Hola… aquí, con ustedes, la guapetona escritora de esta historia que a veces causa dolores de cabeza a muchos… (Así es, lo se… no me lo nieguen)…

Bueno, muy a mi pesar, tengo algo que decirles… Quizá a muchos no les importe un p*ng* y otros ni cuenta se hayan dado. Pero quiero explicar la desaparición de… Snif… Snif… de… Snif… "tu eres mi luz"… *y lloro*…

La cosa es que la enana, metiche e insufrible de mi hermana encontró mi cuenta de fanfic abierta (ni yo sabia que estaba abierta) y ni maldita idea de que hizo… Solo se que, cuando llegué del cole, mi historia no estaba. Y fue algo así…

Enana insufrible: ¿Black rose?...

Yo: Si, mi vida…

Enana insufrible: ¿Recuerdas la historia esa de luz o no se que?...

Yo: (¬¬)… se llama tu eres mi luz…

Enana insufrible: Bueno, esa… creo que la borré sin querer…

Yo: *con un tic en el ojo*… ¿¡QUE?!...

Y no creo que nadie quiera saber como mi pequeña hermanita quedó atada a una silla del comedor… no, no me miren así, ella me ha hecho cosas mucho peores… EL problema, es que no creo poder recuperar los capítulos y si me pusiera a reescribirlos, tardaría meses… ni si quiera sé si podré volver a subirla. Lo que me pone un poco triste, porque hasta ya tenia el epilogo escrito no faltaba mucho para que terminara…

Bueno, sin mas que decir… Kung fu panda no me pertenece…

Capitulo_14 "Ojos verdes"

-Lía, sabes que aquello estuvo mal-.

La voz de Lee era seria y firme, pero a la vez amable. Estaba sentado en la cama de Lía, con la pequeña en sus brazos.

-Hey, pequeña. Ya no llores- le siguió Mono, sentado a la par de ellos.

Intentó acariciar la cabeza de la cachorra, pero ella no se lo permitió y se apartó.

-Lía, bonita, no puedes estar son hablar todo el día- Intentó nuevamente Lee.

Le pequeña, como respuesta, se abrazó con mas fuerza a su tío y escondió la cara en su cuello. Al parecer, si estaba dispuesta a no hablar durante todo el día.

-Ya déjala, Lee- casi gritó Shuo, sentado en la cama de Tigresa. Parecía irritado -Si no quiere, no quiere. Deja de rogarle para que hable-.

Como respuesta, las miradas de Lee, Mono, Mantis y Grulla. Pues todo el tiempo Shuo se la había pasado tirando mal humor a todos, incluso a Lía. Pero antes de que alguien le reprochara algo, una vocecita los interrumpió.

-¿E... E... Estas enojado... conmigo?- preguntó Lía, con la voz entrecortada por el llanto.

Sacó el rostro de su pequeño escondite y miró al tigre de bengala con sus ojitos verdes envueltos en lagrimas. Como por arte de magia, el semblante de Shuo se suavizó y sus labios esbozaron una tierna, y algo culpable, sonrisa. Si bien, odiaba los ojos verdes, debía de admitir que los de Lía hacían la excepción.

Sin contestar nada aun, se levantó de su cama y tomó a su sobrina en brazos. La pequeña se aferró a el con brazos y piernas y apoyó la cabeza en su hombro.

-No, mi vida- murmuró Shuo, acariciando la cabecita de ella. Razón por la cual, Lía emitió un tierno ronroneo -No estoy enojado, con contigo-.

Lía no contestó. No quería. Shuo la besó en la mejilla y la meció en sus brazos.

-Dulce niña de tierna sonrisa... deja de llorar que aquí estoy... seca esas lagrimas, déjame ver... esos ojitos de una vez- Le cantó, sin percatarse de que, a la vez, estaba hablando de mas -Con tus orejitas de tierno osito, escucha mi canto te lo suplico. Y con tus manitas de fuerte tigresa, sostén mi corazón, es tuyo princesa-.

Para cuando Shuo terminó de cantar, Lía ya estaba plácidamente dormida en sus brazos. Mono, Mantis, no le tomaron importancia. Apenas si habían escuchado lo que decía la canción. Pero Grulla… Repasaba cada una de las palabras en su mente. Sin quererlo, miró con recelo a Shuo, quien seguía con Lía en brazos.

La habitación se sumió en un silencio un poco incomodo. Nadie hablaba. Cada quien perdido en sus pensamientos. Lía, dormida en los brazos de su tío, murmuraba de vez en cuando algunas palabras incomprensibles. Lo que hacia sonreír a mas de uno.

Por otra parte, Lee estaba tan aburrido que casi se dormía. Pero algo capto su atención. Una sombra. La silueta de un cuerpo felino que pasó casi corriendo por el pasillo. Involuntariamente, sus labios esbozaron una pequeña sonrisa. Pero...

-AAAAAAAAAAHHHH-.

El gritó de Song fue tan fuerte y agudo que aturdió a todos. Menos a Lía, que seguía placidamente dormida en brazos de su Tío.

-¿Acaso esta loca o que?- espetó Shuo, frotándose uno de sus orejas con su mano izquierda.

Mantis, Mono y Grulla esbozaron burlonas sonrisas. Los tres se dirigieron miradas cómplices, pues ya sospechaban lo que había sucedido.

-¿No se despertó?- preguntó Mono, incrédulo, al ver dormir a la pequeña.

Shuo se encogió de hombros, restándole importancia.

-Tiene el sueño pesado- contestó.

-Se parece a cierto panda dormilón- se burló mantis, ganándose las carcajadas de Mono.

-Si... se parece-.

La voz de Grulla sonó algo pensativa y dudosa, por lo que se ganó una mirada desconfiada de Shuo. ¿Será?... No, no puede ser. Digo, seria imposible ¿O no?... ¿Por qué me parece que Lía trae mas sorpresas consigo de la que podríamos imaginar? Pensaba Grulla.

-Oigan ¿Y Lee?- preguntó Mantis, al no ver al tigre siberiano.

Ninguno se había percatado de en que momento. Pero Lee, en cuanto escuchó aquel grito, no esperó mucho para salir corriendo hacia la habitación de Song.

Cuando llegó, no se molestó en tocar. Abrió la puerta y entró... quedó en Shock al ver lo que vio. Los muebles estaban, literalmente, patas arriba. Por todos lados, había esparcido lo que parecía ser alguna prenda desgarrada de color lila y había estambre esparcido por doquier.

Aunque el Shock por la impresión no le duró mucho, ya que no dudó en estallar en carcajadas al ver el estado de la leopardo... al parecer, algunas de las tiras de estambre formaban una especie de trampa en la cual se había enganchado el pie de ella. Como resultado, Song colgaba de cabeza a medio metro del suelo. Y, para rematar, estaba cubierta por una sustancia blanca y viscosa.

-¿Que... jajaja... que... te paso?... jajaja- logró articular Lee, entre carcajadas.

-Tu sobrina- masculló ella, realmente molesta.

-jajaja... ¿Que es eso blanco?- Lee hizo una mueca de asco -Parece...

-Es pegamento-.

Song señalo con la cabeza un recipiente tirado a un lado de la puerta, el cual aun contenía algo del pegamento. Al parecer, al entrar a su cuarto, el recipiente le había caído en la cabeza. Lee solamente rió con mas fuerza.

Una mueca de dolor se asomó por el rostro de Song. La sangre se le empezaba a ir a la cabeza y el pegamento que le había caído le hacía arder las heridas que le había ocasionado Lin.

Lee, al percatarse de ello, inmediatamente dejó de reír.

-¿Te lastimaste?- preguntó, preocupado.

-No, es solo que...- no se le ocurría excusa alguna -...solo ayúdame a bajar ¿Si?-.

Lee, como respuesta, asintió. Se colocó junto a ella y, con una de sus zarpas, cortó el estambre. Song, maldiciendo interiormente a Lee, cerró los ojos con fuerza, creyendo que se daría un buen golpe contra el suelo. Pero no fue así, ya que Lee la atrapó en sus brazos.

-¿Creíste que te dejaría caer, hermosa?- murmuró el, cerca del cuello de ella.

Song se estremeció al sentir el aliento del tigre siberiano chocar con su piel y se sonrojó, pero trató de disimularlo lo mejor posible.

-Tonto-.

-Lo sé-.

Lee rió, divertido y estrechó a Song en un casi asfixiante abrazo. La leopardo arrugó el entrecejo y esbozo una mueca de dolor. Tenia las piernas, brazos y espalda lastimados. Algunas heridas, como las de la espalda, le ardían y los golpes dolían.

-¿Estas bien, Song?- preguntó Lee, al percatarse de ello.

-Si- se apresuró a contestar Song -Solo... bájame-.

Lee la miró extrañado, mas no preguntó y la dejó de pie en el suelo. Song, inmediatamente, intentó alejarse un paso. Pero al intentarlo, resbaló con un poco de pegamento del suelo. Lee la rodeó con sus brazos, impidiendo que cayera al suelo… otra vez. Song, aun sonrojada, le sonrió y pasó sus manos por el cuello de el. Era fácil olvidarse de todo al ver aquellos ojos. Pero, no todo era perfecto. De repente, la sonrisa de Lee fue remplazada por una mueca y en sus ojos brilló la preocupación. No entendió muy bien que pasaba, hasta que vio la mano derecha del tigre (que hasta el momento había estado en su espalda). Estaba manchada de un líquido rojo. Sangre. Ella quedó paralizada en su lugar, sin mover ni un músculo.

-Song… ¿Qué… Que…?-.

Lee no conseguía articular palabra. Al ver que no se movía, La enderezó y revisó su espalda… no era necesario (y tampoco se atrevía) levantarle la blusa para saber que sucedía. Esta estaba manchada en sangre seca y algunas manchas mas recientes y aun húmedas.

Song, al reaccionar, agachó la mirada, apenada, y se alejó un par de pasos. El no debía ver eso. Ni el, ni nadie. Lee boqueó varias veces, buscando algo que decir. Pero antes de que pronunciara palabra alguna, alguien los interrumpió.

-¿Pero que pasó aquí?- Preguntó Po, parado en la puerta.

Inmediatamente, los ojos de Lee y Song se dirigieron hacia el panda. Lee, por acto reflejo, ocultó su mano tras su espalda. Algo en los ojos de Song le decía que no quería que nadie se enterara. Ella, por su parte, se paró de tal manera que Po no pudiera ver su espalda y se forzó a esbozar una pequeña sonrisa.

-Po… hola- murmuró.

Po frunció el ceño, extrañado. Había visto a esos dos alterarse al verlo. Aunque ya sospechaba que algo pasaba, al menos de parte de Lee. Pero no se sentía con el derecho de intervenir… no después de lo que el mismo hacia. Sin decir nada, avanzó hacia ella y tomó su rostro entre sus manos, asegurándose de que no tuviera alguna herida.

-¡Por el bastón de Oogway!- exclamó el panda, algo burlón al verla bañada en pegamento -¿Qué te paso?-.

Song, esbozando una "tímida" sonrisa, tomó las manos de el con las de ella y se alejó un paso… no podía arriesgarse a que viera ni un raspón. No estaba de humor para inventar excusas.

-Nada- Contestó –La diablilla de la hija de Tigresa al parecer quiso jugar alguna broma o algo-.

Po abrió los ojos como platos, sorprendido, y repasó el cuarto con la mirada… ¿Una niña de cuatro años podía hacer todo ese desorden? En realidad, no lo creía.

-Creo que… estas exagerando- contestó Po –De seguro fue Mono. Digo, una pequeña no podría ni levantar aquel ropero-.

Dijo, señalando el armario de la leopardo que estaba tirado en una esquina… según recordaba Po, ese armario estaba en la punta opuesta de la habitación.

-No te creas, panda- intervino Lee –Lía ES capas de esto y mas-.

-Ya lo creo- apoyó Song, un poco mal humorada.

-Ya, solo tiene cuatro años- dijo Po, esbozando una pequeña sonrisa. Song arqueó una ceja -Bueno, ni que te hubiera intentado matar-.

-¿Como estoy segura que no?- refunfuño ella -Tengo que charlar seriamente con la madre de ese demonio-.

Po simplemente rió por la actitud de ella. Era sabido que Song no tenía buena relación con los niños. No los odiaba, simplemente no les tenia paciencia.

-Y usted, señorita ¿A donde se ha metido?- preguntó juguetonamente Po.

Song se tensó ante la pregunta. No era la primera vez que le mentía sobre aquello, pero siempre estaba presente el temor a ser descubierta.

-Fui a ver a un familiar- respondió, en un rápido murmullo.

-Pero…

Antes de que Po continuara, Song estampó sus labios en los de el. Para callarlo. El panda no hizo nada para evitarlo. No pudo. Eso solo lo hacia sentirse mas culpable de lo que ya se sentía. Realmente, debía hablar con la leopardo. Lee apretó los puños, molesto. Tenia ganas de ir y golpear al panda hasta que no recordara ni su nombre. Gritarle que se alejara de ella. Pero tenia la sensatez suficiente para saber que no era buena idea. Prefirió calmarse y carraspear de manera exagerada.

-Ups, perdón- Se disculpó Song, recuperando su tono de (según palabras de Víbora) "maldita arpía come machos".

-Ya, como digas- masculló Lee -Iré a ver como sigue Tigresa-.

Po al instante reaccionó y salió del shock causado por el repentino, e inesperado, beso. Lee pasó por su lado, dispuesto a salir lo antes posible de allí. Pero la mano de Po cerrándose en torno a su brazo lo detuvo.

-Quédate, iré yo-.

Antes de que Lee respondiera, Po ya se había ido. Lee y Song se quedaron allí, solos, parados en medio del cuarto y sumidos en un silencio incomodo.

-Yo... yo...- tartamudeó Song -...creo que... te debo una charla-.

Con un asentimiento de cabeza, la leopardo señaló la mano, aun manchada con sangre, de Lee. Este miró su mano y arrugó el entrecejo, para luego mirarla a ella... estaba cabizbaja y notablemente apenada.

-Si, creo que si- contestó -Pero primero, ve a darte un baño-.

El tigre siberiano esbozó una sonrisa ladina, tratando de animarla. No funcionó como esperaba, pero al menos logró una pequeña sonrisa de ella.

-Si. Pero primero debo ordenar esto-.

-Déjalo. Lía desordenó, Lía ordenará- dijo el, restándole importancia -Si quieres, ve a cambiarte en mi cuarto, los demás están en el de Tigresa-.

-E... E... Esta... bien- tartamudeó Song, sonrojada.

Lee ensanchó su sonrisa, divertido. Es más inocente de lo que ella misma se cree.

-Tranquila, prometo no estar allí-.

Song, como respuesta, emitió una risita tonta, avergonzada de ella misma. Lee quedó embobado. Era una risa hermosa... Antes de pensarlo si quiera, se inclinó y le robó un ligero, y casto, beso de los labios.

-Odio que el panda te bese-.

Dicho esto, Lee esbozó una ancha sonrisa de satisfacción y se fue, dejando a Song parada en medio del cuarto, con las mejillas al rojo vivo.

EN EL SALÓN DE ENTRENAMIENTO...

Tigresa estaba sentada en el suelo, con las piernas flexionadas contra el pecho. Ya no lloraba, Víbora había logrado calmarla. Pero aun tenía los ojos vidriosos y un nudo en la garganta. Frente a ella, Víbora esperaba pacientemente a que se decidiera a hablar. Llevaban bastante tiempo allí, en silencio, ya que la felina parecía ida en sus recuerdos. Simplemente, no se le ocurría que le podría haber pasado a su amiga para estar en tal estado.

-Tigresa ¿Segura que estas bien?- preguntó, por cuarta vez -¿No quieres un té o un vaso de agua?-.

Tigresa negó. Dejó escapar el aire que, inconcientemente, había acumulado en sus pulmones y dirigió la mirada hacia la reptil.

-Víbora, es algo difícil- dijo, bajando la mirada, visiblemente apenada -Es sobre... Jian-.

Po, que regresaba de las habitaciones, estaba por abrir la puerta y entrar cuando escucho aquello. Tratando de no hacer ruido, entreabrió la puerta y prestó atención en aquella conversación. No debía, pero la curiosidad le estaba ganando.

-¿No es ese el de aquella academia de Kenshi?-.

-Si- contestó Tigresa, seria -El Templo de la Garra-.

-Bueno... ¿Que pasó con el?-.

La mirada de Víbora era neutral. Analizaba cada gesto, cada expresión de Tigresa. Buscaba la mentira, la duda y cualquier emoción que pudiera mostrar e intentara esconder.

Pero no encontraba nada. El semblante de Tigresa era neutro y su mirada fría. Era verla a los ojos y ver la misma tigresa de bengala que conoció cuando niña. Una mirada fría, inexpresiva, envuelta en aquel muro de hierro que hacia muchos años no veía.

-Lo conocí en aquella academia, cuando estaba embarazada de Lía...

-Un momento- la interrumpió Víbora, algo... divertida. Aun, ninguna se percataba del panda que las espiaba. -Lee me contó que aquella es una academia solo para machos ¿Que narices hacías ahí? ¿y, para rematar, embarazada? ¿¡Acaso estabas loca!?-.

Po arrugó el entrecejo y negó con la cabeza, mostrando la misma desaprobación que las palabras de Víbora.

Por unos segundos, una chispa de diversión brilló en los ojos de Tigresa, mientras que una pequeña sonrisa adornaba sus labios.

-En parte, fue un accidente de parte del maestro Bao de la academia- contestó, restándole importancia con un encogimiento de hombros -En parte, una travesura mía-.

Víbora sonrió, pero la mirada de la felina no permitió que llegara a ser una risa.

-Y... ¿Que pasó con Jian?-.

-Bueno...- Tigresa dudó. Po, afuera y sin que nadie lo viera, prestó especial atención -... fue un amigo. Creo-.

-¿Crees?- Víbora arqueó una ceja. Tigresa asintió -y... ¿Como era el?-.

Tigresa emitió una risa sarcástica, pensando que, tal vez, Víbora se lo decía en broma. Pero la mirada de la reptil decía todo lo contrario.

-Era... un tigre siberiano- contestó, con una mueca de desagrado -Alto, fornido...

Po, tras la puerta, esbozó una mueca de asco y sacó la lengua, fingiendo arcadas.

-...ojos verdes...

-¡Ja!- exclamó Víbora, interrumpiendo a Tigresa.

Po pegó un respingo y quedó se quedó duro como piedra, temiendo que lo hubieran visto. Aunque, para su suerte, no fue así.

-Ojos verdes tenían que ser-.

Víbora entrecerró los ojos y negó con la cabeza, como si Tigresa hubiera hecho algo malo. La felina endureció la mirada, molesta. Pero no pasó ni dos segundos, cuando esbozó una pequeña sonrisa.

-Si, eran verdes... pero no eran verde jade- murmuró, con la voz algo soñadora.

Po al oír aquello, esbozó una ancha, y algo presumida, sonrisa. Lo sabia... mis ojos la vuelven loca.

Víbora también sonrió, a la vez que dejaba escapar un largo suspiro.

-Hay, amiga... juro que nunca conocí a alguien mas complicada que tu-.

-¿Eso es malo?-.

-Nop. Eres única. Solo tu sabes armar líos de tal magnitud- ambas rieron, divertidas por el comentario de Víbora -En fin ¿Que pasó con el?-.

-Bueno...

-¡Vamos, Tigresa!- Víbora sonaba algo molesta -¿Me contaras la historia entera o solo pedazos sin sentido?-.

Y, otra vez, la mirada carmín de la felina se endureció.

-Bien- masculló -Te contaré desde el principió...

Llevaba diez minutos parada frente el espejo, con la blusa a medio colocar y mirando su reflejo de perfil... Sus pechos estaban algo hinchados y comenzaban a doler. Pero no le prestaba atención, sus ojos no se apartaban del pequeño bultito que era su vientre. Lo observaba, lo tocaba... trataba de decirse a si misma que aquello no era verdad. Que era una equivocación, solo un error. Pero los, casi imperceptibles, latidos de un pequeño corazón la devolvían a la realidad. Aquello era más real de lo que ella misma hubiera querido.

Un gruñido de frustración escapó de sus labios y, de un brusco jalón, se terminó de colocar su blusa roja. No tenia ganas de seguir viendo. Se sentía miserable, enojada consigo misma y deprimida. Quería a ese bebé, de eso estaba segura, pero cada vez que pensaba en él, una sensación de amargura le llenaba el pecho… La doctora le había platicado sobre aquello, alegando que solo era una mala jugada de las hormonas durante los primeros meses. Que, en algunas madres primerizas, aquello era normal.

-No tienes de que avergonzarte-.

La voz, calmada y tierna, de Lee la sobresaltó. Frunció el entre cejo y, a trabes del espejo, miró a su hermano apoyado contra la puerta de la habitación.

-¿Cuanto llevas ahí?- preguntó, sin emoción alguna.

-Lo suficiente- contestó el tigre siberiano, serio -¿Por que intentas ocultarlo?-.

Tigresa desvió la mirada y se apartó del espejo. Tomó un libro de la pequeña biblioteca que tenia en su cuarto y se sentó en uno de los sillones a leer... No quería hablar con el. No tenia porque. No era de su incumbencia. Pensó que ignorándolo se iría, pero en menos de un minuto Lee ya estaba sentado en el apoya brazo del sillón.

-Lee, déjame sola- murmuró, sin siquiera mirarlo.

-No- contestó el, sin darle mucha importancia -No hasta que respondas mi pregunta-.

Tigresa cerró el libro y volteó el rostro a verlo.

-No es de tu incumbencia- murmuró -Es mi problema, no el tuyo-.

Como siempre que estaba molesta, Tigresa utilizó aquella mirada fría que tanto la caracterizaba. Pero Lee ni se inmutó. Se mantuvo calmo.

-Ya basta de llamarlo problema- contestó, con cierto enfado.

Tigresa, al borde de las lagrimas, se colocó de pie y fijó su mirada en los ojos de Lee. La enfurecía. La calma con la que el le hablaba la molestaba y sacaba de quicio. Odiaba que fingiera entenderla, cuando era obvio que lo único que el entendía era que, en seis meses, ella tendría a un bebé en sus brazos.

Pero no tubo la valentía de replicarle nada. El tenía razón. Se estaba comportando como una terrible madre.

-Perdón- murmuró, apenada –Es solo... No tienes idea de cómo me siento. No es fácil-.

Lee le sonrió. Se colocó de pie y la rodeó con sus brazos. Tigresa no puso objeción alguna. Apoyó su cabeza en el hombro de el y correspondió al abrazo.

-No te angusties. Le hace mal al bebé- murmuró el, con un tono algo burlón –Nadie dijo que era fácil o que tenias que bailar de alegría con esto. Solo aprender a llevarlo. No estás sola-.

Tigresa, por primera vez en días, sonrió. Sabía que no estaba sola, Lee y Shiang se encargaban de hacérselo saber todos los días. Pues ambos estaban igual de emocionados con lo del bebé. Aunque, secretamente, deseaba que fuera Po quien la abrazara y le dijera que no estaba sola. Pero aun no se sentía lista para decírselo… Había escrito una carta, explicando todo, pero no se había atrevido a mandarla y no sabía si, en algún momento, tendría el valor de hacerlo. También había pensado en volver, enfrentar las consecuencias de sus actos lo antes posible. Pero Shiang y Lee seguían aponiéndose, alegando que no era bueno para el bebé que hiciera ese viaje. Finalmente, ante la insistencia y preocupación de ambos, había desistido de eso.

-Por cierto, no contesté tu pregunta-.

Lee rompió el abrazó y se apartó unos centímetros para verla. Ella sonreía, por lo que el también. No preguntó cual pregunta, ya sabia cual.

-Te escucho-.

-No intento ocultarlo porque me avergüence, ni nada parecido- Tigresa torció los labios, en un gesto de desagrado –Es solo que… Por el momento, mientras menos se sepa, mejor. No quiero causar problemas-.

Lee rió, divertido por las ultimas palabras de su hermana.

-Hermanita de mi alma, tu causas problemas por donde pises- se burló -¿Qué daño haría uno más?-.

Ambos rieron, a sabiendas del significado de aquella frase… Tigresa, donde fuera que estuviera, causaba todo un alboroto con su simple presencia. Todos hablaban sobre la hija del gobernador, algunos bien y otros mal. Muchos estaban contentos con ella y no cuestionaban su sentido de liderazgo, pero también había muchos a quienes no les hacia gracia que Shiang la pusiera al frete junto a sus hermanos.

-Por cierto ¿A que viniste?- preguntó Tigresa, cambiando de tema.

-¡Cierto!- exclamó Lee, abriendo los ojos como platos.

Sin previo aviso, Lee la tomó de la muñeca y jaló de ella, prácticamente arrastrándola fuera del cuarto.

-Venia a avisarte que padre nos espetaba en su despacho- explicó.

-¡Lee!-.

-Si, ya se. Luego me dices-.

Sin más que decir, los dos siguieron corriendo por los pasillos. Según Lee, llevaban veinte minutos de retraso.

Al llegar, ambos jadeaban y sentían que el corazón les saldría del pecho por tanto correr. Por lo que trataron de calmarse un poco y regular la respiración, para luego abrir las puertas y entrar... Shiang caminaba de un lado a otro como león enjaulado y Shuo estaba sentado en uno de los sillones.

Shuo miró a Lee con reproche, ignorando por completo a Tigresa. Pues ambos seguían enojados con el otro. Shiang, por su parte, le sonrió a su hija y le indicó que tomara asiento frente a su escritorio. Tigresa, sin replicas, aceptó.

-Perdón por la demora- se disculpó -Es mi culpa, no me sentía muy bien-.

Shiang frunció el ceño y tomó asiento frente a ella.

-¿El bebé está bien?-.

Escuchó Shuo bufar ante la preocupación de su padre y, por el rabillo del ojo, lo vio rodar los ojos. Pero prefirió ignorarlo. No se sentía bien como para escuchar los comentarios sarcásticos de su hermano y no quería pelear delante de su padre. Por lo que, ignorándolo, esbozó una pequeña sonrisa y estuvo por contestar, cuando Shuo la interrumpió.

-Padre ¿Se puede saber a que nos has llamado?-.

La voz de su hermano demostraba que no le hacia ni la mas mínima gracia estar ahí. Todos, Lee, Tigresa y Shiang, lo fulminaron con la mirada, aquella mirada que les iba de familia. Pero Shuo hizo caso omiso.

-Bien, no es nada grave- Contestó su padre, sin ninguna expresión en particular –Es solo una carta que me llegó del maestro Bao del Templo de la Garra-.

-¿Y que quiere ese león amargado?- preguntó Lee, casi burlándose.

-Lee, más respeto- reclamó Shiang, serio. Pero, en un pestañear, sus labios esbozaron una ancha y burlona sonrisa –Es un asunto algo… cómico, al menos para dos de ustedes-.

Ante la mirada expectante de sus hijos, Shiang tomó una carta de su escritorio y se la pasó a Tigresa, para luego salir del despacho con un "enseguida vuelvo", dejando a sus hijos solos.

Ante la mirada expectante de sus hermanos, Tigresa desenrolló el pergamino y lo leyó…

Shiang, querido amigo:

Te escribo para comunicarte de algo que llamó mi atención el otro dia. Después de la cena, antes de irme, se me ocurrió dar un paseo por el salón de entrenamiento de tus soldados y me encontré con tu hijo, Shuo, entrenando. No quise interrumpirlo, así que solo observe desde la puerta… Quedé sorprendido al ver como, el solo, podía lidiar con dos de tus mas fuertes soldados sin mucho esfuerzo. Nunca vi tales habilidades en combate, ni si quiera en el mejor de mis alumnos, Jian.

El punto, es que me gustaría invitarlo a dar una demostración de sus habilidades para mis alumnos, aquí en la academia y, si el quisiera, podría venir a entrenar cada vez que gustara.

No sabia que pensar. Quería reírse de la equivocación de aquel maestro de artes marciales y, a la vez, también estaba molesta por aquella confusión.

-¿Que dice la carta?- preguntó Lee.

Tigresa no contestó. En silencio, se levantó de la silla y, algo dudosa, les pasó el pergamino a sus hermanos... Por unos segundos, se quedó parada a un lado, esperando sus reacciones. Sabía que aquello no le haría gracia a ninguno, mucho menos a cierto tigre de bengala a quien le tenía la guerra declarada.

A paso lento, se fue a cercando hasta la puerta, dispuesta a irse de allí antes de que comenzaran los gritos y las reprimendas. Pero, en cuanto logró tomar el picaporte, esta se abrió dejando ver a un sonriente Shiang.

-Eso si que no. Usted, señorita, se queda aquí-.

Sin quitar la sonrisa burlona de su rostro, Shiang tomó a su hija del brazo y la guió hasta uno de los sillones. Tigresa, a sabiendas de lo que le separaba, se sentó sin replica alguna. Shiang no era del padre que se enojaba y gritaba, era mas bien del tipo que, calmado y con una ancha y burlona sonrisa, decía lo que tuviera que decir.

En frente a ella, Shuo estaba sentado en su sillón, con la espalda recta y los brazos cruzados sobre el pecho. La miraba fijamente y se podía notar a leguas que se estaba conteniendo para no ahorcarla. Mientras que Lee, también sentado en un sillón, se limitaba a pasear la mirada entre ella y su hermano mayor, aparentemente, confundido.

Tigresa echó una mirada a su alrededor y se mordió el labio inferior, nerviosa. Pero, antes de que explicara algo, Shuo se le adelantó.

-¡¿Acaso eres demente?!- gritó, mientras que, bruscamente, se colocó de pie.

Tigresa pegó un respingo, asustada por el grito de su hermano y sorprendida. De los tres, el que menos se esperaba que le importara era a Shuo. Pero rápidamente recobró la compostura y, al igual que el, se colocó de pie.

-¿Y a ti que te pasa?- gruñó -¿Eres idiota o que?-.

-¡Que gato idiota, ni que ocho cuartos!- exclamó Shuo, con el rostro a centímetros del de ella -Aquí, la única idiota eres tu-.

-¡¿YO?!-.

Tigresa empujó a su hermano, logrando que este cayera sentado en el sillón. Shuo gruñó, mostrando sus dientes. De un salto, se volvió a levantar, quedando nuevamente de pie frente a Tigresa. Pero, esta vez, con su puño a milímetros del rostro de ella.

-¡Hijos, ya basta!- ordenó Shiang. Pero solo logró que lo ignoraran.

Tigresa, parada frente a Shuo, no se movió ni un centímetro. Permaneció con la espalda recta, la barbilla en alto y sus brazos a cada lado del cuerpo. Su mirada, fría como el hielo, observaba a su hermano sin mostrar indicio alguno de temor. Estaba lista para recibir cualquier golpe. No tendría problema en esquivarlo.

-¿Me golpearas?- preguntó, con burla, esbozando una sonrisa ladina.

El tigre de bengala, parado frente suyo, apretó con más fuerza su puño y flexiono hacia atrás el brazo. Listo para dar aquel golpe. Pero, antes, su mirada se posó en el vientre de Tigresa y su mano tembló. Con un suspiro resignado, y sin quitar la mirada de allí, dejó caer su mano a un lado del cuerpo.

-Si fueras macho, te bajaría un par de dientes- dijo, sin quitar la mirada del vientre de ella -Porque muy bien merecido te lo tienes-.

Tigresa, con el ceño fruncido, cruzó los brazos de tal manera que cubrieran su vientre, incomoda por la mirada de su hermano. Shuo, al notarlo, apartó su mirada.

-¿Y yo por que?- cuestionó Tigresa, aun a la defensiva -No fui yo la que empezó a gritar como una demente-.

-Pero si fuiste tu quien...

-¡¿Pueden cerrar el puto hocico, par de idiotas?!- gritó Lee, sentado en uno de los sillones.

-¡Lee, la boca!- le reprendieron Shiang, Tigresa y Shuo al unísono.

Lee, con los ojos como platos, se aferró a los apoya brazos del sillón y apegó la espalda al respaldo, sorprendido por aquel grito.

-Solo quería saber cual era el motivo de discusión- murmuró, jugando con sus pulgares, como un niño reprendido.

Tigresa arqueó una ceja, mirando incrédula a su hermano. Al parecer, Lee aun no tenia ni idea de cual era el problema en todo ese asunto.

-Ven, hijo. Te lo explicaré afuera. Dejemos a este par pelear a solas-.

Shiang, con su habitual sonrisa, jaló a su hijo del brazo para sacarlo de allí.

-Pe... Pero... ¡Se sacaran los ojos!- protestó.

Shiang, ignorando las protestas de su hijo menor, salió del cuarto seguido de Lee, dejando solos a Tigresa con Shuo. Ambos se debían una larga charla y, al parecer, no quería interrumpir.

Por unos minutos, el lugar se sumió en un incómodo silencio. Tigresa y Shuo, aun parados, miraban a todos lados, evitando el contacto visual con el otro. Tigresa, al ver que era ridículo esperar palabra alguna de Shuo, intentó iniciar alguna conversación. Pero en ese momento, la cabeza le dio vueltas y sintió las piernas débiles. Preocupado al ver a su hermana mareada, Shuo la tomó por los hombros y la ayudó a sentarse en el sillón.

-¿Estas bien?- preguntó.

-Si...solo… suéltame-.

Tigresa, aun algo mareada, soltó los hombros del agarre de Shuo y colocó las manos en su pecho para empujarlo. O al menos intentarlo, ya que no logró moverlo ni un milímetro. Sus brazos parecían de gelatina.

-Te ves fatal, hermanita- Se burló Shuo, esbozando una de sus sonrisas ladinas.

Tigresa, con un suspiro resignado, dejó de forcejear y se recostó contra el respaldo del sillón… Aquella mañana casi no había desayunado y el almuerzo lo había devuelto cinco minutos después de comerlo. Prácticamente tenia el estomago vacío y aquello solo empeoraba los mareos. Aun así, no estaba lo suficientemente mal como para levantar la mano en puño y, con una sonrisa ladina calcada a la de Shuo, levantar su dedo medio.

-Me siento fatal- dijo.

Shuo rió y negó con la cabeza. Tigresa, echa ovillo en el sillón, rodeando sus piernas con los brazos y la cabeza apoyada en sus rodillas, lo vio caminar hasta el escritorio de su padre. No le prestó atención, por mas que bromeara, seguía enojada y no le interesaba. Antes de que se diera cuenta, los ojos se le empezaron a cerrar, cansados… Pero una mano sacudiendo levemente su hombro la despertó.

Bruscamente, se enderezó en el sillón, completamente desorientada. Pero se relajó al ver a Shuo parado frente a ella, aun esbozando aquella sonrisa ladina tan odiosa, mientras le tendía lo que parecía un bombón de chocolate.

-Vamos, bella durmiente. Despierta que tenemos algo de que hablar-.

-No tengo nada de que hablar contigo- contestó ella, mientras tomaba aquel dulce y lo llevaba a la boca… Moría de ganas por comer uno.

Shuo, con un encogimiento de hombros, le restó importancia y se fue a sentar en el sillón de enfrente.

-Yo creo que si- replicó –Y no solo del echo de que, aparentemente, puedo acabar con dos de los mejores soldados de papá sin mucho esfuerzo- agregó, algo burlón.

Tigresa lo miró, divertida y sonrió. Pero fue una sonrisa algo amarga, sin humor.

-No hay mucho de que hablar- contestó de mala gana -Solo explica la situación o, si ta de vergüenza que tu hermana pelee mejor que tu, solo rechaza la invitación y ya-.

Shuo no dijo nada, solo la miró y arqueo una ceja. Tigresa, molesta, bufó y rodó los ojos... No solo estaba molesta, si no que últimamente empezaba a tomarle cierta antipatía a todo lo que se relacionara con el.

Sin más que decir, y con ganas de golpear algo, Tigresa se levanto del sillón, dispuesta a irse de allí. Pero antes de que diera un paso, la mano de Shuo la jaló de la muñeca y la obligó a sentarse.

-Serás bruto- masculló.

-Aun no he dicho que terminé de hablar-.

-Pero yo no quiero hablar contigo-.

Nuevamente, intentó levantarse. Pero...

-Tigresa, hablo en serio-.

La voz, seria, de Shuo la detuvo y, a regañadientes, se volvió a sentar. Resopló, fastidiada y fulminó a su hermano con la mirada. Este simplemente sonrió, triunfal.

-Eres un maldito mandón- refunfuño ella -Un bruto, terco...

-...orgulloso, vanidoso, obstinado y odioso mandón- la interrumpió el, rodando los ojos -Lo se. Por si no te diste cuenta, tú eres el doble-.

Tigresa se cruzó de brazos y resopló, molesta... Parecía una niña caprichosa, pero no le importaba. Odiaba no poder dejar a Shuo con la palabra en la boca.

-Bueno, además de idiota e inconciente- prosiguió Shuo, endureciendo la mirada.

-¿Perdón? Aquí el único idiota eres tú-.

Shuo arrugó el entrecejo y le dirigió una de aquellas miradas que realmente daban miedo.

-¡Yo no fui quien puso en riesgo, no tu vida, sino la de ese bebé que tanto dices querer!- casi gritó, molesto.

-¡Yo cuido bien a mi bebé y en ningún momento lo he puesto en riesgo!-.

-¡¿A no?!- gritó Shuo, completamente enfurecido -¡¿ENTONCES ENTRENAR JUNTO A UN PAR DE SOLDADOS NO ES PONER AQUELLA VIDA EN RIESGO?! ¡¿COMO LLAMAS A ESO, TIGRESA?! ¡TAL VEZ SI QUIERAS AL BEBÉ, PERO ERES UNA EGOISTA!-.

Tigresa enterró las garras en el sillón y tensó la mandíbula, tratando de evitar el llanto. Pero le era inútil. Pues las lagrimas corrían involuntariamente por sus mejillas... No lo había pensado así. Solo había pensado en ella y en cuanto necesitaba entrenar. Shuo tenia razón, había sido egoísta.

-Tu no te metas- contestó finalmente, con apenas un hilo de voz -No finjas que te importa lo que tu misma llamaste cosa-.

Vio como Shuo tensaba la mandíbula, mientras que se mordía la lengua para no decirle cuatro cosillas bien dichas. Finalmente, apoyó los codos en sus roidillas y se sostuvo la cabeza con ambas manos. Parecía cansado.

-Escucha, he estado hablando con padre y... tienes razón, ambos tienen razón- dijo -No debí comportarme así. Estuvo mal de mi parte y...

-No me interesa- lo interrumpió ella.

Shuo, sorprendido, levantó la cabeza y clavó la mirada en ella.

-¿Como?-.

-Lo que oíste... NO-ME-INTERESA-.

Tigresa lo miró con indiferencia, dejando en claro qué realmente no le interesaba. Y así era... No le interesaba que tan orgulloso fuera o que tan terco, o si realmente estaba arrepentido de lo que había dicho. Reconocía que, en parte, tenia razón y ella había actuado mal. Pero no le interesaban sus disculpas.

-Tigresa ¿Tienes idea lo que me cuesta decir esto?-.

-Si-.

-¿Entonces-.

-¿Y tu tienes idea de cuanto me dolió que le dijeras cosa a mi bebé?-.

La respiración de Tigresa era irregular y su cola serpenteaba de un lado a otro, nerviosa. Estaba furiosa y se contenía para no llorar... "Malditas hormonas". Se repetía mentalmente.

Shuo abrió la boca, aparentemente, para replicar algo. Pero inmediatamente la cerró.

-Tigresa... yo... estaba furioso. No medí lo que dije y me arrepiento-.

Tigresa lo miró... lo miró... y lo miró. Sus ojos, vidriosos por las lágrimas que se negaba a soltar, eran fríos y distantes. Finalmente, negó con la cabeza y se levantó del sillón. Sin decir nada, caminó hacia la puerta. Pero apenas dio tres pasos, cuando una mano se cerró en torno a su muñeca, reteniéndola.

-Suéltame, Shuo... o no respondo- amenazó, sin si quiera voltear a verlo.

Pero, aparentemente, Shuo no hizo caso a la amenaza. Ya que igualmente jaló de su muñeca y la obligó a voltearse.

-Diablos, Tigresa. No te voy a rogar, ni nada que se le asemeje, pero al menos escúchame-

Tigresa dudó. No quería escucharlo. El la había insultado a ella, a Po y a su bebé... Pero se veía tan mal. Realmente parecía arrepentido y dolido por sus propias palabras. Por lo que, por eso y el sentimentalismo que le provocaban las hormonas, no le quedó otra que aceptar.

-Bien. Cinco minutos y ya-.

Shuo asintió y la soltó.

-Escucha, no era mi intención ofenderte, ni a ti, ni al bebé. Pero estaba furioso-.

-Eso no te justifica-.

-Lo se, Tigresa. Lo se- Shuo hizo una pausa, como analizara con cuidado sus siguientes palabras -Desde que nuestra madre... murió, padre no ha sido el mismo. Se deprimió-.

-¿Eso que tiene que ver?-.

-Que, cuando tu llegaste, la mirada se le volvió a iluminar- contestó el -Nunca nos vio a mi, o a Lee, de la misma manera en que te ve a ti. Eres su hijita pequeña y, mal que nos pese, su preferida.

Cuando me enteré de que estabas embarazada, lo primero que se me cruzó por la mente fue que te irías. Que volverías con... ese panda. Solo no quería que te fueras. No solo porque padre se volvería a deprimir. Si no porque yo tampoco te quería perder… Eres mi hermanita y, en pocos meses, creo que te he llegado a querer mas de lo que he querido a Lee en toda la vida. Se que no justifica que haya dicho aquello, solo quiero que sepas mis razones-.

Cuando Shuo terminó su mini discurso, jadeaba y tenía las manos cerradas en puños. Parecía tener ganas de llorar o golpear algo. Pero, por su mirada, ella sabia que era sincero.

En realidad, no se esperaba aquello. Se sentía mal y odiaba aquella sensación de culpa que le había ocasionado las palabras de Shuo. ¿En serio estaba siendo tan egoísta y no cuenta se daba? Tal vez debía perdonarlo... Pero la gata orgullosa y terca que llevaba dentro se lo impedía. Ya que, si bien no lo había dicho con malas intenciones, ya lo había dicho y eso era lo que importaba.

-Yo... Yo... tengo que irme-.

Sin más que decir, Tigresa giró sobre sus talones y abrió la puerta... Lee y Shiang, que aparentemente habían estado espiando, cayeron al suelo. Pero no les prestó atención, ni a ellos, ni a sus sonrisas nerviosas. Solo se fue corriendo y no se detuvo hasta llegar a su habitación.

Una vez allí, cerró con llave la puerta y se tiró a llorar en su cama, dejando salir en lágrimas toda la ira y demás problemas que tenia... Todo iba mal.

No quería llorar, pues así no solucionaría sus problemas, pero ya no podía evitarlo. Necesitaba desahogarse. Así que, sin intenciones de reprimirse, lloró por horas todo lo que necesitaba y más.

La situación le superaba... No tenia que ver solo por ella, si no también por el bebé que estaba esperando. Si algo le pasaba a ella, a el también le afectaba. Tal vez, como Víbora le había dicho, regresar al valle seria la mejor opción. Volver, contarle a Shifu todo lo sucedido y poner al tanto a Po. No importaba que este no reconociera a su hijo. No lo necesitaba. Pero, por otro lado, no podía abandonar a Shiang en ese momento. Su salud era delicada y suficientemente mal se sentía ya al saber que no llegaría a conocer a su nieto. No podía hacerle aquello.

Finalmente, la última lágrima brotó de sus ojos y los sollozos se calmaron, pasando a ser suaves hipidos... No tenia idea de cuanto llevaba así. Solo sabía que ya estaba anocheciendo y que tenía los ojos rojos e hinchados.

-Ay, mi niño... Tu madre es todo un lío- murmuró, mientras se acariciaba el vientre.

-¡Hey! Ese nombre me gusta... Lío, o tal vez Lía-.

Tigresa pegó un respingo y, de un salto que casi la tira de la cama, se reincorporó.

-Tonto, me asustarte- masculló, al ver a su hermano sentado en el barandal del balcón.

Escuchó a Lee reír, pero no le presto atención y, nuevamente, se dejó caer de espaldas en la cama, con los brazos cruzados sobre su abdomen.

-Perdón. No era mi intención- se disculpó el -Pero estuve diez minutos golpeando la puerta y, como no respondías, me preocupe-.

-No te escuche-.

La voz de ella fue solo un débil murmullo, pero estaba segura de que Lee la había escuchado.

-Ya me di cuenta- contestó el, algo burlón.

Lee saltó del barandal hacia adentro del balcón y caminó hasta la cama, para luego dejarse caer boca abajo junto a ella. Tigresa ni caso le hizo. Permaneció en silencio, mirando al techo de su habitación. Pero Lee, siendo Lee, no podía evitar molestarla… Así que, al ver que ella no le hablaba, no tuvo mejor idea que picarla con un dedo en el brazo... Hacer piecitos con sus dedos y "caminar" por su brazos... Y demás cosas infantiles.

Tigresa gruño, lo empujó y hasta estuvo tentada a darle un zarpazo... Lee simplemente reía y seguía con sus niñerías. Hasta que, en uno de esos empujones, Tigresa logró tirarlo de la cama.

-¿La puedes cortar?- espetó, cabreada.

Lee, riendo, se volvió a sentar en la cama. Pero, esta vez, a una distancia prudente.

-Tranquila, solo quería que rieras un poco- se excusó, aunque con un tono de voz mas... serio -No soy tonto, se que estuviste llorando-.

Tigresa arrugó el entrecejo, mientras jugueteaba con el borde de una de las almohadas. Más no contestó... Sabía que Lee se daría cuenta casi de inmediato. A veces, incluso sabia como se sentía sin siquiera verla.

-Nadie dijo que seas tonto- murmuró.

-Lo dices todo el tiempo-.

-¿Qué? No seas tonto, eso no es cierto-.

-¡Lo acabas de decir!-.

Tigresa rió y, aunque sus ojos aun parecían tristes, fue una risa sincera. Tal vez, solo tal vez, debería ser un poco más amable con sus hermanos. Especialmente con Lee.

-Perdón- murmuró.

Por el rabillo del ojo, pudo observar como Lee rodaba los ojos y esbozaba una sonrisa ladina… Sin contestar, el tigre siberiano se acostó junto a ella y pasó un brazo por debajo de su cuello, de tal manera que lo utilizara como almohada. Tigresa se tensó un poco, aunque no lo evito. Debía admitir, que aun no se acostumbraba a que los abrazos y demostraciones de afecto por parte de sus hermanos o su padre… Era algo incomodo. Pero, al parecer, Lee se percato de aquello, ya que apoyó la cabeza contra la de ella y rió.

-Si ta dan miedo los abrazos, solo dilo- se burló.

-Tonto-.

-Y ahí esta esa palabra otra vez-.

-Doblemente tonto-.

Lee rió, mientras le daba un juguetón tirón de oreja. Tigresa, como respuesta, le pegó en el hombro.

-¿Sabes? Es una lastima-.

Confundida por el repentino cambio de tema, Tigresa se reincorporó, quedando frente a el y lo miró con una ceja arqueada.

-¿Qué cosa?-.

-Que aquel templo, academia, o lo que sea, solo vea las habilidades en los machos… Digo, si fueras, estoy seguro que los dejarías con la boca abierta-.

Tigresa sonrió y asintió. Hasta ella lo creía, no par nada el maestro Bao había dicho aquello… Todos sabían que aquel león era muy estricto y que era difícil impresionarlo. Aunque, en parte, le molestaba que la haya confundido con Shuo. ¿Acaso tenia físico de macho o que? Pero, entonces, una idea cruzó por su cabeza… Una sonrisita maliciosa se formó en su rostro y sus ojos adquirieron un brillo divertido.

-¿Sabes? ¡Eres un maldito genio!- exclamó. Lee la miró como si estuviera loca –Tienes razón ¿Cuánto apuestas a que logro dejar al maestro Bao con la boca abierta-.

Lee abrió los ojos como platos, sorprendido por la propuesta de ella… Tigresa ni se inmuto, permaneció con aquella sonrisa maliciosa en su rostro.

-No te dejarían ni pisar el templo ¡Eres una chica!-.

Tigresa chasqueo la lengua y rodó los ojos, mientras le restaba importancia con un movimiento de mano.

-Si, pero… ¿Qué tan parecida soy a Shuo, como para que alguien me confunda con el?- Lee la miró, mas no dijo nada –Tu solo confía en mi-.

Lee hizo aquello que ella misma hacia cuando no confiaba en el juicio de alguien, la miró… la miró… y la miró. Al parecer, la creía una loca. Y no era para menos. Ella misma reconocía que, siempre que le decía a alguien "confía en mi" era porque lo arrastraría a un buen lío… Se lo había dicho a Víbora cuando ambas, a los trece años, escaparon al valle a espaldas de Shifu. Aquella noche ambas durmieron en la prisión por algo que prefería no recordar.

-No se- dudó el.

-Por favor… Por mí-.

Tigresa, como muy pocas veces, esbozó un adorable puchero, digno de una niña de tres años. Lee se cruzó de brazos y ladeó el rostro para no verla.

-No-.

-Y serás padrino de mi bebé-.

Inmediatamente, Lee la miró y asintió frenéticamente.

-Bien, hermanita… ¿en que te ayudo?-.

Tigresa sonrió, complacida consigo misma… La verdad, no era "ayuda" lo que necesitaba, si no apoyo moral. Y unas cuantas cosillas sin importancia de Shuo.

CONTINUARA…

Bien, primero que nada, debo decir que la idea original de este cap y el lío que está a punto de armar Tigresa (Si, ya se… ¿No le parece demasiado lío ocultarle un embarazo a po que se tiene que buscar otro lío mas?) es fruto de la retorcida y loca mente de mi mejor amiga y hermana del corazón… Fatima… Yo solo escribí y agregué algunos detalles.

Bueno, como no tengo mucho para decir y estoy de luto por mi historia "Tu eres mi luz"… Me voy. Espero que les guste el cap y, por favor, dejen review… enserio, déjenlo o iré a sus casas y secuestrare a sus gatos… ¿Alguien aquí tiene gato? XD