Continuación…
16 de octubre de 1941.
Austria estaba completamente golpeado. Los barbáricos cortes de su espalda sangraban profusamente. Y sin embargo, ese insoportable dolor le causaba una inmensa ira. Alemania nunca se había comportado así, con esa brutalidad y esa ira contenida. Si, lo habían golpeado, y su pueblo sufriría por ello. Y el insoportable dolor lo habían llevado a la inconsciencia.
Repentinamente Alemania reacciona, cobrando plena conciencia de lo sucedido. Al ver sus manos teñidas en sangre, la espada del japonés en sus manos, Austria todo golpeado e inconsciente se aterroriza. Sin mediar palabra con Japón o el estado vaticano salió desesperadamente de la sala de juntas de la cancillería.
Hungría y Prusia esperaron desesperados a que alguien saliera de la sala de conferencias. Al salir Alemania abruptamente, con la camisa desgarrada y todo asustado pensaron lo peor. Cuando ingresaron, encontraron a Gabriel y Kiku en un estado de visible estupefacción, como si no supieran que hacer. Roderich estaba en el piso, sangrante, con sus lentes rotos, todo golpeado y amoratado.
—dios santo, que le hiciste a Roderich…
—yo… me deje llevar por el pecado de la ira. —contestó el clérigo italiano.
La húngara miraba al austriaco asustada, intentando auxiliarlo con algunos trozos de tela de su uniforme. Prusia por su parte, intentaba no perder la compostura al ver a Austria todo golpeado atrozmente. Sin embargo, cuando se disponían a sacarlo, miraron los horrendos cortes en la espalda, que le daban forma a una esvástica.
—no… no… West no pudo haber hecho esto —exclamó Prusia todo aterrado y perplejo.
—Prusia, no te quedes allí, ayúdame
—yo les ayudo —dijo el estado vaticano a modo de ofrecimiento gentil.
Hungría mirando al vaticano, igual de lesionado, con la cara amoratada y la parte superior de la sotana desgarrada, comprendió lo que había sucedido.
—No deseo tu ayuda, Gabriel —contesto Elissabeta— Solo vete.
Entre los dos sacaron a Austria de la sala de juntas, mientras que Kiku y Gabriel salían todos cabizbajos y visiblemente traumados. Japón al ver sus guantes de gamuza blanca teñidos en sangre, se aterro y reacciono. ¿Cómo pudo haber hecho tal cosa?, ¿Cómo pudo reaccionar de manera tan violenta? Recordaba vagamente que Austria le había dicho que no interfiriera, que era un asunto entre el, Ludwig y Gabriel. Sin embargo, le preguntó al italiano que estaba a su lado.
— ¿usted recuerda lo que paso, Vaticano-san?
—realmente recuerdo poco, Japón. Simplemente nos dejamos llevar por nuestras bajas pasiones y nos desquitamos con Austria.
Una sensación de profundo arrepentimiento embargaba al italiano y al japonés.
—no le comente a Italia lo que sucedió hoy.
—usted no puede evitar que Italia-kun sepa lo que hicimos usted, yo y Alemania-san contra Austria-san. Como usted dijo, simplemente perdimos el control de nuestras acciones y nos dejamos llevar. Eso nos hace recordar que no solo somos naciones, sino también que tenemos las esencias de los seres humanos.
—pero sin embargo Japón, el dejarnos llevar por esos sentimientos nos conduce a esto. No sé cómo podré soportar este cargo de conciencia, el haber golpeado a Austria por…
Gabriel inmediatamente se calló. Recordó las palabras de su superior, Pio XII: Silencio. Silencio para evitar "ad maioram malem vitanda"[1]. Pero a veces era difícil guardar silencio frente a las atrocidades que se estaban cometiendo. Y precisamente varios obispos como Theodor Innitzer en Viena y Clemens Von Gallen en Münster, sacerdotes como Martin Niemöller, y laicos relacionados con la iglesia como el presidente de "acción católica" Klaus Von Weilberg, asesinado por la Gestapo en 1937, levantaban la voz ante una realidad cada vez más evidente y cruda: el asesinato sistemático de judíos, testigos de jehová, disidentes políticos, enfermos terminales, personas incapacitadas. Y sin embargo, tenía que guardar silencio.
Austria le había mostrado las atrocidades ustashi en Croacia, y el inmediatamente al llegar a roma le preguntó al santo padre porque apoyaba a Stepinac en sus enfermos planes. Y sin embargo, su superior le lanzó un largo discurso sobre los peligros del comunismo, la labor de Stepinac en Croacia, e inclusive dijo que aquellos desmanes no eran cometidos por los ustashi, sino por las fuerzas partisanas de Tito y las milicias chetnik del ex militar serbio Drâza Mihailovic. Tenía que creerle, pero una vocecilla en su interior le obligaba a pensar que aquellas palabras del santo padre eran mentira.
— ¿qué iba decir, Vaticano-san?
—no me hagas caso, Japón —contestó el vaticano tristemente— simplemente no hagas caso.
Se dirigió caminando hacia el despacho, tomando la larga capa de color negro que traía puesta, poniéndosela de nuevo, y cubriéndose con ella el amoratado y golpeado torso. Se quitó los ya de por si destrozados lentes, y caminando a tientas salió de la destrozada oficina. Japón por su parte salió de la sala, dirigiéndose hacia la salida principal de la cancillería del Reich en donde los guardas de la SS lo saludaron con el brazo en alto, saludo que respondió con un firme saludo militar. El uniforme del japonés no estaba en tan mal estado, estaba igual de pulcro y limpio, salvo por los guantes ensangrentados. Los dos salieron discretamente, mientras que Hungría y Prusia salían por la portada occidental de la cancillería, en la que un auto Volkswagen les estaba esperando.
—Hay que llevar al señorito al hospital, Elissabeta.
—no, Gilbert. —Le responde la húngara— llevémoslo a tu casa.
— ¡¿estás loca?
—no es el mejor momento para que me lleves la contraria, Roderich está muy mal.
El austriaco no cesaba de delirar, murmurando el nombre de Hungría en un tenue susurro. Elissabeta por su parte intentaba contener la hemorragia de las heridas del austriaco, las cuales no cesaban de sangrar profusamente, manchando su uniforme de sangre.
—Ella… —murmuraba el austriaco con dificultad— tengo miedo…
—Shhh… no hables mucho, Roderich
Unas cuantas lágrimas corrían por el rostro del austriaco.
—tengo miedo… de perderte… de no volverte a ver jamás… perdóname…
—No, no, no, no vas a morir… —contestó la húngara intentando contener las lágrimas, mientras le ordenaba al albino— CONDUCE MAS RAPIDO IDIOTA, QUE SE NOS VA
—HAGO LO QUE PUEDO, HUNGRÍA
Al llegar a la casa, se encuentran con Italia el cual les abre la puerta. Al ver al señor Austria inconsciente, todo golpeado y con graves cortaduras se asusta.
— ¿qué le pasó al señor Austria…?
— ¡no preguntes, Feliciano, y ayúdanos a llevar al señorito a su cuarto, maldita sea! —contestó Prusia iracundo y desesperado, mientras ayudaba a Hungría a cargar el pesado cuerpo del austriaco.
Italia simplemente se había quedado en un estado de visible terror, el ver a su ex tutor todo golpeado lo había paralizado de pánico.
—No te quedes ahí parado, ayúdame —le dice la húngara desesperada.
Italia los orienta hacia el cuarto del austriaco, al cual entran Elissabeta, Gilbert y un inconsciente y malherido Roderich, al cual ponen con sumo cuidado en la cama.
—cuida de él, yo llamaré al doctor Günter Schenk.
Prusia se dirige rápidamente a la sala de la casa, telefoneando desesperado hacia el comando principal de las Waffen SS en la Bendlerstrasse. Entre tanto Hungría sigue atendiendo a Austria, el cual prácticamente estaba con fiebre, murmurando cosas ininteligibles y sangrando copiosamente.
Alemania después del incidente llega a su casa, la cual estaba en estado de completo caos. Vio a su hermano con el uniforme manchado con sangre, mientras que un aterrorizado Feliciano estaba en una silla sentado allí, con una cara de terror impresionante, como si hubiese visto algo terrible. Entre tanto, Hungría estaba en el cuarto de Austria intentando contener las hemorragias de Austria mientras el doctor Schenk lograse arribar.
—West, explícame que paso hoy con el señorito.
—yo… no sé, Prusia. —Contestó Alemania perplejo y asustado— ¿Cómo está Roderich?
—creo que ya lo viste, ¿no?, y creo que el hermano mayor de Italia y tu aliado japonés tienen mucho que ver con lo que le pasó a Austria, ¿no es verdad? —le respondió con ácido sarcasmo el albino de ojos carmesí.
— ¿hablas de Lovino?
—me refiero al curita de pacotillaWest, a Gabriel.
Era natural que Gilbert se refiriese al mayor de los Italias de forma cruel e hiriente. Sencillamente lo odiaba, y ese odio era correspondido.
Ludwig no se había percatado que el estado vaticano estaba en la cancillería del Reich. Gabriel por lo general no lo visitaba, a menos que fuera demasiado importante, o un asunto meramente político con algún obispo católico imprudente. Y Japón por su parte lo había visitado sorpresivamente preguntándole si lo apoyaría o no en la guerra, aunque por el momento solo combatía a china, y el solo podía con Yao.
Italia estaba en una de las poltronas de la sala, asustado, impactado, mientras miraba con sus tristes ojos castaños el vacío. Alemania también miraba a Italia desde lejos, pues no se atrevía a hablarle o a mirarlo directamente a la cara.
Gabriel por su parte, después de haber reemplazado sus lentes, y haberse cambiado la sotana desgarrada, había llegado a la casa del alemán. La ajetreada actividad de la casa giraba alrededor del malherido austriaco que estaba en su cuarto inconsciente, mientras Elissabeta intentaba bajarle la repentina fiebre y desinfectar las heridas.
— ¿Fratello, que haces aquí?
—solo vine a arreglar algunos asuntos con Ludwig.
A pesar de que llevaba puesta una pulcra sotana negra con su correspondiente fajín rojo, cubierto con una capa larga negra, intentando disimular las heridas con unos lentes negros y un sombrero de teja de ala ancha, se notaban los golpes y las lesiones.
—Gabriel, que gusto me da verte de nuevo.
Solo se habían visto una vez, en la firma del reichskonkordat en 1935.
—no podría decir lo mismo.
Sin embargo, Elissabeta al ver a Gabriel en la casa, se pone en un estado de máxima alerta.
—Por el amor de dios Gabriel, vete, que no quiero tu ayuda.
—No vine esta vez por Roderich, Elissabeta.
—no importa a que hayas, venido, curita de pacotilla, simplemente lárgate por donde viniste— le espeta Prusia iracundo.
—tenme más respeto, Gilbert. —Le contesta serenamente, pero con un leve tono de reto al prusiano—recuerda la derrota que te propinó el Zentrum[2].
—tu querido Zentrum ya no existe, curita bastardo.
A Prusia no le agradaba la presencia del estado vaticano en la casa de Alemania. Sin embargo, el sacerdote italiano considera más prudente salir de allí.
—lo mejor será discutir nuestros asuntos otro día.
—sí, sí, Gabriel. Te avisaré a través de tu nuncio cuándo podremos hablar —respondió Ludwig con desgana.
Al salir el clérigo italiano, arriba el doctor Hans Gunter Schenk, el cual ya venía con todos los implementos necesarios para atender al austriaco.
— ¿señor Bielschmitchd, donde se encuentra el señor Austria?
—por aquí doctor.
El médico, quien iba vestido con un pulcro uniforme de la SS de la unidad administrativa, se dispuso a subir al segundo piso, en donde se encontraba Austria, de espaldas y sangrando copiosamente.
—dios santo, quien pudo haber hecho semejante barbaridad —preguntó aterrorizado el médico.
—no pregunte tanto, y ayúdelo, doctor —insistió la húngara completamente desesperada.
El medico procedió a sacar algunas vendas, gasas, yodo, desinfectante, algunos antibióticos y unas cuantas probetas de morfina.
— ¿díganme, aparte de las cortaduras que otros síntomas ha tenido?
—Ha estado delirando todo el tiempo y ha tenido fiebre alta. La he intentado controlar con compresas frías.
—y quien intentó controlar el sangrado.
—el asombroso yo logró contener el sangrado del señorito, con unas cuantas vendas improvisadas—respondió el albino con un tono de preocupación y orgullo.
El medico notó los improvisados vendajes ya ensangrentados, y que se notaban que fueron hechos con una camisa de las SS.
—necesitaré reemplazar esos vendajes, valorar las heridas y evaluar si procedo a suturar o no.
Con sumo cuidado, el medico retiró las vendas, revelando una espantosa esvástica ensangrentada en la espalda del austriaco. Intentando conservar la calma dijo.
—tendré que suturar las heridas.
Sacó unas pinzas y una aguja, con algo de hilo estéril, disponiéndose a empezar la sutura. Luego, tomó una ampolleta de morfina y una jeringa metálica, disponiéndose a inyectar al austriaco para que este soporte el dolor. Luego, se dispone a suturar con hilo, pinzas y aguja los profundos cortes de espada. Hungría no soportaba ver a Austria en tan lastimero estado, pero sentía que debía quedarse allí, apoyándolo.
A pesar de haber inyectado la morfina, el austriaco perfectamente sentía todo el dolor. La húngara, arrodillada al lado suyo toma una de sus manos, la cual empuña el austriaco con fuerza mientras aprieta sus dientes intentando contener el dolor.
—Maldita sea, necesitaré más morfina —exclamó el medico al notar las muecas de dolor de Austria.
—No… lo haga… doctor… —murmuró el austriaco— siga.
Hungría miraba con atención a Austria, mientras el doctor Schenk procedía con la segunda sutura. Las heridas infringidas con la espada eran muy profundas, y parecía que la sutura hecha se rompería.
—Perdóname… por haberte metido en esto… Hungría.
—no me tienes que pedir perdón por nada —contestó la húngara llorosa, mientras su mano apretaba con fuerza la mano de Austria.
Prusia por su parte miraba con atención la dolorosa y sangrienta escena. Intentaba contener el llanto, pero por muy absurdo que pareciera, empezaba a tener algo de admiración y respeto por el austriaco, porque no cualquiera soportaría aquel dolor, y en especial si ese dolor lo sufría una nación, la cual sufre diez veces más que un humano normal.
—no importa lo que usted me diga, señor Engelstein, pero voy a volver a inyectarle más morfina.
—doctor, por más morfina que le inyecte, el sentirá el mismo dolor —insistió el prusiano— las naciones sufrimos aún más que los mismos hombres, y él está consciente de eso.
—yo no soy capaz de trabajar así, no soporto ver a este hombre sufrir de manera semejante.
—Doctor —le ruega Elissabeta— se lo suplico, sálvelo.
Alemania miraba por entre la puerta la escena. Austria, recostado de espaldas en la cama, mientras el medico suturaba las heridas. Prusia por su parte estaba mirando con preocupación al austriaco, mientras Elissabeta sostenía una de las manos de Austria. Luego, acercándose un poco más notó que los cortes formaban una esvástica.
Y al ver la espantosa herida comenzó a recordar. La reacción histérica de Austria. La pelea en su despacho, Japón con una espada en mano. Su frio y siniestro porte. Japón y Vaticano sosteniendo a Austria. El, con la espada del japonés, mientras modelaba en la espalda del austriaco algo. Luego sangre, el olor a sangre, rabia, y luego un sentimiento de profunda culpa.
Entró a la habitación del austriaco, mientras el medico procedía a suturar las heridas.
—Sal… de aquí, Ludwig… —murmuró Austria con rabia, mientras intentaba morder la almohada para así amordazar su dolor.
—yo lo siento Roderich.
—West, solo sal. —Le dijo Prusia— Ya habrá más tiempo para hablar.
—Señor engelstein, no se mueva tanto que corre riesgo de abrir la herida nuevamente —le advirtió el medico al austriaco —y usted, señor Alemania, con el debido respeto que le tengo, le pido encarecidamente que salga de la habitación.
—sí señor.
Alemania salió inmediatamente del cuarto.
—también usted, señor Prusia.
— ¿y yo porqué doctor?
—entre menos personas mejor.
Prusia salió refunfuñando del cuarto, acompañando a Alemania en el pasillo.
Hungría, mirando preocupada al austriaco, le pidió al médico que al menos la dejara allí. El doctor asintió afirmativamente, por lo que Roderich sonrió un poco, en medio del dolor. Sin embargo, Roderich ya había dejado la almohada con la que se había amordazado ya destrozada, y ya sentía las plumas de ganso en la boca, las sabanas de la cama estaban ensangrentadas, Hungría aún no se había quitado el sucio y ensangrentado uniforme y el doctor Gunter Schenk ya se estaba agotando. Después de casi dos horas, habían logrado suturar la mitad de los cortes
—lo mejor es que descanse un poco, y después de que se haya logrado calmar el dolor y la inflamación seguiremos con las otras suturas —dice el médico, para luego agregar. —le pido el favor que vigile al señor Engelstein, si alguna sutura se rompe, no dude en avisarme.
—como usted diga, doctor.
Estaba ya empezando a anochecer, por lo que el doctor Schenk le pidió permiso a Alemania para usar su lavabo para limpiarse la sangre de sus manos, reemplazar sus guantes, y cambiar su bata medica ya de por sí muy ensangrentada. Entre tanto, Italia había decidido preparar la cena, sirviéndole a todos de forma temblorosa.
En la mesa solo estaban Italia, Prusia y Alemania. Hungría no había salido de la habitación de Austria, junto con el doctor Gunter Schenk.
Alemania en medio dela cena reflexionaba sobre lo sucedido. Las fotos que le había mostrado Austria, los informes de Heydrich y Von Neurath, los informes que estaba leyendo sobre la solución final, la visita "sin motivo aparente" de Japón y vaticano, la fría mirada y los repentinos cambios del japonés, el ataque de Austria.
Si Austria ya había visto lo que sucedía en Croacia, ¿Cómo no iba a saber lo del holocausto?, con justa razón lo llamaba "asesino" a los gritos.
Como se había enterado, no le importaba.
Solo sabía que al menos uno de sus "aliados" lo odiaba.
Y con justa razón.
[1] Traducción del latín: para evitar males mayores. La política vaticana durante la segunda guerra mundial fue de absoluto silencio, a pesar de las repetidas denuncias de diferentes personalidades, clérigos tanto católicos como protestantes, y jefes de estado. Este silencio por lo general se ha tomado como aprobación tácita a los planes del holocausto y la solución final, a pesar de que el vaticano y ciertos revisionistas católicos minimizan aquel silencio pretextando la presión a la que sometía el "duce" a la santa sede.
[2] El "zentrumpartei" fue el principal partido político de los católicos alemanes, el cual fue regente de la balanza política alemana. Se opuso fieramente al "Kulturkampf", política implementada por Otto Von Bismark que restringía los poderes omnipresentes de la iglesia católica alemana. Después de 1936, el partido es disuelto, y sus principales dirigentes como el sacerdote Ludwig Kaas y el ex canciller Franz Von Papen fueron asesinados o en su defecto arrestados, en medio de la "noche de los cuchillos largos", la cual fue una purga sistemática de la oposición alemana tanto dentro como fuera del partido nazi.
