XIV. Obligarte a pagar por tus delitos.
«La justicia no se compra ni se pide de limosna; si no existe, se hace.»
Práxedis Gilberto Guerrero.
Marzo de 2025.
Aunque no podía sentirlo físicamente, Thorwyn sabía que ya era primavera en París.
Había llevado la cuenta de los días, aunque en Feéra era casi imposible atenerse al calendario mundano. Tenía ganas de pasear por alguno de los jardines de esa ciudad, o por lo menos llevar flores a la tumba de Margueritte sin que éstas se marchitaran muy pronto.
El recuerdo de Margueritte lo asaltó cuando llegó a su destino, un extenso prado inundado inesperadamente de varias flores, entre ellas las margaritas. Las flores creaban varias motas de color sobre el verde del césped, lo que le dio la inesperada idea de las pequeñas alegrías que lograban surgir en un mar de dudas. Él bien que sabía de eso.
Observó el terreno, porque debía encontrar cierta señal. No sería algo evidente para un hada común, pero sí para Thorwyn, que había investigado debidamente el asunto.
Finalmente, cerca de un manchón azul en aquella gran alfombra vegetal verde, halló lo que buscaba y se dirigió allí con paso cauto. El manchón azul resultó estar formado por proteas y persicarias, unas variantes que, sin duda, nadie fuera de Feéra había visto jamás. Thorwyn les dedicó a las flores solo un momento de su atención, antes de dar un par de pasos y dejarlas a su espalda, teniendo delante una densa cortina de hiedra que, cubriendo parte de una empinada colina de piedra, daba la impresión de ser una verde cascada.
Respirando hondo, Thorwyn echó un rápido vistazo a su alrededor, asegurándose de que no hubiera nadie antes de apartar con una mano la hiedra y dar otro paso al frente.
Tal como imaginara, lo que había al otro lado no era piedra, sino lo más parecido a una habitación elegante que podía tenerse en la tierra bajo la colina. Las paredes, a simple vista, parecían hechas de la misma hiedra que acababa de cruzar, aunque ciertos huecos indicaban entradas a posibles recintos adyacentes. Igualmente, los bultos que hacían de asientos y lámparas eran cubiertos por la hiedra, creando la impresión de que se habían alzado debajo de ésta y habían adoptado la forma que más convenía. Con solo un vistazo a la esfera del techo y a un par que sobresalía de las paredes, Thorwyn supo el verdadero origen de la luz, lo cual parecía confirmar las suposiciones que lo hicieran ir hasta allí.
—¿Quién osa entrar en mis dominios?
Adoptando su postura más erguida y firme, Thorwyn no se giró hacia el origen de la voz, sino que inhaló profundamente antes de responder.
—El hijo de Geowyn.
—¿Cuál de todos? —inquirió la voz, destilando cruel sarcasmo.
—Con solo verme, se sabe.
Se oyeron pasos que hacían crujir la alfombra de hiedra, hasta que el instinto hizo que Thorwyn girara la cabeza hacia su izquierda.
El hada poseía una presencia muy fuerte, tanto así que Thorwyn sintió la vaga necesidad de complacerle, aunque enseguida se repuso. Era alto y de complexión recia, la cual podía deberse al mazo de aspecto pesado que llevaba en las manos. Sus ropas, inesperadamente, eran marrones y sencillas, casi humanas, lo que no concordaba con su tez clara y ligeramente verdosa, que seguramente podría usar para camuflarse entre toda la hiedra que lo rodeaba; sin embargo, destacaba demasiado su pelo, del color gris plateado de ciertas plantas, así como los intensos ojos de un tono azul lapislázuli.
—No quiero tener nada qué ver con el maldecido por… ¿Qué pasó con tus ojos?
Thorwyn ladeó la cabeza, alzando una delgada ceja en elegante ademán de interrogación.
—La revocaste —musitó el otro.
No era una pregunta y se traslucía una evidente sorpresa.
—La revoqué —confirmó Thorwyn.
—Ahora que lo pienso, del otro lado me llegaron rumores de lo más extraños. Dicen que estás muerto, que te asesinaron accidentalmente.
—¿Crees en todos los rumores que llegan a tus oídos?
—Solo hay dos clases de rumores que me inducen a investigar: aquellos con bases demasiado rebuscadas o demasiado simples. Suelen ser los que filtran más verdad.
—¿Estás buscando que niegue o confirme alguno de los rumores?
—No veo otra razón para que me hayas buscado, mi lord.
Thorwyn frunció el ceño solo un segundo, pero el suficiente para manifestar su desagrado ante tal tratamiento. El otro asintió, captando el mensaje, antes de ofrecerle uno de los asientos con un ademán. Thorwyn asintió y ocupó el bulto de hiedra que tenía más próximo, descubriendo así que era cómodo y que debajo de la vegetación, debía haber un objeto duro, madera, o quizá piedra. El otro se sentó dándole la cara, dejando de lado cualquier actitud que no fuera la seriedad.
—Habría querido no tener que hacerlo, pero he venido a cobrar tu deuda.
Con esa frase, Thorwyn esperaba recibir reclamos o una expresión de la más intensa furia, pero no fue así. El otro solo asintió, como si lo hubiera estado esperando, luego de lo cual dejó en el suelo su mazo y apoyó los brazos en las piernas, antes de entrelazar los dedos delante de él, ejerciendo tanta presión que los nudillos se volvieron blancos por un segundo. Para su asombro, Thorwyn vio en uno de aquellos dedos algo parecido a una argolla, solo que era de un material semejante al cristal, de un color azul profundo y decorada con una figura dorada que la recorría en toda su extensión: supo eso último porque de pronto, el otro empezó a girar la argolla en el dedo, sin sacársela, con la mirada perdida.
—¿Por qué no querías cobrar la deuda? —se le preguntó a Thorwyn en un murmullo.
—Pese a lo que dijeran los rumores y los testigos presenciales, casi nadie en este reino parece entender mis motivos para no discutir una maldición como la que tenía. Tú no estarás maldito, pero sé que lo entiendes. Solo por eso, también sabrás lo que me impulsa a cobrarte.
—¿Qué te hace creer que lo entiendo? ¿Solo por la deuda que contraje contigo?
—No precisamente. Fueron los años tras esa deuda. Tal vez te parezca una conducta de mortales, pero es una de mis pocas esperanzas.
—¿Esperanzas? —el otro separó las manos, antes de girar la cara con claros signos de disgusto en ella—. Seres como nosotros ya no concebimos esperanzas, Theo. Somos demasiado antiguos y hemos visto demasiado como para eso.
—¿No has ido al plano mundano?
—¿A qué viene el interés?
—De alguna manera, debiste enterarte de los rumores sobre mi presunta muerte. Deduzco que, dado tu actual modo de vida, te has enterado escuchándolos en persona.
—Hace un tiempo, habrías acertado, pero en esta ocasión, no fui yo al plano mundano.
—¿Algo te lo ha impedido?
—No. Mi hermana se ofreció a ir.
Thorwyn frunció de nuevo el ceño, esta vez de manera más notoria.
—Pensaba que ella tampoco querría ir —decidió indicar.
—No quería, pero incluso hasta aquí, empezaron a llegar noticias extrañas que valía la pena comprobar. Yo he hecho voto de permanencia, así que ella se ofreció.
—¿Por qué motivos romperías ese voto?
—¿A qué viene el interés?
—¿Lo romperías por tu sangre?
Hasta ese momento, Thorwyn consiguió una reacción que no fuera asombro o indiferencia y, ligeramente apesadumbrado, descubrió que se trataba de anhelo.
Aunque le acababa de echar en cara que no debían concebir esperanzas, el otro lucía como si siempre hubiera tenido al menos una, la que de verdad le importaba.
—Lo haría —aseguró el otro.
—Bien, porque debes saber lo que logró tu creación y luego, te diré lo que he podido averiguar de tu sangre, a menos que tu hermana volviera ya.
El otro negó con la cabeza una vez, pero a continuación, se enderezó de pronto.
—Acabo de sentirla, voy a llamarla.
—¿Para qué me querías llamar, hermano mío?
Si no supiera que la mujer hada y su anfitrión eran parientes, Thorwyn no lo habría creído al verlos juntos. Ella era de piel muy clara, pero en vez de verde, la tenía azulada; sus cabellos relucían del mismo tono que sus ojos, ambos tan azules como los del anfitrión y que, ahora caía, eran el color de las persicarias y las proteas que viera antes de entrar.
—El caballero aquí presente viene a cobrar la deuda que contrajera con él hace un tiempo, hermana. Asegura que a cambio, me dará noticias de mi creación y mi sangre.
La mujer hada arqueó una ceja.
—¿Qué sabes tú de nuestra sangre? —inquirió ella.
—Lo que mi propia sangre me ha llevado a saber, milady.
—No necesito semejante cortesía —aseguró la mujer, haciendo una educada inclinación de cabeza—. Estoy al tanto de lo que quiere decir. Regresé por eso, de hecho. Tu creación ahora está en manos de sangre de hada, hermano.
—¿De verdad?
—Una parte, sí.
—Theo…
Thorwyn meneó levemente la cabeza y alzó una mano, de manera amable y firme.
—Estoy dispuesto a aclarar cualquier duda que tengas, Penn. Pero primero, necesito que jures que pagarás tu deuda, sin importar la manera en que te pida que lo hagas.
—¿Eso podría incluir mi voto? Porque preguntaste por él.
Thorwyn asintió en silencio, mientras los otros dos intercambiaban miradas.
—La sangre de Penn es mi sangre —dijo la mujer, de pronto muy seria y adoptando una pose demasiado recta y rígida—. Sus deudas son mis deudas.
—Winn…
—No cambiaré de opinión. Juro que cualquier cosa que pueda hacer para ayudar a pagar la deuda de mi hermano, la haré.
Thorwyn notó enseguida la fugaz mueca de amargura de Penn, pero sabía que éste no tardaría en hallar una manera de sentirse menos desalentado y tuvo razón.
—En ese caso, lo has conseguido, hijo de Geowyn. Juro hacer todo lo que esté en mi mano para pagar la deuda que contraje contigo y que, en caso de que mi hermana deba pagar por mí, yo le devolveré el favor aún a costa de mi vida.
—¡Penn!
Los dos hermanos enfrentaron sus miradas, tan similares en color como diferentes en intención, antes de acabar ambos asintiendo levemente con la cabeza.
—Muy bien, te escucho —indicó Penn, sujetando de nueva cuenta, con fingida calma, el mazo con el que llegara a esa habitación—. Dime lo que ha sido de mi creación y de mi sangre.
Thorwyn asintió y procedió a narrar algo reciente que, increíblemente, le concernía también.
