Hola nuevamente; muchas gracias por sus comentarios y en general por tomar su tiempo para leer, comenten o no. Estos días estuve haciendo correcciones de estilo a mi fic (principalmente el cambio de guiones cortos por los guiones largos reglamentarios para los diálogos) y creo que ya quedó arreglado ese asunto así que ya puedo continuar.

Inuyasha, Sesshomaru, Kikyo y demás personajes son propiedad de la autora Rumiko Takahashi.

Royakan, el lobo cabezón en dos patas con armadura, se había presentado nuevamente ante Sesshomaru; él le dio algunas noticias sobre los Gatos Leopardo: ataques cada vez más frecuentes por parte de esta raza, que si bien eran controlados por el ejército que alguna vez perteneció a Inu no Taisho, no dejaban de causar molestias. Inuyasha escuchaba todo atento a unos metros de distancia, en un esfuerzo por entender de qué trataba todo este asunto, pero la información no era muy clara para él y al parecer Sesshomaru no tenía muchas intenciones de explicarle o compartir detalles con él.

—Es todo lo que puedo informarle por hoy, señor —concluyó Royakan.

—Entonces retírate —ordenó Sesshomaru.

—¡Sí, señor!

Inuyasha vio partir al demonio soldado todavía con algunas dudas en su cabeza, pero luego decidió mostrar una sonrisa confiada y voltear a mirar a Sesshomaru.

—Nos desharemos pronto de ellos —le certificó a su hermano mayor.

—Eso es seguro —agregó Sesshomaru.

—Y cuando los "gatitos" salgan huyendo con la cola entre las patas, tú y yo gobernaremos las tierras sin que nadie más nos moleste —enfatizó Inuyasha al cruzarse de brazos con un tono burlón.

—Solamente yo —corrigió el otro.

Esta afirmación tomó por sorpresa a Inuyasha, quien no tardó en protestar.

—Que yo sepa, los dos estamos juntos en esto: ¿por qué dices que sólo tú?

—Porque a mí me corresponde ese honor.

—¡Qué! ¡¿Y dónde quedo yo?! —reclamó de inmediato. Ya no quedaba rastro de esa sonrisa confiada.

—Pelearás en el ejército, junto a los demás, bajo mis órdenes.

Esto último desató una reacción dentro del interior de Inuyasha: una sensación dolorosa. El híbrido ya sabía sobre las intenciones iniciales de Sesshomaru, pero él había creído que todos esos años de convivencia habían logrado que su hermano mayor lo considerara un familiar digno de seguir el linaje de su padre, a pesar de ser hijo de una humana; la forma en que ahora hablaba Sesshomaru sólo demostraba que, a pesar de todo, no lo veía más allá de un elemento extra para las filas de su ejército de bestias.

—Voy a ausentarme —agregó Sesshomaru y así distrajo sus pensamientos.

—¿Por? ¿Cosas sobre la guerra? —se apuró a preguntar Inuyasha, con un tono molesto en su voz.

—Regresaré en un mes —continuó Sesshomaru sin dar respuesta a la pregunta anterior.

—Quiero ir contigo —demandó Inuyasha.

Esas palabras y ese tono usado provocaron que Sesshomaru lo mirara fijamente, sin cambiar su expresión. A pesar de su habitual manera estoica de comportarse, Inuyasha dedujo por el lenguaje corporal que comenzaba a molestar a su maestro; de más joven el híbrido hubiera guardado silencio de inmediato para no hacerlo enojar, pero en esta ocasión eso no le importó.

—¿En serio piensas abandonarme? —dedujo Inuyasha tras este breve intercambio de miradas—. ¡Nunca me incluyes en tus asuntos importantes! ¡Siempre me dejas a un lado como si no fuera lo suficientemente inteligente para entender estas cosas: sólo te marchas y ya!

Era la primera vez que Inuyasha pasaba ese límite: la primera vez que le reclamaba algo a su maestro. Dicho esto, se preparó de inmediato para recibir una posible represalia por parte de su hermano mayor.

—Regresaré en un mes y quiero verte aquí para entonces —repitió Sesshomaru con una voz pausada, pero que se había vuelto más fría de lo habitual y daba a entender de forma clara que su dueño ya no quería más réplicas.

Inuyasha no insistió más así que Sesshomaru emprendió el vuelo de la forma habitual que él conocía; ver a su hermano mayor partir con tal indiferencia sólo acrecentó ese sentimiento doloroso en el interior de Inuyasha. Ese sentimiento de dolor rápidamente se mezcló con rabia, así que el híbrido comenzó a correr por el bosque como si quisiera escapar de lo que sentía dentro. Mientras corría, él empezó a envenenar su propia mente con pensamientos tristes sobre lo que los demás pensaban de él: sólo su madre lo había querido y valorado; el resto lo repudiaban o buscaban sacar algún provecho de él.

—¡Maldita sea!

Este último pensamiento lo había enfurecido aún más, al grado de detenerse y soltar repetidos arañazos hacia el tronco de un árbol que había elegido como el blanco de sus ataques: estaba enojado con sus padres por abandonarlo; estaba enojado con los humanos por rechazarlo; estaba enojado con Sesshomaru por no aceptarlo como su hermano.

Finalmente, el híbrido pudo desfogar su rabia en el maltrecho árbol y siguió su camino; estaba pensando en qué hacer cuando algo lo hizo detenerse de golpe: ese dulce aroma que había descubierto de más joven, similar a un perfume, podía detectarse de forma leve en ese lugar. De nuevo él sintió el impulso de seguirlo así que avanzó rápidamente entre los árboles, tras la pista; el olor se hacía más fuerte, lo que indicaba al híbrido que iba por buen camino.

Inuyasha se detuvo en el límite entre el bosque y las afueras de una aldea que parecía algo vacía; podían apreciarse algunas casas sencillas pero bien construidas y del lugar emanaba una sensación de tranquilidad, aunque eso no era lo que le interesaba al híbrido: una hermosa muchacha con ropas de sacerdotisa color blanco con rojo, de cabello negro y largo, mirada serena y piel nívea caminaba a paso tranquilo por el lugar; mirarla y reconocerla como la dueña de ese aroma hizo que el corazón de Inuyasha comenzara a latir rápidamente, sin que él pudiese explicarse por qué. Esa jovencita le transmitía fácilmente la paz de su andar.

—¡Kikyo!

El grito de una niña hizo que Inuyasha se pusiera alerta y se refugiara mejor entre los árboles. La pequeña se acercó de inmediato a la dueña del perfume: ambas se parecían mucho en físico.

—¡Kikyo, hermana! —insistió la niña una vez que llegó con ella—. Iré a traer agua del río. ¿Quieres venir?

—Debo hacer los rezos para la perla de Shikon —respondió la hermana mayor de forma amable.

Esto último causó un sobresalto en Inuyasha: la mujer justo había hablado sobre la tan codiciada perla que mencionó Kouga. Él se preguntaba si ella sería su guardiana mientras la conversación entre las otras dos seguía.

—Oh, está bien —respondió la niña—. No tardo, entonces.

—Ve con cuidado —la despidió Kikyo.

La niña se marchó hacia el bosque y pasó muy cerca de Inuyasha, quien tuvo que inclinarse lo más que pudo para evitar ser descubierto. Después, él fijo su mirada en la silueta de Kikyo, quien ya se alejaba.

—Es mi oportunidad para investigar sobre la supuesta perla de Shikon —dijo para sí el híbrido.

Primero, se aseguró de que no hubiese más humanos a la redonda; al ver el campo libre, Inuyasha salió de su escondite y comenzó a seguir a la chica a una distancia prudente y con las casas de la aldea como escondite ocasional. Finalmente, él la vio entrar en una pequeña casa sin ventanas; con el mayor sigilo posible, él se acercó a la entrada abierta del lugar y logró ver, apenas asomando la nariz, que la mujer estaba hincada frente a algo. Inuyasha estiró su cuello un poco más y finalmente la vio: colocada sobre un altar, se encontraba una pequeña esfera rosada sostenida en el centro por un collar, y en el mismo collar estaban ensartados por la mitad pequeños fragmentos blancos similares a dientes para complementar el diseño de la joya.

—¡Esa debe ser! —pensó Inuyasha con júbilo—. ¡La perla de Shikon!

De inmediato, Inuyasha recordó las palabras de Kouga: esa joya le permitiría convertirse en una bestia pura, algo que lo volvería más fuerte y por lo tanto le tendría que brindar el reconocimiento que tanto anhelaba, así frente a otras bestias como frente al mismo Sesshomaru. Inuyasha pausó un poco en sus pensamientos sobre él mismo como bestia pura para centrarse en la forma de conseguir ese valioso tesoro: él examinó rápidamente a la chica que ahora identificaba como la sacerdotisa guardiana de la perla.

—Será sencillo matarla —pensó Inuyasha.

Sus deseos de conseguir la perla eran grandes y ésta estaba ahí, a tan sólo unos pasos de él, pero de cierto modo sentía lástima de creer que debía de matar a la dueña de tan agradable aroma; empezó a considerar la posibilidad de sólo dejarla fuera de combate cuando un extraño sonido le hizo girar la vista y concentrarse en una zona del bosque.

—¡Quiero la perla!

Los árboles de esa zona comenzaron a ser derribados por una gran fuerza; Inuyasha detectó movimiento dentro de la casa donde la sacerdotisa estaba y corrió a esconderse a unos árboles cercanos. Kikyo salió de inmediato por la puerta para mirar la inminente amenaza: de entre los árboles se abrió paso un enorme monstruo tipo ciempiés.

—¡Dame la perla! —insistió el monstruo.

Inuyasha esperaba que la chica gritara y huyera pero no fue así: Kikyo se mantuvo seria y firme, con un arco en la mano izquierda y un carcaj de flechas en la espalda.

—¿No me escuchaste, humana? —gruñó el monstruo—. ¡Dámela!

De inmediato, el ciempiés gigante comenzó a vomitar una gran cantidad de ciempiés de tamaño mucho menor que iniciaron su carrera hacia la sacerdotisa; Inuyasha se quedó a contemplar cómo ella, con mirada firme, comenzó a sacar flechas del carcaj, apuntó el arco y comenzó a dispararlas. Dichas flechas emanaban una extraña energía que, al pasar cerca de los ciempiés o hacer contacto con ellos, los desintegraba hasta no dejar nada.

—¿Qué es eso? ¿Una especie de ritual de purificación? —se preguntó Inuyasha.

Él salió de sus pensamientos al ver una gran oportunidad: la sacerdotisa mataba monstruos a diestra y siniestra pero había dejado descuidada la casa donde minutos atrás había orado junto con la perla, la cual muy probablemente se encontraba ahí. Sin pensarlo dos veces, él volvió a salir de su escondite, caminó hacia la casa con cuidado de no ser visto y se asomó por la puerta; grande fue su decepción al ver que la perla ya no estaba ahí.

—Maldición: ella la tomó —murmuró Inuyasha.

Una flecha pasó volando frente a la nariz del híbrido y se clavó en la pared de la casa; él volteó con sobresalto hacia Kikyo, quien lo había descubierto; ella ya había matado a todos los ciempiés menores y ahora apuntaba una de sus flechas hacia Inuyasha mientras lo miraba con frialdad, lista para disparar de nuevo al intruso, pero algo la detuvo: enfocarse en Inuyasha la había distraído en su ataque hacia el ciempiés gigante, quien aprovechó la oportunidad y había tenido éxito en capturarla entre sus mandíbulas. Este movimiento provocó que el arco se cayera de sus manos hacia el suelo.

—¡Te comeré ahora junto con la perla! —gritó el ciempiés con victoria.

Inuyasha se dio cuenta de algo en ese momento: si la perla no estaba en la casa entonces la sacerdotisa la tenía, y si ella la tenía, el monstruo le robaría su gran oportunidad al devorar mujer y perla al mismo tiempo. Sin pensarlo ni un segundo más, el híbrido se abalanzó hacia el ciempiés con sus garras al frente.

—¡Garras de acero!

El ataque hirió el abdomen del ciempiés, quien se encorvó de dolor y no pudo evitar soltar a Kikyo; la sacerdotisa cayó de espaldas al suelo sin hacerse un daño mayor y se recobró pronto. El ciempiés se había enojado con Inuyasha por su ataque a traición y a cambio se había lanzado a atraparlo con sus mandíbulas.

—¡Te comeré!

—Jeh, ¿crees que voy a dejarme? —respondió Inuyasha con una sonrisa burlona.

Inuyasha esperó en su sitio el ataque del ciempiés y luego frenó las mandíbulas con sus manos; por lo mismo, ambos comenzaron a forcejear.

—¡No me hagas reír! —provocó Inuyasha mientras detenía sus pinzas—. ¡He peleado con monstruos mucho más fuertes que tú! ¡Eres basura!

Dicho esto, Inuyasha rompió una de las pinzas con un movimiento brusco de sus manos; el ciempiés alzó la cabeza al aire con dolor y después intentó atacarlo de nuevo, pero en ese momento una flecha se clavó en su frente; la flecha purificadora que Kikyo lanzó comenzó a hacer efecto de inmediato, por lo que el monstruo sólo atinó a gritar de dolor antes de que su cuerpo se consumiese por completo.

La batalla había terminado e Inuyasha escuchó pasos de aldeanos que se aproximaban; estaba expuesto en una aldea de humanos así que le lanzó una última mirada a Kikyo, quien respondió el gesto, y finalmente huyó hacia el bosque. Kikyo lo vio partir en silencio hasta que su hermana, la primera en llegar, se reunió con ella.

—¡Hermana! —exclamó la niña, asustada—. ¿Qué pasó?

—Otro ataque, pero el peligro ya terminó —le explicó Kikyo con suavidad.

Un par de aldeanos más se acercaron para averiguar cómo se encontraba la sacerdotisa, quien los tranquilizó a todos. En el bosque y mientras corría, Inuyasha se recriminaba a él mismo la torpeza con la que había actuado frente a la humana. Después de alejarse lo suficiente, él decidió parar y miró hacia el cielo.

—A partir de ahora voy a seguirla —se dijo a él mismo—. Buscaré la oportunidad para robarle la perla.

Algo era seguro: Inuyasha no iba a matar a la humana; no quería matarla. Simplemente se las ingeniaría para conseguir la perla sin lastimarla y huiría de ahí tan pronto cumpliera su objetivo, pero para eso necesitaría observar de cerca a la enigmática sacerdotisa. Si eso además significaba oler con más frecuencia su "perfume", Inuyasha no se opondría.

Quiero aclarar que hice un cambio en la forma en que Inuyasha ve por primera vez a Kikyo; la razón es que no me gustó del todo la forma original. Haré a su vez algunos otros cambios menores a la historia canon. Espero que mi adaptación sea de su agrado.