Autora: ¡Feliz cumpleaños a mí, feliz cumpleaños a mí…! ¡Este capítulo me lo auto-dedico por ser mi cumpleaños! :') No, no me crean *Se ríe*. Mi cumpleaños es en octubre. ¡Así que váyanme preparando algo! No mentira, que sin vergüenza de mi parte. ¡Los quiero!

Hoy saldrán muchos personajes (*cuenta con los dedos* ¡13! ¡Son trece!) Así que tal vez sea algo, bastante largo. Mi razón es simple: El próximo será como al estilo del capítulo "Una cita de amigos" Es decir, demasiado de una sola pareja ¡Mi lindo USAxUK! Y como tampoco quería dejar a los demás a un lado pues… los agrego aquí :D ¿A que soy una genio? ¡Y aparecerán los Nordics 5! ¡Amo a esos tipos, en serio!

¡Me encanta Eminem! Todo lo que deba tener que ver con las pandillas las fusiono con las notas de este tipo. Además es lindo (L) Aunque si lo pienso, este capítulo lo hice escuchando más que nada a Avicii, a Nervo y a Tiësto. En fin…

Postdata: Haz es de verbo hacer y has es de verbo haber. Soy una ignorante del diablo, recién me enteré hace unas pocas semanas. Demonios.

Disclaimers: H¡Maruuyaxh del Boomhx Beem bellaquéao pára lhas Leidhis… (Quien es chilena podría entender y sino… Pues H. Himaruya del diablo que no hace a los de Latin Hetalia)

Advertencia: Violencia. Malas palabras.

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Desde la ventana que daba a su gigantesca y lujosa oficina podía observar como a su alrededor caía la noche y las luces de los edificios brillaban por estrellas artificiales. Sucios y patéticos sucedáneos del cielo que ahora permanecía a medias cubiertos por unas largas nubes nocturnamente pintadas de púrpura. Se había aburrido de revisar y firmar papeles estúpidos. Lo único que quería era simplemente volver a casa tras un largo día y no mover más su mano sino que para comer la cena que seguramente sería el almuerzo recalentado o un emparedado de atún.

Pero estaban en época de pago y como un soberano idiota debía permanecer firmando otra montonera más de cheques para los imbéciles de sus empleados. A veces daban ganas de despedir a todos esos idiotas con tal de no firmar los quinientos ochenta y siete cheques. Quinientos ochenta y siete veces en la que maldecía no poder crear una especie de timbre con su afilada y curva firma.

El silencio apenas y era roto por el ruido de las bocinas a diecinueve pisos más abajo. Apenas audible a su distancia. De todos modos prefería escuchar cualquier sonido con tal de pensar que no estaba encerrado en una burbuja solitaria.

Se acercó hasta el balcón y tomó la cajetilla de cigarrillos. Will no estaba como para prohibírselo. No podía venir con su apestosa cara larga idéntica a la de mamá para decirle que el último examen a sus pulmones había sido horroroso.

Y una mierda. A él nadie le prohibiría nada. Nunca.

Se preguntó mientras encendía el cigarrillo si acaso Arthur podría acordarse alguna vez que tenía familia. Sus afilados ojos de veinte y cinco años se oscurecieron, el verdoso demoníaco que parecía ácido radioactivo cuando el sol le daba de lleno.

Oscuros pensamientos hilaba y se anudaban como líneas de tinta negra formado caos y suposiciones.

De cualquier forma, no importaba. Tendría que seguir aquí, firmando cheques hasta la medianoche encerrado en su oscura burbuja apenas rota por unos cuantos bocinazos de unos pobres diablos metidos en el taco de la hora pico.

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Antonio y Gilbert sostenían de los brazos al toro que era Alfred quien trataba abalanzarse a detener la peligrosa pelea. Antonio sudaba duro, Alfred era un monstruo. Apenas y podía alejarlo y tenerlo quieto. Pero no podía soltarlo por muy agotados sintiera sus brazos. Francis les había ordenando tajantemente que lo alejaran de aquella pelea.

— ¡Que me suelten y un demonio! — Gritó exasperado. Arthur peleaba unos pocos metros más adelante. No importa que Gilbert le dijera que Arthur sabía de esta mierda. No le importaba incluso si estuviera peleando contra una niñita de cuatro años.

No soportaba la idea de Arthur con una herida. Menos por su culpa.

— ¡Qué… te cal…mes! — Le gritó Antonio siendo quemado por el odio azulado.

Todavía Antonio seguía sorprendido de haberlo encontrado en su misma pandilla. Y más aún su comportamiento. Y su fuerza.

— ¡Calma tu trasero hijo de puta, suéltame ahora! — Le gritó furioso tratando de zafarse.

— ¡Deja de quejarte… y mira… la pelea para que veas… a quien están moliendo! — Gritó Gilbert con voz ahogada. Hubiera deseado tener una cuerda para amarrar al Hulk, apodo made in Gilbert, contra un árbol. Aunque seguramente, comprobando nuevamente la fuerza de ese tipo, sacaría el árbol con tal de liberarse.

Podía entender la razón por la que Francis estaba tan desesperado por tenerlo en la pandilla.

Paulo recibió antes de siquiera intentar bloquear, un siguiente puñetazo ahora directo a la nariz. Sintió como la humedad le corría por el rostro cayendo en sus labios. Su sangre. Se aprontó a darle un golpe al estómago al rubio que había dejado la guardia baja para asestarle el puño en su cara, pero en cambio recibió otro golpe de respuesta. Era como si el puño le dijera "Ni lo creas, amigo. No me tocarás"

Sus ojos verde botella chocaron contra el verde esmeralda.

Dos, tres, más. Una patada en la espalda que apenas y logró bloquear y por fin aunque a duras penas, tiró a Arthur al piso. Escuchó la queja del nuevo quien era detenido por Gilbert y Antonio que apenas… No pudo pensar más cuando tuvo que sujetarse cuando su oponente le tiraba al suelo con su pierna libre haciéndolo caer al duro suelo.

Francis miraba todo fríamente. Cerró los ojos y su mandíbula era apretada con tal fiereza que sentía que en cualquier momento, se sacaba un diente si movía la boca.

El desconocido se levantó con rapidez y Paulo le copió, pero fue botado por una patada en la nuca antes de siquiera poder ponerse en guardia. Sus brazos fueron tirados atrás en una llave y tuvo que morderse la lengua evitar gemir del dolor.

— ¿Te rindes? — Le preguntó una voz a un lado de su oído. Sintió el aire susurrando en su oreja, produciéndole un escalofrío.

— No— Dio un codazo y se soltó. Apenas y pudo levantarse cuando de nuevo fue tirado de una patada.

— Yo te aconsejaría que sí. No quiero romperte un hueso para hacer que no te pares— Dijo con voz grave. Está cansado pero lo que dice es verdad. Es capaz. Todos los presentes quienes lo conocen de más años saben que esa advertencia es real — Llevo más años que tú en esta mierda, no vas a poder contra mí.

Alfred los observaba impotente de poder ayudar a Arthur, le daba lo mismo si decían que no necesitaría ayuda.

Francis seguía delante de ellos. Miró unos segundos a sus dos amigos que sostenía al norteamericano. Pensó unos momentos en pedirle a Gilbert que se tirara contra la espalda de Arthur pero sospechaba que si ordenaba eso, Alfred, se les vendría encima y sucedería una carnicería de la cual, calculaba siendo realista, no le convenía ni tampoco podría obtener la victoria. Desistió sabiendo que ya había perdido.

Sólo le quedaba estirar el momento y seguir atesorando los últimos segundos como rey antes de ser decapitado y la corona de soberano cayera al suelo.

Antes de que Paulo pudiera debatirle, Arthur estiró los brazos hasta hacerlo gemir.

— ¡Paulo! — Gritó Antonio preocupado. Arthur se estaba pasando. El inglés lo miró unos segundos.

— Dile que se rinda.

Paulo sintió como los músculos se estiraban dolorosamente. Miró a Francis un momento. No podía. No podía más. No recibió respuesta.

— ¡Me rindo! — Fue un aullido de agonía antes de ser sus brazos liberados. Cayó al piso manchando su rostro de sangre y tierra. Respiró aceleradamente.

Al decir aquellas palabras, fue como si un encanto se rompiera y Alfred fue soltado.

Arthur había ganado.

Era líder de nuevo.

Otra vez como rey del lugar y nadie sería capaz de rebatirle.

Arthur lo miraba desde arriba. Serio y sin rastro alguno del odio. Sólo cansancio. Ninguna felicidad en su cara. Pero sí miedo. Miedo por volver a algo que tanto luchó. Impotencia. Ganas de darse media vuelta y correr a los brazos de alguien y que le dijeran que esto era una patética broma.

Una persona acortó la distancia corriendo directo a él.

Arthur se sorprendió cuando toman su rostro dos sudorosas manos y obligan a mirar a ese alguien que parecía un demonio enfurecido.

— ¿Estás bien?

— Sí— Antonio y Gilbert observaban curiosos mientras ayudaban a levantar a su compañero vencido. Arthur se veía agotado y avergonzado, parecía un tímido niño en nada comparado al monstruo sin corazón que habían conocido.

Francis abrió los ojos tanto como pudo. ¿Cómo no se dio cuenta antes de eso tan obvio?

Fue un idiota, incluso sospechando no supo aprovecharlo. Quizá, se maldice enfurecido, las cosas hubieran sido distintas.

Alfred en cambio seguía escrutando su rostro encontrando dos moretones y un rastro pequeño de sangre en su labio. Frunció el ceño y se separó para encarar a Paulo, hecho una fiera. Arthur sentía en una mescolanza de emociones que destrozaban su pulso, el rastro de las manos todavía ardía en su rostro como también el azul pegado a sus heridas, otra cosa en cambio, desagradable ahora, era saber que lo que momentos atrás sucedió era una encrucijada viendo donde estaban como también y lo más importante… él lo estaba malinterpretando.

Alfred sólo lo quería como su amigo.

— ¡Hey, levántate sólo! — Gritó ya decidido a irse a los puños con el tipo que no le cayó bien en los apenas y pocos momentos que lo había visto. Paulo volteó a verlo con desafío. Francis lo detuvo con una mano. Que no hiciera algo que se fuera a arrepentir, menos en la situación que estaban ahora.

Arthur miró a Francis. Serio, ya todo estaba decidido. No había vuelta atrás.

¿Te arrepientes Francis?

El de melena sabía que esa oración decían los ojos de Arthur, tantos años conociéndole no le fallaban.

Sí. Como tú.

Arthur afila sus ojos sabiendo la respuesta del otro.

— ¿Te golpeé muy duro? — Pregunta al moreno. El tipo voltea a verlo con cierta desconfianza, se aprieta la nariz tratando de parar la hemorragia.

— No— Aunque no sonaba muy creíble viendo como la sangre seguía sin detenerse. Arthur se dirigió a Gilbert con voz cansina.

— ¿Tus padres siguen teniendo el bar, no?

— ¡Obviamente! ¿Quién crees que emborracha a todos los de la pandilla? ¡El grandioso yo! — Se alza de pecho como un gallo. Arthur rueda los ojos.

— Llévalo al bar y que alguien le pase unas compresas o algo. Tu hermano te curaba ¿No? A ver si puede ayudarle con la herida— Alfred a su lado lo observa descolocado. ¡Pelearon hace menos de cinco minutos! ¿Por qué parecía preocupado por ese idiota? no sabía la razón, pero realmente odiaba la idea de Arthur preocupándose por otra persona que no fuera él. Peor aún, cuando ese imbécil hubiera buscado noquearle o dejarlo tirado al piso. ¡Le había hecho daño! Nunca se paró a pensar que él había hecho lo mismo al conocerle o que en cambio Paulo había recibido una orden de Francis.

Arthur observó como Alfred parecía estar furioso mirando al piso.

— Como sea. Paulo ven, te invito una asombrosa cerveza alemana como premio de consuelo ¡Me dan risa ustedes que no podrán disfrutar de la mejor cerveza!— Se ríe el albino mientras abraza por los hombros al portugués.

— Mi incluyo, necesito tomarme algo— Añadió Francis para sorpresa del por segunda vez, líder. Se da media vuelta y sigue con los chicos que emprenden retirada.

— No, necesito que me digas lo que está pasando sobre Iván— Francis volteó a verlo levemente, su flequillo le tapaba el rostro. Solo una esquina de la ácida sonrisa era visible desde esa perspectiva.

— Pídeselo a Antonio, Además ¿No que nunca más podrías confiar en mis palabras tras esa vez? — Escupió amargadamente y esta vez se fue sin detenerse de nuevo.

Antonio en un momento iba a ir con ellos pero Arthur le detuvo con una seña.

— Debo hablar contigo.

— ¿Qué? — Preguntó. Alfred miraba unos segundos con odio la espalda de los que se iba para luego posar sus ojos de nuevo en Arthur.

— Me acompañarás al Sur mientras me dices todo lo que sabes— Sentenció apagado. Antonio alzó las cejas.

— ¿Al Sur? ¡Pero por qué a ese lugar! ¡Alexander nos mata si sabe que estamos en su sitio, nos odia!

— Arthur no bromees, no te metas en esta mierda— Gruñó el americano. El inglés lo fulminó con sus ojos verdes incandescentes.

— ¿No te dije algo parecido? Pues tampoco tienes derecho a decirme algo.

— ¡Pero que no lo entiendes! — Alfred se estaba desesperando. No podía permitir que por su culpa sucediera algo peor— ¡No es lo mismo!

— ¡Es lo mismo, idiota!

— ¡Qué no!

— ¡Te digo que sí! — Antonio observaba la discusión preguntándose que tipo de relación podría haber entre ellos. Finalmente su ingenua cabeza sopesó la idea de que eran muy buenos amigos o algo así. Luego le preguntaría a Alfred.

— Arthur por la mierda…

— Antonio, nos vamos. Yo sé porque te digo que Alexander no nos hará nada— Le llamó poniéndose a caminar hacia los suburbios donde el frío noruego era dueño y señor, el español lo sigue murmurando entre dientes.

— Ya veremos, si no es así dejo que te mate el gigante de Soren…— Alfred sin invitación alguna se puso al otro lado de Arthur quien lo miró unos segundos queriéndolo echar.

— Ni se te ocurra pronunciarlo. Te acompañaré quieras o no— Dijo de malos modos. El inglés suspiró, ya qué. En estos momentos lo menos que quería era discutir.

Alfred siguió a un lado de Arthur. Arthur. Arthur que estaba cometiendo una locura por su culpa.

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— Iván ha intentado tomar parte nuestra. También en el Sur y en el Oeste aunque de ahí no sé como se lo tomó Yao, tú sabes que es tan raro…— Caminaban por las oscuras calles apenas iluminadas por faroles que titilaban. Alfred escuchaba atentamente a Antonio quien parloteaba sin que nadie lo callase. — Bueno, obviamente lo tomamos a mal y Francis le amenazó para que no intentara otra cosa pero el ruso enfermo no nos escuchó e incluso…

— ¿Incluso qué? — Dijeron al mismo tiempo los angloparlantes. Se miraron sobresaltados al percatarse de la graciosa situación. Antonio se detuvo y bajó la mirada.

— ¿Supiste lo de la heladería no?

— Yo sí— Suspiró Arthur.

— ¿Eh?

— El gorila de Vincent le quemó la heladería tras habernos machucado a golpes— Dijo molesto el ibérico. Alfred abrió los ojos y la boca en total estupefacción.

No… esperen…

— ¿Vincent? ¿Estás seguro de que se llamaba Vincent? — Antonio se rascó la cabeza sin agrado.

— Sí. Obvio que no voy a dudarlo, ese estúpido holandés bueno para drogarse tiene unos puños imposibles de confundir.

Mierda.

— ¿Por qué preguntas Alfred? — Arthur comenzó a preocuparse al ver de respuesta el mutismo del chico — ¿Alfred? ¡Alfred responde!

— Vincent tiene un gimnasio… ¿No? — Se aventuró a preguntar esperando equivocarse y que no fuera del que tenía en mente.

— Si, uno de boxeo ¿Cómo sabías? — Preguntó Antonio sorprendido. Arthur comenzó a ensamblar piezas rápidamente. Abrió sus ojos asustado al comprender la estupefacción del contrario.

— Porque yo voy a ese gimnasio— Finalizó sin apenas salir de su sorpresa.

— ¡Y cómo no te ha hecho nada! — Antonio tenía un rostro que era un poema. Alfred se alzó de hombros y siguió el camino por la sucia avenida británica.

Arthur sintió como un sentimiento de pánico se alargaba por todo su cuerpo. Alfred había estado corriendo peligro todo este tiempo sin darse cuenta. Si no hubiera sabido de esto ahora… quizá…

Rayos.

— ¿Supiste si Iván ha reclutado a otros? — Arthur esperaba que así no fuera pero la cara de Antonio le decía que era afirmativo.

— A un tipo que traicionó al Sur aunque creo, no era de la pandilla sino una de las ratas…— Apodo dado a los que vendían información o le pagaban por pequeñas misiones— Y parece que a un tipo alto que anda siempre con lentes de sol, es bastante raro eso sí.

Mierda. Ese tipo le sonaba a Sadik.

— Hablando de nuevos… ¿Quién es el nuevo? — Preguntó recordando por primera vez al chico con el cual se tuvo que ir a los puños. Antonio sonrió tontamente.

— Ah… él es Paulo. Es hijo de unos inmigrantes ilegales de… Momento. No es Brasil. ¿Cómo se llama? — Trató de hacer memoria, Paulo se lo había repetido varias veces. Muchísimas en la que le recordó con infinita paciencia su país… algo de un puerto…— Puerto… Portal…

— ¿Portugal? — Se aventuró Arthur. Antonio asintió.

— ¡Eso! — Lo señaló y luego siguió hablando como un muñeco con toda la cuerda, al fin y al cabo no había para que medirse con el idiota de Arthur o con Alfred— La cosa es que vive en un barrio cerca de la bodega, Francis lo conoció hace unos meses e hizo buenas migas con él, es un tío fenomenal cuando lo conoces además de que es súper fuerte, incluso ayudó a Gilbo con un tío antipático que se le venía con una cuchilla. No le gana a Gilbert ni a ti Alfred, coño, que eres una bestia, pero tampoco es una nena.

Alfred se rió al cumplido.

Arthur se rascó el cuello, pensativo.

— Sí. Es bastante ágil para ser nuevo— Comentó como simple observación— Además se nota que tiene cerebro y agallas…

Vamos. Es que hay que tener agallas para meterse con él.

Aunque se viera como un simple e inocente cumplido, Alfred, se erizó cual gato al escuchar eso. ¿Y por qué a él no le decía nada de eso?

Cruzaron la avenida frontera.

Seguro que en una pelea, lo noquea en menos de un minuto. Que va, incluso menos; se decía Alfred entre oscuros pensamientos sin importarle donde caminaba. Antonio miraba a todos lados, nervioso, Arthur seguía con su mirada baja tratando de hacerse tragar todo lo sucedido a aceptar que no era una pesadilla.

Siguieron caminando hasta detenerse de seco frente a una plaza descuidada y donde por un lado había materiales para la construcción de un edificio que finalmente dejó su creación congelada para eso de la crisis del 2008. Antonio se puso recto en acto reflejo.

Soren, metros más adelante, hizo crujir sus nudillos.

Habían encontrado al grupo del Sur.

Alexander que estaba con un computador portátil en mano alzó su andrógeno rostro para observar a sus visitantes. Se sorprendió internamente al ver al inglés junto con los idiotas de Francis.

— Alexander— Comenzó Arthur desde su sitio. Soren ya venía a acercarse tal como los rottweiler que se abalanza al cartero sin amenaza previa. Alfred había dado un paso para proteger a Arthur. Con un seco manotazo, Berwald lo tomó del cuello y le susurró algo inentendible a la distancia. El danés se veía furioso pero no evitó fulminar con su sangrienta y apasionada mirada a los tres recién llegados.

— Arthur— El escandinavo se levantó de la pila de tubos de concreto tras dejar la portátil a un albino que estaba a su lado. Comenzó a acercarse mirando con desconfianza a los dos del bando contrario— ¿A qué vienes con ellos?

El inglés se acercó al otro con una media sonrisa.

— Podrás reírte luego de Francis— El joven de ojos azules como las noches de verano frunció sus cejas en confusión. Arthur continuó tras la atenta mirada de Alfred que aguardaba a que cualquier momento Soren se abalanzara sobre Arthur, ya sabiendo por las tantas peleas que tuvo con él en momentos anteriores su estúpido comportamiento sin cerebro tan parecido al suyo— Ya no maneja el Este.

Respuesta simple y concisa. Pero que dejaba demasiado a la imaginación.

— ¿Murió? — Antonio hizo una mueca de fastidio, el muy imbécil del noruego parecía feliz al preguntarlo. Se mordió la lengua para no decir nada en esos momentos, no les convenía.

Arthur cerró los ojos unos segundos, como preparándose a sí mismo para saborear la agridulce y precoz noticia.

— Volví a mi puesto— Alfred hizo una mueca que mezclaba remordimiento y fastidio mientras tanto que Alexander alzaba las cejas logrando por primera vez en su rostro una emoción visible.

— ¿Volviste? ¿Cómo?

Señaló su rostro marcado.

— Así de simple.

— Entonces la respuesta a mi propuesta es no ¿Para qué viniste? — Alfred se preguntó qué propuesta, también se preguntó porqué se trataban con tal familiaridad. Que él recordara la única vez que ellos dos se vieron fue para cuando Arthur lo siguió hasta acá y se metió a pagarle la deuda que Soren había aumentando sin vergüenza alguna. Miró a Arthur exigiendo una explicación pero solo obtuvo una rápida mirada llena de frases inconclusas pero que dejaban en claro una: "Más tarde". Y a Alfred no se le iba a olvidar preguntar, se lo aseguraba por su mismísima motocicleta que permanecía escondida en el estacionamiento de un Servicentro.

— Mi respuesta a tu propuesta es algo mejor. Te propongo una alianza contra Iván.

Todos allí quedaron atónitos a tal brusca oferta.

Tino, que aguardaba junto a Emil, el hermano menor de Alexander, observaba toda la escena lejana con total confusión. Supuestamente iba a ser una noche cualquiera en las calles como tantas otras pero esto… Berwald lo observó unos segundos en silencio.

Soren en cambio estaba a punto de volverse verde de los celos, berreaba maldiciendo como Alex –su Noru- prestaba tanta importancia a ese imbécil. ¡A él lo ignoraba sin remordimiento pero llegaba ese estupidez inglés y le prestaba mayor atención de lo que a él en una semana!

¡Esto era injusto!

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Caminaban en la soledad de la noche. Ya se habían ido del Sur y se había ofrecido a llevarle en la moto hasta su casa. Arthur aceptó con cierta timidez, lo que Alfred supuso era remordimiento por esconderle tantas cosas. Y eso no hizo más que enfadarle más.

— Debemos hablar ¿No? — Dijo mientras se acercaba a la Shell® donde estaba escondida su Harley Davidson. Arthur lo miró unos momentos con un rostro raro.

— Otro día, hoy no me siento de los mejores ánimos— Y no es capaz de decir algo más cuando le toman la mano y lo empujan hacia un cuerpo más cálido en un torpe choque que no es ni abrazo ni empujón, no sabe como explicarlo.

— Lo siento— Murmura Alfred mirando al piso— Perdón, Arthur. Por favor no te metas en esta mierda por mi culpa. Por favor…

— Alexander me mataría si me echo atrás con el pacto.

La respuesta hizo que el rostro del norteamericano brillara en cólera.

— ¡Qué importa el imbécil de Alexander! —Gritó mientras le apretaba los brazos— ¡Qué importan todos! ¡Nadie me importa! ¡Nadie! ¡No hagas esto Arthur! ¡Odias esta mierda, date media vuelta y haz como que si nada pasó pero por favor no hagas esto!

El inglés lo miraba con la boca abierta. Su pulso se aceleró.

— Si… si nadie te importa… entonces… entonces ¿Por qué…?

— ¿No es obvio, idiota? ¡Tú eres el único que me importa! — Le señala enfurecido.

Ahora Arthur además no sabe como explicar la fuerza de sentimientos que le embarga. En un momento quiere abrazarlo y aferrarse para no soltarse más y poder por alguna malditamente vez en su vida, sentirse protegido. Sentir que alguien lo defiende. Alfred lo mira fijamente con su atractivo rostro bufando como un toro.

— Yo… Yo…— Calma Arthur, te quiere solo como un amigo. No lo malinterpretes, se dice con amargura. La noche cae en su pecho con una opresión mientras sigue mirando el rostro furioso de Alfred.

No sabe que otro pulso además del de él está acelerado a la cercanía.

— Por favor Arthur… no te metas a esta mierda, yo estaré bien— Y eso es como un balde de agua fría para el inglés que da dos pasos hacia atrás.

— No. Alfred prometí que te sacaría de esta mierda y la mejor manera es que yo me meta para ayudarte a salir de esta basura. No quiero discutir más de esto— Alfred se da media vuelta tratando de controlar su ira. Arthur es imposible de hacer entender, eso le enfurece. Le enfurece que no note que no lo quiere volver a ver herido. Dan lo mismo los demás, él no.

— Vámonos— Ladra tras un largo silencio. Arthur lo ve sin saber que decir. Finalmente lo sigue hasta la oscura motocicleta.

Amenaza con ponerse a llover nuevamente en la noche de Londres como si fuera una premonición, una peligrosa premonición.

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Alexander ve la hora en su celular; son las doce y media.

— Emil, es tarde— Dice tras levantarse. Su hermano alzó los ojos de la pantalla donde estaba hackeando unas cuentas del Oeste y le asintió. Tecleó unas cosas más y cerró la pantalla del netbook.

— Sí, hermano— Los demás se levantaron del cemento menos Soren que saltaba felizmente alrededor totalmente emocionado.

— ¡Vamos, vamos! — Sonreía desbordante de alegría, como su madre le prohibía el paso a la casa luego de medianoche tenía que irse a dormir a cualquier lado y como si no… Alexander fue su blanco de SOS. El noruego lo miró unos momentos.

— Sigues así de molesto y dormirás en el patio— Como por obra de magia el danés se detuvo pero seguía con su sonrisa brillante. Tino se rió, Soren era un caso. Berwald en cambio rodó los ojos con molestia. Odiaba a Soren.

— Entonces yo también me voy, primo— Dijo el dulce chico.

— Te acompaño— Ladró Berwald produciéndole un escalofrío al pobre Tino.

— Eh… claro— Sonrió algo amedrentado, Berwald era aterrador. Soren miró con una sonrisa maliciosa a los dos y empezó a hacer ruidos molestos que se suponía eran alusión al "noviazgo" de aquellos dos. Berwald se sonrojó y se lanzó directo hacia el contrario. Comenzaron a agarrarse a los puños, una lucha de titanes que tuvo que detener, como siempre, Alexander. Emil y Tino se miraron, esto era una escena típica.

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Llegaron a la oscura y silenciosa casa. Soren seguía con su sonrisa eterna a pesar de los moretones por culpa del imbécil de Berwald.

— ¡Llegamos! — Saludó al negro y suave silencio. Sabía que no había nadie pero algo que hubo aprendido de su madre fue esta pequeña tradición, pues no importa en que lugar estuviese, decir estas simples palabras siempre hace sentir como si la casa les diera la bienvenida. Alexander sube a su cuarto en completo silencio. Emil fue a buscar en un mueble la manta destinada al chillón chico quien la tomó y se lanzó directo a su cama: El sillón.

— Buenas noches— Comentó con cierta indiferencia el menor. El danés sonrió en su lugar con las mantas cubriéndole hasta el cuello.

— ¡Buenas noches Emil! — Luego gritó con fuerza — ¡Buenas noches Noru!

Silencio.

El albino apagó las luces y subió a su cuarto. Soren miró por un momento el ventanal que estaba a sus pies y cerró los ojos con una pequeña sonrisa. Estar cerca de Alexander aunque éste no lo tomara en cuenta le hacía infinitamente feliz.

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Gilbert hablaba con unos tipos en la mesa de billar, se veía feliz y socarrón como siempre. Francis estaba encerrado en un oscuro mundo de pensamientos que no dejaba que nadie entrara, aunque Paulo ya suponía a que se debía. Tomó un sorbo de la burbujeante cerveza que estaba frente a él y luego se tocó las venditas que había en su moreno y liso rostro. Estaba tentado a preguntarle a Francis con quien lo había metido a pelear pero no cree que existieran muchas posibilidades en que el francés abra la boca. Por lo menos hoy no.

Francis observa a Paulo jugar con su jarro de cerveza.

— ¿Y a ti que te sucede?

— Nada.

— Mira tú…— Le roba su jarro para tomárselo Paulo lo mira en son de protesta. El rubio sonríe de medio lado— No parecía que quisieras tomarla…

— ¿Quién es el tipo con el que me hiciste pelear? — Pregunta aprovechando que Francis sonríe. Pero al momento la sonrisa desaparece de sus labios.

— Ah, con que eso estabas pensando— Piensa en voz alta con una nota de fastidio en su voz. Sus ojos azules se afilan— Es Arthur Kirkland.

— ¿Kirkland? — Grita sin poder salir de su sorpresa— ¿Estás de broma?

— ¿Te parezco bromar, mi lindo ibérico? Es ese mismo chico del cual piensas. El punk Kirkland— Saborea con acidez el apodo que el mismo le colocó.

— ¡Y cómo me hiciste pelear con él! ¡Nunca podría haberle ganado!

Los ojos azules se opacan.

— Tuve la esperanza.

Paulo se queda unos momentos en silencio, luego mira la barra de madera.

— No… no se ve tan mala persona como la gente dice de él…— Recuerda cuando le pregunta si está bien y como después le ordena a Gilbert que lo cure. Francis alza las cejas con suspicacia, una sonrisa socarrona de víbora se posa en sus labios.

— Si fuera tú me alejo, el nuevo te expelerá de un puñetazo si te le acercas demasiado.

— ¿Cómo dices?

Francis se rasca el mentón simulando estar indiferente.

— No se separan incluso en el instituto. Digamos que… aquel americano es el favorito de Arthur.

— Bah— Se ríe y se alza de hombros con soberbia. Sus ojos verde botella tienen un brillo dorado en contraste con las luces del pub donde están metidos— Siempre pueden haber dos favoritos.

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Abre el portón del condominio, mira unos segundos a Alfred que espera a que entre. No habló en todo el viaje. Ninguno de los dos quiso hablar.

— Adiós.

— Te veo mañana— Responde algo seco el americano. Arthur asiente y entra al lujoso condominio, camina a su casa hasta que escucha el ruido del motor de la motocicleta rugir y desaparecer junto a su dueño. Voltea unos segundos pensando en Alfred, luego niega varias veces y se va directo a casa.

Entra silenciosamente, no hay rastro alguno de vida. Seguramente todos están durmiendo. Mejor así, no quiere ahora verlos a ellos con sus caras de mierda aunque si estuvieran despiertos ¿Habría algún cambio? Lo ignorarían de todos modos.

Sube las escaleras hasta su cuarto que está en la esquina dando de frente a la calle. Un rastro pequeño de luz sale de su habitación. Se pregunta cuando dejó la lámpara encendida. Se acerca y toma el pomo dorado mate de su puerta.

Se queda de pie, estático y con la sangre congelándose al descubrir que no era la única persona despierta en la casa.

— Ya era hora para que aparecieras ¿No? — Sisea como una serpiente. Sus ojos brillan como si fueran dos recipientes de ácido. Arthur traga saliva inconscientemente. Scott está sentado en la orilla de su cama, esperándole con una caja de cigarrillos junto a su mano. Está furioso— ¿Dónde estabas?

— Eh…— No sabe que decir, solo sabe que no puede decirle la verdad. Claro, a menos que quiera producir una guerra mundial en su propio techo.

— ¿Estabas con el idiota ese, no? ¿Tu nuevo amiguito o mejor sea dicho, la molestia de la que se quisieron deshacer pasándotela?

— No es una molestia, Julio César me lo pidió y yo acepté…— El pelirrojo siente como si unas manos le apretaran el pecho y la garganta al ver a su tonto hermano menor defendiendo a ese fracasado de mierda. Se levanta de brusco y Arthur da un paso atrás inconsciente. Scott amedrenta con su sola presencia. Siempre lo ha hecho.

— Mira, mocoso— Se acerca hasta que sus cabezas chocan y puede sentir el aroma amargo del tabaco rozando su propio aliento— La próxima vez que llegues tarde por culpa de él o con…

El verde cobalto empalidece cuando descubre las heridas en el blanco y tormentosamente atractivo rostro de Arthur. Aprieta los puños y da un golpe brutal a la muralla haciendo despertar a todos en la casa.

Desaparece tras empujar a Arthur a un lado. El rubio lo mira, nervioso. Mierda.

Mierda. Mierda. Mierda.

— ¿Qué rayos pasa? — Dylan sale al pasillo somnoliento. Scott lo empuja de nuevo a su cuarto mientras se va directo a la puerta de salida.

— ¡Nada que te importe! — El chico se mira entra la sorpresa e indignación con su gemelo.

Se escucha un portazo.

— ¿Qué mierda hiciste? — Rezonga Ryan acusando a Arthur. William abre la puerta de su habitación y con un buzo encima sale a buscar a Scott antes de que se le ocurra hacer una locura. El benjamín de la familia inhala tratando de calmarse.

Llueve monstruosamente.

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Los pálidos ojos celestes se abren con frustración. No puede dormir. Comienza a moverse de un lado a otro en el cómodo y blando sillón de cuero pero aún y así no puede encontrar una pose cómoda. Suspira. Demonios, y eso que mañana le toca a primera hora un partido de rugby. Tendría que estar recargando sus baterías para dar una buena función mañana. Se queda de espaldas mientras escucha la lluvia caer a cántaros. Una pregunta martillea en su cabeza.

¿Qué estará haciendo Alex?

Se levanta con la manta cubriéndole. Sube con cuidado las escaleras alfombradas y se va al segundo dormitorio a la derecha. La puerta yace cerrada, pero sabe, nunca con cerrojo. Abre con cuidado un espacio y puede ver a Alexander durmiendo tranquilamente a contraluz de los faroles. Sonríe suavemente y se sienta en el suelo alfombrado. Noru es tan atractivo… tiene a todas las chicas de la clase tras de él, se viste espectacular y tiene una casa muy linda y grande. Es como esos chicos perfectos de las películas pues hasta sus notas son excelentísimas, nada comparado con sus calificaciones que son una basura para limpiar mocos en comparación.

Soren ve como su pecho se hincha y luego exhala lentamente. Sigue con los ojos cerrados y su rostro no simula ningún sentimiento, como siempre. Pareciendo un muñeco de porcelana, sin expresión, sin sentimientos. Como un robot.

Aunque Soren recuerda con tristeza, no siempre fue así. Antes sonreía un poco, se notaba cuando se enojaba con él pues fruncía de una manera graciosíma sus cejas e incluso más de una vez le había escuchado reír a carcajadas como cuando iban caminando por el puerto y se le cayó un balde con cabeza de pescados encima. Finalmente… la última muestra de emoción que pudo recordar fue cuando ella murió. No puede olvidar los sollozos destrozados de su mejor amigo. Nunca lo podrá olvidar. La muerte de su tutora lo marcó con sangre y por mucho que intente volver a hacerlo sonreír, ya no puede. Alexander ya no sonríe.

Sentado, con su cabello despeinado acariciando el marco de la puerta sigue mirándolo en silencio inmerso en la blandura de la noche hogareña.

Pero no importa, se dice, porque seguirá intentando hacerlo sonreír como antes. No se va a dar por vencido, él no es de los que se rinde.

Pasa el tiempo y cierra los ojos.

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Alexander despierta al sonido del despertador. Lo apaga y se sienta en la cama. Se despeina su cabello platinado y da un pequeño bostezo. No tiene ganas de levantarse, en verdad nunca tiene. Pero moverse y hacer algo productivo es mucho mejor que estar acostado sin hacer nada, sin pensar en nada. Y si no piensa en nada, las sombras de un recuerdo vendrán tarde o temprano a acecharlo. Y eso es lo que menos quiere.

Se levanta y aún con los ojos apenas abiertos se dirige hasta el cuarto de baño. Abre la puerta y siente como algo cae sobre sus pies. Abre sus ojos índigo asustado. Luego su rostro pasa a una mueca indefinible.

Es Soren quien ronca como un gato.

— ¿Qué haces aquí y no en el sillón? — Le da una leve patada con su pie descalzo. Soren gime y comienza a despertarse. Abre sus ojos y lo primero que ve son el índigo de Alexander mirándolo desde arriba, por un momento creyó ver algo además de indiferencia en aquella vastedad azul oscuro, pero luego se resignó adjudicándole a que el sueño le dio una broma. Sonrió de todas formas.

— No podía dormir y como me aburría ¡Vine a ver como dormías! Sabes que roncas como un león ¿No? — Le comenta haciendo sacar algo de color en las pálidas mejillas del noruego.

— Te puedo acusar de acoso ¿Sabes? — Los ojos pálidos de Soren se abren con sorpresa.

— ¿En serio?

— Sí. Y me tendrás que pagar mucho dinero además de que tendrás una orden de restricción y tendrás que irte a vivir a otra ciudad porque pediré que te alejen lo más posible de mí— Soren se creyó cada palabra.

— ¡No! ¡Por favor no! ¡Que hago yo sin ti! ¡Y sin mamá! ¡Y sin molestar al estirado de Berwald!— Chilló rodando en el piso. Alexander lo miraba en silencio. No lo iba a hacer, era obvio que no. Pero Soren era demasiado ingenuo, o tonto. Tal vez las dos. Sí, las dos.

— Pues hazme el desayuno y recién ahí me lo pienso— Dijo mientras caminaba hasta el baño. Soren sonrió.

— ¡Claro! ¡Todo lo que sea necesario! — Alexander cerró la puerta pensando que con esa frase Soren firmó su contrato como esclavo eterno.

El danés miró la puerta cerrada con una sonrisa. Comenzó a reírse a carcajadas logrando despertar a Emil. Sus risas rasposas y graves sonaban en la silenciosa casa junto con el ruido de la ducha. Había engañado a Alexander de forma espectacular.

¡Si incluso él mismo sabía que Noru no era capaz de hacer eso!

De todos modos, mejor levantarse. Estiró sus músculos agarrotados. Hoy va a preparar de desayuno su platillo especial.

-x-

No… cuando el logaritmo tiene el número de arriba con una potencia se movía el puto número de potencia y pasaba multiplicando ¿No?

Alfred observaba nervioso el examen de cálculo frente a él. Se muerde el labio tratando de recordar. Arthur se lo había explicado, estaba seguro. Sí, sí se lo había explicado porque incluso el inglés se había dado de cabezazos contra la mesa cuando hizo un ejercicio al revés. Si había una potencia, si había una potencia…

"— Pasa multiplicando, Alfred. Recuerda que la única vez que te salen potencias, siempre ese puto número te multiplica al logaritmo. La potencia multiplica al "log" Demonios Alfred, cualquier matemático se revolcaría en su tumba viendo tu cuaderno"

Sonrió y pasó multiplicando al log. Ahora… calcular este numerito de allá… con este de acá…

Finalizó la prueba con ciertas dudas. Pidió permiso para ir al baño y el profesor, el Matusalén con el bigote gigante, asintió. Alfred sospechaba que aceptaría cualquier cosa para tenerlo lejos. Sonrió de medio lado y se fue directo al salón de Arthur, primero iría a comprar unas gaseosas. ¿Al tonto de Arthur cuál le gustaba? Sprite. Ya recuerda.

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Toca el timbre y Arthur se levanta lentamente. Kiku a su lado lo mira en silencio.

— ¿Pasa algo? — Le pregunta mientras arregla sus libretas. El japonés está serio.

— ¿Quién te hirió el rostro? — Señala los moretones a medio cubrir. Últimamente ha visto a su amigo siempre lleno de heridas y costras, lo que le ha preocupado de sobremanera. Pensó que Arthur se lo diría y por eso esperó pacientemente. Pero ya la preocupación había superado a su paciencia. Arthur se toca el rostro con una leve sonrisa, parece que trata de crear una excusa.

— Pues…

— ¡Dios mío, que bello espécimen oriental! — Una tercera voz se acopla a la conversación. Es Francis quien se dispone a abrazar a Kiku— Mira que preciosura, hoy te ves hermoso Kiku ¿Te has hecho algo? Tu pelo brilla más que lo normal…

Francis observa de reojo al inglés. Arthur capta la indirecta y le musita un tácito gracias.

De cualquier modo, a Francis tampoco le conviene que alguien más se entere del secreto mejor guardado de ellos. Sale veloz por la puerta pero tropieza con un pie y casi cae de cara al piso.

— ¿Te debo comprar lentes para que no me pises? — Arthur siente como la sangre se le va al rostro al ver a…

Alfred está en el piso, sentado y con los audífonos colgando del cuello. Le extiende una lata de bebida.

— Cállate cuatro ojos— Un apodo que no le ha hecho nunca gracia al norteamericano.

— No eres nadie para decírmelo, Cejas.

Touché.

Arthur le arrebata la bebida con molestia y se da media vuelta. Escucha como Alfred se levanta y los chicos a su alrededor tratan de alejarse lo más posible. Puede escuchar los susurros de sorpresa cuando ven al aterrador delincuente juvenil dándole una bebida al recto presidente estudiantil.

— ¿A que viniste?

Alfred sonríe escuchando los murmullos poco silenciosos. Idiotas, si supieran la verdad…

— ¿No es algo que hago todos los días? No sé a que viene quejarte ahora…— Comenta despreocupado y le da un sorbo a su Coca-Cola. Sí, tiene razón. Pero ahora Arthur no es como si se sienta muy cómodo… o normal junto a él. No ahora que siente eso.

Eso.

Maldita sea, ESO.

— Ya… Hoy debo recibir unos informes de los planos para el Festival de Invierno así que hay que ir a la oficina de Secretaría.

— ¿Festival de Invierno? — Pregunta confuso. Arthur lo mira.

— ¿Entraste a este instituto y ni siquiera sabes que se hace aquí? — Alfred le alzó una ceja recordándole la razón.

— No es como si tuviera mayor opción que esta a entrar ¿O se te olvida por qué entré acá?

—...Bueno, pero de todos modos cualquier persona que se le pregunta lo conoce, es bastante conocido.

— ¿Y como yo no lo conozco?

— Porque tú eres idiota— Alfred se ríe. Parece que se le fue el mal humor por ayer. O eso cree el inglés.

— Ya… entonces explícame Cejas.

Arthur se para en seco. Lo mira con las mejillas rojas de la vergüenza.

— Pobre que repitas ese apodo, te lo advierto— Alfred se ríe y asiente. Ve su mano blanca colgar y balancearse tan cerca de la de él. Dan ganas de tomársela. Y como sino, cumpliendo sus impulsos lo hace sobresaltando a Arthur y haciéndolo sonrojar.

— ¿Dónde queda secretaria? — Pregunta sin mucho interés. No se da cuenta que Arthur lo mira como si hubiera visto un fantasma… o a Francis en pelotas: Aterrado. Mira su mano tomada con la suya.

El inglés se pregunta cuanto le odia el karma como para hacerle esto. Se pregunta si acaso fue Jack el Destripador que como es que la vida le juega tales pasadas.

— Alfred… creo que es mejor que… n-no me tomes d-de la mano en el instituto.

— ¿Por qué?

— Pues… — Ya unos pocos comenzaron a cuchichear. Arthur se sonroja y Alfred capta al instante. Su rostro adquiere color. Mierda.

— Que mierda— Se alza de hombros y lo suelta.

Francis aparece por un pasillo conversando con Matthew, su compañero del taller de Cocina. Los angloparlantes se quedan de la una al ver tal escena. Arthur frunce el ceño. Francis le da pésima espina cerca del agradable chico. El de larga melena se da cuenta de los dos chicos y sonríe felinamente.

— Miren que coincidencia, justo hablábamos de ustedes…— Se ríe y la cara de Alfred comienza a ensombrecerse más y más.

— ¡Aléjate de mi hermano, pervertido!

— ¡Pero si Matthew es un amor, no como tú! — Se queja y toma del brazo al chico que está a su lado, haciéndolo sonrojar— Además… ¿Qué tiene que hable con él? No le estoy haciendo nada, él mismo te puede asegurar que no le he tocado un pelo.

— Mátate.

— Tan dulce como siempre…— Suspira el de ascendencia gala. Luego voltea a ver a Arthur— Mira lo que has conseguido… Paulo preguntó por ti anoche.

Y la cara de Alfred baja dos metros al suelo al escuchar eso. Arthur parpadea sorprendido.

— ¿En serio? ¿Y por qué?

Francis se regodeaba al ver la cara de mierda del lindo americano.

— No sé… solo sé que tal vez tengamos una pareja en la pandilla…— Se ríe felinamente. Matthew observa a su hermano que parece haber sido poseído por un demonio, se ve aterrador. Pestañea lentamente pensando si acaso todas sus sospechas son correctas sobre él.

— No digas tonteras, francés de cuarta.

— Yo solo digo…— Dice al aire— Bien, como nosotros somos unos lindos chicos ocupados, nos vamos al taller para cocinar algo delicioso no como tu basura radioactiva ¡Adiós!

Se despide como si fuera de la realeza y sigue su camino junto con Matthew quien es tironeado suavemente para que siga rumbo.

Han dejado como huella de su paso a un inglés extrañado y un estadounidense echando humos.

— ¿Y a ti que te pasa? — Le pregunta. Alfred solo mira al techo con su rostro de mierda.

— Nada.

Arthur se lo atribuyó a que viera la presencia del peludo francés cerca de su hermano.

— El estúpido barbón no le hará nada a Matthew, no se mete con la familia de su grupo. Es como una ley autoimpuesta para no crear malas relaciones…— Le trata de consolar.

— Ya.

Pero Alfred no está muy preocupado de eso.

-x-

Lovino está atareado haciendo la masa de los tallarines. Los clientes comen con tranquilidad y felices sus platos. Marco saca las cuentas de cada mesa y Giovanna corta los tomates para la salsa mientras tararea una canción sacada de su novela cebollera que ve en la cocina a eso de las cuatro. ¿Y Antonio? Pues Antonio como tiene nada que hacer, lo mira desde la puerta de la cocina para mantener un ojo puesto en la puerta si es que entra algún nuevo cliente al cual atender.

Y eso está sacando de quicio al italiano.

— ¿No tienes nada más que hacer? — Le reprocha bastante irritado.

— Pues no, están todos con su comida y no entra nadie— Sonríe con simpleza señalando con un dedo a la gente. Lovino rueda los ojos pensando en lo maleducado que es.

— No señales a la gente con el dedo memo maleducado— Y Antonio lo deja de hacer como un niño que es regañado por la madre.

— ¿Y por qué es de mala educación?

— Que se yo… sólo sé que no se hace.

— ¿Y que más no se debe hacer? — Pregunta. Su madre nunca le enseñó nada de eso, pues nunca en su vida le ha importado la crianza de Antonio. Sólo le importaba su vaso de vino y el odio a su desconocido padre. Nada más.

— Pues...— Lovino deja de amasar, pensativo— Sacarse los mocos frente a la gente. ¡Así que pobre de ti que te vea hacer eso, marrano!

— ¡No hago esas cosas! ¿Por quién me tomas? — Se sorprende el ibérico. Recibe de respuesta un rostro escéptico y las carcajadas de Giovanna.

— Tampoco te rascas el paquete, ni eructas o te limpias los dientes frente a la gente…Y lo más importante…

— ¿Qué cosa? — Antonio se acerca más, preso de la oscuridad.

— No molestas a tu jefe cuando está cocinando.

Y lo echa de un portazo de la cocina.

-x-

Lee unos cuantos contratos y trabajos desde su oficina con una privilegiada vista de Londres nublado. Su rostro perfecto y masculino sigue con los ojos fijos en las hojas.

Hace más de media hora que no ha cambiado la hoja. Su mirada sigue fija en una sílaba sin importancia. Su cabeza no está hoy, su mente ha volado lejos muy lejos. A una red de pensamientos hilados por una negra araña.

Y la única imagen reconocible y brillante es el rostro brillante y melancólico de su hermano menor.

Arthur.

Tiene un mal presentimiento.

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Notas: ¿Les gustó? No sé si puse mucho USUK. O tal vez está bien con lo que puse. O acaso ustedes quisieran más. Si quedaron con ganas de más no se preocupen que en el próximo va a ser una biblia de esos dos.

En fin, cualquier cosa me dicen. Les traeré cuando me libere de las muchas pruebas que tengo en la semana unos cuantos one-shots (Que podrían considerarse Long-shots conociéndome) y la actualización de Supermassive Black Hole. ¡Uno de mis long-shots es de terror! Pero no de los típicos. Es algo más… sangriento. Y de paso sacado de una aterradora anécdota mía. No pregunten. Soy una yeta con todo lo sobrenatural. Siempre las cosas pencas me pasan *Se da cabezazos mientras lloriquea patéticamente*

El próximo capítulo tiene un final candente, pero estoy segura que nadie le da en el blanco. ¡Apuesto lo que quieran a que no le atinan!