La pieza amarilla amenazaba a mi ficha roja. Si conseguía sacar un dos podría ponerla a salvo. Agité el dado y lo tiré cobre el tablero. Dos. Bien, puse mi ficha en una casilla segura a salvo de la muerte. Carl miró mi jugada concentrado. Cogió el dado y lo tiró también. Cuatro. Metió su ficha amarilla en la casilla ganadora, después la siguieron las dos fichas que le quedaban fueran. Asombrada observé como el niño me ganaba la partida.
- ¡Sí, gané! - se felicitó él mismo.
- No vale, seguro hiciste trampa – le reté.
- Vamos a echar otra, el desempate.
- No, Carl por dios, que ya llevamos cinco partidas seguidas.
El chico tenía un vicio con el parchís increíble y retaba a todo el mundo a jugar. Yo me había ofrecido días atrás, por supuesto nadie me había advertido del peligro que ello conllevaba, y ahora jugaba con él todos los días entre cuatro y seis partidas. Me pareció divertido las primeras veces pero es que últimamente no conseguía ganarle nunca. Andrea nunca me explicó qué estuvo haciendo el tiempo que me abandonó y me dio igual, aunque me lo hubiera dicho no la habría creído.
- ¿Por qué no vamos a montar a caballo? - me preguntó Carl.
- Pregúntale a tu madre si te deja.
Se alejó corriendo en busca de Lori. Shane y Daryl habían salido hacía varias horas de caza, Glenn andaría por ahí con Maggie, T-Dog y Dale estaban intentando arreglar la ranchera y Rick se había ido con Andrea, Lori y Carol a la zona de tiro.
Carl volvió corriendo pocos minutos después. Me dijo que sus padres le dejaban montar un rato. Fuimos donde Zaina, que pastaba tranquilamente, y aupé a Carl y monté detrás de él en la grupa de la yegua. El chico cogió las riendas y golpeó a la yegua para que cabalgara. Zaina saltó hacia delante contenta de algo de acción por una vez. A toda velocidad recorrimos la llanura para entrar en el bosque, saltamos sobre troncos caídos por una tormenta pasada y cruzamos un río. Las gotas de agua que levantaba Zaina a su paso nos mojaron. Carl aún no sabía manejar las riendas y en ocasiones yo llevaba a la yegua disimuladamente. Volvimos al campamento después de dar una vuelta por el interior del bosque. Antes de llegar había una valla que sorteamos por un lado, era más alta que los saltos que solía practicar con Zaina en mi casa. Cuando llegamos los cazadores y el grupo de Rick ya habían vuelto. Carl llevó a la yegua junto a su padre y le mostró lo bien que montaba ya. Se acercó y ayudó a su hijo a bajar.
- Gracias por cuidar tanto de Carl.
- Es un buen niño, se hace querer con facilidad.
Llevé a Zaina junto a la caravana. Estaba cansada pero no tenía ganas de quedarme en el campamento sin hacer nada y mucho menos jugar de nuevo con Carl al parchís. Entré en la rulo y saqué la bolsa de las armas. No creí que me fueran a decir nada si las cogía. Salí con un rifle en la mano y suficientes cartuchos para tumbar una manada de elefantes. Monté de nuevo sobre Zaina y la azucé para que trotara. A medio camino entre el campamento y el camino de tierra me encontré con Daryl, aún iba armado con el rifle de caza. Paré a Zaina para esperar que se pusiera a mi altura.
- ¿Adónde vas? - me preguntó.
- Esto es muy aburrido, voy a ver si encuentro algo a lo que disparar.
- Si nosotros no hemos podido cazar nada. No creo que tú tengas más suerte.
- Debe de haber más cosas aparte de animales en ese bosque – pareció pillar la metáfora algo tarde - ¿Vienes o eres solo un cateto asustado? – añadí al ver que dudaba, lo mejor para convencer a Daryl era llamarle cobarde.
- Está bien, veamos que podemos cazar por ahí.
De un saltó, montó detrás de mí. Espoleé a Zaina y salió al galope. Recorrimos el bosque hasta salir por el otro lado. Estábamos sobre un terraplén y bajo nuestros pies había una urbanización. Sabía que estaba allí, igual que también sabía que estaba lleno de caminantes, porque ya había ido antes. Tenía una casa favorita para estar, junto a la parte trasera de la urbanización y al final de una calle, desde ella practicaba el tiro contra los zombis. Zaina ya se sabía el camino por lo que no titubeó al avanzar hacia la urbanización.
- Esto puede ser peligroso – advirtió Dary receloso.
- ¿Asustado? – Me dedicó una mirada que me heló la sangre - Ya estuve aquí antes. Venía cuando no tenía nada mejor que hacer. Te voy a enseñar mi casa favorita.
La yegua trotó hasta el muro que limitaba la urbanización. Me puse de pie sobre su grupa y me aupé. Salté al otro lado del muro. Escuché como Daryl me seguía y segundos después caía a mi lado. Caminamos por el jardín hasta la puerta trasera de la casa, él me seguía con el rifle cargado y preparado para disparar si era necesario.
- No te preocupes, no pueden entrar aquí, está totalmente fortificada.
Forcé la puerta, siempre la cerraba con llave por si acaso, y entramos. La casa estaba amueblada pero la habían saqueado en numerosas ocasiones. Daryl fue a la cocina, yo le seguí, pero no encontró nada comestible. Le llamé y subimos al segundo piso, había acomodado la habitación delantera para poder usarla de mirador colocando una silla frente a la ventana para poder apoyar el arma y disparar más cómodamente. También había puesto una manta tras la silla para arrodillarme, solo una de las ventanas estaba abierta, las otras estaban con las persianas echadas para impedir que los caminantes de la calle vieran el interior. Le enseñé dicha habitación. Al entrar cerré la puerta y la bloqueé, por si acaso conseguían entrar en la casa, no quería invitados sorpresa. Nos arrodillamos y preparé mi rifle.
- Así que venías aquí cuando desaparecías – comenzó – Rick pensaba que nos ibas a abandonar cada vez que te veía irte.
- Ya no falta mucho, no te preocupes – miré por la mirilla del rifle, me fijé en mi primera presa - ¿Qué tal si hacemos una apuesta? Cinco cajas de cargadores para quien mate a más caminantes.
- Mejor tres rifles y los cargadores – negoció.
- Un rifle, una escopeta y tres cajas.
Lo pensó un momento y aceptó, nos estrechamos la mano para cerrar el traro. Confié en que no me fallara mi puntería, pero confié demasiado. Daryl resultó mejor pistolero de lo que había pensado y podía cargar más rápido que yo. Le empujé para desconcentrarle, al principio me miró enfadado pero después me empujó él a mí. Conseguí fijarme en que si le disparaba a un zombi que estaba justo en frente de otro, la bala los mataba a los dos. También me dí cuenta de que comenzó a cargar a la misma vez que yo, para que así los dos tuviéramos las mismas oportunidades de tiro.
No sé cuanto tiempo estuvimos allí pero debieron de ser horas porque se nos terminaron las balas cuando empezaba a anochecer. Los disparos habían atraído a más caminantes que andaban la calle buscando el lugar donde se producían.
Cansada, me recosté contra la pared. Dejé el rifle a mi lado, con el cañón humeante por la acción. Daryl se sentó a mi lado y apoyó la cabeza contra la pared un momento. Me entró frío y cogí la manta para taparme.
- Entonces ¿gano yo? - preguntó.
- Ni en tus sueños, dejémoslo en empate.
- Los dos sabemos que soy mejor tirador, pequeñaja – le miré enarcando una ceja, lo que pretendía ser una mueca cínica - ¿Cómo descubriste este sitio?
- Fue gracias a Chucho, un día se perdió y fui a buscarle. Me lo encontré junto al muro por el que hemos subido – guardamos silencio de nuevo, me arrebujé en la manta en busca del valor para preguntar – Me dijeron que tenías un hermano – tanteé el terreno, me miró sin decir nada – Yo perdí al mío en un bosque, nos atacaron, lo de siempre.
- Mi hermano se llamaba Merle – empezó – Se quedó en un tejado de Atlanta, Rick lo esposó allí porque se peleó con T-Dog y al capullo ese se le cayó la llave por el desagüe. Cuando fuimos a rescatarle ya no estaba, el muy cabrón se había cortado la mano para escapar de allí – medio rio – Así es, o era, Merle. Si se comía un martillo te cagaba clavos.
- ¿Le echas de menos? - le miré tímidamente, era la primera vez que compartíamos una conversación tan íntima.
- Creo que le echo de menos porque era sangre de mi sangre. El único que me quedaba de mi familia.
- ¿Y a tus padres?
- ¿Qué te pasa ahora con la vida de los demás? Ni que fueras un puto teléfono al que llaman los fracasados para consolarse.
- Todos hemos perdido a la gente que amábamos.
No entendía por qué pero sentía que con él podía hablar de mi familia. Quizás así dejaran de atormentarme en mis sueños. Era como un especie de cura, excepto por los insultos y mundano que era y porque, con toda seguridad, había realizado la mayoría de los pecados capitales, un pueblerino violento y mal hablado, seguramente conocía más palabrotas que adjetivos. Pero aparte de todo lo anterior, confiaba en que si le contaba algo no lo diría por ahí.
- Vi como moría la mayoría de mi familia – respiré hondo y le conté todo por lo que había pasado hasta que les encontré.
Me escuchó sin interrumpirme, mirándome siempre a los ojos y me hizo sentir como si lo que estaba contando fuera lo que nos salvara la vida. Yo retiraba la mirada en los momentos más dolorosos por miedo a echarme a llorar frente a él. También le hablé de John, sentí como si estuviera calumniando su memoria porque no conseguía recordarle con nitidez. Lo cierto es que los recuerdos felices estaban desapareciendo y ya solo percibía sus sombras. Cuando terminé, esperé unos segundos antes de mirarle. Respiré hondo, y me enjuagué las lágrimas que luchaban por salir. Cuando me sentí con fuerzas levanté la cabeza.
- No sé que querías conseguir contándome eso, si querías compasión deberías habérselo contado a alguna de las mujeres.
- Una historia por otra, yo te he contado mi pasado, ahora te toca a ti – lo dije con dureza.
- Deberíamos irnos – se levantó.
- Pues adelante, yo de aquí no me muevo – se volvió para mirarme – Si nos metemos ahora en el bosque nos perderíamos, y paso de andar en círculos en medio de la oscuridad.
Resopló y se puso a andar por la habitación. Me levanté y dejé la manta en el suelo. Me asomé a la ventana, toda la calle estaba llena de caminantes atraídos por el ruido de nuestros disparos, posiblemente a la mañana siguiente hubieran desaparecido la mayoría, o eso esperaba. Me senté de nuevo y me tapé con la manta. La oscuridad reinaba la habitación y solo estaba un poco iluminada por la luz de la luna. Estaba muy cansada después de todo el día, me tumbé sobre el frío suelo protegida por la manta, si Daryl tenía frío que se aguantara.
- Por lo menos esto es mejor que la caravana – se tumbó pegado a la pared.
- Allí hace más calor – suspiré con añoranza.
Debido a las bajas temperaturas habíamos empezado a dormir todos en el interior de la caravana, no pasábamos frío pero solo había una cama, que compartían tres personas y un sofá en el que entraban dos, el resto teníamos que dormir en el suelo y en los sillones del conductor y el copiloto, era muy incómodo, y tampoco olía demasiado bien, once personas en diez metros cuadrados es lo que tiene.
Me tapé hasta la cabeza y cerré los ojos, no se escuchaba nada. Intenté agudizar el oído pero tampoco me llegaron los gemidos guturales de los caminantes que se suponía que había en la calle, solo escuchaba la respiración del hombre.
- Yo era el pequeño de mi familia – su voz que cogió por sorpresa, quizás pensara que me había dormido. No dije nada por si acaso – Merle es siete años mayor que yo. Mi madre murió cuando cumplí los tres años y mi padre era un borracho cabrón, casi nunca estaba en casa. Crecí bajo la influencia de Merle, al menos siempre que no estaba en algún correccional. Era el único que se preocupada por mí, supongo. El cabrón me enseñó todo lo que sé, a cazar, a rastrear y a disparar, a que el mejor camino para conseguir algo era la violencia y que la sangre es el vínculo más fuerte que existe. No creo que fuera demasiado bueno como hermano mayor pero era el único al que tenía.
Su historia me conmovió, me recordaba a esas películas en la que el protagonista vivía en los barrios pobres y había tenido una infancia difícil y al final todo le iba bien en la vida. Pero esta vez las cosas no habían mejorado. Me giré para mirarle, estaba tumbado en perpendicular a mí con las manos bajo la cabeza como almohada. Me acerqué hasta que mi frente tocó su coronilla. Le pillé desprevenido porque pegó un bote. Se levantó separándose de mí.
- Si le cuentas esto a alguien, te mato – dijo.
- Lo sé – no pude evitar sonreír consciente de que hablaba en serio.
Me giré hasta darle la espalda para dormir y esa noche no soñé con nadie ni tuve pesadillas. Por primera vez en mucho tiempo conseguí dormir toda la noche sin despertarme asustada.
Por la mañana abandonamos aquella casa y aquella habitación a la que ya nunca volveríamos, y que había sido testigo de nuestro intercambio de pasados. Daryl escaló el muro en primer lugar y luego me ayudó a subir. Zaina nos esperaba al otro lado, levantó la cabeza y relinchó como saludo. El hombre se tiró y cayó sobre la grupa del animal, me dejé caer y monté detrás de Daryl. Dio la vuelta a la yegua y la azuzó para que cabalgara. Era muy bueno montando y llevaba a Zaina por donde quería sin apenas tirar de las riendas, la yegua parecía leerle el pensamiento. Cabalgaba animosamente contenta de que no fuera Carl el que la guiase. Poco después atravesamos el bosque y salimos por el lado del campamento. Daryl animó a Zaina a que fuera más rápido y ella obedeció. La tierra volaba bajo los cascos de la yegua y tuve que agarrarme a él para no caer. Levanté la cabeza y vi a donde nos dirigíamos.
- ¡Daryl, frena ahora mismo, para! - le grité.
- Confía en Zaina, puede saltarlo fácilmente.
- ¡No, es demasiado alto, para! - le golpeé la espalda pero no aminoró el paso.
Mis gritos atrajeron la atención de los que estaban junto a la caravana. Veía la valla cada vez más cerca, Zaina resoplaba por la carrera y Daryl le metió más prisa. Le soltó un poco las riendas y la yegua bajó la cabeza. Al llegar junto a la valla, saltó. Sus patas pasaron por encima sin titubear, y caímos de vuelta al suelo con un golpe seco. Zaina levantó la cabeza y cabalgó hacia delante la distancia que nos faltaba para llegar al campamento. Daryl tiró de las riendas para que fuera aminorando el paso. La yegua pasó totalmente junto al árbol que daba sombra sobre la hoguera. Él bajó y se volvió como si me fuera a ayudar. Le miré enfadada.
- ¡Si te digo que no es que no! - le grité. Cogí las riendas y tiré furiosa para alejarme. Zaina caminó lentamente, jadeando por la carrera que le había obligado a correr.
