Hello! Estoy de regreso, espero que no nos hayan echado mucho de menos.

Aprovecharé para agradecer mil millones de veces su apoyo a mi primer One-Shot, espero que hayan disfrutado su lectura tanto como yo escribirlo. Y espero que lo mismo suceda con este capítulo.

Recuerden: sus comentarios siempre serán bien recibidos, así que sin miedo, dejen su review. Y pues... lean :D


Encerrado en su camarote, tenía ya más de cuarenta minutos mirando hacia el exterior por la única y enorme ventana de la habitación; el cielo encapotado y las agitadas olas que mecían bruscamente la nave lo tenían muy preocupado. Dos golpes cortos en la puerta lo hicieron por fin dar vuelta y regresar a su escritorio. Estaba casi seguro de que en ningún momento había hecho la invitación, pero cuando menos pensó su primer oficial ya estaba de pie frente a él.

-Me temo que no hay muchas esperanzas de que el tiempo vaya a mejorar, señor.

-Pienso exactamente lo mismo, oficial Berkel. ¿Alguna sugerencia?

El hombretón rubio, sin abandonar la rígida posición de firmes, suspiró.

-En vista de las condiciones de nuestro barco, y de la aparente fuerza de la tormenta, creo que lo mejor sería proceder con su primera orden, almirante.

Hans asintió.

-Entonces vayan preparando los botes y las provisiones, que la gente lleve consigo sólo lo esencial y quiero que estén todos reunidos y listos dentro de cuatro horas.

-¿Cuatro horas señor?

-Es tiempo suficiente ¿no le parece?

-Demasiado señor, y ese es mi temor.

El pelirrojo miró hacia sus espaldas y analizó brevemente el oscuro paisaje.

-La tormenta aún está lejos, tendremos oportunidad de alejarnos lo suficiente y con suerte, para cuando encontremos ayuda ya habrá amainado un poco.

-Sí, respecto a eso señor-Berkel dudó un momento, eligiendo con cuidado sus palabras-¿cree que lograremos llegas hasta Vakretta en los botes? Es aún mucha la distancia que falta por recorrer, ¿o está pensando en que lograremos resistir hasta que la siguiente nave nos alcance y auxilie?

El corazón del príncipe comenzó a latir a toda velocidad. "Tranquilo Hans, mantente sereno, no puedes dar pie a las dudas o especulaciones".

-Nuestra única opción es la segunda, a menos que… ¿cuál es el puerto más próximo?-preguntó echando un vistazo al mapa que desenrolló sobre su escritorio.

El oficial Berkel se revolvió un poco antes de tartamudear.

-Te-tenemos prohibido acercarnos a ese puerto, señor.

Más que tratar de fingir sorpresa, lo que necesitó Hans fue disimular su emoción.

-¿A qué se refiere oficial?

-Es que… es el puerto de Arendelle, almirante.

-Ah, ya veo-respondió con desprecio-Pero tal vez tratándose de una emergencia…

-El permiso de tránsito es muy claro señor, y las órdenes del rey Klaus también.

-Bueno, pues es una pena que ni mi hermano ni la reina de Arendelle vengan en este barco que está a punto de naufragar.

-Lo lamento señor. Pero tal vez pueda…

-Puede retirarse oficial Berkel-cortó Hans poniéndose en pie-prepare todo y a todos y nos vemos en cuatro horas.

El hombre hizo una reverencia antes de abandonar la habitación, ahora mucho más oscura a los ojos del príncipe. Se recargó pensativo en el escritorio. Bueno, la conversación no había ido tan bien como esperaba, pero afortunadamente quien mandaba en el navío era él. Miró una vez más por la ventana, a las nubes oscuras y pesadas que comenzaban a relampaguear.

-Espero tu cooperación-dijo-, que caigas antes de que avancemos más y mis planes no se echen a perder.


Se quedó congelada con lo que vio al entrar en el comedor. Eso no podía ser real ¿o sí? ¿Acaso seguía soñando?

-¿Qué… qué sucede aquí?

Anna y Friederick dieron un brinco, asustados, justo antes de volverse hacia Elsa pero aún de pie junto a la silla en la cabecera de la mesa.

-Oh, ¡hola Elsa!-saludó la pelirroja con las mejillas sonrosadas.

-¡Hola moma!-gritó Friederick, su figurita completamente oculta tras la mesa, lo que le sacó una sonrisa a la reina.

-Buenos días a los dos, ¿se puede saber que hacen aquí tan temprano… ambos… y sin gritarse el uno al otro?

-¡Hicimos un quenqueque pala la moma!

-¿En serio?

-¡Y es un quenqueque feliz!

Elsa se acercó a ellos, curiosa por lo que acababa de escuchar, pero siguiendo la visa del pequeño y de su hermana, de inmediato supo a qué se refería.

-Oh, ¡es tan lindo!

Sobre su plato había un delicioso panqueque con una enorme sonrisa hecha con rebanadas de fresas y un par de moras azules a modo de ojitos. A juzgar por los distintos grosores y tamaños de los trozos de fresa, pensó que probablemente Anna las hubiera cortado, y eso la enterneció.

-Cómetelo moma, está muy bico.

-¡Muero de ganas por hacerlo! Pero sólo si ustedes desayunan conmigo.

-No tienes que pedirlo dos veces hermana, ¡nos morimos de hambre! ¿No es así Fried?

-¡Comila comila comila comila!-gritó el pequeñito acomodándose de rodillas sobre una silla.

Pronto un par de mozos se acercaron con más panqueques para los pelirrojos, que comenzaron a devorarlos. Elsa observaba complacida la escena.

Fue un desayuno silencioso… sin tomar en cuenta el ruidoso masticar de los dos menores y el sonido de los cubiertos al ser manipulados por la reina. En determinado momento, algo llamó la atención de la rubia.

-Anna, ¿y Kristoff? Casi siempre nos acompaña durante el desayuno.

La aludida despegó la vista de su plato, con sorpresa, y tardó un poco en asimilar la pregunta.

-Ah, sí, Kristoff. Amm, él no pudo venir porque…-miró de reojo a Friederick, quién seguía concentrado en su panqueque-tenía un asuntito de importancia que atender.

-¿Se encuentra bien? ¿Tiene algún problema? Por favor no dudes en hacerle saber que, ya sea lo que necesite, puede pedirlo.

-Gracias Elsa, en verdad, y no creo que sea necesario que se lo diga… una vez más, pero no es nada de lo que tengamos que preocuparnos.

-Uff-respondió la rubia aliviada-eso me alegra, ya comenzaba a…

-Bueno en realidad sí es algo de preocupación, bastante en realidad.

-¡Anna!

-Lo siento Elsa, es sólo que-señaló con la cabeza al niño-no creo prudente hablar sobre ello en este momento.

-Sí, ya veo. Tomemos entonces el té más tarde en mi estudio, así podrás contarme que está sucediendo-le dijo, estirando un brazo para apretar la mano de su hermana suavemente.

-Me parece una buena idea.

-¡Ya teminé, picesa Nanna!-grió Friederick aún con la boca llena comida, y bajó de un salto de la silla.

-Oye oye, alto ahí-le dijo Elsa-¿qué modales son esos? Recuerda: no hay que hablar con la boca llena-lo reprendió con dulzura, jalándolo de una manga hacia ella-déjame limpiarte el rostro.

-Peldón moma-respondió y se acercó sonriente a ella.

La reina tomó su servilleta y se inclinó un poco hacia él, pero al estirar su mano para alcanzar sus mejillas, frenó. Friederick se quedó esperando, sonriendo, pero ella seguía demasiado asustada y seguía evitando, en la medida de lo posible, tener cualquier clase de contacto directo con el niño.

-Está bien Elsa-dijo la suave voz de Anna-no le harás daño, te lo prometo.

La reina la miró, sorprendida por sus palabras.

-Es que… yo no…

-Déjame hacerlo-respondió la pelirroja, poniéndose en pie y caminando hasta ellos. Le quitó la servilleta a Elsa de las manos e inclinándose y con sumo cuidado la pasó por las mejillas de Friederick, quien no dejaba de sonreír-¡Eso es! ¿Lo ves? Limpio de nuevo.

-¿Cómo se dice cielo?

-Gasias picesa Nanna.

-No fue nada.

-¿Ya nos mamos?-preguntó tomándola por un brazo.

-Oh, pero aún no he terminado mi desayuno. ¿Qué te parece si vas y buscas a Gerda para que te ayude a prepararte en lo que yo termino mi panqueque?

-¡Ok! ¡Voy pol mi somblelo!-y salió disparado hacia las puertas del comedor.

-¿Van a algún lado?-preguntó la reina desconcertada.

-Vamos a dar un paseo por el pueblo. Si es que tú nos das permiso, claro.

-Por supuesto Anna. Pero ¿no tienes ya pendientes por terminar?

-No.

-¿Segura? ¿Terminaste ya con tus deberes?

-Estoy libre.

-Está bien. Vaya, creo que debería delegarte más tareas, tienes demasiado tiempo libre-agregó en voz baja.

-¿Perdón?

-Dije que espero que se diviertan.

-Gracias hermana-respondió la pelirroja, dándole un fuerte abrazo antes de regresar a su asiento.

Ambas volvieron a sus respectivos desayunos hasta concluirlos en silencio. Cuando la princesa se puso en pie y se disponía a abandonar el salón, Elsa la llamó.

-¿Sí?-respondió Anna.

La reina se puso en pie y guardó silencio unos segundos. Finalmente, sin atreverse a alzar la cabeza, dijo:

-Gracias.

-Oh, no es nada, será divertido para ambos, la pasaremos muy bien te prometo que lo regresaré en una sola pieza.

-Amm, no, yo me refería a lo de hace un momento.

Anna se quedó sorprendida. Pensó durante un momento, sin poder despegar la vista del rostro apesadumbrado de su hermana mayor.

-Elsa, por favor ya no hagas esto. Por su bien y por el tuyo. Lo hiciste una vez y me temo que...-suspiró, recordando con dolor todo lo ocurrido el día de su coronación-las cosas no salieron nada bien. Él es muy pequeño y le cuesta entender lo que pasa, ¡créeme! Lo sé porque por lo mismo pasé. Pero ahora es diferente, tú eres diferente. Lo amas demasiado y te preocupas mucho por él, pero date cuenta que tu exceso de preocupación les está haciendo daño-desvió la mirada cuando notó que su hermana secaba sus lágrimas con la servilleta que aún llevaba entre las manos-por favor prométeme que lo intentarás Elsa, que ya no lo apartarás de ti.

Esperó por la respuesta de su hermana, que llegó con voz quebrada.

-Es que… tengo miedo Anna.

-Lo sé. Pero él también Elsa. Eres lo mejor que le ha pasado, y sentir que te pierde… te necesita, y mucho.

La rubia levantó el rostro bañado en lágrimas.

-Y yo a él-sonrió-. Gracias Anna, otra vez.

La pelirroja negó, sonriente.

-No es nada, sabes que cuentas conmigo en todo momento-la reina asintió-Bueno, será mejor que me de prisa, Friederick ya ha de estar esperando ansioso junto a la puerta. Nos vemos más tarde.

Elsa la vio marcharse con paso animado y cuando la perdió de vista volvió a tomar asiento.

-¿Todo bien majestad?-preguntó un mozo-¿Hay algo en lo que le pueda servir?

-En realidad, sí. ¿Puedes por favor traerme un panqueque más? Y agua de limón, ¿tenemos agua de limón? Me apetece bastante un vaso bien helado de agua de limón.


Contrario a lo que creía Anna, no encontró a Friederick esperándola en la puerta: él ya estaba montado en la carroza que los llevaría hasta la plaza, en donde empezaría su paseo, usando el sombrero del cochero y riendo con él.

-¡Sube, picesa Nanna!

Lamentablemente la carroza había resultado innecesaria porque ambos terminaron haciéndole compañía al cochero, e incluso permitió que Anna condujera un tramo del camino. Para cuando llegaron a su destino, y a pesar de que había algunas nubecillas grises en el cielo, había un calor bochornoso que se pegaba en la piel, así que lo primero que hicieron fue tomar un helado.

Lo que Anna no sabía era lo fácil que resulta para los niños ensuciarse, por lo que pasó varios minutos tratando de limpiar las manitas y mejillas pegajosas de Friederick después de batirse con el helado. Una vez limpios, dieron un paseo por la antigua arboleda del lugar, recorrieron los distintos puestos que se encontraban alrededor de la plaza llenos de artesanías y rica comida, hasta que Anna se sentó un momento a la orilla de la fuente para ver al pequeño jugar con los demás niños. Y como tanto jugar los había dejado hambrientos, compartieron un enorme y delicioso emparedado en un pequeño picnic a la sombra de un árbol. Como no todo podía ser perfecto, discutieron antes de partir el emparedado justo a la mitad, a petición y berrinche del pequeño. Por supuesto, la chica terminó comiéndose las sobras de Friederick, que fue más de la mitad de su parte.

Poco antes de que el sol comenzara a caer se dirigieron al puerto; Friederick se había revelado como un ferviente admirador de los enormes barcos que a diario llegaban y zarpaban, además de que la puesta del sol se veía hermosísima desde ahí por lo que le pareció a Anna la mejor manera de concluir su día de paseo.

Pero en su marcha hacia el punto final se encontraron con un grupo de tres pequeños, muy cerca de un muelle, tratando de evitar que una pequeña barca fuera volcada por las olas.

-¡Cuidado!-gritó uno de ellos.

-¡No puedo resistir más, me duelen mis manos!-respondió una chiquilla, jalando con esfuerzo una delgada cuerda.

-¡No la sueltes Melina!-gritó el tercero, quien parecía ser el mayor.

Pero el golpe de la siguiente ola agitó tanto la nave que la niña terminó por dejar ir la cuerda. Los pequeños gritaron al ver el costado, ahora libre, levantarse amenazadoramente sobre ellos. De inmediato la princesa, de un salto, se metió al agua y capturando la soga rebelde jaló con fuerza.

Bavo picesa Nanna!-gritó Friedrick aplaudiendo.

-¡Muchas gracias alteza!-dijo el más pequeño de los tres-creí que nos aplastaría.

-¿Qué hacen con…-forcejeó un poco-este bote cuando el mar está tan picado?

-Debemos llevarlo de regreso a casa antes de que nuestro padre regrese de trabajar-respondió la pequeña.

-¿Qué? ¿Lo sacaron sin permiso?-preguntó Anna mientras arrastraban el bote fuera del agua.

-Queríamos ver como navegaba, saber si ya estaba listo para la competencia de pesca.

-¿Comtencia de pecabo?-preguntó Friederick mirándolos desde la orilla.

-No, de pesca-corrigió Anna, tirando con fuerza hasta colocar la barcaza en tierra firme-Es en un par de meses; los hombres salen con uno de sus hijos a pescar en el lago Mehmeti, lo que me hace preguntarme por qué trataban de navegar en mar abierto, y la pareja que al final del día lleve la carga de pescados más pesada al puesto de conteo, gana.

-¿Usted participará princesa?-preguntó la niña.

-¡No seas tonta Melina!-le susurró su hermano-la princesa ya no tiene papá.

-¡Oh!-la chiquilla se sonrojó cuando Anna le sonrió, y entonces se giró hacia Friederick-¿y tú?

-¡El menos! ¿Qué no ves que la reina Elsa no está casada?

-Ah sí, mamá dice que porque es una rígida-terció el más pequeño de los tres.

-No es rígida tonto, es frígida.

-¡Hey, basta!-gritó el mayor, mirando avergonzado a Anna.

-Descuida amigo-respondió ella restándole importancia-ya estamos acostumbradas a esos comentarios tan… hirientes.

-¿Es muy feo no tener un papá?-preguntó de nuevo la niña al pelirrojito.

-¿Papá?-cuestionó Friederick. La palabra le era familiar y al escucharla le llegaba a la mente la voz de su madre y la imagen de un recorte de periódico.

-Sí, un señor que te cuida, juega contigo, te arropa por las noches, te regala juguetes, te hace reír…

El pequeño abrió los ojos con sorpresa: hey, ¡había alguien que hacía todo eso con él!

-¡Papá! ¡Yo teno uno papá!-gritó emocionado.

Los chicos, y sobre todo Anna, lo miraron desconcertados.

-¿De qué hablas Fried?

-Sí, ¡mi papá Kistoff! Etá allá-respondió señalando en dirección a las enormes torres del palacio-con Sven. Y jugamos y colemos con Sven.

-¡¿De verdad?!-preguntaron estupefactos los niños.

-¡Ajá!

-Mmm, no no, debes estar confundido Friederick. Kristoff no…

-Sí, el juga comigo, y me legala soldaditos y…

-¿La reina tiene marido?-susurró el menor de los tres chicos.

-¡Oh no! Él se refiere a Kristoff, mi novio.

-Lo conozco-agregó el mayor-es el maestro repartidor de hielo.

-¿La reina Elsa se… caso con el novio de su hermana, que es el maestro repartidor de hielo?

-¡NOOOO! Agh, Friederick está confundido ¿verdad amiguito?

-¡No!-gritó el niño con alegría-¡Yo quelo il po pecabos!-declaró.

-Pero es sólo una competencia para padres e hijos-respondió Anna, comenzando a perder la paciencia.

-Voy con Kistoff.

-No Friederick, él no… cielos, ¿cómo te lo explico?

-Ejem, chicos-habló el mayor de los niños-será mejor que nos pongamos en marcha, aún debemos conseguir ayuda para llevar esto a casa-señaló la barca-gracias por su ayuda princesa Anna. Y esperamos verte en la competencia pequeño.

-No no, él no…

-Adiós alteza-dijo la niña, haciendo una pronunciada reverencia. Y antes de emprender la marcha se dirigió a Friederick-adiós pecas, nos vemos en el lago.

Anna suspiró, cansada.

-Picesa Nanna-escuchó la suave vocecita del pequeño a la vez que jalaba su falda.

-¿Sí?

Lo vio bajar su cabeza, antes de decir con cierta timidez:

-Quelo il po pecabos con Kistoff.

La chica se pasó una mano por la frente, sin saber muy bien que hacer. Finalmente se acuclilló ante él.

-Vamos a casa ¿sí amiguito? Ya veremos qué hacer.

El chiquito asintió, y aceptando la mano que Anna le ofreció caminaron juntos, acompañados por la puesta de sol.


-¡¿QUÉ DEMONIOS ESTÁN ESPERANDO?!-gritó Hans, aferrándose a las puertas que daban a la bodega, tratando de mantener el equilibrio. La tormenta los había sorprendido antes de lo esperado y por supuesto, no estaban ni remotamente preparados aún.

El agua lo había empapado por completo y el viento frío le calaba hasta los huesos.

-¡Almirante!-gritó el oficial Berkel detrás de él-los botes…

-¡Vayan bajando los que estén listos!-respondió, tratando de hacerse escuchar a pesar del estruendo provocado por la tormenta.

-Como ordene almirante. ¡Ya escucharon, bajen esos botes!

El barco se sacudió con violencia, haciendo caer al príncipe.

-Maldición-gruño volviéndose a incorporar con dificultad-Jenkins, ¡¿qué pasa ahí?!

Dos hombres salieron de las profundidades de la bodega cargando un par de pequeños bultos en brazos.

-Señor, me temo que…

-Díselo Elbert-le animó su compañero.

-Mejor hazlo tú, zopenco, después de todo es tu culpa.

-¡¿Qué?! Si tú no hubieras seguido sirviendo vino en mi vaso…

-¡Basta! ¿Va alguien a decirme por qué mierda no hemos subido a un maldito bote?

-Me temo señor-dijo el primero-que esto es todo lo que nos queda de provisiones.

Hans miró, incrédulo, el par de quesos, media barra de jamón, un frasco de duraznos en conserva y unos cuantos jitomates que llevaban los hombres.

-¿Y las legumbres? Tiene que haber mucho más, ¿en qué bote echaron el vino y el arroz?

-Señor, no hay más de eso-dijo el segundo con pesar-alguien… alguien saqueó la bodega semanas atrás. Lo siento mucho, debió ser aquella noche que nos reunimos a tomar en los camarotes, me puse demasiado ebrio y hasta la mañana siguiente que acompañé al pinche de cocina a subir provisiones descubrí las puertas abiertas y los barriles de vino destrozados.

Como un doloroso golpe, sintió llegar el recuerdo de esa noche.

-Ay no, mierda-susurró, pasándose una mano por la cabellera húmeda.

-Debí avisarle antes, lo sé señor y lamento haberle fallado, pero creí que lograríamos llegar hasta nuestro destino si racionaba bien lo poco que quedaba.

Hans estaba petrificado, ni la fuerza de las olas lograba moverlo. Simplemente no podía creerlo, se iban a morir de hambre y todo por su maldita culpa, ¡¿pero qué rayos le pasaba por la cabeza cuando decidió arrojarlo todo al agua?!

-¡ALMIRANTE, NECESITAMOS AYUDA POR AQUÍ!-escuchó al oficial Berkel justo antes de que una ola golpeara con fuerza el casco de la nave y varios aullidos terminaran por llamar su atención.

Corrió, seguido muy de cerca por los dos hombres, para ver el momento exacto en el que el bote que estaba bajando era derribado por una enorme ola y la gente en su interior caía al mar picado.

-¡NOOO!-gritó Hans con desesperación. Las cosas no estaban yendo nada bien-¡suban a un puto bote, ahora!-gritó a la tripulación restante.

Quedaban dos barcazas, pero quienes seguían a bordo del Grethe cupieron perfectamente dentro de una. Comenzaron a bajar con mucha dificultad y apenas llegaron al agua después de lo que les pareció una eternidad, Hans buscó con desesperación al resto de su gente. Un par de ellos se acercaron nadando sólo con la fuerza suficiente para lograr subir y desplomarse dentro de su bote, a otros los vio siendo arrastrados por las olas, y a lo lejos pudo divisar un par de botes más.

-Tratemos de acercarnos a ellos-dijo señalando uno en específico a la vez que tomaba un remo-hay que evitar separarnos.

-Señor eso va a ser casi imposible-respondió el oficial-he perdido de vista a al menos tres naves.

-Entonces que no sean cuatro. Ayúdenme.

Apenas movió el remo una sola vez dentro del agua, sintió que los músculos de sus brazos se desgarraban. El mar se movía con mucha fuerza y la lluvia que no cesaba sólo les complicaba aún más la tarea.

-¡Hey, ese es Sam!-gritó uno de los marineros, señalando un cuerpo que, sin oponer resistencia, era tragado por el mar.

-¿Qué hacemos señor?-preguntó Berkel.

Hans echó un rápido vistazo a la escena y aún antes de que pudiera pronunciar su decisión, vio cómo su oficial discretamente negaba, pesaroso, y volvía a meter su remo en el agua. Él asintió, comprendiendo el mensaje.

-Remar, no dejen de remar. Hay que alcanzar al resto lo antes posible.


Ya estaba oscuro cuando el guardia los recibió a las puertas del palacio y les dio la bienvenida. Ambos respondieron, contentos, aun masticando los bombones cubiertos con chocolate que compraran en el camino de regreso a casa. La princesa ofreció los últimos tres dulces al hombre uniformado y después de insistir sólo un poco él aceptó, sonriendo y con las mejillas levemente encendidas.

A pesar de la hora, aún había bastante movimiento en la explanada y los jardines del castillo, algo muy poco habitual. Estaba por detener a una chica del servicio cuando la alegre voz de Gerda los llamó.

-¿Qué tal estuvo su día libre? ¿Lo pasaron muy bien?-dijo acercándose a ellos.

-Excelente, diría yo-respondió la pelirroja-Vimos muchas cosas nuevas, comimos bocadillos deliciosos y hasta hicimos nuevos amigos ¿verdad Fried?

Quelo pecabos con Kistoff!-fue lo que contestó el niño, acercándose con toda la intención de dar un abrazo a Gerda.

La mujer correspondió, y mientras lo estrechaba contra su cuerpo, miró confundida a la princesa Anna. Ella pareció algo abochornada.

-Luego te cuento, por ahora quisiera hablar con mi hermana, ¿sabes dónde puedo encontrarla?

El semblante de Gerda cambió por completo, ensombreciéndose.

-Probablemente siga en los establos, hace unos momentos la vi ahí. Con el joven Bjorgman.

El corazón se le aceleró a la princesa.

-¿Con Kristoff? ¿Por qué? ¿Pasa algo? ¿Está… está todo bien? ¿Qué estaban haciendo?

La mujer apretó los labios y bajó la mirada hasta el sonriente Friederick.

-Mmm digamos que, hay un asunto delicado que están tratando ahí.

-¿Delicado? Ay no-continuó Anna, comenzando a armar espantosas historias en su cabeza-Es Kjekk ¿verdad? Elsa me dijo que no debía forzarlo tanto durante las tardes que cabalgara en él pero no… de hecho no lo he montado en varios días, ¿por qué habría de…? ¿O es Sven?

-¡Sven!-gritó el niño, y salió disparado rumbo hacia los establos.

-¡Joven Friederick, espere!-gritó Gerda, apenas reaccionando lo suficiente para verlo doblar una esquina y desaparecer tras ella.

-¡Friederick cuidado!-dijo Anna antes de salir tras él.

No le tomó mucho alcanzarlo, pero cuando lo hizo el pequeño estaba tan entusiasmado por contarle a Kristoff y Sven sobre su paseo y los barcos y los chocolates, que cuando Anna sugirió entrar primero al palacio y tomar un baño él comenzó a berrear. Sin saber cómo hacerlo callar finalmente lo tomó de la mano y retomó el camino con él.

En cuanto pararon a las puertas del establo supo que algo no estaba bien. El único cajón iluminado levemente era el del fondo, el de Sven, y desde ahí pudo distinguir algunas voces. Fueron directo a él, Friederick dando pequeños saltitos pero sin soltar la mano de Anna, y a sólo unos pocos pasos se vieron de frente con un hombre robusto, alto y de rosto arrugado; de inmediato lo reconoció, era el hombre que se aseguraba de que los caballos estuvieran en buena forma y tuvieran buena salud. El caballero esbozó una sonrisa que no llegó hasta sus ojos y después de una leve reverencia pasó de largo hasta abandonar el establo. El corazón de la pelirroja se aceleró, y con las piernas temblando siguió caminando.

-¿Estás seguro?-preguntaba Elsa, sentada en el piso y acariciando suavemente la cabeza del reno.

-Sí. Bueno… no realmente-respondió Kristoff en un susurró.

Cuando los vio, Anna estuvo a punto de bromear sobre el hecho de que Sven no estuviera tratando de lamer la mano o el rostro de Elsa, una extraña manía que se le había pegado recientemente, pero entonces cayó en cuenta de que, justo eso, era una señal de alarma.

-¿Está todo bien?-preguntó la chica, pero su voz fue ahogada por la del emocionado Friederick.

Kistoff!-exclamó lanzándose a los brazos del rubio-¡Mamos po pecabos Kistoff!

-¡Hey amiguito!-respondió el hombre, rápidamente componiendo una expresión alegre para el pequeñito-¿Acaso escuché que quieres pescados?

Pero Friederick no respondió. Hubo unos segundos de profundo silencio, uno muy extraño y frío, que se vio interrumpido cuando, después de un agudísimo aullido de sorpresa, el niño se abalanzó sobre el reno que descansaba arropado por un par de mantas.

-¡Sven! ¿Qué te pasa Sven? ¿Te luele algo?-preguntó alarmado.

-Él está bien cielo-respondió la reina estirando su brazo para acariciar sus cabellos, pero se detuvo a medio trayecto.

-No, no eta bien. Sven, ¿te luele algo?-repitió.

El animal levantó, con mucho esfuerzo, su cabeza y acercó su hocico hasta el rostro del niño, donde depositó un débil lengüetazo. Friederick se abrazó a él.

-¿Qué sucede?-preguntó Anna visiblemente asustada.

Kristoff negó con la cabeza.

-No estamos seguros, no ha mejorado desde esta mañana. Como te dije antes, quiero creer que sólo está agotado, tiene algunos días un poco débil, pero… en realidad no lo sé.

Anna se sentó a su lado en el suelo y le tomó de la mano, dándole un ligero apretón.

-Moma-la voz del pequeño se escuchaba ahogada por el pelaje del reno. Levantó un poco su rostro lloroso y miró a su madre-no me gusta Sven tiste.

Las lágrimas resbalaban por sus mejillas y la voz se le escuchaba quebrada. Elsa sintió su corazón partirse en mil pedazos.

-Lo sé amor, a mí tampoco me gusta-respondió acercándose a él y rodeándolo con sus brazos.

Se quedaron así, en silencio un rato, hasta que el lejano sonido de los truenos puso a Elsa en alerta.

-Será mejor que regresemos al palacio-dijo, poniéndose en pie-Kristoff, pedí a Kai que te prepararan una habitación lo más cercana posible a los establos, por si eso te hace sentir más tranquilo.

-Te lo agradezco Elsa, pero-estiró el brazo y acarició la cabeza de su amigo-preferiría quedarme a su lado.

Ella asintió.

-Haré que te traigan varias mantas y café-agregó Anna-También un poco de agua y algunos bocadillos.

-Gracias, pero no será necesario.

-Sí, sí lo será-respondió, y lo besó en la mejilla antes de levantarse.

-Friederick-lo llamó la rubia-despídete, es hora de ir a la cama.

-¡Nooo, no quelo!-volvió a abrazarse a Sven antes de susurrar-No quelo il.

-Lo sé amor, pero…

-¿Por qué no dejas que se quede?-preguntó Kristoff-Después de todo, creo que nos iría bien un poco de compañía. ¿Tú qué opinas Sven?

El reno olisqueó levemente el cabello rojizo del niño e hizo un muy leve sonido. Elsa suspiró.

-Está bien, puedes quedarte. Pero necesito que te portes bien. No des mucha lata y no molestes a Kristoff ni a Sven, ambos necesitan descansar.

Friederick sólo asintió con la cabeza.

-Tranquila-le dijo el chico-estará bien. Te prometo que cuidaré bien de él.

Elsa dio un par de pasos hacia él y apretó suavemente su hombro.

-Si necesitan algo, lo que sea, no dudes en llamarnos Kristoff-él le sonrió agradecido. A continuación se hinco al lado de Sven y tocando su cabeza le deseó buenas noches-Descansa amigo, nos veremos mañana temprano.

Anna hizo lo mismo, abrazando con suavidad al animal, para después despedirse con otro beso de Kristoff. Quería darle algunas palabras de ánimo, pero sentía que, de abrir la boca, lo único que saldría de ella serían sollozos. Elsa paso un brazo sobre sus hombros y juntas abandonaron el establo. Afuera, comenzaba a llover.

Caminaron en silencio, a paso tranquilo a pesar de estarse mojando. Atravesaron la puerta del palacio y siguieron directo hacia sus habitaciones. A la mitad del recorrido Anna no había podido más y se había echado a llorar en silencio. Estaban a pocos metros de la puerta de su cuarto, y el sonido de la tranquila respiración de su hermana se interrumpió cuando le dijo:

-Debo de dar instrucciones a Kai para que les mande el almuerzo temprano. Y mantas tibias, porque las que lleven ahora para mañana tal vez ya no sean suficientes, esta noche refrescará. También necesito que me avise en cuanto llegue el señor Lozoraitis a revisar a Seven. Te avisaré también, por si quieres acompañarme.

A pesar de llevar la vista clavada en el suelo, Anna no dejó escapar el movimiento del brazo libre de su hermana, que usó para limpiarse discretamente la nariz. Sólo entonces alzó la vista para ver el rostro lloroso de su hermana.

-Elsa-dijo sorprendida.

Pararon frente a su puerta.

-Todo va a estar bien Anna-le susurró, sonriendo y secándole las lágrimas con la mano.

-¿Eso crees?

-Eso quiero.


Kristoff acomodó con esmero un par de mantas más sobre el cuerpo de Sven y otras sobre el de Friederick, quien se había acurrucado muy cerquita del reno.

-Eso es, ahora ambos están calientitos.

El pequeño se apretujó un poco más contra el cuerpo peludo y el animal pareció complacido con ese gesto.

-Te voy a cantal una canción-le dijo, pasando su manita una y otra vez por el suave pelaje. Comenzó a entonar una nana, la misma que Kristoff escuchara a Elsa cantarle en varias ocasiones antes de desearle las buenas noches. O al menos sonaba como algo similar. El rubio sonrió enternecido.

Se colocó una manta sobre los hombros y se sentó en el suelo, colocando la cabeza de su amigo sobre sus piernas. Sven alzó la vista y sus ojos se encontraron con los castaños del muchacho. A Kristoff le parecieron llenos de gratitud y de una serenidad conmovedora. Le sonrió, y se obligó a suspirar profundo para evitar abandonarse al llanto. El reno volvió su atención al niño, quién ahora cantaba algo sobre un hombre que encontraba unas perlas en el mar que pretendía regalarle a su amor. Aprovecho ese momento para secarse las lágrimas con el dorso de la mano.

Friederick cantó un par de canciones más antes de quedarse en silencio. El rubio se recargó sobre la pared de madera del establo y cerró los ojos, cansado a causa del angustiante día que estaba terminando.

-Kistoff-escuchó la vocecita de Friedrick, que pareció hacer eco en el enorme lugar.

-Dime amigo.

-Sven… Sven va a estal feliz manana.

Kristoff sonrió en la oscuridad.

-Sí pequeño, verás que mañana ya va a estar mejor.

No recibió respuesta, al menos en los siguientes diez minutos.

-Kistoff-volvió a decir-Te quelo muso. Y también a ti Sven, te quelo muso. Te quelo Sven.

-También te quiero Friedrick, y muchísimo. Y estoy segurísimo, porque Sven me lo ha dicho muchas veces, que él también, ¿verdad amigo?

El reno lanzó una exclamación, débil pero que sonó alegre.

Lo siguiente que escuchó fue el cuerpo de Friederick desplazándose un poco más hacia Sven, haciéndose bolita bajo la cobija.


Despertó deslumbrado por la luz del sol, que brillaba con fuerza y cuyos rayitos se colaban entre la madera de las paredes. Se desperezó lentamente, estirando sus bracitos y piernitas para después incorporarse lentamente sobre sus rodillas. Se frotó con suavidad los ojos y bostezó antes de dirigirse hacia Kristoff. Apenas lo encontró con la mirada, sintió su pancita apretarse en un doloroso nudo.

-Hola amigo-lo saludó con voz ronca.

Lo que Friederick vio no le gustó; sus ojos estaban rojos y su cabello despeinado, y no dejaba de limpiarse la nariz con la manga de la camisa. Miró sobre su regazo, en donde descansaba la cabeza del reno.

-Sven-susurró, y colocó una manita sobre el cuerpo del animal. Pero a diferencia de la noche anterior, no pudo sentir su abdomen subir y bajar al ritmo de su respiración-Sven-repitió, esta vez en un chillido y con los ojos inundados de lágrimas.

-Está bien amigo. Él ya está mejor.

Friederick no entendía; algo pasaba, algo había cambiado, y ese algo se sentía raro, como pesado.

-Eta mimido-dijo acercándose a las rodillas de Kristoff y acariciando la cabeza, ahora de pelaje seco y áspero-Lepieta Sven, mamos a jugal.

Pero el reno no se movió. Ni abrió los ojos. Y Friederick lloró, lloró mucho. Era un berrido doloroso que terminó llamando la atención de varios empleados que se encontraban cerca, por lo que las tristes suposiciones, pronto una noticia confirmada, no tardaron en llegar a oídos de la reina y la princesa.

Cuando llegaron al establo el rostro de Anna ya estaba empapado en lágrimas y lo primero que hizo fue dejarse caer al lado del reno y abrazar su cuerpo. Luego, sin reprimirse ni inmutarse, fue hasta donde estaban Kristoff y Friederick y lloró desconsoladamente a su lado. Elsa, por su parte, se limitó a abrazarse y respirar profundo, tratando de mantener la compostura.

-Daré…-comenzó a hablar, pero tuvo que parar para aclararse la garganta cuando sintió que la voz se le quebraba-daré instrucciones a Kai para que se haga cargo. Que consiga un bonito lugar a orillas del bosque y… flores, necesitamos flores-balbuceó antes de dar media vuelta y disponerse a marchar.

Pero apenas había dado un par de pasos cuando, con voz ahogada, Kristoff la llamó. Se giró apenas lo suficiente para verlo estirar un brazo hacia ella, en una especie de invitación. Ella negó suavemente, con los labios apretados y tratando de contener con todas sus fuerzas las lágrimas que amenazaban con salir. Pero él no desistió. No sabría decir quien sollozaba más fuerte, si Anna o el niño, pero era tanto su dolor que Elsa sentía que ahí estaba, palpable, y que si estiraba la mano podría sentirlo denso y viscoso.

-Elsa-volvió a llamarla. Y esta vez se rindió.

Corrió hasta ellos y se desplomó a su lado, dejando salir el llanto y abrazándose fuertemente a su familia.

Fue una ceremonia pequeña, íntima, en un bonito claro dentro del bosque. Hubo flores, pero también muchas zanahorias. Y no se despegaron de ahí hasta que Kristoff tuvo la fuerza suficiente para ponerse en pie, tomar la mano que Friederick le ofrecía y caminar de regreso al palacio, no sin antes echarle un último vistazo al nuevo hogar de su gran amigo.


Bueno, pues... bye. Los quiero, besos!