Hola chiks aqui traigo un nuevo capitulo, solo nos queda uno mas y el epilogo. Espero que esten disfrutando esta historia tanto como yo. Gracias a todas x su apoyo, sus mensajitos, favoritos , alertas y reviews. :D


Capítulo 13

La cocina olía a café y tortitas, algunas de ellas quemadas. La mañana era cálida y soleada, y Edward estaba de pie delante de la ventana. Llevaba unos shorts caquis y nada más, y Bella se estremeció al recordar su tacto.

—¿Ya te has levantado? —le preguntó él, haciéndole un gesto con la espátula—. Tenemos tortitas para desayunar, y vamos a necesitar ayudar para acabar con todas.

Su tono era jocoso y su expresión, decidida. La examinó de arriba abajo y la miró a los ojos sin ocultar el calor que desprendía su mirada.

—Vamos, Bella —la animó Matt, golpeando la mesa con una cuchara.

—Tienes que comer —añadió Tony con una sonrisa embadurnada de sirope—. Papá ha quemado algunas tortitas, pero no todas.

—Ya veo —dijo ella. Miró a Edward y él le sonrió. El día anterior le había dicho a Jacob que lo amaba. Pero aquella mañana el sentimiento la desbordaba sin remedio, y rezó porque Edward no adivinara sus sentimientos en sus ojos.

—¿Tortitas, Bella? —le ofreció, y a Bella le pareció notar una cierta inflexión en su voz. ¿Lo habría adivinado? Se removió en la silla y bajó la mirada.

—No, gracias. Sólo tomaré café.

Edward se volvió hacia la cocina y ella intentó servirse el café en una taza sin derramarlo por toda la mesa. Las manos le temblaban y se recriminó a si misma por ser tan tonta, pero ¿acaso no había demostrado serlo al enamorarse de Edward? Sí, y por eso tenía que marcharse de allí cuanto antes.

Con aquel pensamiento en mente, se volvió hacia los niños y deseó poder decirlo todo sin que las lágrimas la traicionaran.

—Tony, Matt…

—Les he estado contando a los niños lo afortunados que somos todos de que les hayas enseñado qué hay que hacer si ven una serpiente —la interrumpió Edward tranquilamente mientras dejaba dos platos de tortitas en la mesa—. También hemos tenido una charla para que no se acerquen al arroyo, y hoy mismo encargaré una valla infranqueable.

—Estupendo —dijo ella. Cerró los ojos para no verlo tan cerca, pero podía oler su cuerpo y sentir su calor—. Pero, en serio, Edward, no hay necesidad de discutir…

—Cómete tus tortitas, Bella —la apremió él, poniéndole las manos en los hombros. Fue un contacto tan reconfortante que Bella quiso girarse. Ansiaba su tacto tanto como su atención y su amor.

Edward se separó y se sentó, pero en vez de empezar a comer, miró a los niños.

—Estos dos tienen algo que decirle a su niñera.

Tony y Matt miraron a Bella muy serios y decididos. Dios, cuánto se parecían a Edward…

—Sentimos habernos escapado.

—Sí, lo sentimos mucho.

—No lo haremos nunca más, porque está mal.

Matt, movido por el entusiasmo de la disculpa, empezó a golpear con los pies las patas de la silla.

—Hemos sido unos niños malos. Unos…

—Bueno, ya está bien —intervino Edward—. Os habéis disculpado y es muy importante que nunca volváis a escaparos. La próxima vez podría ser mucho peor.

—Gracias a los dos —les dijo Bella a los niños—. Para mí es muy importante saber que vais a estar a salvo.

—Y es importante para los niños y para mí saber que vas a estar aquí por ellos —dijo Edward tranquilamente—. Quieren que te quedes. Les he dicho que temías tener que irte por lo que ocurrió ayer y se han opuesto rotundamente a la idea.

—No puedo quedarme, Edward —se volvió hacia los pequeños—. Estáis contentos de quedaros con vuestro padre, ¿verdad?

Los niños asintieron y lo mismo hizo ella.

—He sido muy feliz aquí con vosotros, pero necesitáis a una niñera de verdad. Una niñera que… —se detuvo y pensó en lo que querría para ellos si tuviera la oportunidad—. Que sea divertida y simpática, y que haga riquísimos pasteles y que sepa hacer muchas cosas y que no le dé asco el olor de la plastilina…

En su mente visualizó a una mujer de mediana edad, totalmente entregada a los niños, con una paciencia y bondad inagotables e increíblemente responsable.

—Pero te queremos a ti.

—Papá nos dijo que te quedarías.

Los niños parecían a punto de rebelarse o de estallar en lágrimas. Bella no quería ni lo uno ni lo otro, y miró furiosa a Edward por ponerla en aquella tesitura.

—Acabarías con la paciencia de un santo —dijo él con un suspiro—. ¿Es que no puedes ver que tu lugar es éste?

—Sólo era un acuerdo temporal, Edward. Desde el principio querías a alguien más maduro.

—Y encontré a alguien con la imaginación y la resistencia suficientes para cuidar de mis hijos —replicó él—. Las cosas cambian. Y las personas también quieren cambiar.

—Sí, y ése es el problema. Quiero desarrollar mi carrera profesional. Empezar los estudios de los que te hablé…

—También hablamos de cómo podías conseguir eso sin tener que irte de aquí.

Oh, Dios. ¿Cómo podía soportar que le sacara otra vez ese tema?

—No puedo ca… contigo —espetó, mirando a los niños. Eran pequeños, pero no tontos. Si oían la palabra «casarse», volverían a estallar—. Quiero hacer eso por amor, Edward, no por ninguna otra razón.

Quería que la refutara, que le dijera que la amaba y que podían construir una vida en común partiendo de esa base. Pero él no dijo nada eso. Se puso pálido y, tras mirarla un momento en silencio, negó con la cabeza.

—De acuerdo, Bella. Si estás decidida, supongo que no puedo hacer nada para que cambies de opinión. Empezaré a buscar otra persona hoy mismo —la miró con dureza—. ¿Puedes quedarte al menos hasta que encuentre a alguien? Tengo trabajo importante que hacer, y no podré vigilarlos todo el día.

—Tienen su guardería —sugirió ella.

—Sí, pero hoy es domingo y no empiezan hasta el miércoles —le recordó él. Limpió las bocas de sus hijos y los mandó a ver la televisión, ordenándoles que no patearan nada—. ¿Te quedarás hasta entonces?

Bella sabía que era un error, pero la imagen de los rostros esperanzados de los niños y la mezcla de determinación y confusión en la mirada de Edward la hicieron capitular.

—Sí, me quedaré hasta entonces.

El miércoles por la tarde, mientras los niños estaban en la guardería, Edward se paseaba nerviosamente por su despacho. Bella le había llevado un montón de periódicos para que él buscase niñeras y ella se había encerrado en su habitación a buscar en las ofertas de empleo.

—No estás buscando niñera —oyó Edward que le decía. Levantó la mirada y la vio en la puerta del estudio—. Ni siquiera has abierto los periódicos.

Edward sintió que algo se rompía en su interior al ver que el único interés de Bella era salir de aquella casa cuanto antes.

—Claro que sí —se defendió, mirando por la ventana—. He mirado docenas de anuncios, he dejado mi solicitud en diez agencias y he entrevistado a seis candidatas.

—Pero no has contratado a ninguna —insistió ella. Agarró los periódicos y los presionó contra el pecho de Edward.

Él los arrojó al suelo y la encaró furioso.

—No me presiones, Bella. No estoy de humor para que me atosigues.

—Y yo no estoy de humor para seguir aquí. Tienes que seguir buscando. ¡Ahora!

—Te lo advertí —dijo él, y la besó.

La boca de Bella lo recibió, aunque sus manos intentaron detenerlo. Él la sujetó con fuerza rápidamente, y ella se retorció y pataleó para liberarse.

—No te resistas —murmuró él, mientras se preguntaba a sí mismo si se había vuelto loco.

—No quiero esto —masculló ella.

—¿Entonces por qué me besas? —le preguntó, sacudido por la frustración. La deseaba desesperadamente. Deseaba hacerle el amor.

Entonces Bella pronunció su nombre. ¿Sería resignación? ¿Aceptación? ¿Deseo? Tal vez las tres cosas. Lo único cierto era que su cuerpo cedió, que su furia se apagó y que toda ella parecía vulnerable.

—Bella, cariño, no me niegues esto —le susurró, besándola en el rostro y el cuello—. No sé lo que me pasa —le mordisqueó el lóbulo de la oreja—. Últimamente no puedo hacer otra cosa que pensar en ti.

—¿De verdad? —preguntó ella, conteniendo la respiración mientras lo miraba a los ojos—. ¿De verdad piensas en mí todo el tiempo, Edward?

—Sí —admitió, pasándole una mano por la curva familiar de su cadera. El recuerdo de lo que había sido hacer el amor con ella le estremecía todo el cuerpo—. Te miro y te deseo.

—Satisfacción sexual —dijo ella, apartándose ligeramente—. Te refieres a eso, ¿verdad?

—Podría haber mucho más, aunque no quieras pensar en el matrimonio.

Bella soltó una amarga carcajada y se separó. Por unos momentos, los dos quedaron frente a frente, mirándose en silencio.

—No vuelvas a tocarme, Edward —dijo ella finalmente, al tiempo que retrocedía un par de pasos—. De hecho, voy a ahorrarte esa preocupación y voy a irme ahora mismo. No hay razón por la que no puedas cuidar tú mismo de tus hijos mientras encuentras a otra niñera. Tu trabajo tendrá que esperar, si es necesario.

—No tienes medio de transporte. Ni trabajo.

—Jacob puede llevarme a la estación. Tomaré un tren a Sydney. Allí tengo amigos con los que puedo quedarme hasta que encuentre algo.

—¿Qué amigos? ¿Quiénes son? Vamos, sé razonable…

—No tengo que darte detalles. Ya no soy tu empleada, y me marcho.

Se dio la vuelta para salir. Edward se dispuso a detenerla, pero en aquel momento empezó a sonar el teléfono. Masculló una maldición y agarró bruscamente el auricular.

Era una llamada de negocios que lo mantuvo ocupado varios minutos. Al colgar, un silencio incómodo invadió la casa. Bella se había marchado, pero le había dejado una breve nota en la mesa de la cocina, diciéndole que Jacob la llevaba a la estación y que él se acordara de ir a buscar a los niños a la guardería.

El trayecto de vuelta a casa con sus hijos fue muy difícil. Los niños no se tomaron nada bien la noticia de que Bella se había marchado y estuvieron quejándose y peleándose entre ellos hasta que Edward los reprendió.

Una vez en casa, y cuando los tuvo frente al televisor, se fijó en que el coche de Jacob estaba de vuelta. Les dijo a sus hijos que no se movieran y fue en busca de su jardinero.

Jacob estaba en su apartamento, con la puerta abierta. Había encendido la televisión y estaba viendo las noticias sobre el descarrilamiento de un tren.

—Tenemos que hablar del trabajo de mañana —dijo Edward con voz dura—. Quiero que hagas unas cuantas cosas además de tus labores diarias.

—Espera —dijo Jacob, haciéndolo callar con un gesto—. Estoy preocupado por esto.

Edward miró la televisión al tiempo que el locutor mencionaba cuál era la línea ferroviaria que había sufrido el siniestro. Entonces comprendió la preocupación de Jacob.

—¿A qué hora la dejaste en la estación?

Jacob se lo dijo y él asintió, intentando no dejarse dominar por el pánico.

—Voy a llamar al número que han dado en las noticias, a ver si puedo encontrarla.

Volvió a casa y llamó, pero no le sirvió de mucho. Apenas le dieron detalles de lo sucedido y no le dijeron si había víctimas. Pero era indudable que Bella viajaba en ese tren.

—Voy a buscarla —dijo, y corrió hacia la puerta.

—¿Quieres que me quede con los niños? —le preguntó Jacob.

Se había olvidado de sus hijos. Se detuvo e intentó poner sus pensamientos en orden.

—No quiero llevármelos, porque no sé lo que encontraré allí. Pero tampoco debería dejarlos aquí. Nunca se han quedado contigo…

—Llamaré a mi tía Sue —dijo Jacob, agarrando el teléfono—. Vive muy cerca de aquí y puede venir en coche. Es muy responsable. Entre los dos los cuidaremos, ¿de acuerdo?

—Muy bien —aceptó Edward, y salió corriendo en busca de Bella.

¿Estaría bien?, se preguntó una y otra vez mientras conducía con un nudo en la garganta. Tenía que averiguarlo enseguida.


Ay Dios! y a hora que pasara? esta parejita ha pasado por unas. No han podido estra tranquilos en ningun momento. Esperemos que Bella este bn y a ver que sucede.