Algunos días habían pasado desde aquel en el que August la había llevado hasta su casa. Esos escasos minutos que habían pasado juntos antes de que llegara Henry, le habían dado la paz que en ese momento necesitaba y había despertado aquellos sentimientos que se esforzaba por calmar y ocultar. Si bien en ese momento había sido algo maravilloso, ahora era solo un recuerdo agridulce, en especial por como habían terminado aquel día. Tal vez no debería de haberlo echado de su casa como había hecho cuando llegó Henry, tal vez no había sido su mejor idea decirle las cosas que había dicho para que se fuera, pero en esos momentos cualquier cosa lograba alterarla, haciendo que pasara de estar tranquila y calmada a molesta y agresiva. Así fue como llegó a la conclusión de que ya no podía hacerlo, necesitaba alejarse de todos, en especial de August, ya no podía verlo pasar cada día de un sitio a otro y mucho menos sabiendo todo lo que de ella decían. En otro momento no le hubiera importado, hubiera hecho oídos sordos, pero por alguna razón ahora le afectaba más de lo que le gustaría.
Había sólo un sitio al que ella sentía como un verdadero hogar en ese pueblo, sólo un lugar había tenido la calidez que llenaba su espíritu de alegría y no había sido precisamente la mansión del número 108. Se internó en el bosque sin pensarlo dos veces, de otro modo quizá se hubiera quedado. Siguió sin mirar atrás, no había nadie a parte de Henry, Tink o August a quien pudiera extrañar; el pequeño con su gran ingenio no tendría problemas para encontrarla, mismo podría decirle al hada sin contratiempos, por su parte, August era precisamente a quien quería evitar. Jamás había pensado que terminaría su vida como ermitaña, alejada de toda sociedad y viviendo en una cueva remodelada y armada como refugio mediante magia.
Quizá no lo había pensado bien, porque en cuanto llegó una serie de recuerdos la golpearon en el rostro, como las olas en el mar azotan los cascos de los barcos. ¡Que día aquel en que August la había sorprendido con una cena impresionante! O aquella vez en la que ella había hecho aparecer un hogar a leña para calentarlos a ambos, ¡que bien habían dormido esa noche! Y no creía que pudiera olvidar nunca aquella vez en la que ambos habían salido a nadar y se habían encontrado... Que situación más embarazosa, luego de ello se resistía a volver a aquel lugar. Sí, el sitio estaba plagado de recuerdos e sin ser consciente de aquello, caminó hasta sentarse en el colchón que había en el suelo, donde tantas noches habían dormido juntos. Permaneció en silencio mientras tomaba una de las almohadas sobre el colchón y la abrazaba contra su pecho sintiendo el aroma de la í fue quedándose dormida, pudiendo descansar bien por primera vez en algún tiempo.
Su mente viajó sola por el mundo onírico y el subconsciente salió a flote con extrañas formas. No era común que soñara, pero siempre que ocurría era cuando algo grande pasaba, cuando intentaba contener algún sentimiento u ocultar algo. En este caso siluetas, conformadas de lo que parecía alguna especie de humo, se paraban frente a ella, se movían de un lado a otro, la envolvían, la invitaban a bailar y desaparecían como si no hubieran estado allí. El humo formó un bosque y a lo lejos una mujer de espaldas a ella. "¿Hola?" dijo Regina algo confundida, en un intento de llamarla. La mujer no se movió, ni siquiera se percató de su llamado, parecía estar ocultando algo. Regina caminó acercándose a ella y volvió a llamarla. La mujer no la miró, se limitó a girar en su lugar apenas lo suficiente para que se notara que llevaba una especie de bulto entre los brazos y en ese momento, Regina despertó.
Se encontró en el colchón de la cueva, era de noche y los búhos cantaban a coro con los grillos. No podría estar segura de qué hora era, pero seguro era muy tarde. Sabía lo que el sueño significaba, no tenía ninguna duda al respecto, pero aún no estaba lista para afrontarlo. Se sentó en el colchón, miró a su alrededor pensando en lo que haría a continuación, pero en ese momento unos pasos se acercaron al lugar y una voz conocida dijo:
"¡Oh! aquí estabas..." August se frenó en seco, algo sobresaltado, cuando entró en el refugio y vio a Regina "Henry está preocupado por ti, te ha estado buscando todo..." entonces se frenó a mitad de oración. El rostro de Regina intentaba ser inexpresivo pero se notaba cierta incomodidad en su mirada. "Lo siento, yo..." hizo un amague de salir "Iré a avisarle a Henry que estás..."
"No hace falta que te vayas" respondió ella sin siquiera pararse. Bajó la mirada y volvió a guardar silencio. Sin lugar a dudas, no era un comportamiento propio de ella, estaba demasiado tranquila y eso inquietaba a August.
"¿Que haces aquí?" Preguntó entonces dando unos pasos para ingresar al refugio.
"Supongo que necesitaba alejarme de todo por un tiempo" respondió titubeante pero casi que al instante. "¿Que haces tu aquí?"
"Bueno, como dije, Henry estuvo buscándote todo el día, está preocupado por ti." Dudó por un momento, pero al final añadió "Tuve un presentimiento, supuse que estarías aquí"
Las situación estaba calmada, ninguno le gritaba al otro y ambos parecían dos adolescentes tímidos que temen revelar lo que sienten por el otro. Las cosas seguían algo extrañas entre ellos pero August quería reparar la relación entre ambos, sabía que le había fallado y por eso le resultó extraño que fuera Regina la primera en volver a hablar.
"¿Recuerdas el primer día aquí?"
"¿Como olvidarlo?" rió él de un modo suave y sutil "No tenía idea de cómo armaría un refugio para la noche, aunque no creía necesitarlo" entonces añadió redoblando la apuesta "¿y el día de la tormenta?"
"¡Claro! Esa fue la primera vez que estuvimos juntos en el refugio" el fantasma de una sonrisa cruzó el rostro de ella, seguido de un suspiro nostálgico.
El silencio pese a ser incómodo, también daba oportunidad a escuchar sus pensamientos, reflexionar y sobretodo recordar los momentos allí vividos, que ambos rememoraban con alegría. Esa vez fue él quien tomó la palabra.
"Escucha, yo..."
"No, por favor... No quiero pelear, no aquí" lo interrumpió ella con un tono cansino.
"Tampoco quiero eso, no quiero pelear contigo ni aquí, ni en cualquier otro lado" caminó atravezando el lugar, quedando cerca de ella y se sentó a su lado. "No tienes una idea lo que me duele que estemos así, me encantaría volver el tiempo atrás, borrar todo lo que dije o incluso volvería a cuando estábamos encerrados aquí los dos. No me importaría... estábamos bien solos tu y yo"
"August, por favor para" quiso frenarlo ella, previendo lo que pasaría si no.
"No lo haré, porque sabes que te amo y no quiero perderte sin intentar nada, sólo por haber sido un idiota"
"¿Que no ves que no puedo escuchar esas cosas? Si sigues..." La voz se le quebró y soltó un breve y rápido suspiro antes de retomar la palabra "Si sigues con eso, con tus palabras dulces, no podré resistir mucho más tiempo, no soy tan fuerte... no estoy hecha de piedra." hizo una pausa, le temblaba la voz y evitaba su mirada "si continuas de ese modo no podré evitar acercarme a ti, poner mis manos sobre tus grandes y fuertes hombros y darte un apasionado beso sobre tus perfectos labios"
¿Regina acababa de decir todo eso? ¿Regina Mills? Esa clase de cosas eran las que lo traían loco de amor: amaba sus matices, sus días buenos y sus días malos; amaba verla reír, descubrir sus diferentes capas y amaba lo pasional que podía llegar a ser, para bien o para mal.
"¿Y qué habría de malo en ello?" Decidió preguntar, sabiendo que no era conveniente hacer bromas en ese momento, aunque se le ocurría más de un modo de hacerlo.
"Algo pasará, algo se interpondrá en nuestro camino, las cosas saldrán mal y... no seré capaz de soportarlo de nuevo, yo-" cansado de que se resistiera a todo lo que sentía, August la calló con un beso que la tomó por sorpresa. Ella correspondió al beso sin resistirse y luego, manteniéndose todo lo firme que podía e intentando terminar la frase, interrumpiendo sus palabras con cada beso "no podría... soportar la... idea... de perderte... otra vez..."
"Entonces no pienses en ello y estaremos juntos por siempre" fue la respuesta de August mirándola fijo a los ojos "lucharé cada día por seguir juntos contra viento y marea"
Sus narices estaban tan cerca que casi podían tocarse, podían sentir la respiración del otro y sus miradas estaban completamente entrelazadas. El momento se había congelado y si bien Regina luchaba para no ceder... perdió la batalla. Se arrojó sobre August para volver a besarlo, esta vez acariciando su nuca con una mano y su pecho con la otra. Podían sentir el calor del otro, ese que hacía tiempo sus cuerpos pedían a gritos mientras que sus mentes los mantenían separados. Él llevó por instinto una mano a su cintura y la otra a su mejilla sujetando su rostro en el beso.
No había lugar más propicio para una reconciliación que el mismo lugar donde el amor había sido revelado por primera vez. Sus corazones estaban acelerados y palpitaban a la par, sus inquietas y lujuriosas manos no cesaban el movimiento y sus cuerpos cada vez estaban más pegados. Esa vez fue August quien tomó al toro por las astas, siguió los besos pasando por el cuello de Regina y bajando por su pecho, la recostó sobre el colchón donde tantos días habían dormido juntos y se puso sobre ella.
Regina se detuvo por un momento al sentirlo, lo miró a los ojos sin decir nada, respirando su aliento. Ambos se miraron por un instante apreciando el rostro del otro sabiendo que no habría vuelta atrás luego de lo que estaban por hacer, sabiendo que ya no serían capaces de separarse nunca más.
Se besaron con gran pasión, él comenzó a desabrochar la camisa de ella botón por botón. Poco a poco fue despojándola y despojándose de cada una de sus ropas; una bota por aquí, la camiseta por allá, hasta que ambos quedaron en piel, sintiendo el calor del otro. Él volvió a bajar por su cuello besándolo y llegando ahora a sus pechos, ella sólo lo acariciaba con sutileza y amor dejando que él hiciera lo que deseara. Sus movimientos eran sincronizados como si fueran parte de un mismo ser. Regina volvió a buscar sus labios, deseosa de su sabor, estaba completamente entregada a August, quien se encargaría que fuera una de las mejores noches de toda su vida.
En el frenesí de sus impulsos, la mano de él jugó con ella, con su sexo, sintiéndola cada vez más húmeda y excitada, pudo sentir como arqueaba su espalda y soltaba ese gemido que intentó contener, ese que sería el primero de muchos durante esa noche. Jugaron el uno con el otro, explorando sus cuerpos a fondo; recorrieron cada centímetro de piel con sus manos y en ocasiones con sus lenguas.
De un instante a otro, él estaba dentro de ella, ambos formaban un único y perfecto ser fundido con el otro, sin intenciones de separarse. Las piernas de ella rodearon su cintura con él todavía en su interior, su espalda se arqueaba con cada embestida, llenándola de placer y satisfacción, aferrada a él, a su espalda, mientras August se aferraba al colchón cerrando los puños con fuerza. El calor entre los dos aumentaba, sus cuerpos sudados se pegaban con el del otro, pero en verdad no les importaba, sólo deseaban seguir, seguir hasta terminar de sellar su reconciliación y más.
Con gran agilidad Regina dio vuelta las cosas, quedando ahora ella arriba de él, que la miraba con asombro y un brillo especial en sus ojos que demostraba la felicidad que estaba sintiendo en ese momento. Con las manos de August ubicadas en su cintura y las de ella en sus hombros, comenzó a mover su cintura lento, con un movimiento cuasi circular de una forma totalmente sensual, sin apartar la mirada ni por un segundo. Era algo hasta casi hipnótico.
Podían sentir como se acercaban, los gemidos de ella comenzaban a ser incontrolables y sintiendo todo el placer del mundo, finalmente llegaron a su clímax, abrazándose con fuerza pegándose el uno al otro, soltando ambos un gran gemido que resonó por todo el lugar. Finalmente relajaron sus cuerpos y quedaron ambos recostados en aquel refugio, en aquel colchón, en aquel sitio que era solo de ellos y de nadie más; ella sobre él y con sus corazones palpitando de alegría por la nueva unión de los dos.
