Capítulo 5.– La gruta de los piratas

Tenerife, primavera de 1606.

Entrada a la gruta del capitán Roberts.

"CAPTAIN BARBOSSA

You know Jack, I thought I had you figured out.

But it turns out you're a hard man to predict.

JACK SPARROW

Me? I'm dishonest, and a dishonest man

you can always trust to be dishonest.

Honestly.

It's the honest ones you want to watch out for,

because you never know when they're going

to do something incredibly...

Stupid."

Pirates of the Caribean (2003)


Atrás quedó la cala de luna negra, y

a lo lejos, acantilados.

La roca cerca, del ahorcado,

de las grutas ecos, bajo ellos.

Noche se hizo, mar embravecida.

Dácil acercose a Lope enamorada,

y le besó otra vez, enfebrecida.

Grutas junto al mar... Un escondite de contrabandos, botines y emboscadas.

Lope sintió que le hervía la sangre.

¡La aventura!

Estrechó a Dácil entre sus brazos y sintió el pecho como si se le abriese en fuego y vendaval. No sentía aquello por Micaela, eso era seguro. ¿Era la aventura? ¿El riesgo? ¿El reencuentro con un amor perdido? De todas las cosas que había esperado de aquel encargo del Rey, volver a sentir aquello por Dácil era quizás lo más inesperado y si bien le daba fuerzas, a la vez se las quitaba pues no podía imaginarla sufriendo daño si acaso a Roberts encontraban: ella les había traído hasta allá traicionándole. ¿Qué le haría su padre?

Lope no recordaba mucho del pirata, pero las anécdotas que sacó de él no hacían en su recuerdo a inglés piadoso, sino a uno violento y avezado en crueldades.

– Me abrazáis como en una despedida –murmuró Dácil, extrañada.

– Maestro –interrumpió Alonso, acercándose–. Quedaos aquí a la espera del capitán Pargo. El señor Chema y yo bajaremos a las...

Lope estuvo a punto de soltar una carcajada.

– No sois mi madre, señor de Entrerríos. Tres mejor que dos. Entraremos y saldremos antes de que arribe Pargo –razonó Lope–. Si teméis por los caballos, Dácil sabrá cuidarlos.

– ¡Lope! –protestó Dácil.

Lope tomó sus manos, mientras los otros, Alonso con el ceño bien fruncido y murmurando maldiciones de juventud, preparaban faroles para entrar las cuevas.

– ¡Dácil, mi amor! ¡No puedo permitir que algo os pase! –trató de razonar Lope–. ¡Volver deberíais! Esto es cosa de hombres...

Eran fuego de añil sus ojos, sus carnosos labios contraídos en lava de volcán canari...

Bofetada.

Esa, Lope no la vio venir.

– ¡Estáih loco si creéih, Lope, que voy a dejaroh marchar así como así! –protestó la temperamental Dácil más alto el tono de lo que aconsejaba la prudencia–. ¡Será mi padre el que halléih allá abajo! ¡Máh os vale que alguien dé palabra por voh si oh descubren! ¡No voy a volver a... Perderoh!

Lope, mejilla palpitante, no pudo por más que volver a atraerla hacia sí, al ver apagado su fuego por las emocionadas lágrimas. La besó. La besó como si no esperase volver de las cuevas.

– Dácil –propuso al separarse de ella–... Volved conmigo a la península. Traeros al pequeño. Formemos una familia.

– ¡Lope...!

– No os voy a mentir –continuó Lope, perdido en ella sin remedio–. Ha habido otras. Y... Puede que más hijos haya tenido sin vos... Pero tened por cierto que de haber sabido que aun seguíais interesada en mí, mi vida sería muy diferente. Desde que tuve que salir de Tenerife perseguido por vuestro padre, os envié cartas, esperé la vuestras... Por meses no me sacaron de las tabernas, pensando sin cesar en vos. Y ahora que os tengo otra vez en mis brazos, no quiero perderos. ¡No podría! Temo que si Roberts se entera de que nos habéis ayudado, vuestra vida correrá tanto peligro como la mía. Os lo ruego. ¡Quedáos!

La mirada de Dácil le aguantó unos momentos, perdida en la emoción.

Asintió al cabo.

Luego Lope tomó el farol que le ofrecía Alonso de Enterríos y bajaron al fondo de la tierra.


Dácil los vio descender por la escala, el pecho saltándole.

Lo primero que pensó fue en seguirles y advertirles, mas le fallaron las fuerzas. ¿La perdonaría Lope? ¡Qué había hecho! ¡Por Dios, qué había hecho! Se echó el pelo atrás, como si al hacerlo fuese a salirle por la frente lo que debía hacer.

Quería ir con Lope. Llevar al pequeño lejos de las islas. Una familia. Lope no la había mentido, estaba segura. No había encontrado Dácil mentira en sus palabras. Aquel Lope andaba cambiado. Durante los años a solas criando al pequeño, había jurado matarle por abandonarla e irse. Incluso al saber de las cartas perdidas, robadas seguramente por Padre, había querido seguir con el plan y acabar su venganza. "Nuestro benefector me ha dicho", la había enredado Padre en su última visita, "que Lope regresará y no por tí. Ayúdame a matarle a él y a los que traiga."

Y Dácil le había jurado, rabiosa y amargada, obediencia para recuperar su honor.

¡Ay! Pero eso había sido de antes. Antes de que se despidiera de ella, hacía apenas momentos. Cuando Dácil atrapó las bridas de los caballos a una roca, notó lágrimas caer por sus mejillas. Odiaba a Lope, y lo amaba. Amaba a Padre y lo odiaba.

¿Qué hacer? ¿Por Dios, qué hacer? Padre lo iba a matar. ¡Padre lo iba a matar!

– ¡Me ha embrujado Lope con palabrah! –murmuró en voz alta, al acariciar a su yegua.

Y supo, secándose las lágrimas, que sin duda lo amaba.


Chema lo estaba flipando porque al bajar las escaleras de piedra, el móvil ministerial aun tenía cobertura. Aquello no tenía sentido, pero sin embargo era tan real como todo en aquella puta locura. ¿Había un repetidor de comunicaciones allí abajo o qué? ¿En la gruta de Roberts? ¿Por qué? ¡No un repetidor cualquiera! ¡Un repetidor del Ministerio!

La entrada a la gruta de los piratas estaba tallada toscamente en la roca y la humedad hacía que cada paso dentro de la tierra se volviera resbaladizo y preocupante. Ni Lope ni Alonso hablaban y eso conseguía que los rugidos del mar, al otro lado, se oyeran en ecos lejanos. El primero iba delante como los de Alicante y el segundo, daga sacada, juraba entre dientes porque el poeta se estaba pasando de gallo y si le pasaba algo se iba a liar en el Ministerio mucho peor que con las travesuras del tal Roa.

Chema suspiró y trató de no cagarse en los pantalones cuando llegaron al pie de las escaleras. Frente a ellos una estrecha y larga gruta se abría en goteos de agua salitrosa y oscuridad. De repente, la ocurrencia de ver cuántos malos había sin la ayuda de Pargo y Arendibar le pareció peor idea que no usar una VPN fiable para bajarse tema por P2P.

– Aun no se ha ofrecido a quedarse con Dácil... Parece que hemos logrado por fin hacer un hombre del señor Chema –sonrió Lope en susurros mientras avanzaba, quizás adivinándole la mirada de inquietud–. Decidme, señor Chema... ¿Está entre esas misteriosas habilidades vuestras el recorrer túneles y cuevas?

Chema vio que Alonso aprovechaba la oportunidad para ponerse delante e impedir que Lope se expusiera. Chema suspiró. A lo mejor Lope lograba así vencer sus propios miedos: tirando de ser el macho alfa. Para ganarse la vida escribiendo sobre las grandezas y miseras de la naturaleza humana, no pudo evitar pensar, el cabrón iba cortito de inteligencia emocional. O eso o algo tramaba. Chema acercó la antorcha para verle el careto. Tenía el bigote torcido en su típica sonrisa de autosuficiencia galante. Algo tramaba.

– De peque jugaba a Dragones y Mazmorras –se encogió de hombros Chema–. Es toda la habilidad en esto que tengo. La espeleología no es lo mío.

– ¿Dragones y Mazmorras?

Chema dudó en las palabras. Mierda.

– Es... Un juego de dados. Una mala tirada te saca del juego. Tiene reglas complejas.

– Dudo que un juego de dados nos pueda ayudar en esta situación –objetó Lope–. Como mirar esa cosa de cristal que sé escondéis en el bolsillo. Decidme, ¿qué es? ¿Cómo pudisteis hacer llegar el mapa de Dácil al barco en tan corto periodo de tiempo?

Chema gruñó. El móvil. Lope le había pillado en algún momento mirando el móvil.

– Un relicario –interrumpió Alonso.

– ¿Puedo verlo?

– No.

Lope torció el gesto.

– Si vuestras mercedes creen que soy un memo –gruñó Lope quemado–, sepan que están equivocadas.

Y apartando a Alonso de un empujón, empezó a avanzar por la gruta a paso vivo.


Alonso trataba de que Lope no se expusiera, pero era empresa imposible. A ese paso, comprendió, la advertencia de Cervantes iba a tener que ponerla en práctica porque, de asomar una cuarta de más (asomaba más de media el insensato) y encontrarse con un arcabucero o ballestero tras el siguiente recodo de gruta, el Fénix iba a quedar desplumado y bien muerto.

– ¡Maestro os lo ruego! –rugió Alonso en un susurro–. ¡Cautela! ¡A saber qué encontraremos tras la siguiente esquina!

– Aquí Entrerríos tiene razón, don Lope –apoyó el señor Chema–. Mire que como nos lo maten, la tenemos.

– ¿Pues qué habéis de tener? ¿Qué teméis, caballeros? –gruñó Lope–. Más de un secreto guardáis y hasta ahora no me habéis visto quejarme. A diferencia de otros, yo confío en mis compañeros. En ellos y en Dácil. ¡Estas cuevas están claramente vacías!

– Eso no lo sabemos, Lope –gruñó Alonso–. ¡Bajad la voz, os lo ruego!

– Sé lo que tramais –gruñó Lope, perdida la calma–. ¡Si creéis que voy a permitir que de la gloria me apartéis por hallar ese oro del Rey, estáis muy equivocados! ¡Que haya encontrado el amor no me hace más iluso!

Alonso apretó los puños, encontrando que ser paciente le iba costando a cada palabra del genio un poco más; quizás dejarle sin sentido y atado junto a Dácil, hubiese sido mejor solución.

– Mirad que os equivocais Maestro –trató de no enojarse–. De todos será la gloria por...

Alonso se interrumpió.

Como había temido, el despreocupado paso de Lope de Vega les había llevado de cabeza a media docena de espadas tras el último recodo. Tras ellos, el señor Chema con manos levantadas era apremiado por dos ballesteros a su espalda.

– ¡Por todos los...! –maldijo Alonso.

Alonso comprendió que estaban rodeados y que al menos había tres piratas por cada uno de ellos. Tuvo que ceder cuando, con una hoja en el cuello, le obligaron a entregar espada y daga sin poder oponer resistencia.

– Hombres de Roberts, presumo –gruñó Lope sin perder aparentemente la calma.

– Presumís lo vuestro, ya lo creo –confirmó uno de ellos. Alonso reconoció en él al viejo que se le había escapado en la taberna del tuerto. La cara y el brazo en cabestrillo a la luz del farol, se lo confirmaron–. Decidme, poeta Lope... ¿Con qué brazo escribís?

– ¿Por qué pregun...

Sin dejarle tiempo para reaccionar, Alonso vió cómo le clavaba en el antebrazo derecho una puñalada rápida y seca.

– ¡Joder! –chilló Chema.

Alonso fue a intervenir, pero se encontró al momento con dos hojas en el cuello a punto de abrirle el gaznate. Lope contuvo un alarido entre los labios y sin apartar la desafiante mirada del pirata, se llevó la mano izquierda a la herida cuando le sacó el hierro.

– ¡Calmaos, matador! –le dijo a Alonso el viejo–. Ahora el señor Lope de Vega y yo vamos parejos. Quería asegurarme de que así fuera antes de que el señor Roberts y él ajusten cuentas. Respecto a vos –sonrió, dientes negros y barba rala–, no tengáis prisa aun por recibir vuestro merecido.