¿Alguien tiene prisa? Piano piano... Sin matar a quien escribe. No tenemos prisa, prometo avances en el siguiente. No decaigamos.

Kate creyó morir en ese momento. ¿De verdad el escritor le estaba diciendo en serio que quería ir a cenar con ella? Sintió un remolino de calor alrededor de sus pómulos. No pudo decir nada. No supo que contestar. Se escabulló como pudo escaleras arriba lamentándose al instante de no haber sabido darle una negativa. Se giró en el último momento dispuesta a darle esa contestación, pero él ya no estaba allí.

Richard entró en su habitación sonriendo. Acababa de dejar sin palabras a la inspectora. Eso le gustaba. Y mucho. Aunque si era sincero consigo mismo, ella también le gustaba. Y si su instinto no le engañaba, a ella también le gustaba él. Sus comienzos no habían sido los más acertados, pero quizá podían ser cambiados. Comenzó a desnudarse y se metió en la cama.

Arriba, Kate se quitaba el vestido confundida. No entendía muy bien lo que estaba ocurriendo, pero estaba claro que veinticuatro horas antes habría asesinado con sus propias manos al escritor. Ahora no estaba tan segura. Su móvil comenzó a vibrar. Lo sacó de su pequeño bolso de mano y miró la pantalla con desagrado.

- Beckett – contestó de mala gana mientras se ponía el pijama.

- Kate. Kate. Kate – dijo una voz masculina al otro lado - ¿Lo has pasado en grande no?

- ¿Es una llamada oficial o privada? – preguntó ella molesta abriendo la cama.

- Oficial – aseguró él.

- Tú dirás.

- El periodista está controlado. No te vio salir del coche. Cree que algún guardaespaldas contratado por el escritor os seguía e impidió que se acercase.

- Entiendo. Gracias entonces.

- ¿Ya te metes en la cama?

Kate miró nerviosa a su alrededor.

- Oye Collins… ¿No se te habrá ocurrido meter una cámara aquí no? Porque si es así te juro que…

- ¡Eh! ¡Eh! Para fiera… No hay ninguna cámara en esa casa.

- Sabes que voy a comprobarlo.

- Te juro que no hay ninguna cámara ahí.

Kate bufó molesta.

- Tampoco iba a ver nada que no haya visto ya ¿No crees?

- Se acabó Collins – dijo levantándose de inmediato - ahora mismo informaré a mi capitana. Te has pasado.

- No hace falta que te levantes. No estoy incumpliendo ninguna norma. Vigilamos el edificio con visores térmicos Kate.

- Eres idiota Jake, eres un completo idiota – dijo enfadada.

El teniente sonrió.

- Kate, me encanta cuando me insultas. ¿Sabes? Me recuerda a…

- Olvídame Jake. ¿No te lo he dejado lo suficientemente claro?

- Vamos Kate… ¿Ese escritor si puede cenar contigo y yo no? Por los viejos tiempos.

- Yo no he elegido cenar con él. Pero si elijo no hacerlo contigo. Lo nuestro termino Jake, hace años. Déjalo donde se quedó.

El teniente guardó silencio.

- Si no quieres nada más, tengo que descansar.

Kate cortó la llamada y se metió de nuevo en la cama. Presentaría una queja formal a Gates si ese idiota seguía… Negó con la cabeza. Iba a ser complicado de probar que la vigilaba a ella y no la seguridad general del escritor, y eso podría dejarla como a una idiota ante sus compañeros.

Hundió la cara contra la almohada. Este caso cada día la sacaba más de sus casillas. Ojalá acabase cuanto antes. Pero ahora tenía que dormir. Necesitaba descansar.

Horas después amanecía en Nueva York. Kate se terminaba de abrochar los últimos botones de su camisa después de darse una rápida ducha. Miró su reloj, esperaba no ser la última en levantarse. Eso no sería lo adecuado, aunque la noche anterior hubiesen llegado tarde. Cogió su móvil y salió de la habitación, no sin antes comprobar que todo estaba perfectamente ordenado. Bajó las escaleras arrugando la nariz. ¿A que olía?

- Buenos días inspectora – le dijo Richard desde la cocina.

- Buenos días – contestó ella.

Kate se dirigió hasta la pequeña mesa junto al piano, su lugar de trabajo desde que estaba en aquella casa. Conectó su portátil y se dispuso a sentarse.

- ¿Cómo te gusta el café? – preguntó Richard a su espalda.

Ella se giró para mirarle ¿El café? ¿Desde cuando se preocupaba él por darle ni siquiera una botella de agua?

- No te preocupes llamaré a mis compañeros y me traerán…

- Tonterías.

Ella frunció el ceño.

- ¿Cómo te gusta el café? – volvió a preguntar.

Kate dudó un instante.

- Con… Con crema y sacarina si puede ser.

- Ven a sentarte aquí – dijo señalando la encimera de su cocina – estoy haciendo tortitas para Alexis, es sábado. Los sábados tenemos desayuno especial.

Kate titubeó.

- ¿Eso son…? – preguntó poniendo cara de circunstancias mientras señalaba lo que él cocinaba.

- Cocina creativa – aseguró sonriendo mientras ponía algunos m&m's en la masa que había puesto sobre la sartén – Esta es para ti.

Kate arrugó la nariz. Si esa era la forma en la que el escritor alimentaba a su hija los sábados…

- No gracias, no me gustan las tortitas.

- Estas te van a gustar – dijo sacándola de la sartén y poniéndola en un plato frente a ella con otras tres más– No hace falta que le pongas sirope, o estarán demasiado dulces.

El escritor se giró y ella puso cara de asco mientras miraba el plato.

- Aquí tienes – dijo poniendo delante de ella un vaso con zumo de naranja recién exprimido.

- Gracias – dijo forzando una sonrisa.

- Haré tu café. Vamos… Come.

Kate miró el plato y se preguntó porque había cambiado de opinión el escritor con respecto a ella. Hubiese sido mejor que sus compañeros la hubiesen proporcionado su desayuno, como todos los días.

Tomó el vaso de zumo y le dio un sorbo. Seguro que era lo mejor del desayuno. Miró de nuevo aquella pila de tortitas con m&ms quemados en su interior. Tendría que armarse de valor y probar algún bocado para no quedar mal, después diría que estaba llena y… O mejor, que aquello era demasiado azúcar para ella.

En ese momento ambos escucharon pisadas provenientes del piso superior y acto seguido Alexis bajó a toda prisa por la escalera.

- Buenos días – dijo contenta acercándose a su padre para besarle en la mejilla - ¿Chocotillas? – preguntó mirando el plato de Kate.

- Estarán listas en un minuto – aseguró su padre con una sonrisa.

- ¿Mi zumo? – preguntó la chica.

- Aquí está – dijo él poniendo un vaso frente a su hija que se sentó al lado de Kate.

Kate miró de nuevo su plato. Ahora no tenía otra opción que comérselo todo y más viendo lo ilusionada que parecía Alexis mirándola.

La inspectora intentó retrasar lo más posible meterse en la boca aquella masa de pegotes arcoíris medio quemados en su interior. Aquello no podía ser sano. Pero aún no había visto todo. El escritor abrió una bolsa de marshmallow y fue poniéndolos junto a los m&ms dentro de la masa humeante de la sartén.

- Papá, recuerda que me gustan tostaditas – aseguró la pelirroja.

Richard parecía haber olvidado la sartén mientras preparaba algo al otro lado de la encimera, de espaldas y que ella era incapaz de ver. De repente se giró para dejar frente a ella una taza de café. Ella sonrió al comprobar que el escritor había dibujado sobre la espuma una media luna y un par de estrellas perfectas.

Volvió a la sartén sacando las tortitas para Alexis, poniéndolas en un plato frente a la chica, que entusiasmada hincó el tenedor llevándose un pedazo a la boca.

- ¡Queman! – exclamó mientras bebía un poco de zumo.

Kate observó a la joven. Si ella estaba comiendo aquello, seguramente no sería tan malo como parecía. Decidió, al menos, probarlas. Sin demasiada convicción metió un trozo en su boca y masticó despacio.

Sorprendentemente estaban buenas. El recubrimiento de azúcar coloreado aún crujía al masticarlos, haciendo que el chocolate derretido y caliente de su interior se distribuyese por su boca mezclándose con la masa. Tenían el justo punto de dulzura. Realmente estaba bueno.

Alexis la miró asintiendo.

- Te han parecido asquerosas pero están geniales –aseguró la pelirroja leyéndole la mente.

Kate asintió.

- Pues estas están mejores – dijo señalando las suyas.

- Pero no a todo el mundo le gustan los marshmallow – aseguró el escritor mientras ponía más masa en la sartén.

Los tres elevaron la mirada escaleras arriba al escuchar los pasos de Martha.

- Que bonita reunión – aseguró mirando a su nieta que devolvió la sonrisa a su abuela – buenos días.

- Hola madre.

- Martha.

La actriz se sentó junto a su nieta y de inmediato Richard puso frente a ella un vaso enorme de zumo.

- Bueno, creo que lo pasasteis bien anoche ¿Verdad? – preguntó a su hijo mientras daba un sorbo del zumo.

- No estuvo mal – dijo Richard sonriendo ampliamente.

- Aja – dijo Martha esperando que prosiguiese.

Se hizo un pequeño silencio. Kate tomó su taza y bebió un sorbo de café. Si las extrañas tortitas arco iris habían sido una sorpresa para su paladar, aquel café rozaba la divinidad. Estaba en su punto justo de dulzor, un equilibrio perfecto entre café y crema, con un leve toque de algo que le pareció vainilla y canela. Aquella bebida era…

- ¿Y? – preguntó Martha sacándola de su ensimismamiento - ¿No tenéis nada más que contarme?

Kate miró a Richard. Supuso que le preguntaba por algún cotilleo sobre los famosos que acudieron a la fiesta.

- ¿Qué es exactamente lo que estás preguntando madre? – dijo algo molesto Richard.

La mujer miró a su nieta y obviando a su hijo y a la inspectora comenzó a hablar.

- Me ha llamado Susan, ya sabes, hemos quedado en salir a cenar por ahí esta noche – Alexis asintió siguiendo la corriente a su abuela – y me ha echado en cara que mantuviese tu secreto – dijo señalando a su hijo – con ella.

Richard frunció el ceño mientras Kate, totalmente ajena a la conversación, disfrutaba de aquel sorpresivo desayuno.

- ¿Qué secreto? – preguntó el escritor mientras se metía en la boca un trozo de la última tortita sacada de la sartén.

- Susan dice que en la prensa aseguran que por fin parece que has sentado la cabeza con – dijo mirando a Kate – una atractiva, inteligente, desconocida y misteriosa joven.