Capítulo 14
El tiempo no se detiene
Decir que estaba apesadumbrado, era decir poco. El día lo había dejado completamente drenado. Todo lo que Aioria quería hacer era llegar a su habitación y desfallecer sobre su cama, para cerrar los ojos hasta resguardarse en el sueño más profundo.
A la vez, sabía que dormir le resultaría imposible. Sus problemas ocupaban demasiado de su mente. Barajaba opciones, una tras de otra, pero no llegaba a ninguna conclusión. Sentía que no había nada ni nadie que pudiera ayudarlo.
Después de una larga caminata, alcanzó a cruzar Cáncer. Su guardián no estaba por ningún lado y Aioria desconocía si aquello había sido bueno, o malo. Por un lado, no necesitaba más problemas, y Máscara Mortal seguramente iría con todo a por él. Por el otro, sentía el deseo insano de molerle la cara a golpes, hasta que esa revolución de rabia en su cuerpo se aplacara y pudiera volver a pensar en frío. Visto así, quizás su ausencia era un regalo de los dioses, porque nadie iba a poder detenerlo de hacer una locura que Arles se cobraría con Marin. Athena sabía que la prudencia no estaba enumerada entre sus virtudes.
Cuando salió del cuarto templo, Leo quedó a la vista. Las escaleras trepaban por la colina, en un senda serpentina que terminaba en la explanada de la quinta casa, donde los leones de piedra se alzaban amenazantes. Sus fauces lucían dispuestas a devorar a los visitantes, del mismo modo en que su guardián destrozaría a los intrusos que se atrevieran a atentar contra la diosa. Leo era su hogar, su refugio cuando el mundo a su alrededor colapsaba.
Sin embargo, Aioria decidió que no tomaría ese camino. No se sentía capaz de encerrarse en Leo sin caer en la desesperación.
Así que, a pasos forzados, tomó el sendero que se desviaba de las escaleras zodiacales y que terminaba a los pies de Meridia.
A saber cuanto tiempo hizo en el reloj mítico, encaramado sobre la baranda, con la brisa pegándole en la cara y la esperanza de que su frescura le aclarara la mente. Pero, lo cierto fue, que nunca sucedió. Sin importa las horas que dejó escapar en busca de consuelo, su cabeza continuó siendo una intricada maraña de ideas, que regresaban siempre al mismo sitio: una rabia profunda y un dolor punzante.
Las horas de la noche se esfumaron en un parpadeo y, antes de que lo notara, el Sol de la mañana volvió a apropiarse del manto celeste. El Santuario despertó, como lo hacía cada día. Pero el león dorado permanecía adormilado, lamiendo sus heridas en soledad y esperando el momento de cobrarse las penas que le habían causado.
Estaba tan encerrado en sus problemas y sus pesares, que ni siquiera escuchó todas las veces que Milo gritó su nombre. El escorpión pensó que bien podría usar su cosmos para gritar directamente a su cabeza, pero temía que un susto de esa magnitud terminara por precipitarlo al vacío. No quería que la cabeza rota del león terminara en su conciencia.
Así que, determinado a conseguir su atención, subió hasta donde estaba. Hacía mucho tiempo que no miraba el Santuario desde Meridia. Era el mirador por excelencia. Sonrió al pensar que era una visión magistral.
—Oye, gata dorada—llamó cuando llegó arriba—. ¿Qué demonios pasa contigo? ¿Ensordeciste?
—¿Milo? ¿Qué estás haciendo aquí? —Despertó de su letargo y tardó tan solo un par de segundos en sentirse agotado de nuevo. Frotó sus ojos, mientras intentaba concentrarse en su compañero de Orden. Estaba más disperso de lo que desearía.
—Vine a buscarte. Parezco un idiota ahí abajo, gritándote sin que te dignes a escuchar. —Entonces, entrecerró los ojos con travesura. —¿Me estás ignorando a propósito? ¿Es eso? Porque sabes lo mucho que detesto cuando la gente no me presta atención.
—Lo siento. Estaba pensando.
—¿Pensando, eh? Esas habilidades tuyas, gato, tienen mucho espacio para mejorar.
Aioria negó con suavidad y esbozó una sonrisa diminuta. Por un minuto, Milo había conseguido que se olvidara de lo horrible que se sentía.
Observó en silencio como el escorpión, con un brinco, se acomodó sobre la baranda, a su lado. Al principio, se mantuvo en silencio y expectante. Pero el castaño sabía que aquella falta de palabras no iba a durarle. Después de todo, el Santo de Escorpio nunca se había caracterizado por un ser hombre callado. Si tenía algo en mente, tarde o temprano iba a escupirlo.
—Me encontré al mocoso en tu templo. Creo que te estaba buscando—dijo el peliazul, tras un rato de silencio.
—¿A Seiya?
—Sí. Pero no te preocupes, me aseguré de que volviera a salvo a casa. —Se apresuró a aclarar cuando vio a Aioria atrincherar los dientes.
—Maldición. Se ha arriesgado a venir hasta aquí. Máscara Mortal pudo…
—¿Hacerle daño? Nah. —Milo negó con énfasis. —El cangrejo es idiota, pero no tanto. Sabe que te tiene al límite de la paciencia y que, si te provoca más, irás a romperle la cara. —"Y, te tiene justo donde quería, ¿para qué estropearlo?" iba a añadir, pero prefirió guardarse el comentario dada la posibilidad de que Aioria lo empujara al vacío. —Además, el niño es valiente.
—Lo es, es un buen chico. Supongo que habrá venido por noticias.
—¿Hay alguna?
—No… ninguna buena al menos.
Milo chasqueó la lengua y cruzó las manos detrás de su cabeza. Miró de reojo a Aioria y después echó un vistazo fugaz al Templo Papal.
El escorpión no era ningún tonto tampoco. Podría ser un obediente peón de Arles la mayoría del tiempo, pero conocía de sobra la naturaleza oscura que el Maestro ocultaba detrás de la máscara. Conocía también sus métodos: presionar, presionar, presionar… hasta romper. Y en aquel preciso instante, Aioria era la víctima más reciente de sus juegos mentales, y lo peor era que el viejo había encontrado el punto de presión del león. En un abrir y cerrar de ojos, lo tenía a su merced.
Quizás la peor equivocación del castaño había sido esa: ser transparente; dejar al descubierto que había algo, o alguien, que realmente le importaba. Con una mirada le había dado a Arles la llave para dominarlo.
—¿Has visto a Águila?
—Sí. Estuve en la prisión de Urano.
—Vaya… así que eso te tiene así. —Sintió la mirada esmeralda de Aioria encima, por una fracción de segundo, y supo que tenía razón. — ¿Ella está bien?
—Está en una puta celda, bicho. ¿Qué tan bien crees que podría estar?
—Bueno, conociendo los métodos de Arles, sabes que podría estar mucho peor.
—No estás ayudando—masculló.
En una arranque inusual de prudencia, Milo guardó silencio. En otro momento, con una situación distinta, se habría partido de la risa al ver el gesto de frustración en el rostro de su amigo. Pero esta vez, podría asegurar que la desesperación era genuina y grave.
De hecho, le preocupaba el modo en que las cosas se daban y lo rápido que todo había sucedido. Temía mucho que tuviera una tragedia gestándose entre manos.
Bufó, soplando sus flequillos.
—¿Hablaste con ella? ¿Qué te dijo?—preguntó. Notó que Aioria dudó en responderle, pero no presionó.
—¿Puedo ser sincero contigo?
—Oye, somos amigos, ¿no?
—Eso creo… pero lo que voy a contarte…
—Puedes contarme. Nadie más sabrá.
—Es que es… —Suspiró—. Es delicado, Milo.
—¿Me llamaste Milo por segunda ocasión? ¡Por los dioses! ¿Se acerca la Guerra Santa o qué?
—Cierra la boca. —El escorpión dibujó una sonrisa que, por un instante, contagió al león. —Hablo en serio.
—¡Y yo! Me preocupas, gato.
Y Aioria lo comprendía. ¿Cómo no hacerlo? Si él mismo estaba preocupado por su propia cordura. Entre Arles, Shura, Aioros y Marin habían enredado con su cabeza hasta el punto en que desconocía que era realmente lo que estaba sucediendo.
—Anda, cuéntame. ¿Qué es eso tan serio y difícil de explicar?—insistió el escorpión. El castaño llevó sus ojos a él y descubrió en su mirada que Milo estaba dispuesto a escuchar. Pero, ¿estaba él dispuesto a hablar?
Suspiró y reunió valor para atreverse a hablar. Confiaba en Milo, pero lo que estaba a punto de contar, era un rumor que arrastraría a mucho gente con él.
—Es que…—dudó—. Es posible que Arles haya mentido acerca de las razones que llevaron a Marin al calabozo.
—¿Eh? ¿No te la estás tirando?
—¡Milo!
—Ya, ya, ¡perdón! —El escorpión se disculpó torpemente al verlo bufar y fruncir las cejas. —No quería que sonara así, pero mi pregunta era más o menos esa: ¿no están juntos? —Aioria le devolvió su atención, pero no respondió a su cuestión. En vez de eso, volvió a apartar la mirada hacia el horizonte.
—Marin se ha involucrado en asuntos que respectan a… mi hermano. —Su nombre, después de todo, estaba prohibido. —Sospecha que no era un traidor. —La voz se le fue esfumando conforme las palabras brotaban de su boca.
Milo guardó silencio y, por instinto, miró a los alrededores, asegurándose que nadie más que ellos mismos hubiera atestiguado la conversación. Retuvo el aliento hasta asegurarse por completo de que estaban solos. El Santuario estaba lleno de fantasmas, con oídos afilados que todo podían escucharlo.
Y razones de sobra tenía para temer. Pocas cosas tan prohibidas existían en el Santuario, como la mención de Aioros, y también de Saga.
—¿Qué demonios hacía Águila hurgando en el pasado?—preguntó entre murmullos. Aioria volvió a guardar silencio. —¿Lo hizo por ti?
—¡Yo no se lo he pedido!
—Oye, tranquilo. —Con un movimiento de manos, le pidió calma. —No estoy juzgando. Solo decía que, si lo hizo por ti, es una manera poco convencional de decirte que le importas.
—No valía la pena…
—Para ella, sí. Y para ti también, aunque te niegues a aceptarlo. —Subió los hombros e, imitando a su amigo, llevó la mirada hacia el panorama, fijándola en la lejanía. —Sé que no podemos hablar de él y que no lo hacemos muchos, pero… Creo que hay algo que te queda claro a ti, y también a todos los demás, y es que independientemente de lo que hiciera, te quería, gato. Mucho… y ella también. —Miró de soslayo al león, antes de atreverse a continuar. Vio las lágrimas humedecer sus ojos, solo para las limpiara restregándose sin cuidado. Supo entonces que su amigo estaba escuchando. —Así que deja de pensar en lo que hicieron ellos y piensa en lo que tienes que hacer tú.
—Ese es el problema. No sé que debo hacer.
—Ay, gato. ¡Eso es porque no tienes un gramo de malicia en esa cabezota tuya! —Le golpeó la frente en un par de ocasiones con el índice. —Tienes que pensar como Arles. Retorcido y paranoico como está, tienes que ver las cosas como él lo hace.
—Genial—bufó el castaño.
—Venga, te ayudaré. Pensemos juntos.
—Milo…
—Solo sigue el juego, ¿quieres? —Aioria suspiró y el Santo de Escorpio tomó aquel gesto como un "sí". —Vale, primero, asumiremos que lo que escuchaste es verdad: que el viejo está paranoico porque Águila esculca en el pasado de tu hermano. Pero, ella no es la primera, ni tampoco la única.
—A todos los demás los ha desaparecido. A Marin también.
—Oh, no, ella es diferente. Sabes que pudo haberse deshecho de ella sin que nadie se enterara. Sin embargo, la conservó y se encargó de meterte en la cabeza que todo esto había sido culpa tuya. Diría que le fascina jugar con tus sentimientos. Quizás eres su nueva obsesión, o su nueva mascota. O, incluso…
Pero en algún punto de esa conversación, Aioria dejó de escuchar la voz de Milo. Sus palabras, sin embargo, resonaron en su cabeza una y otra vez. ¿Qué era diferente esta vez? ¿Por qué Arles había jugado sus cartas de ese modo?
Volteó hacia el escorpión, quien seguía parloteando por su lado. Lo miró con extrañeza y, posiblemente, fue esa mirada lo que le hizo callarse.
Milo arrugó la nariz.
—¿Dije algo malo?
—No, bicho. Has dicho lo correcto.
—¡Jah! ¿Ves? ¡Tenía razón! —Aunque no estaba seguro de en que parte. —¡Siempre la tengo!
—El problema no es lo que Marin hizo, o averiguó. El problema es que yo lo crea. —A Milo se le esfumó la sonrisa de los labios, siendo sustituida por una expresión de pura confusión. —¿No lo entiendes? Marin es solo una Amazona de Plata ante los ojos de Arles. ¿Qué más puede ella decir, o hacer, que realmente le afecte? Podría destruirla cuando quiera y a nadie le importaría.
—Pero si se tratara de un Santo Dorado… —Milo continuó con la explicación que su amigo había comenzado.
—Exacto.
—Pues, anda. Ve y dale a Arles lo que quiere.
—¿Qué es…?
—Bien fácil. —Su índice volvió a golpear la frente en un par de ocasiones. Después, esbozó una sonrisa burlona. —Tu cabeza.
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Siguió con la mirada cada movimiento dentro del Salón. Las mujeres del Patriarca fueron abandonado la estancia, una a una, moviendo las caderas como si pudieran flotar en el aire.
Al león no le sorprendían en lo absoluto las costumbres del Maestro. Era bien conocida por todos su afición a rodearse de mujeres bellas, de esas que nunca escaseaban en el Templo Papal; e , incluso con el tiempo, se habían acostumbrado a que sus visitas usualmente incluían su presencia ahí. Y ellas, por supuesto, eran provocativas y coquetas. Después de todo, sus amantes se repartían en todos los rincones de las Doce Casas. El Maestro no era el único que gustaba del placer que sus cuerpos obsequiaban.
—¿Qué quieres, Aioria?—rugió la voz de Arles.
—Tenemos que hablar.
—Creí haber dicho todo lo que había que decir.
—Tal vez lo hiciste, pero yo no. Aún tengo algo que decir.
De no haber tenido la máscara, Aioria hubiera visto la sorpresa plasmada en el rostro inmaculado del dios. Abrió los ojos, alguna vez verdes cual esmeraldas, y su boca se curvó en una sonrisa retorcida.
El fugaz arranque de cólera que la insolencia del león le había provocado se tornó rápidamente en interés.
Le encantaba dominar y poseer a las personas, conseguir a punta de terror su obediencia y lealtad. Pero también le agradaban los retos. Pocas personas tenía el coraje de oponerse a él y plantarse enfrente e, irónicamente, eran aquellas las que más le divertían. Si era fascinante atrapar a un hombre cobarde, doblegar a uno valiente era maravilloso. No había sentimiento más especial que la sensación de triunfo que ardía en su interior al presenciar la determinación desvaneciéndose de la mirada de quien alguna vez fuera un alma fuerte.
Saboreaba aquel momento, lo deseaba. Quizás ahora tendría una oportunidad de disfrutarlo.
—Mis decisiones no están a discusión, Leo. Gira sobre tus talones y regresa por donde has venido—ordenó, con voz severa, pero no ajena al sarcasmo.
—No haré tal cosa. —El Santo de plantó. Sostuvo la mirada de su Patriarca y no pestañeó, a pesar de que la máscara le miraba con una severidad castigadora. —Todo este tiempo, he visto las cosas desde el ángulo equivocado y tú has permitido que lo haga. Pero ya no más. Ahora sé como hablar contigo… ya no estoy en desventaja.
Una risilla burlona hizo eco en la máscara del Maestro, llevando los esfuerzos del castaño por mantener la paciencia hasta el límite. Sin embargo, a duras penas y con toda la voluntad que tenía, Aioria conservó la cabeza fría.
—El cachorro de león cree haber crecido y muestra las garras—espetó el mayor. El castaño apretó los puños y vio al Maestro caminar hacia él, hasta detenerse justo a su lado, pero sin dirigirle mirada alguna. —¿Estás seguro de que deseas intentarlo? Los colmillos del león pueden no ser suficientes para enfrentar a su cazador—susurró, como si las paredes pudieran escucharle.
—Ah, pero tal vez ni siquiera requiera de ellos. —Supo que consiguió su atención cuando, en un movimiento finísimo, el dios giró la cabeza en busca de su rostro. Para sus adentros, el chico sonrió de satisfacción. —Sé lo que quieres en realidad… y te lo daré a cambio de Águila.
—¿Y qué es lo quiero, Aioria?
—A mi—pudo jurar que el Maestro retuvo el aliento y su cuerpo entero se tensó—, y a mi lealtad incondicional. Deja ir a Águila y te prometo que sus palabras serán solo eso: palabras.
Se aseguró de no despegar la vista del frente. Ignoró a Arles tanto como pudo, a pesar de que sentía sus ojos inspeccionando cada reacción suya, tratando de meterse en su cabeza para esculcar cada uno de sus pensamientos.
Pero no le temía, porque hablaba con la verdad. Por una vez, los secretos y las mentiras no existían. Estaba siendo sincero; prometía solo aquello que podía dar, o más bien, lo único que podía ofrecer a cambio de Marin. Si Shura tenía razón y los motivos que la habían llevado a prisión estaban relacionados con Aioros y con el recelo de Arles, entonces sabía como calmar la ira del Maestro. Le daría lo que quería y necesitaba: certidumbre. Certidumbre de que él nunca se levantaría en su contra, de que los rumores de Marin serían solo eso, rumores… aunque en el fondo, estuviera desesperado por creerlos.
—¿Qué te hace creer que eso es lo que quiero? —Arles contraatacó. —¿Cómo puedo desear algo que ya poseo? Porque, te guste o no, me perteneces. Eres un Santo de Athena y ella habla a través de mi.
—Le pertenezco a ella, no a ti. Y desde ahora te digo, que no sabes bien hasta donde puedo llegar. —Giró la cabeza y miró directamente a esos ojos muertos, que habían dejado de intimidarle ya. —Porque esta es una injusticia que no voy a perdonarte y lucharé, cada día, contra ti, hasta que no tengas más remedio que matarme. Ser un niño me impidió salvar a mi hermano, pero no sucederá lo mismo con Marin. No harás de ella otro Aioros.
—¿Qué has dicho?—siseó el dios.
—Su nombre. Eso dije. No más él. No más negarlo. —Sonrió. —Ese era su nombre. Mi hermano: Aioros—repitió aquel nombre otra vez, a sabiendas que la sangre de Arles hervía al escucharlo—. ¿Te has olvidado de él? Porque yo no he dejado de pensar un solo día en su ausencia.
—Impertinente. Podría matarte ahora mismo si así me place.
—Hazlo. ¿A qué esperas? —Lo retó y que los dioses se apiadaran de él si había llegado demasiado lejos. Pero estaba acorralado, y las bestias acorraladas solo pueden atacar. —Yo no tengo nada que perder. Pero, ¿tú? ¿Una Amazona de Plata vale tanto para el Patriarca? ¿Vale la vida de un Santo de Oro?
Y para él, Marin la valía. Si tuviera mil vidas, entregaría cada una, a cambio de ella. No había nada que no daría a cambio de su bienestar. Pero para Arles, en su papel de Patriarca y como estratega, ella no importaba. Los únicos que contaban para él, eran los que vestían en oro, los mejores… esos, que podían traerle victorias y conquistas.
Aún así, Aioria sabía que jugaba con fuego. Había muchos otros como él, igual de valiosos para el Maestro. Pero de todos, de los Doce, él era el único por cuyas venas corría sangre sucia. Si Arles prescindía de uno, probablemente el elegido sería él.
Llegar hasta ahí, para enfrentar a Arles, había sido una locura. El león estaba consciente de que podría perder el control en cualquier momento y, si eso sucedía, Marin no iba a ser la única en problemas. Caminaba sobre hielo delgado, retando a la suerte que nunca había tenido. Pero, si de sacrificios se trataba, aquel bien valía la pena.
Para Arles la historia era distinta. Una Amazona no iba a costarle un imperio. Bien podría prescindir de ella y también de Aioria. Sin embargo, los recelos que su desaparición traería consigo, no eran unos a los que estaba dispuesto a arriesgarse.
No había llegado tan lejos para perderlo todo.
—Vete te aquí y considérate afortunado de que no he tomado tu palabra y castigado tu insolencia—siseó Su Ilustrísima. Su voz hizo que el corazón del Santo se detuviera. Pero también leyó frustración en ella. De algún modo, su instinto le dijo que acababa de conseguir lo quería. Satisfecho, e incapaz de esconder la sonrisa que brotó en sus labios, giró sobre sus talones dispuesto a hacer lo que se le ordenaba. Sin embargo, justo antes de que abandonara el salón, fue el mismo Maestro quien le detuvo. —Pero, Aioria—lo oyó decir—. Soy tu Patriarca, no lo olvides.
El Santo miró por encima de su hombro, hacia donde Ares estaba de pie. Se aseguró de su mirada afilada dijera todo lo que él quería. Después, sonrió.
—No lo haré.
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El olor a sangre y el fantasma del dolor enloquecían a sus sentidos. No era una sensación desagradable, sino todo lo contrario. Traía recuerdos de tiempos pasados, de Eras olvidadas, cuando su poder arrasaba con ejércitos enteros y su victoria culminaba consigo caminando entre ríos de sangre y gritos de sufrimiento.
Era el dios de la guerra, el dios que destruía hombres. Era un impulso y un deseo que no podía reprimir. De aquello se alimentaba. Su poder se lo permitía y, a la vez, se cimentaba en ello.
Solo le disgustaba la debilidad de quienes habían caído en las prisiones de Urano. Él mismo los puso ahí, a todos y cada uno. También era él el único que podía liberarles y, a pesar de ello, no escuchaba las súplicas, ni los lamentos a su paso. Eran débiles; se habían rendido y abandonado toda esperanza. No existía hombre más muerto que aquel que había perdido la capacidad de creer.
—Márchense—ordenó a su escolta personal, toda vez que llegaron a la celda que buscaba. Esperó pacientemente porque le dejaran solo y cuando lo estuvo, se dirigió a la prisionera. —¿Aún estás viva? ¿Eres capaz de hablar? —La prisión de Urano tenía la particularidad de desgastar a sus prisioneros con rapidez, devorando tanto su cosmos como su vida.
—Estoy aquí y puedo, Excelencia.
—Supongo que debería esperar más de ti, dado el enorme interés que ha habido por tu seguridad allá afuera. —Marin guardó silencio, pero se mantuvo expectante, desde el rincón de su celda. Lo último que esperaba ese día era la visita del Patriarca, y no tenía la menor idea de lo que su presencia ahí significaba. —Pero, también supongo que eso lo sabías. Es un privilegio ser la protegida de uno de los Doce, ¿o me equivoco?
—No soy su protegida, ni mucho menos su amante, si eso es lo que insinúas.
—¿Estás segura de eso? Porque, si no lo eres ahora, seguramente lo serás después. Lo que sea que hayas hecho, dicho o prometido a Aioria, te ha funcionado. —Dejó escapar una risa burlona y su sonrisa se retorció al ver el cuerpo de la Amazona tensarse. —El león ha sacado las garras y mostrado los colmillos por ti, Águila. Ha rugido amenazante, como nunca hizo antes por nadie. Él desea protegerte y tú tendrás que pagar por esa protección.
—Aioria es buen amigo.
No decía mentiras. El león era el mejor de sus amigos y también el hombre más noble al que había conocido en aquellas tierras malditas. Quizás era por eso que sus sentimientos habían cambiado y su cariño era ahora diferente. A pesar de la tormenta en la que estaban atrapados, no podía evitar que la piel se le erizara al pensar que, del mismo modo en que ella le quería locura, él le correspondía.
Lo único que se lamentaba era que, ese mismo cariño que los unía, era lo que les condenaba.
—También es ingenuo. —El dios pudo jurar que Marin levantó la mirada para prestarle atención. La había hecho reaccionar. —Desconoce que es él quien necesita ser protegido.
—¿Por qué? ¿Acaso está en peligro, Maestro? —La Amazona trató de minimizar la amenaza, puesto que eso era: una amenaza directa contra Aioria.
—Siempre lo ha estado. Que haya sobrevivido hasta ahora ha sido un milagro. —Arles cruzó los manos detrás de su espalda. Levantó el rostro y fijó los ojos fríos de la máscara en el techo de las catacumbas. —Si lo ha hecho, es porque ha sido útil. Un hombre con deseos de redención y el peso de la deshora sobre sus hombros siempre hará todo por complacer, y eso me agrada. Pero, cuando deja de ser un peón y se convierte en justiciero, es momento de detenerle. Quiero guerreros, no pensadores. Son sus puños y cosmos lo que necesito, no sus corazones y mentes. ¿Entiendes lo que digo?
—Has despertado al león y ahora quieres volver a dormirlo.
—No, Águila; no he sido yo. —Sonó autoritario y nauseabundo de rabia. Marin pensó que quizás su final había llegado. —Tú has sembrado ideas en su cabeza que no deben germinar, y serás tú quien termine con ellas de una vez por todas. Los Santos Dorados son las joyas de esta Orden y los únicos que me interesan. Pero no creas, por un segundo, que no sacrificaré a cuantos de ellos sean necesarios para preservar al Santuario. No me importa de quien se trate: si es un obstáculo, será retirado. Peores estorbos he enfrentado, y a todos los he desaparecido. Recuérdalo bien.
—¿Por qué me dices esto?
—Porque no voy a perder al Santuario por una Amazona que ha querido jugar a ser espía para envenenar con mentiras la cabeza de uno de mis Santos. Lo que sea que pretendas con tus juegos, olvídalo, Águila, ya.
Detrás de la máscara, la mirada azul de la Amazona centelló con furia. El Santuario entero vivía una mentira, día tras día. Y el hombre que se esforzaba por mantener la verdad enterrada, no era otro que él que ella tenía frente.
Su respiración se volvió pesada, a sabiendas de que estaba siendo maniatada. Arles no daba advertencias, daba amenazas; lo peor estaba aún por llegar y ella ya se hacía una idea de para donde se dirigía. Si Arles había llegado ahí y no la había asesinado, era porque tenía otros planes en la cabeza.
—¿Eso que significa?—cuestionó al Patriarca—. ¿Por qué has venido a decirme todo esto? No hay nada que pueda hacer por ti, o en tu contra, desde aquí adentro.
—Aioria se ha hecho una idea equivocada del por qué estás aquí.
—"¿Equivocada?"—pensó ella. No estaba segura de que fuera un error.
—Las intrigas que has creado en su mente deben dejar de existir y, para que eso suceda, tú dejarás de buscar fantasmas donde no los hay, Águila.
—No sé que creas que he encontrado, Maestro. Pero no hay nada que yo sepa, o que haga, que cambie el pasado—declaró la pelirroja—. Incluso Aioria entiende eso.
—Más vale que lo entienda.
Fueron solamente unos segundos más los que permaneció de pie, al otro lado de las rejas, contemplando a Marin tras la máscara metálica. Sin embargo, para la pelirroja, aquella aura amenazante que desprendía el Patriarca, le hizo sentir que la espera fue eterna.
Por fin, la tensión del momento se rompió cuando él le dio la espalda, dispuesto a abandonar las catacumbas tan pronto como fuera posible. Solo entonces, Marin soltó el aliento que llevaba conteniendo por un buen rato.
Pero la tranquilidad duró poco pues, un instante después, la poderosa voz del Maestro resonó con el eco de la prisión.
—Tendrás una sola oportunidad más. Estropéalo y no serás la única que tenga que afrontar las consecuencias.
Marin ni siquiera alcanzó a reaccionar. Sin detener su marcha, el Maestro se esfumó de los calabozos. Ella, en cambio, permaneció ahí, incapaz de moverse ¿Qué había pasado? ¿Arles estarían mintiéndole? ¿Sería todo un juego más de su mente retorcida? Aquel lado paranoico suyo emergió a la luz, como nunca antes lo había hecho.
Más no tuvo tiempo suficiente para ahogarse en sus dudas, ni para aterrorizarse con las amenazas. Los guardias aparecieron poco después, seguidos de Gigas. El viejo abrió la puerta y la vida regresó de Marin. Estaba libre; contra todo pronóstico, su tortura había terminado.
—Puedes irte—bramó Gigas. Ella no tuvo que escucharle dos veces.
Ahora, su única preocupación era no volver a caer de nuevo, ni arrastrar consigo a Aioria.
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Para cuando alcanzó su cabaña, la tarde había caído sobre el Santuario. El camino le resultó largo, en parte porque lo era, y en parte porque estaba agotaba. Tan solo habían sido un par de día los que pasó en la Prisión de Urano, pero le bastaron para que su cuerpo fuera llevado al límite.
Así que se lo había tomado con calma; sin prisas, porque después de todo, no las tenía. Aprovechando el trayecto, se dispuso a pensar en su situación.
Tenía mucho que meditar, porque el Maestro había sido directo con sus demandas. Tampoco había dejado lugar a dudas. Le daría una última oportunidad y ninguna más. Pero, a pesar de todo, Marin entendía una cosa: aquel cambio de actitud en el Maestro llevaba el nombre de Aioria escrito por todos lados.
No estaba segura de cómo lo había conseguido, pero el león lo hizo, y ahí estaba ella, libre para volver a su vida.
Al abrir la puerta, la madera vieja rechinó. Echó un vistazo dentro y, aún en contra de las muchas limitaciones que tenía, nunca se sintió más feliz de estar de regreso. Ahora más que nunca se sentía una extraña en aquellas tierras, así que ese rincón al que consideraba su hogar, por muy humilde que fuera, era su palacio.
—¡Marin! —El grito de Seiya la hizo reaccionar. Lo siguiente que sintió fue el abrazo del niño contra ella. Torpemente, devolvió el gesto de cariño. —¡Has vuelto!
—Hola, Seiya. ¿Tú estás bien?
—Estoy bien. No me he metido en problemas, y he estado entrenando—explicó, mientras la veía sentarse en el borde de su cama. —¿Estás cansada? ¿Necesitas algo?
—Me recuperaré pronto. Solo necesito descansar un poco y tomar un buen baño. —Recogió un poco de ropa y se dirigió al cuarto de baño. —Estate tranquilo.
El niño, sin embargo, estaba determinado a darle la bienvenida a casa. Hizo lo mejor que pudo para preparar un emparedado y se sentó, en espera de que su maestra volviera a la habitación. Cuando lo hizo, corrió tan rápido como pudo hasta la cocineta y trajo la vianda hasta ella.
—Toma. Seguramente tendrás sed y hambre. —Después, se apartó rápidamente y sentó en su cama, girando el rostro de tal modo que no pudiera ver a la Amazona cuando se retirara la máscara.
—Te lo agradezco.
—¿Sabes? Me preocupé mucho cuando Gigas te llevó. Fui a buscar a Aioria y él dijo que nos ayudaría, pero… no volví a verlo después. Fui hasta Leo esta mañana y no estaba. Milo dijo que lo buscaría para decirle que lo buscaba. Él me trajo a casa.
—¿No le has visto desde entonces?
—No. Nadie lo ha visto. —Encogió los hombros, justo antes de que su mente inquieta le forzara a cambiar el giro de la conversación. —¿Cómo es que el Maestro te ha dejado ir?
—No lo sé. —Bebió un sorbo de agua. Su garganta estaba tan seca que tragar fue doloroso. —Creo que Aioria tuvo algo que ver, pero… no lo sé.
—Dijeron muchas cosas de ambos—musitó el castaño.
—¿Las has creído?
—No—respondió, contundente—. Es decir… te conozco, y a Aioria. Además… —De pronto, no supo que más decir, así que prefirió guardar silencio. Apretó los labios durante un par de segundos, antes de atreverse a continuar. —No importa lo que pase, son mi familia: tú, Aioria y mi hermana, cuando pueda encontrarla.
—Sé que lo harás. —La encontraría, Marin estaba segura de ello. Si alguien tenía la voluntad y la fuerza para proponerse algo y cumplirlo, ese era su aprendiz.
—¡Claro que lo haré! Conseguiré la armadura de Pegaso y volveré a Oriente. El señor Kido me dio su palabra que me ayudaría, si volvía a Japón convertido en Santo.
—¿El señor Kido? —Marin frunció el ceño. Aquella era una historia que Seiya jamás le había narrado y que, hasta entonces, a ella tampoco le había interesado. —¿Quién es él? Y, ¿qué interés tiene en las armaduras sagradas?
—Es señor Kido, Mitsumasa Kido, sabe todo sobre los Santos. Incluso tiene una armadura, o eso dicen.
—Un momento, Seiya. ¿Tiene una armadura? ¿Él fue un Santo?
—¡No lo sé! Pero, cuando todos ganemos nuestras armaduras y volvamos a Japón, habrá una gran competencia, en la que él entregará su armadura dorada al ganador. Y, ¿sabes, Marin? Ese seré yo. Seré un Santo Dorado, como Aioria.
—¿Una… armadura dorada? Eso es imposible—susurró, toda vez que volvió a cubrir su rostro con la máscara de plata.
El rostro de metal blindó sus emociones una vez más. Seiya jamás vería la sorpresa en el rostro de su maestra, ni tampoco atestiguaría la mezcla de incredulidad y confusión que había generado en ella.
Pero la Amazona tenía razones de peso para sentirse de tal modo. No había una sola armadura dorada que hubiera abandonado el Santuario; el Maestro no lo permitiría, y la mayoría de ellas tenían portador. Salvo dos.
Estaba Géminis, cuyo protegido, Saga, se había desvanecido con el viento muchos años atrás, poco antes de la traición y asesinato de Aioros. A diferencia del arquero, Saga no había sido dado por muerto. Si aún vivía, tal como los rumores contaban, entonces no existían motivos para que la armadura de los gemelos estuviera en manos de aquel desconocido japonés. Y la otra armadura, era Sagitario…
Aioros había huido con ella, durante el intento de asesinato contra la bebé Athena. Se decía que después de la batalla con Shura, la armadura había sido recuperada y llevada de vuelta al Santuario, a donde pertenecía.
Sin embargo, al igual que había sucedido con la diosa, nunca más nadie volvió a verla. No había un solo par de ojos en el Santuario, además de los del Maestro, que atestiguaran su regreso a Tierra Santa.
—Dime algo—volvió a referirse a su alumno—, ¿por qué este hombre estaría dispuesto a entregarle la armadura a cualquiera de ustedes? ¿Qué mérito tendrían para obtenerla?
—¿Mérito? ¡Pues que seremos fuerte! Y protegeremos a la señorita Saori, su nieta. —Pero toda la emoción del castaño se esfumó ante la mención de la niña. —Es como de mi edad, pequeña, pero malcriada. El señor Kido la consiente mucho. Es su nieta, pero… no se parecen mucho. Ella ni siquiera parece japonesa. —Seiya se sobó la nariz y cruzó los brazos por detrás de la nuca, poniéndose inusualmente pensativo. —Él dice que es una princesa, una diosa. Y ella se lo cree. ¡Es terrible!
Una niña y una armadura dorada. Lo que faltaba en el Santuario era justamente el misterio que se guardaba en tierras del Oriente.
¿Podría ser posible? ¿Athena había permanecido fuera del Santuario por todos esos años, protegida por la armadura de Sagitario? ¿Qué era realmente lo que Aioros había hecho? ¿Era ese el secreto que Arles ocultaba?
Estaba a punto de continuar con el interrogatorio cuando un suave golpeteo en la puerta la obligó a detenerse. Un escalofrío recorrió su cuerpo, ante la idea de que el Maestro hubiese cambiado de opinión y ahora regresasen por ella. Dudó en abrir, al igual que Seiya. Permanecieron estáticos, limitándose a intercambiar miradas entre ellos, como si al abrir la puerta, el mundo pudiera volver a caerles encima.
—Soy yo. ¿Están ahí? —El susurro de aquella voz hizo que Seiya se levantara con un brinco y corriera en dirección a la puerta. Mientras la abría, una enorme sonrisa iluminó su rostro.
—¡Aioria!—chilló cuando se encontró la figura del Santo de Leo al otro lado. Después, se lanzó sobre él para darle un abrazo. —¡Marin volvió! —Tiró de él, hasta meterlo a la cabaña. —¡Mírala! ¡Ella está bien!
—Hola, Marin. —Tuvo que contenerse para no correr hacia ella para estrecharla entre sus brazos. Sin embargo, la sonrisa en sus labios y aquel radiante brillo en sus ojos al verla, le traicionaron.
—Aioria…
—Me alegro de que estés aquí—susurró mientras depositaba un beso en la melena rojiza y sus dedos se aferraban a ella, en un gesto de cariño.
Seiya miró de uno a otro, y como si pudiera leer sus mentes, adivinó sus pensamientos. De inmediato, una sonrisa traviesa iluminó su rostro, mientras una risita traviesa amenazaba con escapársele. Quizás lo único que le detuvo fue la seriedad en la máscara de Marin, muy seguramente compartida por una expresión grave en su rostro.
En cambio, el león observaba con curiosidad. Al aprendiz le gustaba pensar que era un gesto de complicidad.
—Creo que… saldré a caminar un momento. —Rió, apretando los dientes con picardía. La Amazona se respingó, a sabiendas de lo que su aprendiz implicaba. Pero Seiya no podía evitarlo. Marin era como su hermana, y Aioria como su hermano. Si ellos no pertenecían juntos, ¿quiénes lo hacían?
—¡Seiya!
—¡Ya me voy, Marin! —El chiquillo corrió hasta la puerta antes de que cualquiera de los dos pudiera moverse. Y, cerrando tras de si con un portazo, escucharon sus gritos desde afuera. —¡Ya me fui! ¡Volveré más tarde!
El Santo de Leo se revolvió el cabello y apretó los labios, guardándose una sonrisa. Miró de soslayo a Marin, solo para escucharla soltar un suspiro. Entonces, sonrió.
Se tomó tiempo para un respiro propio y, tras un brevísimo instante, se atrevió a abrazarla. Reposó la cabeza sobre la cabellera ensortijada y roja, sintiendo el calor de su cuerpo contra el suyo y sus brazos que se cerraban alrededor de él. El tiempo se detuvo mientras estuvieron así, uno en los brazos del otro. Fue en ese momento en que Aioria supo que nunca podría dejarla ir. Simplemente no podría sobrevivir a su ausencia.
—¿Qué has hecho, Aioria? —La escuchó musitar, escondida en su pecho. —¿Qué le has dado para que yo sea libre?
—Nada que no estuviera dispuesto a dar. —Rompió el abrazo y buscó su rostro. Acarició los bordes de la máscara plateada antes de atreverse a arrancarla, para encontrarse con los ojos de su Amazona. —Eres todo lo que tengo: todo. Vendería hasta mi alma a cambio de ti, Marin. —De algún modo, lo había hecho ya, y no le importaba. —Eso tienes que saberlo.
La pelirroja le obsequió una sonrisa que dijo más de lo que sus palabras valían. Sus dedos se deslizaron por el rostro de Aioria, acariciando sus mejillas y delineando sus labios perfectos. Depositó un beso en su barbilla y después fue por su boca.
Empezó como una caricia suave, tímida, de sus labios, que arreció al mismo ritmo que los latidos de sus corazones. Como las aguas de un río que desemboca al océano, la ternura creció hasta desbordar en pasión.
El tiempo y la política siempre jugarían en su contra; eso lo sabían de sobra. En el Santuario, el suyo era un amor clandestino, condenado a la oscuridad. Pero sincero como ninguno, e intenso como las llamas de pasión que no podían controlar, y que los consumiría cada día de su existencia, recordándoles que se pertenecerían por la eternidad.
Los límites desaparecieron entre ambos. Desnudaron alma y cuerpo en un último acto de entrega total.
Las sábanas se revolvieron bajo ellos, entre caricias ardientes y besos desenfrenados. Levitaban, presas del hechizo del deseo, en la agónica y desesperada danza de sus cuerpos que consumaría los sentimientos que sus labios habían predicado hasta el cansancio. Por fin, el amor dejaría las palabras para convertirse en hechos.
No tenían más tiempo que perder. Nunca tendrían tiempo suficiente.
—Águila… —ronroneó él a su oído, con voz aterciopelada y grave. Escuchó el suspiro que la caricia de su aliento arrancó en ella y se relamió los labios. Su cuerpo se plegó sobre el de la Amazona, envolviéndola con su calor. Apartó las mechas rojas empapadas de sudor que le cubrían el rostro, sin despegar sus ojos de los de ella. —Has atrapado a un león… —Robó un beso de sus labios, profundo y demandante, para después conquistar su cuello con la boca. Cada gemido que abandonó los labios de Marin fue un himno de victoria para el Santo. —Arrancaste el corazón de su pecho y te lo has robado… Ahora es tuyo. —Sus caricias cesaron y sus ojos volvieron a perderse en los de ella. Era hermosa, era perfecta. Y era suya. —Te has convertido en su reina. Siempre lo serás.
Las mejillas de Marin, encendidas por el ardor del momento, rivalizaban con el rojo intenso de sus rizos. Pero ahí, en los brazos de Aioria, con su cuerpo desnudo apretado contra el suyo, se sentía segura y lista. Era él al que quería, a nadie más.
Correspondió la preciosa sonrisa de su Santo con una igual, hundida en el verde de su mirada felina. Sus piernas envolvieron su cuerpo, dispuesta a obsequiarle el último de sus secretos; y sus manos acariciaron cada centímetro de la piel de aquel hombre, descendiente de dioses, pero hecho de carne, que se había declarado suyo. Ahora era ella la que deseaba pertenecerle. Quería ser una con él: un cuerpo, un alma.
—Entonces, reina conmigo, Leo—musitó la Amazona—. Sé mi rey. —"Conquístame, poséeme", susurró su mente y su mirada suplicó.
Y no fue necesario que dijera una palabra más. El Santo capturó su boca, nublándole los sentidos, mientras su cuerpo vencía toda resistencia del suyo, hasta fusionarse en uno.
No hubo vuelta atrás. Le había entregado todo: su corazón, su honor y su destino.
"Amar o morir", rezaba el código de las Amazonas, y para Marin, era un poco de ambas. Con su entrega, la Amazona en ella moría un poco, pero la mujer, aquella capaz de vivir sus sentimientos, nacía.
Ya no eran Santo y Amazona, sino hombre y mujer: Águila y León; ella, monarca de los cielos, y él, soberano de la tierra. Así estaban destinados a reinar en su propio mundo, donde no necesitaban a nadie más que a ellos mismos.
-FIN-
"Y, para los amantes, su amor desesperado podrá ser un delito… pero nunca un pecado."
José Ángel Buesa
NdA: ¿Saben que esta historia ha tomado poco menos de siete años en terminarse? ¡7 años!
Admito y reconozco que hubo una larguísima ausencia a mitad de ellos. Pero lo que realmente quiero decir es que, no tengo modo apropiado de agradecerle a todas esas personitas que se mantuvieron al pendiente de la historia y que no dejaron morir la esperanza a pesar del tiempo (y la falta de cerebro de esta escritora). Todos esos favs, esos follows y esos comentarios que nunca dejaron de llegar, fueron el verdadero motivo de que este fic continuara a pesar de mi falta de constancia. ¡Muchísimas gracias por no abandonarme y por seguir motivándome! Y muchísimas más por tenerle tanto cariño a esta historia.
En algún punto lo dije: "No voy a dejar esta historia sin final." Y, lo prometido, es deuda. ¡He aquí el final!
¡Es la última oportunidad de comentar! Si no se han animado, ahora es el momento. ¡Ciento ochenta reviews y contando! Más de 60 favs y, sobretodo, toneladas de cariño para esta pareja. ¡Es una maravilla!
Como siempre, tengo que agradecer a quienes comentaron en el capítulo anterior. Gracias a beauty, Lallen, Damis, Princesa Saiyajin, utopia153, RoxyPendragon, Little Indulgence, Yolei. Kon, Mine, Amaranth9, QueenPendragon, LinSaintSeiya, itatechi98, Aquila no Asukay Guest. ¡Muchísimas gracias por comentar! ¡Gracias por su apoyo a la historia!
¡A todos los que comentaron, no saben lo importantes que fueron sus palabras! Lectores fantasmitas que están por ahí, también gracias.
Ha sido un placer compartir esta historia con ustedes:)
Yo me quedaré por aquí, siempre escribiendo de estos dos. Es inevitable que, tarde o temprano, vuelva a dedicarles algunas líneas a mi pareja favorita. Así que, si les apetece, pueden añadirme a follows, para saber de futuras publicaciones dedicadas a Aioria y Marin.
¡Muchas gracias por todo! ¡Espero de todo corazón que el final les haya gustado!
¡Mil gracias!
Sunrise Spirit
