Disclaimer: Propiedad de M. Kishimoto

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—La única manera de salir de aquí es muerto, preso 820. Si te portas bien y me dices lo que quiero oír, todo terminará. Te aliviare todo este dolor. Seremos buenos. Te llevaremos a tu villa. Tus padres lo agradecerán. ¡Podrás ser enterrado con todos tus familiares! – alabó el ninja como si el ser enterrado en tu pueblo natal fuese un privilegio dispuesto solo para unos pocos elegidos —. Si te niegas a colaborar... vas a tener que soportar esto y algo peor durante mucho, mucho tiempo. Piensalo. Volver a casa. Que tu madre te pueda abrazar de nuevo. Que tu padre deje de tener pesadillas sobre lo que te puede estar pasando.

Guardó silencio, intentando prepararse para lo que sabía que vendría a continuación. No saldría de esa prisión con vida, de eso estaba seguro. Pero la cuestión era como elegía morir. No le importaba lo que hicieran con el cadáver, total muerto no se enteraría de nada. Su sueño distaba ya muy lejos. En su mano estaba el acabar con todo aquello, en alcanzar el descanso final. Sin dolores, sin cicatrices surcándole el cuerpo, sin heridas. Solo paz, sueño, descanso. Paz, sueño, descanso y sus amadas nubes.

—Y bien, preso 820, ¿qué eliges? —cerrando los ojos, apretó los labios intentando asegurarse de no dejarle oír ni una palabra—.¿No piensas decírmelo? ¿No vas a colaborar? —negó varias veces, resignado— Entiendo.

Un golpe en el estomago le obligó a hincarse de rodillas. Notó la sangre salir de su boca y observó, embelesado, el minusculo charco de sangre que formaban en el suelo. Observó como, sobre aquellas manchas en la piedra, se cernía una sombra que se acercaba a él, agrandándose a cada paso. Las manos atadas a la espalda, le dolían por la falta de riego sanguineo.

—Ocúpate de él, pero no lo mates... todavía. Solo quiero que entienda como... actuamos aquí.

Se atrevió a mirar de reojo hacía su espalda. Observando al que posiblemente sería su torturador. No parecía oriental. Sus ojos eran grandes y de un clarísimo color azul, el cabello rubio,muy corto. Ropas holgadas, llenas de cadenas. Le doblaba en tamaño y sus músculos estaban excesivamente trabajados. Pero lo que más le asustó, el rasgo que le aceleró el pulso hasta limites inhumanos, fue la enorme y sádica sonrisa que se dibujaba en sus gruesos labios. Se acercaba a él peligrosamente. Sus paso sonaban huecos por toda la habitación. Las cadenas chocaban entre si, produciendo un sonido metálico que le traspasaba. Su respiración se tornaba agitada mientras la sangre seguía goteando por su barbilla, cubierta por una sombra oscura, preludio de lo que con el tiempo se convertiría en una tupida barba. Levantó el brazo. De su mano colgaba un látigo de cuero.

Con un ligero chasquido, una herida se abrió en su magullada espalda. La sangre fluyó veloz hasta desaparecer al llegar al pantalón de calor gris. Con otro chasquido, las lágrimas afloraron en sus ojos cayendo después por sus mejillas. Otro más y de su boca, encharcada por la sangre, escaparon leves gemidos repletos de angustia.

Cerró los ojos con fuerza. Intentando escapar de esa realidad. Resistiéndose a gritar, a decirles lo que querían oír. Con cada golpe, con cada nuevo corte que se abría en su piel, su cuerpo se tambaleaba peligrosamente. A pesar de tener las manos hinchadas y dormidas, hundió sus dedos entre los eslabones de la cadena que le mantenían unidos los tobillos. Se aferró a ella, con las escasas energías que le quedaban. Era lo único que hacía contrapeso, lo único que impedía que se cállese. Intentó concertarse en su respiración. Como ninja que era, se le había instruido para soportar esas situaciones, podía aguantar tanto el dolor físico como el emocional. Le habían enseñado a soportar cualquier tipo de tortura. Se suponía que estaba preparado para ello. Pero la realidad era muy distinta.

Nunca estuvo preparado para ello. Nunca estuvo listo para soportar todo aquello. Nunca se está. A cada golpe, el suelo se acercaba más. ¿Cómo demonios se sabe si estás preparado? Se esforzó en mantenerse concentrado en su respiración. En ella estaba la clave. Debía mantener su mente apartada de aquel infierno. Primero debía relajarse, mantener su respiración tranquila, serena. Luego tenía que concentrarse en cualquier otro tema. Algo que reclamara toda su atención. Los temas más utilizados eran las matemáticas o las artes. El problema es que ninguno de los dos temas le había interesado lo más mínimo en la escuela. Siempre le había aburrido. Eso no le distraería. Por más que buscara, no era capaz de encontrar nada. Ningún tema que lo distrajese porque, lo único que acudía a su cabeza eran recuerdos que se le antojaban demasiado dolorosos.

Al cabo de un rato los golpes cesaron. Dirigió su vista hacia atrás, temeroso al ver que el hombre se alejaba. Pero en el fondo de sus ojos, se encendió una pequeña luz. Tal vez todo terminaría por ese día. A lo lejos se oyó como un reloj anunciaba la medianoche. Pero la leve llama titiló ante el viento de tormenta, terminando por extinguirse. La lluvia mojo la mecha, impidiéndole volver a prender.

El hombre se había dado la vuelta. En sus manos portaba un cirio blanco. A la luz amarillenta que desprendía vislumbró el rostro del horror. En su perfil deforme se distinguían numerosas cicatrices y marcas. En su boca de dientes amarillentos entre los cuales se adivinaban varios huecos, se dibujaba una sonrisa malévola y sádica.

Sintió como algo ascendía por su garganta. Pero no vomitó nada. En su imaginación se habían dibujado imágenes nada agradables. Cerró los ojos mientras su cuerpo comenzaba a temblar. Relajo sus músculos y normalizó su respiración todo lo que pudo. Tenía que concentrarse en las matemáticas, olvidarse de lo que le esperaba entre aquellas frías paredes de cemento. 2x2448.

4x48 es 192. La vela podía ser para cualquier otra cosa, menos para lo que se estaba imaginando. Tal vez el verdugo disfrutará del dolor ajeno y deseaba observar con buena luz la sesión. Tal vez fuera para encender maderos con los que golpearles como habían hecho otras veces. Pero todos estás razonamientos eran destruidos, desbaratas por ese sentimiento intimo que, en algunas ocasiones, se apodera de nuestro ser y nos grita en todos los idiomas que se cierne sobre nosotros una desgracia. 8x192 es 1536

16x1536 es 24576. Los pasos se acercaban peligrosamente a su espalda, cada vez un poco más cerca. Su sombra le cubría casi por completo pero en el centro de su espalda adivinó un pequeño haz luminoso. 32x24576 es 786432

64x786432 es 50331648. Volteó la cabeza hacía adelante, aún con los ojos fuertemente cerrados. Estaba rodeado de oscuridad, al igual que de pequeño. Las sombras le protegerían, al fin y al cabo, siempre lo habían hecho. 128+50331648 es ...

Su respiración se tornó agitada en contra de sus deseos. Perdió la cuenta. Hacía mucho tiempo que la sangre fría se le había derretido. Ya de por si le costaba respirar y ahora, por culpa de su nerviosismo y de su pánico, sus pulmones reclamaban todavía más aire, un oxigeno que no les podía proporcionar. 512+512 es 1024. 1024+1024 es 2048. Sentía la sangre resbalar por los jirones de piel, cayendo después al suelo. Suavemente doloroso. Sádicamente cosquilleante 2048+2048 es 4096. ¿Dónde estaba él? Hacía rato que sus pasos se habían parado peligrosamente cerca de él. Debía concentrarse en las matemáticas. Alejar de su mente las preguntas. Llenar su mundo de lógica numérica. 4096+4096 es 8192.

8192+81... Pero por algún minúsculo hueco, seguía filtrándose aquella sensación. La sangre resbalando sobre su espalda. La lava escurriendo por la ladera de un volcán. Pero de pronto, algo cayo sobre ella. Una pequeña gota que ni siquiera salpico... Y las cuentas cesaron.

A esta la siguió otra. Cera líquida que se solidificaba al llegar a su espalda despellejada, en carne viva. El riachuelo de cera ardiente fue extendiéndose desde el comienzo hasta el fin de su espalda. Bañando cada llaga. Cerrado cada corte. Las lágrimas imposibles de contener, humedecieron sus empolvadas mejillas. Se mordió el labio con fuerza, algunas gotas de sangre cayeron y chocaron contra el manto carmesí que empapaba el suelo. Apretó entre sus dedos la cadena de frío hierro.

La cera se traía teñía de color rojizo al contacto con la sangre. Los ojos de sharingan. La mirada del shukaku. La pupila del kyuubi. El último atardecer de un niño asustado. Se solidificaba sobre su espalda latigada, cada gota representando una lágrima. Un grito de dolor desgarrador escapo de sus labios sellados. El primer testigo de una larga agonía. La primera nota de una larga melodía.