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—Hace días que le habías dicho a Govert del plan, Alice —Le recordó Andrés.
—Es verdad —Reconoció ella, evitando la mirada azorada de Carmen— En su momento no lo pensé del todo, estaba un poco afectada. Como sea, era para que a estas alturas ya lo supiera media escuela cuando menos.
Alison…
—Puede ser que él hubiera decidido no contarlo —Sugirió Andrés.
—Que buena suerte —Comentó Carmen cándidamente— ¿Habrá sabido que yo era parte del plan? Por qué yo a él le caigo muy, pero que muy mal.
—¿A Govert? —Le preguntó Alice, intentando concentrarse en ese mismo lugar y momento.
—Sí. Todo lo contrario a su hermana, ella es un amor de persona.
Las voces de sus compañeros empezaron a sonar más cerca.
—Entonces, ¿en el tiempo libre de mañana?
Asintieron, y el asunto quedó más o menos zanjado.
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Una vez que se hubieron acomodado (lo que tomó más tiempo de lo esperado) se acordó que los estudiantes tendrían tiempo libre, para salir o para quedarse, siempre y cuando permanecieran en los alrededores. Carmen, Andrés y Alice no perdieron el tiempo. Desafortunadamente no encontraron nada en las zonas cercanas que pudiera servirles de pista, y regresaron después de todos los demás.
Recibieron una reprimenda de la maestra Vogel, y volvieron sigilosamente al punto de encuentro, una zona apartada del salón principal. La chimenea de la que habían hablado esta vez se encontraba prendida.
—Debimos haber buscado más lejos —Apuntó Alice quedamente.
—¿Tú crees? —Suspiró Carmen.
—Si se enteraran, nos iría peor.
Bajaron aún más la voz, escuchando bajar a más estudiantes por las escaleras.
—Mañana podríamos tener mejor suerte —Sonrió Carmen, intentando animarles.
—O pasado mañana —Dijo Alice.
—Pero mañana son los acantilados —Apostilló Andrés.
—Entonces debe ser mañana… podríamos pedir tiempo libre.
—Podemos intentar —Contestó él. Aunque no sonó convencido.
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Por fortuna, el clima resultó relativamente bueno, o no les habrían dejado acercarse a los acantilados. Después de todo, nadie quería una caída estando en El Acantilado de Moher.
—¿H-habrá vivido alguien después de caer por aquí? —Alfred trató de sonreír, pero era evidente que tenía piel de gallina.
—Nadie —Sonrió Kuro sin piedad. Alfred perdió su amago de sonrisa, y tragó saliva, permaneciendo de la orilla lo más alejado posible.
Yoru rio, e intercambio un apretón de manos con su hermano.
—Deberíamos estar a salvo de la maldición estando aquí, ¿no te parece? Bonito regalo de año nuevo.
—No hay nada confirmado, hermana mía. Pero sí que sería un gran regalo.
—¿Y el grupo, aquel…? —Preguntó de repente un chico de aspecto oriental a una compañera— ¿Los dos que eran ignorados de la clase, y Carmen?
—Ah, ellos-
Antes de que pudiera contestar, Lilli Vogel volteó.
—¿No se encuentran? —Inquirió con alarma.
Y, efectivamente, a pesar de los planes que ellos mismo habían mencionado, el trío había desaparecido.
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—Lo siento —musitó Carmen, sinceramente apenada.
—Podrían encerrarnos lo que quede del viaje por esto —Alice apenas pudo reprimir un gruñido. Bufido, o lo que fuera.
A Andrés no parecía importarle tanto.
—Ya no tiene importancia. Aprovecharemos el tiempo. Si no lo encontramos hoy…
Dejó la frase al aire, y ambas le miraron atentamente.
—Tendremos que recurrir a medidas más extremas —Dijo él finalmente, como si no hubiera esperado tan repentino interés.
—No debí asustarme tanto —Volvió a murmurar Carmen— No sé por qué de repente me dio tanto miedo el acantilado. ¡Ni lo pensé, solo hui!
—Dios —Alice suspiró resignadamente— Solo no vuelvas a hacerlo.
Andrés no dijo nada, y siguieron avanzando entre las plantas. Tuvieron que conseguir que alguien les llevara lejos de ahí, puesto que tan cerca del Acantilado nunca iban a encontrar nada.
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Así llegaron a la ciudad más cercana. Alice no quería decir nada, pero llevaba sintiéndose convaleciente desde hacía al menos un día. ¡Pero no podía darse el lujo de que su expedición se retrasara más! De ser necesario, se quedaría, aunque el resto de la clase se fuera. Sabía que, en caso de tener que llegar a ese extremo, una persona al menos se quedaría con ella.
Pero a pesar de lo bien que había empezado el día, parecía que la maldición también afectaba al clima, puesto que parecía perseguirlos. A dónde iban, el cielo oscurecía. El día que había iniciado luminoso se había ennegrecido. Ya estaban cansados. Una hora desperdiciaron, buscando en vano.
Hasta que un relámpago iluminó el cielo, y Alice se paró en seco.
—¿Qué? —Andrés regresó sobre sus pasos— ¿Qué ocurre?
—Yo… de repente recordé algo —Cerró los ojos un momento, sobrecogida— Y tuve un presentimiento. Fue como si mi madre me hablara…
Se estremeció. Fue tan repentino el cambio en su actitud, y su aspecto tan desmejorado, que Andrés le pasó un brazo por los hombros, sin importarle como pudiera tomar eso su consanguínea.
—Umm, deberíamos encontrar un refugio —Sugirió Carmen con suavidad, señalando el cielo discretamente.
—Hay que seguir buscando, lo sé —Instó Alice.
—Pero regresar…
—Si regresamos no volveremos a salir, quizá por el resto del viaje. Sigamos —Fue su resolución, viendo la lívida cara de Alice— Ya.
Sospechando que su compañera podría caerse en cualquier momento, siguió sirviéndole de soporte.
Elevó la mirada al cielo, y un trueno retumbó en sus oídos. El mal presentimiento que había mencionado la rubia empezó a manifestarse en él también.
—Vamos —Repitió. Cuidando de no exagerar, empezó a andar más deprisa de lo normal— No te quedes, Carmen.
—¿Carmen? —Un minuto habría pasado, cuando Alice volteó buscándola al perderla de vista.
—Carmen —Insistió Andrés, imitándola— No tenemos tiempo… ¡Carmen!
Pero su hermana tan solo giró la cabeza hacia ellos, sin dejar de señalar lo que parecía un edificio abandonado frente a ella.
—Vean… ¡vean!
Andrés se resignó, y se acercó finalmente junto con Alice, sin soltarla. Los tres pares de ojos se clavaron sobre en el mismo lugar, y tres corazones saltaron en su sitio.
Se trataba de un antiguo hotel abandonado, con un gastado letrero, que aún conservaba en letras apenas visibles El Cuervo.
No fue difícil forzar la puerta. Cerciorándose de que nadie los viera allanar un lugar, aunque éste estuviera abandonado, Andrés se las arregló con una vara que halló en los alrededores. Los tres entraron sin preocuparse de nada, ni de las alimañas, lo que era más bien novedoso para ellas.
—¿Qué esperamos? —Dijo Carmen casi de inmediato— ¡A por la clave!
Buscaron por todos los lugares, de arriba a abajo, pero había sido un hotel pequeño. Las pocas habitaciones estaban vacías, a excepción de algunas lámparas antiguas, y roperos. No había mucha diferencia en el resto de los sitios.
Descorazonador.
—Falta un sitio —Dijo Andrés.
Las llevó hasta una puerta cerrada. Al asomarse por la ventana, vieron montones de papeles. Él había dejado ese sitio para el final.
—¿No está atorad-?
Carmen rompió la ventana tirándole un pisapapeles, y metió la mano hasta alcanzar la perilla. Abrió, y entró sin reparo, estornudando.
—Creo que está algo impaciente —Le dijo Andrés a Alice. Ella medio intentó sonreírle, pero no pudo.
—Si Isis escribió algo, debe estar aquí —Terminó respondiéndole. Él asintió.
Entraron, y empezaron a rebuscar. Sin embargo, cuando ellos apenas empezaban, Carmen ya lucía desesperada.
—Oigan…
Se giraron, Alice lentamente. Sentía la cabeza pesada, como si fuera a darle fiebre.
—¿No los papeles están… inservibles? —Carmen les extendió a ambos los papeles que había estado sosteniendo.
Los miraron, y se quedaron en blanco.
—¡Si, miren! —Carmen volvió a tomarlos, y elevó sobre su cabeza los raídos documentos, hasta dejarlos sobre una repisa. Tomó más hojas de la mesa, y las revisó. Volvió a pasárselas.
La letra era ilegible, en todos los casos. Sin excepción.
—No… no llegamos aquí tan lejos para esto —La voz de Alice resonó de más, incluso con el eco del pasillo. Era como si se hubiera recuperado en un instante. El par de españoles, asombrados, la vieron avanzar resueltamente hasta el lío de papeles restante, y revolverlos con las manos.
Los hizo a un lado, los corrió, los giró, los arrastró a la desesperada. Rebuscó entre ellos, hasta que se hizo una diminuta cortadura con uno de los papeles. Puso en ese preciso momento todo su esfuerzo.
Y supo que era inútil. De pronto el agotamiento se le vino encima.
Era demasiado.
Empujó las hojas con tal fuerza que el bonche entero salió volando, y los papeles que iban juntos se esparcieron por el suelo de madera con un susurro, el resto solo se dispersó sin ton ni son.
Ninguno dijo nada, pero Alice dejó escapar un sollozo.
El desaliento se propago entre ellos como si se tratara de una bomba de humo.
Andrés no atinaba que hacer. Solo… deseó acercarse a ella, y eso hizo. Pero de repente, Alice, en su dolor, pareció estar llena de tanto coraje, de tanto odio, que se preguntó si le rechazaría un intento de abrazarla.
Para su sorpresa, Carmen se encargó de averiguarlo. En contra, quizá, de la voluntad de la misma inglesa, la envolvió un abrazo cuya única intención era hacerle saber que no estaba sola. Que no iban a dejar de intentar luchar, por vanos que fueran sus intentos.
Alice permitió finalmente el abrazo, e incluso llegó a abrazarle de vuelta.
Andrés las miró en silencio.
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Helena creyó que iba a ser la única en la biblioteca en esa hora. Pero se equivocó. Sintiendo una presencia, se giró levemente, y reconoció la figura a la perfección, a pesar de su visión borrosa.
—¿Isis?
La egipcia le sonrió.
—Vendrá a verte este año, lo presiento.
Su amiga sostenía entre sus manos una foto de un niño de cabello castaño, y ojos soñolientos.
—Me alegra que se haya alejado de aquí, pero le extraño. El problema de tener hijos únicos —Se secó una lagrimita, y le sonrió, dejando la foto de regreso a su lugar— Que raro que hayas venido hasta aquí. ¿Qué ocurre…?
Bastó que Isis la mirara.
—¿Es grave? —Preguntó la griega.
—Me iré —Dijo la aludida simplemente— Partiré hoy mismo. Siento que debo hacerlo.
Ante aquella noticia, Helena se levantó, abrazando a su amiga de toda la vida.
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El tiempo se les agotaba. Empezarían a buscarles pronto.
Carmen fungió de psicóloga de Alice por un rato. Pidieron a Andrés que saliera, y se encerraron en el 'depósito' durante prolongados minutos.
De qué hablaron, Andrés nunca se enteró.
Pero cuando salieron Alice lucía más tranquila, y cuando su hermana le sonrió tuvo que sonreírle de forma parecida. Volvieron a entrar al mismo sitio, a falta de un mejor lugar.
—¿Y ahora? —Cuando la inglesa preguntó, ya no sonaba enfadada. Pero el tiempo apremiaba, por mucha calma que tuviera.
—No lo sé —Dijo Carmen, apoyándose sobre el armario, suspirando teatralmente— ¿Qué vamos a hacer?
Alice miró a Andrés. Cada vez que necesitaba una respuesta, sus ojos parecían dirigirse siempre hacia aquella dirección. ¿Tanto confiaba en él?
No necesitaba una respuesta, ya estaba consciente de ello.
—No lo sé —Respondió él. No la sorprendió. Incluso aunque fuera Andrés, era un ser humano. Con habilidades especiales.
—No lo sé —Repitió Carmen, volviendo a suspirar aún más dramáticamente. Si no lo hacía, los ánimos volverían a bajarse hasta el piso— Aaaah, ojalá el cuervo no se resistiera tanto a nosotros.
Sin ser consciente de ello, sus dedos pasaron una y otra vez sobre la misma superficie del armario. Era desigual.
Y Alice notó que tenía una forma.
—Es un cuervo —Dijo, exteriorizando sus pensamientos. Los otros dos miraron hacia el mismo punto.
En el armario había la figura de un cuervo tallado en madera.
—Qué raro, no recordaba haber visto esto antes —Dijo Carmen, perpleja.
Como un chispazo un pensamiento cruzó la mente de Alice.
—¿Todos los armarios que hay aquí tendrán un cuervo tallado?
Sintió un cosquilleo agradable cerca del corazón al captar la mirada de Andrés sobre ella, que era aprobatoria como mínimo.
—Ahora que lo dices… ¡podría ser una clave! —Carmen abrió la boca de más, entendiendo la idea a la que ella se refería— ¡Si no todos tienen!
—¿Y si…? —Alice se detuvo.
No había necesidad de completarlo. Entendieron perfectamente.
—¡Habrá que ver si todos los roperos de este sitio tienen ese cuervo! A lo mejor uno de ellos contenga algo.
—Hay que revisar completamente el interior, incluso podría haber tallado algo más por dentro —Secundó Andrés.
—Hay que encontrar una forma de revisar todo el hotel —Añadió Alice. Pero parecía una dificultad minúscula, ahora que estaban tan seguros de haber encontrado la última clave, la que les daría la respuesta.
Carmen se les adelantó, yendo a la salida.
—Estoy tan emocionada —La escucharon decir, extasiada, antes de desaparecer por la puerta— ¡Es como buscar Narnia!
Corrieron como niños (Andrés no tanto), en pos de marcas en los armarios. Recorrieron de nuevo todo lo que pudieron, y notaron que solo unos pocos, los más desgastados, viejos, y quizá aún más repletos de polvo, tenían dichos tallados. Pero ninguno halló nada más peculiar en ninguno, y regresaron al punto de inicio.
Cayeron en cuenta, hasta ese momento, que no habían revisado el que los había hecho buscar para empezar.
Andrés abrió el ropero, escudriñándolo con su potente mirada. Carmen y Alice aguardaron, expectantes. Andrés palpó el interior, con prudencia. De repente, sin más, se detuvo.
—¿Qué? —Carmen se movió de un lado a otro, incapaz de esperar más tiempo, nerviosa— ¿Qué es?
Alice no estaba mucho mejor. Él respondió:
—Creo que hay algo… arriba.
—¿Arriba? —Dijeron las dos al mismo tiempo. Andrés, por sola respuesta, se adentró directamente en el armario.
Con algunas dificultades para maniobrar, descolocó algo del interior. Salió con una tapita de madera.
—¿Y eso? —Alice se aproximó todo lo que pudo sin importunar, impaciente, inquieta.
Andrés regresó al interior del ropero, haciendo crujir algo. Segundos después salió de nuevo, triunfante.
Tenía una sucia y empolvada grabadora en las manos.
