14
La cena transcurrió con tranquilidad. Todos charlaban animadamente, e incluso Mary Margaret se dirigió un par de veces a Killian con tono cordial. Precisamente por eso, a Emma le fastidiaba no estar disfrutando de aquello. Aunque participaba en las conversaciones y las risas, cada vez que miraba a Killian, o éste le decía algo, se incomodaba. Él estuvo cariñoso y atento como de costumbre, pero Emma sabía que antes le había mentido, y le dolía.
- ¿Me llevo ya los platos, familia? - apareció Ruby junto a la mesa, hablando con tono cantarín. Emma la miró de arriba abajo: melena suelta, maquillaje perfecto, top blanco escotado y minifalda roja. Ella se había pasado todo el día en la comisaría y ni siquiera había pasado por casa para cambiarse de ropa. Su autoestima caía por momentos.
- Sí, Ruby, gracias. - contestó Mary Margaret sonriendo. - Por cierto, me parece que el chocolate y tú os habéis peleado.
- ¿Qué?
- Tienes una mancha en el top y otra en la falda. Deberías darle con un poco de jabón ahora, o luego te será imposible quitarlas.
- Ay, Dios, es verdad. - protestó repasando su atuendo. - La abuelita se ha cogido el día libre, y me ha dejado a mí con todo, y soy nefasta con los postres. Aunque en este caso, creo que las manchas merecen la pena. - en ese momento, lanzó una mirada y una sonrisa cómplices a Killian. Él la sonrió en respuesta, y bajó la mirada, tímido. - Cuando probéis el resultado me daréis la razón. Os lo traigo ahora mismo. - y se alejó con los platos sucios y su habitual contoneo de caderas.
Mary Margaret empezó a contar una anécdota sobre Ruby, cuando ambas huían juntas por el Bosque Encantado. Todos la escuchaban divertidos, menos Emma. ¿Qué acababa de pasar? ¿Qué eran esas miradas y esas sonrisas? Nadie más parecía haber visto algo raro ahí, pues se reían como si nada, el primero Killian. ¿Era paranoia suya, o ese "flirteo" no era normal?
- ¿A que sí, Emma? ¿Emma, estás ahí? - la voz de David la sacó de sus pensamientos.
- Sí. ¿Qué decías?
- ¿Te encuentras bien? Llevas toda la noche distraída.
- Sí, estoy bien, sólo un poco cansada. Ha sido un día muy largo.
- Te estás haciendo mayor, ¿eh? Y luego soy yo el que tiene 200 años… - comentó Killian sonriéndola. Él también la notaba rara, y buscaba que se relajara con la broma. Alargó su mano para colocarle un mechón de pelo detrás de la oreja, y entonces vio que Emma torcía el gesto y le sujetaba el brazo antes de que la tocase.
- Chocolate. - dijo Emma. Estaba muy seria, tensa.
- ¿Qué pasa con el chocolate? - preguntó Killian, sin entender.
- Tienes una mancha de chocolate en la muñeca. - su tono era glaciar. Señaló con la cabeza el brazo que le tenía sujeto, y vio que bajo la manga de su chaqueta de cuero asomaba una mancha de color marrón.
- ¿Sí? Qué extraño, no sé cómo me habré manchado. Puede que ni sea chocolate, seguramente es barro. - Emma notó el nerviosismo de Killian. Éste retiró el brazo y se frotó la mancha contra la servilleta que tenía sobre la mesa. No la miraba.
- ¿Me dejas salir? Necesito tomar el aire.
- ¿Cómo que tomar el aire? Hace un frío tremendo fuera y…
- Killian, he dicho que te levantes y me dejes salir. ¡Ahora! - subió la voz más de lo necesario, y toda la gente del restaurante se volvió para ver qué pasaba.
Sin dejar de mirarla, atónito, Killian se puso de pie y antes de que pudiera decir nada, Emma se levantó y salió corriendo del local, pegando un portazo.
Realmente hacía un frío de perros. Emma se cruzó el abrigo y rodeó su cuerpo con los brazos mientras andaba, y no sólo para darse calor, sino para reconfortarse. Caminaba a grandes zancadas, intentando dejar Granny's atrás lo antes posible, y luchando contra las lágrimas que estaban deseando salir de sus ojos. Sólo quería llegar a casa, meterse en la cama y olvidarse de ese día horrible. Pero entonces oyó pasos detrás de ella, y escuchó su voz.
- ¡Swan! ¡Swan, para!
No era la primera vez que gritaba su apellido de aquella forma. Recordó cuándo le dejó esposado en el tallo de judías, y cuando hizo lo mismo en Nueva York antes de que se lo llevara la policía. En ambas ocasiones, había actuado así porque no confiaba en él. ¿Lo hacía ahora? Sin contestarse esa pregunta, siguió andando deprisa.
- ¡Swan, maldita sea! - Killian aceleró su paso, y la alcanzó. La agarró por el brazo, obligándola a girarse para mirarle. - ¿Qué demonios… - no pudo acabar la pregunta cuando miró su rostro. Vio aquellos ojos que tantas cosas le hacían sentir llenos de lágrimas, y cualquier mínimo rastro de enfado desapareció. - ¿Qué te pasa?
- Nada, déjame, quiero irme. - intentó soltarse, pero Killian la tenía sujeta con firmeza.
- No, no te voy a dejar hasta que me digas por qué te has ido así y por qué estás a punto de llorar.
- ¿Sabes? Me parece increíble que todavía me lo preguntes. No sabía que eras tan cínico. - dio un nuevo tirón de su brazo, sin éxito.
- ¿Qué? ¿De qué estás hablando? - vio que en los ojos de Emma no sólo había lágrimas, sino también rabia, y eso le activó. - Te largas en mitad de la cena sin dar explicaciones, dejándonos a todos plantados. Me haces seguirte dando gritos, ¿y encima me insultas? Me vas a decir ahora mismo lo que pasa.
- ¡Yo no te he pedido que me siguieras! ¡Déjame! - Emma también subió la voz.
- ¡Dime qué ocurre!
- ¡Que te den! ¿Por qué no vuelves al restaurante con Ruby? Seguro que ella te mantiene entretenido el resto de la noche.
- ¿Qué acabas de decir? - y entonces Killian lo entendió. - No me lo puedo creer… dime que no has pensado lo que creo que has pensado.
- Vaya, por fin te has dado cuenta, perfecto. ¿Me devuelves mi brazo?
- ¡No! No vas a lanzar esa bomba y marcharte. ¿Te has vuelto loca?
- ¡Sí, me he vuelto loca! Estoy loca y soy tonta, las dos cosas. Me ha vuelto a pasar… cada vez que bajo mis barreras y entrego mi corazón, acabo igual. No sé por qué pensaba que contigo sería diferente…
- Te estás equivocando, Swan. No me puedo creer que confíes tan poco en mí, después de todo.
- ¡Confiaba en ti, Killian! Más que en nadie. Pero todo lo que ha salido de tu boca esta noche han sido mentiras, una detrás de otra.
- Si me dejas que te lo explique…
- No quiero tus explicaciones. ¿Sabes lo que pienso? Que anoche te quedaste con el calentón, que te has dado cuenta de que las cosas conmigo no son fáciles y has decidido ir a "desahogarte" a otro sitio. - una parte de ella se arrepintió en el mismo momento en que esas palabras salieron de su boca, pero otra parte, esa que estaba dolida y rabiosa, necesitaba soltarlas.
- ¿Eso es lo que piensas de mí? - preguntó Killian, destrozado. Aquellas palabras de Emma le habían quemado más por dentro que la puñalada que le mandó al hospital en Nueva York. Cerró los ojos un momento, volvió a abrirlos y la miró fijamente, y cuando habló, ya no había enfado. Sólo dolor. - Supongo que, pese a todo, me sigues viendo como ese pirata bastardo que intento dejar atrás cada día. Es bueno saberlo, así puedo dejar de esforzarme. - Le soltó el brazo. - Puedes irte.
Se quedaron en completo silencio, mirándose. Emma le conocía demasiado, y supo leer en su expresión el daño que acababa de hacerle. Odiaba el mal concepto que Killian tenía de sí mismo; ella ya no le veía como el pirata que fue, en absoluto. Sabía que había cambiado, y lo valoraba. Deseaba ir hasta él, abrazarle y decirle que le quería. Pero entonces recordó las mentiras… no había nada que Emma odiase más en el mundo que las mentiras, y más si venían de alguien importante para ella. Necesitaba pensar y estar sola, así que agachó la cabeza, se dio la vuelta y se fue, dejando a Killian solo en mitad de la calle, viéndola marchar.
Era tardísimo, y ambos seguían despiertos. Killian daba vueltas en la cama, aún sin poder creerse lo que acababa de pasar. Anoche todo era perfecto, y hoy se daba cuenta de que Emma confiaba tan poco en él como para imaginar que pudiese engañarla con otra. ¿Siempre sería así, la alargada sombra de su pasado le perseguiría toda su vida? En ese caso, dudaba mucho que su relación pudiese funcionar. Emma, por su parte, intentaba ordenar su cabeza. ¿De verdad pensaba que había algo entre Ruby y Killian? Por un momento descartaba la idea, y al instante siguiente recordaba las miradas cómplices, el chocolate y cómo él le había mentido, no sólo una, sino dos veces. Ya no se molestaba en retener las lágrimas; imaginar que él pudiese tocar o besar a otra era demasiado para ella. Ninguno de los dos pegó ojo aquella noche, porque no hay peor insomnio que el provocado por un corazón roto.
