Catorce

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Disclaimer: Dragon Ball no me pertenece, su propiedad es de Akira Toriyama

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Espero que les guste

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—¡Oye, preciosa! —Lázuli sintió que algo hervía en su interior, los halagos le gustaban, pero no de aquella forma. Sin embargo, al estar en el trabajo, suspiró, y fingiendo una sonrisa, miró al hombre que la llamaba. Se acercó.

—¿En qué puedo servirle?

—Un café, preciosa. Y tu número —Lázuli ignoró lo último, y anotó el café.

Al medio día, era cuando la cafetería se llenaba más, y para ella sola, era duro.

Sin embargo, Alaia y su marido eran rápidos para su edad, y los pedidos, que no eran complicados, salían en menos de cinco minutos.

Cuando llevó el café, el hombre intentó levantarle la falda, a pesar de que ésta llegaba a sus rodillas.

—¡¿Qué te pasa?! —Le gritó sobresaltando a todos, bajándose la falda. Sabía que debía respetar a los clientes, pero ella también tenía que ser respetada. Tuvo ganas de golpearlo, y estuvo apunto, si no fuese otro cliente quien se enfrentó al sujeto.

El marido de Alaia prácticamente corrió hacia ella y echó al hombre de la cafetería, sin importar si había pagado o no.

—Sal a tomar aire, querida —Le dijo el anciano señalándole la puerta trasera, al notar lo roja que estaba la rubia. No era la primera vez que pasaba, ya con esa iban dos en los 4 días que tenía.

Después de un rato, en los cuales suspiraba y caminaba en el callejón como gata enjaulada refunfuñando, volvió a entrar. Se acomodó el delantal, se acomodó el cintillo en la cabeza y, con la barbilla en alto, volvió a la cafetería.

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Lapis tamborileó los dedos en el volante del auto mientras Isabelle miraba atentamente las fotografías que había tomado. Se tomó un tiempo para verla de reojo: los ojos azules fijos en las imágenes, aquella piel clara y ese cabello de fuego que ella siempre solía llevar suelto. Se mordía el labio con concentración, sin mancharse los dientes de aquel color carmín que sus labios tenían.

Parecía embobado, tal vez porque nunca había visto a una chica tan hermosa. Recordó, que de hecho, nunca había hablado bien con una mujer que no fuese su madre y su hermana, pues con tantas mudanzas y luego, la destrucción de la Capital ¿Qué tiempo iba a tener?

Recordó haber visto a Suno, y le gustó un poco. Que casualidad que Isabelle también fuese pelirroja.

—¿Sabes que eres tan transparente? —Lapis se sonrojó un poco ante lo dicho por la pelirroja.

—¿Qué?

—Eres como un libro abierto, a través de tu mirada, puedo adivinar en qué estás pensando.

—¿Quieres salir conmigo? —Le salió de la manera más torpe posible, e Isabelle lo miró y soltó una risita.

—Eres un encanto, Lapis ¿No crees que soy mucho mayor para ti?

—Solo dos años…

—Cuatro, recuerda que nosotros sabemos tu verdadera edad, en especial yo, que fui la que hice sus documentos falsos.

—Sí, pero… —De improvisto, Isabelle lo tomó de la nuca, y lo besó. Y Lapis se sumergió en aquel beso, y fantaseó nada más al sentir sus labios. Y sabían tan bien, y ella besaba tan bien.

¿O era porque era su primer beso? No, era ella, que la sensualidad que destilaba al siquiera sentarse, también la demostraba en aquel beso.

En cuanto sintió que se ahogaba, se separaron.

—Bien, parece que ya se fue —Dijo la pelirroja, tomó una servilleta y se limpió el labial que se había corrido. Lapis, en cambio, estaba atontado, con lápiz labial en la boca mirando al frente. Sabía que Isabelle lo había besado porque la persona que debían vigilar los vio y tenían que aparentar, pero eso no le quitaba que siguiese en las nubes.

Isabelle lo miró, y le pareció tan inocente que le provocó cierta ternura. Lo tomó del mentón y le giró la cabeza hacia ella, con la misma servilleta con la que se limpió ella el labial, lo limpió a él.

—No besas tan mal para ser tu primer beso —Le dijo, una pequeña nota de burla en su voz.

—¿Quién dijo que fue mi primer beso? —La escuchó reír, y él siguió embobado con ella.

—Se te nota, niño —Ya estaba acostumbrado a que todos usaran aquella palabra para describirlo, pero escucharla en ella, le daba una connotación más sensual.

Todo en ella era sensual.

—Vamos a mi departamento —Lapis se puso nervioso ¿Qué? Isabelle advirtió lo que el chico pensaba y lo miró —No te creas, tengo que revelar estas fotos y las anteriores y tengo un cuarto oscuro ahí —Lapis asintió, aun aturdido por el beso, y comenzó a conducir.

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De la cafetería en donde trabajaba a la academia no quedaba muy lejos, sin embargo, estar toda la mañana de pie, andando de un lugar a otro, y luego ir a bailar, era agotador. Sumándole aun la pesadez del resfriado del sábado, estaba terrible, apenas había probado bocado en el almuerzo.

—Te ves terrible —Le dijo Grenda, es que en verdad lo hacía. Los días anteriores, también se veía mal, pero esa vez, se veía peor—. ¿Por qué no llamas a tu hermano para que te venga a buscar?

—Estoy bien, Madame. No se preocupe —Estornudó y se sentó en una banca, se estaba muriendo del sueño.

—Dame tu teléfono, llamaré a tu hermano —Lázuli no se resistió, le entregó el celular a su maestra y ésta marcó enseguida el número de Lapis apenas lo encontró, no era muy difícil, era el único que tenía.

Lázuli vio cuando Grenda se desesperaba, Lapis no contestaba, debía estar trabajando.

—Debe estar trabajando. Madame, puedo practicar así —Los cabellos de Grenda se balancearon cuando ella negó con la cabeza.

—Te llevaré a un hospital —Lázuli negó con la cabeza, no se iba a acostar en una camilla a que la analizaran, no, no después de lo de Gero. Grenda se sorprendió de ver el terror en aquellos ojos azules.

—No, por favor. Lléveme a mi departamento, entonces, pero a doctores no.

Si lo hago, reviviré el dolor de perder a mamá. Si lo hago, habrá pesadillas esta noche.

Ante tal súplica, Grenda asintió y la llevó, casi a rastras al auto.

Lázuli le explicó y le señaló hasta llegar a su departamento, en donde, Grenda se aseguró que la joven saludara al guardia y estar más segura que era el lugar correcto.

Mientras se dirigía a la academia nuevamente, sintió como su instinto materno resurgía al ver a la delicada Lázuli en ese estado.

Por Kami-sama, quería cubrirla con algodón para que no se hiciese daño, y es que Lázuli le recordaba tanto a su hija, que si no hubiese muerto hace 7 años, a los 10, estuviese de esa edad.

Grenda se secó una lágrima y siguió conduciendo.

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Lázuli prácticamente se arrastró por el edificio, subió al ascensor y, cuando llegó a su piso, se arrastró hasta su departamento y, al final, a su habitación.

Se acostó en su cama, y sin pensarlo, su vista se fijó en la fotografía de su madre que estaba en su nochero. Y la miró fijamente sin pensar en nada hasta quedarse dormida debido a la pesadez que sentía.

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Isabelle le había pedido que la esperara en la sala mientras ella revelaba las fotos.

Su cuarto oscuro era su santuario, y nadie que no fuese digno de confianza entraba alguna vez.

Nadie lo ha hecho —Le había dicho antes de entrar por una puerta, dentro, se podía ver una ligera luz roja.

Lapis se levantó del sofá e inspeccionó con curiosidad el departamento: Era más lujoso y grande que el de ellos, sin embargo, Lapis no cambiaría en donde ellos residían. Había varios cuadros de pinturas, más que todo paisajes. En la barra de la cocina, había un paquete de fotografías, las cuales él miró. Eran increíbles, los ángulos diferentes hacían que cada paisaje, cada persona se viera perfecto.

Escuchó un click y se dio la vuelta. Isabelle acababa de tomarle una foto, pues apenas bajaba la cámara de su rostro con una sonrisa. Se había cambiado de ropa, a un pijama de color negro, extraño para las 3 de la tarde, y su cabello rojo, lo llevaba suelto hasta el inicio de sus caderas.

Pasó al lado de Lapis y tomó las fotografías, se dirigió al sofá, y al sentarse, le hizo señal a Lapis que la acompañara. Lapis se sentó al otro lado del sofá.

—¿Te gusta la fotografía? —Le preguntó, no sabía si la pregunta era demasiado obvia, porque ella podría estar haciendo eso por el trabajo.

—Me encanta —Ella le fue pasando las fotos, una por una, y Lapis las admiraba con maravilla. Es que eran impresionantes.

—¿Puedo llamarte Izzy? —Le preguntó de improvisto, sin dejar de mirar las fotografías, e Isabelle se encogió de hombros— Es que Isabelle es muy largo —Ella soltó una risita y colocó la cámara en su rostro, enfocándola.

—Como desees ¿Lapis? —El chico levantó la mirada, y en ese momento, Isabelle presionó un botón, y sonó un click. Luego miró la foto en la pantalla— ¿Sabes, Lapis? Los ojos son la ventana del alma, entre más abierto estés a que tus ojos demuestren lo que sientes, más fácil será leerte —Ella se acercó a él y le mostró la foto, y Lapis se reprendió a sí mismo de verse tan niño— ¿Ves esto? —Ella aumentó la imagen agrandando sus ojos— Es inexperiencia, algo de frialdad, pero con ternura.

¿Ternura?

Isabelle soltó una risita.

—Tienes unos ojos bellos, Lapis. Muy expresivos —Y Lapis la miró, estaba tan cerca y quería besarla. Y ella sabía lo que él quería, porque podía leerlo en su mirar, pero él sabía que ella quería que él tomara la iniciativa. Que se abriera aún más, que experimentara.

Que creciera.

—Izzy ¿Puedo besarte? —Isabelle soltó una risita, y se situó frente a Lapis con aquella sonrisa tan sensual.

—Si lo deseas.

Y la besó.

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Los besos se alargaron mucho, tal vez, como media hora. Y no se cansaron, y Lapis no se sobrepasó.

Al comienzo, Lapis mantenía sus manos estáticas, puestas en sus rodillas como cual niño. Pero después de los primeros besos, cuando comenzaba a sentir las molestias de no tocarla, levantó las manos y le acarició la nuca. Y permaneció así, enredando sus dedos en aquella cabellera roja. Y ella enredando los suyos en el cabello de él. Y sus cuerpos casi tocándose. Y Lapis sintiendo el calor del cuerpo de ella cerca al de él. Y él sintiendo cosas que nunca había sentido antes, el cosquilleo en el estómago, que bajaba hasta su vientre bajo, y al final a su pelvis.

Y, completamente sonrojado, cortó el beso.

Estaban casi acostados en el sofá del departamento de Isabelle, ella sobre él, con el cabello rojo despeinado como cual leona. Y Lapis tenía la mente nublada ante aquella sonrisa coqueta.

—Yo… —Toda esta experiencia era nueva para él. Isabelle, aun sonriendole, se separó, dejando el aire fluir entre ambos. Tenía los labios hinchados por tantos besos descontrolados.

—Entiendo —Y Lapis volvió a sonrojarse un poco—. ¿Nunca antes habías siquiera tenido un acercamiento con una mujer? —Le preguntó.

—Aparte de mi hermana, no —Quiso excluir a su madre, a veces, quería borrar su recuerdo, porque le hacía sufrir.

—Tu hermana melliza ¿No? —Ante el asentimiento del chico, ella soltó una risita—. Podría imaginarme una relación entre ustedes como la de Cercei y Jaime, sería exótico —Sus ojos tuvieron un destello de diversión. Lapis enarcó una ceja sin comprender de qué hablaba—. Es de una serie, son unos hermanos mellizos que se aman, y con decir que se aman no es ese amor de hermanos. Ellos se aman tanto que tienen sexo e hijos juntos.

—¡No! ¡Que asco! —Exclamó Lapis espantado, lo que hizo que Isabelle riera.

—Lapis y Lázuli… Lapislazuli, como la piedra, como aquella joya que compite contra el zafiro por ver qué azul es más especial.

Lapis no supo qué decir ante la analogía.

—Lapis… —Se acercó y enganchó su dedo en su pantalón, acarició su estómago con suavidad—. Si quieres adquirir experiencia con las mujeres, yo estoy dispuesta —Su aliento le quemó la oreja. Fue inevitable, volvió a sonrojarse.

—¿Les haces esas propuestas siempre a tus asistentes? —Izzy soltó una risita divertida.

—Es la primera vez que me ponen un asistente. Y no, no me acuesto con cualquiera, y aunque no lo creas, no me he acostado con ninguno de los hombres de Alaric, ni con el mismo Alaric.

—¿Entonces, por qué conmigo sí? —La pelirroja soltó sus pantalones y aventuró su mano debajo de su camisa, Lapis sintió arder la piel en donde ella le tocaba.

—Tienes un aura misterioso, y eres tan inexperto que podría enseñarte muchas cosas —Sacó su mano de la camisa y empezó a acariciarle el rostro, y Lapis sentía la boca seca—, y tienes unos ojos preciosos, me encantan —Le dio un beso en la sien— ¿No quieres aprender?

—S-sí —Isabelle soltó una risita.

—Pero hoy no —Le volvió a susurrar y se alejó, dejando al muchacho temblando—. Primero tienes que invitarme a salir.

Y se levantó para dirigirse a la cocina. Lapis trató de respirar, y su corazón latía a mil.

Revisó su teléfono con tal de distraerse, y se encontró con las múltiples llamadas perdidas de Lázuli. Chasqueo los dientes, su hermana no solía llamarlo, y si lo hacía, era porque de pronto había vuelto a caer con fiebre.

—¿Me necesitas para algo más, Izzy? —Preguntó levantándose, la pelirroja lo miró sobre la barra y negó con la cabeza.

—Vete si lo necesitas —Le dijo con total tranquilidad, como si nada entre los dos hubiese pasado—. Te llamaré si necesito algo.

—Yo igual —Le dijo y salió del departamento. Los temblores se habían calmado, y el cosquilleo también, sin embargo, sentía una incomodidad en su pantalón.

No le prestó atención y condujo el auto hacia una farmacia para comprarle medicamentos a su hermana.

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Como las veces anteriores, en que la gripe y la fiebre la habían sumergido, sintió, en su ensueño, un paño frío en la cabeza.

—Maldición, Lapis —Dijo, y escuchó la risa de su hermano—. No voy a pasarla enferma siempre, así que no te ilusiones.

—Te compré unos medicamentos —Ella abrió los ojos y se sentó en la cama tomando las pastillas que su hermano le brindaba y tomándolas de un solo, evitando que siquiera tocaran su lengua.

—Estuve pensando… —Lapis se dio cuenta que la mirada de su hermana se dirigía a la fotografía de su madre en el nochero. Frunció el ceño.

—Laz…

—¡No, no estoy deprimida! He superado, aunque sea un poco, esto… La academia y la cafetería ha mantenido mi mente distraída…

—¿Entonces? —Ella volvió a acostarse.

—Pensaba en Silver —Lapis se puso nervioso ¿A qué venía tanta curiosidad hacia su padre? Padre que ella creía muerto y no lo estaba. Lapis no lo mencionó, y nunca lo haría, no, nunca mencionaría que Silver estaba vivo, se había cambiado el nombre, y ahora su propio hijo trabajaba para él.

Lázuli no tenía que enterarse de nada de eso.

—¿Pensabas en él? —Su hermana asintió.

—Recordaba lo que dijiste hace meses, que creías que él vivía y nos perseguía… porque le interesabamos…

—Pero era Gero el que nos seguía —Lázuli escuchó un tono amargo en la voz de su hermano, temió, porque veía en Lapis algo diferente. Algo más oscuro.

—Lo sé ¿Pero y si está vivo como tú dices?

—Este mundo es muy grande, Lázuli ¿Sabes cuantas posibilidades hay que nos lo encontráramos? —Cuanta ironía había en sus palabras, porque tuvo a su padre enfrente de él, y ni siquiera supo quien era.

—Lo sé, y apuesto de que él no sabría ni quienes somos… Ni siquiera nos quiso. Olvídalo, tan solo son los delirios de una enferma. De todos modos él está muerto.

»Sólo quería sentir que me quedaba alguien más en el mundo.

—Estoy yo ¿No? —Lázuli le sonrió a su hermano y le dio una patada en las costillas.

—Sabes a lo que me refiero, idiota —Lázuli suspiró—. Una diminuta parte de mí, sueña con haber tenido una familia normal. No es fácil ver a las niñas salir de la academia de la mano de su madre, y no pensar en mamá. O salir de la mano de su padre y no pensar en que tuvimos uno al cual no le importó una mierda nosotros.

—Laz ¿Tú crees que siquiera Silver supo que mamá estaba esperándonos? Digo, puede que su relación haya sido de solo sexo, pero ¿Violet le habrá dicho?

—No sé, Lapis. Mamá tenía 3 meses cuando el tal Goku atacó la armada, creo que eso es algo notable. Además, Gero dijo que rumoreaban.

—Yo ya no le creo una mierda a Gero ¿Quien sabe cuántas mentiras más nos dijo? Todo para atraernos a su trampa.

—Pero escapamos ¿No? —El chico tomó el pañuelo y lo volvió a remojar en el agua helada. Luego volvió a colocarlo en la frente de su hermana.

—Pero a un muy alto precio —Su mirada se desvió a la fotografía de su madre.

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El rayo de energía salió disparado y volvió añicos la montaña de roca. Gero sonrió de forma perversa y dejó el brazo de 19 en la mesa de exploración.

Siguió trabajando en el diseño del androide Número 20, algo que se le había ocurrido hace poco, y que en verdad era de las mejores ideas que había tenido.

¡Se convertiría a sí mismo en androide! Implantaría su cerebro en el cuerpo de Número 20 para crear la majestuosidad de una mente brillante en el cuerpo invencible de un androide.

Pero primero, debía terminar a Número 19, tenía que implantar en sus archivos todo tipo de conocimientos en medicina, puesto, que ese androide sería el encargado de la cirugía en la cual dejaría su cuerpo orgánico, por uno metálico, invencible.

Totalmente poderoso.

No habría nadie más poderoso que él: El magnífico y brillante Androide Número 20


Nota: Escribir las escenas de Lapis con Isabelle definitivamente son mis favoritas... ¡Son tan adhashdkja! Y anoche escribí una demasiadoooooo

No sé que más decir, más que todo que agradezco tan grande su apoyo en este fic... Sí, lo seguiré diciendo hasta el infinito y más allá!

Ah sí! Ya vemos que Gero está creando al androide 19, y preparando su transformación a androide...