Holaa, seguramente ya deben de estar cansadas de que siempre me este disculpando con ustedes por tardar mucho en subir un cap, créanme hasta yo estoy harta de siempre tener que disculparme con ustedes, y ya me da un poco de pena disculparme tanto. Hago todo lo que puedo para transcribir el capitulo y poder subirles el cap, pero con el inicio de la facultad y el trabajo de medio tiempo que tengo es bastante complicado. Lo único que les pido es que me tengan un poquito más de paciencia del que ya me tienen, que seguramente ya superaron las de un santo jajaXD. Yo les prometo que voy a subirles uno o dos cap. al mes se que no es mucho lo que les ofrezco, pero es lo máximo que puedo hacer por ahora.
Ahora las dejo disfrutar del doble capítulo que les traje.
Declaimer: Sesshomaru y compañia no me pertenecen sino a la Gran Rumiko T. La historia tampoco me pertenece, tan solo es una adaptación que hice del libro de Kat Martín.
Capitulo 12
Sesshomaru se acomodó a su lado, apretándose contra las delicadas curvas del cuerpo de su mujer. Al darse cuenta de que ella dormía, cerró los ojos y se sumió en un plácido sueño, acaso el más relajado de que había disfrutado en las últimas semanas. Cuando despertó, oyó que Kagome lloraba.
-Te he hecho daño -se lamentó él, incorporándose hasta quedar apoyado sobre un codo, demostrando claramente la preocupación que sentía por lo que acababa de hacer-. Temí que esto sucediera.
Kagome sonrió con los ojos anegados en lágrimas.
-No me has hecho daño, Sesshomaru. Ha sido maravilloso... como cabalgar sobre una estrella hacia la luna.
-Entonces ¿por qué lloras?
-Pensaba en la gente del pueblo. Por mi culpa no conseguirán las tierras.
Él la besó con delicadeza en los labios.
-No te preocupes, Cara. Por suerte tu plan fracasó en parte, pues el Hurón logró huir con varios de sus hombres.
-¿Consiguió escapar?
Él asintió con la cabeza.
-¿De verdad?
-De verdad. Pero no por mucho tiempo. La próxima vez daré con él, obtendré su cabeza.
-Te ayudaré -aseguró ella-. Descubriré dónde se esconde y...
-Tú no harás nada, ¿me oyes? Ya has hecho suficiente.
Kagome se dio la vuelta para ahogar en la almohada un gemido.
-No ha sido sólo culpa mía, ¿sabes? Si hubieras confiado antes en mí, nada de esto habría sucedido.
Él frunció el entrecejo.
-Un hombre no tiene la obligación de explicar todo a su mujer.
-Tal vez sea así. De todas formas, si hubieras confiado en mí, habrías capturado al Hurón.
Sesshomaru dejó escapar un suspiro.
-Intentaré mantenerte al corriente de los asuntos que considere importantes. -Le rodeó la cintura con un brazo, la atrajo hacia sí y se colocó sobre ella. Y no harás nada sin mi aprobación, ¿está claro?
Ella rió.
-¿Debo pedir tu aprobación para darte un beso?
Sesshomaru sonrió.
-No, mujercita, puedes hacerlo siempre que quieras.
Entonces Kagome le abrazó, posó sus suaves labios sobre los de él y le introdujo la lengua en la boca. Para Sesshomaru, todo en ella era curvas suaves y esencia de tierna mujer, de tal modo que se encontró deseándola de nuevo. Comenzó a acariciarle un seno, endureció el pezón y luego su mano descendió lentamente por su cuerpo para abrir los pétalos de su sexo y volver a despertar aquella dulce humedad.
Dios la había hecho pequeña, pero la había compensado proporcionándole una flor húmeda para recibirlo. Sonrió al pensarlo, mientras separaba de nuevo sus piernas con su rodilla. Se deslizó dentro de ella con una certera acometida.
-¿Estás segura de que no te duele?
-Me siento llena de ti, eso es todo. Es una sensación turbadora y muy placentera.
Sesshomaru sonrió entre dientes.
-Eso espero.
Él se movió en su interior mientras sentía bajo su mano cuán rápido le palpitaba el corazón. También a él se le acelero el pulso. Se propuso moverse con mayor lentitud, recordándose que era una nueva experiencia para ella, a pesar de que parecía haber aprendido muy deprisa. La besó apasionadamente mientras le abarcaba un seno con la mano para a continuación inclinar la cabeza y lamérselo con delicadeza. El contacto de su lengua excitaba a Kagome, cuyo cuerpo se estremecía bajo el de Sesshomaru.
Éste recorrió su suave piel con los dedos, que se deleitaron con la esbeltez de su cintura, descendió por sus caderas y gozó de las pequeñas esferas de sus nalgas.
Tras un gemido de derrota, perdió todo control y se dejó arrastrar por la más cruda lujuria de sus pasiones. Comenzó a moverse con más rapidez y urgencia. Kagome gemía y le ofrecía sus labios, deseosa de que él estallara en ella como una ola. Sesshomaru se corrió en su interior, consumiendo así toda la ternura, enfriando al fin la ardiente necesidad que hasta entonces lo había dominado.
Él sonrió en la oscuridad. Si alguna vez había dudado de que una mujer del tamaño de Kagome pudiera proporcionarle placer, a partir de ese momento jamás volvería a ponerlo en tela de juicio.
Kagome se incorporó en la cama; su marido dormía junto a ella. Ese día se sentía distinta, más abierta, en cierto sentido, a cuanto acontecía en el mundo, y mucho más femenina; más mujer en definitiva. Se preguntó si eso se reflejaría en su rostro. Sesshomaru abrió los ojos, y Kagome comprendió que no había estado durmiendo, sino observándola bajo sus oscuras pestañas.
-¿En qué piensas? -preguntó él.
Kagome se colocó un mechón de su caballo tras la oreja.
-Me gustaría saber, Sesshomaru, qué les ocurrirá a los aldeanos si no obtienen las tierras.
El normando hizo una mueca y se reclinó contra el cabezal de madera. Los primeros rayos del amanecer penetraban por la estrecha ventana.
-Todavía se debe dinero por la construcción de la fortaleza, por lo que me veré obligado a aumentar los impuestos. La gente del pueblo apenas tendrá lo suficiente para pasar el invierno. Había previsto que cultivaran la tierra durante la primavera para lograr una buena cosecha, pero ya es demasiado tarde. Sobreviviremos al invierno, que se anuncia muy crudo, aunque la mayoría de los aldeanos pasará hambre.
Kagome se estremeció.
-¿Y el rey no puede ofrecer otras tierras?
-No posee otras adecuadas para la labranza; este terreno es tan abrupto y pedregoso.
-¿Y en otro condado?
-No valdría la pena; se requeriría una inversión mayor que el beneficio que de esas tierras se obtendría.
Kagome guardó silencio, observando cómo su esposo se levantaba de la cama, se cubría con la túnica y se dirigía a la ventana.
-Si te hubieras casado con una mujer con propiedades, -dijo con tono suave- tendrías todas las tierras que necesitases.
-Pero me he casado contigo. Es lo único que importa.
-Podías haberte desposado con Kagura de Montreale. - Es mucho más rica que...
-¿Qué sabes tú de Kagura? -preguntó él. Volviéndose furioso para mirarla a la cara.
Kagome se arrepintió de haber pronunciado aquellas palabras.
-Nada, sólo que en una ocasión fue tu prometida.
-¿Quién te lo ha explicado?
Ella se humedeció los labios.
-Su hermano, lord Naraku. Dijo que pronto lo visitaría.
-¿Y qué más te contó?
La joven vaciló antes de responder:
-Que tú la deshonraste al rechazar el matrimonio.
El normando frunció el entrecejo.
-¿Y quién es él para hablar de honor?
-¿Es que ella no te importaba nada?
-Claro que me importaba... y aunque no me hubiera interesado, me habría casado con ella si... si todo hubiera sido distinto.
-¿A qué te refieres...?
-¡Dejémoslo ya! No quiero hablar de Kagura, y menos aquí, ahora...
Ella se esforzó por no desviar la vista.
-Como gustes milord.
El severo semblante de Sesshomaru se suavizó. Cruzó la habitación para acercarse a la cama.
-No pretendía ser tan brusco. -Inclinó la cabeza para besarla-. De no ser porque tu primera noche de pasión está demasiado reciente ahora mismo te poseería para que olvidaras todas esas tonterías. Ya vuelvo a desearte.
Kagome notó que las mejillas se le encendían.
-Como has dicho, quizá sea mejor que esperemos. Mañana reanudarás tus obligaciones como esposa.
-¿Obligaciones...? Resulta una palabra un tanto inadecuada para describir los placeres que me has enseñado.
Sesshomaru sonrió con ternura.
-No me sorprendería, Cara, descubrir que vales mucho más que cualquier otra mujer con quien hubiera podido casarme.
Tras tomar un baño y vestirse la pareja descendió por las escaleras hasta la sala principal, donde los sirvientes y los caballeros parecían esperar a sus señores para descubrir cómo les había ido.
Ruborizada, Kagome les dedicó una amable sonrisa, en tanto Sesshomaru los saludaba con la mano mientras avanzaba hacia el estrado, donde les aguardaban una buena porción de carne y una jarra de cerveza. Kagome y Sesshomaru conversaron durante la comida, sonriendo de vez en cuando y prodigándose caricias como nunca hasta entonces habían hecho en público.
Sesshomaru comentó algo a Jaken, y la joven supuso que estaba explicándole que ella sólo había pretendido ayudarlos al revelar a lord Naraku el paradero del Hurón. Jaken se limitó a fruncir el entrecejo y abandonó la sala.
-Ya que por fin nos comportamos como un verdadero matrimonio –dijo Sesshomaru a su esposa-, te concedo un deseo. ¿Hay algo especial que te gustaría hacer?
Kagome se sorprendió.
-Desearía visitar a mi hermana, Sesshomaru. Hace tanto tiempo que no la veo... Quizá Rin me haya olvidado, pero yo me acuerdo de ella cada día y la echo de menos. Últimamente he pensado mucho en ella y quisiera saber cómo se encuentra.
-Tu hermana podría vivir aquí, con nosotros.
Kagome negó con la cabeza.
-Me encantaría, pero ella nunca aceptaría. Es feliz en el convento, donde ha encontrado la paz. Jamás conseguiría convencerla de que saliera de allí.
-Entonces te acompañaré al convento. Partiremos a finales de esta semana.
Durante esos días, hicieron a menudo el amor, a veces con desenfreno, a veces con una tremenda ternura. Sesshomaru era un amante apasionado y atento que gozaba con el placer que brindaba a su esposa. Aquellos momentos de intimidad que compartían mostraban a Kagome un maravilloso aspecto de la vida.
Cuando llegó el día de partir hacia el convento, Kagome se debatía entre la excitación de ver a su hermana y la pena por tener que abandonar las horas de pasión que había disfrutado en el lecho conyugal. Al pensar en esos tiernos momentos mientras se vestía y se preparaba para el viaje, Kagome sonreía.
El viaje hacia el convento no era demasiado largo. Los hombres de Sesshomaru acamparon junto a la gran construcción de piedra, mientras que él y su mujer se alojaron en una de las celdas del piso superior, una habitación estrecha; y algo agobiante, demasiado pequeña para la enorme constitución de Sesshomaru. Al caer la noche, ambos durmieron abrazados. Él la deseaba; ella lo adivinó por el modo en que la miraba, pero no hicieron el amor. Para Kagome ese lugar era como un paraíso de Dios, y Sesshomaru era consciente de que los recuerdos de los días que su esposa había pasado allá no lo incluían a él.
Rin estaba tal y como Kagome la había dejado; lozana y sonriente con su melena negra bien cepillada y recogida. La amiga de Kagome, la hermana Ayumi, parecía haber asumido el papel de protectora de Rin, lo que en cierto modo entristeció a la recién llegada, quien siempre había cuidado de su hermana. De todas formas, debía aceptar el hecho de que ella tenía su propia vida, al igual que Rin.
-¿Es feliz? -preguntó Kagome.
La hermana Ayumi asintió.
-Siempre lo ha sido y ya sabes cuánto la quieren todas las hermanas. Creo que si se marchara, una luz se apagaría en nuestras vidas. -La monja observó a Kagome, tratando de averiguar si ésta pretendía llevarse a su hermana.
-Ella pertenece a este lugar. No me la llevaré -dijo, sonriendo.
Más aliviada, Ayumi preguntó:
-¿Y qué hay de ti, Kagome? ¿Has encontrado el lugar al que perteneces?
Ella fijó la mirada en la pequeña y frágil monja que había llegado a ser su mejor amiga.
-Quizá, no estoy segura. En cualquier caso, me alegro de haber regresado al que fue mi hogar.
-Yo creía que Ivesham estaba en ruinas.
-La casa ha desaparecido, pero no el pueblo. Braxston Keep se halla en la cima de la colina. Estoy rodeada de rostros conocidos del pasado.
-¿Y tu marido?-preguntó Ayumi con tono de confidencia.
Kagome se sonrojó.
-A pesar de que pronunciamos los votos matrimoniales hace algún tiempo, de hecho soy una recién desposada. -Las mejillas se le encendieron aún más-. Después de lo sucedido, estoy convencida de que no sirvo para la vida religiosa.
La hermana Ayumi rió.
-Yo siempre lo creí.
Al día siguiente, Sesshomaru habló con Rin. Ésta, que no recordaba quien era él ni lo que había ocurrido hacía tres años, lo acogió con una cálida sonrisa y el ofreció un trozo de pan recién cocido. Sesshomaru lo aceptó devolviéndole la sonrisa, sin reflejar en su mirada el anhelo que Kagome había temido hallar.
Durante el viaje desde Braxston Keep, la joven había intentado prepararse por si su marido mostraba ciertos sentimientos hacia Rin.
Desde el momento en que ésta y Sesshomaru se encontraron, Kagome tuvo la seguridad de que él no estaba enamorado de su hermana.
-Tiene la gracia y la belleza de un cisne. -dijo él- Lo que sucedió fue horrible, pero, como tú dices, parece contenta.
-Sí, milord. Creo que es feliz.
-¿Cómo ocurrió aquel accidente que sufrió cuando era pequeña?
-Íbamos a visitar a los parientes de nuestra madre. Rin, que nunca fue muy amazona, perdió el control de su montura y cayó al suelo. Se dio un golpe contra una roca. Durante un tiempo creíamos que no sobreviviría. Cuando por fin recuperó la conciencia, estaba como ahora.
-Es una pena, pero al menos es feliz.
-Habría sido una buena esposa -dijo Kagome mientras la observaba.
-De un hombre más cariñoso que yo -replicó su esposo. - Yo prefiero las mujeres con fuego en las venas.
Sesshomaru inclinó la cabeza para besarla; fue un prolongado beso que transmitió a la mujer los pensamientos del normando, confirmándole que era a ella, no a su hermana a quien amaba. Kagome suspiró aliviada.
Tras despedirse de Rin con esperanzas renovadas y el corazón apaciguado, Kagome emprendió, junto con su marido y los hombres de éste, el camino de regreso al castillo.
La lluvia caía sobre las piedras grises de Braxston Keep, y soplaba un viento gélido. Los hombres se paseaban inquietos por la casa. Hojo temía que se enzarzaran en una discusión si el tiempo no mejoraba, tan encrespados estaban los ánimos.
El almuerzo, en que se había servido cordero y conejo rustidos, acababa de finalizar. Lord Sesshomaru seguía en el estrado, conversando con Jaken sobre el próximo viaje a Francia que el caballero peliverde pronto emprendería, sobre el Hurón y los problemas que éste causaba. Hojo se retiró para ocuparse de sus muchos quehaceres. Antes de que bajara del estrado, Daiki se acercó a él y señaló con el dedo al mensajero que aguardaba en la entrada.
El senescal siguió a Daiki hasta la puerta, algo inquieto porque intuía que el hombre portaba una mala noticia. Tras saludar al correo, cogió el mensaje y regresó a la sala principal. Se detuvo frente a Sesshomaru.
-El mensajero real, milord. -Hojo subió a la plataforma, bajo la atenta mirada de los presentes, para entregar la misiva lacrada a su señor-. El emisario no ha querido quedarse. Tenía orden de partir tan pronto hubiera cumplido su misión.
-Ábrelo -dijo Sesshomaru.
Hojo obedeció y leyó el texto en silencio. Adquirió conciencia de la gravedad del asunto a media que leía.
-Se ha producido un grave conflicto en el norte del país, milord. Eiji* solicita que tú y cuantos hombres puedas reunir os incorporéis a su ejército, que en estos momentos tiene sitiado el castillo de Caanan.
-Lord Kanaye*. Hace mucho tiempo que se comenta que no es hombre de fiar. -El normando dio un puñetazo en la mesa-. Por la sangre de Cristo, ¿es que esta guerra nunca acabará?
A pesar de que lord Sesshomaru nunca había eludido sus responsabilidades ni pagado la cuota para librarse de combatir, Hojo sabía lo mucho que detestaba tener que enviar a sus hombres al campo de batalla.
-Al parecer ése es el destino de los hombres -dijo el senescal -. Hasta que aprenden cuán amargo es el precio de la guerra, están dispuestos a dar su sangre a cambio de una victoria.
-Tienes toda la razón.-Tragó saliva y fijó la mirada en las ío en que sabrás ocuparte de todo durante mi ausencia.
-Por supuesto, milord -aseguró el senescal con una sonrisa-. Creo que ella te echará de menos.
Sesshomaru sonrió a su vez. Era obvio que eso le complacía.
-Eso espero. -Echó su silla hacia atrás y se levantó. Dijo algo a Jaken, quien en su momento transmitiría sus palabras al resto de los hombres, y cruzó la sala para dirigirse a las escaleras.
Hojo lo siguió con la mirada, con cierta envidia. Lady Kagome lo amaba; sus ojos la delataban cada vez que miraba al normando. El senescal pensó que debía plantearse buscar una esposa. Incluso Jaken había mencionado la posibilidad de casarse, Hojo frunció el entrecejo al pensar que, si contrajera matrimonio, apenas podría atender a su mujer. Él estaba siempre muy atareado y apenas disponía de tiempo libre. "De todas formas, ¿qué importaba?", se dijo. Nunca se había sentido excesivamente atraído por una mujer -salvo en ocasionales momentos de placer- y tampoco tenía tiempo para buscar una doncella apropiada.
Hojo decidió desterrar de su mente tales pensamientos. Cruzó la sala principal para dirigirse a la habitación en que se hallaban los libros de contabilidad. Lord Sesshomaru necesitaba dinero para saldar las deudas que había contraído, y el trabajo de Hojo consistía en buscar la forma de conseguirlo. Por supuesto, también se encargaba de la limpieza, tarea bastante laboriosa, además del aprovisionamiento de las despensas, el arreglo del jardín y... y la lista seguía y seguía.
Sin embargo no se quejaba. Se sentía útil en el castillo y lo consideraba su hogar. Hojo se acercó a la maciza mesa de madera sobre la que descansaban los libros de contabilidad abiertos y, tras un suspiro de cansancio, se sentó para retomar el trabajo.
Tres días después de la partida de Sesshomaru, el aburrimiento y la preocupación impulsaron a Kagome a salir de su habitación para ver al senescal.
-Me gustaría hablar contigo, Hojo -le dijo desde la puerta entornada de la sala en que el hombre se hallaba.
-Por supuesto, lady Kagome. -Se levantó del asiento ante el escritorio abarrotado de libros de contabilidad y documentos oficiales-. ¿De qué se trata, milady?
La joven se sentó en una silla de respaldo alto.
-¿Crees que la batalla irá bien?
Hojo volvió a sentarse ante el escritorio.
-Creo que el rey tiene refuerzos suficientes. No sólo cuenta con el apoyo de Sesshomaru, sino también con el de Naraku de Montreale.
Las palabras del senescal no consiguieron tranquilizar a Kagome.
-Estoy harta de este tiempo.
-Yo también -dijo Hojo. Tras observarla discretamente, preguntó- ¿a qué se debe tu visita, milady? ¿Necesitas algo?
Kagome se esforzó por sonreír.
-Es muy sencillo, Hojo. Ahora que soy realmente la esposa de Sesshomaru; quisiera que me instruyeras en los deberes del castillo.
Hojo arqueó una ceja.
-Pero tú odias esas tareas. Desde la infancia has rehuido las labores domésticas.
-Es cierto. De hecho, ese trabajo no me agrada, pero considero que debo encargarme del cuidado del castillo. Dispongo de mucho tiempo y…- se le sonrojaron las mejillas.
-¿Y…?
-Y creo que de ese modo mi marido se sentirá más orgulloso de mí.
-¿Estás segura?
-¿Acaso no aprendo rápido? Me conoces muy bien desde hace mucho tiempo, Hojo. Sé leer y escribir, aprendí latín y francés, y también me enseñaron a sembrar y cazar. Tengo conocimientos sobre las plantas y los animales. Me enseñaron a cuidar y tratar a los caballos. No hay nada que no pueda aprender si me lo propongo.
Por primera vez, Hojo sonrió, y unos hoyuelos aparecieron en sus mejillas. Sin embargo, Kagome advirtió que el senescal estaba preocupado.
-Todo lo que has dicho es cierto – dijo él-. Nunca te ha costado aprender lo que te ha interesado. Te enseñaré todo cuanto considere debes saber. -Se inclinó sobre su escritorio-. Me alegro de que hayas decidido asumir esta tarea.
Ese mismo día, algo más tarde, comenzaron. Kagome se vistió con una túnica de lino marrón y se recogió la melena en la nuca con un lazo.
-En términos generales, -comenzó Hojo- la tarea consiste en ocuparse de todo lo relacionado con la organización de la casa. Hace tiempo que debería haberse iniciado la limpieza. También hay que cambiar las alfombras y hacer antorchas y teas.
En el pasado, Kagome había ayudado a su madre y a Kaede a elaborar antorchas introduciendo en un junco lino remojado en sebo y a confeccionar teas con pajas untadas de sebo, de modo que no necesitaría los consejos de Hojo en esa tarea.
-Si decoráramos algunas paredes quizá la casa mejoraría -opinó ella, mientras observaba los grises muros de piedra-. Podríamos encargar a un artista del pueblo, un tal Morcai, que pintara un cuadro del bosque y en el almacén he visto tapices. Sesshomaru debió traerlos de Francia.
Hojo se sonrojó.
-Yo había decidido colgarlos, milady, pero nunca he tenido tiempo para dedicarme a ello.
-No te disculpes, Hojo. He sido yo quien ha descuidado sus obligaciones. De ahora en adelante cambiaré de actitud.
Él esbozó una sonrisa que pareció rejuvenecerlo. Kagome pensó que no era mucho mayor que ella, aunque aparentaba más edad.
-Hay mucho trabajo, -dijo él- y por fortuna sirvientes dispuestos a ayudarte. Sin embargo, deberás ocuparte de controlar todo, lo que implica dedicar mucho tiempo. Si cambias de parecer, no te apures...
-Estoy segura de que no cambiaré de opinión, Hojo.
Y así fue. Desde el alba hasta el anochecer Kagome trabajaba en la casa junto a los sirvientes. Al principio, a pesar de sus esfuerzos, apenas se apreciaba alguna mejora. Dedicarse a las labores domésticas la ayudó a apartar durante unas horas la preocupación que sentía por Sesshomaru, y a medida que las semanas avanzaban, los cambios comenzaron a hacerse más visibles.
-Tu marido se enorgullecerá de ti -dijo Kaede, mientras admiraba los tapices que acababan de colgar en la habitación del lord-. Aunque quizá se disguste un poco cuando se entere de lo mucho que has trabajado.
-Quiero que todo esté arreglado cuando regrese. Y hasta entonces, seguiré trabajando tanto como ahora.
Kaede murmuró.
-Después de haber aborrecido tanto estas tareas, parece que al fin has sentado la cabeza.
Transcurrió otra semana y otra más. Los caballetes de las mesas fueron reparados, las ropas de cama se remendaron y almidonaron y los hombres se dedicaron a tallar bandejas y cucharones de madera, o a trenzar mimbres y juncos para confeccionar cestas.
Desde la mañana hasta la noche, la sala principal rebosaba de actividad, de tal modo que todos se animaban a colaborar en esta o aquella tarea; todos excepto Sara, quien apenas aparecía por el castillo. Desde que se había hecho público que lord Sesshomaru dormía con su esposa, la esbelta rubia se mantenía apartada. Kagome deseó que la mujer abandonara el lugar, pero sabía que no tenía adónde ir. Y tampoco tenía ninguna esperanza de recuperar a Sesshomaru.
A pesar de haber adelgazado un poco debido a tanta actividad, Kagome prosiguió con las largas jornadas de trabajo hasta que se concluyeron las tareas que se había propuesto realizar. Al siguiente día apareció un mensajero para anunciar la inminente llegada de Sesshomaru.
-¡El guarda ha divisado el estandarte! - Kagome bajó presurosa por las escaleras para reunirse con Kaede en la sala principal-. ¿Tengo buen aspecto? Quizá debería cambiarme esta túnica de color ámbar por una verde.
Kaede rió divertida, agitando sus delgados hombros.
-Este color te favorece, querida, tanto como el peinado.-Se había recogido el cabello con un lazo de color ámbar bordado con hilo dorado.
- Lord Sesshomaru estará encantado.
Santo Dios, ése era su deseo. Se había preparado durante semanas para ese momento, se sentía impaciente por observar la expresión de Sesshomaru cuando viera todo lo que había hecho en el castillo. Braxston entero brillaba como la joya que realmente era; lucía unas preciosas cortinas, el hollín ya no ensombrecía las paredes y las manchas del suelo habían sido eliminadas con salvia.
Esperó cerca de la muralla, donde se hallaban los caballeros que habían permanecido en la fortaleza para protegerla y los sirvientes. Todos observaron en silencio cómo el Caballero Negro cedía el paso a sus hombres ante el puente levadizo. Lo acompañaba una pequeña escolta, pues el resto de los hombres se habían quedado en Caanan con el rey.
Sesshomaru no llevaba el casco, pero sí la cota de malla, que brillaba bajo el sol, y lucía su escudo con el dragón rojo y negro. Quizá se había detenido para refrescarse en el riachuelo, porque su cara parecía limpia y su pelo estaba algo húmedo.
Mientras avanzaba buscaba a su esposa con la mirada hasta que la localizó. Obligó a su negro purasangre a detenerse en medio de la fortaleza, alzó una pierna para saltar al suelo y entregó las riendas a un paje. Se aproximó a él su escudero, y Sesshomaru se arrodilló para que el joven le despojara de la pesada cota de malla y las polvorientas espuelas. Su mirada seguía fija en Kagome.
Una vez hubo concluido su tarea el escudero, Sesshomaru se encaminó hacia la joven. Ésta esperaba que se detuviera, quizá para hablar con Hojo o para intercambiar alguna palabra con el sacerdote; en lugar de eso, él continuó avanzando a grandes zancadas para salvar cuanto antes la distancia que los separaba, hasta que al fin se encontró ante ella. Él sonrió con picardía, le deslizó una mano por la cintura y la tomó entre sus brazos.
-¡Virgen Santa, Sesshomaru! ¿Qué haces?
El se limitó a sonreír e inclinó la cabeza para besarla apasionadamente.
Momentos después, ella observó atenta la reacción de su marido cuando entró por la puerta recién restaurada de la casa. Se sintió decepcionada al ver que él cruzaba la sala principal sin reparar en los limpios manteles que cubrían las mesas y subía por las impecables escaleras de piedra sin hacer ningún comentario.
-¿Y qué hay de tus hombres? – preguntó Kagome, a quien su esposo llevaba el brazos mientras recorrían el pasillo recién encalado. – Seguro que están muertos de hambre. Seguro que tú también tienes apetito.
-Sí, ma chere, así es -replicó Sesshomaru, que no parecía referirse a algo de comer. Abrió la puerta de la primera habitación de una patada, de modo que su bota ensució la superficie recién barnizada, y a continuación la cerró de un codazo -. En las últimas semanas sólo he pensado en poseer tu dulce cuerpo.
La soltó en el suelo.
-He estado muy preocupada.
-La batalla ha terminado. El castillo ha sido tomado.
-Gracias a Dios.
Entonces Kagome notó el miembro del hombre duro bajo su túnica, y se humedeció de deseo. La boca de Sesshomaru se posó en la de ella, que se olvidó de cuanto les rodeaba y se estremeció indefensa. Se encontró agarrándose a los hombros del normado, abriéndose a la insistencia de su lengua, anhelando que sus manos frotaran sus pechos.
Como si hubiera leído sus pensamientos, Sesshomaru la despojó de la túnica y la camisa para llevarla desnuda hasta el borde de la cama, donde se sentó. Colocó a Kagome sobre su regazo y, sin dejar de besarla, tanteó el cordón de sus calzones hasta conseguir desanudarlo.
-He deseado tanto este momento... Sólo pensaba en acostarme contigo.
Desató el lazo ámbar y dorado que recogía la melena de su esposa y acarició sus cabellos hasta despeinarlos. Luego la levantó un poco para separarle las piernas y colocarla en la posición adecuada para colmar sus deseos.
Kagome lo abrazó por el cuello, sintió las manos de Sesshomaru en sus nalgas, apretándolas, frotándolas, calentándolas hasta hacerlas arder. Cuando él le introdujo un dedo en el interior, Kagome gimió mientras su cuerpo se tensaba para a continuación relajarse de nuevo.
-Como siempre, estás preparada -susurró él-. Es un milagro. -Volvió a besarla larga y profundamente-. Rodéame con tus piernas.
-Pero no podremos...
-Confía en mí, chérie y los dos obtendremos un gran placer.
La boca de Sesshomaru volvió a cubrir la de Kagome; la besó apasionadamente mientas le acariciaba los senos, endurecía los pezones, jugueteaba y trataba de abarcarlos con la palma de la mano. Al poco la levantó y se deslizó en su interior, arrastrándola de ese modo a la cima del deseo de una certera acometida.
Kagome se sentía plácidamente bañada en olas de calor purificador. Se estremecía mientras llamas de fuego invadían su sexo. Él estaba penetrándola, agarrándola y tratando de mantenerla inmóvil, levantándola para luego volver a bajar, reclamando una respuesta.
-Sesshomaru..., Santo Dios..., Sesshomaru. - Kagome inclinó la cabeza hacia atrás, dejando que su melena cayera sobre los músculos de Sesshomaru. Éste tomó su boca salvajemente mientras le apretaba las nalgas y continuaba poseyéndola.
El mundo se desvaneció, la excitación la envolvía, hasta que por fin sucumbió al placer que anuló todo pensamiento. Se sentía bañada de ternura, en una orilla de abrasadora arena roja. Cuando él se corrió, siguiéndola a esa remota orilla en que creía hallarse, pronunció el nombre de su esposo. Al poco, los movimientos de Sesshomaru se tornaron más lentos.
Él apoyó la cabeza sobre el hombro de Kagome. Con dedos trémulos, ella le retiró el cabello de la cara para palparle las mejillas, los labios.
Cuando por fin se hubo recuperado, Kagome se percató de que Sesshomaru con las prisas, sólo se había bajado los calzones, y no se había molestado en desnudarse del todo. Ella quería que se desvistiese para sentir el vello de su torso y los duros músculos de su estómago. Deseaba que la penetrara de nuevo, sin que ninguna prenda se interpusiera entre sus cuerpos.
La mujer se arrodilló para quitarle las botas de piel. Sesshomaru, sorprendido, arqueó las cejas y luego sonrió, agradeciéndole así su gesto, adivinando por qué lo hacía. Sesshomaru se desabrochó la túnica y se despojó de ella.
-Por lo visto tú también me has echado de menos – dijo él de pronto.
-Si, milord; así es.
-Eso me gusta… mucho más de lo que crees.
La joven comenzó a explicarle lo que, con la ayuda de los demás, había hecho para sorprenderlo cuando llegara, Sesshomaru la acalló con un beso y la cogió en brazos para llevarla a la cama. Se tumbó sobre ella para acariciarla, estrecharla contra sus caderas, de manera que Kagome no tardó en estar húmeda, preparada para recibirlo de nuevo.
Entrada ya la noche, ambos durmieron durante un rato y, al despertar de nuevo, volvieron a amarse.
Un poco más tarde, fatigados ya, se sumieron en un profundo sueño.
Cuando Kagome despertó por la mañana y se dio la vuelta en la cama y descubrió que Sesshomaru se había marchado.
Continuara…
*Eiji: designa a un hombre con cualidades para ser un gran gobernante.
*Kanaye: Hombre un tanto celoso.
Hola Veros quería aclararte que en ningún momento me olvide de ti, tal parece que en algún momento se borro tu nombre cuando subí el cap. a fanfiction, solo espero que no se hayan borrado alguna otra cosa de la historia también. Espero que disfrutes de los capítulos que les traje.
Kagome de Taisho
