CUIDADO CON LO QUE ESCUCHAS… EN BAKER STREET

Fic escrito en colaboración con arcee93.

Capítulo XIV Los problemas llaman a la puerta

Sherlock creyó que todo lo vivido con John se acabaría en ese instante, los buenos y los malos momentos, una parte importante de su vida: la más importante. Cerró los ojos, instintivo, no quería ver esa mirada de enfado, decepción o ambas al mismo tiempo. No quería recordarle como el ogro que en realidad no era. Se aferró a las sábanas blanqueando los nudillos, tenso, incluso nervioso hasta llegar a impaciente, pero a sus oídos no llegó el regaño, sólo un suspiro conocido.

— Nos vamos a casa. Voy a por el alta —fue lo único que escuchó antes de la puerta cerrarse. Bueno, había dicho nos, al menos, de momento, no le dejaría. ¿Cómo podía depender tanto de alguien? No, no, se negaba a sí mismo, no era dependencia, no podía serlo. Y sin embargo lo era.

El ser médico parecía funcionar o al menos para John así era, porque no tardó más de lo que había tardado con la copia de las pruebas. Maldita copia, tenía que desaparecer antes de caer en manos de su hermano o no volvería a saborear el amargor del humo de un cigarrillo.

John revisó la herida levantando la bata por el costado. Estaba curando lo suficientemente bien como para seguir sanando en casa. Después, le quitó la vía con delicadeza y la dejó en la mesa. Ya pasarían después a limpiar, sangre incluida.

Sherlock, que aún mantenía los ojos cerrados, los abrió para ver qué pasaba y se estaba perdiendo. John estaba enfrente y, al verle, su cara condescendiente cambió a una de enfado exagerado.

— Si estás esperando a que te vista puedes esperar eternamente —espetó girando la cara.

— ¿Por qué esperaría eso? —exclamó Sherlock en autodefensa.

— No sé, ¿por qué haces unas cosas y no otras? No es el momento de averiguarlo—. Ahora fue el detective el que ya no le miraba. — ¿Qué pasa ahora?

— ¿Acaso sabes dónde está mi ropa? —una inapreciada sombra coloreada se dibujó en sus mejillas, fruto del atardecer entre las cortinas o quizá no.

John se quedó pensando un momento con la boca abierta y una cara mucho más relajada, incluso cómica.

— Nos vamos en taxi, da igual, mañana pido que me la envíen —sentenció como una salida válida. La mueca de Sherlock difería al respecto. — Vamos, que quiero dormir en la cama —entonces esa mueca se volvió sonrisa socarrona. — Mi cama... la mía... ¿Por qué te estoy dando explicaciones? —la sonrisa del moreno pasó a risa y ésta a una más fuerte, acabando, como se veía venir, en una tos ronca. — Estate quieto ya —le regañó John con el ceño fruncido.

— Pues no me hagas reír —contestó Sherlock un poco más calmado. — Ayúdame a bajar —exigió. Y John se dejó usar de apoyo para el revoltoso enfermo. La recuperación, en el peor de los casos, sería larga; con Sherlock, incluso en el mejor lo sería. Y suspiró de nuevo.

De camino a casa el detective descansaba en el respaldo del asiento bajo la atenta mirada del doctor. Miraba por la ventana sin ver más allá del cristal, oscilando el cuerpo en un deseo entre querer estar solo y arropado al mismo tiempo. John sólo le miraba, le observaba y seguía cada detalle a la distancia de una mano, demasiado confundido para acortarla.

No fue hasta que el taxi paró enfrente del 221B que le dio la mano y le ayudó a salir antes de que él se lo pidiera, pagando al conductor con avidez.

Apoyado en el hombro del doctor, Sherlock esperaba a que éste abriera la puerta analizando su alrededor cuando un hombre extraño atrajo su atención. A la vista del común de los mortales no era más que un camarero, a la suya, por supuesto que no lo era. Entonces John atravesó el umbral y perdió de vista al sujeto.

— ¿Tendré que subirte en brazos? —bromeó John.

— Si tanto lo deseas... —chasqueó la lengua Sherlock divertido.

— No tanto... No... lo digas —le advirtió el doctor, volviendo a ser su apoyo en todos los sentidos.

Los escalones eran los mismos pero no lo eran. Habían vivido tanto tiempo esa verdad desconocida que no les era nueva la noticia. El comienzo de algo, no, el reconocimiento de ese algo que había empezado hace ya mucho.

Al entrar en casa, su casa, la casa de ambos, Sherlock dejó el hombro de John para dirigirse al sofá, su sofá. Ya no tendría que soportar más molestos a desconocidos y desayunos tempranos de sospechosa preparación.

— Túmbate mientras hago té —exclamó John de camino a su tetera. Sherlock se dejó caer dolorido en los cojines y cerró los ojos.

— ¿Por qué hay restos de sangre en el suelo? —elevó la voz el detective, reparando en las casi imperceptibles manchas parduscas.

— Se suponía que no tendría que haber. Lestrade me dijo que se encargaría —contestó el doctor desde la cocina.

— Pero, ¿por qué hay? —volvió a preguntar confundido.

— Había un cuerpo cuando vine a buscarte, ¿no te acuerdas de él? —se extrañó el mayor.

— Si me acordara no te lo preguntaría —bufó molesto.

— No le des importancia, será el shock —esperó John.

— ¿Sabes que existen otras bebidas? En América del Sur hacen una llamada Mate, deberías probar a hacerla —cambió de conversación el moreno. El piloto de la tetera saltó y John volvió al salón con las tazas.

— Hoy será té. Y deja ya de forzar la voz o tendré que pincharte de nuevo, y ambos sabemos que no te gusta —sonrió placentero al ver que a pesar de estar tumbado y tranquilo esbozó su característico mohín. Dicha tranquilidad duró muy poco.

Alguien tocó a la puerta con brusquedad y nadie tocaba esa puerta, nunca.

John se llevó el índice a los labios y fue silencioso en busca de su pistola en el cajón. Sherlock sacó la suya de debajo del sofá ante la cara escéptica del doctor, que no pudo emitir queja cuando una espada atravesó la puerta recién golpeada. Y ambas miradas se volvieron ante el estruendo que había atravesado la madera.