No puedo creer que esté subiendo esto a última hora, yo no soy así DX Pero bueno, logré terminarlo a tiempo y aquí está.
Escogí hacer un crossover con "The Hunger Games" porque una vez leí un drabble en tumblr con esta temática, pero la autora se limitó a reemplazar los nombres de los personajes de Peeta y Katniss por los de Hiccup y Astrid y a mi escritora interior le dio un tic en el ojo por el mal desarrollo de personaje, así que cuando en el foro salió el reto de los crossovers, quise intentar hacer mi versión.
Espero que lo disfruten mucho y me dicen qué les pareció ;)
Honor y Gloria
Categoría: HTTYD
Genero: AU, Drama, Romance.
Clasificación: K+
Palabras: 5963
Paring: Hiccstrid
Viñetas
Resumen: En el distrito dos es muy normal ofrecerse voluntario el último año en el que puedes participar en los Juegos del Hambre para traer honor y gloria a tu familia y distrito. Todos sabían que Astrid se ofrecería voluntaria tan pronto tuviera dieciocho años. Nadie se esperaba quien la secundaría.
"Este fic participa en el reto de Marzo "Crossovers" del foro Canciones del Antiguo Berk"
I
Era el día de la cosecha y a pesar de repetirse a sí misma millones de veces que tenía que dormir para estar descansada y alerta en su gran momento, Astrid no había podido conciliar el sueño. Estaba demasiado ansiosa y no pudo pegar ojo en toda la noche.
Sus padres habían estado emocionados en el desayuno y le desearon suerte, aunque no es como si la necesitara, se dijo a sí misma. Iba a ganar. Lo sabía, siempre lo había sabido. Desde que tenía tres años y había decidido que quería ser como sus padres, como su tío, como Stoick The Vast. Hoy era su día. Había entrenado durante quince años para hoy y nadie le iba a impedir su destino.
Lo único que lamentaba era que no podría llevar su propia hacha ni espada.
Ω
Hiccup vio el amanecer alzarse y se levantó de la silla de su escritorio, con los planos para una nueva arma a medio desarrollar y los dedos llenos de grafito. La incertidumbre no lo había dejado dormir.
Este año era su último año, pero todos sabían que el honor y la gloria se la llevaría su primo y no él. Se había acordado que Snotlout se ofrecería voluntario en su última cosecha, pero Hiccup sabía que no iba a regresar. Incluso suponiendo que pudiera vencer a todos y cada uno de los otros tributos de los demás distritos, Astrid también se ofrecería voluntaria y Snotlout jamás había sido capaz de derrotar a Astrid en un combate cuerpo a cuerpo.
Sería Astrid quien volvería con la victoria para el Distrito dos y no su primo. Ella se mudaría a su propia casa en la Villa de la Victoria y sería aún más lejana e inalcanzable que antes. Se preguntó si debería sentirse mal por saber que no extrañaría a su primo en lo más mínimo. Quizá, pero en este momento Hiccup no sentía nada. Su mente y sus sentimientos estaban nublados, producto del poco sueño que había tenido las últimas semanas y la apatía que se había vuelto rutina.
Se demoró en bajar las escaleras pero no desayunó. Evitó el contacto visual con su padre como de costumbre y salió de la casa. Siempre había sido de esta manera. Los Haddock, al igual que los Hofferson, eran conocidos por sus generaciones ganando los Juegos del Hambre, o en su defecto, por ser excelentes gladiadores.
Hiccup jamás había podido blandir un arma como era debido.
Podía fabricarlas. Era el mejor en todo el Distrito fabricando armas desde que se había hecho aprendiz de fabricante. Pero en el distrito dos, a pesar de ser los que proveían al Capitolio con armas, estaban más interesados y sólo podías impresionarlos siendo bueno con una en combate, y no diseñándola.
Sus manos estaban llenas de cicatrices por todo lo que se esforzaba en crear nuevas invenciones, pero eso jamás traería honor y gloria ni a su familia ni al distrito. Recordaba que a los quince años se había prometido que sería tan bueno creando armas que su padre estaría orgulloso de él a pesar de todo. Sería el mejor o moriría en el intento.
Pues ahora era el mejor y de todos modos eso no había cambiado las cosas. Después de un golpe de realidad tan duro que sólo lo había sumido en una depresión continua, Hiccup sentía desgana por la vida y vivía en una competa monotonía. La decepción es difícil de superar.
La plaza donde todo el distrito se reunía todos los años a festejar la cosecha estaba a reventar de actividad y celebración. La gente iba y venía para todos lados regodeándose en la algarabía y engalanada en sus mejores ropas. Hiccup pasó de todo ello y dejó que el agente de la paz le sacara sangre del dedo y le dijera cual era su lugar.
Se sentó en donde le asignaron en el gran auditorio y esperó distraído hasta que la ceremonia dio comienzo. La anfitriona era una mujer extravagante que iba vestida de acuerdo a la moda del Capitolio y disfrutaba al igual que todo el distrito la abominación de los juegos.
A Hiccup se le revolvía el estómago nada más pensar en ellos. No sabía como los Vencedores podían vivir consigo mismos sabiendo que habían asesinado a más gente de la que podían contar con los dedos de ambas manos.
Después del engorroso video que debían ver siempre antes de la selección, finalmente llegó el momento.
Astrid estaba sentada en el filo de su asiento. El corazón le martillaba las costillas y las yemas de los dedos le hormigueaban con excitación. Cuando la presentadora dijo el nombre femenino, ella ni siquiera lo escuchó. Si bien no había terminado de decir el apellido, Astrid ya estaba de pie y exclamando.
— ¡Me ofrezco voluntaria! — su voz retumbó clara en las paredes del auditorio a pesar de no estar amplificada por un micrófono.
El público estalló en aplausos y cuatro agentes de la paz la escoltaron hasta el escenario. Con la adrenalina corriéndole las venas, Astrid sintió las comisuras de su boca estirarse lentamente hacia arriba. Por fin. Estaba pasando.
Hiccup la miró estrechar la mano de la anfitriona y presentarse como Astrid Hofferson, dieciocho años, su última cosecha. La mujer la felicitó efusivamente por su valentía y prosiguió a sacar el nombre del tributo varón. Hiccup le dirigió una mirada a su primo que se sentaba un par de filas delante de él a su derecha.
Snotlout sonreía con malicia y parecía listo para brincar fuera del asiento.
— ¡Snotlout Jorgenson! — dijo la presentadora.
— ¡Me ofrezco volun…! ¿Eh? ¿Soy yo? ¡SOY YO! — exclamó su primo, y la sala estalló en risas y aplausos.
Hiccup vio a su primo salir de la fila y caminar saludando a la multitud y arrojando besos como si se tratara de una celebridad. En su cerebro, ya había ganado. Hiccup suspiró rodando los ojos. Vaya idiota, ¿quién en su sano juicio iría saltando felizmente a su ejecución? Sólo Snotlout.
Bueno, admitió Hiccup. Él mismo se había planteado la posibilidad de ofrecerse voluntario con anterioridad. Muchas veces, para qué negarlo. Había estado rumiando la posibilidad desde que crear las mejores armas que el distrito hubiera visto no había dado resultado. Había vivido tres años fantaseando con levantarse de su asiento y ofrecerse voluntario el día de la cosecha. Pero se había detenido ya que cada año había alguien designado a ofrecerse, y además, suicida no era.
¿Verdad?
Este año, la idea fue rápidamente descartada porque era obvio que su primo era el que se ofrecería por decisión unánime. ¿Y sabotear a su propia familia? No.
Ja, claro. Su propia familia, la que no paraba de hacerlo sentir miserable. Pero él seguía sin ser imposiblemente estúpido como para levantarse de su asiento.
Y sin embargo… y sin embargo, el nombre de Snotlout era el que había salido sorteado de la urna, casi como si el destino quisiera que sus fantasías suicidas tomaran forma.
No, no. Ya lo había dicho. ¿Quién iría feliz a la horca? Nadie en su sano juicio. Pero aun así pudo sentir el estómago revolverse con el nerviosismo propio de la adrenalina y la excitación.
Justo cuando su primo estaba por poner un pie sobre el escenario, recordó aquella promesa que se había hecho a los quince años. "Enorgullecer a su padre, o morir en el intento."
— Me, me ofrezco voluntario. — dijo Hiccup poniéndose de pie. Las personas a su lado lo miraron estupefactas. — ¡Me ofrezco voluntario! — exclamó, pues no todos lo habían escuchado en el bullicio de la multitud.
Se hizo el silencio.
— ¡Vaya, vaya! — sonrió la presentadora. — Al parecer tenemos a un voluntario masculino también este año.
Escoltaron a Snotlout de nuevo a su asiento y a Hiccup hacia el escenario. Su primo le dirigió una mirada de odio puro y la audiencia estaba demasiado aturdida como para festejar.
¿Hiccup? ¿Voluntario? ¿Qué?
Le zumbaban los oídos cuando se paró sobre la plataforma encarando a todo el distrito y dijo su nombre y su edad.
— Hiccup Haddock, dieciocho años.
— ¡Oh, un Haddock! Me apuesto lo que quieras a que Stoick es pariente tuyo.
— Es mi padre — dijo Hiccup, y buscó su mirada entre la multitud. Su padre lo miraba excepcionalmente sorprendido. Cerró los ojos y trató de no arrepentirse de lo que acababa de hacer.
Al igual que a su compañera, la presentadora lo felicitó por su valentía y posteriormente los animó a estrecharse la mano.
Cuando Astrid le dio la mano, la sintió fría y temblorosa. Sus ojos verdes la miraron como si apenas estuviera asimilando la gravedad de lo que acababa de hacer. Astrid no sabía que Hiccup fuera suicida. Aun así, ella sí pudo reconocer, sinceramente, que efectivamente Hiccup era valiente, y sintió un nuevo respeto por esa valentía.
Hiccup siguió a Astrid por la puerta después de que la presentadora les indicara que tenían que entrar y que en un momento podrían despedirse de sus familiares para que éstos les desearan suerte. Vería a su padre por última vez y quizá esta vez fuera capaz de decirle que lo único que siempre había querido era hacerlo sentir orgulloso de él.
"De todos modos", pensó, "quizá cuando me vea caer muriendo por su causa sea capaz de ver hasta que punto lo intenté".
— O morir en el intento. — murmuró para sí, y entró a la sala a esperarlo.
II
Astrid se preguntó si sería una actuación. Nadie puede ser tan torpe. Quizá estaba esperando secretamente este momento y había estado fingiendo todos estos años para alzarse victorioso cuando todos menos se lo esperaban. Ya los había sorprendido ofreciéndose voluntario, de cualquier modo.
Hiccup era capaz de encender fogatas, reconocer casi cualquier planta medicinal o venenosa y construir hasta la trampa más difícil para cazar. Incluso Gobber, su mentor, estaba impresionado.
Astrid estaba enojada por eso. Se supone que Stoick, su maestro, quien la había enseñado a pelear, sería su mentor este año, pero gracias a Hiccup, se había llegado a un acuerdo de última hora por considerar que tener a tu padre de mentor era muy personal, por lo que Gobber había entrado en escena.
Desde su lugar practicando con arco y flecha, Astrid vio a Hiccup activar una trampa él sólo y maldecir cuando ésta lo golpeó. Los otros tributos que lo vieron se rieron y Astrid suspiró. Dejó el arco en su lugar y fue hasta él. Como estaba hincado, lo tomó por un brazo y lo levantó sin muchos miramientos.
— ¿Qué haces? — preguntó con brusquedad.
— Um, um… ¿tr-trampas?
Astrid bufó.
— Deja eso. Eso ya lo sabes hacer. Deberías concentrarte en practicar lo que no sabes hacer.
Sin darle tiempo a replicar y sin soltarlo del brazo, lo arrastro hasta donde estaban las espadas.
— Toma — dijo entregándole una. — Te he visto querer levantar martillos que pesan más que tú. Así jamás lograrás nada. — tomó una ella misma y se puso en guardia — Debes usar algo con lo que puedas maniobrar.
Hiccup estaba sorprendido de que Astrid quisiera ayudarlo, pero no iba a desperdiciar la oportunidad. Imitó la posición en la que ella estaba parada y se propuso aprender todo lo que pudiera.
Astrid chasqueó la lengua.
— Hiccup, ¿con qué mano escribes? — preguntó de tal manera que lo hizo sentir como un niño chiquito recibiendo una reprimenda.
— ¿C-con la izquierda?
— ¿Entonces, por qué estas empuñando la espada con la diestra?
Debía admitir que tenía un buen punto. Volvió a colocarse en posición con la espada en la otra mano y en dirección invertida. Cuando Astrid ya no criticó su postura, supo que lo había hecho bien. Ella le enseñó las nociones básicas de la esgrima de defensa y ataque. Los otros tributos les dedicaron miradas de interés malicioso.
III
La arena era una jungla. Hacía un calor insoportable en el día y en la noche. Astrid no estaba muy interesada en hacer equipo con nadie pero en ocasiones podía ser útil tener personas a tu alrededor. Si te encontrabas con otro grupo, era más probable que mataran a alguien más. Justo como ahora.
Uno de sus aliados del distrito cuatro cayó al suelo cubierto de hojas y las ensangrentó. Astrid le encajó el hacha que había tomado de la cornucopia en el baño de sangre del primer día entre los omoplatos al culpable mastodonte del distrito 9 y éste también cayó al suelo, muerto.
Ambos grupos se habían sorprendido mutuamente al acercarse a una cascada de agua potable en un intento de mantenerse hidratados en el infernal clima.
— ¡Oye, dos! — gritó la tributo del uno, una chica bonita de cabello oscuro y ojos verdes de la que Astrid no se había molestado en aprenderse el nombre (¿para qué si iba a morir pronto?) — ¡cuidado! — y la empujó fuera de la lanza de la chica del distritito cuatro que quería vengar a su compañero.
Astrid, que estaba parada cerca del precipicio de la cascada, sintió el suelo ceder a sus pies y cayó como el agua hacia el lago muchos metros abajo.
Astrid sintió que se golpeaba la cabeza y muchas partes del cuerpo. Hubo un especial y agonizante dolor en su pierna derecha. Salió a la superficie sólo para gritar. Dejó que la corriente la arrastrara orillándose para poder llegar a tierra y encajó las uñas a la hierba de la orilla. Salió arrastrándose y tras revisarse la pierna, se dio cuenta que se la había fracturado.
— Maldición — masculló con los dientes apretados y sintiendo un dolor como nunca antes había sentido. El dolor y la desorientación la hacían sentir como si fuera a desmayarse.
Afortunadamente, el hueso no se había roto por completo, pero definitivamente estaba más que astillado. Como si sus problemas no fueran suficientes, escuchó un gruñido. Levantó la vista sólo para descubrir a una pantera que la miraba con amenazadores ojos verdes y los colmillos reluciendo en un rugido.
Astrid no se lo podía creer. Había perdido su hacha en la cascada y no podía correr. Se negaba a morir aquí. No podía morir aquí. Pero no podía hacer mucho, tenía tres segundos para actuar y ninguna opción. Miró a la pantera con odio y la respiración trabajosa, culpándola de todo.
Entonces hubo un ruido. Tanto la pantera como Astrid voltearon a la dirección del sonido y contra todo pronostico, Hiccup estaba ahí. Ofreciéndole un pescado al animal y hablándole como si quisiera calmarlo. Ella lo miró como si hubiera perdido el juicio. O quizá ella estuviera alucinando.
Hiccup le arrojó el pez a las patas y la pantera lo tomó. Tras un último bufido de advertencia, se perdió entre la maleza con un salto. Astrid tosió lo que quedaba de agua en los pulmones y sintió una punzada en la nuca justo donde se había golpeado. Seguramente tenía una contusión. Miró a Hiccup que le devolvía la misma cautelosa mirada que le había dirigido a la pantera, como analizando si era seguro acercarse. Entonces, Astrid se desmayó.
IV
Con una pierna rota, no era como si Astrid tuviera muchas opciones. Su cuerpo estaba magullado y a pesar de los intentos de Hiccup por mantenerla cómoda en la húmeda cueva, le dolían todos los músculos que conocía y también los que no. Ni siquiera en los entrenamientos más duros había quedado tan golpeada, pero eso es lo que pasa cuando te caes por una cascada de cinco metros.
En su suplicio, no podía creer que de todas las personas, su seguridad en los juegos, su vida, dependiera de Hiccup. Adiós al honor y la gloria. Después de alrededor de media hora en la que se entretuvo mirando una gotera cerca de la entrada de la cueva, su improbable salvador entró con la cantimplora llena con agua y la mochila impermeable luciendo con contenido, la cual había estado vacía cuando se fue.
— Ten. — dijo extendiéndole la cantimplora. — Bebe. Necesitas reponer sangre.
Astrid la aceptó apoyándose en un codo. Entre ella y Hiccup habían logrado improvisar un cabestrillo con vendas que él tenía en la mochila que había conseguido el primer día y una rama.
Ella bebió el contendido de la cantimplora mientras Hiccup sacaba frutas y las ponía sobre el saco de dormir sobre el que ella había estado descansando. Le entregó una.
— También deberías comer. Te ayudará a reponer fuerzas.
Astrid puso la cantimplora a un lado y mordió la fruta. Nunca antes la había probado, pero sabía y tenía la consistencia más como la de una manzana o una pera que como la de un cítrico.
— Hiccup Haddock dándome órdenes. Quien hubiera pensado que tenías las agallas. — comentó sarcásticamente una vez que hubo tragado el primer bocado.
Él le devolvió la mirada y comenzó a sonreír con precaución, sin saber si era una broma o no, y en caso de serlo, si estaba invitado a participar.
— Bueno, también está la opción de morir de inanición, pero no será tan divertida como morir por una herida de guerra, ¿dónde queda el honor y la gloria, no?
— ¡Ja! Sólo es divertido si te haces una cicatriz.
— Desde luego. Dolor. ¿A quién no le encanta? — respondió rodando los ojos y dejando que la sonrisa se extendiera.
Claro que a Astrid le encantaba. No habría pasado los últimos años matándose en los entrenamientos si no fuera así. Repentinamente se preguntó a cuántas personas habría matado ya, haciendo gala de tan mortífero entrenamiento. Su sonrisa cayó.
Astrid terminó de comer una fruta y tras por fin tener algo en el estómago, se tomó una pastilla para el dolor del diminuto frasquito que venía en la mochila. Después de lanzar un suspiro de cansancio pero que dejaba traslucir que se sentía mucho mejor, se volvió a recostar sobre el saco de dormir.
— Me sorprende que sigas con vida. — dijo al cabo de unos segundos, mirándolo afilar una rama con un cuchillo de trabajo pesado. Como había estado lloviendo durante las últimas horas, no había mucho que hacer, por lo que Hiccup se había puesto a construir una trampa para conejos esperando poder colocarla una vez que cesara de llover.
Al parecer Astrid había estado siguiendo su mismo hilo de pensamiento en cuanto a la aniquilación total de los demás tributos. Hiccup resopló.
— Bueno, a decir verdad a mí también. — admitió, pero había amargura en su voz. La rama llevaba las de perder al ser afilada con repentina malicia.
— No, es decir. — Astrid carraspeó. — Me sorprende, pero me alegra.
Hiccup la miró.
— Fue valiente lo que hiciste. — añadió ella — El día de la cosecha, cuando te ofreciste voluntario. — se rió entre dientes — Snotlout jamás te lo perdonará.
Hiccup volvió a su tarea con el cuchillo, ésta vez más delicadamente. Astrid empezó a sentir los efectos de la medicina y comenzó a sentirse somnolienta.
— Bueno, al menos no tendré que escuchar sus reclamos toda la vida. — dijo con oscura ironía.
— No te lo quitarás de encima, te lo recordará cada vez que te vea.
Hiccup la miró de nuevo, su expresión indescifrable.
— Dudo volver a verlo de nuevo — dijo despacio — Todos saben que tú ganarás los juegos, Astrid.
— Oh. — dijo ella. Era verdad. Ella iba a ganar, de eso no había duda, y sin embargo… era la primera vez que se daba cuenta que eso implicaba que Hiccup no iba a volver a casa. Huh. ¿Cómo pudo pasar eso por alto?
Pocos momentos después se quedó dormida, y soñó con la primera vez que se hizo con un hacha.
Ω
Astrid despertó desorientada, pero al menos ya no sentía tanto dolor. Volvió a enderezarse y buscó a Hiccup con la mirada. Lo encontró cerca de la entrada, con la cabeza apoyada en una rodilla y la espalda contra la pared de roca. Estaba dormido.
Afuera era de noche y seguía diluviando. Lo miró unos momentos y cayó en la cuenta que a pesar de que lo conocía desde que tenía memoria, nunca lo había visto dormir. Había estado tan cansada y adolorida que no había reparado en que probablemente Hiccup estaba en iguales condiciones, pero aun así hacía guardia mientras ella descansaba.
¿Por qué lo haría? Eran "enemigos" después de todo. Él ya había dicho que "todos sabían que ella ganaría". Quizá lo hacía para que al menos el triunfo se quedara en el distrito dos. Se preguntó cuantos tributos más quedarían. Casi como si fuera para responder a su pregunta, sonó un cañonazo, luego otro.
Hiccup se despertó y miró hacia fuera. El cielo mostró los rostros de los tributos que habían perecido en al parecer una batalla, pero la lluvia no dejó ver quienes eran. Suspiró, cambió de posición, se frotó las sienes con pesadez y enterró la cabeza en las rodillas. Lucía perturbado.
— ¿Hiccup? — preguntó, y su murmullo rebotó ampliándose en las paredes de piedra.
— Astrid. — dijo él levantando la vista rápidamente. — ¿Te despertaron los cañonazos?
— Eh, sí. — mintió, dándose cuenta de que lo había estado observando como idiota.
— Vuelve a dormir. — ofreció — Yo haré guardia.
Astrid se sentó negando con la cabeza. Notó que había estado tapada con el extendido saco de dormir de Hiccup. La lluvia había refrescado la noche.
— Ya he dormido bastante. — le respondió — Tú descansa un poco, debes estar cansado.
— ¿Estás segura? — preguntó rascándose la cabeza con inseguridad.
— Sí, duerme unas horas.
— De acuerdo… — aceptó. Debía estar realmente exhausto.
Hiccup se limitó a acomodarse mejor donde estaba y a volver a recargar la cabeza en los brazos que abrazaban sus rodillas.
— ¿Qué haces? — preguntó Astrid extrañada — Ven acá.
— ¿Eh? — lo había tomado con la guardia baja.
— No me puedo mover así que espero que no te moleste compartir — dijo Astrid señalando los sacos de dormir que Hiccup había unido en una improvisada cama — Te congelarás en donde estás.
Hiccup agradeció la oscuridad de la noche aunada a la oscuridad de la cueva cuando se puso de pie y se dirigió hasta ella. Se metió torpemente y se acomodó a su lado. Astrid le ofreció su regazo como almohada y a pesar de que estaba seguro que no podría conciliar el sueño, en pocos minutos los acontecimientos de los últimos días hicieron mella en él y se quedó dormido.
Astrid se dio cuenta que Hiccup tenía la piel fría. ¿A quién se le había ocurrido jugar con el termostato de la arena? ¿En la selva podía hacer frío? ¿Qué no se suponía que era un clima tropical? Claramente a quien estaba detrás de esto no le importaba. Sin embargo recordó que desde el día de la cosecha también tenía la piel fría.
La piel fría no iba con Hiccup. Hiccup siempre había tenido la piel caliente. Lo sabía porque siempre que la tocaba era así. Desde el día que tenían diez años y le había entregado su primer hacha propia. Para ella solita. Hiccup la había fabricado.
Fue quizá porque estaba soñando con ello, pero cayó en la cuenta de que era Hiccup quien había hecho todas sus armas. Su hacha, su espada, sus cuchillos, todo. Cualquier cosa que ella usaba para entrenar o pelear estaba hecho por Hiccup. Lo cual era extraordinario.
Hiccup siempre estaba hasta el tope de trabajo. Todos querían que sus armas las hiciera él, pues no había mejores armas que las que él hacía. Y a pesar de eso, al parecer siempre tenía tiempo para ella. Incluso si eran simples reparaciones cuando rompía algo en sus duros entrenamientos. Él siempre… había estado ahí.
Sin sus armas, Astrid no era nadie, no era nada. Y Hiccup era el que se las había dado, el que había hecho posible que ella fuera Astrid, si lo pensaba de ese modo. Se dio cuenta que le debía mucho. Le debía quien era.
Vaya. Eso era decir bastante.
Miró su rostro de perfil y estiró los dedos para rozarle el cabello. Como no se despertó, lo hizo otra vez, con más confianza.
Nunca se había imaginado a Hiccup en los juegos. Tal vez por eso antes no se había percatado que él "no regresaría". Lo había tomado como una constante, alguien que siempre estaría ahí, para crear sus armas y escucharla quejarse mientras reparaba su hacha de sus compañeros de entrenamiento o cuando un ejercicio no le salía bien.
Entonces él le diría con esa seguridad inquebrantable que ya le saldría, porque ella era Astrid Hofferson, y ella siempre lo lograba. Y después de eso, después de sus palabras, Astrid lo conseguía. Porque era verdad, porque ella era Astrid Hofferson y alguien creía en ella.
Sus dedos se detuvieron entonces entre los mechones castaños.
Todo eso era pasado. Hiccup no regresaría.
Astrid sintió que apenas estaba asimilando todo lo que eso conllevaba, y de pronto sintió nauseas. ¿Quién podría matar a Hiccup? ¿Quién podría ser tan estúpido e insensible como para matar a Hiccup? Hiccup, que recogía animales heridos de las calles y los cuidaba hasta que se recuperaran. Hiccup, que nunca había herido a nadie. Hiccup, que se esforzaba por traer honor y gloria a su padre siendo el mejor en lo que podía. Hiccup, que no tenía nada que hacer en los Juegos del Hambre.
Ella.
O alguien como ella. Alguien que no supiera nada de esto. Alguien que sólo viera a Hiccup como algo que se interponía entre sí mismo y la victoria. Alguien como ella.
Era así como ella había estado viendo a los otros tributos. Como había estado viendo a todos los demás, punto. Como algo desechable. Algo efímero que en algún momento iba a morir y de lo cual no tenía caso encariñarse o dedicarle tiempo y atención. A Hiccup nunca lo había visto así porque nunca lo imaginó en los juegos. Pero ahora que estaban en los juegos, Hiccup era precisamente eso para los demás tributos.
Los demás tributos que eran alguien importante para alguien. Los demás tributos que alguien más estaba llorando y que alguien más extrañaría. Alguien más nunca volvería a ver a ese importante ser querido.
¿Y todo por qué? ¿Por honor y gloria?
No lo valía.
Astrid se quedó inmóvil mirando a la oscuridad de la cueva que empezaba a clarear con el nublado y lluvioso amanecer. Tenía la respiración entrecortada con la fuerza de la comprensión. La vida de una persona no valía el honor y la gloria de otra. ¿Y qué había estado haciendo ella? ¿A cuántas personas había matado ya? Se sintió mareada.
En el exterior, la lluvia menguó.
Después de unas horas, Hiccup despertó y salió a colocar las trampas que había hecho antes de que comenzara a llover de nuevo, pues el cielo prometía lluvia para rato.
Astrid comenzó a sentirse inquieta cuando Hiccup tardó en regresar. ¿Qué tal si se había encontrado con otro tributo? ¿Qué tal si estaba en problemas? ¿Qué tal si estaba…?
No, no. Ningún cañonazo había sonado. Hiccup debía estar bien. Hiccup debía estar retrasado por una condenada y muy buena razón que le diría tan pronto pusiera un pie dentro de…
— ¡Hiccup! — exclamó cuando vio su silueta aparecer en la boca de la cueva. — ¿Por qué tardaste tanto? — demandó enojada.
— Astrid Hofferson preocupada — la imitó con jovialidad sacudiéndose el agua — Quien diría que… ¿Astrid? — se interrumpió al voltear a verla.
— Idiota. — dijo con la mandíbula tensa. Claro que estaba preocupada, y no era justo que él se burlara cuando ella acababa de tener la más grande epifanía de su vida.
Hiccup se acercó rápidamente a ella soltando más fruta que ella no se había percatado que traía y se hincó a su lado.
— Lo siento, Astrid. — dijo rápidamente — No tenía idea de que…
Ella lo interrumpió atrayéndolo hacía sí en un abrazo para camuflajear lo que quería decirle sin que los micrófonos o las cámaras grabaran.
— No quiero que mueras — confesó — No quiero que te maten. Ya no quiero matar a nadie.
Hiccup se petrificó en su lugar. No sabía que era lo que lo había sorprendido más, su acto o su confesión.
¿Astrid rindiéndose a los Juegos del Hambre? Espera, ¿qué?
Sintiéndose confundido todavía, atinó a devolverle el abrazo y susurrar de vuelta.
— Está bien, Astrid. No tienes que hacerlo.
Le hubiera gustado decirle que él lo haría por ella, pero sabía que no sería capaz de sacarla de la arena incluso aunque lo intentara. Así que se limitó a dejar que lo abrazara y disfrutó el momento.
Comieron en silencio y Astrid sintió la necesidad de explicarse. Uno no atraviesa un cambio de pensamiento e ideología completo sin aguantarse las ganas de compartirlo y desahogarse con alguien.
Tuvo que esperar a que volviera a hacerse de noche, cuando la temperatura volvió a bajar e invitó a Hiccup a compartir el saco de dormir una vez más. Esta vez él volvía a tener la piel caliente y la seguridad de lo conocido la reconfortó. Se acomodó recargando la frente en su cuello y aunque en un principio no sabía como comenzar, pronto se encontró contándole todo.
Sabía que Hiccup no la juzgaría. Que de todas las personas del distrito dos, él era el único que no pensaría que ella era débil por tener esos pensamientos, por cambiar de parecer acerca de los juegos.
— Me siento como una marioneta — confesó — Siento que he querido lo que ellos querían que quisiera. Me siento manipulada.
Hiccup asintió. Giró la cabeza fingiendo que le besaba la frente y se dirigió a su oído.
— Todos somos manipulados. El Capitolio nos controla con la idea de honor y gloria mientras tortura y masacra a las personas, a los que no pueden defenderse. ¿Qué crees que pasaría si decimos esto que pensamos en público?
— Nos ejecutarían — respondió Astrid. — Sin duda.
Hiccup la atrajo más hacia sí frotando uno de sus brazos en un gesto cariñoso. Ella se dio cuenta que no le molestaba. Había sido repentino el fingir cariño para esconder su conversación. Pero extrañamente no había sentido la necesidad de alejarse inmediatamente después. Tal vez porque definitivamente él era más cómodo que el suelo de roca.
Y sin embargo… sin embargo, de haber sido alguien más, hubiera preferido el suelo de roca, incómodo o no.
"A Hiccup nunca lo vi como algo desechable" pensó "Sin darme cuenta, dejé que me importara, y ahora no sé como sacarlo de la arena"
Por su parte, Hiccup se regodeó en el hecho de que ella no lo estaba apartando y parecía relajada entre sus brazos, con la cabeza apoyada en el hueco de su hombro y soltando un suspiro complacido antes de dormirse.
Si iba a morir, pensó, definitivamente valía la pena si sus últimos momentos los pasaba así.
Ya había amanecido cuando por segunda vez, los despertó un cañonazo. Esta vez sólo fue uno, pero traía consigo el nuevo sazón lúgubre de una vida que se perdía para siempre.
— ¿Cuántos tributos quedarán además de nosotros? — preguntó Hiccup.
— No lo sé. No pueden ser muchos más. — respondió ella — Además, no le pueden quedar muchos más días a los juegos.
Era verdad, ya llevaban muchos días jugando, así que los Vigilantes no debían de tardar en hacer algo para agilizar la matanza. Con la nueva humanidad que Astrid había ganado, el pensamiento la hacía sentir asqueada, y enojada.
Esa tarde, se cumplió su presagio cuando la voz de Alvin The Treacherous retumbó en el cielo, felicitando a los seis que quedaban. Y como al parecer eran tres parejas de tres distritos diferentes, anunció algo muy extraño.
Habían cambiado una regla.
Eso era… increíble. Nunca antes había pasado. Hiccup y Astrid se miraron con el asombro pintado en el semblante y continuaron escuchando el anuncio.
Según la nueva regla, los dos tributos del mismo distrito se declararían vencedores si eran los últimos supervivientes.
Ambos se tomaron un tiempo para asimilar la noticia. Parecía un milagro, casi demasiado bueno como para ser verdad.
Este año, ambos pueden regresar a casa.
Astrid no tiene que vivir sin Hiccup. Hiccup no tiene que vivir sin Astrid. Las cosas por fin parecen mejorar.
V
Hiccup estaba perdiendo sangre. Mucha sangre. El torniquete improvisado que Astrid le había hecho en la pierna izquierda no parecía ser de gran ayuda. Estaba poniéndose frío y pálido a una velocidad alarmante y Astrid estaba desesperada.
Acababa de partirle el cráneo a Dagur del distrito seis y con eso deberían de haber ganado ya. ¿Por qué no anunciaban que habían ganado ya?
— Está bien, está bien — lo tranquilizó Astrid, aunque probablemente era ella la más alterada — En cualquier momento vendrán por nosotros. — prometió.
Hiccup asintió apretando los dientes. Astrid estaba sujetando su herida con ambas manos, y él lo único que atinó a hacer fue acariciarle el angustiado rostro como un irremediable y estúpido romántico.
— Saludos, finalistas de los Septuagésimo Cuartos juegos del Hambre — dijo la voz de Alvin The Treacherous.
"¿Finalistas?" pensó frenéticamente Astrid, "¿Finalistas?, ¡somos ganadores!"
— La última modificación de las normas se ha revocado. Después de examinar con más detenimiento el reglamento, se ha llegado a la conclusión de que sólo puede permitirse un ganador. Buena suerte y que la suerte esté siempre de su parte.
Astrid se quedó helada. Pero qué ingenua había sido. Se dio cuenta que nunca habían tenido la intención de dejarlos vivos a los dos. Era sólo un truco para sacarlos de sus escondites y hacerlos enfrentarse, y ellos, como imbéciles, se lo habían tragado.
— No… — susurró Astrid. Y cuando el asombro pasó, llegó el miedo y la ira.
Hiccup suspiró derrotado. Por supuesto que había sido un truco.
— Astrid…
— No. — escupió
— Astrid.
— No. — dijo con más firmeza. — Si no salgo contigo, no salgo en absoluto.
— Astrid, tienes que matarme.
— ¡NO! — gritó, y cuando finalmente levantó la vista para mirarlo, Hiccup se dio cuenta que tenía los ojos aguados.
Se percató que la Astrid que tenía enfrente era muy diferente a la Astrid que conocía antes de entrar a la arena. Esta Astrid no lo mataría. Sintió la mezcla más amarga de felicidad y tristeza.
— Bueno — dijo, y con un rápido movimiento, comenzó a deshacerse el torniquete — Moriré pronto de todos modos.
— ¡Hey! ¡No, ¿qué haces?! ¡No hagas eso! — exclamó tratando de impedir que se lo quitara.
— ¡Astrid! — le detuvo las manos y se quedó con ellas mientras la miraba a los ojos — Tú vas a ganar.
Ella estaba negando con la cabeza antes de que él terminara de hablar. Le dio vergüenza que la viera llorar, él y todo Panem, por lo que lo abrazó de nuevo y trató de tragarse las lágrimas.
Hiccup la abrazó de vuelta, decidiendo que no se arrepentía de nada y que si podía sostenerla hasta el final, era más de lo que podía pedir.
Entonces las vio. Creciendo sin malicia, pero conteniendo la solución mortal.
Detrás de Astrid, crecían unas bayas llamadas "Jaulas de Noche". Eran venenosas. Quizá era porque de todos modos iba a morir, quizá porque prefería morir por decisión propia que por los juegos. Pero se estiró y cogió algunas.
— ¿Hiccup, qué…?
— Ten — le dijo entregándole la mitad. — ¿Una última cena? — e intentó transmitirle con la mirada lo que estaba pensando.
Astrid lo miró sin comprender del todo. Después miró las bayas y las reconoció. Él mismo le había dicho que eran venenosas en los entrenamientos. Le dirigió una mirada inquisidora.
— Confía en mí. — le pidió. Y Astrid confiaba en él. Probablemente era el único en el que confiaba.
A la cuenta de tres, ambos se echaron las bayas a la boca y antes de que Astrid pudiera morder y masticar, las trompetas sonaron.
— ¡PAREN, PAREN! — gritó la voz de Alvin. — Damas y Caballeros, les presento a los vencedores de los Septuagésimo Cuartos Juegos del Hambre. ¡Astrid Hofferson y Hiccup Haddock! ¡Les presento a… los tributos del Distrito dos!
Ambos escupieron las bayas y por fin se escuchó el sonido del transporte que los recogería y salvaría a Hiccup antes de que se desangrara. Los dos estaban demasiado aliviados como para pensar en la gravedad de lo que iba a venir después.
Condenada cuenta de palabras, otro poco y siento que no la libro.
Espero que el desarrollo de personaje me haya quedado bien y que no haya parecido muy apresurado.
¡Espero que lo hayan disfrutado mucho!
Ya saben que lo próximo que actualizaré será "Desesperación" y después continuaré con los prompts.
¡Mil gracias por su paciencia! ¡Les mando un abrazote y otro más por que los quiero mucho!
