CAPÍTULO XIII
Conservar algo que me ayude a recordarte, sería admitir que te puedo olvidar.
PABLO NERUDA
—No tengo ni la más remota idea de por qué llamas a mi hermano, pero necesito tu ayuda ahora mismo. ¿Conoces a algún brujo o curandero en el que podamos confiar que viva en Londres? –preguntó, intentando poner un tono neutro, pero las lágrimas afloraron por sus ojos contra su voluntad.
—¿Isabelle? —Magnus estaba perplejo, no se esperaba en absoluto aquella respuesta— Isabelle, ¿estás bien? ¿te ha pasado algo? —pero mientras preguntaba se dio cuenta de algo. Sólo había visto dos veces en su vida a Isabelle llorando. La primera, cuando Abbadon hirió a Alec. La segunda, cuando Max murió. Así que preguntó, con angustia en su voz— ¿Alec está bien?
—¡Maldita sea, no! —gritó ella, con angustia y lágrimas en su voz— Un scorpios le ha clavado la cola y le ha llenado de veneno. Necesito ahora mismo la dirección de alguien que pueda salvarlo o morirá dentro de poco.
Estúpido nefilim, pensó Magnus. ¿No podría haber elegido ser herido por un demonio menos venenoso? Dándose cuenta de que aquella vía de pensamiento no le llevaría a nada, preguntó, intentando mantener la calma:
—¿Dónde estáis?
—En el Albert Bridge, en el lado de Battersea.
—Quedaos quietos. Dame dos minutos.
Y colgó.
—¿Cómo? —preguntó Isabelle en voz alta aunque sabía que nadie la oiría. Magnus, por mucho que le pesara, era la única esperanza que tenía de la salvación de su hermano y le había colgado. Alec seguía inerte, su único movimiento era el de su pecho al respirar.
Se quedó mirando el rostro de su hermano. No parecía sufrir. En realidad, no parecía sentir nada. Y mientras seguía mirándolo, una voz conocida, que parecía que no la oía hacía siglos, le dijo:
—Dime dónde vivís, dónde podemos llevarlo para que le cure.
Sí, era Magnus. Al parecer él era el conductor del Volkswagen Beetle blanco que acababa de pasar por el puente y que le había pasado inadvertido a Isabelle al tener la mirada y todos los sentidos puestos en su hermano.
—Bayswater Road, 21. ¿Sabes dónde está?
Magnus asintió.
—Frente a Hyde Park. Venga, metámoslo en el coche.
Con extremo cuidado lo metieron en la parte trasera del coche, Isabelle sosteniendo su cabeza en su regazo. Magnus no perdió ni un segundo y se sentó en seguida en el asiento del conductor.
—No te asustes, pero voy a ir un poco rápido.
"Un poco rápido" resultó ser hacer un trayecto de doce minutos sin tráfico en tan sólo tres. Isabelle dudaba que aquel coche, tan antiguo, fuera capaz de tomar aquellas velocidades. Seguramente funcionaría bajo energías demoniacas. A Alec le volvería loco, siempre se entusiasmaba por aquellos chismes. No había parado hasta conseguir una de esas dichosas motos vampíricas. La guardaba en lo alto de su edificio y a menudo salía con ella a sólo Dios sabía dónde…
—¿En qué planta es? —preguntó Magnus, rompiendo la ensoñación de la cazadora de sombras. No podía creerse que hubieran llegado tan pronto.
—Tercera. La puerta de la derecha —respondió automáticamente.
—Abre la puerta. No puedo permitirme gastar magia en eso. Yo cojo a Alec.
Isabelle asintió y salió a toda prisa del coche. Abrió la puerta y esperó a Magnus, que llegó al poco con Alec en volandas. En otra situación le habría hecho burla a su hermano. En otra situación.
—¿Te ayudo a llevarlo?
—No hace falta. Sube y abre la puerta, yo te sigo.
Así lo hicieron. Cuando Magnus entró en el piso, las luces estaban encendidas y la puerta de una de las habitaciones abiertas. Supuso que debía llevarlo allí. En efecto, allí le esperaba Isabelle, que le ayudó a tumbarlo bocabajo en la cama, dejando la herida de la espalda al descubierto.
Isabelle se estremeció. A la luz, la herida tenía un aspecto mucho peor.
Magnus no pudo evitar hacer una mueca. Allí había mucho trabajo que hacer y no había tiempo que perder.
—Voy a salvarle —murmuró, sorprendiéndose al escucharse decir aquello. Era algo que no debía hacer, pues el resultado no dependía totalmente de su trabajo.
—Por supuesto. Si no, te mataré.
—Qué alentador… —comenzó a decir Magnus pero se cortó. Había que centrarse— ¿Tenéis algún tipo de ungüento curativo, antídoto…?
—Tenemos algunas hierbas… pero dudo mucho que sirvan para una herida causada por un demonio escorpión.
—Isabelle, esto es mucho más que una simple herida… —hizo una pequeña pausa y negó con la cabeza. De nada servía explicar cuánto de grave era la situación— Toma mi móvil, llama a Kevin y dile que traiga todo lo que tengamos a mano para combatir el veneno de un scorpios. Dale vuestra dirección y espérale en la calle. Vendrá tan pronto como pueda, te lo aseguro. Dile que se lleve el coche. ¿Entendido?
Ella asintió y cogió el móvil que él le dio.
—Voy a ponerme a trabajar. No tenemos tiempo para más charlas.
Isabelle no se esperó a ver qué hacía Magnus. Salió al salón y empezó a buscar en la lista de contactos. Justo cuando había localizado al único Kevin de la lista (su nombre iba seguido por un emoticono de un gatito, no sabía por qué, aunque pronto lo entendería), escuchó a Simon salir de su piso y acercarse al de Alec.
—Me había parecido que habíais llegado. ¿Por qué no me…? —Simon comenzó a decir mientras no veía a Isabelle. Una vez lo hizo, dijo:— Izzy, ¿qué ha pasado?
—Simon… Alec está muy mal. Ha sido atacado…
—¿Cómo? ¿Dónde? Olvida eso, debemos pedir ayuda.
—Magnus está aquí. Ha venido a salvarle.
—Ah, pues si está Magnus… ¿cómo? —Simon abrió los ojos como platos, realmente sorprendido.
—No lo sé, él le ha llamado en el mismo momento en el que yo iba a llamarte para contártelo… —hizo una pausa y negó con la cabeza— He sido una estúpida, como siempre no he tenido cuidado. El escorpión me iba a atacar a mí, pero Alec se ha interpuesto entre nosotros.
—Izzy tranquila —Simon corrió hasta ella y la envolvió en su abrazo—. Magnus está aquí. Magnus le salvará.
—No pienso volver a salir a cazar más —dijo ella estallando en lágrimas.
—Isabelle mi amor, tranquila —Simon le besó los cabellos—. ¿Magnus te ha pedido que hagamos algo?
Ella asintió contra su pecho.
—Dime qué es y yo lo hago. Tú túmbate en el sofá.
La cazadora de sombras se separó de él y negó con la cabeza. Se enjugó las lágrimas.
—Debo llamar a un amigo de Magnus para que nos traiga algunos medicamentos, lo esperaré en la calle. Tú quédate aquí por si Magnus nos necesita, ¿de acuerdo?
Simon asintió y dejó marchar a Isabelle.
Al rato Isabelle volvió a aparecer, con un par de frascos y un paquetito en las manos. Simon se había quedado de pie, en medio del salón y con la puerta de la casa abierta esperándola. Una vez ella estaba dentro, la cerró. Isabelle fue a la habitación de Alec y dejó las cosas junto al móvil de Magnus en la mesilla de noche, sin decir nada. Después, salió del cuarto.
—Ven conmigo, Iz —Simon la atrajo hacia él—. ¿Estás herida?
Ella negó con la cabeza.
—¿Segura?
Apartándose de él, le enseñó sus brazos y dio una vuelta sobre sí misma.
—Ni un rasguño. Sólo estoy un poco quemada por el veneno que supuraba el cuerpo de Alec…
—Ven, te prepararé un baño caliente. Es mejor que quememos todas esas ropas. De momento no podemos hacer ya nada para ayudar —dijo a sabiendas que si no lo decía, ella protestaría.
—Me siento tan impotente…
—Lo sé mi amor, lo sé.
Simon la volvió a abrazar y la llevó hasta el baño.
Algunas horas después, Magnus todavía seguía con su tarea. Ya había conseguido eliminar todo el veneno, que no era poco, de la espalda de Alec y ahora pasaba al profundo corte de la espalda.
Isabelle y Simon estaban esperando en el sofá del salón. Ninguno había dormido nada, tampoco habían hablado, ni se habían acercado a la habitación. Sólo habían estado esperando, Isabelle recostada en el pecho de Simon.
Media hora después, Magnus les llamó. Aparecieron segundos después por la puerta. No dijo nada y esperó a que valoraran, por la vista, el estado de Alec. La herida, aunque feísima, estaba cerrada.
—¡Magnus! —exclamó Isabelle, y se echó a sus brazos con lágrimas de alivio asomándose a sus ojos. El brujo le devolvió el abrazo con desgana. Estaba totalmente agotado— Nunca dejaré de estarte agradecida.
—Isabelle, querida, ¿te importaría traerme un té o algo caliente? No soy capaz de conjurar nada, y de verdad que lo necesito.
Isabelle se apartó, y con lágrimas todavía en los ojos, asintió.
—Claro.
—Izzy, cariño, quédate aquí. Ya lo hago yo —dijo Simon.
Magnus, que por un segundo no tenía toda la atención en Alec, se fijó en Simon e Isabelle. La última vez que los había visto estaban claramente enamorados, pero no parecían saberlo ni ellos mismos, y desde luego no lo estaban como lo que estaba viendo ahora. Veía un amor verdadero, basado en la convivencia y en el conocimiento recíproco. Aquello que habría tenido con Alec si no le hubiera dejado. Sintió una enorme punzada de dolor en el estómago.
Tenía mil preguntas que hacer, pero se sentía totalmente exhausto. Sólo quería tomarse lo que le trajera el vampiro y controlar el estado de Alec en calma.
Isabelle se agachó y tocó la mejilla de Alec.
—Alec, lo siento tanto. Soy la hermana más estúpida e inconsciente del mundo. Y tú eres el mejor, no te merezco. Pero ahora te vas a poner bien, te vas a poner bien en seguida si no quieres que te patee el trasero, ¿me has entendido? Te quiero —y dicho esto, le besó en la mejilla.
Magnus contemplaba la escena con una sonrisa en el rostro. El tiempo había pasado, pero los hermanos eran iguales.
—Magnus, toma —le dijo Simon, con una taza humeante en la mano.
—Gracias.
Magnus olió la taza que le había dado el vampiro, intentando inundarse con el aroma. Sonrió inconscientemente. Era Rooibos Earl Grey, el favorito de Alec.
—¿Quieres que me quede yo vigilándole? —le preguntó Isabelle, rompiendo sus pensamientos.
—No, ya me quedo yo aquí. Mi trabajo todavía no ha terminado. Tiene la fiebre muy alta y debo controlarla. Vosotros descansad.
—Estaremos en el sofá del salón. Si pasa algo… dínoslo.
Los dos se marcharon, dejando a Magnus sumido en sus pensamientos. Le había dado tantas vueltas al hecho de que Alec seguía sin envejecer. Y luego también estaba Isabelle. No había llegado a ninguna conclusión, no veía nada posible. Se lo preguntaría y lo hablaría con Alec, cuando se despertara. Porque se iba a despertar.
Se pasó horas con los ojos fijos en el rostro de Alec, que estaba medio enterrado en la almohada, y en su espalda herida. Puso paños fríos con hierbas medicinales sobre ésta para bajarle la fiebre. La tenía altísima. A ratos murmuraba, a ratos gritaba, el nombre de su hermana. Debía estar recordando el momento del ataque. Debía seguir preocupado por ella en vano.
Mirándole así, sin moverse, pensó en las veces que había pasado la noche con él. No habían sido muchas, en realidad, pues siempre tenía que irse a hacer misiones de cazador de sombras. También pensó, inevitablemente, en la primera vez que le había curado, cuando había sido atacado por Abbadon. Después de recuperarse, él había ido a su loft de Brooklyn para agradecerle el trabajo realizado y de paso, pedirle una cita. Entonces le había besado por primera vez, y Alec le había confesado que aquél era su primer beso. Aquel día había sido el inicio de todo.
Y después… se puso a pensar en la nueva faceta que parecía tener Alec. Salía con chicos, con muchos chicos. Se estremeció al pensar que por su cuerpo habían pasado manos —y no sólo manos— que no eran las suyas. En todos aquellos años, cuando había pensado en Alec, no había pensado que estaría con nadie más. Podía parecer algo egocéntrico, pero en realidad no lo pensaba por eso. Pensaba que Alec era demasiado tímido, que no se atrevería a estar con otro Subterráneo después de él. Y luego… ¿habría algún cazador de sombras gay que le gustara? Esa era la razón por la que no se lo había imaginado con otra persona. Pero resultaba que ahora se lo pasaba bien entre los mundanos.
Cuando empezaba a amanecer, se quedó dormido.
Horas después, aunque a él le parecieron minutos, parpadeó y se despertó. Isabelle, con otras ropas y bien maquillada y peinada, aunque con claras ojeras en los ojos, estaba sentada en una butaca a su lado cogiéndole la mano a Alec.
—Siento haberte despertado, Magnus. Sólo había venido a ver a Alec.
—Creo que pasará un día más durmiendo. Pero tranquila, se va a poner bien. Llegué justo a tiempo.
—Magnus… tengo que hablar contigo un momento. Salgamos de aquí.
Se levantó y salió de la habitación, sin girarse para comprobar si él le seguía. Magnus, que estaba que se caía por los suelos, la siguió difícilmente.
—Te escucho —murmuró y se sentó (más bien se desplomó) en el sofá.
—¿Por qué le llamaste anoche? —Isabelle estaba en la actitud de soy-una-leona-que-cuida-de-su-familia, eso era evidente. El momento "Magnus, muchas gracias por salvar a Alec" había terminado. Para colmo, volvía a llevar el látigo enrollado a su brazo.
Qué alentador… pensó el brujo.
—Quería hablar con él —dijo explicando lo obvio.
—Eso ya me lo imagino. Lo que quiero saber es… por qué. Por qué después de tanto tiempo, va y ayer le llamas… ¿O es que…?
Magnus decidió decir clara y llanamente la verdad.
—Me encontré con él la semana pasada. En el club Ojos de gato. Yo era su cita, y él la mía. No tenía ni idea de que podría encontrármelo aquí en Londres… y menos aún con la misma apariencia.
Isabelle parecía contrariada y un poco enfadada. Supuso que era porque por lo que se veía, Alec no le había dicho nada del tema, pero con Isabelle nunca se podía saber.
—¿Te lo ha explicado? —preguntó, apretando los labios con fuerza.
En otro momento, Magnus habría jugado a preguntar ¿el qué?, dando largas. Pero no tenía ni el humor ni la fuerza para ello.
—No. Se marchó en cuanto me vio y me dijo que me olvidase de él. Pero yo… —hizo una pausa— si tú te encontraras con alguien, mortal, y descubrieras veinticinco años después que no ha envejecido… ¿tendrías curiosidad, no?
—Eso no puedo negártelo. ¿Se lo has dicho a alguien?
—No, tranquila. Fui a su… ¿trabajo? Al día siguiente y quise hablar con él. Él dijo que necesitaba tiempo… así que le llamé una semana después, el jueves. Pero me lo cogió un chico. Así que le volví a llamar ayer, y me lo cogiste tú. Ésta es toda la historia.
Isabelle pareció reflexionar.
—Uhm… entiendo. Está bien. Supongo que no tendrás pensado irte y esperar a que te llame cuando se despierte, ¿no? Pues quédate aquí y duerme. Yo te voy a dar el relevo.
Y dicho esto y sin esperar respuesta, como era usual en ella, se marchó a la habitación de su hermano.
Magnus no rechistó. Se acurrucó en el sofá y se echó a dormir. Un tiempo después indeterminado para él, le despertó el olor a comida china. Y en efecto, eso es lo que tenía delante de los ojos. Había varias cajas en la mesilla de café. Sin pensárselo, empezó a comer, estaba muerto de hambre. Escuchó a Simon y a Isabelle hablando:
—No es eso —dijo con voz clara ella—. Claro que temo que cuando se despierte ver a Magnus le cause dolor. Pero no creo que sea para tanto. Al fin y al cabo, han pasado muchísimos años, y Alec lo ha superado. Pero lo que de verdad temo es que piense que debe volver con Magnus.
—¿Cómo? ¿Es que no te gustaría que volvieran a estar juntos?
—De verdad Simon, ya hemos hablado de esto. Magnus le dejó. Le pisoteó el corazón y después se largó de Nueva York. Han pasado muchísimas cosas desde entonces. No volvería a ser lo mismo. Por eso, tengo miedo que piense que podría recuperarlo y luego se diese cuenta que lo pasado pasado está.
—Vaya…
—¡Por el Ángel, Simon, no me mires así! Es como si estuviese diciendo una aberración. Pues bien, esa es mi opinión.
—¿Pero no te gustaría que Alec tuviera una relación estable?
Isabelle se quedó en silencio por unos segundos.
—No es como si Alec fuera llorando por los rincones por no conseguir tener novio. Vale, muy bien Simon, ya sé qué quieres decir, hemos hablado muchas veces de esto… pero sólo digo que soy su hermana y no quiero que le vuelvan a hacer daño, y me echaré a la yugular de cualquiera que amenace con hacerlo.
Simon rió ligeramente.
—Lo sé, Izzy. Y hablando de yugular…
Magnus, viendo que la conversación sobre él ya había acabado (momentáneamente) decidió hacer notar que estaba despierto.
Se levantó y caminó hasta ellos, que estaban sentados en unas sillas altas en frente de la encimera de la cocina.
—Uhm… ¿qué hora es?
—Las diez.
—¿De la noche?
Simon asintió con la cabeza.
—Debías estar realmente bajo de baterías.
—Y vaya si lo estaba. Pero ahora estoy perfectamente. ¿Alguna novedad en Alec?
Izzy hizo que no con la cabeza.
—Sigue profundamente dormido. Ha habido momentos en que tenía una fiebre altísima, pero le he seguido poniendo paños helados con ese ungüento pringoso de tu amigo el gato. Ah, y le ha supurado de la herida –puso cara de asco– veneno del demonio.
—Era de esperar. Le quité todo el que había dentro de la herida, pero el veneno de los escorpiones actúa rápido, y ya se le habría colado en los tejidos. Es buena señal que le haya salido.
Asintieron y se quedaron un rato en silencio.
—Isabelle, debes estar cansada. Me imagino que no habrás dormido en todas estas horas. Podéis iros a descansar, yo cuidaré de Alec.
Isabelle y Simon se miraron a los ojos, parecían tener una batalla interna. Poco después, Isabelle dijo:
—Está bien —suspiró profundamente—, nos iremos a dormir a nuestra casa. Vivimos en la puerta de enfrente, no se tarda ni medio minuto en tocar a la puerta para decir si ha pasado algo. ¿Entendido?
Magnus asintió.
Dicho esto, los dos se fueron. Magnus volvió al cuarto de Alec y estuvo durante un buen rato mirándole. Así que, una vez con las pilas cargadas y sin nada que hacer, decidió echar una ojeada a la casa. Empezó por el cuarto, pues se hallaba dentro de él. La mayoría de los muebles eran blancos, como en toda la casa. Las paredes también. Tenía una cama enorme en el centro, la pared de enfrente a la puerta toda cubierta por armarios y la otra con unas estanterías. En ellas había libros, un equipo de música y fotografías. Con Jace, con Clary, con Simon, con Isabelle, con Max, siendo más pequeños… incluso con sus padres. Pero no había ninguna con él. ¿Qué te esperabas, brujo?, se dijo a sí mismo. Y después había otra con el chico de la tienda de mascotas. Estaban en la mesa de un restaurante, los dos con copas de vino en la mano, brindando, sonreían y Alec estaba todo rojo. Adorable. Decidió dejar de mirar la foto y de sentirse celoso, así que pasó a echar una ojeada al armario. Como todas las cosas de Alec, se encontraba en perfecto orden. Le sorprendió ver trajes de chaqueta elegantes, camisas y pantalones de vestir, otros más de fiesta… no eran muy coloridos, pero eran mucho más de lo que solía llevar antes. Después, siguió recorriendo la casa.
Tenía una cocina de concepto amplio bien equipada, que daba a una sala de estar comedor bonita, aunque un poco falta de decoración para su gusto. Había tres sofás, una mesilla de café, un televisor, una mesa de comedor con cuatro sillas, más estanterías con libros ¿cuántos tendría? y fotos.
Luego, un baño de tamaño medio de color blanco resplandeciente. Dicen que la curiosidad mató al gato, y eso es lo que le pasó al comprobar el armario del baño de Alec. No, Alec no se había convertido en un adicto a los cosméticos y a las cremas, pero parecía que se hubiera convertido en un coleccionista de todo tipo de lubricantes y preservativos… Intentando borrarse de la cabeza lo que acababa de ver, decidió dejar de escudriñar en aquella estancia.
Y por último, un cuarto más pequeño. De nuevo no pudo evitar meter las narices en él. Había un armario con todo un arsenal de armas de cazador de sombras. Y había una caja en la que ponía recuerdos. ¿Sólo tenía una caja con recuerdos? Quizás era porque todos los otros los tenía por la casa. No pudo evitar, de nuevo, fisgonear. Juraba que sólo miraría por encima y sólo se detendría si se diese cuenta de algo que tenía en relación con él.
Pasó varios papeles que se obligó a no mirar, paquetes con más fotografías, algunos juguetes típicos de cazadores de sombras y unas gafas que debían ser, no cabía duda, de Max. Y en el fondo, totalmente en el fondo, estaba él. Tres cosas y no más. La camiseta negra con las palabras Un millón de dólares en lentejuelas que llevaba puesta cuando se habían dado su primer beso. No recordaba que Alec se la hubiera quedado. Un DVD de La Isla de Gilligan, aquél que nunca habían llegado a ver cuando Jace se intercambió por Alec para ir al encuentro con la Reina Seelie. Magnus se lo había regalado añadiendo un post-it en la portada, que seguía estando pegado a la tapa: "Jamás me habría imaginado que custodiar a alguien podría resultar tan placentero", ponía en su sinuosa caligrafía. Lo último, que estaba en el fondo absoluto de la caja, era un sobre en el que Alec había escrito con su pequeña y apretujada letra su nombre, Magnus. Dentro había fotos que se habían tomado juntos: en el viaje de Europa, en la boda de Jocelyn y Luke, en su loft… No había muchas. También estaban todos los tickets, entradas, billetes… de su viaje por Europa. Recordó haberle visto coleccionándolos todos, y allí estaban. Salvo uno. Aunque tantos años después, se podía acordar de cuál faltaba. Quizás porque era significativo. Era la entrada de Madame Butterfly, la ópera que no habían conseguido ver entera por haber tenido que volverse a Nueva York.
Pensó si podía tener algo más que no estuviera allí, y entonces le vino a la mente algo. Una tarde, estando recostado sobre su regazo, Alec se había puesto a toquetear los anillos que decoraban aquel día las manos del brujo y se detuvo en uno. Era un anillo de oro con una piedra de ámbar incrustada en él. Alec le había dicho: Qué bonito, es del color de tus ojos. Y Magnus, sonriendo, se lo había regalado. Cuando no estaba en misiones de cazador de sombras solía llevarlo. Y ahora… ¿dónde estaría? ¿Seguiría teniéndolo?
Pero en realidad, en lo que pensó fue en las pocas cosas que tenía de él. Magnus también tenía bien pocas, en realidad menos, por lo que la escasez de ellas no era lo que le reprochaba. Desde que había vuelto a ver a Alec, Magnus había estado leyendo al maldito Neruda. No podía remediarlo, era tan sensiblero como él mismo. Y en aquel momento le vino el verso: Es tan corto el amor y tan largo el olvido. Aquel verso resumía absolutamente su relación. Habían estado bien poco tiempo juntos y después de tantos años no le había conseguido olvidar. Ahora bien, ¿lo había intentado? En realidad no. Pero, ¿quería hacerlo?
Sabiendo que no iba a hacer otra cosa que causarle un enorme dolor de cabeza, intentó dejar el tema. Así que metió todas las cosas de vuelta a la caja y volvió a velar a Alec durante algunas horas. Le cambió los paños fríos un par de veces. Era ya domingo y estaba amaneciendo. Fue a la cocina y abrió la nevera. Descubrió que Alec estaba bien surtido de comida, pero toda era bien saludable. Lo único que encontró de su agrado fue una tarrina de helado, que se fue comiendo cucharada a cucharada sin dejar de mirar a Alec. Cuando la terminó, la tiró y decidió ducharse. Después, se planteó cogerle algo de ropa a Alec, pero supuso que Isabelle le arrancaría la cabeza, así que decidió hacer aparecer ropas suyas limpias y vestirse con ellas. Cuando salió, volvió a la butaca frente a Alec. Al rato volvieron Isabelle y Simon.
Poco más pasó aquel día, Isabelle evitaba claramente hablar con él, así que mientras ella estaba en el cuarto con su hermano Magnus se dedicó a ver las tres películas de El Señor de los anillos en silencio con Simon. Por la noche, Isabelle pidió pizzas y cenaron los dos en silencio. Y cuando estaban terminando de cenar, se escuchó la voz de Alec.
—Izzy, ¿estás bien, Izzy? —preguntó con la voz rota.
Los tres corrieron hasta su habitación y se encontraron con que estaba intentando levantarse.
—¡Quieto! —Isabelle se sentó a su lado en la cama y le obligó a tumbarse de nuevo— Alec, tienes una herida terrible en la espalda. Ya la tienes cerrada, pero ni se te ocurra levantarte o darte la vuelta.
—Izzy, ¿estás bien?
—Perfectamente. Te interpusiste entre el escorpión y yo, así que todo el daño lo recibiste tú. Sé que no va a servir de nada que te lo diga, pero no vuelvas a hacer eso.
—Soy tu hermano mayor, es mi deber.
—Oye, Alec…
—¿Sí?
—Magnus te curó la herida.
—¡¿Cómo?! —exclamó inmediatamente Alec— ¿Le llamaste?
—Cuando iba a llamar a Simon, sonó tu teléfono. Era él, se enteró de lo que pasaba y vino a curarte. Él… está aquí.
—¡¿En mi casa?! –preguntó de nuevo alarmado. Parecía que estaba a punto de sufrir un auténtico ataque de nervios.
Cuando Isabelle estaba a punto de decirle algo para intentar calmarle, aunque no sabía exactamente el qué, Magnus habló:
—Alexander, Isabelle me dijo que te trajera aquí para curarte. Siento haber entrado sin permiso en tu casa, pero estabas al borde de la muerte y no podía hacer otra cosa que intentar… y conseguir salvarte. Si lo deseas, me marcho ahora mismo. Aunque quizás precisaréis de mis servicios. Soy bueno, pero no estás curado del todo.
Transcurrieron unos segundos en silencio. Por la respiración, parecía que Alec estaba intentando autoserenarse. Finalmente, dijo:
—No, está bien. Puedes quedarte. Pero, ya que estoy boca abajo y no puedo moverme o de lo contrario Isabelle me atará a la cama con su látigo de electrum, me gustaría saber quién está a mis espaldas.
—Yo estoy aquí —dijo Simon.
—Lo suponía. Hola, Simon. ¿Qué día es hoy? ¿Y qué hora?
—Es domingo, son las nueve y media.
—Izzy, hay que llamar a George y decirle que mañana no puedo ir al trabajo —dijo Alec en un tono de lo más calmado y profesional que sorprendió a todos.
—Es verdad, un segundo que le llamo. También tendría yo que llamar a mi jefe…
—¿Por qué? Izzy, no soy un niño pequeño, puedo pasarme la mañana solo.
—Pero mañana es lunes, Simon y yo trabajamos a jornada completa.
—Sigo pudiendo quedarme yo solo.
—De ninguna manera.
—¡No quiero que pierdas trabajo por mí!
—Como si eso fuera un problema.
—¡Claro que lo es! Si no te pasas el día dando puñetazos y patadas, luego por la noche estás rabiosa y la pagas con el pobre de Simon y conmigo.
Simon soltó una risita, Isabelle apretó los labios. Odiaba pelear con Alec, porque él siempre le hacía parecer una inmadura que hacía cosas con escasa coherencia.
—Pero…
Magnus decidió intervenir.
—Puedo quedarme a cuidarle yo.
El silencio se extendió en la sala. Isabelle le lanzó una mirada llena de suspicacia al brujo.
—No tengo nada que hacer, y así podéis iros a trabajar sin tener que preocuparos –explicó el brujo.
—Uhm… está bien… sólo si Alec acepta. ¿Alec?
La cazadora de sombras miró en dirección a su hermano (aunque el contacto visual, en la posición en la que éste estaba, era imposible) para encontrar en él un aliado contra el brujo rey del glitter. Pero Alec en cambio dijo:
—Está bien —murmuró con el rostro totalmente enterrado en la almohada.
—¡¿Alec?!
Isabelle parecía que estaba a punto de matar a su hermano. Simon parecía, en cambio, divertido. Magnus sonreía, aunque no sabía si aquello iba a resultar bien.
—¿Qué pasa, Izzy? No es como si fuese un desconocido. No creo que se dedique a trincharme mientras no estáis vosotros.
Magnus rió, a lo que Izzy pareció más enfadada.
—Muy bien, de acuerdo. Pero tú y yo tenemos que hablar cuando estos dos no estén delante. Ahora, voy a llamar a George. Descansa. Y tú, brujo, vete a dormir al sofá para poder estar mañana despierto para ayudar a mi hermano en todo lo que necesite.
Durante el resto de la noche Magnus durmió en el sofá. Alec siguió durmiendo en su cama, su estado claramente mejorado. Simon se ofreció a hacerle el relevo a Isabelle, lo que se convirtió en que se quedó la noche durmiendo en la butaca que, menos mal, era cómoda. Por la mañana, Isabelle le despertó y antes de irse con él a trabajar, despertaron a Magnus.
Después de que se fueran, Magnus desayunó y se aseó en el baño, intentando conseguir el mejor aspecto posible que podía ser capaz de tener con unas ojeras inmensas. Intentó ordenar sus ideas. En cuanto Alec se despertara, tenía que hablar con él. Era su oportunidad y no podía perderla. No esta vez.
Wow, 5000 palabras justo. No pretendía hacerlo tan largo, pero no sabía dónde cortar. Ay, estoy en un gran conflicto, desearía tanto que Magnus le diese un baño de esponja a Alec en el próximo capítulo... pero es obvio que es algo que en nefilim jamás aceptaría (de momento). En fin, veré qué puedo hacer. Como siempre, gracias por todo el apoyo, follows y reviews... significan muchísimo para mí y la verdad, no se me había ocurrido que Simon fuera con ellos de caza, tenéis razón. Pero bueno, ya está escrito y el encuentro de Simon e Isabelle y el susto de Simon ha sido tierno al menos, ¿no?
A UnbreakableSOUL: Ningún problema, me haría mucha ilusión. Dime cómo te llamas en facebook y te agrego ;)
AVE ATQUE VALE!
