haberme ahorrado tener que escuchar sus lindezas, así que agradecía que la llamada fuera dirigida a Edward y no a mi...

Y luego estaba ese regalo...

Edward había dejado entrever una especie de promesa para esta noche...Según sus palabras "podíamos hacer algo bueno esta noche"...Sí...algo bueno...Después de dos noches de pasión desenfrenada aún me ponía nerviosa al pensar en lo que Edward podría hacerme...Su cabeza era una caja de sorpresas sin final. Nunca sabías por dónde podía salir.

El tiempo pasaba y Edward no venía, así que cogí uno de mis libros de la universidad e intenté estudiar un poco aunque mi año estaba perdido; no quería perder el hábito de estudio...aún así tampoco me sirvió para mucho. Media hora después de empezar a leer parecía un hipopótamo con los bostezos. Promesa o no cerré el libro y subí a mi cuarto para dormir o al menos para intentarlo...de todas formas Edward tenía libre entrada a mi habitación, ¿no?

Pues no. Edward no venía y lo peor de todo es que no podía dormir.

Miré el reloj. Eran más de las dos de la mañana y mis ojos parecían platos llanos. Me calcé unas zapatillas y bajé las escaleras para ir a la cocina. Necesitaba algo caliente...un vaso de leche, una tila...una valeriana, quizás...Sí, una valeriana...porque el susto que me dí cuando abrí la puerta de la gran cocina y vi a Edward sentado en una de las sillas fue tremendo.

—Oh, ¡por el amor de Dios! - Edward alzó una ceja y removió el contenido de una taza humeante mientras yo me agarraba el pecho con la mano. Otro susto como ese y ya podía ir despidiéndose de Bella...o Isabella, como él me llamaba.

—Parece que no podemos dormir, ¿uh?

Cuando mi respiración logró apaciguarse miré a Edward. Llevaba unos pantalones de pijama de tela fina y ligera...y su torso estaba descubierto dejándome ver esa misteriosa cadena...

— ¿Venías a algo o es que te gusta pasearte por toda la casa en la madrugada? - me miró de arriba abajo – Bonito camisón – murmuró

Miré hacia abajo. Ugh. Debería de haberme puesto una bata, algo por encima. También podía haberme traído una manta para esconder la cabeza debajo de ella...Dios, el camisón de color azul cielo que me había puesto se transparentaba un poco porque la tela era muy fina.

—Venía...venía a tomar algo caliente...No hago más que dar vueltas y vueltas en la cama...No puedo dormir – Edward ladeó la cabeza y sonrió irónicamente...a saber qué nueva idea se le estaba ocurriendo en estos momentos.

—¿Algo caliente? — se relamió los labios mientras apartaba la taza de la mesa — Creo que yo puedo ayudarte con eso – se levantó y avanzó elegantemente hacia mi como la Bestia que era...