Aclaración:
Los personajes de Naruto es propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Advertencia: OOC
«12: Susurros del viento»
Cuando Sai volvió por fin a la fortaleza, Naruto se había cambiado la ropa de batalla y estaba sentado cómodamente en las dependencias privadas del señor, lejos del salón principal. Lo que una vez fuera un lecho de enfermo se había transformado esa misma mañana en un lujoso sillón hecho especialmente para el barón, pues había decidido que en aquella estancia tendría la intimidad que el resto del castillo no le proporcionaba.
Lo que Sai había averiguado siguiendo la pista de Hinata requería esa intimidad. La cara pálida y demacrada de su esposa, su mirada perdida, y un silencio que no rompió en ningún momento durante su regreso al castillo, lo perturbaba de una manera que le resultaba difícil describir, y mucho menos comprender.
Además de la discreción que Naruto buscaba, las dependencias principales de la fortaleza le ofrecían el calor necesario para aliviar el frío que parecía haberse establecido en su interior. El fuego ardía vivamente en una gran chimenea, obligando a ceder terreno a la humedad y los restos del invierno, y las largas y estrechas ventanas protegían el lugar de la lluvia de la tarde, convirtiéndolo en la habitación más bella del castillo.
—Parece que hubieras salido del foso —dijo Naruto cuando Sai entró dejando a su paso regueros de agua.
—Así me siento.
—Caliéntate. Enseguida hablamos.
Mientras Sai se dirigía hacia el fuego despojándose de su capa y guantes empapados, Naruto se volvió hacia el sirviente que esperaba en la puerta, dispuesto a servir a su señor.
—Trae pan, queso y una jarra de cerveza —le ordenó Naruto—. También algo caliente... —Miró a su amigo y le preguntó—: ¿Qué tal una sopa?
—De acuerdo —contestó Sai.
—Y averigua dónde se ha metido Kaguya —siguió ordenando al sirviente—. Envié a buscarla hace rato.
—Sí, milord.
Sentado en el sillón con la espalda erguida, Naruto alargó una mano para desligar entre sus dedos una pila de joyas que reposaban en una mesa cercana, mientras esperaba a que los pasos del sirviente se alejasen lo suficiente para poder hablar sin temor a ser oído.
Un sonido puro y melodioso invadió el aire, procedente de las pulseras y cadenas de las que colgaban diminutos cascabeles de oro que una vez adornaron las muñecas, tobillos, caderas y cintura de la concubina favorita de un importante sultán. Después de que Naruto conquistara una ciudadela en Tierra Santa, la mujer fue devuelta intacta al sultán. Sin embargo, no ocurrió lo mismo con sus joyas.
—¿Cómo está tu halcón hembra? —preguntó Sai acordándose del regalo del rey al oír el sonido de los cascabeles. No tenía ganas de sacar el tema de Hinata.
—Progresa con una rapidez asombrosa —contestó distraídamente Naruto—. Le quité la caperuza después de venir del bosque y no mostró miedo alguno; ni siquiera batió sus alas. Acudió a mi silbido como si hubiera nacido para ello y se posó sobre mi brazo. Mañana por la tarde la sacaré un rato de las halconeras y pronto la dejaré posarse sobre mi muñeca por toda la fortaleza. No creo que tarde mucho en llevarla a cazar.
—Excelente —opinó Sai, aliviado de que algo fuera bien.
—Sí... —Naruto cerró los ojos un momento, como si quisiera escuchar mejor el armonioso sonido de las joyas—. Da la impresión de que ya haya sido adiestrada —dijo tras una pausa.
—¿Tú crees?
—Puede ser. Aunque es extraño teniendo en cuenta que fue capturada con una red. No la cogieron del nido y sabe lo que es la libertad, por lo que domarla es mucho más complicado. Pero el encargado de los halcones me ha asegurado que eso no importa, porque fue Hinata quien se hizo cargo de ella a su llegada.
Sai emitió un sonido neutro.
—¿Qué descubriste al seguir su rastro? —preguntó Naruto sin apenas cambiar la inflexión de su voz. Sin embargo, la sutil diferencia en su tono fue suficiente para recordarle a Sai lo mucho que le interesaba a su señor la respuesta.
—Nada —contestó sin rodeos—. El galgo perdió el rastro.
El sonido de los pequeños cascabeles dorados se silenció cuando Naruto miró fijamente a Sai.
—¿Perdió el rastro? —se extrañó—. ¡Leaper tiene el olfato más agudo que cualquier otro perro de caza que jamás haya adiestrado!
—Cierto.
—¿Qué viste allí?
—A un enorme ciervo que vive cerca del nacimiento del riachuelo que desemboca en el río de Konohathorne, un águila y cinco cuervos que discutían por una presa, y huellas de un zorro que había cazado una liebre.
—¿Algún rastro de caballos? —rugió Naruto.
—En absoluto.
—¿Y de bueyes, carros o huellas de botas? —insistió.
—Nada.
—¿Dónde perdiste el rastro?
—Exactamente donde Hinata dijo que lo haría: en las rocas que rodean el montículo sagrado.
—¿Y no había rastro de nadie más?
—No —dijo escuetamente Sai—. Es imposible que Sasuke de Uchiha o cualquier otro hombre estuviera allí con tu esposa esta mañana.
Naruto gruñó.
—Puede que sólo estuviera haciendo lo que dijo: recoger plantas —señaló Sai.
—Tal vez, pero podía haberlas recogido más cerca de la fortaleza.
—¿Has averiguado si esas plantas tienen una finalidad específica? —volvió a hablar Sai.
—Le enseñé una hoja al jardinero y dijo que nunca había visto nada semejante.
Naruto necesitaba tiempo para pensar. Había demostrado ser un magnífico estratega en Tierra Santa, pero en la batalla que estaba librando con su esposa estaba fracasando estrepitosamente. Y él necesitaba ganar. Era crucial para su futuro.
—Puede que haya juzgado mal a mi esposa —reflexionó en voz alta—. Sí, la he tratado mal.
—¿Cómo? Cualquier otro esposo le habría dado una buena paliza por irse sola al bosque sin avisar a nadie.
—¿Cómo sabes que no lo he hecho? —inquirió Naruto con voz tranquila.
—Tras liberarte de la prisión, juraste que nunca permitirías el castigo con azotes ni latigazos cuando tuvieras tus propios dominios. Te conozco bien, Naruto; eres un hombre de palabra.
Escuchar a Sai hizo que Naruto recordara el horror de su cautiverio; pero rápidamente lo relegó al más oscuro rincón de su mente, aunque no podía evitar que resurgiera cuando dormía.
—¿Te he dado las gracias por aquello?
—Nos hemos salvado la vida tantas veces el uno al otro, que es imposible llevar la cuenta —señaló Sai.
—No fue mi vida lo que salvaste, sino mi alma.
De nuevo sonaron los pequeños cascabeles, agitados por el puño de Naruto.
—Tengo una nueva misión para ti —dijo tras una pausa—: la de guardián.
Sai se volvió rápidamente apartando la mirada del fuego.
—¿Es que Kiba ha descubierto más amenazas contra ti?
—No me protegerás a mí, sino a Hinata.
—¿Cómo puedes pedirme eso? —le preguntó indignado.
—¿En quién más puedo confiar para que no seduzca a mi esposa ni se deje seducir? —adujo Naruto.
—Ahora entiendo por qué los sultanes utilizan eunucos.
—No te pediría ese sacrificio.
—¡Dios! —exclamó Sai pasándose una mano por el pelo—. Te debo mucho, Naruto, ¡pero no mi hombría!
La risa de Naruto se mezcló con el leve tintineo de las joyas que deslizaba entre sus dedos.
—Tu trabajo será vigilar que nadie visite los aposentos de Hinata, excepto yo —le explico.
—¿Y su doncella?
—También permanecerá alejada. —Hizo una pausa—. Seré yo quien ayude a mi esposa a vestirse y a desnudarse.
Sai intentó no reírse, pero la diversión era evidente en su atractivo rostro.
—Hinata merece un castigo especial por ponerse a sí misma en peligro —reflexionó Naruto en voz alta—. La trataré igual que a un halcón sin amaestrar. Comerá de mi mano y beberá de mi boca; cuando duerma, será junto a mí, y cuando despierte, será mi respiración lo primero que oiga y mi calor el que la cobije.
Intrigado, su amigo arqueó una ceja.
—Afirma que no la conozco y está en lo cierto —continuó Naruto—. El error es mío. Al principio parecía dispuesta a que este matrimonio funcionara, sin embargo, por alguna razón, ahora se ha echado atrás.
Sai se preguntaba en silencio qué habría ocurrido cuando dejó a su amigo y a Hinata solos en el bosque, pero no dijo nada. Conocía a Naruto demasiado bien como para entrometerse una vez había empezado a planear cómo conquistar una fortaleza... o una mujer.
—Para cuando sepa si está o no embarazada —sentenció—, la conoceré mejor de lo que nadie la ha conocido nunca.
—¿Le has comunicado que es una prisionera en su propio hogar? —inquirió Sai con tono neutro.
—Sí.
—¿Qué ha dicho?
Los ojos de Naruto se entrecerraron hasta convertirse en dos estrechas ranuras.
—Nada. No me ha vuelto a hablar desde que me informó de que moriría sin descendencia.
—¡Dios santo! —exclamó Sai, asombrado.
Antes de que Naruto pusiese seguir relatando lo ocurrido, volvió el sirviente acompañado de Kaguya. Cuando Sai empezó a comer después de que el criado sirviera la cena y se retirara, Naruto invitó a la mujer a que se acercase al hogar.
—¿Has cenado ya? —se interesó educadamente.
—Sí, milord. Gracias.
Naruto hizo una pausa para preguntarse cuál sería la mejor manera de abordar el tema de su esposa hyuga, de maleficios y esperanzas, de superstición y verdad; y de las conexiones secretas que los unen. Finalmente, decidió abordar el tema de forma directa.
—Háblame de las hyuga —le ordenó sin más.
—Son sólo mujeres.
A la espalda de Naruto se oyó la risa contenida de Sai mezclada con una maldición.
—Yo ya había reparado en ese detalle en particular —señaló Naruto con calma aparente.
Los ojos perlas de Kaguya se iluminaron con un leve brillo de humor.
—¿Acaso desea saber algo más, milord?
—Sí —contestó rápidamente—. Quiero saber en qué se diferencian las hyuga del resto de las mujeres.
—Sus ojos y su color es de un plata muy intenso.
Naruto gruñó.
—Continúa.
—Tienen una conexión especial con las plantas y los animales.
El barón esperó.
Kaguya también.
—Dios —estalló Naruto, exasperado—. ¡Habla de una vez!
—Sería más fácil si me dijera qué es lo que quiere saber —se limitó a decir Kaguya, serena—. Pero si no es así, estaré encantada de empezar a relatarle el nacimiento de lady Hinata y avanzar hasta el día de hoy. Mis huesos disfrutan del calor de la chimenea.
Naruto se apoyó en el respaldo del sillón y estudió a la mujer, había escuchado que no se sabía cual era su verdadera edad, la apariencia de la mujer no mostraba que fuera vieja. Ella lo miró fijamente con la misma arrogancia, pero con menos agresividad.
—Sé que las mujeres hyuga son obstinadas —dijo Naruto al cabo de unos segundos.
—Así es.
—Temerarias.
Kaguya inclinó la cabeza como si estuviera reflexionando.
—No somos cobardes —reconoció pasados unos momentos. Hizo una pausa y luego añadió—: Hay una diferencia, milord.
—Sí —convino Naruto, sorprendido por la inteligencia de la mujer—. La definición exacta sería decir que tienen coraje.
Pensativo, alargó la mano y tocó de forma ausente un pequeño cascabel mientras consideraba su siguiente línea de ataque. El suave tintineo llamó la atención de Kaguya, que giró la cabeza hacia la exótica joya.
—Ese sonido se asemeja al susurro del viento entre las flores —comentó con voz suave.
Naruto la miró de nuevo.
—De nuevo me sorprendes, mujer.
—Es difícil sorprender a un hombre que centra su atención en una sola cosa.
—¿Te estás refiriendo a mí? —inquirió el barón con sequedad.
Kaguya asintió.
—¿En qué centro mi atención? —quiso saber.
—En tener herederos.
—¿No es eso lo que quiere cualquier hombre?
—No —se apresuró a contestar Kaguya —. Los demás hombres quieren muchas otras cosas. Algunos las esperan una a una; otros las quieren todas a la vez.
—Y se quedan sin nada.
Ahora fue Kaguya la sorprendida.
—Sí —afirmó—. Así es. Pero usted no es como los demás. Está obsesionado con una sola cosa: un hijo.
Los ojos de Naruto se contrajeron hasta convertirse en esquirlas de zafiros.
—De nada me sirve esa obsesión —señaló con un falso tono suave—, ya que estoy casado con una mujer estéril.
—¡Eso no es cierto!
No había resquicio de duda en la voz de la mujer.
—Entonces, ¿por qué Hinata está convencida de que moriré sin descendencia? —estalló Naruto al tiempo que se ponía en pie.
Kaguya abrió mucho los ojos al ver al imponente guerrero que se erguía ante ella, y ser consciente por primera vez de lo profunda que era la ira que ocultaba.
—¿Fue eso lo que le dijo? —preguntó Kaguya detenidamente.
—Sí.
—Necesito saber las palabras exactas que pronunció, milord. Debo estar segura.
Por un momento, Naruto pensó en negarse. Sin embargo, había algo en los ojos de la mujer que le impulsó a hacer lo que le pedía.
—Dijo: «No hay amor en ti, Naruto Uzumaki. Y sin él, jamás conseguirás lo que quieres.»
El sonido que emitió Kaguya podría haber sido un suspiro o un gesto contenido de dolor. Fuera lo que fuera, fue absorbido por el suave rumor del fuego del hogar. Con gesto cansado, se frotó los ojos sin que su rostro manifestara ninguna emoción y después miró de nuevo a Naruto.
—Hinata no es estéril, barón. Pero ninguna mujer hyuga podrá tener un hijo varón si no hay amor entre sus padres.
—¿Cómo puede ser eso, mujer?
—No lo sé —admitió con pesar—. Lo único que puedo decirle es que ocurre desde que se perdió el lobo de los hyuga, un broche que siempre debía llevar nuestro líder.
—¿Cuánto hace de eso?
—Tantos años que ni siquiera yo puedo acordarme, milord.
—¿Pretendes que crea que en todo ese tiempo, ningún hombre ha engañado a su esposa y le ha hecho creer que la amaba? —La voz de Naruto estaba cargada de sarcasmo.
Kaguya se encogió de hombros.
—Las mentiras que les contasen no importan. Muchas mujeres hyuga han querido tener hijos para traer paz a su mundo y ninguna lo ha conseguido.
El barón entrecerró los ojos. Las palabras de Kaguya no lo complacieron, así como no le gustaba descubrir las trampas y fortificaciones de una ciudad que debía conquistar.
—Es cierto lo que dijo lord Fugaku —murmuró Naruto—. Las hyuga son frías como el hielo.
La mujer esbozó una extraña sonrisa.
—¿Cree a Fugaku o a lo que usted mismo ha experimentado?
El cuerpo de Naruto se tensó al recordar cómo había vibrado Hinata entre sus brazos la noche de su boda.
—Entonces, ¿por qué las brujas no aman? ¿Son incapaces de hacerlo? —quiso saber.
—Algunas sí. Pero no Hinata. En ella habita un gran amor. Preguntele a cualquiera del castillo.
—Pero si las hyuga pueden amar, ¿por qué después de tantos años no han tenido hijos varones? —insistió el barón—. ¿Acaso se casaron con animales indignos de ellas?
—¿Animales? No. Simplemente se casaron con hombres, señor. Sólo hombres.
—Explícate de una vez —la instó impaciente.
—¿Para qué? Ha elegido no entenderlo. ¿Podría entregar usted su alma a una mujer que sólo quiere utilizarlo para obtener tierras, riquezas e hijos?
—¿Qué estás diciendo?
—¿Podría —continuó Kaguya, implacable— permitirse amar a alguna mujer? ¿Podría compartir vuestra alma con ella?
Naruto la miró incrédulo.
—Por supuesto que no. ¡Jamás cederé el control sobre mi destino a nadie, sea hombre o mujer!
Los ojos de Kaguya se llenaron de lágrimas, pero no cayeron. Había vivido lo suficiente para saber que en ocasiones como aquélla las lágrimas no servían de nada.
—Entonces no tendrá hijos, y yo estaré condenada a contemplar otra generación rezando para liberarnos de la maldición.
—No creo en tus palabras —objetó irritado.
—Creed en esto: las mujeres hyuga pueden ver más allá del atractivo de un hombre; pueden contemplar su alma, saber lo que habita en ellas. —Hizo una pausa—. Saberlo todo de alguien y amarle a pesar de todo resulta muy difícil. A veces pienso que es imposible, y Hinata, milord, es sólo una mujer.
La mirada de Naruto se convirtió en hielo, reflejando el frío que se condensaba en sus entrañas así como la oscura ira que le invadía. De repente, golpeó la mesa con el puño, haciendo que las cadenas de oro saltaran y emitieran un breve sonido.
Luego sobrevino un silencio que nadie interrumpió.
Sai miró a la mujer y después a su amigo, que parecía estar reflexionando sobre lo que había escuchado. Aquello hizo que la tensión lo abandonara poco a poco. Si Naruto se concentraba en algún objetivo, no había fortaleza, ciudad o mujer que no pudiera conseguir por medio de la fuerza, la astucia... o la traición.
Tras unos largos minutos de silencio el barón observó una vez más en la mujer. Su mirada era como el acero, dura e inflexible, al igual que su voz.
—Gracias, Kaguya. Me has aclarado muchas cosas.
Era el final de la conversación y ella lo sabía; sacudió la cabeza con pesar y salió de la habitación sin ruido, como el humo.
Naruto se volvió entonces hacia su amigo y le preguntó directamente:—¿Qué opinas?
—Que ella cree firmemente en lo que nos ha contado.
—Sí —convino el barón, tenso—. He vivido lo suficiente para saber que ese tipo de creencias puede incluso empujar a los hombres a la guerra.
—¿O invocar maldiciones?
Naruto golpeó la mesa otra vez haciendo que las joyas dejaran escapar de nuevo su melodioso sonido.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Sai después de un rato—. ¿Pedirás la anulación del matrimonio porque ella no es fértil?
—No —juró Naruto—. Nunca.
La fuerza de su inmediata respuesta sorprendió a ambos.
—Podríamos mantener la fortaleza bajo control aunque los vasallos se rebelaran —señaló Sai—. Y si los habitantes de Konohathorne se negaran a cultivar la tierra para ti, tu padre podría enviar campesinos desde Normandía; estarían encantados de ir a un lugar en el que podrían tener su propio terreno y animales.
—Lo sé.
Naruto no dijo nada más. La solución que ofrecía Sai era factible, pero Naruto la rechazó de inmediato, sin pensar. No hubiera podido explicar el porqué. Lo único que sabía era que todos sus instintos se rebelaban ante la idea de separarse de Hinata.
Frunciendo el ceño, Naruto observó los delicados cascabeles dorados que emitían agradables sonidos musicales con cualquier movimiento.
Como escuchar el susurro de la brisa sobre las flores...
Si las brujas hyuga pudieran amar...
—Sí —rugió Naruto—. ¡Eso es!
—¿Qué?
—La solución, es muy simple. Tengo que hacer que Hinatame ame.
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Continuará...
