Disclaimer: Fairy Tail le pertenece a una porquería llamada Mashima.

Prompt: "Person A works in a store aimed towards children (like Disney or Build-a-Bear) as a clerk. One day, a very intimidating and downright terrifying Person B walks into the store. They ask Person A for advice on what to buy for kids because their child's birthday is coming up (whether they be a single parent or not is up to you)" [otpprompts. tumblr]

Personajes/Parejas: Orga & Rufus.

Extensión: 1015 palabras.

Resumen: El timbre de la puerta sonó, captando su atención. Desvió la mirada hacia la entrada, acto seguido parpadeó. No le enloquecía eso de juzgar a primera vista, pero el común de los clientes no usaba tatuajes.

Notas: Sencillamente acumulando aquí esas miles de ideas que de seguro nunca escribiré; así, al menos, estarán en alguna parte. Dada la cantidad de prompts que tomo de tumblr, de seguro me paso seguido a dejar algo por aquí para ir desocupando mi listado de cosas que "en algún momento escribiré". Como ya no hay límite de palabras, pues ya no serán drabbles (quizás uno que otro me quede corto, pero no será una imposición).

So, futuros long-fics sin futuro van aquí (?). Aunque este quizás sí lo escriba, porque tengo ganas de escribir a Orga de papá soltero con Rufus, porque sí, locas ideas mías.

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Multiverso.


XIV.

Toys.


El reloj marcó finalmente las cinco, con lo que oficialmente solo le quedaba una hora más de trabajo, luego podría volver a su departamento. Contempló el segundero un instante antes de regresar su atención a la tienda, por si algún cliente se aproximaba a caja. Torció un poco su expresión al escuchar los griteríos de un niño, reclamando posiblemente por un juguete que le habían negado. Lamentaba no haber podido hallar trabajo en otro lugar. No le gustaban los niños, detestaba los objetos con luces y sonidos y en definitiva odiaba las tiendas de juguetes. Suerte endemoniada la suya, que lo tenía atrapado ahí.

El timbre de la puerta sonó, captando su atención. Desvió la mirada hacia la entrada, acto seguido parpadeó. No le enloquecía eso de juzgar a primera vista, pero el común de los clientes no usaba tatuajes. Ni llevaba el cabello coloreado, ni portaba un collar de cadena dorada, ni medía como dos metros, ya que estaba.

—Ey —lo llamó el recién llegado, acercándose a la caja.

Se enderezó, que no es que fuera a ganar estatura con eso, e incluso si lo hiciera probablemente no haría diferencia alguna, pero al menos así daba a entender que estaba atento; y no era por nada, pero el tono de voz había sido un poco áspero. Todavía era mejor que atender niños, sin embargo.

—¿Necesita algo, señor? —cuestionó con toda la cordialidad que pudo reunir a esas horas de la tarde, que para eso le pagaban.

El sujeto le miró, luego paseó la mirada por el lugar con bastante atención. Si debía ser honesto, la musculosa y el collar no combinaban mucho, le hacían parecer un maleante o peor.

—Sí —le respondieron al fin, al tiempo que la mirada penetrante volvía a centrarse en él—, quiero comprar un juguete.

Genial, al menos no era un asalto, que no es que hubiera podido empeorar mucho su día, pero siempre valía ver el vaso medio lleno.

—Por supuesto, señor, ¿qué juguete quiere? —preguntó, aunque esta vez le costó más contener el tono aburrido.

—Algo para una niña, ¿qué crees sea mejor?

Dudó, porque honestamente ni idea qué decir. ¿Él qué sabía que le gustaba a las niñas? Él solo regalaba y recibía libros, no estaba muy versado en la materia.

—La sección de niñas es esa —indicó, señalando la parte de la tienda llena de rosado—. Cualquiera debería estar bien, dependiendo de lo que quiera.

—A mi pequeña no le gusta el rosado —aclaró el tipo, detalle que le sorprendió un poco—, pero le gusta cantar y las cosas peludas, ¿algo así tienes?

¿Y qué le preguntaba a él? ¿Lucía en serio como si supiera algo de niños? Ah, por supuesto, el uniforme. Contuvo la maldición y volteó la caja que atendía para dirigir sus pasos hacia la sección de niñas.

—Déjeme ver —dijo, avanzando y mirando sobre su hombro un momento para asegurarse que le seguían.

Si el catalogo que tenía memorizado estaba bien, deberían haber micrófonos a batería, de otra forma habían un par de cojines, luego ya se quedaba sin ideas.

—¿Algo así?

—Ya tiene micrófonos.

Genial. Si no era el cojín felpudo pues nada, ya no tenía qué ofrecer.

—¿Algo así?

—Tiene cojines —pues genial—, aunque no muchos.

—Bien, compre uno.

—¿Cuál te parece más bonito?

¡¿Pero por qué él?! ¿Qué motivo habría para que tuviera que elegir?

—El pez —respondió, pese a todo.

—¿El pez?

—Dudo que tenga el pez, nadie nunca compra el pez —aclaró, señalando los otros—, todos escogen el oso o el gato, y a veces el pájaro. Nunca nadie toma ni el pez ni el caimán.

—No sé si el pez, no le gustan los colores chillones y ese tiene ese... naranja.

—Amarillo indio, las aletas son añil.

—El cocodrilo al menos es verdoso, aunque todavía es un poco chillón.

—Es verde hoja —comentó—. Si quiere un color más sobrio, el oso es tabaco y el pájaro es cerceta.

—¿Hablamos el mismo idioma?

—Cerceta o verde azul.

—Yo no le veo lo verde.

—¿Prefiere el pájaro o el caimán?

—Ya qué, el pájaro, el cocodrilo no me...

—Es un caimán.

—Es un peluche —refunfuñó el cliente—, ¿cuál es la puta diferencia?

—Son varias, y de hecho es un cojín —corrigió—. Ya que lo va a llevar, pase a caja.

—No eres muy amable.

—Estoy cansado —explicó, mirando a su acompañante—, y no sé de regalos.

—¿Y qué haces en una tienda de juguetes?

—¿Realmente parece que este pueda ser el trabajo soñado de alguien?

—Tú ganas —dijo el tipo, cogiendo uno de los tantos cojines—. Gracias de cualquier forma, eh... —miró su placa—, Rufus.

—No es nada, en sí me pagan por ello —respondió, dando la vuelta para regresar a caja—. ¿Para regalo?

—Sí, gracias —le contestaron—. Pero usa un papel de niño, con autitos.

—¿Disculpe?

—Es que los de niña son chillones y tienen corazones y a mí hija no le gustan.

—Como quiera —accedió, llegando a caja y mirando un momento los rollos de papel—. ¿Azul o verde?

—¿Ya no hay nombres raros?

—¿Índigo o malaquita?

—Eh... el azul.

—Usted preguntó —comentó, sonriendo levemente en tanto pasaba la etiqueta por el lector.

—Mi error.

Dejó el cojín sobre el mesón, sacando unos de los pliegos de papel para envolverlo. Al menos la conversación había subido su ánimo, que para esas horas solía ser pésimo. Dado que era hábil con las manos y ya tenía experiencia en ello, apenas le tomó un par de minutos envolver el regalo, acto seguido buscó una bolsa para guardarlo y así lo tendió a su acompañante.

—Gracias por su compra —dijo, monótono por la costumbre.

—No es nada.

Arrebataron la bolsa de sus manos con algo de brusquedad, aunque comenzaba a intuir que era subconsciente, y por alguna razón tuvo un momento de duda. Miró al hombre un segundo antes de atreverse a hablar, deteniéndolo en su intento de dar la vuelta.

—Nos vemos —dijo—, eh... —Y esperó, dejando la frase en el aire intencionalmente.

—Orga.

—Nos vemos, Orga —se despidió, a saber por qué.

Quizás porque le había agradado.


Nos leemos.