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El carruaje volvió a detenerse en La Serenissima. Lo primero que Harry hizo al bajar fue dirigir la vista hacia el lugar en el que tendría que estar la góndola. Pero no estaba. Algo que por un lado le alivió, puesto que no quería volver a ver a los jóvenes, y por otro inseguridad, por no tener a Gellert cerca.

La visita a su familia había sido más que breve. En casa solo estaban Gina y algunos de sus primos. Petunia no estaba. Según Gina, en cuanto se supo lo de Diávolo y sus cinco víctimas, como Harry no había vuelto, su tía echó a correr para averiguar si era una de ellas.

La Serenissima, le repitió hasta tres veces a Gina, y dudaba si sería capaz de recordarlo cuando volviera Petunia. Entregó tan solo una parte del dinero, tal y como le sugirió Gellert, y el resto lo llevaba consigo. No se trajo nada más de su casa, tampoco tenía nada que traerse, solo la cruz de madera que siempre llevaba en algún lugar en contacto con su piel.

Durante el camino había tenido tiempo de pensar, de ser consciente de todo lo había sucedido desde la noche anterior, y aunque el temor al Diávolo aún permanecía en su cuerpo, notaba cómo se marchaba poco a poco.

Dita le tenía otro plato preparado, que Harry devoró enseguida. No había sentido ningún malestar en el estómago, así que parecía que Gellert esta vez se equivocaba. El estómago de Harry, aunque maltratado, era duro.

Dita lo llevó entre pasillos lujosos hasta los baños. El agua soltaba un cálido vapor, los espejos, abundantes en todo el cuarto, comenzaban a empañarse.

El joven se puso delante de uno de ellos y se miró. No solía mirarse en espejos. No había espejos donde él vivía ni en sus alrededores. Tan solo cristales en los que, de cuando en cuando, podía ver su reflejo. Ni siquiera recordaba cómo era su cara. Al fin se vio y bajó la vista al momento. Era aún peor de lo que esperaba. La puerta se abrió. Era Gellert, que, poniéndole un dedo en la barbilla, le volvió a levantar la cabeza.

─Mírate ─le dijo colocándose tras su hombro.

Harry obedeció. El contraste de la miseria que desprendía su suciedad y su vestimenta con la colorida y elegante presencia de Gellert, lo avergonzaban aún más.

─Quiero que te mires y recuerdes siempre esta imagen ─le dijo─. Porque del recuerdo de esta imagen depende tu futuro a partir de ahora.

El hombre sonrió mientras se apartaba de él.

─Vete a dormir tras el baño ─le dijo desde la puerta─. Esta noche comenzamos.

Se fue y Harry quedó solo con su imagen, cada vez más borrosa y empañada. Se desprendió de sus ropas, junto a las que dejó la cruz, y se introdujo en la bañera.

Dita entró.

─No saldrá todo la primera vez ─dijo con una pastilla de jabón en una mano.


Continuará...