Niklaus supo que algo había sucedido en el mismo instante de cruzar el umbral de la casa. Había pasado un día agotador, respondiendo preguntas, concertando citas y alimentando el interés por Caroline. Y con cada pregunta, con cada nuevo encuentro acordado, se sentía cada vez más débil, más cansado, más deprimido.

Ya pasaba de la media noche. Sentía el cuerpo dolorido. Pero tan pronto entró en la casa y vio la cara de Dunwort, su agotamiento desapareció.

—¿Qué ha sucedido?

El mayordomo se encogió de hombros.

—No lo sé.

El vizconde examinó rápidamente las escaleras.

—¿Y mi tía?

—Bebiendo. Desde la mañana. No estaba presentable cuando Rendlen llegó.

A Niklaus se le congeló el corazón en el pecho. ¿Rendlen...?

De repente comenzó a correr por la casa. Subió los escalones de dos en dos, dirigiéndose con rapidez a la alcoba de Caroline. Ya se ocuparía más tarde de su tía. Ahora tenía que encontrar a Caroline. Si el bastardo de Rendlen se había atrevido a tocarla...

Se detuvo ante la puerta de la muchacha y aguzó el oído.

No se oía ningún llanto, ningún sollozo lastimero como la noche que había seguido a la visita al doctor Smythe. Pero eso no quería decir nada tratándose de Caroline. Ella era una de esas personas que podía tragarse el dolor y sólo lo expresaba después, en sus pesadillas, en un torrente de angustia y gritos.

Niklaus no quería pasar otra noche como ésa.

Descorrió el cerrojo con cuidado y dejó que la puerta girara sobre sus goznes bien engrasados. Allí estaba Caroline, hecha un ovillo sobre la cama. Le daba la espalda, pero a juzgar por su respiración irregular, Niklaus se dio cuenta de que había notado su presencia.

No desperdició el tiempo en formalidades. Entró en la habitación y rodeó la cama para poder mirarla a la cara.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó.

Caroline tenía los ojos muy abiertos. Y aunque no estaba llorando, Niklaus vio el rastro de sus lágrimas sobre la piel pálida del rostro y los ojos enrojecidos. Había estado extremadamente angustiada. Y sola.

Mikaelson volvió a insultar mentalmente a su tía ebria. Ella tenía que haber estado pendiente, y haberle enviado a buscar enseguida. Caroline no debía haber pasado sola tanto tiempo.

El vizconde se sentó en la cama lentamente. Quería atraerla hacia él, sostenerla entre sus brazos. Si ella se le acercaba, sabría que todo se resolvería. Pero si se mantenía rígida, inmóvil, con la mirada perdida, entonces el bastardo de Rendlen le habría causado un daño irreparable.

Y si era así, aquel canalla moriría.

Pero Niklaus no tenía tiempo para la venganza en aquel momento. Sólo tenía pensamientos para ella. Se acercó un poco más, apoyó la espalda contra la cabecera de la cama y estiró las piernas frente a él, dejando los pies en el aire. Era una posición intencionadamente relajada, que lo acercaba a ella lo suficiente para tocarla, si era necesario, pero también lo mantenía a una cierta distancia para dejarle un poco de espacio.

—Caroline —dijo con suavidad—, debes decirme qué ha pasado.

—¿Dónde estaba? —dijo Caroline. Su voz no tenía tono acusatorio. Al contrario, sonaba muy tranquila, como si se limitaran a conversar sobre los acontecimientos del día ante una taza de té. Pero el vizconde no lo percibió de esa forma. Se dio cuenta de que ella le asestaba un golpe, como si le propinara una bofetada en plena cara.

—Estaba haciendo gestiones para afianzar tu posición. Captando el interés de posibles pretendientes. Tendrás una vida bastante agitada durante las próximas semanas. —Caroline no pareció reaccionar a sus palabras y Niklaus la observó con atención. Pero al ver que ella seguía encerrada en su mutismo, se decidió a continuar—: Asistirás a partidas de cartas, a unas cuantas fiestas de disfraces, a un baile de gala.

El vizconde esperaba que esto último despertara algún interés. ¿Qué muchacha no soñaba con bailes y fiestas? Pero Caroline no respondió y ni siquiera parpadeó. Niklaus tenía que distraerla de alguna forma. Si quería saber la verdad, tenía que conseguir que se moviera y sacarla de ese estado. Así que, en lugar de seguirla presionando, le echó un vistazo a la habitación.

Vio una bandeja junto a la cama. En ella estaba dispuesta una selección de quesos y embutidos e incluso un poco de fruta. Dunwort le había preparado una tentadora comida, seguramente con la esperanza de despertar su apetito.

Pero el truco no había funcionado, porque la bandeja parecía estar intacta. Y aunque él acababa de cenar, acompañando a uno de los potenciales pretendientes, fingió que tenía mucha hambre.

—Ah, veo que no has cenado. Ven, acompáñame. Me muero de hambre.

En ese momento, se inclinó para alcanzar la bandeja, pero el cuerpo de Caroline se interponía en el camino. El vizconde no podía alcanzarla con ella encogida sobre la cama. Así que tuvo cuidado de no tocarla mientras le decía:

—Caroline, ¿serías tan amable de sentarte y pasarme esa bandeja? —dijo de manera despreocupada—. Ha sido un día largo y difícil, y no quisiera tener que levantarme para traer la bandeja hasta aquí.

Si le hubiese dicho a Genevieve algo tan insensible, es probable que ella le hubiese arrojado la comida a la cabeza. Pero Caroline había sido criada de otra manera. Había sido educada para servir, así que enseguida se sentó de manera obediente y le pasó la bandeja.

—¡Caramba! —exclamó el vizconde en voz alta— ¿Dónde podríamos ponerla? —Miró a su alrededor y, antes de que Caroline pudiera sugerir algo, la colocó sobre el regazo de la muchacha. Luego volvió a acomodarse sobre la cabecera de la cama, siempre procurando no tocarla —. Así está mucho mejor. Ahora podremos comer y conversar al mismo tiempo. —Extendió la mano y tomó una fina loncha de jamón.

Esperó un momento, con la esperanza de que Caroline lo imitara.

Pero no lo hizo.

—Vamos, Caroline. Ya sabes que Dunwort se ha tomado muchas molestias para prepararte esta bandeja. Recuerdo que una vez estuve más enfermo que un perro, con una amigdalitis, y él no se dignó hacer nada parecido. Se limitó a decirme que, a menos que tuviera rotas las dos piernas, podía bajar a la cocina. —El vizconde hizo una pausa y se giró para ver si su comentario provocaba una sonrisa.

Pero nada.

—Sabes que se sentirá muy ofendido si se entera de que no has comido nada. Ofendido y preocupado, debo añadir.

A Niklaus no le gustaba recurrir a la culpa. Era un mal instrumento, que podía ser tan contraproducente como útil. Pero, en este caso, funcionó.

Caroline estiró la mano y eligió un pedazo de queso. El vizconde tuvo la satisfacción de verla introducirlo en la boca y comenzar a masticar. Con un poco de suerte, podría conseguir que siguiera comiendo mientras conversaban durante el tiempo suficiente para que Caroline fuera recuperando energía para contarle exactamente qué le había pasado aquella tarde.

Funcionó.

Niklaus la observó comer, mientras hablaba sin parar, describiendo un caballero tras otro. Hizo una lista de las características de cada hombre, su edad, el estado de su salud, sus relaciones familiares y mucho más. Le contó en qué recepción o fiesta vería a cada uno, y se comportó como si todos esos encuentros que había establecido de verdad fueran a tener lugar.

Al mismo tiempo, temía que todo su plan y, por consiguiente, todo su futuro, se fueran al traste. Pero no exteriorizó ninguna señal de preocupación. Y mientras hablaba, le iba pasando a Caroline una loncha de jamón tras otra. Cuando ella se cansó del jamón, tomó queso. Llamó a Dunwort para pedirle que trajera un poco de vino. Hizo todo lo que pudo por la salud física de Caroline, antes de ocuparse de la salud de su mente.

Al final, ella se relajó y lo sorprendió tocando el tema mucho antes de lo que el vizconde pensaba.

—No tiene que seguir con esto —dijo—. Ya me siento mucho mejor.

Niklaus se detuvo en medio de una frase, mientras sus pensamientos se dispersaban. Luego devolvió lentamente una rebanada de pan a la bandeja.

—Veo que tengo que ser más sutil.

Caroline se encogió de hombros.

—Soy hija de un párroco. Reconozco esos trucos tan pronto los veo.

Lord Mikaelson se quedó en silencio y la observó con seriedad durante un instante.

—Nunca dejas de impresionarme. —Suspiró—. No tenemos que hablar de lo que pasó si no quieres.

Aquel ofrecimiento salió de la boca del vizconde antes de que pudiera evitarlo. Pero, de inmediato, se arrepintió de haberlo dicho. ¡Por supuesto que tenía que contarle! Con cualquiera de sus otras pupilas habría presionado, ordenado, y tal vez incluso habría llegado a utilizar la fuerza hasta obtener una respuesta. Era demasiado importante. Si había sido violada...

Sintió un nudo en el estómago sólo de pensarlo. Pero si eso había ocurrido, tenía que saberlo para poder ayudarla. Y mataría a ese maldito bastardo de Rendlen con sus propias manos.

Pero eso no había ocurrido, se dijo el vizconde con seguridad. Caroline no había sido violada. Ella estaba bien, se dijo a sí mismo. Y, en efecto, al examinarla detenidamente se dio cuenta de que estaba pálida pero parecía tranquila.

—Pero usted quiere saberlo, ¿o no? —preguntó ella con voz suave, sumisa, fijando los ojos en él, atentos a una mentira.

El vizconde asintió con la cabeza.

—Tengo que saber qué pasó. Pero —añadió rápidamente— también creo que tú debes contármelo. ¿De qué otra forma podríamos hablar de ello? ¿Cómo podrías analizar el asunto con cierta perspectiva? ¿Asegurarte de que nunca vuelva a ocurrir?

Ella lo miró mientras evaluaba abiertamente sus palabras y medía su capacidad para aconsejarla. Y, como siempre le sucedía con aquella muchacha, Niklaus se encontró conteniendo el aliento hasta que ella llegaba a una conclusión. Cuando por fin ella asintió, el vizconde sintió como si le hubiesen concedido un gran premio. Y mientras disfrutaba de ese premio, ella colocó a un lado la bandeja, dobló las manos sobre el regazo y comenzó a hablar.

Niklaus esperaba que las palabras de Caroline fueran vacilantes, llenas de un sentimiento de dolor y humillación, porque eso era lo que más disfrutaba Rendlen. Sin embargo, habló con tranquilidad, de forma decidida, como si estuviese recitando la lección a su tutor.

Le contó todos los detalles, cada minuto de su paseo con aquel bastardo. Su voz estaba desprovista de toda emoción, y sólo tartamudeó una vez: cuando trató de explicar el lugar en el que Rendlen le había puesto la mano.

Al mencionar que le había levantado la falda, la muchacha señaló vagamente la parte inferior de su cuerpo.

Lord Mikaelson asintió con la cabeza. No era capaz de hablar debido a la furia que sentía en su interior, así que no pudo ayudarla a encontrar las palabras. En lugar de eso, se limitó a apretar los dientes y en silencio juró vengarse. Transcurridos algunos minutos más, Caroline terminó su relato, dejando al vizconde furioso y aliviado al mismo tiempo: lo suficientemente furioso como para querer matar al canalla que se había atrevido a ponerle una mano encima a Caroline, y lo suficientemente aliviado como para agradecerle a Dios que no hubiese sido peor.

—Lo mataré. —Niklaus no esperaba decir eso. De hecho, aquella confesión lo sorprendió, al igual que a Caroline.

—¡No puede hablar en serio! —exclamó. Luego se inclinó hacia delante y agarró las manos del vizconde, aunque él no se había atrevido a tocarla—. Piense en lo que pasaría. Tendría que huir del país. Yo nunca me casaría. Su tía se quedaría en la calle. ¡Klaus, por favor! ¡Dígame que no lo hará!

Ella tenía razón, por supuesto. Él no podía permitirse el lujo de matar a ese cerdo, ni tampoco arrojar por la borda la oportunidad de casar a la muchacha con un hombre rico. No podía abandonar a su tía, aunque fuera una bruja borracha, ni era capaz, realmente, de derramar una sola gota de sangre. Aunque fuera la sangre de Rendlen. A pesar de todo, el deseo de venganza siguió palpitando con fuerza en su interior.

—Por favor, no cometa una tontería —le rogó Caroline mientras lo miraba con ojos suplicantes—. No podría soportar la idea de ser la causante de semejante desastre.

Niklaus bajó la vista, avergonzado hasta la médula por su comportamiento.

—Soy yo el que debería estar suplicándote, Caroline. Rogando tu perdón. Yo sabía que era arriesgado dejarte salir con él. Lo sabía, sin embargo... —El vizconde dejó la frase sin terminar, y Caroline era demasiado inteligente para no obligarlo a seguir.

—Pero ¿qué? ¿Por qué me envió a pasear con él?

Mikaelson suspiró.

—Porque él atrae a otros hombres. Si él te da su aprobación... —El vizconde vaciló un poco y luego continuó—: Si él te desea, entonces muchos otros hombres también te desearán. —Desvió la mirada, pues sabía que tenía que confesarlo todo—. Eso sube tu precio, Caroline. Por eso lo permití. —Volvió a mirarla mientras se preguntaba si podría perdonarlo. Si él podría perdonarse a sí mismo.

La muchacha asintió y él pudo notar, por el gesto de sus hombros, que lo comprendía. Era cierto, Caroline realmente entendía lo que él había hecho. Probablemente, más que el resto de sus pupilas.

Caroline se inclinó hacia delante y habló con tono apremiante.

—Pero ya está hecho, ¿verdad? Ya me han visto con él. Y a él lo han visto... contemplándome. —Caroline respiró hondo mientras lo miraba directamente a los ojos—. ¿No tengo que volver a verlo?

Niklaus asintió, aunque tuvo que contradecir a Caroline.

—Es probable que lo veas. Ahora frecuentamos los mismos círculos. —De inmediato, antes de que el temor volviera a encenderse en los ojos de Caroline, agregó—: Pero no tienes que volver a hablarle ni permitir que te toque. Si así lo deseas, estás libre de él.

—No quiero volver a verle nunca más —dijo con vehemencia.

Luego echó los hombros hacia atrás y miró a Niklaus a los ojos—. No quiero verle, pero si tengo que hacerlo, será desde el otro extremo de la habitación. Jamás volveré a dirigirle la palabra.

Niklaus sonrió, complacido con la determinación de su protegida. Luego se movió con incomodidad, consciente de que lo más difícil aún estaba por llegar. Tenía que explicarle lo que había ocurrido, tenía que decirle que no era malo. Que era posible disfrutar no de esa violencia pero sí de la intimidad.

—Caroline... —comenzó a decir, aunque se detuvo, sin saber cómo proseguir.

Pero, como era de esperar, ella lo miró con seriedad.

—Ya sé que me va a decir que debo esperar ese tipo de ataques. Que mi... posición en la sociedad me hace vulnerable a esa clase de libertades.

Niklaus vaciló. Aquello no era exactamente lo que quería explicarle, pero Caroline había llegado a una conclusión lógica, y no podía negar que estaba en lo cierto.

—Todas las mujeres son vulnerables —dijo finalmente el vizconde—. Y hay hombres que se aprovechan de eso porque pueden hacerlo.

—Y yo ya no soy cualquier mujer. Soy una novia Mikaelson.

Niklaus asintió, sin poder evitar un cierto rechazo al oír su propio nombre y todo lo que representaba, pero sintiéndose, al mismo tiempo, feliz con la idea de que ella estuviera inevitablemente unida a él. Durante el resto de su vida, sería conocida como una novia Mikaelson.

—Así que los hombres conocen todo lo relativo a... —Caroline tragó saliva—. A mi instrucción. Lo saben y por eso se tomarán ciertas libertades. Aunque esas libertades sean... — se quedó callada y Niklaus vio cómo hacía un gesto de desagrado.

El vizconde se inclinó hacia delante y rápidamente agarró las manos de Caroline, apretándolas entre las suyas.

—Caroline, escúchame. Mírame. —Esperó un momento hasta que ella obedeció. Vio cómo los ojos de la muchacha pasaban de observar sus manos enlazadas a mirarlo con franqueza, con un gesto de confianza—. ¿Crees que puedes considerar tu experiencia con Rendlen de manera desapasionada? ¿Lógica? Sé que es un suceso muy reciente, pero ¿podrías intentarlo?

Caroline asintió con la cabeza. No fue un movimiento lento ni asustado, sino de gran determinación. Trataría de ver con claridad lo que había pasado, sin teñirlo de pasión o temor.

—¿Recuerdas por qué ha resultado ser tan terrible para ti? ¿Qué fue lo que te asustó?

Caroline movió la cabeza en señal de negación.

—Fue horrible —murmuró.

Era demasiado pronto, pensó Niklaus; la experiencia era demasiado reciente para que pudiera analizarla, así que decidió esperar. Ya volverían sobre ello más tarde. Pero Caroline sacudió la cabeza y siguió hablando antes de que él pudiese detenerla.

—Se portó de manera fría. Brusca.

—¿Te hizo daño?

Caroline levantó la vista. Sus ojos brillaban con espanto y dolor.

—Ya sé que el recuerdo es doloroso. Pero ¿Rendlen te hizo algún daño físico, Caroline? ¿Sentiste mucho dolor?

La muchacha habló lentamente esta vez, como si estuviera repasando lo que había ocurrido.

—No mucho. Un poco. Sobre todo... —Dejó la frase sin terminar hasta que pareció darse cuenta de algo que la asombró—. Sobre todo me sentí sorprendida. Había sido tan... —Volvió a dejar la frase en suspenso.

—¿Tan qué? ¿Amable?

Ella negó con la cabeza.

—No. Amable no.

—¿Tal vez intrigante? ¿Incitante? Te mostró algo nuevo, ¿no es así? Te tocó la mano de una manera que te excitó. Y tus pechos...

La muchacha bajó la mirada y comenzó a mover las manos mientras trataba de explicarse.

—Fue parecido a la forma en que usted me toca. Sólo que... diferente.

Niklaus sabía perfectamente que Caroline no se lo podía explicar, no lo entendía. Así que trató de ayudarla a clasificar la experiencia.

—Sucedió más rápido de lo que esperabas. Fue más intenso.

—¡Sí!

—Y también hubo una dosis de dolor. Pero sólo un poco, una cantidad asumible. Y eso te resultó excitante.

Caroline abrió los ojos y susurró:

—Sí. Fue exactamente así.

—Para algunas personas, Caroline, el placer y el dolor están íntimamente relacionados. No pueden existir el uno sin el otro.

Ella cambió de posición, y Niklaus se preguntó si estaría siendo demasiado explícito, tal vez era muy pronto para contarle ciertas cosas.

—¿Y así es lord Rendlen? ¿Le agrada el dolor?

El vizconde sacudió la cabeza.

—No. Yo creo que él es la otra cara de la moneda. No puede sentir placer a menos de que le cause dolor a alguien.

—Usted se refiere a mí.

Niklaus se encogió de hombros.

—O a cualquier otra víctima. Pero él cometió el error de ir contigo demasiado rápido. Muchas mujeres, en especial cuando reciben la instrucción adecuada, se excitan muchísimo con lo que tú experimentaste hoy. Se unen a hombres como Rendlen en un juego extraño. Pero cada experiencia, cada nueva búsqueda de un mejor momento sexual está unida a más dolor.

Caroline abrió los ojos con horror, pero seguía atenta a las palabras del vizconde. Ella entendía con claridad lo que él estaba sugiriendo, aunque fuera horrible.

—¿Cuánto dolor? —susurró.

—A veces el suficiente para causar la muerte. —El vizconde hizo una pausa y luego prosiguió. Ella tenía derecho a saberlo todo—. Si te hubieses ido con Rendlen, te habría matado. Tal vez no hoy. Tenía razón cuando te prometió que te educaría bien, pero en los caminos del dolor. Es probable que hubieran pasado meses. Incluso años. Pero al final sólo podría haber sucedido una cosa.

—Me habría matado.

Niklaus asintió; luego tomó las manos de Caroline y las apretó, tratando de convencerla de que estaba diciendo la verdad.

—Hay muchos hombres así, Caroline. Y también con muchas otras perversiones. —Niklaus oyó cómo la muchacha contenía la respiración a causa del pánico, pero tenía que continuar—: Ya estás encaminada, querida. Si todo sale bien, tendrás muchas opciones para elegir marido.

—Y mi única tarea como esposa será mantener contento a mi marido. —A pesar de su aparente valentía, el vizconde percibió el terror en su voz.

—Sí.

—Sin importar lo que él desee.

Niklaus se movió con incomodidad.

—Una vez que te cases, siempre podrás negarte.

—Pero yo seré la segunda esposa. Estos hombres mayores siempre son viudos, ¿no es así? Así que, probablemente, me convertiré en su segunda esposa y podrá excluirme del testamento frustrando todo el plan.

Una vez más, Caroline había sido suficientemente inteligente para percibir una de las cuestiones más importantes de aquel asunto.

—Sí.

—Así que debo complacerlo, incluso después de que nos casemos. Hasta que se muera no estaré segura.

El vizconde le oprimió ligeramente la mano tratando de transmitirle confianza.

—Tu contrato de matrimonio especificará una suma mínima que deberá aparecer en el testamento. Cuando tu esposo muera, tu futuro estará adecuadamente asegurado. —Niklaus respiró profundamente—. Sin embargo, esa cantidad es, con frecuencia, mínima. Y cuando tu marido fallezca, ya estarás acostumbrada a tener mucho más.

—Así que es conveniente que mantenga contento a mi esposo. Sean cuales sean sus gustos.

El vizconde pudo apreciar que la idea la asustaba. De hecho, también él se habría sentido asustado, pero había tenido la suerte de nacer hombre. No se enfrentaba a las mismas opciones. O mejor, a la misma falta de opciones.

Alzó con gentileza las manos heladas de Caroline y posó suavemente sus labios sobre los dedos de la muchacha.

—Así que es necesario que elijas bien. Debes asegurarte de que los gustos de tu marido no sean peligrosos.

Caroline sacudió la cabeza. No resultaba tan fácil tranquilizarla.

—Pero yo nunca podré saberlo, ¿verdad? Al menos, hasta que me case. Muchas mujeres de la parroquia de mi padre pensaron que conocían al hombre con el que contraían matrimonio, pero únicamente después de hacer sus votos, después de estar unidas a ellos por las leyes de Dios y de los hombres, descubrieron la verdad. Porque fue entonces cuando las insultaron, golpearon o las encerraron en sus casas.

Caroline tenía razón y los dos lo sabían. Sin embargo, él se encargaría de disminuir el nesgo.

—Yo investigo a todos los pretendientes con mucho cuidado. Lo sabré.—Niklaus hizo una pausa—. Y muchos me cuentan sus... requerimientos de antemano. Para asegurarse de que estés preparada.

Caroline lo miró. Quería confiar en él, deseaba creerle. Pero su razón no se lo permitía.

—¿Alguna vez se ha equivocado? ¿Lo han engañado?

El vizconde sintió que se ponía rígido. No quería admitir la verdad, al menos, en ese momento.

A pesar de todo, ella lo notó e insistió en aquel asunto.

—¿Quién?—preguntó.

—Cami —admitió el vizconde con voz ronca. Pero luego se tragó el dolor y desvió la vista hacia los pies de la cama, incapaz de mirarla a los ojos mientras hacía su confesión—. Yo no lo sabía. ¡Te lo juro! No lo supe hasta pasado algún tiempo. Una vez la vi con un cardenal en el cuello. E iba cojeando. —Oyó que Caroline dejaba de respirar, pero se obligó a continuar.

—Al principio no quería hablar conmigo, pero yo la conocía. Sabía cómo preguntar y al final me lo contó todo.

Niklaus levantó la vista, pero sin mirar a Caroline. Clavó los ojos en la puerta que comunicaba las dos habitaciones, y que unía las experiencias de sus pupilas a las suyas propias. ¿Cómo sería eso?, se preguntó por enésima vez: ver esa puerta y saber que en cualquier momento tu esposo podría entrar. Podría golpearte o tratar de quitarte la vida mientras te penetraba por detrás. ¿Cómo sería tener que enfrentarse a ese horror noche tras noche?

Niklaus no se lo podía imaginar. Y, sin embargo, su dulce y gentil Camille lo había soportado, había vivido con él y al final se lo había contado.

—¿Qué sucedió? —susurró Caroline—. ¿Todavía está casada con él?

Mikaelson asintió con un movimiento brusco.

—Pero ya no le hace daño. Él... —dijo el vizconde, tomando aire— tuvo una pelea con unos salteadores de caminos que lo golpearon casi hasta matarlo y luego lo abandonaron a su suerte.

Niklaus oyó que Caroline suspiraba.

—¿Pero no murió?—preguntó.

Él movió la cabeza en señal de negación.

—No. Pero es un hombre anciano. El aire de la noche, las heridas... Está gravemente enfermo. Sufrió una inflamación de los pulmones. —El vizconde se encogió de hombros—. Cami dice que apenas puede levantar las manos. Ella tiene que alimentarlo con caldo noche y día. Respira con dificultad cuando habla.

El vizconde sintió que la muchacha se movía detrás de él.

—Pero ya no le hace daño.

Niklaus cerró los ojos.

—No. No le hace daño.

Los dos se quedaron un rato en silencio. El vizconde agradeció la comprensión de Caroline. Aunque había sido la madre de Camille la que la había traído allí, ella misma había tomado la decisión de casarse con la ayuda del vizconde en lugar de confiar en los muchachos de su propio y miserable círculo social. Había sido una chica fácil de vestir y de educar, su pupila más hermosa en términos técnicos. Tenía el cabello rubio y rizado y unos ojos que recordaban el cielo. Era delicada. Frágil.

Pero ahora, cuando Niklaus la miraba, veía la fuerza que tenía dentro, la reserva que le había permitido soportarlo todo —su educación, su brutal matrimonio y ahora la enfermedad de su marido— siempre con elegancia y compostura. Ella le parecía asombrosa, y él siempre se había preguntado sinceramente si habría sido capaz de hacer lo mismo.

—Fue un hecho afortunado, entonces —dijo Caroline—. Me refiero a lo de los salteadores.

Niklaus se giró a mirarla. No supo explicar por qué, pero un cierto matiz en su voz le hizo dar la vuelta a la cabeza y observarla. Y entonces se percató de ello: era comprensión. Caroline fue capaz de intuir lo que él jamás le había confesado a nadie, ni siquiera a Dunwort.

Él había contratado a los ladrones. De hecho, Niklaus se quedó oculto entre las sombras, observando cómo aquellos hombres pagados por él le daban una paliza tremenda al marido de Camille, de la misma forma en que aquel bruto había golpeado a su esposa. Luego llamó a los hombres y se marchó, dejando que el gran lord Brancock se muriera en la calle.

—No podía permitir que ella sufriera de esa manera —murmuró el vizconde—. Cami no. Así no.

Luego sucedió algo extraño. Al principio era él quien se preocupaba por Caroline, preguntándose si se atrevería a tocarla, a abrazarla para ofrecerle consuelo entre sus brazos. Pero ahora habían intercambiado los papeles. Era ella quien le estaba brindando alivio. La muchacha pasó sus brazos alrededor del cuerpo de Niklaus y apoyó la cabeza contra él. Con el cabello de ella cosquilleando en su rostro, el vizconde quedó envuelto en su perfume de madreselva y su abrazo tranquilizador.

Caroline lo atrajo más hacia ella, abrazándolo con más fuerza. Y él no se opuso. Apoyó la cara contra su pecho como un chiquillo y se quedó allí, llorando como no lo había hecho en años. No se había sentido tan afectado ni siquiera cuando sus padres habían muerto. Ni cuando Tatia lo abandonó para marcharse con un hombre rico. Ni tampoco cuando todas sus pupilas llegaron hasta el altar para iniciar un humillante matrimonio con un anciano.

Las lágrimas del vizconde no tenían una causa concreta, simplemente sufría.

No podía decir que llorase por sus padres muertos, su amante perdida, o sus protegidas ya casadas. Lloraba sin comprender por qué.

Tal vez lo hacía porque no había sido capaz de cumplir la promesa que le había hecho a Camille. A pesar de todos sus esfuerzos, no pudo mantenerla a salvo. O quizás porque sabía que la brutalidad estaba oculta en la naturaleza de todos aquellos hombres que se casaban con estas muchachas. El que compraba a una mujer como la que él podía ofrecer no era una persona normal. No tenía unos gustos corrientes. Por eso buscaba a Niklaus y a sus protegidas, por necesidad. Lo que significaba que todos esos maridos, incluyendo el de Caroline, serían crueles, violentos, perversos o, en el mejor de los casos, simplemente insaciables. Ésos eran los hombres interesados en las protegidas de Niklaus, y que se unían a ellas a través de un matrimonio maldito.

Por eso lloraba lord Mikaelson. En realidad, él no estaba ayudando a sus pupilas. Las vendía de la manera más primitiva, más cruel, más horrible.

La mayor parte del tiempo, lograba convencerse de que les estaba haciendo un favor, y tras una década serían libres, unas viudas ricas que podrían hacer su propia vida.

Pero ¿acaso valía la pena? ¿Qué sabía él si diez años de perversidad eran preferibles a la vida que habrían podido elegir si no se hubiesen cruzado en su camino? Tal vez Camille habría podido convertirse en actriz. Y Genevieve se habría contentado con menos, siempre y cuando no fuera la pobreza absoluta.

Niklaus no lo sabía con seguridad. Por eso lloraba. Porque ahora lo consolaba, lo abrazaba y le decía palabras de alivio precisamente la mujer a quien más quería proteger, su querida Caroline. Y, sin embargo, estaba convencido de que ella pronto lo odiaría.

Porque él la entregaría a uno de esos hombres.