Estaban saliendo de la cafetería para seguir con las compras cuando a Lisa empezó a sonarle el móvil. Simon llevaba todo el día intentando captar imágenes de Justina Maguire en las que apareciera esquelética y estaba ansioso porque su prometida volviera al hotel.
—Mierda, seguro que quiere echar un polvo —dijo Lisa mientras guardaba el Motorola en su bolso de Fendi—. ¡Qué pereza! Claro que ¿qué otra cosa puedo hacer? Ese es mi nuevo trabajo, aunque es mejor que organizar sujetadores por tallas y devolver las bragas a sus perchas.
—Supongo —replicó Nakuru entre carcajadas. Las dos copas de Prosecco se le habían subido a la cabeza.
Hacía mucho que no pillaba ese puntillo y se sentía muy despreocupada. Bueno, tal vez despreocupada fuera un poco fuerte, ya que seguía colgada de Doug, pero había pasado mucho tiempo desde la última vez que se sentó con una amiga al sol para echarse unas risas, y todavía más desde la última vez que coqueteó, aunque con poca maña, con dos desconocidos.
Regresaron en un silencio agradable al hotel dejando atrás callejuelas adoquinadas y arcos. Se detuvieron un momento para ver a un mimo y echar un vistazo a un puestecillo de bisutería regentado por un hippy de pelo canoso. De repente bajó la mirada al suelo y vio una alcantarilla en la que estaban grabadas las letras SPQR. ¿No era eso lo que los centuriones romanos llevaban en los escudos en Astérix? «El senado y el pueblo de Roma», recordó de sus tiempos de colegio. Y en ese momento descubrió el encanto de Roma.
—Es una pena que no podamos salir con los chicos esta noche —susurró Lisa cuando estaban cerca del hotel—. Pero a Simon no le habría hecho mucha gracia que desapareciera esta noche y dudo mucho que tu pobre marido enfermo se lo hubiera tomado mejor.
—Cierto.
—¿Te apetece tomarte una copa con Simon y conmigo? —le preguntó Lisa ya en el vestíbulo—. ¿O estás deseando atender al enfermo?
En realidad lo que deseaba era no quedarse sola tan pronto y también sentía curiosidad por saber cómo era Simon.
—No, no, seguramente está dormido. Me encantaría tomar una copa. —Con el rabillo del ojo vio que Touya Kinomoto iba hacia los ascensores. De repente y sin saber por qué, se puso como un tomate. Apartó la vista con rapidez.
Simon estaba esperando bajo una sombrilla en la terraza de la planta baja, con una enorme jarra de cerveza delante y unos aperitivos muy exóticos.
—¿Todo va bien, cariño? —preguntó Lisa al tiempo que le daba un beso en la mejilla, tras lo cual se dejó caer en una silla, a su lado—. Simon, te presento a Nakuru. Hemos estado de compras. Nakuru, este es Simon.
—Hola. —Simon le tendió la mano a regañadientes.
—¿Cómo te ha ido el día?
—Fatal. Tuvimos que untar a un tío para poder subir a su terraza y hacerle fotos a Justina en la suya. Que por cierto es más grande que el Titanic. Ha sido una pesadilla.
—Pero ¿has conseguido lo que querías?
—Al final —respondió—. En biquini.
—Con pinta de anoréxica.
—Con pinta de haber pasado por una hambruna.
Lisa le sonrió a una camarera muy guapa.
—Ciao! Un martini, por favor. Tómate otro, Nakuru. Son la especialidad de la casa. ¡Mentira estas embarazada! Ni pensarlo, no puedes.
—Vale —accedió, aunque igual no le gustaba el martini.
Sin embargo, cuando llegó, comprobó que tenía una pinta estupenda y que iba acompañado de un vaso de hielo con una cucharilla encima llena de caviar.
—Bueno, ¿cómo es Touya Kinomoto? —preguntó.
—Es un capullo.
—¡No me lo creo! —exclamó Lisa—. Nakuru, te lo dije. Dice lo mismo de todo el mundo. De Justin Timberlake. De Bill Clinton...
—Ese sí que era un capullo.
—De Madonna. De la reina de Jordania. ¿Has fotografiado a alguien que te cayera bien?
Simon pensó la respuesta.
—Tiger Woods no estaba mal. Me firmó la gorra.
—Creo que Simon lleva demasiado tiempo en este mundillo —dijo Lisa—. Está siempre viajando por el extranjero. Va a India con el príncipe Carlos, a Hollywood para verse con Tom Cruise, pero actúa como si trabajara en una mina.
—Los famosos solo son personas —señaló Simon—. Personas que, por cierto, están hechas polvo y son más vanidosas y más neuróticas que los demás mortales. ¿Por qué hay que ponerse nervioso por la idea de ver a uno? Les importamos una mierda. No nos vamos a hacer amigos del alma ni vamos a jugar al golf. Y los viajes son viajes. Un avión es un avión. Una habitación de hotel es una habitación de hotel. En los viejos tiempos sí que era estupendo porque controlábamos el cotarro, pero ahora la dirección es tan tacaña que ya podemos considerarnos afortunados de conseguir un asiento en la bodega del avión.
—Vamos, no es tan malo —lo contradijo Lisa, que levantó la copa hacia ella—. Siempre se está quejando porque los viejos tiempos eran mejores, antes de que la dirección se volviera tacaña. Aunque yo creo que alojarse de gorra en un hotel como este y encima tacharlo de trabajo es para darse con un canto en los dientes.
—Estamos aquí porque es donde se alojan Touya y Justina, y porque Christine consiguió un descuento. Y los viejos tiempos eran muchísimo mejores, ni punto de comparación. Te embolsabas el dinero íntegro y podías vivir de los intereses. Facturas para esto, facturas para lo otro. Te comes un sándwich de almuerzo y luego presentas una factura en blanco del Ritz. Le han quitado la gracia. Y encima le piden a alguien como yo, con treinta años en el negocio, que pulule por las entradas de los hoteles y por los restaurantes para hacer fotos de Justina Maguire con pinta de anoréxica o con un agujero en las medias. Como si fuera un puto paparazzi.
—Simon odia a los paparazzi porque ganan más dinero que él —explicó Lisa como de pasada. Se encogió de hombros—. ¿Qué tienen de malo las fotos de Justina Maguire? Está delgadísima. Segurito que tiene un trastorno alimenticio. Es un mal ejemplo para las niñas como Emily. ¿Tú qué crees, Nakuru? Ella es doctora.
—Yo... —comenzó ella, pero Simon se le adelantó.
—O están muy delgadas o están muy gordas. El caso es que es una putada verme reducido a ganarme la vida de esta forma, sacando primeros planos de culos de mujeres.
—Muchos hombres estarían encantados... —soltó Lisa con una risilla antes de darle un codazo. Su perseverancia era admirable, desde luego—. Cuéntanos más cosas sobre Touya. ¿Por qué es un capullo?
—Porque va por ahí dándose aires y soltando chorradas sin prestar atención a lo que hace. Parecía aburrido. Y me miraba por encima del hombro. Kaho, su ex, es distinta. Ella sí que es una señora. Siempre recuerda tu nombre. Posa para la foto como le dices. Nunca parece aburrida.
Simon se dejó llevar por los recuerdos y resultó evidente que estaba colado por Kaho Mizuki. Lo miró con curiosidad. No tenía el menor atractivo con esos ojos anodinos y la narizota colorada, fruto de muchas noches de copas en bares del extranjero. ¿De verdad era una piscina suficiente compensación por casarse con alguien así?
El teléfono la sacó de su ensimismamiento. Como era habitual, su primer pensamiento fue para Doug, pero se trataba de Gaby.
—Ya era hora —dijo cuando pulsó el botón verde—. Creía que te habías olvidado de mí.
—Qué va. Es que me han... retenido. —La voz de Gaby sonaba rara. Temblorosa. No como de costumbre. Tuvo un mal presentimiento.
—Espera un momento, Gaby. Disculpadme —les dijo a Lisa y a Simon—. Tengo que hablar en privado.
—No te preocupes. —Lisa cogió un bolígrafo de su bolso y escribió algo en una servilleta—. Aquí tienes mi número. Llámame si quieres que quedemos otra vez.
—Genial, gracias —le dijo ella, y metió la servilleta en el bolso—. Hasta luego. —Se levantó de la mesa y subió los escalones que llevaban del bar al jardín.
—¿Cómo estás? ¿Qué tal ha ido?
—Bueno, vamos a tener una niña —contestó Gaby.
—¡Una niña! ¡Qué alegría! —Estaba encantada de verdad, aunque sintió una leve punzada de dolor por el futuro que ya no tendría.
—Sí. Es genial. Estamos encantados. Pero, Nakuru... hay un problema. Dicen que tengo un problema en el cuello del útero y que el bebé podría nacer antes de tiempo. Mucho antes. Me han dado unos puntos a ver si pueden evitarlo. Y me han recomendado reposo absoluto en la cama para retrasar el parto todo lo posible.
—¿Tienes insuficiencia cervical? —Adoptó la jerga profesional sin poder evitarlo.
—Eso mismo. Ay, Nakuru, me muero de miedo.
—No te preocupes —la tranquilizó, aunque ella también estaba aterrada—. Si guardas reposo, no pasará nada. No muevas ni un dedo. Que PJ y Faviola te sirvan como a una reina. Y recuerda que hay muchísimas cosas para tratar a los bebés prematuros hoy en día.
—Lo sé, eso mismo me han dicho. Pero me da muchísimo miedo. Y me siento mal por no poder jugar con Archie. Y luego estás tú. ¿Vas a estar bien tú sola?
—Sí —le aseguró, odiándose porque no lo decía en serio—. ¿Quieres que vuelva? Para cuidarte.
—¡Ni hablar! Mi madre viene en el próximo tren. Y PJ se está comportando como un campeón. Escúchame, estoy aquí para lo que necesites. No tengo otra cosa que hacer aparte de estar sentada sobre mi ya generoso pandero. Así que llámame cuando quieras.
—Lo mismo digo. A cualquier hora —dijo antes de colgar, alucinada y aturdida.
Nakuru se fue derecha a su habitación después de la llamada. Una vez allí se dejó caer en una tumbona de la terraza mientras la cabeza le daba vueltas por la preocupación. En ese tipo de situaciones sus conocimientos médicos le parecían más una maldición que una bendición. Una insuficiencia cervical no solo era un término espantoso, sino también una dolencia muy grave. Sí, Gaby tenía muchas posibilidades de retrasar el parto si guardaba reposo absoluto, pero aun así sería muy penoso para ella pasar todo ese tiempo en la cama con un niño pequeño en la casa y sin nada que hacer. Además, cabía la posibilidad de que ni los puntos ni el reposo absoluto evitaran el parto y, aunque había sido sincera al decirle que hoy en día había muchos tratamientos para los niños prematuros, también era cierto que seguían muriendo muchos o (lo que era peor según su punto de vista) que nacían con problemas físicos o psíquicos. La medicina moderna había mejorado tanto la calidad de vida que la gente solía pensar que tanto ellos como sus hijos eran inmortales, pero ella sabía de primera mano que el embarazo y el parto seguían siendo muy peligrosos.
Nakuru se despertó sumida en la tristeza. Otra noche más que había pasado sintiéndose sola y abandonada en esa cama que le recordaba a una isla desierta. La noche anterior cenó un trozo de pizza para llevar que había comprado en un bar cercano al hotel y después vio una película en DVD, un thriller malísimo protagonizado por Harrison Ford que había pedido al servicio de habitaciones, mientras intentaba no preocuparse por Gaby.
No le sirvió de nada. Tenía que volver a casa. Recordó el hotel que tenía reservado en Capri para el sábado. Ni de coña. Ya estaba hasta el gorro de la dichosa luna de miel en solitario. En ese mismo momento iba a llamar a British Airways y exigiría que le buscaran un asiento en el primer vuelo a Londres.
La mantuvieron en espera durante veinticinco minutos y cuando el operador por fin regresó, no lo hizo con buenas noticias.
—Lo siento muchísimo, señora Fraser. Los vuelos que salen de Roma hoy, mañana e incluso pasado mañana, están completos. Es temporada alta. Como muy pronto podría conseguirle pasaje para el sábado por la mañana.
—Pero algo habrá que pueda hacer, ¿no? —suplicó, con la voz tan aguda como el pitido de una tetera a punto de hervir.
—Si quiere, venga al aeropuerto y nosotros la incluiremos en la lista de espera para las cancelaciones. Pero ya hay mucha gente en ese caso y las garantías son mínimas. Evidentemente, puede intentarlo con otra compañía aérea; pero por lo que veo en el monitor, tampoco tienen sitio.
Colgó, desolada y derrotada.
Eran más de las cinco cuando Touya se fue a dormir. El guión de Bazotti era tan bueno que le resultó imposible soltarlo. ¡Y el papel! El papel era muy distinto a todo lo que había hecho antes. Profundo, emocional, provocativo y sin una sola frase graciosa.
Una vez que terminó de leerlo, siguió tendido en la cama con la mente hecha un torbellino, imaginándose las posibles críticas que recibiría. «Touya Kinomoto: la revelación.» «Magnífica interpretación del actor. Alcanza nuevas cotas de emoción.»
Ya se veía en el escenario con la estatuilla dorada en la mano, aunque lo irritante era que no habría nadie que aplaudiera frenéticamente entre el público, no sería Flora, mucho menos Kaho. Estuvo a punto de coger el teléfono para llamar a Callum (no sería la primera vez que lo despertaba de madrugada), para contarle todo y tener consejo sobre lo que debía hacer, pero logró contenerse. Ya hablaría con él por la mañana. Callum se pondría en contacto con Los Ángeles y pondrían la bola en movimiento. Ese iba a ser el punto de inflexión de su vida, el momento que señalarían los historiadores como el comienzo de la maravillosa leyenda de la interpretación.
Sin embargo, cuando se despertó a mediodía (había llamado a recepción cuando el horizonte comenzaba a clarear sobre los jardines para decir que no quería que nadie lo molestara), su humor había cambiado. Lo que le había robado el sueño era la preocupación de que tal vez no tuviera bastante talento para el papel. Era posible que volara hasta Hollywood para hacer la prueba (cosa que no había hecho en años) y lo rechazaran por ese dichoso Jude Law, o tal vez se lo dieran y lo echara a perder.
La idea le revolvía el estómago. Se imaginaba a Kaho leyendo la crítica y estallando en carcajadas. Hablando del rey de Roma, ¿por qué no le había devuelto la llamada? Si él había hecho el esfuerzo de mostrarse amable, lo mínimo que podía hacer ella era llamarlo y agradecérselo. Al diablo, tenía que pensar en lo que haría, como manejaría su situación ahora.
Cogió el teléfono.
—Nessie, soy yo. Me gustaría desayunar. Y tráeme los periódicos ingleses, por favor.
—Ahora mismo, Touya —le dijo, tras lo cual hizo una pausa—. Te mencionan en todos. El Post ya ha publicado tu entrevista con Christine Miller. Debe de haber estado trabajando como una posesa para entregarla tan rápido. Supongo que las noticias de Kaho le otorgan una nueva dimensión a la promoción.
—¡Bah! No es por eso por lo que quiero ojearlos —mintió, pues también debía saber si habían ya encontrado algo de su situación con Flora—. Quiero ver cómo va el criquet.
Media hora más tarde estaba sentado en la terraza, bebiendo zumo de granada mientras miraba de forma amenazadora la pila de periódicos que tenía delante. Nessie no había exagerado. Salía en el Sun, en el Mirror, en el Express y en el Mail, por no mencionar la columna de cotilleos del Telegraph. En el Daily Post ocupaba la portada y las dos páginas centrales. Lo que se temía.
«¿Quién es la chica más feliz del mundo?», rezaba el titular bajo el cual se veían un par de fotos: Flora en el barco con un tío de familia acomodada que conocía de su juventud y Kaho con ese soplagaitas, sonriendo como un par de gansos ante las cámaras en alguna alfombra roja. Un segundo titular,
«¿Quién va de paseo?», precedía una foto suya en la Vespa que alguna de esas sanguijuelas que se hacían llamar paparazzi debía de haberle tomado el día anterior.
La entrevista estaba en las páginas centrales e iba acompañada de una foto en la que parecía cansado, derrotado e irascible. Sabía que el fotógrafo del Daily Post quería sacarlo lo peor posible... Era una entrevista larga, mucho más larga que el artículo dedicado a la crisis en Oriente Medio y se titulaba:
De cómo TOUYA dejó escapar a otra
Perder a una novia guapa debe de ser desafortunado, pero a dos... es definitivamente un descuido imperdonable. Hoy no ha sido el día de Touya Kinomoto. Kaho Mizuki, su ex novia, acaba de anunciar su compromiso matrimonial con el multimillonario italiano Fabrizio de Michelis. Está claro que no es su mejor momento, pero cuando lo entrevisté ayer en Roma me juró y perjuró que lo lleva muy bien. «Estoy encantado por Kaho», me dijo entre dientes. «Les deseo lo mejor a ella y a Fabrizio. No es que lo conozca, solo lo he visto en un par de ocasiones, pero tengo entendido que es un buen hombre.»
Le seguían unos cuantos párrafos de cháchara insustancial sobre los seis años que Kaho y él habían pasado juntos, tras los cuales llegó la separación dieciocho meses antes, salpicada de rumores de infidelidad por ambas partes.
«Nuestra separación fue como muchas otras», afirma Touya. «Muchas relaciones acaban.»
Al menos eso es lo que él dice...
A partir de ese momento el artículo se lanzaba a una larga y detallada enumeración de sus defectos. Lo acusaba de ser una engreída y esnob estrella en declive que, según los «amigos», había espantado a Kaho por ser un incansable mujeriego y por su rechazo al compromiso. La relación con Flora pasaba por un período de crisis, y era probable que esta hubiese encontrado consuelo en otros brazos. No aparecía ni una palabra de lo que había dicho sobre El carro de las manzanas, sobre lo mucho que le había gustado trabajar con Ben de nuevo, sobre lo divertido que había sido el rodaje. Lo único que podía leerse sobre la película era un comentario mezquino sobre lo mal que había funcionado en la taquilla británica.
Con su vida amorosa haciendo aguas y su carrera en la cuerda floja, Kinomoto está al borde de la crisis de la mediana edad. Por delante le espera el mayor reto de su vida hasta la fecha: ver si es capaz de darle un giro a la situación.
—Menuda sarta de idioteces... —dijo en voz alta, como solía hacer cuando leía algo sobre sí mismo que no fuera una crítica sobresaliente.
El problema, sin embargo, radicaba en que no eran idioteces.
De hecho, Christine Miller parecía haber conseguido meterse en su cabeza, aunque lo de «estrella en declive» era un poco injusto. Al fin y al cabo, Andreas Bazotti quería trabajar con él. Se le pasó por la cabeza la idea de decirle a Nessie que llamara por teléfono a algunas publicaciones especializadas y lo dejara caer, pero lo descartó. Ese era precisamente el tipo de comportamiento de algunas supuestas estrellas del que siempre se habían reído Kaho y él.
¿Por qué no le había devuelto la llamada?
¡Deja de pensar en ella!, se reprendió. Lo más importante en esos momentos era arreglar su situación con Flora, estaba claro que tenía que hacer algo para que eso no fuera a estropear más su imagen. ¿Estaría riéndose también de que fuera un idiota por haber pensado que lo esperaría? Sabía que estaba entre la espada y la pared. Si no le proponía un buen acuerdo dentro de dos días, todo el mundo volvería a reírse de él, por quedarse solo una vez más, y esa zorra de Christine Miller conseguiría un aumento de sueldo astronómico al ver cumplidas sus predicciones. Claro que casarse con alguien para fastidiar a Christine Miller no era un buen motivo...
Se sobresaltó cuando el teléfono volvió a sonar. ¿Sería Kaho por fin? No, era Nessie.
—Los de maquillaje y peluquería estarán ahí dentro de una hora, Touya, y después nos iremos todos a la escalinata de la plaza de España. Está prevista una sesión de fotos conjunta con Justina a las siete menos cuarto y el estreno será a las siete y media, ¿vale?
—Vale —respondió, alicaído.
Sin saber por qué, se descubrió pensando en la doctora que le había examinado, le daba la sensación de haberla conocido de antes. Seguro que su vida consistía en mucho más aparte de las fiestas y las sesiones de fotos. De repente, deseó poder hablar con ella. ¿Qué sentido tenía todo?
Nakuru, en cambio, no estaba pensando para nada en Touya. Su máxima preocupación era escapar de esa calle. Después de un almuerzo decepcionante en las afueras de la ciudad (los filetes estaban pasados; las patatas, blandas; y la ensalada, bañada de vinagre) dio una vuelta por el paseo marítimo. Estaba plagado de motos ruidosas conducidas por ágiles adolescentes y flanqueado por máquinas de juegos, como un Blackpool para gente guapa. Una pareja iba por delante de ella, y mientras paseaban se rozaban las manos como al descuido, se partían de la risa y se empujaban el uno al otro.
—Gelato! —exclamó el joven por encima del hombro—. Vamos a tomar un gelato.
Se condujo a una calle paralela. El suelo estaba en malas condiciones, de modo que se quedó todavía más rezagada porque las sandalias le hacían daño. En ese momento vio la estación a mano derecha. Miró de nuevo a la parejita, que seguía ensimismada en su conversación. En un súbito arranque de determinación cruzó la calle y entró en el despacho de billetes.
—Roma —le dijo al hombre aburrido que había al otro lado del cristal—. Quiero ir a Roma.
Le vendió un billete por lo que parecía poquísimo dinero y le indicó la dirección en la que estaba su andén. Había un tren esperando y cinco minutos después iba de regreso a la ciudad. Pegó la frente a la ventanilla y contempló el desolador paisaje que iban dejando atrás. Ya se estaba lamentando. Había echado el día por tierra. ¿Por qué no había hecho un pequeño esfuerzo? Era tan aburrida que no podía caerle bien a nadie. Doug tenía razón, ya no sabía divertirse.
De repente, cayó en la cuenta de lo que estaba haciendo. Toda esa autocompasión y Gaby estaba en una situación muchísimo peor. La llamó. Seguía de reposo absoluto y parecía atacada de los nervios.
—Todo saldrá bien. Tú sigue descansando. No salgas de la cama salvo para ir al baño. Míralo como si fuera un premio. Ahora podrás ver todas las películas y las revistas que quieras. Al fin y al cabo, cuando nazca el bebé no tendrás tiempo para hacerlo.
Gaby le preguntó qué estaba haciendo. De modo que le dio un informe resumido de lo que había hecho y le confesó que la habían invitado al estreno de una película esa noche, pero no tenía muchas ganas de ir.
—Pero tienes que ir, ¡tienes que ir! ¿Te van a comer o algo? Vas a ver una película gratis. Hazlo por mí, Nakuru.
Gaby tenía razón, decidió. Así que una vez en Roma cogió un autobús para regresar al hotel (cosa que no fue tan difícil como creía) y, una vez en su habitación, se maquilló tal como le indicó la chica del stand de Bobbi Brown para su boda. Aunque temía acabar como una drag queen disfrazada de cantante de Abba, descubrió que parecía ella misma, solo que más guapa. Se puso su vestido nuevo y se volvió a mirar en el espejo. Se sentía como Marilyn Monroe a punto de cantarle el cumpleaños feliz al presidente Kennedy. Por un instante barajó la idea de sacarse una foto con el móvil y mandársela a Doug, pero desechó la idea porque: a) no sabía cómo mandar mensajes multimedia, y b) sería una locura.
Se puso los zapatos de Emma Hope, que debería haber estrenado el día de su boda, y a las siete y media volvió a salir de la suite en dirección a la vía del Babuino y luego hacia la plaza de España. De repente, se alzó un repentino clamor justo cuando intentaba pasar entre ellos para llegar a la alfombra roja flanqueada por gorilas. Levantó la vista. En lo más alto de la escalinata estaba Touya Kinomoto, vestido con un esmoquin, saludando y sonriendo a la multitud. Tenía abrazada por la cintura a Justina Maguire, que parecía a la vez más pequeña y más grande de lo que ella había imaginado, con unos pechos como melones y un cuerpo como el palo de una fregona. Sonrió. Y pensar que ese era el mismo hombre que se había vuelto casi loco de preocupación por un ataque de estrés y que solo ella y el signor Ducelli lo sabían...
Justina y Touya comenzaron a bajar los escalones y, al instante, se dispararon miles de flashes y un millar de móviles de última generación fueron alzados para capturar el momento. Los gritos eran ensordecedores. Se abrió paso entre la multitud hasta llegar al final de la alfombra roja. Le mostró su invitación al encargado de seguridad y la dejó pasar. Se apresuró hacia la marquesina con las piernas temblorosas, segura de que todos los espectadores se estaban preguntando quién era. Otro guardia de seguridad revisó la invitación bajo una luz fluorescente y, satisfecho al ver el brillo, le hizo un gesto para que pasara. La primera persona que vio en el interior fue Vanessa, impecable como de costumbre con un ajustado y elegante vestido gris.
—Ah, hola —dijo con retintín—, ¿has decidido aceptar nuestra invitación?
—Sí —contestó—. Y fue Touya quien me invitó.
—¿Tu marido sigue enfermo?
—Por desgracia, así es. Cometió el error de beber agua del grifo.
—Espero que vayas a la fiesta. Hay un surtido bufet, seguro que te encantará. —Y con una sonrisa socarrona se volvió hacia el gorila que tenía al lado para susurrarle algo al oído. Los dos se echaron a reír.
Incapaz de contestarle como se merecía, se marchó a la sala de proyección, que estaba llena de asientos acolchados y ocupados por las doscientas personas más arregladas que había visto en la vida. La mezcla de vestidos de Fendi, Gucci, Angel y Dolce & Gabbana la dejó sin respiración. No había un pelo fuera de sitio ni una cutícula de más. Todas las invitadas estaban tan morenas que parecían trozos de cuero con ojos. Jamás en la vida había echado tanto de menos poseer una joya de oro. Gracias a Dios que Lisa la había convencido para que se comprara el vestido. Las luces fueron apagándose y se apresuró a sentarse a cuatro filas de la última.
—Io sono sempre stato celibatorio... —dijo una profunda voz mientras se veía una escena en la que Touya se despertaba de golpe, cogía el despertador, jadeaba horrorizado y saltaba de la cama para vestirse en tiempo récord—. Mafino a quella mattina in aprile, non anevo mai conosciuto...
La película estaba doblada. ¿Por qué no se lo había dicho nadie? Tuvo que aguantar hora y media escuchando a Touya Kinomoto en italiano, con una voz ronca y resonante medio dopada. Justina, en cambio, sonaba como una telefonista muy sexy. Claro que tampoco hacía falta hablar italiano para saber lo que estaba pasando. Alguien estaba robando manzanas de la huerta y Touya y su perro se habían propuesto cazar al ladrón.
De todas formas, el público italiano parecía tan aburrido como ella misma: el hombre que tenía a la derecha se pasó media película leyendo mensajes en su móvil y la mujer que tenía delante no paró de juguetear con sus pulseras. Cosa que le recordó su alianza, la que no se había puesto nunca y que estaba guardada en el armario de su casa de Londres. Nada de anillo de compromiso, por supuesto, porque nunca hubo ninguno.
